Vals con Bashir. "Waltz with Bashir" 2008, Ari Folman

Las buenas obras no permiten disociar la forma del contenido. Y "Vals con Bashir" es una gran película cuyas imágenes animadas ayudan a digerir lo que se cuenta, que son los terribles sucesos de la guerra del Líbano. El fascinante aspecto visual de este film, la fuerza que su sencillez otorga, sirve de vehículo para que el espectador se adentre en terrenos que, bajo otra mirada, nunca querría visitar. Esa es la hazaña que el director israelí Ari Folman logra con este relato valiente y descarnado que encuentra en la indefinición otro de sus atractivos. En efecto, allá donde tantos narradores se estrellan, Folman consigue que las piezas de este puzle formado por la ficción, el documental, el drama y el ensayo lleguen a encajar y alcancen la coherencia final sin que el objetivo último de "Vals con Bashir", que es la denuncia, se vea afectado. Tan solo cabe lamentar una tendencia mal disimulada por la violencia y su exhibición, lo que está a punto de transformar en algunas ocasiones el retrato del horror en regodeo, trivializando el discurso antibelicista y haciéndolo naufragar en una suerte de pornografía de la violencia. En cualquier caso, "Vals con Bashir" merece un puesto de honor dentro del cine de animación, en el que se sitúa en vanguardia, al tiempo que convierte su visionado hipnótico y atroz en un ejercicio necesario. Forma y contenido, en fin, que se dan aliento mutuo en la pantalla y hacen que la crítica y el espectáculo se conjuguen en el mismo verbo.

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El forajido. "The outlaw" 1943, Howard Hughes

El multimillonario Howard Hughes quiso convertirse en un gran director de cine empezando desde arriba. Así, para su segunda y última película como realizador contó con los mejores profesionales posibles: Gregg Toland en la fotografía, Victor Young en la música, Jules Furthman en el guión, y un elenco en el que sobresalen Thomas Mitchell, Jane Russell y un genial Walter Huston. Sin duda, "El forajido" es una producción ambiciosa que Hughes no logró redondear en su conjunto, debido a algunos desajustes con el ritmo y con la mezcla de géneros, que terminaron aligerando el elemento dramático de la película y añadiendo cierta trivialidad al relato. Y es que en "El forajido" cobra mayor importancia la parte sobre el todo, haciendo que el metraje tienda a la dispersión, en especial desde que el personaje interpretado por Jane Russell, la inolvidable Río, pierde importancia dentro de la trama. Ella es el verdadero puntal de la película, y su exuberante presencia es la responsable de que "El forajido" haya trascendido hasta nuestros días. Paradójicamente, algunos de los defectos del film son los que han acabado por definir su carácter, confiriéndole cierto halo de extrañamiento y de peculiaridad que le alejan de ser un western al uso, una comedia o una película romántica convencional, sino todo ello al mismo tiempo y a su modo. Por estos y otros rasgos se puede definir "El forajido" como una película irregular que es necesario ver, aunque sólo sea para comprobar cómo los mitos de Pat Garrett, Doc Holliday y Billy el Niño son reducidos a escombros por el mito corpóreo de Jane Russell.
Sirva como homenaje a la actriz el siguiente montaje de fotografías, con un catálogo de cortinillas que no tiene desperdicio, animado por un tema musical interpretado por la propia Russell. Y es que hubo una época en que los artistas sabían cantar, montar a caballo, practicar esgrima e incluso actuar. Que lo disfruten.

