EL DIABLO A TODAS HORAS. "The devil all the time" 2020, Antonio Campos

Después de un lustro dedicado a la ficción televisiva, Antonio Campos retoma el formato de largometraje adaptando una novela negra escrita por Donald Ray Pollock. El diablo a todas horas recrea la antítesis del sueño norteamericano que fructificó en la década dorada de los cincuenta, en plena época de expansión económica. Una bonanza que no afectó a todos por igual: la primera secuencia sitúa al espectador en una pequeña localidad de Ohio donde la prosperidad y el desarrollo son sustituidos por las costumbres y la religión. Sus vecinos son seres resignados que guardan obediencia a Dios, mientras los más espabilados medran mediante delitos y corruptelas. En este ambiente asfixiante, surgen personajes con múltiples contradicciones: excombatientes que tratan de incorporarse a la vida civil, religiosos con afán de protagonismo, camareras en busca de oportunidades... todos ellos cubiertos por una fe espesa y opaca, como una brea que les hubiera caído del cielo.

Campos no escatima detalles y construye un relato duro y seco, cuya agresividad se manifiesta en ocasiones de manera física pero que está presente en todo momento en la moralidad de los personajes. Se trata de un film hosco que a veces puede provocar rechazo. El noir no está hecho para agradar, al contrario: trata de incomodar mostrando las miserias del ser humano mediante historias en las que reconocernos. A pesar del tiempo transcurrido, hay muchas cosas que siguen vigentes en los Estados Unidos de hoy: la inmunidad de los poderosos, la injerencia de la iglesia en los asuntos privados, las desigualdades sociales... el guion escrito por el propio director junto a su hermano, Paulo Campos, adopta cierto distanciamiento gracias al humor negro que permite digerir lo truculento de la trama y a la voz en off de Ray Pollock, que ejerce de hilo conductor a lo largo de un relato fragmentado en tiempos y escenarios. Los elementos aparentemente dispersos se ensamblan en el tercer acto creando una unidad de conjunto y un mensaje inequívoco: hay muchos hijos de puta ahí fuera. Estas palabras son expresadas con años de diferencia por el padre y el hijo interpretados por Bill Skarsgård y Tom Holland. Personajes, al igual que el resto, marcados por la fatalidad.

Hay muchos otros actores: Sebastian Stan, Eliza Scanlen, Jason Clarke, Robert Pattinson... quienes encarnan de manera episódica la variedad de caracteres que atraviesan la historia. Todos ellos cumplen su cometido con convicción, en un tono que busca credibilidad pero no realismo. El diablo a todas horas participa en la tradición de ese gótico americano que contiene crítica, ironía y retrato de costumbres, elementos que Antonio Campos refleja en la pantalla por medio de una puesta en escena sugerente e inspirada. En suma, se trata de un vigoroso ejercicio de estilo que aprovecha el cuidado diseño de producción y la fotografía siempre fría de Lol Crawley para transmitir la atmósfera adecuada, al igual que la música compuesta por Danny Bensi y Saunder Jurriaans, capaces de aunar sencillez y expresividad. A continuación pueden escuchar uno de los temas incluidos en la banda sonora. Relájense y disfruten:

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LEJOS DE VIETNAM. "Loin du Vietnam" 1967, Claude Lelouch, Agnès Varda, Jean-Luc Godard, Chris Marker, Alain Resnais, Joris Ivens, William Klein

Cuando el cine adopta un compromiso político, pueden darse obras como Lejos de Vietnam. Un documental que surge como reacción a la escalada bélica del gobierno de Estados Unidos en Vietnam, conflicto que en 1967 ya contaba con una contestación internacional destacable y que dividía a la sociedad norteamericana. En Francia, un grupo de cineastas encabezado por Chris Marker deciden pasar a la acción y elaboran esta película con un claro posicionamiento en contra de la intervención militar. En lugar de la neutralidad y la equidistancia que se le presupone al documental periodístico, se opta por una actitud de combate que muestra los diferentes puntos de vista de sus autores: Claude Lelouch, Agnès Varda, Jean-Luc Godard, Alain Resnais, Joris Ivens y William Klein, además del citado Marker. La plana mayor de la progresía cinematográfica afincada en París, capaces de unirse por una causa que consideran más que justa, necesaria.

Nos encontramos, por lo tanto, ante un film que destila disconformidad y despliega todo un argumentario para combatir los discursos oficiales. Divido en once fragmentos, Lejos de Vietnam toma una estructura poliédrica que contiene información, crítica, análisis, reflexión y perspectiva histórica, todo comprimido en dos horas de metraje que pueden extenuar al espectador inadvertido. Conviene saber de antemano lo que se va a ver, ya que el film posee un enorme valor no solo coyuntural, sino también ideológico. Es cine militante de primer nivel, escrito, dirigido y montado haciendo uso de diversos recursos de estilo. Desde las declaraciones directas a cámara hasta los collages de imágenes y la apropiación del material de archivo, la película luce múltiples texturas y formas de narración correspondientes a los distintos cineastas... quienes, al contrario de lo que suele ser habitual, no acreditan sus trabajos. Los aficionados pueden adivinar a quién corresponde cada episodio y valorar sus preferencias, ya que algunos resultan más llamativos que otros.

En cualquier caso, la riqueza de Lejos de Vietnam está en la variedad del conjunto. Cada pieza está ensamblada para provocar un efecto determinado, y todas juntas tienen la contundencia de un ariete empeñado en hacer temblar los cimientos del establishment. En suma, el documental confronta las cámaras de cine contra los fusiles de asalto, los razonamientos contra los dogmas, la libertad contra el imperialismo. A pesar de lo cual, no hay candidez en los planteamientos de los siete directores ni esa utopía algo infantil que en ocasiones ha restado crédito a los artistas de izquierdas. Ellos saben que están en una situación privilegiada y que las bombas caen a 10.000 Km. de distancia. Por eso la película se titula Lejos de Vietnam. Es decir: lejos del peligro, lejos de la sangre, luchando con sus propias armas desde el mismo lugar en el que los opresores dan la orden de arrojar napalm sobre las aldeas pobres de los que resisten al otro lado del mundo.

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ANE. 2020, David P. Sañudo

Ni siquiera las buenas intenciones pueden mejorar una película irregular. Ane está cargada de ellas, así como de empeño y esfuerzo por salir adelante. Virtudes que no resultan suficientes para dar peso y entidad al primer largometraje de David P. Sañudo, quien desarrolla un corto homónimo realizado dos años atrás con el mismo conflicto argumental. La historia de una madre y su hija separadas por diferencias ideológicas en la ciudad de Vitoria en 2009, cuando la juventud radicalizada por el afán de independencia trataba de imponer sus condiciones mediante la kale borroka.

La brecha política se suma a la generacional y a las tensiones de una familia descompuesta, ingredientes para cocinar un drama claustrofóbico, tal vez en exceso. No es que el argumento no requiera gravedad, sin embargo, el tono constante de tragedia y la ausencia de detalles cotidianos que relajen ocasionalmente la narración resta humanidad al conjunto y afecta a su credibilidad. Ane adopta el carácter frío y arisco de la protagonista, lo cual dificulta la empatía del espectador. El personaje encarnado con entrega por Patricia López Arnaiz, así como el de Jone Laspiur dando vida a la hija, terminan siendo inaccesibles y sus motivaciones nunca quedan del todo claras. Esta responsabilidad recae en Sañudo, que ha primado la evidencia sobre la naturalidad en la interpretación de las actrices. Ellas sostienen el film, una carga demasiado pesada que no sujeta ni el guion inconsistente ni la técnica, bastante plana. Apenas hay nada que rescatar de Ane, ya que incluso la música compuesta para la banda sonora contribuye a afear el resultado. 

