El lobo de Wall Street. "The wolf of Wall Street" 2013, Martin Scorsese

Muchos años después de que Martin Scorsese abandonara su temprana vocación sacerdotal por la del cine, resulta curioso comprobar cómo conceptos tan religiosos como la culpa y la redención persisten hasta hoy en sus películas. El contraste que añade el empleo de la violencia y su visión de la familia como fuente de seguridad y de conflicto, es lo que ha permitido que su estilo sea reconocible, un estilo que recoge también la tradición del relato clásico norteamericano: historias de hombres hechos a sí mismos, que conocen la gloria y el fracaso. Modernos Ícaros que queman sus alas de cera al contacto con el sol. Travis Bickle, Jake LaMotta, Howard Hughes, los gángsteres de "Malas calles" o "Casino"... son personajes a los que se suma Jordan Belfort, "El lobo de Wall Street".
Scorsese retrata el vertiginoso ascenso de un broker adicto al dinero, el sexo y las drogas, en una historia ejemplar que termina con la inevitable moraleja aleccionadora. Para ello el director recupera el espíritu de una de sus grandes obras, "Uno de los nuestros", sustituyendo a los hampones de Nueva York por los tiburones de la Bolsa. La analogía resulta evidente, y ahí es donde Scorsese desarrolla su crítica, en los excesos del capitalismo salvaje que han derivado en el colapso financiero de los últimos tiempos.
Lejos de atemperarse, a sus 71 años Scorsese sigue rodando con el mismo brío y la misma garra de siempre. Cineasta barroco y exuberante, su condición de director se asemeja a la del jefe de un circo de tres pistas donde impera el viejo lema del más difícil todavía. Esta actitud valiente, casi temeraria, conlleva a veces momentos de lucidez y a veces de riesgo, hasta el punto de que "El lobo de Wall Street" parece ahogarse en más de una ocasión bajo su propio artificio. La línea argumental se diluye por momentos y la película se recrea en sí misma, bordeando la autocomplacencia, algo que Scorsese soluciona mediante la fluidez narrativa y la colaboración de sus fieles: Thelma Schoonmaker, cuyo trabajo como montadora se convierte en el alma de la película, y Leonardo DiCaprio, todo un ejemplo de voluntarismo y entrega en la interpretación. El actor compone un personaje rico en matices que carga sobre sus hombros gran parte del peso dramático del film, respaldado por un largo elenco de secundarios que demuestran la importancia de un buen casting.
Referirse a “El lobo de Wall Street” es dejar a un lado la mesura: hay abundancia de escenas y de personajes, hay electricidad en el argumento y un histrionismo que recorre la película de principio a fin. Puro nervio. Pero también se percibe una insistencia por lo anecdótico que resta efectividad al conjunto, la sensación de encontrarse ante un fresco pintado a brochazos que quiere abarcar un universo demasiado complejo. Probablemente la película podría haber durado menos y no ser tan ambiciosa en sus planteamientos, pero sin duda el resultado tendría que ver menos con su director. Scorsese sabe cómo atrapar la atención del público y hacerle tragar su caramelo, conoce los resortes del drama y de la comedia para construir un artefacto cuya pirotecnia revienta la pantalla. En definitiva, las imágenes de "El lobo de Wall Street" llevan implícitas la marca de su autor, y eso, en estos tiempos de películas clónicas y de concesiones a la taquilla, es un valor irreprochable. Cine apasionante y apasionado, un auténtico regalo para los seguidores de Martin Scorsese.

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Amanda. "Carefree" 1938, Mark Sandrich

A partir de la década de los 20, el cine comenzó a vivir una fiebre por el psicoanálisis que afectó a directores como Hitchcock, Lang o Buñuel. Las teorías de Freud y su interpretación de los sueños dieron coartada sobre todo a películas dramáticas y del género negro, pero hubo también argumentos menos graves que se vieron arrastrados por esta corriente, hasta el punto de alcanzar a una comedia musical de Fred Astaire y Ginger Rogers como "Amanda".
Se trata de la última ocasión en la que Mark Sandrich dirigió a la pareja de bailarines después de inolvidables filmes como "La viuda alegre", "Sombrero de copa" o "Ritmo loco". Dentro de esta serie de aciertos, el lugar que ocupa "Amanda" es el de una joya oculta tal vez por lo extravagante de su trama.
Astaire interpreta el papel de un psicólogo con zapatos de claqué que es capaz de recurrir a la hipnosis para conseguir el amor de una de sus pacientes. Vista hoy, la película no tiene desperdicio: los escasos números musicales, con composiciones de Irving Berlin, son tan brillantes como de costumbre (atención al ralentizado, toda una sorpresa), el guión resulta divertido y los dos actores demuestran su capacidad para la comedia, con mención especial para Ginger Rogers. Su personaje da título al film y aguanta con soltura el peso de la mayoría de las situaciones, convirtiendo a "Amanda" en un eficaz entretenimiento que, si bien no alcanza el brillo de los anteriores éxitos de la pareja, garantiza ochenta minutos de espectáculo sin pausa y sin haber acusado el tiránico deterioro del tiempo.
A continuación, un método infalible para convencer a chicas que se resisten a compartir un baile: el hipnotismo, a cargo del doctor Astaire. Tomen nota:

    
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12 años de esclavitud. "12 years a slave" 2013, Steve McQueen