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Capitalismo: una historia de amor. "Capitalism: a love story" 2009, Michael Moore

El documental fue el primero de los géneros cinematográficos, y desde aquellos golpes de manivela de los pioneros hasta las últimas capturas digitales se ha recorrido un largo camino que ha transformado sustancialmente la forma de retratar la realidad de numerosos cineastas. Uno de los cambios más importantes tiene que ver con la búsqueda de la objetividad y de la imparcialidad, directamente heredados del periodismo, una pretensión que a lo largo de los años se ha visto afectada por la intromisión del concepto de autor, menguando las facultades del reportero para potenciar las del narrador. En este ámbito, el nombre de Michael Moore se ha revelado como el último de sus profetas, librando al documental de algunos de sus corsés y molestando a los que creen en la inalterabilidad del género. Moore puede ser al documental lo que Tarantino a la ficción, esto es, un enfant terrible que subvierte las reglas a su antojo en pos de un resultado que logra contentar a un público fiel. Por lo tanto, la capacidad del espectador de participar en el juego que Moore propone condicionará su empatía por una obra de la cual "Capitalismo: una historia de amor" supone el último eslabón. Sus armas resultan tan infalibles como de costumbre: una pluma ágil y mordaz, cargada de veneno, una inteligente captación de ambientes y de personajes y, sobre todo, un habilísimo empleo del montaje que convierten el visionado del documental en un ejercicio apasionante y revelador. Los críticos de Moore le acusan de demagogo, narcisista y sectario. Los seguidores ven en su cine el altavoz perfecto para difundir mensajes combativos y necesarios, proclamas que alienten el debate y la rebelión contra lo que se quiere acallar. Mientras tanto, el cineasta disfruta con ambas perspectivas, la de sus críticos y sus seguidores, porque su objetivo es el de colocar bombas-trampa disfrazadas de películas para provocar y azuzar las conciencias de un público que, a favor o en contra, nunca puede permanecer indiferente. Y esto es lo mejor que se puede decir de un autor cuyo trabajo es el producto de estos tiempos burdos y terribles, de los cuales él extrae litros de jugo de creatividad y clarividencia, mediante una fórmula que conjuga humor, compromiso y emoción. No se trata de dar respuestas, sino de plantear las cuestiones adecuadas. Y es que si no existiese Michael Moore, habría que inventarlo.

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La mujer rubia. "La mujer sin cabeza" 2008, Lucrecia Martel

Con apenas tres películas, la cineasta argentina Lucrecia Martel se ha confirmado como una atenta retratista de los dobleces del alma humana. Su terreno natural son las aristas, y sus historias van completando un mosaico donde la vulnerabilidad de las personas y su atracción por la fatalidad son piezas clave. "La mujer rubia" esconde en sus imágenes todas estas señas y muchas más, que el personalísimo estilo de su autora nunca convierte en evidencia, sino más bien sugiere o insinúa, haciendo partícipe al espectador de cuanto sucede en la pantalla. Con un lenguaje visual fascinante y arriesgado, basado en el encuadre y en el desencuadre, y que juega en todo momento con la subjetividad del personaje protagonista, Martel nunca llega a completar su relato, sino que lo apunta mediante pinceladas cargadas de intencionalidad que establecen un diálogo a media voz con el público, testigo y cómplice de los avatares que se narran. La labor interpretativa de de María Onetto termina de redondear el conjunto, y hace que el infierno doméstico que retrata Martel resulte extraño y cotidiano al mismo tiempo, una habilidad de esta autora que se ha destacado por crear atmósferas y personajes al borde mismo del desastre. Argumentalmente, "La mujer rubia" podría ser considerada como una hija ilegítima de "Un cierto día" de Ermanno Olmi, filtrada por el carácter de una de las figuras más interesantes del reciente cine hispano.

A continuación, un interesante cortometraje documental con la firma de Lucrecia Martel.



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Noche de circo. "Gycklarnas afton" 1953, Ingmar Bergman

Las películas de Ingmar Bergman funcionan como intersecciones, como cruces de caminos donde se congregan un gran dramaturgo, un gran escritor y gran cineasta. "Noche de circo" contiene todas las virtudes del maestro sueco y aúna esas tres facetas con ejemplaridad. Es hermosa y extraña, amarga y entrañable, triste, terriblemente triste. Trata sobre la imposibilidad de realizar los sueños en un entorno proclive a ellos: el circo. Sin embargo, el circo de Bergman no es como el de Fellini, aquí no hay espacio para la magia ni el romanticismo, mucho menos para los sueños. La cámara, rica en tamaños y angulaciones, resulta tan inspirada como de costumbre. La luz de Sven Nykvist atrapa a unos actores tan perfectos como siempre, entre los que brillan Åke Grönberg y Harriet Andersson. Y como suele suceder, los años no han permitido que "Noche de circo" haya perdido ni un ápice de su poder de fascinación. Ese es el misterio de Bergman. Porque todas sus películas resultan únicas y semejantes, todas son especiales. También "Noche de circo", la quintaesencia de un autor que no admite comparaciones. Bergman es Bergman. Amén.

