El actor Casey Affleck debuta en la dirección con un ejercicio arriesgado e irreverente sobre el estrellato y las consecuencias del reconocimiento dentro del mundo del espectáculo. “I´m still here” indaga en estas cuestiones empleando el recurso del falso documental, con una cámara inquieta y entrometida que recoge las imposturas de un Joaquin Phoenix interpretando la versión más caricaturesca de sí mismo. El problema de semejante propuesta es que la forma termina devorando el contenido, y la interesante y necesaria reflexión sobre el artista que la película apunta queda diluida bajo los efectos de su propia trampa, de su intención de dar gato por liebre. El discurso del film suena con sordina a falta de concreción, apagado por una narración irregular en la que se alternan momentos de lucidez con otros que caen, demasiado a menudo, en la reiteración, poniendo a prueba la paciencia del espectador alejado ya de la vocación rupturista de Affleck. El conjunto aparece por lo tanto lleno de altibajos, evidenciando la falta de un guión sólido al que aferrarse y el exceso de confianza en la frescura y en la arrogancia de la idea de partida. Una idea loable pero desarrollada con torpeza convierte a “I´m still here” en el ejemplo de lo que un aparente estilo descuidado puede terminar ofreciendo: una película descuidada.
La calle de la vergüenza. "Akasen chitai" 1956, Kenji Mizoguchi
El mismo año de su muerte, Kenji Mizoguchi rueda "La calle de la vergüenza", una película considerada pequeña dentro de su filmografía pero que contiene las señas de identidad de su autor: la fijación por los personajes femeninos, retratados con una sensibilidad que evita cualquier atisbo de maniqueísmo o condescendencia, el tema de la prostitución, erigido aquí como argumento mismo, y la preocupación por la realidad social e histórica en la cual se enmarca el relato. En esta ocasión, Mizoguchi narra el cotidiano devenir de las mujeres que trabajan en uno de los numerosos burdeles del barrio rojo de Tokio, en la época contemporánea al film. El maestro japonés esquiva cualquier tentación al tremendismo y no escarba en los aspectos más turbios de la situación, sino que sitúa su cámara frente a los personajes con atención y respeto limitándose a capturar realidades, una por cada mujer que vende su cuerpo, para dejar que sea el espectador el que juzgue y tome sus consideraciones. El ejemplar dominio de la puesta en escena de Mizoguchi queda patente en cada imagen de la película, a través de su característico estilo elegante y depurado de una escena/un plano. "La calle de la vergüenza" es un drama que trata de arrojar luz sobre un tema, el de la prostitución, cuyas sombras y contradicciones continúan proyectándose todavía hoy. El broche sencillo y perfecto a la carrera de un cineasta imprescindible, un autor que junto a Ozu y Kurosawa llevó el cine japonés a su época dorada.
La ciencia del sueño. "The science of sleep" 2006, Michel Gondry
Alguien ha definido esta película como un elogio de la inmadurez, expresión ajustada como ninguna. Michel Gondry continúa viajando por los pliegues del subconsciente y de los sueños para regalarnos, de paso, una comedia romántica que se aparta premeditadamente de cualquier convención. De alguna forma recoge el espíritu de "Olvídate de mí" y trata de recrear los ecos de aquella gran obra, pero el guión de "La ciencia del sueño" carece de su redondez y, al final, los trucos visuales de Gondry terminan primando sobre los argumentales. Aún así la película supone un gozoso canto a la imaginación, y el sello personal de su autor justifica que la película pueda verse más que con interés, con fascinación. Bien rodada y bien interpretada por Gael García Bernal y Charlotte Gainsbourg, tan sólo se puede lamentar una falta de concreción narrativa y, sobre todo, un clímax más cerrado, un desenlace de mayor contundencia. Todo lo demás son aciertos en una película que admite los calificativos de lírica y surreal sin resultar forzados ni altisonantes, sino de una forma natural. Ahí reside su mérito.
A continuación, “La lettre”, el cortometraje que Michel Gondry realizó en 1998 y en el que pueden apreciarse algunas de sus señas de identidad: la inevitable fijación por las escenas oníricas, el artesanal modo que tiene de desarrollar los efectos especiales, más cercano a Méliès y a Bradbury que a cualquier programa informático, y ese deje nostálgico tan característico por la infancia perdida. Una pequeña joya que rebatirá los argumentos de sus detractores, aquellos que acusan a Gondry de pertenecer al club de los modernos profesionales y de vender humo envuelto en celofán de colores. A ellos va dedicado.