Es una lástima que no fructifique el trabajo invertido ni que se alcance la energía y la contundencia que anunciaban las premisas del film. Puede que un relato como el que cuenta Ane hubiera necesitado más cercanía y menos distanciamiento, más calor y menos frialdad. David P. Sañudo evoca en ocasiones el estilo de Ken Loach o los hermanos Dardenne, cineastas que narran historias intensas con una austeridad casi aséptica. Por el contrario, el comedimiento de Sañudo provoca agujeros en el relato y lo que es peor: una difícil identificación con lo que sucede en la pantalla. Sin duda, es el problema más grave que puede sufrir una película que aspira a transmitir verosimilitud y a señalar situaciones sucedidas en el País Vasco durante demasiado tiempo.


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FINAL CUT: LADIES AND GENTLEMEN. "Final Cut: Hölgyeim és uraim" 2012, György Pálfi

Dentro del proceso de producción de una película, el término final cut se refiere al poder de decisión ejercido por el director o cualquier otro profesional respecto al montaje definitivo. Es un privilegio que conlleva libertad creativa, algo no demasiado común en los proyectos de los grandes estudios. También es el título elegido por György Pálfi para su cuarto largometraje, un experimento menos convencional aún que el resto de su filmografía, lo que ya es decir.

Final Cut: Ladies and Gentlemen es un ejercicio de montaje que consigue construir una ficción romántica ordenando planos de 500 películas diferentes, la mayoría de ellas conocidas y provenientes de épocas y latitudes muy variadas. Sirviéndose de escenas muy habituales en el cine y de estados de ánimo que se representan con frecuencia (amor, odio, celos, melancolía...), Pálfi despliega un hilo narrativo que se sigue sin dificultad, a pesar de la estructura formal de mosaico. Como es natural, la historia que se desarrolla es sencilla, y la habilidad del film consiste en no perderse en medio de la multiplicidad de rostros y de texturas en la imagen. El director húngaro lo logra gracias a la relación de tamaños, ángulos, ritmo... sumada a la continuidad establecida mediante músicas y sonidos hábilmente mezclados.

Se trata de una película-collage o, como se conoce dentro del argot cinéfilo, un found footage o metraje encontrado. Una propuesta fascinante e hipnótica para los aficionados que comparten la naturaleza antropófaga del propio cine, devorado por las referencias pasadas y presentes que dan sentido a su pasión. La mirada del espectador obtiene consuelo cuando reconoce lo que ve en la pantalla, un auténtico festín de escenas, actores, actrices, melodías y acciones multiplicadas como en el reflejo de un espejo roto. Esta es la idea que subyace en Final Cut, más que una película, una hazaña de montaje elaborada por cuatro editores ante los que György Pálfi ejerce de director de orquesta. Aunque el conjunto puede resultar extenuante por la necesidad en todo momento de descodificar la trama, sin duda garantiza el placer de ese público devoto que profesa la religión del cine, sin olvidar que en ocasiones la película induce también a cuestionar ciertos automatismos de género (la pulsión violenta del hombre, la seducción pasiva de la mujer, etc.) La ilustración de determinadas situaciones en la pareja, personificadas a través de los roles masculino y femenino, además de los distintos contextos de donde proceden las fuentes, hacen que la película adquiera un significado más profundo de lo que parece a simple vista, trascendiendo su función de juguete para los ojos. En suma, Final Cut: Ladies and Gentlemen es un curioso divertimento que expone ideas cuyo debate siempre es oportuno.

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NUEVO ORDEN. 2020, Michel Franco

Hay películas que llevan implícito el debate casi desde el primer fotograma. Son películas que exponen cuestiones incómodas para provocar reacciones en el público, y que suelen generar cierta polémica. Ya no son habituales en estos tiempos de corrección política y de mansedumbre de las ideas, pero sí lo fueron en otros periodos, allá por los años setenta: Perros de paja, Taxi driver, Network, Apocalypse now... al menos en el terreno del mainstream facturado por los grandes estudios de Hollywood. Por eso hay que celebrar el estreno de Nuevo orden, una producción ambiciosa capaz de echar sal en las heridas abiertas del sistema social, político y económico del México actual y, por extensión, de Latinoamérica.

La película tiene un punto de partida que podría haber firmado Buñuel en los años cincuenta: la celebración de una gran boda en una casa repleta de invitados de la clase alta, mientras en el resto de la ciudad las masas desfavorecidas toman las calles provocando un estallido violento. Llega el momento en el que estos dos mundos separados colisionan, cambiando el rumbo del sistema establecido y la imposición del nuevo orden al que alude el título.

El gran acierto del director y guionista Michel Franco es no distinguir a los personajes entre buenos y malos, ya que en ambos bandos existen cotas de humanidad y de horror. La posición del espectador va cambiando a lo largo del desarrollo según se intercala el punto de vista, sin que la película ofrezca un juicio de valor a la totalidad. Todos son culpables en sus actitudes y apenas hay personajes inocentes, si acaso, la novia de la boda accidentada y el empleado que la refugia en su casa, en una relación de personajes-espejo que aporta algo de consuelo en la trama. Así, Nuevo orden adquiere la función de la advertencia. Franco interpela desde la pantalla: esto es lo que podría suceder si no se cambian las cosas pronto, la situación es insostenible. Se trata, por lo tanto, de una distopía aplicada al presente que denuncia las desigualdades sociales y la brecha que divide a la población indígena respecto a la mestiza. Teniendo en cuenta que el racismo en México es un tema tabú difícil de tratar, hay que agradecer que películas como Roma o este Nuevo orden se atrevan a participar en el debate sin cortapisas. Michel Franco lo hace, además, de una manera cruda e impactante, con afán de provocación.

Para ello, el director emplea un estilo dinámico y eficaz, que transmite emoción sin recurrir a trucos fáciles. La planificación de Nuevo orden y la puesta en escena juegan en favor de la historia, con pulcritud técnica y resolviendo la dificultad de no perderse en la multitud de personajes. Todos ellos bien interpretados por un reparto ecléctico que expresa naturalidad en un film que se mantiene siempre al borde del exceso. No es una película fácil de ver, en ocasiones resulta hiriente. Michel Franco sabe que el material que maneja es explosivo, pero la conmoción sin reflexión no sirve de nada. Por eso la moraleja de Nuevo orden resulta demoledora: todos somos culpables del desastre que se avecina, el momento de revertirlo es ahora.

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LA TAPADERA. "The front" 1976, Martin Ritt

En los años setenta, la industria del cine ya se sentía preparada para hacer examen de conciencia y exponer sin tapujos el tema de la caza de brujas. Un moderno proceso inquisitorial sucedido dos décadas atrás de manos del Comité de Actividades Antiamericanas, empeñado en depurar cualquier orientación ideológica que no se alinease con el dogma conservador de la derecha estadounidense. Una de las consecuencias más directas para los afectados fue su inclusión en una lista negra que les negaba cualquier posibilidad de trabajo en Hollywood y en los principales canales de televisión. La tapadera se centra en este segundo ámbito, a través de la historia de un hombre corriente que es requerido para firmar los guiones de profesionales que han sido expulsados del sistema. El personaje, interpretado por Woody Allen, obtiene esta cómoda ocupación que le permite ascender en la escala social, hasta que las circunstancias le empujan a tomar partido y abandonar su equidistancia en una progresiva toma de conciencia.

