LA TARTA DEL PRESIDENTE. "Mamlaket Al-Qasab" 2025, Hasan Hadi

Si hacer una película siempre es una tarea compleja, en algunos casos también puede parecer un milagro. Prueba de ello es La tarta del presidente, producida en Irak (en colaboración con EEUU y Catar), país donde no existe una industria del cine ni hay disponibles demasiados medios técnicos. Allí la situación política sigue siendo frágil e inestable, la sociedad subsiste marcada por las desigualdades y la corrupción estructural... motivos que multiplican el mérito de Hasan Hadi por haber podido filmar su opera prima en localizaciones reales del territorio iraquí, con actores no profesionales.

Al igual que décadas atrás hicieron Vittorio De Sica o Satyajit Ray, Hadi toma una pequeña historia local y la dota de sentido universal, a modo de fábula que empieza y termina en las marismas de Mesopotamia. Entre medias hay un viaje a Bagdad en cuyas calles aprende a madurar una niña de apenas nueve años, en compañía de su gallo. Las peripecias se suceden a lo largo de dos días que muestran las contradicciones de una realidad al mismo tiempo solidaria, generosa, egoísta y terrible, todo con el trasfondo de la dictadura de Sadam Husein, que en el momento del relato tiene al estado movilizado en la celebración de su cincuenta cumpleaños.

Más allá de la capacidad de La tarta del presidente para aunar entretenimiento y conciencia, sobresalen las dotes narrativas del director para llevar al público de la mano mediante imágenes bellas y bien construidas, con movimientos de cámara elegantes y una fluidez en el montaje que conecta el despertar de la joven protagonista con el subconsciente del espectador. No hay muchos cineastas (y menos aún noveles) que puedan lograr algo parecido en condiciones así de limitadas. Hasan Hadi lo consigue y hace de La tarta del presidente un debut de lo más estimulante, que ojalá incite a otros creadores de esta zona tan maltratada por la historia reciente.

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¡LUMIÈRE! LA AVENTURA CONTINÚA. "Lumière! L'aventure continue" 2024, Thierry Frémaux

Segunda parte del documental ¡Lumière! Comienza la aventura, con el que Thierry Frémaux rindió tributo en 2016 a los inventores del cinematógrafo. En esta ocasión, la aventura continúa en los mismos términos que su antecesora: el director del Instituto Lumière acompaña con su voz en off una selección de 120 tomas (así se denominan aquellas primeras películas de apenas 50 segundos de duración) rodadas entre 1895 y 1905. Por eso, presenciar dichas imágenes recuperadas es lo más parecido a adentrarse en la cueva de Altamira del cine, tanto en significado como en relevancia.

La sucesión de filmaciones muestra los rasgos comunes de la marca Lumière: cuidado en los encuadres, profundidad de campo, búsqueda de temas que aúnan expresividad, descripción y dinamismo. No en vano, el término cinematógrafo significa, literalmente, escritura del movimiento. Por la pantalla desfilan ejércitos en formación,  profesionales desempeñando oficios, vehículos, transeúntes y niños, siempre niños. El nuevo medio representa la nueva vida, inventa su propia mirada y la exigencia del espectador, tal y como dice Frémaux, evita la muerte absoluta de lo filmado.

La narración del documental es didáctica, ilustrativa y contiene, a su vez, un discurso con ideas que no reniegan de la poesía. Lo que podría haber sido una lección académica del cine de los pioneros, resulta en conjunto un relato apasionante con lugar para la reflexión y el humor, a lo largo de varios capítulos que cuentan con la ilustración sonora de Gabriel Fauré, músico contemporáneo de los Lumière. La mezcla es tan bella y elegante que ningún aficionado debería permanecer ajeno, porque en esta colección de pequeñas películas ya está la esencia misma del cine: la observación de la realidad, la invención de ciertos géneros, la promesa estética, la puesta en escena desde la elección del encuadre, la dirección de actores, la sorpresa... todo ello mirado con curiosidad y ternura a través de cámaras primitivas, que justifican la existencia del propio cine y que dejan para la posteridad la evidencia de que aquello que retrataban existió, de que el cine estaba allí.

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EL SER QUERIDO. 2026, Rodrigo Sorogoyen

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HOLLYWOOD 90028. 1973, Christina Hornisher

La historia del cine está llena de películas desparecidas por múltiples motivos: accidentes, guerras, desastres naturales, censura... otras, sin embargo, no necesitaron ninguna tragedia para dejar de existir. Bastó el fracaso comercial, la desidia de sus responsables o el desinterés del público para terminar en un contenedor de basura, tal y como le sucedió a Hollywood 90028. Por fortuna, alguien tuvo la intuición de restaurar aquellas latas desechadas, dando nueva vida a uno de los films más atípicos de los ya de por sí atípicos años setenta.

Poco se sabe de la directora, guionista y productora Christina Hornisher. Apenas que, tras haber realizado varios cortos experimentales, debió de reunir algo de dinero para financiar su primer y único largometraje, con la ayuda de un equipo casi amateur. De hecho, dos de los protagonistas provenían del mundo de la música, y quien entonces era su marido se encargaba de la cámara... cabe destacar, eso sí, que el autor de la partitura era nada menos que Basil Poledouris, en uno de sus primeros trabajos cinematográficos. El compositor que después obtendría fama gracias a sus sonoridades épicas, aquí da muestras de su temprana expresividad creativa con arreglos muy enraizados en su época. Y es que Hollywood 90028 parece en ocasiones un documental sobre la ciudad de Los Ángeles, en el que conviven lo popular (Venice Beach, los murales artísticos, el letrero del Monte Lee) y esa otra cara desconocida donde los edificios históricos son sustituidos por las nuevas construcciones y el comercio erótico abre toda la noche.

El personaje principal de Hollywood 90028 vaga por la urbe en los ratos en los que no trabaja realizando grabaciones eróticas para los peep show. Es un operador de cámara frustrado que aspira a encontrar un oficio mejor, un individuo alienado que asesina a mujeres con las que entabla relaciones... salvo una, tal vez la única oportunidad de redimirse. Como es habitual, Hornisher trata de psicologizar esta demencia feminicida a través de un accidente ocurrido en la infancia, el cual se describe mediante fotografías en la secuencia inicial de los títulos de crédito. Un recurso narrativo de tintes freudianos que supone lo más endeble del guion, porque busca favorecer la empatía y justificar la pulsión homicida del protagonista, empleando también otras tácticas como la llamada telefónica de la hermana, cuya voz se repite en un eco abrasivo y desquiciante. Esta argucia sonora participa de la experimentalidad con la que Hornisher desarrolla el relato, que incluye montajes simbólicos (cuando el personaje de Michele cuenta su pasado), imágenes fragmentadas (el encuentro sexual entrevisto en los reflejos del cristal) y demás incursiones en la vanguardia audiovisual del momento.

El carácter híbrido de Hollywood 90028, capaz de mezclar el cine experimental, el exploitation (con profusión de desnudos gratuitos) y el documental, dota a la película de una atmósfera muy particular que convierte el visionado en un ejercicio hipnótico, alucinatorio. No sabemos dónde hubiera podido llegar Christina Hornisher, pero la suma de los riesgos que aquí asume da como resultado un milagro kamikaze y bizarro, una joya perdida de la serie B que hoy tenemos la suerte de recuperar tras décadas de olvido.

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