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El cantante de jazz. "The jazz singer" 1927, Alan Crosland

Resulta muy difícil, por no decir imposible, desvincular "El cantante de jazz" de lo que representa en la historia del cine. El hecho de ser la primera película parcialmente sonora condiciona su valoración como obra fílmica y afecta al desarrollo del argumento y de la narración. Así, la película se convierte en una exhibición del invento de la época, el sonido, y utiliza como vehículo de expresión el talento y el carisma de Al Jolson. Vista hoy, lo más llamativo son las imágenes casi documentales de los exteriores, y aunque la primera parte de la película tiene más ritmo y resulta más entretenida que la segunda, que peca de sentimental y reiterativa, el conjunto conserva el encanto de lo añejo. Un trabajo interesante dirigido por Alan Crosland que proyecta en la pantalla un espíritu tal vez demasiado inocente.

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Banda aparte. "Bande à part" 1964, Jean-Luc Godard

Fresca, irreverente, divertida... Los adjetivos se acumulan al hablar de esta película que continua resultando moderna. Puntal del cine de una época y emblema de su director, "Banda aparte" concentra todas las virtudes que hicieron de la nouvelle vague un punto de inflexión en el panorama cinematográfico europeo, un movimiento sísmico cuyas consecuencias siguen reverberando hoy en cineastas de diferente condición. La fotografía documental, el empleo de la música, las interpretaciones naturalistas, los recursos del montaje, todos los elementos funcionan a través de la lente de Godard como un mosaico cerrado, como la suma de un conjunto. Sin embargo, y ahí es donde se produce el milagro, esos elementos tienen también vida propia y entidad en sí mismos, lo que convierte a "Banda aparte" no sólo en un ejercicio de estilo libérrimo y fascinante, sino una vez más tratándose de Godard, en un homenaje sincero y orgánico al propio cine. Al cine como arte y como expresión vital. Como lenguaje, como medio y como fin en sí mismo.


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La ventana. 2009, Carlos Sorín