¡Venga alegría! "Why worry?" 1923, Fred C. Newmeyer, Sam Taylor
Una de las numerosas comedias que Harold Lloyd rodó bajo la producción de su descubridor y mentor, Hal Roach, y que tantos buenos resultados les reportaron a ambos. "¡Venga alegría!" parte, como suele ser habitual, de un argumento muy sencillo que se va desarrollando mediante una sucesión de gags en los que Lloyd tiene la oportunidad de lucir su talento para el slapstick. Su característico personaje de despistado fuera de lugar encuentra en el marco de una improbable revolución sudamericana el escenario perfecto para el desastre, al tiempo que se ve rodeado de una peculiar galería de personajes secundarios que hacen de "¡Venga alegría!" un entretenimiento asegurado. Los dos directores, Fred C. Newmeyer y Sam Taylor, como en otras películas de esta época, saben imprimir el ritmo necesario y adecuar el tono a cada escena para que la narración fluya constante y alcance su objetivo principal: completar una hora de pura comedia.
Destino: Woodstock. "Taking Woodstock" 2009, Ang Lee
Ang Lee continúa explorando aspectos de la cultura norteamericana con su habitual acierto para encontrar, en los detalles, las piezas que completen una visión de conjunto. El concierto de Woodstock celebrado en 1969 sirve como vehículo para retratar a una generación adulta que asistía desconcertada a los cambios de una época convulsa, mientras que las nuevas hornadas pujaban por abrir vías alternativas y dejar atrás los modos y maneras que ejemplificaban desastres como la guerra de Vietnam. Para reflejar ese ambiente, Ang Lee construye una comedia de personajes en un entorno que, trasladado a la pantalla, conserva toda su aureola mítica. Lo interesante de "Destino: Woodstock" es que la cámara apenas llega a adentrarse en el recinto del concierto, concentrando su atención en la amplia fauna que pobló los alrededores aquellos días, hasta completar un paisaje donde la anécdota y el homenaje alcanzan al mismo valor. La historia cuenta por ello con una gran cantidad de personajes, y sus relaciones con el joven protagonista son las que hacen avanzar el relato con pulso firme pero sin prisas, recreándose algunas veces en las peripecias del momento histórico. El guión sabe encontrar el tono adecuado para cada escena, un acierto que el largo elenco de actores potencia con sus interpretaciones y permite que el público disfrute con un divertimento que, como espectáculo inteligente que es, oculta un trasfondo menos amable de lo que dan a entender sus elaboradas imágenes.The tune. 1992, Bill Plympton
La mayoría de las veces, los autores que toman el camino de la libertad creativa y de la independencia económica deben pagar a cambio el peaje de acceder a un público minoritario. En un mundo tan mercantilizado como es el del celuloide, esta opción entraña no pocos riesgos, por eso cineastas como Bill Plympton merecen ser tenidos en cuenta y ser rescatados de ese cajón de las etiquetas que, desde hace tres décadas, le define como director de cine independiente de animación, con la marginalidad que eso conlleva. Una condición que Plympton ha exhibido en una larga lista de cortometrajes, algunos de ellos antológicos, siempre fieles a un estilo original y reconocible desde el primer trazo.
En el aspecto visual, el dibujo de Plympton puede parecer simplemente abocetado, como si se tratara del story board de una obra que ha sido interrumpida en algún proceso de la producción, sin embargo, la frescura y la inmediatez de la animación difícilmente se podría igualar de otro modo más convencional, de mayor acabado y refinamiento. El espectador es así consciente de la animación en su estado más artesanal y directo, más puro al fin y al cabo. La gran imaginación de Plympton pone siempre a prueba la capacidad de sus propios dibujos, creando un universo absolutamente peculiar y divertido, donde conviven el humor, la crítica, el surrealismo y el musical, y del que el espectador no logrará abstraerse. Todo esto se encuentra en "The tune", el primero de los largometrajes de Plympton, un musical delirante y libérrimo que Matt Groening definió con acierto como el "Yellow submarine" de los años noventa. Lamentablemente, "The tune" no consigue alcanzar entidad como obra compacta y unitaria, convirtiéndose en una sucesión de los cortometrajes característicos del mundo Plympton, esto es: numerosos juegos visuales, gags ocurrentes y reflexiones más o menos veladas tras un humor descacharrante. Aún así, la película supone una buena ocasión para acercarse al trabajo de Bill Plympton, un gran autor y, sobre todo, un artista necesario.