Tanto el director y productor, Martin Ritt, como el guionista Walter Bernstein y los actores Zero Mostel y Herschel Bernardi, entre otros, habían sufrido en sus carnes (y en sus bolsillos) la caza de brujas. Unos antecedentes que otorgan legitimidad a la película y garantizan el conocimiento de primera mano, lo cual no tiene porqué resultar suficiente para alcanzar un buen resultado. También se necesita una narración ágil y cierto sentido didáctico que La tapadera despliega de forma amena y divertida, a pesar de lo terrible del trasfondo. La presencia de Allen hace que la película sea accesible porque su interpretación es cercana y carece de la gravedad que se podría presuponer, gracias a la expresividad y el verbo fácil que el actor imprime en el personaje. Sus compañeros de reparto cumplen igual de bien, con especial relevancia de Mostel, quien recrea a un trasunto de sí mismo apenas un año antes de su muerte. Algunos de los integrantes de la producción son fieles colaboradores de Woody Allen como Charles H. Joffe y Jack Rollins, o la directora de casting Juliet Taylor, lo que hace intuir un ambiente especial en el rodaje que se termina reflejando en la pantalla.

Es de agradecer la ligereza con la que Martin Ritt desgrana la denuncia que contiene el film, sin sacrificar el rigor ni la contundencia. El director centra sus energías en desarrollar el argumento omitiendo los alardes, con un estilo discreto que no distrae de lo esencial: desvelar un periodo infausto de la historia reciente de Norteamérica. Lo consigue por medio de un elenco de actores comprometidos con la causa, un equipo técnico bien engrasado (la fotografía es obra del gran Michael Chapman) y un guion que recurre a un personaje concreto para hacer una enmienda a la totalidad. En resumen, La tapadera es con probabilidad el título de ficción que ha expuesto con mayor lucidez la caza de brujas, un oprobio que conviene no olvidar en estos tiempos de corrección política y de censuras ajenas y autoimpuestas.

Para ilustrar todo lo anterior, nada mejor que contemplar la última escena del personaje encarnado por Zero Mostel. Un plano secuencia de dos minutos y medio que es pura elegancia tanto en las formas como en el contenido, y que invita a quitarse el sombrero (nunca mejor dicho):

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MY MEXICAN BRETZEL. 2019, Nuria Giménez Lorang

Hay todo un género de películas que se apropian de material ajeno para resignificarlo y dotarlo de un nuevo sentido, bajo la técnica del found footage o metraje encontrado. Desde la experimentación meta-cinematográfica de los cortometrajes de Peter Tscherkassky hasta la parodia de Woody Allen en What's up, Tiger Lily?, se trata de un formato que admite múltiples variaciones. Pero existen pocos títulos tan estimulantes como My mexican bretzel, primer largometraje escrito, dirigido y montado por Nuria Giménez Lorang. Una película que aprovecha las numerosas bobinas encontradas por la cineasta en casa de su abuelo, filmaciones de aficionado que registran a lo largo de dos décadas imágenes junto a su esposa en distintas partes del mundo.

Sin embargo, Giménez Lorang no pretende contar una historia familiar sino que inventa, a partir de situaciones cotidianas rodadas entre los años 40 y 60, una ficción que involucra a una mujer con los rasgos de su abuela. Se trata de Vivian Barrett, un personaje que bien podría protagonizar uno de los dramas de Douglas Sirk: perteneciente a la clase alta y con un marido carismático, ambos recorren el planeta mientras su relación se va deteriorando con el tiempo. My mexican bretzel está narrada desde su punto de vista, con subtítulos que describen situaciones y exteriorizan los pensamientos que remueven su conciencia. La directora es capaz de perfilar a una heroína clásica a través de gestos y actitudes que no son simuladas, porque provienen de una realidad transformada en el montaje.

Así, la película ofrece una reflexión en torno al cine y al propio acto de filmar que establece un vínculo muy emocionante entre las imágenes y las palabras. My mexican bretzel es a la vez un ensayo audiovisual, un poema intimista y la revisión de un melodrama estilizado, todo comprimido en apenas setenta minutos de auténtico cine que comienza con una cita de atribución falsa: "La mentira es solo otra forma de contar la verdad". Esta es la idea que guía el film. Un juego de verdades y simulaciones en el que la percepción de los acontecimientos está condicionada por el estado anímico de la protagonista.

Este castillo de naipes se sostiene gracias a un exigente trabajo narrativo y a una técnica depurada. En My mexican bretzel, los dos apartados convergen por medio de un lenguaje que alude por igual al sentimiento y a la razón, además de correr ciertos riesgos: al contrario de lo que suele ser habitual, muchas escenas suceden en silencio, lo cual no implica carencia de sonido, al contrario. El silencio favorece la interpretación de lo que muestra la pantalla, es parte esencial de la banda sonora. De manera selectiva aparecen músicas y efectos de sonido que funcionan como contrapunto al silencio y que alcanzan un sentido preciso dentro del montaje. Así, la directora genera un espacio que el espectador habita y en el que trasciende su condición de voyeur para convertirse en co-creador del relato.

En suma, My mexican bretzel es un apasionante ejercicio de cine con una gran belleza estética y una capacidad de fascinación que la sitúan entre las operas primas más deslumbrantes del reciente cine español. Una película tan sencilla que resulta compleja, y tan lúcida que está llena de misterio. Un tesoro que merece preservarse.

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THE ASSISTANT. 2019, Kitty Green

No es fácil valorar una película al margen de sus buenas intenciones. Por lo común, el peso ético se impone al cinematográfico y condiciona el análisis del conjunto, en una actitud un tanto paternalista que invita a mirar con condescendencia algunos títulos de dudosa calidad. Afortunadamente, esto no sucede siempre. También hay películas en las que coinciden el compromiso y la calidad, obras que amplifican su discurso mediante los recursos de la ficción. Es el caso de The assistant, tercer largometraje dirigido por Kitty Green en una trayectoria definida por su militancia feminista. El argumento pone el foco en las reivindicaciones del movimiento Me Too nacidas como reacción al escándalo de abusos sexuales en el seno de Hollywood por parte del productor Harvey Weinstein.

En lugar de hacer una diatriba contra el fundador de Miramax (ya existen documentales al respecto), Green omite nombres concretos para dar a la denuncia una dimensión más amplia, que no se ciña a un solo caso. Una decisión inteligente que advierte de las situaciones de abuso de poder en cualquier ámbito y con carácter general. The assistant adopta el punto de vista de un personaje aparentemente secundario, una joven empleada en un estudio de cine que observa con preocupación los indicios del comportamiento reprobable de su jefe. Su jornada laboral está llena de rutinas a las que el espectador asiste sin que haya énfasis, en un tono casi protocolario. Poco a poco, las señales que percibe la protagonista se van haciendo más evidentes hasta debatirse entre tomar partido o salvaguardar su puesto de trabajo. La propuesta de Green consiste en hacer cine combativo pero narrado con una frialdad deliberada, sin cargar las tintas en ningún momento y huyendo de la previsible morbosidad del asunto. De hecho, el depredador sexual ni siquiera aparece en la pantalla, aunque siempre está presente en las conversaciones, las llamadas de teléfono o los correos electrónicos. Nada escapa de su influjo, todo gira en torno a él.

La mayoría de la acción sucede en las oficinas del estudio, un ecosistema que convierte a la plantilla en cómplice silenciosa de los desmanes que acontecen en el despacho del director. El reparto de actores transmite muy bien esta sensación de impunidad que rodea al personaje fantasma, a través de diálogos entreverados, miradas y gestos. The assistant es una película construida en base a los detalles y a la interpretación de la actriz principal, una Julia Garner en estado de gracia. Su labor es tan matizada y precisa y, al mismo tiempo, tan natural, que es capaz de reflejar una gran expresividad con los mínimos elementos. La dificultad se acrecienta con la abundancia de primeros planos y planos medios, algunos de ellos reforzando la presión sobre el personaje al emplear contrapicados de cámara o situándolo en la parte baja de la imagen.