Tras haber sido bendecido por la crítica con sus dos primeros largometrajes ("Hunger" y "Shame") el cineasta Steve McQueen entra por la puerta grande de Hollywood asumiendo el reto de llevar a la pantalla las memorias del cautiverio de Solomon Northup. A mediados del siglo XIX, este músico y padre de familia vio alterada su condición de hombre libre por la de esclavo, víctima de unos comerciantes sin escrúpulos. Su crimen fue haber nacido negro, y su virtud la de haber dejado constancia de la docena de años que pasó en aquel infierno. Se avisa en uno de los rótulos del film: Northup fue uno entre muchos, pero pocos sobrevivieron para contarlo. "Doce años de esclavitud" resulta por ello aleccionadora, y aspira a moldear los cánones con los que el cine se ha aproximado a estos acontecimientos históricos. Conviene, sin embargo, tomar algunas cautelas antes de que los juicios de valor se confundan con los cinematográficos.
Comencemos por lo obvio: todos estamos en contra del racismo, y la esclavitud fue un crimen vergonzoso contra la humanidad del que se lucraron diferentes naciones, incluida la nuestra. La denuncia, por lo tanto, está implícita desde la propia elección del argumento. Ahora bien: ¿Son lícitas todas las formas de denuncia? ¿Dónde termina la muestra de dolor y dónde comienza su exhibición? Porque McQueen bordea peligrosamente esa línea en diferentes momentos de la película.
"Doce años de esclavitud" es dura, muy dura. Es una película dolorosa, casi hiriente. Las magníficas interpretaciones de Chiwetel Ejiofor, Michael Fassbender y de todos los secundarios humanizan el horror que vemos en la pantalla, le ponen cara. Los hermosos paisajes del Sur de los Estados Unidos contrastan con la brutalidad de sus vecinos más respetables. Se percibe la voluntad del director por aliviar la tragedia con dosis de intimidad y de misterio, algo a lo que contribuye la música envolvente de Hans Zimmer. La planificación de McQueen alterna los planos largos que muestran acciones en tiempo real, y los juegos con el montaje, mediante elipsis que cubren un amplio espacio de tiempo para dinamizar la trama. En suma, todos los elementos aparecen conjugados para provocar una emoción sin fisuras. Pero hay también un empeño del director por conmover al espectador a cualquier precio, con cada latigazo y cada gota de sangre, con cada mirada de odio, lo que está a punto de volverse en contra de la película y aminorar su fuerte carga dramática.
Un ejemplo: en una de las escenas más intensas del filme, el protagonista se ve obligado a azotar a una de sus compañeras en la plantación. El elaborado plano secuencia con el que se narra este hecho se desplaza desvelando las acciones y las reacciones de los personajes, juega con los diferentes términos de la imagen y hace partícipe al espectador de lo que está pasando, le convierte en testigo impotente del espanto. Bravo por McQueen. La escena siguiente se abre con un primer plano de la espalda desgarrada por los latigazos, mientras unas mujeres tratan a duras penas de limpiar las heridas sangrantes. La primera escena es un ejercicio virtuoso de cine, cargado de drama y de tensión. La segunda es reiterativa, detiene el relato y chapotea en un sadismo que raya en lo morboso.
En definitiva, si lo que pretende "Doce años de esclavitud" es arrojar luz sobre un periodo oscuro de la historia, es evidente que sus responsables lo han conseguido con éxito. Pero si de lo que se trata es de revolver las tripas del público acomodado y de azuzar sus conciencias, tal vez un poco más de sutileza ayudaría a que el recuerdo de esta película notable no se quede en el mero cóctel de lágrimas y hemoglobina. El talento de Steve McQueen como director, demostrado en este y en sus anteriores trabajos, se lo merece.

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La esclava libre. "Band of angels" 1957, Raoul Walsh

Los grandes estudios no permanecieron ajenos al Movimiento por las Libertades Civiles que empezaba a bullir en los Estados Unidos en la década de los cincuenta. Producciones tan diferentes como "Fugitivos" de Kramer, "Imitación a la vida" de Sirk o "La esclava libre" de Walsh trasladaban a la pantalla temas hasta entonces comprometidos como el de las desigualdades raciales. Más que buscar el oportunismo, se trataba de enmendar un error de omisión, un ajuste de cuentas con el pasado más reciente.
"La esclava libre" despliega el poderío de Warner Bros. justo antes del declive del sistema de estudios, todavía hegemónico, en esta producción fastuosa que cuenta con las coloridas imágenes de Lucien Ballard y la partitura siempre inspirada de Max Steiner. Sentado en la silla de director, Raoul Walsh ejercía su magisterio en la última etapa de su larga y rica carrera. El veterano cineasta supo imprimir el clasicismo que precisaba la narración, prolija en situaciones y en decorados, a base de recortar la novela de Robert Penn Warren que adaptaba. Esta necesidad de síntesis afecta al desarrollo del guión, provocando cierta precipitación en los acontecimientos y una funcionalidad demasiado evidente de los personajes.
Yvonne De Carlo interpreta a una niña rica que vive en una plantación. De la noche a la mañana, se convierte en esclava al desvelarse el secreto de su pasado. Los paisajes sureños de los Estados Unidos y las circunstancias históricas de la Guerra Civil impregnan el relato de épica y romanticismo, algo a lo que sin duda contribuye la arrolladora belleza de De Carlo. Es una lástima que sus recursos como actriz no igualen a los de su fotogenia, descargando el peso interpretativo en su compañero Clark Gable. El actor devora al resto del reparto y reafirma su condición de estrella: Gable impone su carisma y, en buena medida, rescata a la película de la medianía a la que parecía abocarse. Porque "La esclava libre" podía haberse quedado en un mero folletín, en un melodrama anacrónico. La elegancia de Walsh en la puesta en escena y el cuidado diseño de producción elevan el conjunto, convirtiendo la película en una añeja ilustración que se ve con agrado y que proporciona el regusto melancólico de pertenecer a una época que ni siquiera era su propia época. Ya entonces Raoul Walsh era un cineasta de otro tiempo, casi de otra dimensión.

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Los crímenes del museo de cera. "House of wax" 1953, André De Toth