Un día de primavera. Una casa en medio del campo. Un anciano que aguarda en la cama la visita de su hijo, a quien hace tiempo que no ve. Las personas que cuidan del viejo enfermo, unos excursionistas, un afinador de pianos, el médico. Y la ventana, siempre la ventana. Con estos pocos elementos se puede construir una historia que trate de la memoria, la libertad, la lucidez, el paso del tiempo. Y al contrario de lo que suele suceder, sin abusar de los diálogos ni regalar a los oídos del espectador profundos discursos metafísicos. Haciendo una analogía entre música y cine, sería lógico considerar “La ventana” como una pieza de cámara. Carlos Sorín, quien ya desde “Historias mínimas” (2.002) sentó las bases de su estilo desde el propio título, ha tratado de reducir lo que ya era un reducto, y de sintetizar lo que era síntesis. “La ventana” supone la depuración de un lenguaje que, a fuerza de despojarse de capas, ha ganado en hondura. Y esto es lo que tiene de riesgo y de salto sin red, el hecho paradójico de que la búsqueda de una sencillez plena y sin aristas conduzca a la complejidad. Pero que nadie se lleve a engaños: “La ventana” es una película tan sencilla o tan compleja como lo quiera el espectador, porque es él en última instancia quien dirige la película. La labor de Sorín consiste en ir sembrando el relato de pistas y de apuntar ciertas evocaciones que la mente del espectador dispuesto sabrá traducir sin dificultad en escenas que suceden en off, siempre conjugadas en pasado, y que completan la narración y enriquecen el tejido orgánico de lo que se ve en la pantalla. Así, la aparición de unos soldaditos de plomo entre las cuerdas de un piano puede ser interpretado como un gag circunstancial o como la historia sólo sugerida de un niño que jugaba tan cerca del instrumento que acabó por dominarlo con maestría. Y es que nada de lo que sucede en “La ventana” obedece a la casualidad. O sí. Esa es su grandeza.
La única incursión que se permite Sorín en la trascendentalidad se encierra en los breves prefacio y epílogo del film. Entre medias, el espectáculo de lo cotidiano, apuntes de una vida que se extingue por la abertura de una ventana que conduce al paisaje de la infancia, el último de los destinos posibles. Y todo ello en apenas una hora y cuarto de metraje, una correcta factura técnica y unas interpretaciones solventes. Sin aspavientos ni subrayados ni efectos innecesarios, “La ventana” es un ejemplo de las cualidades que han hecho de Carlos Sorín un cineasta a tener en cuenta fuera de los palacios de la alta cultura: un naturalismo vocacional, más como fin que como medio, sumado a un humanismo sin dobleces que el público ya pudo apreciar en “Historias mínimas”, “Bombón el perro” y “El camino de San Diego”. Este director y guionista argentino tiene la habilidad de hacer un cine arraigado en la tierra que atraviesa, con facilidad, cualquier frontera, y que funciona como analgésico ante un escaparate de variedades que exhibe cada día sus fuegos artificiales perfectamente envueltos y cuyo paquete desprende, al llegar a casa, el holor y el rastro del humo.

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Moon. 2009, Duncan Jones


La mayoría de las veces, el género de ciencia-ficción ha estado ligado al cine en su vertiente más espectacular, y ha servido como vehículo para desarrollar historias de tintes épicos donde los efectos especiales tienen protagonismo. Sin embargo, también hay películas como “2.001. Una odisea en el espacio”, “Solaris” o “THX-1.138”, que buscan mayor introspección aprovechando la libertad que permiten los escenarios y argumentos. “Moon” es un ejemplo de película pequeña que aspira a algo grande, de experimento y de juego retórico que cuenta con el atrevimiento característico de una primera obra. Con un argumento ciertamente original, que bien podría haber firmado Bioy Casares, “Moon” presenta una situación insólita en un entorno atípico, lo que sirve al director Duncan Jones para elaborar un cuento triste y amargo cuya emoción contenida juega a favor del relato en todo momento. “Moon” es una producción británica ambientada en un futuro no muy lejano, y nos presenta a un astronauta que se encuentra aislado en la luna durante un periodo de tres años en una excavación minera. Su contrato está a punto de finalizar, hasta que descubre un terrible secreto que le concierne. El pulso firme de Jones, que no divaga ni toma salidas falsas para concluir su fábula, sumado a la labor interpretativa de Sam Rockwell en una verdadera exhibición de talento, un monólogo inspirado y complejo, elevan esta película hasta cotas muy altas. El trabajo de Rockwell es brillante, y tiene la grandeza de ser ambicioso sin parecerlo, de aspirar a mucho menos de lo que termina ofreciendo. Sin duda supone la consagración de un actor que nunca ha evitado los riesgos, y que alcanza en “Moon” la madurez que consiguen pocos en el oficio. Insólita y fascinante, serena y mesurada, “Moon” es uno de los comienzos más prometedores de los últimos años en la carrera de un director que tendrá muchas cosas que decir en el futuro.

A continuación y como curiosidad, un cortometraje de los años ochenta rodado en 8 mm, con un bisoño Sam Rockwell.