Kitty Green maneja los recursos visuales sin caer en la gratuidad ni la evidencia, buscando siempre ir en favor de la historia. Con una técnica pulcra, The assistant consigue suscitar emociones ahogadas por la contención, tal y como padece la protagonista. De esta manera, el público logra conectar con ella y preguntarse qué haría en su lugar. Este es el gran reto que plantea Green, la posibilidad de implicarse desde la austeridad y el comedimiento, una opción que puede resultar más eficaz que la retórica exaltada de muchos discursos políticos.

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MALCOLM & MARIE. 2021, Sam Levinson

En tiempos difíciles, soluciones imaginativas. Este es el lema que motiva al director Sam Levinson y la actriz Zendaya a prolongar su colaboración televisiva en un largometraje nacido bajo el signo del confinamiento. La crisis sanitaria ocasionada por el Covid-19 obliga a sintetizar los elementos mínimos de rodaje en un único escenario y dos personajes, una pieza de cámara en la que el binomio creativo adopta forma de triángulo con la incorporación del actor John David Washington. Los tres hacen posible Malcolm & Marie, película que trae el recuerdo de ¿Quién teme a Virginia Woolf? Ambos títulos filman la disección de una pareja durante una velada de intensos reproches y comparten cierta estructura teatral: el de Nichols por provenir de las tablas y el de Levinson por circunstancias de la pandemia.

Precisamente para evitar que Malcolm & Marie quede encorsetada en los márgenes de la dramaturgia, Levinson desarrolla un estilo muy dinámico, con constantes movimientos de cámara que no suceden por capricho: refuerzan la tensión que existe entre los personajes y el intercambio continuo de palabras. Así, la cámara adopta entidad propia e introduce al espectador no solo como testigo, sino también como tercer personaje dentro de la acción. El lenguaje visual empleado por el director intercala tamaños y ángulos de imagen según la sensación que se quiere transmitir en cada momento, para narrar el combate dialéctico de la pareja y sus acercamientos. El espíritu de Cassavetes (sobre todo de Faces) flota sobre algunos primeros planos, teniendo en cuenta la fotografía granulosa y de contrastado blanco y negro de Marcell Rév.

El montaje completa la puesta en escena a veces nerviosa y a veces juguetona de Malcolm & Marie, una envoltura adecuada para expresar en términos estéticos los contenidos del film: la dependencia emocional, las exigencias del compromiso amoroso, la igualdad y la correspondencia en las relaciones de pareja. Levinson desgrana, además, toda una disertación acerca de la crítica de arte ejercida bajo parámetros identitarios, un tema muy oportuno ahora que la dirección de cine no está vedada en exclusiva al hombre blanco heterosexual. Puede que el guion acumule demasiadas ideas a las que es imposible dar conclusión, y que el público corra el riesgo de ser sepultado por la verborrea de los protagonistas, pero ahí reside el factor humano que tratan de explorar el director y los actores: la dicotomía entre el afecto y el rechazo, la autenticidad y la simulación, lo correcto y lo incorrecto... en definitiva, entre ser alguien o ser nadie para los demás.

La acertada selección musical y el aprovechamiento de los espacios de la casa para desarrollar la historia (la Caterpillar House del estudio Feldman Architecture) terminan de redondear el conjunto. Un ejemplo de cine de resistencia, capaz de convertir las limitaciones en una fuente de inspiración. Malcolm & Marie demuestra que basta un director con ideas, dos actores entregados, un texto bien pulido... y el respaldo en la producción de Netflix. En suma, una película que logra estimular las neuronas vertiendo litros de hiel en la pantalla, poco recomendable para espectadores que se estén replanteando sus lazos sentimentales.


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POLA X. 1999, Leos Carax

Detrás de algunas películas hay historias tan apasionantes como las que se cuentan en la pantalla. Suele suceder con esos directores con dificultades para distinguir el cine de la vida, autores de carácter como Leos Carax, el enfant terrible que en 1991 termina extenuado tras el rodaje de Los amantes del Pont-Neuf. Un gran film que le proporciona reconocimiento a cambio de un sinfín de problemas, lo cual le lleva a iniciar una particular travesía por el desierto que se prolonga durante casi una década en la que se aleja de sus colaboradores habituales. Se abre un nuevo periodo en su cinematografía, condicionado por la búsqueda de productores que quieran trabajar con él sabiendo las dificultades que esto conlleva. Y es que las películas de Carax no se pueden definir claramente en un guion, crecen y evolucionan igual que un ser vivo, están sujetas al momento y al estado en las que se son creadas. Demasiados riesgos que pocos están dispuestos a financiar. El director francés necesita dar una vuelta de timón a su carrera y realiza su primera adaptación cinematográfica de una novela, Pierre o las ambigüedades, un texto de Herman Melville que le había fascinado en su juventud. No es de extrañar, viendo los paralelismos entre Carax y el personaje protagonista.

El título Pola X se refiere a las siglas del original literario (Pierre ou les ambiguïtés) y a la versión de guion que se empleó en la filmación, nada menos que la décima. En ella se cuenta la historia de un escritor de clase alta cuyo destino parece predestinado a un matrimonio inminente y a una vida llena de comodidades. Sin embargo, hay una pulsión en su interior que le empuja a ir más allá. Esto sucede cuando aparece una extraña joven con un oscuro pasado que asegura ser su hermana, el detonante que hará que ambos se embarquen en una espiral de degradación y locura con una fuerte influencia del romanticismo europeo trasladado al presente. Las similitudes entre Pierre y Carax parecen evidentes: ambos anhelan un cambio que estimule su creatividad, con una relación difícil con las personas de su entorno, y están dispuestos a entregarse en sacrificio por alcanzar la pureza en sus obras. En una escena de la película, el personaje de la editora le espeta a Pierre: "Sueñas con escribir una obra madura, pero tu encanto reside en la total inmadurez. Sueñas con prender fuego Dios sabe a qué, con elevarte por encima de los tiempos como una nube deslumbrante, dejando a todo el mundo aterrorizado y admirado. ¡Pero tú no naciste para ello! ni siquiera te lo crees tú mismo". ¿Está Carax haciendo examen de conciencia con estas palabras? Es fácil pensar que sí, sobre todo teniendo en cuenta que además se casaría con la actriz que interpreta al personaje que provoca la transformación de Pierre.

La primera sensación que proporciona Pola X es la del desconcierto. Una vez más, Carax fuerza los límites del relato y acude al simbolismo como modo de expresión. La historia divaga, se recrea en sí misma, corre riesgos que están a punto de conducirla al desastre. Sin embargo, en estas imperfecciones y en su espíritu errático es donde se esconde su fascinación. Carax rehúye del naturalismo e imposta cada elemento del film, en un anacronismo deliberado que precisa la voluntad del público. Esta no es una película para todo el mundo, de hecho, fue recibida con rechazo por muchos de los que antes habían aplaudido al director. Los motivos son evidentes: incumpliendo las expectativas, Leos Carax ofreció algo distinto a lo que se esperaba de él y decidió representar su propio descenso a los infiernos en forma de cuento cruel.

Así debe ser vista Pola X, como una fábula retorcida y oscura en el que Guillaume Depardieu interpreta al héroe trágico que reniega de su estirpe, Catherine Deneuve es la madrastra que no admite perder su influjo, y Yekaterina Golubeva es el amor puro que debe preservarse. Hay más actores, todos ellos al borde del exceso, tal y como corresponde a una película que se sitúa siempre al filo y que guarda una lectura subterránea. Se trata de una tensión sexual que une a los personajes, sean o no familia, y que genera instantes de turbiedad (los más endebles pertenecen al personaje del primo, demasiado desdibujado). Los movimientos de cámara y la puesta en escena refuerzan el manierismo del conjunto, un ejercicio desbocado de cine con el que Leos Carax trata de reinventarse aplicando el pensamiento de Pierre, cuando dice: "Es mejor aceptar los pequeños misterios de la vida". Esta es la pista que se debe seguir para adentrarse en Pola X, una propuesta kamikaze ante la que es imposible permanecer indiferente.

