Kid Galahad. 1962, Phil Karlson

Durante los años cincuenta, Phil Karlson se asienta como un director eficaz y prolífico que trabaja en toda clase de géneros con presupuestos ajustados, muchas veces dentro de la serie B. Su trayectoria continúa en la década siguiente, al frente de encargos como el remake de Kid Galahad, un noir dirigido por Michael Curtiz en 1937. Karlson actualiza la misma historia con importantes cambios: el escenario se traslada de Florida hasta las montañas del estado de Nueva York, donde recala un joven recién llegado del ejército buscando alguna ocupación con la que ganarse la vida. Pronto se descubrirá su habilidad para el boxeo y será bautizado con el sobrenombre que da título al film, pero esa no es la única virtud que posee el protagonista... también sabe arreglar coches, tocar la guitarra y cantar. No en vano, Kid Galahad está planteada como un vehículo de lucimiento para Elvis Presley, que en 1962 vivía enfrascado en el frenético empeño de consolidarse como actor y aumentar una filmografía en la que primaba la cantidad sobre la calidad.

Así pues, ni la simplicidad del guion ni el esquematismo de los personajes se adentran en zonas profundas, al contrario: la narrativa transcurre con perfecta corrección por escenas cuyo valor funcional y estético definen el conjunto. Karlson cumple como un profesional de las imágenes que sitúa siempre la cámara en los lugares más cómodos para favorecer el desarrollo del relato, ayudado por la fotografía de Burnett Guffey, quien saca el máximo provecho de las localizaciones naturales y de los intensos colores que proporciona la técnica de procesamiento de negativo Deluxe. Hay una excepción que sobresale del tono general y es el combate del desenlace, con una planificación y un montaje (obra de Stuart Gilmore) que anticipan detalles que tiempo más tarde se admirarán en Toro salvaje, salvando las distancias. Este es, acaso, el único momento de peso verdaderamente cinematográfico, ya que en todo lo demás, Kid Galahad se mantiene dentro de una linealidad casi televisiva que no depara emociones, pero tampoco molesta.

En resumen, se trata de un divertimento algo ingenuo que deposita su atractivo en ver al Rey del Rock calzando los guantes en el ring, aparte de escuchar unas pocas canciones sin apenas repercusión en la trama. Por eso, Kid Galahad no se puede considerar propiamente un musical, sino más bien una comedia romántica con ribetes de cine negro rural y de superación deportiva, que se ve con agrado y cuyas debilidades interpretativas se antojan entrañables. Son las paradojas propias de estas películas escapistas, hechas por el noble motivo de pasar el rato.

BUGONIA. 2025, Yorgos Lanthimos

En los últimos años, la popularidad de Yorgos Lanthimos ha ido creciendo a la vez que el presupuesto de sus películas. Esto le ha permitido aumentar también su productividad, debido a que empieza a asumir algunas propuestas ajenas por parte de los estudios, reduciendo así los procesos de creación de ideas. A partir de La favorita trabaja con otros guionistas y, por primera vez, dirige una adaptación literaria (Pobres criaturas) y un remake (Bugonia) al que Lanthimos se suma cuando el proyecto cae en manos de Ari Aster y del estudio Element. Lo cual no implica que estas películas carezcan de su impronta, si bien añaden novedades a la filmografía del autor griego.

En el caso de Bugonia, se trata de una comedia negra con ribetes de ciencia ficción que adapta libremente Salvar el planeta Tierra, película surcoreana de 2003 escrita y dirigida por Jang Joon-hwan. La nueva versión, cuyo guion firma Will Tracy, incorpora variaciones importantes respecto al original, como el género de algunos personajes, pero sobre todo se deja empapar por la personalidad y el estilo de un Lanthimos cada vez más vitriólico. El argumento es sencillo: dos primos inadaptados que viven solos con el peso de una tragedia familiar planean secuestrar a la presidenta de una gran compañía, con el fin de desenmascarar su verdadera condición alienígena y frenar así la amenaza que supone para el planeta. Ella está interpretada por Emma Stone, actriz fetiche del director, mientras que la pareja de jóvenes representantes del white trash es encarnada por Jesse Plemons (que repite con Lanthimos tras Kinds of kindness) y Aidan Delbis, actor con autismo que debuta en este film. Los tres se ajustan a la perfección a los excesos que demandan sus personajes y al tono estrambótico en general. Porque la historia que cuenta Bugonia pretende poner en evidencia el absurdo de las teorías de la conspiración y el negacionismo que difunden los reaccionarios, empleando las mismas herramientas que ellos usan para propagar sus mensajes: la hipérbole, el bulo, el miedo, la pseudociencia.