La historia, también en el cine, tiende a repetirse. Durante los años cincuenta, los productores de los grandes estudios buscaban la manera de recuperar al público que poco a poco iba abandonando las salas, atraído por la novedad de la televisión. Para combatir la pujanza de la pantalla doméstica, las pantallas de cine se hacían cada vez más grandes y los colores eran cada vez más vivos, se perfeccionaban los sistemas de sonido y se desarrollaban ingenios técnicos como el de las tres dimensiones. Warner Bros. fue el primero de los estudios que apostaron por ponerle a sus espectadores las primitivas gafas bicolores que permitían admirar la maravilla de la imagen cercana, la sensación de relieve que todavía hoy sirve como panacea ante el declive de asistencia a las salas.
En 1953, el vehículo para lucir el invento era "Los crímenes del museo de cera", cuya realización fue encomendada a un artesano eficaz y ajeno a los sobresaltos como era André De Toth. La paradoja consistía en que más allá de la innovación y de la parafernalia publicitaria, la película retomaba el espíritu de las viejas producciones de la Universal de los años treinta, cuando Béla Lugosi y Boris Karloff sembraban el terror en los patios de butacas. En esta ocasión era Vincent Price el encargado de alimentar las pesadillas de los espectadores, en una de sus interpretaciones más carismáticas: la del artista sensible que debe pervertir su genio para satisfacer a un público hambriento de banalidades.
La apariencia artesanal de "Los crímenes del museo de cera" favorece su aureola de cuento gótico, de romanticismo decadente que De Toth convierte en una de las principales bazas del film. El director aprovecha bien los medios con los que cuenta para crear atmósferas inquietantes y de gran plasticidad,  en una evocación de postales antiguas que, lejos de amarillear con el tiempo, conservan intacto todo su poder de fascinación.
Resulta difícil permanecer ajeno al influjo del film y a la magia que desprenden sus imágenes. Muchas de ellas contienen la llama que luego se prendió en cineastas como Roger Corman, John Carpenter o Tim Burton. Este último rindió pleitesía en 1982 a la figura de Vincent Price en forma de cortometraje de animación, una pequeña maravilla que lleva por título "Vincent" y que cuenta con la propia voz del actor. Que lo disfruten:

   
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La gran belleza. "La grande bellezza" 2013, Paolo Sorrentino

Transcurridos más de cincuenta años desde "La dolce vita", Paolo Sorrentino rememora los ecos de la película de Fellini convirtiendo al joven paparazzi en un escritor maduro y desencantado. En esencia, lo demás sigue igual: el mismo vacío existencial, la misma crítica a la iglesia y a la clase alta, el mismo hedonismo frustrante. Hay algo nuevo bajo el sol romano: "La gran belleza" incorpora el elemento de la edad del protagonista, lo que refuerza el aliento de melancolía.
Sorrentino despliega todo su arsenal estético para emborrachar al espectador con una cascada de imágenes inquietas y en continuo movimiento. Un ejemplo: Jep Gambardella regresa de una fiesta pantagruélica a primera hora de la mañana, se detiene para beber en una fuente y una jovencísima novicia se distrae observando sus pasos. También hay un hombre que tira de su perrito, una mujer hablando por teléfono... en resumen, un minuto de costumbrismo mañanero desarrollado en una veintena de planos, nada menos. La apuesta de esta película es la del exceso, por medio de una retórica en la que prima el adorno y el juego floral. Hay gratuidad en la forma de "La gran belleza", en el estilo que Sorrentino ha elegido para contar una historia que tampoco sigue patrones estrictos de guión.
A través de una sucesión de escenas pobladas de personajes episódicos que aparecen y desaparecen intermitentemente, Sorrentino elabora un fresco de la Roma más acomodada optando por la caricatura y el trazo grueso: poetas que no hablan, escritores que no escriben, mujeres y hombres incapacitados para el amor, condes de alquiler, chamanes cirujanos, religiosos mediáticos... una fauna que pretende abarcar demasiados perfiles distintos, como distintos son los dardos que Sorrentino quiere lanzar en su película. "La gran belleza" es acumulativa y amorfa, guiñolesca, muy ambiciosa.
A diferencia de "La dolce vita", "Roma" u "8 y medio", por citar claros referentes fellinianos, el film de Sorrentino gira constantemente sobre sí mismo cayendo en reiteraciones y en lugares comunes. Como un perro que trata de morderse la cola, el guión de "La gran belleza" persigue su objetivo y tarda en encontrarlo. Cuando al final el protagonista encarnado por Toni Servillo consigue cerrar el círculo, es demasiado tarde. Para entonces la moraleja se ha diluido, ha perdido fuerza. El director quiere contar muchas cosas en la misma película, lo que le obliga al simplismo. Ahí es donde naufraga "La gran belleza", en su obviedad crónica y en sus ganas de contentar a un público culto que reconozca los múltiples guiños cinéfilos y literarios.
Desde luego hay elementos destacables en esta película, destellos de ingenio que son sepultados por la verborrea visual de un director que ha querido hablar de la nada recurriendo al todo. La prueba de que es muy delgada la línea que separa el discurso de la perorata, la grandeza de la grandilocuencia.

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De óxido y hueso. "De rouille et d'os" 2012, Jacques Audiard

Jacques Audiard se sumerge en las sombras de la novela de Craig Davidson "De óxido y hueso", para extraer de sus profundidades un drama áspero e intenso, que tiene en la contención su máxima virtud. El cineasta francés logra domesticar los excesos de una trama siempre al borde de la catarsis, recurriendo a la prudencia para provocar emoción. Porque esta es una historia de emociones contenidas que están a punto de desbordarse en cada escena.
La película retrata a dos almas atormentadas que se encuentran en plena inflexión, dos personajes aparentemente opuestos que aprenderán a necesitarse a lo largo del relato. Marion Cotillard y Matthias Schoenaerts ponen cara al desarraigo que muestra el film, más cercano al ejercicio psicológico que al exhibicionismo sentimental.
Audiard acierta en el tono despojado de énfasis y en las imágenes crudas. Aunque no por ello se eluden los recursos simbólicos ni cierto lirismo formal, recibidos por el público como un balón de oxígeno en medio de tanta desazón. El empleo puntual de la luz y de las sombras, el intercambio de los puntos de vista, la banda sonora de Alexandre Desplat... son elementos que se suman a la retórica de la violencia física y mental, expuesta con mesura por el director. Y es precisamente en este extrañamiento, en esta capacidad para la turbación donde Audiard hace volar a la película. Por eso resulta desconcertante la complacencia con la concluye el guión. No se trata de despreciar los finales felices, sino de dotarlos de coherencia. Tal vez un desenlace menos precipitado hubiese redondeado el conjunto de una película valiente y hermosa, capaz de incomodar al espectador con su honestidad.   
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Efectos secundarios. "Side effects" 2013, Steven Soderbergh