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VIRUS TROPICAL. 2017, Santiago Caicedo

La devoción del director Santiago Caicedo por Virus tropical, el cómic autobiográfico de Power Paola, le lleva a realizar una adaptación cinematográfica que supone el primer largometraje de su trayectoria. Ambos autores ya habían colaborado antes en el cortometraje Uyuyui!, en el cual exploraban las relaciones entre la animación, la ilustración y el collage. En esta ocasión, Caicedo reproduce escrupulosamente las viñetas originales y las dota de movimiento, generando un estilo visual que es lo más interesante del film.

Virus tropical narra los primeros años de vida de Paola, desde su concepción hasta el momento en que sale de la casa familiar, cumplidos los dieciocho. Una historia de pequeñas conquistas, emancipación y descubrimiento en dos ciudades de países distintos. Su infancia transcurre en la capital de Ecuador, Quito, y su adolescencia se traslada a la ciudad de Cali, en Colombia. Lo cual confiere al relato una dimensión amplia, que expande el espacio íntimo y abarca muchas de las contradicciones en las que vive la mujer latinoamericana en torno a la familia, las creencias, las diferencias de género y de clase social... todo ello enmarcado en un periodo que va desde 1976 hasta 1994.

Caicedo emplea un ritmo veloz para desarrollar el argumento, haciendo hincapié en la cinética de las imágenes. Aunque la estética de Virus tropical parece sencilla y algo naif, está llena de capas que confieren profundidad a los escenarios, cada una con movimientos y texturas independientes. Esto produce un estado de fascinación en el espectador cercano a la hipnosis, pero hace que el relato se convierta en algo secundario, una excusa para que se sucedan los planos. La sensación que prevalece en el conjunto es que el cómo se impone al qué, puesto que el influjo de la forma termina devorando al contenido.

En definitiva, Virus tropical es una película cargada de buenas intenciones y un gran logro para el cine de animación colombiano. Es de alabar la capacidad de Santiago Caicedo para hacer que el relato fluya sin perder nunca el contexto ni la perspectiva feminista de la obra de partida, heredera de Persépolis de Marjane Satrapi. Sin embargo, a diferencia de esta, en Virus tropical se echa en falta un poco más de hondura y de asentar el relato en momentos que hagan avanzar la trama, por encima de la anécdota. Así pues, cabe valorar la opera prima de Caicedo por su apariencia sorprendente y por el ingenio invertido en llevarla a la pantalla sin necesidad de gastar una fortuna, recurriendo al crowdfunding y a un trabajo artesanal que está en vías de extinción dentro del medio.



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NOTICIAS DEL GRAN MUNDO. "News of the world" 2020, Paul Greengrass

Siete años después de Capitán Phillips, el director Paul Greengrass y el actor Tom Hanks vuelven a encontrarse, esta vez en un género inédito para ambos: el western. Noticias del gran mundo parte de una novela escrita por Paulette Jiles que adapta el propio Greengrass junto a Luke Davies, una epopeya que rinde tributo al arte de contar historias simbolizado en el personaje del capitán Jefferson Kyle Kidd, encarnado por Hanks. Este antiguo combatiente de la guerra de Secesión se dedica a recorrer los pueblos extrayendo noticias de los periódicos y relatándolas ante el público a cambio de unas monedas. La habilidad que posee para transmitir la información como si fuese un apasionante relato, tiene mucho que ver con la naturaleza de la ficción y del cine, algo que Greengrass expresa con entusiasmo en las imágenes del film.

El director británico se aleja del estilo documental que le dio notoriedad en el pasado (con un sentido visual muy nervioso que se apoyaba en el montaje) para acercarse, en esta ocasión, al clasicismo con el que se asocia la edad dorada del cine del Oeste. Greengrass no trata de innovar en ningún aspecto, si acaso, ofrece una oportuna reflexión en torno a las distintas identidades presentes en los Estados Unidos, no tan dispares a las actuales. Una tierra por la que pugnan nativos, colonos e inmigrantes en Texas, estado que sufre con igual severidad las consecuencias bélicas y las desigualdades raciales.

Tal y como mandan los cánones, los paisajes ganan presencia e incorporan unas cualidades estéticas en la composición de los planos y los movimientos de cámara (y en la fotografía siempre colorista de Dariusz Wolski). Lo cual no significa que Greengrass abandone el dinamismo que ha caracterizado su cine hasta el momento, la diferencia es que ahora aparece representado en términos que buscan la armonía y el correcto acabado. De todas sus películas, Noticias del gran mundo es la más amable. Puede que sea porque se trata de una producción de Netflix, o porque Greengrass imprime en el conjunto una atmósfera de cuento agridulce que encaja muy bien con la narración de tintes mitológicos.

Sin embargo, el ímpetu del director a veces provoca desajustes que debilitan la película, como la escena algo tosca de la huida de Dallas al anochecer, y los planos aéreos que sirven como transición entre secuencias, un anacronismo que entretiene la mirada pero resta coherencia al resultado. Son males menores que no impiden disfrutar del espectáculo que supone contemplar a un gran intérprete en plena madurez como Tom Hanks, en compañía de una jovencísima Helena Zengel. El contraste de sus rostros y sus maneras de comportarse ante la cámara alientan Noticias del gran mundo, una película que depara el sano placer de la evasión durante dos horas, al tiempo que se reviste de parábola moral, sin que un propósito desplace al otro.

A continuación, uno de los temas compuestos por James Newton Howard para la banda sonora. Música de calado emocional cuyos sonidos de cuerda refuerzan el trasfondo dramático del film. Relájense y disfruten:

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MALA SANGRE. "Mauvais sang" 1986, Leos Carax

Dos años después de debutar con Chico conoce chica, Leos Carax estrena su siguiente largometraje con un presupuesto y unas ambiciones mucho más holgadas. Mala sangre da continuidad a los temas y las formas apuntadas por su antecesora y los hace eclosionar de manera radical, creando una película que admite pocas comparaciones, incluso cuando se aprecia el influjo de otros cineastas (Godard y Cocteau, a quien se cita) y otras formas de expresión (el cómic, el teatro y la poesía). La habilidad del director consiste en agitar esta variedad de referencias para obtener una obra profundamente original, que reclama su identidad en cada plano y se convierte en un puntal del cine de autor europeo de aquella época.

Carax está presente en todo momento en la película, ya sea detrás de las imágenes como en ellas de manera física. No es extraño que haya elegido encarnar al personaje episódico de un voyeur obsesionado con contemplar a Anna, interpretada por Julitte Binoche. Mala sangre es una celebración de su rostro, y los de Julie Delpy, Michel Piccoli y Denis Lavant, actor que vuelve a encarnar a Alex, el protagonista que cataliza los intereses del director francés. A través de él, Carax representa el ideal romántico de la fugacidad de los sentimientos y la dificultad de encontrar el amor pleno, cuestiones que dialogan con el paso del tiempo y la muerte. Como si fuese una pequeña ópera, Carax despliega el argumento dando prioridad a las emociones sobre los detalles de la trama, de hecho, esta no es más que una excusa para que avancen las pasiones de los personajes. Son pasiones no correspondidas, que se visten con los trajes de diversos géneros: el drama, la comedia, el noir, el musical... todo cabe en esta película peculiar y fascinante.