La película comienza y termina con imágenes de abejas en el proceso de polinización, sin embargo, los acontecimientos que hay entre medias hacen que el sentido de unas y otras cambie. Este círculo es acaso la única forma armónica presente en el relato, todo lo demás es caos deliberado y tensión en aumento hasta derivar en un desenlace que no conviene desvelar, tan chocante que casi parece un chiste... muy caro y rimbombante, pero un chiste al fin y al cabo. Eso sí, magníficamente realizado. Lanthimos posee una capacidad hipnótica para transmitir visualmente las incertidumbres de los protagonistas, mediante encuadres y movimientos de cámara que generan extrañeza. El formato cuadrado de pantalla en 4/3 dificulta los planos de conjunto y refuerza las sensaciones de soledad y aislamiento, ya que uno de los temas de Bugonia es la alienación a la que conducen determinadas corrientes de pensamiento, da igual el estrato social. Los extremistas de un lado y de otro se tocan, viene a decir Lanthimos, empeñados en la supremacía de sus doctrinas. Aunque la balanza se incline en favor de los débiles, queda la duda de si es necesario el empleo de la fuerza para doblegar la razón incorrecta, algo que el público deberá dilucidar entre risas nerviosas y cierto voluntarismo, dado que Bugonia no busca la comodidad. Ni en la ficción ni en la puesta en escena. Los miembros del equipo habitual del director contribuyen a ello: la fotografía de Robbie Ryan, que recupera las texturas y los colores del sistema VistaVisión, el montaje de Yorgos Mavropsaridis, capaz de cincelar atmósferas inquietantes, o la ironía grandilocuente de la música de Jerskin Fendrix.

En definitiva: es evidente que hay mucho talento delante y detrás de la cámara de Bugonia, pero cabe preguntarse si supera el riesgo de quedarse en una ocurrencia ingeniosa que sorprende al espectador durante un momento, sin dejar poso, minusvalorando la advertencia sobre el sectarismo y el desastre climático al que nos abocan los modernos sistemas de producción.

RUDE BOY. 1980, Jack Hazan y David Mingay

En los años setenta, Jack Hazan trata de abrirse camino como director después de un tiempo trabajando en equipos de cámara. Para ello se alía con David Mingay, montador con quien funda Buzzy Enterprises, productora independiente que logra sacar adelante dos proyectos que mezclan realidad y ficción. El primero de ellos es A Bigger Splash, largometraje en torno al pintor David Hockney que apenas obtiene repercusión en su momento. Transcurridos cuatro años, en 1978, Hazan y Mingay desarrollan la misma fórmula, esta vez en el ambiente social y musical que hervía en Londres durante el Invierno del descontento que antecedió a la llegada al poder de Margaret Thatcher. El título del film, Rude Boy, hace referencia a los jóvenes que integraban el movimiento de cultura urbana originado en Jamaica la década anterior y que había llegado hasta Inglaterra por medio de la migración... si bien es verdad que la película se centra en el punk rock que tocaba en sus inicios la banda The Clash, verdadero motor de este experimento cinematográfico.

Así pues, Rude Boy es un documental ficcionado que sigue los pasos de un veinteañero que malvive con trabajos precarios y aspira a trabajar de roadie (o pipa en España, es decir, el técnico de conciertos que se encarga de montar y desmontar equipos, entre diversas funciones). La afición musical del protagonista contrasta con su apatía ideológica, lo cual le sitúa al margen de la militancia que bulle a su alrededor y le confiere una identidad apolítica y de inadaptación. Hazan y Mingay filman imágenes reales de las revueltas callejeras y las introducen en el primer acto, para trazar el marco donde sucederán los acontecimientos. Luego predomina el aspecto musical y la cámara se adentra en los escenarios y las salas de ensayo, con planos de naturaleza igualmente objetiva que imprimen en la pantalla la fuerza de lo auténtico.