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Gigante. 2009, Adrián Biniez

Hay grandes películas que, como los buenos perfumes, se guardan en frascos pequeños. “Gigante” es una de ellas. La ópera prima de Adrián Biniez es un compendio de todo lo que una primera obra debería contener: un guión preciso, unos personajes bien dibujados, una puesta en escena eficaz y, por encima de todo, una altura de miras acorde a lo que se quiere contar. En otras palabras, honestidad. Es probable que la historia no resulte demasiado original: se trata de las aventuras y desventuras de un amor platónico, un guarda de seguridad de grandes dimensiones – el gigante del título – que sigue fascinado a través de los monitores los pasos de Julia, una de las empleadas de la limpieza en el hipermercado en el que ambos comparten el turno de noche. Films como “No amarás” de Krzysztof Kieslowski o “Monsieur Hire” de Patrice Leconte trataban el mismo tema del amor distante y silencioso en diferentes ámbitos. Sin embargo, este “Gigante” de Adrián Biniez consigue introducir cargas de humor bajo su intimista relato, un humor inteligente y de gran naturalidad que aligera el tono general y hace que la película resulte fresca y cercana. El acertado reparto encabezado por Horacio Camandule permite que cada actor parezca imprescindible en su papel, y refuerza el carácter profundamente naturalista de la narración. Esa es la clave de “Gigante” y su máxima virtud: un naturalismo nada impostado que hace suya la máxima de menos es más. La escasez de medios y la falta de pretensiones juegan a favor de la película, haciendo que el espectador se concentre en los verdaderos efectos especiales de esta producción: las miradas, los gestos, el deambular entre expositores de productos en oferta tras la búsqueda de un amor tan real como imposible.

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Che. El argentino. 2008, Steven Soderbergh

Estrenada como la primera parte de un díptico que tiene su continuación en “Guerrilla”, la película narra los primeros pasos de la revolución cubana que acabó con el régimen de Baptista para dar paso al régimen que conocemos hoy. El avance de las tropas que habrían de llevar al Che Guevara desde las selvas del interior de la isla hasta La Habana, es narrado casi con la exactitud de un cartógrafo, sin omitir movimiento alguno y en un tono que divaga siempre entre el documental didáctico y la película de acción. Curiosamente, nunca el cine se ha acercado a estos acontecimientos históricos con buenos resultados. ¿Por qué? El peligro de este tipo de biografías es caer en la fascinación por la figura que se retrata y dejarse llevar por la exaltación del personaje en lugar de la persona. Steven Soderbergh tiene buen cuidado de ello y se esfuerza para que su aproximación se parezca más a una crónica que a una alabanza. Quiere ser respetuoso y conciso, tal vez demasiado, lo que hace adolecer a la película de cierto distanciamiento que sitúa al espectador como un testigo y nunca como un participante de lo que sucede en la pantalla. A pesar de todo, la acumulación de fechas, personajes y escenarios hubiese enredado más la madeja de los acontecimientos si Soderbergh hubiese optado por la pirotecnia a la que nos tiene acostumbrados (véase "Traffic"). El relato conserva siempre un tono contenido, sin embargo, un poco de pasión y algo menos de frialdad hubiera aportado entidad al conjunto. La interpretación de Benicio del Toro resulta convincente, y sin lugar a dudas suyo es el mérito de que “Che. El argentino” se siga con interés. Una recomendación segura para los amantes del cine como documento histórico.

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Elegy. 2008, Isabel Coixet

Adaptar al cine una buena novela entraña el reto de hacer olvidar el material original y dotar a la película de una entidad cinematográfica propia, más allá de la mera ilustración de escenarios y de personajes. En el caso de “Elegy”, Isabel Coixet es respetuosa y hace una lectura fiel y tranquila de una novela turbulenta y apasionada como es “El animal moribundo”. Para ello traduce el universo literario de Philip Roth empleando la mesura como herramienta y aportando pinceladas de su propio carácter. El trabajo de la directora catalana es inteligente, sensible, y confirma su talento para construir atmósferas que tan buenos resultados le diera en “Cosas que nunca te dije” o “Mi vida sin mí”. La historia del maduro profesor de universidad que seduce a su joven alumna ya se ha visto antes, por eso la forma de abordar un argumento conocido como si fuera nuevo es el reto principal de esta obra. Para ello son fundamentales las interpretaciones, y Penélope Cruz y Ben Kingsley resuelven sus papeles con convicción, especialmente el segundo, que vuelve a regalar al espectador un trabajo memorable. La pareja protagonista se ve arropada por unos secundarios que no se limitan a dar la réplica. Dennis Hopper, Patricia Clarkson y Peter Sarsgaard tejen con pocos hilos unos personajes pequeños pero importantes, y completan un trenzado sobre las relaciones personales que logra emocionar por su sencillez. Una sencillez, como suele suceder, sólo aparente.