El director de fotografía Jean-Yves Escoffier maneja con habilidad la luz y los colores, lo cual refuerza la personalidad del conjunto, al igual que otros elementos como el sonido, la escenografía y el vestuario. Cada apartado del film alcanza gran expresividad y cada escena resulta culminante, un riesgo que suelen pagar caro muchas películas con ánimo de sorprender y que terminan saturadas por sus propios hallazgos. En lugar de eso, Carax obtiene un raro equilibrio entre lo íntimo y lo mitológico, adentrando al espectador en un terreno intermedio gobernado por la ensoñación. La mirada es un motivo central del relato: la mirada extrañada de los personajes frente a lo que sucede siempre de modo imprevisto, y la mirada de Leos Carax, nerviosa y atenta que se manifiesta en planos cortos y secuencias de montaje muy dinámicas. Los momentos de Alex ejerciendo de trilero, su descubrimiento de Anna en el autobús, el ritual de poner música en la radio... están dotados de magia y logran perdurar en el recuerdo, tienen vida propia, como los poemas que forman parte de un libro. Esta misma fragmentación se representa en el eclecticismo de la banda sonora, que reúne músicas de Sergei Prokofiev, Benjamin Britten, Chaplin (en un bonito homenaje al cine mudo) y David Bowie, quien alienta una celebrada secuencia del film. 

Músicas, sonidos e imágenes. Muchas imágenes. La sobreabundancia de ángulos de cámara y de puntos de vista inesperados emborracha en ocasiones la visión del público, pero en lugar de provocar distancia con lo observado (una consecuencia habitual en el cine de nuestros días), aquí inducen un estado cercano a la hipnosis. Se trata de una atmósfera muy especial, cargada de lirismo, que se verbaliza en frases de diálogo como "Este espejo atrasa" o "Pon un disco antes de que la melancolía lo domine todo". Sentencias que suenan naturales en boca de los personajes, al igual que sus actitudes: ir a la peluquería antes de un atraco, llorar sin poder parar, hablar con el estómago, volcar un coche en pleno arrebato amoroso... instantes que pertenecen a una realidad distinta, inocente, salvaje y sublime, construida por Leos Carax en Mala sangre. Una de las películas más bellas y libres jamás filmadas.

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LOS CELOS. "La jalousie" 2013, Philippe Garrel

Título que inicia la denominada trilogía de los celos de Philippe Garrel, integrada por pequeños cuentos morales con reminiscencias de los que realizó Rohmer en los años sesenta y setenta. No es la única influencia proveniente de la nouvelle vague: en Los celos también se escuchan ecos de Eustache y Truffaut, tanto en el espíritu que recorre la película como en las formas. La película narra la relación de una pareja que trata de cubrir sus carencias sentimentales con escarceos secretos, lo cual permite al director explorar los diferentes grados de dependencia emocional y las particularidades de la convivencia. Todo contado en menos de ochenta minutos, ya que Garrel evita ser exhaustivo y opta por un estilo impresionista que esboza las situaciones y omite cualquier intensidad. Las escenas que se suceden en Los celos podrían ser los descartes de otras películas románticas más pasionales que esta, y también más alejadas de la realidad. Garrel se muestra interesado en retratar los tiempos muertos de los que suele prescindir el cine para dotarlos de vida mediante el naturalismo de la puesta en escena y la cercanía de los actores.

La actitud casi ascética de Garrel tiene reflejo en las imágenes, cuya austeridad queda patente en una planificación sencilla y sin artificios. El montaje dentro de las secuencias es sustituido por los movimientos de cámara para reencuadrar a los personajes (a la manera de Woody Allen, de quien hay otras referencias como el suicidio fallido). Son recursos visuales reforzados por la sobriedad del blanco y negro y la labor cómplice de Louis Garrel y Anna Mouglalis, intérpretes que aúnan credibilidad y presencia. Nunca se llega a conocer del todo a sus personajes, porque Los celos así lo pretende. Todo en el film adquiere el trazo leve de un borrador, como un cuaderno de notas en el que se van apuntando cosas que a veces no se retoman. Esto sucede con algunos personajes episódicos (el escritor amigo de la protagonista, o la madre que pierde el trabajo), y que confiere al conjunto un carácter inacabado, que puede provocar desconcierto. La película parece admitir sus propias imperfecciones y las incorpora en la trama, para transmitir la sensación de eventualidad que define la última etapa de Philippe Garrel. Una ligereza que se adquiere en la madurez, tras años de experimentación y muchos caminos desandados.

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LA CAZA. "Jagten" 2012, Thomas Vinterberg

Casi quince años después de Celebración, Thomas Vinterberg vuelve a abordar el tema de los abusos sexuales a menores bajo una perspectiva completamente distinta. En esta ocasión, el punto de vista no se corresponde con la víctima sino con el presunto culpable, lo cual sirve al director danés para desarrollar cuestiones en torno a las noticias falsas, los juicios paralelos y la psicosis social que despiertan determinados actos cuando los sentimientos se anteponen a la razón.

Por segunda vez, Vinterberg escribe el guion junto a Tobias Lindholm, con quien realiza algunos de sus trabajos más interesantes y personales de los últimos años. Son historias de gran intensidad dramática que ambos amortiguan poniendo atención en los detalles y fijando contextos determinados. La caza relata el vía crucis de un profesor de parbulario al que acusan de haberse aprovechado de una de las niñas del centro con la que tiene especial confianza, pues es la hija de su mejor amigo. Este y el resto de la comunidad se posicionan en contra del protagonista, sin importar que no existan pruebas ni indicios serios que corroboren la denuncia, más que el ambiguo testimonio de la pequeña. Semejante argumento requiere tacto y sensibilidad para que la película funcione sin enmarañarse ni perder el foco de lo que pretende contar (la caza de un hombre cuya inocencia nadie quiere atender), aplicando la contención donde otros aprovecharían para echar leña al fuego.

Es de agradecer la actitud sosegada y rigurosa de Vinterberg, que también se traslada a las formas. Su planificación resulta modélica a la hora de expresar el desconcierto y la indefensión que sufre el personaje principal en el entorno donde ha transcurrido su vida, una pequeña población al Este de Dinamarca. Los escenarios cobran importancia y participan de la acción, al igual que la atmósfera invernal que transmiten las imágenes del film. La caza luce una técnica impecable y un reparto de actores largo y acertado en torno a Mads Mikkelsen, centro gravitacional del relato. El actor logra desarrollar un papel complejo y exigente sin hacer alardes, dotando de sentido cada gesto y cada inflexión de la voz. Sobre sus hombros descansa el peso de esta película difícil, que él hace que parezca fácil. Esta es la virtud de los buenos actores.

Es difícil ahondar en algún aspecto de La caza que no implique desvelar las sorpresas que contiene, si acaso remarcar su voluntad de explorar las relaciones sociales dentro de colectivos en apariencia idílicos, que muestran sus debilidades a la hora de afrontar ciertos problemas. El director no hace concesiones, ni siquiera en el desenlace que otorga condición de parábola al conjunto. En definitiva, se trata de un trabajo mayor en la filmografía de Thomas Vinterberg, capaz de actualizar los dramas expuestos muchos años atrás en títulos ya considerados clásicos como Esos tres o La calumnia.