Steven Soderbergh es un director con un pie puesto en el cine clásico, en el que se adentra con cierta regularidad ("Ocean´s eleven", "El buen alemán") y otro pie en ese terreno ambiguo conocido como modernidad ("Full frontal", "The girlfriend experience"). Ni demasiado ortodoxas ni demasiado vanguardistas, las películas de Soderbergh tienden un puente por el que transitan Alain Resnais y Wong Kar-Wai, Fritz Lang y Atom Egoyan, un puente sostenido por el carácter singular del autor de "Traffic".
"Efectos secundarios" comienza con una larga panorámica que recorre las fachadas de unos edificios en Nueva York, hasta detenerse en el plano corto de una ventana detrás de la cual se ha cometido un crimen. Cualquier aficionado puede reconocer la influencia de Hitchcock en esta imagen, un referente que está presente a lo largo de la película junto a otros cánones del thriller. Al igual que hiciese en "Un romance muy peligroso" o "El halcón inglés", Soderbergh retoma modelos antiguos y los lleva a su terreno, en un guión que mezcla la investigación de un asesinato, los intereses de las grandes corporaciones farmacéuticas y el trasfondo de la enfermedad mental. Elementos complejos que se comprimen en apenas cien minutos en los que el relato se tuerce y se retuerce, a punto de morir descoyuntado. Se requiere un visionado atento, exhaustivo, sobre todo en la última parte del film. De lo contrario, el espectador corre el riesgo de perderse en la maraña de quiebros que enturbian la película.
Soderbergh recurre a actores con los que ya había trabajado antes (Jude Law, Catherine Zeta-Jones, Channing Tatum) y se estrena con una protagonista de excepcional eficacia: Rooney Mara. Ella y Law resuelven la complejidad de sus personajes con solvencia y entrega, humanizando una trama que requiere frialdad por parte del director para resultar creíble. No en vano, "Efectos secundarios" mantiene esa atmósfera tan característica que Soderbergh suele imprimir en sus trabajos, ese aire enrarecido que no depende sólo de los escenarios o de la ambientación sonora, sino de su olfato para colocar la cámara y para pulir el montaje. Parte del atractivo visual de la película consiste en el empleo del desenfoque como recurso dramático, un truco muy efectivo que remarca la ambigüedad de los personajes y su dudosa moral.
En definitiva, "Efectos secundarios" es un estilizado trampantojo que recupera el espíritu de las añejas producciones de serie B que cimentaron el género negro, un eslabón más en la larga cadena de relatos detectivescos que añaden una coartada psicológica al elemento del crimen. Si de verdad se cumple el vaticinio de Steven Soderbergh de no realizar más proyectos para el cine (parece improbable), no cabe duda de que habremos perdido a uno de los directores más peculiares de los últimos años.



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El sirviente. "The servant" 1963, Joseph Losey

Primera de las colaboraciones entre el cineasta Joseph Losey y el dramaturgo Harold Pinter, "El sirviente" se enmarca dentro de la corriente rupturista con la que el cine contribuyó a la vorágine de los años sesenta. Después de haber sido empujado al exilio por la caza de brujas del senador McCarthy, Losey tuvo que labrarse una carrera en Europa que se iría definiendo en lo estético y en lo intelectual.
"El sirviente" refleja muy bien el ideario del director: es un estudio de las relaciones humanas llevado hasta sus últimas consecuencias, una parábola lúcida y cruel sostenida sobre los hilos de una sociedad en la que el poder y quienes lo detentan necesitan de subordinados para seguir adelante. Losey retrata la lucha de clases entre las paredes de una casa que actúa como microcosmos, el escenario de un guiñol donde los buenos y los malos, las víctimas y los verdugos, son siempre circunstanciales.
El tratamiento de la propia casa como un personaje más, la importancia del atrezzo y de los decorados, son una herencia del pasado teatral de Losey que, si bien pone extrema importancia en el argumento, no descuida menos las imágenes del film. La característica atmósfera opresiva y barroca del director se trasluce aquí en movimientos de cámara incesantes, que persiguen a los personajes y oscultan el entorno con la dedicación de un cirujano. Es tal la acumulación de símbolos en forma de sombras y reflejos, de sutiles significados en el interlineado del guión y la puesta en escena, que Losey corre el riesgo de ahogar su película bajo un exceso de información.
La retórica visual de "El sirviente" resulta a veces gratuita, cuando no directamente caprichosa: panorámicas que no conducen a ninguna parte, detalles sin relevancia en la acción, subrayados innecesarios... son los vicios adquiridos por un esteta que pudo ser el rey de los iconoclastas, pero también un bufón grandilocuente y satisfecho de sí mismo. Ese es parte del misterio de Joseph Losey. El puente entre los dos extremos es el trabajo actoral, sin duda uno de los aspectos más destacables de la película.
Sarah Miles y James Fox realizan interpretaciones muy ajustadas a la dificultad de sus personajes, son convincentes incluso cuando las situaciones rayan en lo inverosímil. Mención aparte merece Dirk Bogarde, que hace una recreación magistral del ser ambiguo y complejo que da título al film. Su trabajo es el mejor ejemplo de que algunos actores son también autores de las películas en las que intervienen.
De un tremendismo controlado, "El sirviente" pone en práctica la teoría brechtiana del distanciamiento que Losey sabe modular aplicando la emoción y la reflexión a partes iguales, sin que una devore a la otra. Una película inolvidable que, lejos de ser perfecta, ejerce como un magnífico revulsivo capaz de incomodar sin recurrir al mal gusto ni a trucos fáciles. Más de una vez "El sirviente" parece naufragar en sus propios excesos, pero al final queda la sensación de haber asistido al mal sueño que su director, Joseph Losey, tenía en mente.

        
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Gravity. 2013, Alfonso Cuarón.