A continuación, una pequeña muestra del talento de Plympton, el videoclip que realizó en 2008 sobre una canción de Parson Brown.
Las dos tormentas. "Way down East" 1920, David W. Griffith
Para que el cine fuera cine, pioneros como David W. Griffith debieron echar mano a los referentes que tenían más cercanos: en el aspecto visual, recurrieron a la pintura y a las posibilidades que la fotografía y su técnica podían aportar. En lo narrativo, la novela y sobre todo el teatro fueron la base para adaptar argumentos, personajes y situaciones a la gran pantalla. Griffith supo aprovechar estas materias primas para desarrollar un lenguaje en ciernes, ordenando las palabras que articulaban una nueva forma de expresión capaz de reinterpretar, por primera vez, siglos de cultura culta y popular de un modo directo y accesible a todos los públicos. Esa fue la grandeza de los primeros directores y así deben ser tenidos en cuenta. Al mismo tiempo, los pioneros del cine en Europa introdujeron las vanguardias otorgando a las películas el rango de artísticas y sacándolas para siempre de las barracas de feria. Autores como Murnau y Eisenstein redujeron el texto de sus obras hasta la mínima expresión, algo que Griffith no pudo igualar debido a la fuerte dependencia de sus historias respecto al material literario original, casi siempre piezas de teatro y folletines novelescos como "Las dos tormentas", a partir de un texto de Lottie Blair Parker.
El guión de esta película alterna las situaciones cómicas con las dramáticas, dándole relevancia a las segundas, por medio de una galería de personajes que se corresponden a arquetipos reconocibles y muy funcionales (la joven inocente, el Don Juan, el romántico soñador, el padre puritano...) El aprovechamiento de los diferentes decorados denota el dominio de la puesta en escena de Griffith, trascendiendo los márgenes teatrales a través de elipsis, flashbacks y demás herramientas narrativas. Su musa habitual, Lillian Gish, realiza una interpretación sentida y esforzada dentro de los parámetros de la época, más cercanos a la pantomima, en un personaje que pone en tela de juicio la hipocresía de ciertas costumbres y las profundas diferencias entre sexos y clases sociales. "Las dos tormentas" es un drama de alto voltaje cuyo desenlace, lleno de garra y emoción, funciona como catarsis de todo lo acontecido anteriormente, el colofón a una película muy enraizada en su tiempo que supone el paradigma de un autor, David W. Griffith, con el que el cine tendrá siempre una deuda pendiente.
A continuación, una de las numerosas películas cortas que Griffith rodó bajo la producción de Biograph, "The house of darkness" de 1912, con la participación de Lillian Gish y Lionel Barrymore entre otros actores.
Help! 1965, Richard Lester
El talento de los Beatles resulta tan rotundo e inabarcable que ni siquiera daños colaterales del estrellato como haber rodado "Help!" pudo despeinarles. Un año después de hacerles debutar en el cine, Richar Lester volvió a convocar a los cuatro de Liverpool abandonando el free cinema de "A hard day´s night" y doblando el presupuesto sin potenciar con ello los méritos de "Help!", sino más bien al contrario. El resultado es de difícil definición. Los más entregados podrían etiquetarlo como humor absurdo, aunque ciertamente se necesita ser un espectador voluntarioso para apreciar la comedia en esta sucesión de momentos producto del delirio que ninguna relación guarda con los números musicales. Éstos aparecen arbitrariamente y sin una coherencia narrativa más que la del capricho, convirtiéndose en la única excusa para ver el film. A ellos se reduce la escasa inventiva visual aplicada por Lester, en el resto de las escenas impera la realización más amateur combinada con una producción espartana y una total ausencia del sentido del ridículo. El espíritu libertario que "Help!" exhibe con alegría no consigue calar en unas imágenes más cercanas al cartoon que a cualquier otra cosa, pero cuya resolución en la pantalla resulta tan pobre y deslabazada que termina imponiéndose la sensación de talento desperdiciado, de ejercicio lisérgico que -es de suponer- hizo disfrutar a los Beatles de unos buenos ratos en Londres, las Bahamas y los Alpes suizos sin que el público pueda apreciarlo desde sus butacas más que como simples e impacientes espectadores, excluidos de cuanto sucede ante sus ojos. Los Beatles, al fin y al cabo, podían permitirse estas cosas y muchas más.