A continuación pueden escuchar el tema principal de la película, creado por Nikolaj Egelund. Una delicia compuesta para guitarra que refleja bien el ambiente doméstico en medio de la naturaleza en el que viven los personajes. Relájense y disfruten:

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EL HOMBRE INVISIBLE. "The invisible man" 2020, Leigh Whannell

La figura del hombre invisible ha sido llevada al cine numerosas ocasiones, unas veces tomando como referencia la novela original de H.G. Wells y otras veces partiendo de cero. A este último grupo corresponde el cuarto largometraje de Leigh Whannell, director y guionista especializado en el género de terror, que añade una nueva perspectiva al mito de la invisibilidad. Su propuesta consiste en mezclar el fantástico, el miedo y el cine de superhéroes, aunque el personaje que da título a la película encaja más bien con el perfil del supervillano. Aquí el protagonismo pertenece a la mujer encarnada por Elisabeth Moss, víctima de un maltratador que ha alcanzado el éxito como ingeniero óptico. La historia comienza en el momento en el que ella emprende la huida de la lujosa casa donde han vivido juntos, lo cual no impedirá que él siga asediándola mentalmente incluso después que un incierto suicidio. Esta versión incorpora, por lo tanto, una vertiente social acorde a los nuevos tiempos que no chirría dentro del conjunto, al contrario: concede peso dramático a un film que corría el riesgo de convertirse en un espectáculo lleno de golpes de efecto y trucos digitales. En lugar de eso, Whannell se preocupa por dar cierta profundidad al relato, dosificando la tensión y generando la atmósfera adecuada para que lo increíble parezca creíble.

Conviene no engañarse: El hombre invisible es un entretenimiento. Pero un entretenimiento digno, que no defrauda sus premisas y que supedita la técnica a la narración, una práctica poco común en este tipo de cine. Tampoco se trata de una película perfecta: el guion incurre en el uso demasiado utilitario de algunos personajes (los respectivos hermanos de la pareja antagonista) y hace que el hombre invisible en cuestión parezca dotado de superpoderes, como si saliese de alguna franquicia Marvel. Son males menores que la película asume sin arruinar sus virtudes, que son variadas. Para empezar, la interpretación de Moss, tan comprometida y matizada como es habitual. También Whannell da en la diana. Su planificación juega hábilmente con los puntos de vista y mantiene el ritmo adecuado en cada escena, con profusión de ángulos y tamaños de imagen para inducir la sensación de invisibilidad. Aunque hay ciertos recursos que caen en la obviedad (impactos sonoros y subrayados musicales), en general El hombre invisible destaca sobre muchas otras producciones similares porque trata al espectador como adulto, sin hacer concesiones hormonales ni soterrar la trama bajo el ingenio visual.

Como mandan los cánones del género, una de las señas de identidad del film es la banda sonora compuesta por Benjamin Wallfisch, quien repite con Leigh Whannell después de colaboraciones anteriores bajo la tutela del estudio Blumhouse. El músico se ha convertido en un experto en provocar inquietud por medio de orquestaciones de cuerda e instrumentos como el piano. Prueba de ello es el tema que se puede escuchar a continuación.

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CHICO CONOCE CHICA. "Boy meets girl" 1984, Leos Carax

Contemplar las primeras películas de ciertos directores suele ser revelador porque, además de poseer el ímpetu propio del que empieza, muchas veces anticipan las ideas que desarrollarán más adelante. Leos Carax tenía apenas 24 años cuando dirigió Chico conoce chica, después de haber ejercido como crítico en la prestigiosa Cahiers du Cinéma. Una publicación que dos décadas atrás había legitimado el cambio que supuso la nouvelle vague para el cine francés, lo cual permite cerrar el círculo trazado por Carax. El joven cineasta se inspira en las experimentaciones de dicha corriente para acometer su largometraje de debut, un ejercicio de vanguardia formal y narrativa con un fuerte contenido poético, que tiene presentes algunas referencias europeas como Murnau, Dreyer, Cocteau, Resnais o Godard.

Con Chico conoce chica, Carax inicia no solo su trayectoria fílmica (antes había realizado un cortometraje de características similares), sino que también inaugura una identidad en la pantalla a través del personaje de Alex, alter ego interpretado por el actor Denis Lavant que aparecerá posteriormente en Mala sangre y Los amantes del Pont-Neuf. Es una relación parecida a la que habían establecido con anterioridad François Truffaut y Jean-Pierre Léaud, un cruce de personalidades en el que se reconoce un carácter determinado y una actitud ante la vida. El Alex de Chico conoce chica es un aspirante a director que tiene pensados los títulos de las películas que filmará algún día, y que solo muestra interés por el comienzo de cada cosa. Deambula por la ciudad observando amoríos que mitiguen su reciente fracaso sentimental, hasta que en una extraña fiesta encuentra a Mireille (encarnada por Mireille Perrier), quien acaba de romper con su pareja de manera traumática. El chico y la chica se conocen llenos de heridas internas pero, al contrario que en los romances de Hollywood, aquí el desenlace ilustra el peligro derivado del amour fou.

Leos Carax emplea recursos visuales y sonoros para representar algunos temas con imaginación y creatividad. Por ejemplo, la incomunicación que existe entre los personajes se materializa en diversos ruidos que tapan los diálogos (el silbido de una tetera, un trueno) o mediante efectos de sonido como la voz en off. También hay algunos trucos de imagen que remiten al cine mudo y otros que alteran el transcurrir de la acción, como la inclusión en el montaje de fotogramas en negro. Son herramientas que Carax utiliza con el propósito de sugestionar al espectador y trasladarle a un universo de ensueño donde los escenarios naturales de exterior se mezclan con los decorados de interior de carácter teatral. La fotografía contrastada y granulosa de Jean-Yves Escoffier retrata un París en blanco y negro donde siempre es de noche, con aires expresionistas y que propone juegos estéticos de asociación (el cielo estrellado y el suelo de la habitación de Mireille) y simbólicos (el vidrio roto en la cabina de teléfono). Todo ayuda a conformar el estilo genuino de Leos Carax, su modo de entender el cine: un viaje que conecta el subconsciente con la pantalla y un manifiesto de lirismo radical, que hunde sus raíces en el surrealismo. En suma, una opera prima a la altura de su creador, siempre original y sorprendente.

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CARRETERA ASFALTADA EN DOS DIRECCIONES, "Two-Lane Blacktop" 1971, Monte Hellman

En el inicio de su carrera, el director Monte Hellman se embarca en una indagación por diversos géneros que le lleva a recalar en la road movie, trasladando su estilo seco y austero al presente más cercano. Carretera asfaltada en dos direcciones pertenece a ese tipo de películas que proliferan en los años setenta en las que el vehículo se convierte en una prolongación del protagonista y la autopista en una metáfora de la existencia. En este sentido, 1971 resulta un año mágico porque coinciden los estrenos de iconos tan importantes como Vanishing Point y Duel (tituladas en España respectivamente Punto límite: cero y El diablo sobre ruedas). El film de Hellman comparte similitudes y difiere sobre todo en el tono y la actitud respecto a las demás, hasta el punto de admitir pocas comparaciones con ninguna otra película que transcurra sobre cuatro ruedas. No podía ser menos, tratándose de un cineasta que por entonces trataba de marcar su impronta y proteger su independencia con presupuestos limitados y actores desconocidos.

Lo que hace fascinante a Carretera asfaltada en dos direcciones es que, tratando temas tan profundamente norteamericanos (la pasión por los coches, la competitividad, el profesionalismo, la vida nómada que recorre los estados) tiene una influencia muy europea, como si Bresson hubiese decidido rodar un western fuera de su época. Hellman venía de filmar en el Oeste con caballos que ahora adoptan forma de automóviles, y algo de ese espíritu queda en la pantalla, en los gestos de los actores, en las frases de diálogo... pero sin artificio: todo posee rasgos de naturalidad y, en ocasiones, incluso de documental. El motivo es que el director mantiene siempre la distancia adecuada para no interceder en la trama y que algunos de los intérpretes se enfrentan por primera vez a la cámara. Los dos protagonistas, James Taylor y Dennis Wilson, provienen de la escena musical, y Laurie Bird debuta aquí en el papel por el que será recordada, mientras que Warren Oates exhibe su desparpajo componiendo un personaje inolvidable. Su talante contrasta con el hieratismo de los hermanos que encarnan Taylor y Wilson, quienes manifiestan su empuje solo frente al volante... basta contemplar el caminar del primero, una parsimonia hipnótica que no se aprende en las escuelas de arte dramático.