Alfonso Cuarón es uno de los directores más dotados de su generación, películas como "Y tu mamá también" o "Hijos de los hombres" así lo prueban. Su capacidad para el drama y sus dotes en la planificación le revelan como un narrador nato, capaz de adaptarse a géneros y a producciones de distinto calado. "Gravity" es la quintaesencia de su estilo, la prueba de fuerza de un cineasta en plenitud de facultades.
El guión, escrito a cuatro manos con su hijo Jonás, parte de una situación límite: la lucha de una mujer por sobrevivir en el espacio exterior y regresar a la Tierra. Se trata, por lo tanto, de una historia de superación física y emocional, circunstancia que Cuarón aprovecha para desplegar un arsenal tecnológico en el que la ingravidez juega un papel protagonista. Más que una película, "Gravity" es una experiencia que justifica por sí sola le invención del 3D. Pero no conviene dejarse apabullar por la cacharrería: además de los elementos visuales, Cuarón demuestra manejar a la perfección las claves del suspense más añejo.  
"Gravity" es una película que vacía de significado la dicotomía entre el fondo y la forma, precisamente porque rompe la frontera entre ambos términos. Cuarón emplea para ello recursos técnicos y artísticos que conoce bien. La fotografía de su habitual Emmanuel Lubezki, el esmerado diseño de sonido, la implicación de los actores Sandra Bullock y George Clooney, la exuberancia de la planificación, que luce músculo en el plano secuencia. Merece la pena detenerse en el plano secuencia.
El plano secuencia es una herramienta que los directores de cine han ido abandonando con el paso del tiempo. La influencia de la televisión ha terminado por imponer un montaje cada vez más fragmentado, en el que gana importancia la multiplicidad de los ángulos de cámara sobre la composición del encuadre o la interpretación de los actores. Por eso no es de extrañar que el plano secuencia haya sido relegado, la mayoría de las veces, a una condición anecdótica, marginal. Las razones: requiere conocimientos de puesta en escena, técnicos talentosos y actores entregados. A cambio se obtiene una gran sensación de realidad, de estar asistiendo a los acontecimientos que suceden en la pantalla, en una demolición de las barreras entre el espectador y la ficción. Pues bien, "Gravity" está planteada sobre unos larguísimos planos secuencia de los que parece imposible substraerse. Nos encontramos ante la hazaña de un superdotado, comparable a lo que Hitchcock logró con "La soga". La cuestión no es cuánto dura el plano, sino hasta dónde puede llegar. Lejos del atletismo de otros cineastas, Cuarón parece rodar con un metrónomo en la mano, alcanzando un tempo que se ajusta siempre a las emociones de los personajes. Haber trasladado hasta el corazón de Hollywood este humanismo militante y estas inquietudes retóricas es un mérito que se le debe reconocer al director.
Sorprendente de principio a fin, "Gravity" es un ejercicio modélico de cine aplicado al drama, noventa minutos de tensión en estado puro que confirman a Alfonso Cuarón como uno de los grandes cineastas del momento.

   
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Synecdoche, New York. 2008, Charlie Kaufman

Después de haberse convertido en uno de los guionistas más originales y reconocibles de los últimos tiempos, Charlie Kaufman debutó en el año 2008 como director con "Synecdoche, New York", un compendio de las obsesiones expuestas en sus anteriores trabajos. Como si se tratase de un inventario, aquí podemos encontrar la crisis de identidad de "Cómo ser John Malkovich", los dilemas de la creación de "El ladrón de orquídeas", o la imposibilidad del ideal romántico de "¡Olvídate de mí!" Todo ello elevado a la enésima potencia.
"Synecdoche, New York" comprime el particular universo de Kaufman poniendo a prueba al espectador. El juego entre el sueño y la vigilia, entre la realidad y su representación se vuelve aquí filigrana, a través de la historia de un director teatral que trata de poner en escena su vida cuando ésta amenaza con acabarse. El guión funciona como una sucesión de cajas chinas que se van abriendo a medida que avanza la acción, pero en sentido inverso: de la caja más pequeña se accede a otra más grande, y así hasta completar un paisaje laberíntico que logra hacer del visionado un ejercicio estimulante.
Se trata, por lo tanto, de una película exigente, que requiere la implicación del público. Kaufman no lo pone fácil, la negrura y el desasosiego están presentes durante todo el metraje. "Synecdoche, New York" es una oda a la melancolía, con una lectura pesimista de la condición humana que se ve aliviada por el característico humor negro del autor. Al final hay espacio para el consuelo: Kaufman le presta un hombro a sus personajes y deja traslucir cierto mensaje positivo en el desenlace. Pero que nadie espere concesiones ni finales made in Hollywood, la sensación después de haber visto "Synecdoche, New York" es la de haber recibido un puñetazo a cámara lenta. Esto explica, en parte, la escasa acogida que tuvo la película en su momento, o el hecho de que en algunos países como España ni siquiera conociese un estreno comercial. Resulta triste, porque todo lo que el film exige del espectador lo devuelve con creces.
El riesgo que asume Charlie Kaufman con esta película es el de mezclar intimidad con gigantismo, sentimiento con ambición. Y sale bien parado de la prueba: "Synecdoche, New York" alcanza cotas de sensibilidad gracias a la partitura de Jon Brion y a la esforzada labor de sus actores, un amplio reparto de mujeres como Catherine Keener, Michelle Williams, Dianne Wiest o Emily Watson, en torno a un inspiradísimo Philip Seymour Hoffman. El contraste se produce con el mastodóntico diseño de producción o con la exuberancia del argumento, siempre turbador y siempre al borde del exceso.
El resultado puede fascinar a unos y desconcertar a otros, esa es la apuesta de "Synecdoche, New York". Una película que mantiene viva la llama del riesgo, una experiencia que trasciende los márgenes del cine hasta horadar la cabeza de los espectadores dispuestos a participar en su juego.
A continuación, "Little person", una de las bonitas canciones compuestas por Jon Brion e interpretadas por Deanna Storey que suenan en la película. Relájense y disfruten:

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Arrietty y el mundo de los diminutos. "Karigurashi no Arrietty" 2010, Hiromasa Yonebayashi

Desde sus inicios hace tres décadas, el estudio Ghibli mantiene una producción esmerada y constante, más parecida a un taller artesanal que una fábrica de facturar películas. Fiel a una línea estética muy determinada, incombustible al paso del tiempo y ajena a los atractivos del 3D, sus films son también un alegato, una declaración de intenciones. Una reivindicación de la animación tradicional que pone especial cuidado en el diseño de los decorados y, por extensión, en la defensa de la naturaleza.
"Arrietty y el mundo de los diminutos" narra la relación entre un niño enfermo y los pequeños seres que habitan en una casa de campo. Hayao Miyazaki adapta la novela de Mary Norton en esta hermosa historia que tiene como trasfondo la selección natural y la lucha de las especies por perpetuarse. El debutante Hiromasa Yonebayashi acierta al contener las emociones del relato y al imprimir en la narración un tono pausado, que no lento, lo que aporta cierto regusto melancólico muy acorde con las situaciones que viven los personajes.
En definitiva, se trata de un bello cuento apto para públicos de todas las edades, que insiste en los aciertos desarrollados durante todos estos años por el estudio Ghibli: calidad y compromiso, sentimiento, diversión y reflexión a partes iguales.