A continuación, un clásico imperecedero:
Susurros del corazón. “Mimi wo sumaseba” 1995, Yoshifumi Kondo
De haber sido filmada con actores de carne y hueso, “Sururros del corazón” sería considerada hoy un clásico, pero su carácter de película de animación japonesa la convierte en una rara joya para espectadores con pedigrí, una sorpresa que muchos aficionados conservan en su cofre secreto de películas que les cambiaron la vida durante varios minutos. Los motivos son obvios: la excelencia del dibujo y lo cautivador de una historia que sin apenas momentos altisonantes ni demasiado llamativos, consigue guardar un misterio detrás de cada una de sus imágenes. De nuevo la aventura de lo cotidiano y el paso del tiempo como tránsito hacia la madurez son las señas de identidad que Hayao Miyazaki imprime en el guión adaptando el cómic de Aoi Hîragi, mediante una trama que cuenta con la virtud de resultar emocionante sin recurrir a atajos ni a recursos fáciles. Se trata de cine de envergadura, cine importante y de madurez que no por ello ahuyentará a los espectadores más pequeños. Tal es el poder de hipnosis que el realizador Yoshifumi Kondo despliega en las escenas de “Susurros del corazón”, todo un tratado de humanismo y de sensibilidad que nunca llega a ser cursi, de emotividad sin exceso en lo sentimental. Los dibujos del film alcanzan la brillantez propia de los estudios Ghibli, con unos fondos y un tratamiento de las luces hiperrealista como contrapunto al habitual diseño de los personajes, sencillo y natural al mismo tiempo. La música, los efectos sonoros, el montaje y la planificación, la composición visual de todos los elementos de la película resulta fácil de alabar en unas cuantas palabras. Lo complicado es tratar de definir lo que sucede en la pantalla mientras transcurre la historia, el río subterráneo de impresiones, emociones y apuntes de la realidad en el que desemboca el film y donde cualquier espectador con un mínimo de sensibilidad podrá reconocer sus propias experiencias. Así debe ser juzgado. Lo demás es palabrería, y “Susurros del corazón” sabe emplear las palabras justas para calladamente, casi en un susurro, elaborar un discurso que va directo a las entrañas del espectador.A continuación, un breve recorrido por algunas de las películas que han hecho de los estudios Ghibli un referente no sólo de la animación internacional, sino del cine de calidad de los últimos treinta años.
Lanza rota. "Broken lance" 1954, Edward Dmytryk
Western vigoroso e insólito que incide en el drama sobre cualquier otro aspecto, creando un interesante equilibrio entre lo épico y lo sentimental. Edward Dmytryk realiza un alarde de elegancia y explota todas las posibilidades del Cinemascope mediante una dirección que sabe cuándo ser sobria y cuándo ser enérgica, atendiendo a las exigencias de un guión bien ajustado que no interrumpe nunca la emoción y que deposita gran parte de su eficacia en el dibujo de los personajes. Ellos sostienen el drama y se ven perfectamente representados por el plantel que forman Spencer Tracy, Richard Widmark, Robert Wagner, Jean Peters y Kathy Jurado, entre otros. "Lanza rota" pone especial cuidado en el aspecto visual, gracias a la fotografía de Joe McDonald, y en el sonoro, pues la partitura de Leigh Harline multiplica el calado y la entidad de la historia. Dmytryk sabe conjugar todos estos elementos para elaborar una película ambiciosa en sus planteamientos y brillante en el resultado, un western importante emparentados con otros como "Duelo al sol" en cuanto a temática, pero que encuentra su propia identidad en su rara belleza y en su profundo dramatismo.El portero de noche. "Il portiere di notte" 1974, Liliana Cavani