Hay, por lo tanto, una inmediatez que dota a la película de presencia, de habitar un tiempo y un espacio determinados. Un universo conformado por moteles, bares y gasolineras en pequeños pueblos de la América profunda, con autoestopistas y aspirantes a ganar la siguiente carrera. Monte Hellman llena de autenticidad los huecos deliberados que se abren en la narración, esa quietud que a veces recuerda a los cuadros de Hopper por la luz y los colores, en contraposición a la velocidad sobre el asfalto. Es, en definitiva, un film evocador que recoge influencias de la literatura beat y del cancionero folk de los Estados Unidos, filtrados por el cine sobrio y directo de Monte Hellman. Carretera asfaltada en dos direcciones es considerada hoy una obra de culto que representa la valentía y la voluntad de crónica que tenían las películas de aquella década, empeñadas en mostrar la cara B del sueño americano, cuando la inocencia regresaba en féretros desde las selvas de Vietnam.



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VIDA OCULTA. "Hidden life" 2019, Terrence Malick

El cine de Terrence Malick ha tenido siempre un marcado componente poético de carácter espiritual, que según pasa el tiempo se va volviendo cada vez más abstracto. Hasta el punto de que sus películas han ido desapareciendo de las pantallas grandes para estrenarse, tarde y en circunstancias particulares, en las plataformas digitales, incluso cuando cuentan en sus repartos con intérpretes conocidos. Vida oculta es algo más accesible que sus anteriores títulos, a pesar de lo extenso de la duración, ya que toma como base unos hechos verídicos sucedidos en Austria durante los años cuarenta. Se trata de la historia de Franz Jägerstätter, campesino que se niega a combatir junto a los nazis en la II Guerra Mundial, una determinación que le ha elevado al altar de los mártires de la objeción de conciencia. Este símil resulta adecuado porque las películas de Malick contienen una invariable lectura religiosa que, en el caso de Vida oculta, se explicita hasta comparar al protagonista con un Jesucristo moderno que se ofrece en sacrificio por unas convicciones mantenidas hasta el final.

Así pues, el director elabora lo más parecido a una oración cristiana, con toda la solemnidad y la exaltación que conlleva. Una propuesta sin duda arriesgada que no termina de salir bien ya que, como sucede en los rezos, se incurre en reiteraciones y en una sentimentalidad a veces artificiosa, que se sirve del dolor para justificar el amaneramiento de las formas. Vida oculta perpetúa los tics que Malick ha establecido en los últimos años (incesantes movimientos de cámara, encuadres contrapicados, lentes de gran angular) incorporando a su lenguaje cinematográfico los inconvenientes propios de esta técnica, como es la distorsión de las figuras en los bordes del plano. Esto que la mayoría de los directores suelen evitar, Malik lo emplea para fundir a los personajes en el entorno natural y magnificar los gestos, en constante representación de la voz en off.  En otras palabras: una retórica de la imagen agotada por el cineasta, quien insiste a lo largo de casi tres horas en los mismos recursos visuales sin variaciones de tono ni de ritmo, hasta dejar extenuado al espectador. El resultado vuelve grandilocuente cualquier pequeño detalle y dota de trascendencia cada frase del guion, lo que aminora el impacto del drama. La primera hora de metraje se sigue con interés, pero una vez que Vida oculta comienza a dar vueltas sobre sí misma y a subrayar el discurso místico, el relato se estanca y la tragedia se antoja rutinaria.

Es una lástima, porque el film alberga intenciones buenas pero insuficientes que terminan traicionando la sencillez del personaje protagonista. Como es habitual, la narración adopta el punto de vista omnipresente de Terrence Malick, sumo sacerdote y autor de este panegírico ensalzado por la música de James Newton Howard en convivencia con compositores clásicos (Bach, Handel, Dvořák...) El placer sonoro se suma al visual mediante la fotografía de Jörg Widmer, alumno aventajado de Emmanuel Lubezki, con quien ha trabajado en varios títulos de Malick. Los fotogramas de Vida oculta son de una belleza arrebatadora y poseen referencias pictóricas que van aminorando su poder de fascinación según avanza la historia, una sensación que la sabiduría popular describe bien: lo poco gusta, lo mucho cansa y lo repetitivo aburre. Ni siquiera las esforzadas interpretaciones de August Diehl y Valerie Pachner logran insuflar humanidad a este artefacto al que le sobran pretensiones y al que le falta intimidad y cercanía, lo que provoca que la película parezca más un sermón recitado en un púlpito que el homenaje a una persona que defendió sus ideales con perseverancia y valor. A continuación, pueden escuchar uno de los hermosos temas compuestos por James Newton Howard para Vida oculta. Relájense y disfruten:

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REINA DE CORAZONES. "Dronningen" 2019, May el-Toukhy

Segundo largometraje de la directora May el-Toukhy, quien cambia de registro y se atreve con una historia controvertida que pone a prueba su capacidad de mesura. Reina de corazones trata uno de los temas tabú por excelencia: la relación entre una mujer madura y un joven al que unen vínculos familiares, o al menos eso es lo que parece en un primer vistazo. En realidad, la intención de el-Toukhy es la de explorar el deseo femenino y las relaciones de poder ejercidas en un entorno doméstico, cuestiones complejas que sabe resolver aplicando la frialdad y el sentido de la medida ante asuntos que a menudo suelen ser tratados con sensacionalismo y morbo.

El tono empleado por la directora es el adecuado para no cargar las tintas en el conflicto pasional del relato, gracias a una puesta en escena sobria y unas interpretaciones ajustadas, entre las que brilla la encarnación que Trine Dyrholm hace del personaje protagonista. Su papel de madre de familia que ejerce un reinado aparentemente perfecto revela contradicciones acerca de la insatisfacción y el hastío, incluso aunque se trata de una profesional de éxito que ejerce la abogacía protegiendo la intimidad y los derechos sexuales de menores víctimas de abusos. La paradoja está servida y adquiere tintes de parábola que invitan al espectador a replantearse ciertos prejuicios morales y de conducta, ante los cuales la directora termina tomando partido. La reina del título hace referencia al personaje despótico y manipulador de Alicia en el país de las maravillas, cuya narración tiene presencia en la trama. Esta analogía ilustra bien el posicionamiento que el-Toukhy y su coguionista, Maren Louise Käehne, adoptan para exponer la vulnerabilidad y la fortaleza inherentes a cada rango de edad.

El diseño de producción y la dirección artística resultan fundamentales para trasladar al público la sensación de habitar un tiempo y un lugar conciso. El escenario principal de la casa, de formas racionales y geométricas, confronta con la exuberancia de la naturaleza que la rodea, de la misma manera que el amor ilícito se consuma fuera de las normas sociales. También la luz fría y apagada cumple la función de atemperar la separación de los cuerpos, en contraposición a los colores más cálidos de las imágenes que muestran junta a la pareja. Puede que sean asociaciones fáciles, pero sin duda ayudan a codificar el lenguaje que desarrolla May el-Toukhy. Otros recursos son menos afortunados, como la estructura circular que abre y cierra el film sin demasiada justificación y que se subraya mediante un giro de cámara de 360 grados en torno al mismo eje. Una solución algo arbitraria que no logra empañar el conjunto, caracterizado por la precisión y el pulso firme de la directora danesa.

Al final, May el-Toukhy consigue salir indemne de un reto solo apto para cineastas que tratan al público con madurez e inteligencia, en parte gracias a su habilidad para generar una atmósfera muy determinada, a la que contribuye la música compuesta por Jon Ekstrand. A continuación pueden escuchar uno de los temas que integran la banda sonora. Relájense y disfruten:

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