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Ciudad portuaria. "Hamnstad" 1948, Ingmar Bergman

"Ciudad portuaria" pertenece a la primera época de Ingmar Bergman, por entonces muy influido por el teatro de Ibsen y Strindberg. Al igual que estos dos autores, con el paso de los años las inquietudes de Bergman derivaron del drama realista al simbolismo, de ahí que "Ciudad portuaria" albergue ciertas pretensiones de crónica social que en ocasiones pueden resultar algo forzadas.
Se trata de cine amargo, sin concesiones, que aborda directamente temas espinosos como la precariedad laboral, el aborto, la falsa moral o las desigualdades de clase. Viejos problemas que cada generación renueva y que protegen a "Ciudad portuaria" con un escudo de intemporalidad. A través de la relación de una pareja condenada al fracaso, Bergman esboza el paisaje ingrato de cuanto le rodea, un escenario donde se confunden los vicios privados y los colectivos. Habrá que esperar hasta el desenlace para advertir el necesario rayo de esperanza, tenue pero alentador.
Aunque los medios eran escasos y el estilo del maestro sueco todavía estaba en construcción, "Ciudad portuaria" cuenta con valores suficientes para ser tenida en cuenta: el interés por retratar realidades incómodas, cierto amaneramiento estético que dota de profundidad el relato alejándolo del folletín y, sobre todo, el fuerte carácter humanista que el director imprime en sus personajes. Por terribles que sean las desdichas y por oscuro que se vuelva el entorno, es fácil sentir empatía por las criaturas que vemos en la pantalla. Esa hazaña está al alcance sólo de los grandes narradores, como Ingmar Bergman.
A continuación, el arranque de "Ciudad portuaria". Todo un ejemplo de naturalismo nórdico capaz de hacer salivar a los espectadores desconfiados:

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Esas mujeres "För att inte tala om alla dessa kvinnor" 1964, Ingmar Bergman

Ingmar Bergman comenzó haciendo teatro y terminó haciendo teatro, por lo que no resulta raro que buena parte de su filmografía se viese afectada por el influjo de las tablas. "Esas mujeres" es uno de los ejemplos más evidentes. No en vano, la película funciona como un sainete en el que la cámara suplanta a la cuarta pared y asume la función del público. Además, sirve para derribar algunos mitos: se trata probablemente de la comedia más bufa y más desenfadada del director sueco, una rareza dentro de una carrera en la que abunda la gravedad.
El argumento aborda las dificultades de un escritor por alumbrar la biografía de un reputado músico, que vive en una mansión rodeado de mujeres. Bergman refuerza la teatralidad del conjunto mediante la puesta en escena y el trabajo de los actores. Con un cruce estético entre el vodevil y el cine mudo, "Esas mujeres" plantea una sucesión de cuadros en los que prima el artificio y donde el reparto habitual del director (Bibi Andersson, Jarl Kulle, Eva Dalhbeck, Harriet Andersson) encuentra oportunidad para el histrionismo.
Para la historia queda la curiosidad de que éste fue el primer film rodado en color por Bergman, quien parece tomarse un respiro entre dos obras de la hondura de "El silencio" y "Persona". Así con todo, detrás de la farsa y de la ligereza de "Esas mujeres" se percibe un cuestionamiento del papel del creador y de la consideración que ejerce en su entorno. Sin lugar a dudas, una película menor con forma de guiñol estilizado que demuestra que el maestro también podía relajarse y divertirse con sus compañeros.

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El cisne. "The swan" 1956, Charles Vidor

Charles Vidor fue un director laborioso y constante, que cumplía con el plan de rodaje de los estudios sin traslucir estilo alguno ni nada que le identificase como un autor. Lo que comúnmente se conoce como un artesano. En su irregular carrera pueden encontrarse cumbres como "Gilda" y películas menos destacables como "El cisne", cuya trascendencia consiste en ser el último trabajo de la hasta entonces actriz Grace Kelly.
A partir de unas premisas interesantes que no resultan bien aprovechadas, "El cisne" deja demasiado en evidencia su origen teatral. El argumento narra las tribulaciones de una familia noble que fue despojada del trono, y los intentos por recuperarlo mediante un casamiento. Lo que se prometía como una historia de amor, adquiere el tono de un sainete y termina desembocando en un inesperado drama. "El cisne" está relacionada con esa recuperación que hubo durante los años cuarenta y cincuenta del cuento tradicional ("Bola de fuego", "Vacaciones en Roma", "Sabrina"), adaptando antiguas fórmulas para insuflarles un aire nuevo. ¿Por qué "El cisne" no alcanza el mismo escalafón que sus antecesoras? Principalmente, porque la acción no consigue desligarse nunca de los diálogos, y porque la puesta en escena tiende a confundir el clasicismo con la rigidez, sin llegar a aprovechar los aciertos de un guión que empiezan pronto a diluirse en la trama. La película adolece de un sentido de la comedia que no llega a definirse por completo: los personajes faltos de carisma, el texto poco inspirado y el desenlace que traiciona sus aspiraciones de fábula, tienen buena culpa de ello.
Alec Guinness y Louis Jourdan hacen esfuerzos por dotar de contenido a sus personajes, sin obtener demasiados méritos. En definitiva, mucha producción para tan pobres resultados. Grace Kelly exhibe su proverbial fotogenia al tiempo que ensaya la vida que le estaba aguardando en la realeza, ahí comienza y termina la curiosidad por esta película que, si bien se ve con facilidad y agrado, de la misma manera puede olvidarse.
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Crumb. 1994, Terry Zwigoff