Uno tiende a valorar películas como ésta más por su carácter subversivo y su vocación iconoclasta que por sus condiciones meramente cinematográficas. Y no es de extrañar, porque el material que maneja Cavani es tan sorprendente que, de alguna manera, engulle cualquier apreciación, incluso las negativas. Es en este apartado donde "El portero de noche" acumula los dejes que hicieron más daño al cine durante los años setenta: zooms inútiles, exceso de protagonismo de la cámara y una trascendentalidad mal digerida. Aún así, lo peor es el maniqueísmo de los personajes antagonistas, un catálogo caricaturesco de lugares comunes que palidecen frente al esforzado trabajo de la pareja interpretada por Dirk Bogarde y Charlotte Rampling. Una cuidada fotografía y una hermosa música ayudan a dar empaque al conjunto, en definitiva una película a la que hay que alabar su valentía y su falta de prejuicios. En ella crece la semilla de importantes obras posteriores como "La muerte y la doncella" o "La pianista". En resumen y por no desvelar argumentos: un fastuoso guiñol sobre la crueldad.La mitad de Óscar. 2010, Manuel Martín Cuenca
Insólita propuesta dentro del panorama actual del cine español, poco dado a los riesgos, que plantea un ejercicio narrativo en el que cobra mayor importancia lo que no se cuenta que lo aparece en pantalla, y donde los silencios son más elocuentes que los diálogos. Manuel Martín Cuenca explota su capacidad para la sugerencia en "La mitad de Óscar", a partir de una historia trenzada con elementos en apariencia mínimos pero de hondura suficiente para sostener un sólido drama: un guarda de seguridad apocado y solitario, un abuelo moribundo y una hermana ausente que regresa al lugar donde tiempo atrás se prendieron las brasas de un secreto del que no quedan más que las cenizas. Con un estilo austero y hierático que puede ahuyentar a los espectadores no avisados, Martín Cuenca va tensando los hilos de los que pende el relato hasta llegar al desenlace, no por contenido menos sorprendente. Los personajes se mueven absortos y desamparados por unos paisajes que son mucho más que un entorno, de alguna manera completan la radiografía de sus miedos y son el espíritu mismo de la historia. El horizonte de Almería está siempre presente, su mar es como un muro que encierra al personaje de Óscar en el habitáculo de sus recuerdos y donde no cabe más escapatoria que la que, contra todo pronóstico, Martín Cuenca ofrece en esta película: la redención a través del deseo y de la muerte, el eterno duelo entre Eros y Tanatos contado a media voz, casi en un susurro. El aliento de autores europeos como Tanner, Oliveira o Kaurismäki sobrevuela las imágenes de "La mitad de Óscar", una pequeña sorpresa dentro del acomodado cine español, que supone todo un tratado sobre la quietud y la calma que precede a cualquier tormenta.La ronda de noche. "Nightwatching" 2007, Peter Greenaway
Si hay un director capaz de trascender los límites narrativos del cine y de llevarlos hasta otras artes, ese es sin duda Peter Greenaway. Y es que como viene siendo habitual, "La ronda de noche" no es sólo cine. Es teatro, es literatura y es, sobre todo, pintura. La planificación recrea en todo momento la obra de Rembrandt, personaje protagonista de la película, y está planteada como una sucesión de cuadros donde los personajes ocupan un espacio escénico, generalmente en planos largos y de conjunto, cuya iluminación huye de la realidad y cumple funciones más estéticas que descriptivas. No es de extrañar que esta forma de utilizar la pantalla, acercándola más al lienzo, provoque tanto críticas como alabanzas. A estas alturas, Greenaway no engaña a nadie. Para él, el cine es una herramienta, un modo de expresión. Es el catalizador de sus inquietudes. El problema, en el caso de "La ronda de noche", es la dispersión en el desarrollo del relato. La acumulación de personajes lleva a la confusión, y esto es debido a que las acciones no suceden sino que se cuentan, algunos de los acontecimientos más importantes los conocemos por boca de quienes los han presenciado, una opción bastante poco cinematográfica que no impide, sin embargo, no caer en la fascinación de su puesta en escena y en el poder hipnótico de sus imágenes. Hay que lamentar también la falta de fluidez en la historia, lo que hace que las escenas se sucedan sin cohesión y en ocasiones resulten premiosas y deslavazadas. Esto provoca que la película se disfrute mejor durante momentos aislados -algunos ciertamente memorables- que en su conjunto, algo frío y monótono. Aún así, conviene reconocer la valentía de su autor y su voluntad de llegar siempre un paso más allá.A continuación, el cortometraje que Peter Greenaway rodó en 1969 bajo el título "Intervals", uno de sus primeros trabajos de experimentación con el montaje.