A continuación, el episodio que la directora escribió y rodó para la producción franco-alemana "Paris, je t'aime" del año 2006, con Sergio Castellitto y Miranda Richardson. Puro Coixet.




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El ángel ebrio. "Yoidore tenshi" 1948, Akira Kurosawa

Durante años, Akira Kurosawa fue el puente perfecto entre el cine de oriente y occidente. Sus películas recogían la tradición de los clásicos de Hollywood, especialmente del género negro, para trasladar sus atmósferas a escenarios japoneses dotándolas de mayor realismo sin dejar de ser por ello menos simbólicas. “El ángel ebrio” pertenece a esta etapa del director, y exhibe algunas de sus virtudes: un guión poderoso, una recreación de escenarios prolija y cargada de trasfondo, unos personajes de alto contenido dramático y una puesta en escena abigarrada, llena de fuerza y con una gran capacidad de sugerencia. La novena película que dirigió y co-escribió Kurosawa tiene como eje central un concepto fuertemente arraigado en la cultura nipona, el de la moral. Por ello el personaje protagonista, el doctor Sanada, representa muchos de los intereses de Kurosawa como autor. Por un lado, Sanada es un profesional dotado de un fuerte compromiso ético que debe luchar día a día contra las adversidades de una pobre clínica situada en uno de los barrios más deprimidos de la ciudad, al borde de una inmensa ciénaga que representa mucho más que una simple cuenca de barro y aguas podridas. Por otro lado, Sanada combate contra sus demonios interiores a los que trata de ahogar en el alcohol de las noches en vela. Él es el ángel ebrio del título, al que el destino pone a prueba cuando lleva a su consulta a un joven gángster herido de bala. La relación que se establece entre ambos transita del recelo a la comprensión, y se presenta como una oportunidad de cambio para estos dos parias que aprendieron a abrirse paso en el lado difícil de la vida. La fatalidad se cebará con uno de ellos en el momento en el que los dados dejen de rodar inevitablemente sobre el tapete de juego. A través de ésta historia Kurosawa consigue no sólo captar la atención del espectador desde la primera escena, sino que le envuelve en una narrativa que oscila sabiamente entre la contemplación y la catarsis, haciendo que la historia se cree y se recree ante sus ojos. Ese es el poder de su cámara. Las interpretaciones de Toshiro Mifune y de Takashi Shimura, la música, la fotografía, el montaje y su profundo dominio del tempo, suman aciertos en esta obra que nunca debería ser tomada como pequeña en la filmografía de este gigante del séptimo arte.

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La teta asustada. 2009, Claudia Llosa

La segunda película que firma Claudia Llosa como directora bien podría ser la de una veterana. Tal contundencia tienen sus imágenes y tan profundo es su calado, que “La teta asustada” supone un gozo para el espectador exigente. Partiendo de unos hechos terribles, las violaciones cometidas por los miembros de Sendero Luminoso en el Perú de los años 80 y sus consecuencias, la realizadora despliega su capacidad de evocación y desarrolla un discurso de un lirismo sin dobleces ni gratuidades, que va directo a la esencia de la historia y que permite que su visionado no sólo resulte soportable, sino gratificante a pesar del horror que narra. Esta habilidad pertenece a pocos cineastas, y Llosa está entre ellos. Ella tiene la virtud de saber trascender el paisaje en el que se mueven sus personajes en mucho más que un decorado, en un entorno donde conviven la ensoñación y el documento, como una nueva revisitación del realismo mágico. Llosa mueve a sus criaturas con convicción, y lleva de la mano hasta el final a su peculiar protagonista, la actriz Magaly Solier, que es capaz de arrojar luz sin apenas palabras sobre un personaje cargado de sombras y de aristas que no llegan a pulirse hasta el último plano de esta fábula profundamente triste y hermosa. “La teta asustada” es una muestra de lirismo cinematográfico que no hace rimas fáciles ni se entretiene en retóricas que no alimenten sus imágenes. Un ejercicio de estilo depurado hasta el extremo sin parecerlo, sin hacer nunca exhibición de sus méritos. En definitiva, una muestra de puro y simple talento.