La austeridad del presupuesto y los escasos medios empleados (con bastante uso de cámara en mano y luz natural) potencian la sensación de inmediatez y crudeza que buscan los directores, además de las interpretaciones no profesionales y los diálogos improvisados. Hasta el punto de que Ray Gange, que pone cara al personaje principal, firma también como guionista, dado que sus aportaciones en el rodaje resultan esenciales en la narración. Pero sin duda, el máximo aliciente de Rude Boy es asistir al auge de The Clash mientras se encontraban grabando su segundo disco y cuyo público crecía al ritmo de las canciones que suenan en el metraje: London's Burning, White Riot o Stay Free, entre otras.

En definitiva, Rude Boy posee gran valor documental como retrato de una banda que supo canalizar la rabia de una época convulsa y convertirla en música imperecedera. Ya lo dijo su líder, Joe Strummer: "El punk rock es una actitud, y la esencia de esa actitud es la libertad". Esta película lo refrenda.

SHOWGIRLS. 1995, Paul Verhoeven

Tras el éxito obtenido con dos películas de ciencia ficción realizadas en Estados Unidos (Robocop y Desafío total), el director neerlandés Paul Verhoeven se encuentra plenamente instalado en Hollywood y es contratado por Carolco para filmar un guion que es la comidilla en los mentideros del negocio, cuyo título pronto se haría célebre: Instinto básico. El autor, Joe Eszterhas, también es de origen europeo y coincide con Verhoeven en el propósito de dinamitar el sistema desde dentro, a modo de caballo de Troya cinematográfico, exponiendo las contrapartidas del turbocapitalismo mediante productos arraigados en la cultura popular. Así, Instinto básico se presenta como un pulp sofisticado que persigue el escándalo y que alcanza repercusión incluso antes del estreno, inaugurando una trilogía dispuesta a revelar las miserias del sueño americano, que se extenderá durante los años noventa con ShowgirlsStarship Troopers.

El segundo de estos títulos, Showgirls, vuelve a contar con un texto de Eszterhas (aquí además productor asociado) y el respaldo financiero de Carolco, para recrear una versión bizarra de Eva al desnudo. En lugar del mundo del teatro, la acción se traslada hasta las salas de espectáculos de Las Vegas, donde las aspirantes a estrella luchan por conquistar el puesto de las bailarinas principales. Una de ellas es Nomi Malone, interpretada por Elizabeth Berkley en su primer papel protagonista en el cine, quien poco a poco tratará de sustituir al personaje encarnado por Gina Gershon. El actor Kyle MacLachlan pone rostro al tercer vértice del triángulo, el director del espectáculo que ambas compiten por protagonizar, junto a una extensa fauna de personajes representados por un plantel variopinto. Ninguno de ellos busca la credibilidad, porque todo lo que se mueve en el film viene empujado por el exceso: la trama, los decorados, las criaturas que los pueblan... Verhoeven construye un gran guiñol estridente y hortera que convierte las referencias mitológicas (Ícaro, Fausto) en clichés de género iluminados por llamativas luces de colores, un delirio camp que reviste su voluntad de sátira con abundantes dosis de sexo y violencia.

La idea que sostiene Showgirls de mostrar a la sociedad estadounidense el reflejo distorsionado de su individualismo y ambición no fue entendida en su momento, dando como resultado un fracaso estruendoso de crítica y público. Vista hoy, la película luce gozosa en su atrevimiento y en su ausencia de miedo al ridículo, con diálogos y escenas tan absurdas que se antojan memorables (atención al polvo en la piscina, puede que el más esperpéntico jamás rodado). Lo cierto es que más allá del kitsch y de los generosos desnudos femeninos, se impone el vigor de Paul Verhoeven como cineasta: Showgirls está narrada con pulso y exhibe fuerza en las imágenes, la fotografía de Jost Vacano saca el máximo provecho de los escenarios y la planificación es ejemplar, incluso bastante clásica en la manera de vertebrar las situaciones.

Así pues, solo cabe abandonarse al disfrute sin prejuicios de este fabuloso divertimento que es Showgirls. Un caramelo picante que tiene la habilidad de colar su discurso crítico contra el neoliberalismo salvaje entre oleadas de brillantina, lentejuelas y pezones.