Un grito en la niebla. "Midnight lace" 1960, David Miller
"Un grito en la niebla" es, en muchos aspectos, una película de suspense modélica. Recogiendo el testigo de los dramas de corte psicoanalítico tan en boga unos años atrás, y tomando a Hitchcock como referencia más directa, la historia consigue trazar las líneas necesarias para crear drama, emoción y misterio manteniendo en todo momento el juego de complicidad adecuado con el espectador. El inteligente guión de Ivan Goff y Ben Roberts funciona a modo de ecuación matemática en la que varias incógnitas dificultan la resolución de un problema que sólo se desvela al final, mediante un clímax que cumple las exigentes expectativas generadas desde el principio. Y eso que la dispersión de pistas falsas a lo largo del relato hacen correr más de un riesgo a los guionistas y al director, David Miller, el cual logra sortear estas trampas por medio de una puesta en escena elegante y sobria, de un sentido dramático ajustado como el mecanismo de un reloj. A esto contribuyen las acertadas interpretaciones de Doris Day, Rex Harrison y el resto del reparto, capaces de dibujar sus personajes con el doble trazo de lo que muestran y de lo que sugieren.Estéticamente, "Un grito en la niebla" es un ejemplo de estilización aplicado al drama. Desde la inspirada fotografía de Russell Metty hasta la ambientación y los decorados, de cierta tendencia teatral, la película adquiere un aire de irrealidad que no sólo favorece al conjunto sino que le confiere, además, una identidad muy británica. Todos estos elementos hacen de "Un grito en la niebla" un placer para los ojos y un entretenimiento muy efectivo, que consigue trasladar al espectador toda la emoción de su historia sin recurrir a golpes de efecto y sin perder el equilibrio incluso cuando camina sobre el alambre y sin red.
Déjame entrar. "Låt den rätte komma in" 2008, Tomas Alfredson
La figura del vampiro, exprimida hasta la saciedad con mayor y menor fortuna, encuentra en esta película una novedosa representación que supone una puesta al día del mito y una forma de acercarlo al público más prejuicioso y amante de las rarezas. Porque "Déjame entrar", aparte de otras cosas, es sobre todo una rareza. Por su estilo en la narración, evocador y austero, que sabe emplear los recursos clásicos del cuento para subvertirlos y reinterpretarlos haciendo que las viejas maneras parezcan nuevas. Por su carácter profundamente europeo y nórdico, dotando de belleza y misterio unos escenarios cotidianos que transforman el naturalismo casi en abstracción. Y sobre todo, el film de Tomas Alfredson es una rareza por su sentido de la atmósfera, todo un revulsivo frente a las convenciones del género, lo que añade dimensión al original literario de John Ajvide Lindqvist. El aliento gélido de las imágenes que se respira en "Déjame entrar" se ve contrastado por cierto concepto de la intimidad que consigue resultar perturbador por lo inesperado. Sin duda tienen mucho que ver en esto la fotografía y la música, dos aciertos que se suman al guión y a las interpretaciones para completar esta obra única, original. Es una lástima que todas estas virtudes se vean empañadas por un regodeo a veces gratuito en lo escabroso, algunas salidas de tono que rompen el equilibrio mostrado sobre todo en la primera parte. Aún así, conviene reconocer los méritos de esta pequeña joya que encuentra en el riesgo su mejor baza.
Manon. 1949, Henri-Georges Clouzot
Henri-Georges Clouzot desplegó toda su destreza visual y su olfato narrativo para adaptar "Manon", la novela de Abbé Prévost que ofrecía, sobre el papel, unas posibilidades que el director francés supo trasladar a la pantalla con lucidez y virtuosismo. Clouzot demuestra ser una cineasta exuberante, sus imágenes siempre cuentan algo y lo hacen con la elocuencia de quien domina el oficio. La riqueza de la planificación en cuanto a angulaciones, tamaños y puntos de vista es potenciada por el montaje y la fotografía, sin embargo, existe un misterio intangible en el cine de Clouzot que escapa a la técnica y que tiene que ver con el sentido narrativo: el tempo de las escenas fluye sin pausa, los diálogos se suceden a la velocidad del pensamiento y aún así, hay algo bajo los elaboradísimos planos de Clouzot, algo invisible y orgánico, que llena el relato de pulsión, de desasosiego. Es una capacidad innata para el escalofrío que el autor exhibió con creces en sus dos películas posteriores, "El salario del miedo" y "Las diabólicas", y que en "Manon" alimenta una trama de contenido profundamente dramático. La historia sigue los pasos de una pareja condenada al encuentro y al desencuentro en los tiempos de la liberación francesa tras la 2ª Guerra Mundial. Un amor imposible que obtiene la redención en el tercio final de la película, de un lirismo arrebatado, en el cual Clouzot se lanza sin red hacia los abismos del riesgo. Y allí donde otros hubiesen podido estrellarse, Clouzot resulta indemne y fortalecido, porque "Manon" es, gracias también a lo acertado de su reparto, un film valiente y apasionado, bello, doloroso, y que regala un temblor de inquietud y de placer, de emoción al fin y al cabo.Imitación a la vida. "Imitation of life" 1959, Douglas Sirk