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Despedidas. "Okuribitu" 2008, Yojiro Takita

La capacidad que tiene el cine para derribar fronteras y para lograr que costumbres alejadas de las nuestras resulten en la pantalla cercanas y reconocibles, encuentra en “Despedidas” un ejemplo paradigmático. Esta producción japonesa se hizo, contra todo pronóstico, con el óscar a la mejor película en lengua no inglesa en la última edición de los premios, y esto se debe en gran parte a su sabia mezcla de géneros, tan del gusto de los académicos de Hollywood. Porque esta hermosa fábula tiene su acierto en saber adentrarse en diferentes terrenos sin detenerse en ninguno en concreto. El argumento transita de la comedia al drama haciendo que el director, Yojiro Takita, asuma más de un riesgo en los múltiples tonos que adopta la narración. La prudencia y la contención convierten a “Despedidas” en un bello ejercicio reflexivo, capaz de tratar frontalmente temas que la mayoría de las comedias suelen eludir: el abandono familiar, la incomunicación en la pareja y, sobre todo, la muerte y sus aledaños. Un guión bien estructurado y el eficaz trabajo de los actores hacen creíble la historia del joven integrante de una orquesta que, de la noche a la mañana, pierde su trabajo y se ve abocado a aceptar un oficio cargado de estigmas. La película sabe conjugar con inteligencia aspectos de la cultura oriental con el punto de vista occidental, lo que otorga a la trama un carácter universal y muy accesible. De esta manera, “Despedidas” cumple con sus objetivos propuestos y consigue superar la corrección, en gran parte, gracias a su valentía y originalidad.

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The Visitor. 2007, Thomas McCarthy

Hay películas que, sin hacer demasiado ruido, consiguen provocar un eco que se perpetúa en la memoria del espectador tiempo después de haberlas visto. "The Visitor" es una de ellas. Un guión modélico con capacidad para denunciar aspectos incómodos de la realidad sin resultar panfletario, y unas interpretaciones solventes entre las que destaca la de Richard Jenkins, hacen de esta película una obra a tener en cuenta. El trabajo de Jenkins resulta conmovedor por su gestualidad precisa y su economía de medios. Su forma de mirar y de moverse, su manera de decir los diálogos son un ejemplo de contención y de talento aplicado a la interpretación. Por otro lado, las labores de Thomas McCarthy en el guión y la dirección no hacen sino confirmar las habilidades que, cuatro años atrás, ya revelara en "Vías Cruzadas". Esto es, un don para aprehender lo cotidiano y para presentar, de modo directo y sencillo, películas pequeñas en apariencia y grandes en objetivos. "The Visitor" es un relato que empieza como un cuento y termina como una crónica. Emocionante, incómoda y triste. Un espejo de nuestra sociedad y sus contradicciones. Una película necesaria.

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Séraphine. 2008, Martin Provost

