La sucesión de filmaciones muestra los rasgos comunes de la marca Lumière: cuidado en los encuadres, profundidad de campo, búsqueda de temas que aúnan expresividad, descripción y dinamismo. No en vano, el término cinematógrafo significa, literalmente, escritura del movimiento. Por la pantalla desfilan ejércitos en formación, profesionales desempeñando oficios, vehículos, transeúntes y niños, siempre niños. El nuevo medio representa la nueva vida, inventa su propia mirada y la exigencia del espectador, tal y como dice Frémaux, evita la muerte absoluta de lo filmado.
La narración del documental es didáctica, ilustrativa y contiene, a su vez, un discurso con ideas que no reniegan de la poesía. Lo que podría haber sido una lección académica del cine de los pioneros, resulta en conjunto un relato apasionante con lugar para la reflexión y el humor, a lo largo de varios capítulos que cuentan con la ilustración sonora de Gabriel Fauré, músico contemporáneo de los Lumière. La mezcla es tan bella y elegante que ningún aficionado debería permanecer ajeno, porque en esta colección de pequeñas películas ya está la esencia misma del cine: la observación de la realidad, la invención de ciertos géneros, la promesa estética, la puesta en escena desde la elección del encuadre, la dirección de actores, la sorpresa... todo ello mirado con curiosidad y ternura a través de cámaras primitivas, que justifican la existencia del propio cine y que dejan para la posteridad la evidencia de que aquello que retrataban existió, de que el cine estaba allí.