Douglas Sirk fue coronado, durante los años cincuenta, como el rey del melodrama, un género que él ayudó a definir y que depuró hasta su última película, "Imitación a la vida". Tras una carrera apelando a los sentimientos del público, Sirk se despidió de la realización cinematográfica con todo un paradigma de la sublimación del folletín, un film desmesurado en el fondo y en la forma que, no obstante, mantiene el interés que otras obras del director alemán han perdido con el paso del tiempo. Porque películas como "Imitación a la vida" hace años que ya no se hacen, y sólo el talento de Sirk como cineasta y el pulso que exhibe mediante la planificación y la puesta en escena salva a esta historia de quedar obsoleta. Si los amantes del naturalismo pueden sentirse agraviados, no negarán que hace falta situar muy bien la cámara para no perderse en la maraña de personajes atormentados y de situaciones límite que llenan la trama. Sirk consigue la mayoría de las veces, gracias a su elegancia y a su particular sentido estético, desvincular el drama de lo superfluo y la emoción de lo cursi, algo que no siempre sucede en su filmografía. Cierto es que "Imitación a la vida" exige cierto voluntarismo por parte del público, el cual disfrutará más o menos según su grado de implicación con un relato que, si bien puede partir de situaciones reales y reconocibles, siempre está a un paso de resultar inverosímil. El plantel de actores, con Lana Turner a la cabeza, se limita a aportar sus bellos rostros y a darle empaque al conjunto. Tan sólo la joven actriz Susan Kohner consigue perfilar un personaje con cierto trasfondo, el resto de sus compañeros o bien cumplen con corrección (Juanita Moore) o bien naufragan en el cliché (John Gabin). Es digna de mención la generosa intervención, en el clímax de la película, de la gran cantante de gospel Mahalia Jackson, un regalo para los oídos que los espectadores melómanos apreciarán más que cualquier otra cosa. Relájense y disfruten:La doctrina del shock. "The shock doctrine" 2009, Michael Winterbottom, Mat Whitecross
Pocos directores de cine hay en la actualidad tan prolíficos y eclécticos como Michel Winterbottom. Su capacidad para mantener un ritmo de producción apabullante, que no ha mermado la calidad de sus películas, permite que frente a la lente de su cámara hayan desfilado toda clase de géneros, desde el western de "El perdón" hasta el noir de "El diablo bajo la piel", pasando por el melodrama de "Génova", la comedia de "Tristam Shandy", el erótico musical de "Nueve canciones", el realismo social de "Wonderland" o la crónica generacional de "24 hour party people", entre un largo etcétera que abarca la friolera de 18 títulos en apenas 16 años de carrera. Y aunque el cine de Winterbottom cuenta con un fuerte apego a la realidad ("En este mundo" o "Camino a Guantánamo" así lo demuestran), el realizador inglés firma por vez primera un documental junto a su colaborador Mat Whitecross para llevar a la pantalla "La doctrina del shock", un texto de referencia de Naomi Klein, la musa y gurú del progresismo que durante los últimos años ha cuestionado algunos de los pilares del neoliberalismo imperante.El documental incide en las líneas maestras del ensayo de Klein, aportando una ingente cantidad de material de archivo que ilustra y arroja luz sobre unas ideas que nunca resultan áridas o espesas en su traslación cinematográfica, gracias a su decidida vocación didáctica y clarificadora. Winterbottom esquiva las tentaciones propagandísticas al estilo de Michael Moore sin por ello resultar menos efectivo, más bien al contrario, pues el ágil ritmo de la narración y la fidelidad a un hilo argumental en el que hubiese sido fácil enredarse otorgan a "La doctrina del shock" interés, información y emoción, tres ingredientes cuya mezcla convencerá a los espectadores concienciados y disuadirá a los escépticos. Pero que nadie se lleve a engaños, porque se trata sobre todo de un ejercicio voluntarioso, volcado en remover doctrinas y realizado con más voluntad que medios, la prueba es que para la banda sonora se han recuperado las notas que Carter Burwell compuso para "Fargo" y alguna pieza de Michael Nyman. Para el contenido visual se ha recurrido a las videotecas y a las intervenciones de la propia Naomi Klein en diferentes conferencias.