El cine francés ha demostrado en repetidas ocasiones una habilidad especial para conjugar la fábula, la reflexión y el relato histórico. Desde Cyrano de Bergerac hasta Los chicos del coro, todos los años surge una gran producción capaz de atravesar las fronteras de medio mundo y conseguir un buen puñado de galardones. Séraphine ha logrado lo segundo (siete premios César de la academia francesa de cine) pero no ha conseguido la difusión que merecía. Los espectadores y los críticos que han podido disfrutar de sus imágenes, coinciden en la calidad de una película que merece la pena reivindicar. Y es que la historia de Séraphine Louis, la sirvienta que entre coladas y suelos sucios consumía sus noches completando una obra única y desgarrada, tiene virtudes para seducir allá donde sea vista. Por su impecable factura técnica, capaz de trasladar a la pantalla un naturalismo donde conviven los usos y costumbres de una pequeña localidad gala con el universo íntimo de una artista original, un icono dentro de los primitivos modernos. Por su guión, eficaz y sencillo como solo pueden ser los relatos complejos. Por su puesta en escena, austera, evocadora, muy inspirada. Y por supuesto por su actriz protagonista, una inmensa Yolande Moreau que logra hacer cercano un personaje de la dificultad de la pintora, lúcida en su locura creativa y obsesiva dentro de su cotidianidad. Todos estos elementos convierten a Séraphine en una experiencia gozosa y triste, emocionante y muy recomendable. El cineasta Martin Provost realiza así con su tercer largometraje no sólo un ejercicio de justicia histórica, sino un hermoso retrato sobre la creación artística.

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Amor eterno. "Eternal love" 1929, Ernst Lubitsch

Que Lubitsch fue un maestro lo demuestran películas como ésta. Rodada en las postrimerías del cine mudo, "Amor eterno" es un prodigio de realización al servicio de un guión poderoso y de una puesta en escena llena de imaginación y talento. La contundencia de las imágenes y una fotografía muy matizada, obra de Oliver T. Marsh y Charles Rosher, dotan a este film de una plasticidad fuera de lo común, convirtiendo la pantalla en un lienzo. Las interpretaciones de los actores, con el gran John Barrymore a la cabeza, son ajustadas y precisas, sin el exceso de la pantomima habitual por entonces. La cámara de Lubitsch recorre los decorados y los rostros de forma ágil, enérgica, y sabe captar el erotismo del relato mediante las sugerencias que formarían parte de su famoso toque. "Amor eterno" supone una muestra de lo lejos que llegó el cine mudo gracias a autores como Ernst Lubitsch. Cine con mayúsculas.
A continuación, una muestra de la extensa filmografía de John Barrymore, una de las grandes estrellas del Hollywood dorado.

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Danzad, danzad malditos. "They shoot horses, don´t they?" 1969, Sydney Pollack

Sería muy difícil hacer una mala película con esta historia. La fuerza dramática de la situación que describe, lo extremo de los personajes, el juego de analogías y de metáforas como forma de crítica es de tal calado, que el reto del film era mantener las expectativas creadas desde el propio planteamiento de la trama. Expectativas que se ven cumplidas y superadas en un verdadero tour de force argumental que concluye con un desenlace sorprendente y fatalista. "Danzad, danzad malditos" es concisa y cruel, lo que la hace fascinante. Los actores se entregan con esfuerzo y la cámara de Sydney Pollack los retrata en su descenso a los infiernos de forma ágil, elegante y despiadada. Una obra difícil de olvidar, un ejercicio atrevido y desgarrador que ayudó a hacer el cine de aquella época diferente y apasionado.

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In the loop. 2009, Armando Iannucci

La sátira es un género de larga tradición que, bien hecho, resulta muy efectivo. Sin embargo, tiene el riesgo de estar siempre bordeando los límites del exceso, por lo que una sátira que no encuentra su justa medida quedará irremediablemente herida y carente de credibilidad. "In the loop" camina en todo momento sobre ese alambre sin llegar nunca a caer, y eso es lo mejor que se puede decir de esta comedia tan inteligente como cargada de veneno. Los estereotipos están bien definidos y el ritmo, frenético, no llega a decaer. El resto lo completan unos actores entregados que son parte activa y creativa del guión. La realización del debutante Armando Iannucci se emplea en capturarlos dentro del encuadre y en permitir que la trama se desarrolle con coherencia en medio de la multiplicidad de personajes y escenarios. "In the loop" supone un nuevo eslabón en el poco explotado cine político que es capaz de reflejar, con humor y garra, a esa fauna extraña y reconocible que son los gobernantes.

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