El hecho de que Terry Zwigoff y Robert Crumb fuesen amigos hizo posible la realización de este documental. De otra manera, hubiese sido imposible. Es conocido el rechazo a los focos de Crumb y su misantropía, lo que otorga a la película un valor excepcional.
Más allá de la biografía al uso o del anecdotario, Zwigoff construye un retrato del artista partiendo de lo que le rodea (sus familiares y lugar de residencia), para hacer hincapié en los aspectos psicoanalíticos del personaje. La influencia de unos padres castradores y la incapacidad para mantener una relación normal con las mujeres marca el devenir de Crumb y el de sus hermanos, aquejados por el desorden mental. La película es incisiva en las cuestiones que plantea: ¿dónde está el límite entre lo común y lo extravagante? ¿Puede considerarse sano quien se excluye de un sistema enfermo, o es al contrario?
Zwigoff expone estas preguntas huyendo de los detalles sórdidos y de la solemnidad, a la búsqueda de lo que se considera cotidiano y que a veces resulta tan difícil de asimilar. La camaradería que el director establece con Crumb traspasa la pantalla y condiciona el relato de un hombre que ha conseguido que el término contracultural sea más que un adjetivo, una opción de vida. Erigido hoy como uno de los ilustradores más importantes del último siglo y padre del cómic underground, Robert Crumb es todo un ejemplo de coherencia y de libertad. Genial, provocador, divertido, visionario... el autor es diseccionado en el documental a partir de testimonios propios y ajenos, por medio de una cámara que tiene la habilidad de fundirse con el paisaje.
En su segundo largometraje, Terry Zwigoff lleva a cabo un ejercicio de observación atenta, que deposita en la fotografía y en el montaje algunos de sus logros. En definitiva, "Crumb" es un documental apasionante y muy revelador que desentraña no sólo a un artista único, sino también a una generación mordida por las expectativas del baby boom y por los sueños truncados del estado del bienestar.
A continuación, uno de los trabajos más conocidos de Crumb: "A short history of America". Doscientos años de historia resumidos en doce viñetas sin texto. Sobran las palabras cuando hay tanto talento: 

    
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Un gato en París. "Une vie de chat" 2010, Jean-Loup Felicioli, Alain Gagnol

En el año 2010, Jean-Loup Felicioli y Alain Gagnol realizaron su primer largometraje después de haber completado un ramillete de cortos en los que dejaron constancia de su estilo. "Un gato en París" endulza las anteriores propuestas de sus directores y rebaja el contenido psicológico para acercarse al gran público, sin escamotear por ello los aspectos turbios de la trama.
Una niña enmudecida tras el asesinato de su padre por un mafioso y la fijación de la madre policía por capturarlo, conforman el hilo argumental en el que se enredan también un ladrón noctámbulo y el gato que sirve como nexo entre los personajes. Esta historia con aires de cuento conjuga el humor con el drama y el intimismo con la acción, hasta derivar en un desenlace de espectacularidad imprevista. Pero lo que otorga valor al film es su estética, más cercana a la ilustración que a la animación convencional.
El aspecto visual de "Un gato en París" define bien el espíritu de la película, sencillo y colorista, seña reconocible de sus dos autores. Bonitas imágenes para una obra de artesanía que merece ser reconocida dentro del panorama europeo de los dibujos animados.
A continuación, el cortometraje "El pasillo", de 2005. Un ejemplo perfecto de la capacidad de Felicioli y Gagnol para crear universos propios donde se confunden lo excepcional y lo cotidiano, la alegoría y el misterio. Que lo disfruten:




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¿Arde París? "Paris brûle-t-il?" 1966, René Clément

Si ya de por sí la adaptación cinematográfica de cualquier novela supone una selección del texto original, cuando se trata de filmar una obra de la magnitud de "¿Arde París?" las dificultades se agravan considerablemente. La multitud de situaciones, personajes y escenarios diferentes que se reparten a lo largo de la novela de Dominique LaPierre y Larry Collins encuentra difícil acomodo entre los márgenes de una pantalla de cine. No en vano la película, cuya duración sobrepasa las dos horas y media, debe dejarse muchas cosas por el camino. O por lo menos esa es la sensación que se tiene durante buena parte del metraje, ya que los personajes y sus motivaciones aparecen abocetados, faltos de información, lo que provoca cierto desconcierto en los espectadores legos en hazañas bélicas.
Carente de un único punto de vista, "¿Arde París?" adopta la forma de un relato poliédrico, en cuyas caras se refleja el acontecimiento histórico y la implicación de sus protagonistas, desde el panadero colaborador con la resistencia francesa hasta el mismísimo führer. La producción del film no escatima en medios ni en actores, así, se pueden descubrir los rostros de Simone Signoret, Yves Montand, Glenn Ford, Kirk Douglas, Jean-Louis Trintignant y un largo etcétera, interpretando brevísimos papeles. Esta idea de hinchar el reparto de la película con nombres de relumbrón puede terminar resultando perjudicial, ya que se corre el peligro de que el público esté más pendiente de ver cuál va a ser la siguiente cara conocida en asomarse a la pantalla, que en los propios personajes. En definitiva, se sacrifica la credibilidad del relato por el elenco de campanillas. Una opción peligrosa cuando es verosimilitud lo que persigue René Clément en el intento de construir una crónica completa de los días previos a la liberación del París ocupado por los nazis.
La película transcurre entre la acción y los diálogos, sin que ambas partes lleguen del todo a compensarse. El guión de Gore Vidal y de un veinteañero Francis Ford Coppola trata de rellenar con estrategias y conspiraciones los huecos que anteceden a la batalla, provocando que la narración gane interés cuando la cámara de Clément desciende de los despachos y se asienta sobre los adoquines de París. El cine sustituye entonces a la literatura y consigue empatizar con el espectador abrumado por los datos históricos.
A través de unas imágenes en blanco y negro cercanas al fotoperiodismo de contienda, el director atrapa la realidad intercalando planos de archivo rodados apenas veinte años antes en las mismas calles. La emoción de muchos figurantes no es fingida, y la ficción coquetea con el documental. Este es el punto fuerte de "¿Arde París?", lo que convierte su primera parte en un largo preludio del momento de la liberación de la ciudad. Clément se recrea para ello en una épica sin heroísmos, que conjuga bien lo doméstico con lo militar y el drama con el humor. Las virtudes de esta última parte alivian las torpezas y los desequilibrios del conjunto, en una película que si bien no demuestra todo el potencial de René Clément como director (se acusan ciertas tosquedades tanto en la planificación como en el montaje), sí logra reconducir las ambiciones de su producción hasta tocar la sensibilidad del público.
A continuación, un extracto de la banda sonora que Maurice Jarre compuso para la película, cuyo espíritu se sintetiza en una marcha militar desplazada por el aire del vals. Que lo disfruten:

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Monstruos University. "Monsters University" 2013, Dan Scanlon

El nacimiento a finales del siglo pasado de los estudios Pixar no sólo revolucionó las técnicas de animación, sino sobre todo obligó a revisar las cotas de exigencia del público infantil, tantas veces maltratado. Desde hacía tiempo, diversión dejaba de ser sinónimo de estupidez, la acción se supeditaba a la trama y se buscaba satisfacer por igual a espectadores grandes y pequeños. En líneas generales, consistía en que el cine familiar recuperase su verdadera acepción.
La irrupción de "Toy Story" en 1995 supuso casi un advenimiento dentro del panorama comercial, cuyo modelo hegemónico, el de los estudios Disney, se amodorraba en sus propios laureles. Después llegaron "Bichos", "Monstruos S.A." y "Los Increíbles", ejemplos de cine de calidad que cimentaron el prestigio de Pixar como fábrica de entretenimiento inteligente.
La respuesta de Disney no se hizo esperar: si no puedes con el enemigo, únete a él. La asociación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento de la animación permitió que Pixar participase del inmenso negocio del merchandising, la publicidad y los parques temáticos del imperio Disney, a la vez que éste renovaba sus viejos méritos y ganaba respetabilidad. Los resultados fílmicos tampoco se devaluaron: "Buscando a Nemo", "Ratatouille", "Wall-E", "Up"... y eso a pesar de los inevitables tropiezos (las dos películas de "Cars").
Transcurridos doce años desde "Monstruos S.A.", Pixar asume el reto de hacer la segunda parte, con los riesgos que esto conlleva: enturbiar el grato recuerdo que dejó la primera y decepcionar al numeroso público que en su día disfrutó con las peripecias de Mike Wazowski y James P. Sullivan. La prueba se supera con creces: "Monstruos University" es modélica en su armazón narrativo y deliciosa en el empaque visual. El guión acude a clichés mil veces vistos para re-interpretarlos como si fuesen nuevos, desarrollando cada una de las situaciones con inspiración y yendo a lo concreto: el crecimiento de los personajes y del argumento. ¿Se puede pedir más? Pues sí: un afilado sentido de la comedia que hará que disfruten a la par los niños y sus acompañantes adultos. En suma, un nuevo acierto que añade brillo al recorrido de una compañía que se ha hecho ya imprescindible en el terreno de la animación.
A continuación, "Day and Night", una de las joyas con forma de cortometraje que Pixar presenta siempre antes de sus películas. Escrito y dirigido por Teddy Newton en el año 2010, mezcla la animación clásica en dos dimensiones con la más moderna, en tres. Una técnica nada habitual en la compañía que dio, no obstante, un magnífico resultado. A la vista está:

    
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Mary and Max. 2009, Adam Elliot

Cuatro cortometrajes. Eso es todo lo que el director australiano Adam Elliot ha necesitado para crear un estilo propio y un universo plagado de lugares reconocibles, personajes cercanos y situaciones con capacidad para conmover sin recurrir a tópicos ni a recursos fáciles. De alguna manera, Elliot ha sido capaz de construir sus propios clichés a base de mezclar humor con marginalidad. Sus personajes están siempre al borde de la locura o directamente afectados por desórdenes del comportamiento. Son individuos que luchan por encontrar su lugar en el mundo, asediados por la soledad, en medio de historias tremendas que Elliot presenta bajo un envoltorio de comedia. Una comedia amarga, llena de negrura y que juega con las expectativas del espectador, obligándole a seguir la trama con una atención cercana a la hipnosis. Esta comunicación que se establece a ambos lados de la pantalla permite que el relato, en un principio bastante oscuro, se vuelva digerible, luminoso, ejemplarizante. Porque además de un magnífico director de animación, Adam Elliot ha demostrado ser un humanista imbatible.
"Mary and Max" es su primer largometraje y la culminación de todo lo hecho con anterioridad. El estilo de Elliot se ha ido sofisticando con los años, dando como resultado un armazón narrativo de suficiente consistencia como para sostener el esmerado acabado visual de la película. Más que un debut, se trata de un ideario, una radiografía, la congregación de los dones de su autor.
A los aspectos técnicos y artísticos de "Mary and Max" se suma la inspiración en el diseño de los personajes y los decorados, de gran belleza, aun cuando Elliot insiste en la sordidez y en la melancolía habituales en su obra. Siendo un film de indudable fuerza estética, ninguno de los elementos formales distrae al público de lo que de verdad importa, que es la historia.
El relato de un niña con problemas afectivos que vive en un pequeño pueblo de Australia y su correspondencia a través de los años con un maduro ciudadano de Nueva York, todavía más necesitado de cuidados que ella, llena el guión de secuencias entre lo terrible y lo sublime. Un difícil equilibrio que el pulso firme de Elliot logra mantener en todo momento, ofreciendo una película genial que consigue instalarse en la memoria de quienes han tenido oportunidad de verla. Porque resulta incomprensible que una joya como "Mary and Max" haya tenido una distribución tan pobre en Europa, y que ni siquiera haya conseguido estrenarse en España.
A continuación, "Brother", el cortometraje que Adam Elliot dirigió en 1998 y en el que mezclaba la fantasía con algunos episodios de su propia vida. La técnica del stop motion, el empleo de la voz en off, los personajes extravagantes y el humor negro anticipan las líneas maestras de "Mary and Max". Bastan apenas ocho minutos para revelar el talento embrionario de un autor que era capaz de lograr grandes cosas con los recursos mínimos. Que lo disfruten:



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