El documental es un recorrido a través del mapa del desastre que durante las últimas décadas han trazado las teorías del economista Milton Friedman y sus pupilos de la escuela de Chicago, la larga sombra de su influencia sobre los ámbitos del poder que decidieron poner en práctica sus ideas, y los pecados de la falta de regulación económica como motor de todas las crisis, incluida la actual. Por eso el visionado de "La doctrina del shock" resulta hoy tan necesario como lo hubiera sido ayer y como, probablemente, lo será mañana. Un ejercicio de reflexión para públicos que no se conforman con las explicaciones oficiales y que si bien puede pecar de cierto partidismo y de escoramientos claramente ideológicos, funciona por su discurso directo y sin ambigüedades, que a veces adopta el tono de una comedia negra y otras veces, la mayoría, de una película de terror.
A continuación, el documental "La doctrina del shock" íntegro y en versión original subtitulada.
El cisne negro. "The black swan" 1942, Henry King
Deliciosa película de aventuras que contribuyó a que las historias de piratas se constituyesen en todo un género de lo más popular, gracias a su hábil mezcla de comedia, romance y acción. "El cisne negro" cuenta con alicientes de sobra como para ser tenida en cuenta: la dirección de Henry King es eficaz y muy concisa, siendo capaz de potenciar el vertiginoso ritmo que Ben Hetch y Seton I. Miller imprimen al guión. King transforma la pantalla por momentos en un lienzo en el que brilla con inspiración y belleza la fotografía de Leo Shamroy, con unas imágenes siempre respaldadas por la enérgica partitura de Alfred Newman. Esta conjunción de nombres da como resultado una película sobre la cual el paso del tiempo ha extendido su pátina de fascinación añeja y entrañable, esa que lucen los clásicos que lo son por derecho propio. El bello paisaje visual de "El cisne negro" se ve completado por los rostros de Tyrone Power, Thomas Mitchell, George Sanders y una formidable Maureen O´Hara, cuyos personajes convierten el film en un magnífico divertimento, un derroche de emoción y disfrute que termina haciéndose corto.London river. 2009, Rachid Bouchareb

Llevar a la pantalla un hecho histórico plantea siempre complejidades, la mayoría de las veces narrativas, al establecerse una pugna entre el rigor de los acontecimientos reales y las exigencias de la ficción dramática. Por eso, algunos directores optan por tomar la parte por el todo y centrarse en un caso ilustrativo que pueda dar cuenta de la magnitud del conjunto. Esto es algo que saben hacer los buenos narradores, y que Rachid Bouchareb aplica a la hora de trasladar al cine los terribles atentados suicidas que sorprendieron a la ciudad de Londres la mañana del 7 de julio de 2005. La tragedia vivida aquellos días se ejemplifica en el encuentro de dos padres que acuden a la capital inglesa en busca de sus hijos desaparecidos, otorgándole a la historia un carácter íntimo y cercano. Otro de los retos que plantea un film como “London river” es el del tono dramático, pues directores menos prudentes que Bouchareb aprovechan para cargar las tintas en lo que a emociones se refiere y terminan apelando a las lágrimas del espectador por los métodos más agresivos. Bouchareb sabe huir de estas tentaciones aplicando la mesura y el sentido común, el respeto al fin y al cabo. Al público y a sus personajes. Hubiese sido demasiado fácil entregar un producto encargado de estremecer los corazones de la multitud, en lugar de eso, “London river” acude a la sensibilidad sólo cuando es necesario y lo mejor que se puede de decir de ella es que no resulta maniquea, artificiosa ni predecible. Eso y las interpretaciones, pues los trabajos de Brenda Blethyn y Sotigui Kouyaté son capaces de sorprender precisamente por su comedimiento. Ambos expresan las tragedias de sus personajes con los mínimos elementos, sin levantar ninguna barrera de emociones frente al espectador y convirtiendo sus dramas individuales en colectivos. Nada en esta película deviene en exceso, cada pieza está ajustada en su medida y conforma un crisol de sensaciones todavía por cercanas, dolorosas. Un retrato de la desolación hecho con pocas pinceladas, un réquiem de apenas dos notas y un ejercicio narrativo de concisión dramática. Eso es “London river”, y por eso cumple sus objetivos con dignidad.
A continuación, un hermoso cortometraje que Rachid Bouchareb realizó en el año 2005 con el título de "L'ami y'a bon", conjugando las técnicas de animación más artesanales con los medios informáticos. Contiene las preocupaciones que Bouchareb ha ido desarrollando en su filmografía: los conflictos bélicos, las desigualdades étnicas y raciales, la emigración... todo cabe en este cuento triste, revestido de un aspecto visual fascinante, al que no le faltan las intenciones críticas y de denuncia propias del autor.



