LA BROMA. "Žert" 1969, Jaromil Jireš

Segundo largometraje dirigido por Jaromil Jireš, perteneciente al movimiento de la Nueva Ola Checoslovaca que él mismo ayudó a consolidar en la década de los sesenta. Vista hoy, La broma mantiene intactas sus virtudes tanto históricas como artísticas, ya que logra conjugar el retrato sociopolítico de la época con las formas del cine de vanguardia, todo ello con un fuerte componente personal por parte de Jireš. Al igual que tantos creadores e intelectuales de su país, él también padeció la censura del régimen comunista, una represión que ya se denuncia en la novela homónima de Milan Kundera que sirve como base para la película y que se había publicado apenas un par de años antes. El propio escritor participa en el guion junto a Jireš, en un grito colectivo de hartazgo que trasciende la experiencia individual y que emplea el humor negro y el distanciamiento para fortalecer la crítica.

La broma adopta una estructura fragmentada que mezcla tiempos y espacios en un mismo escenario fílmico, que es la mente del protagonista. Un científico que regresa a su ciudad natal para vengarse de la persona que le expulsó de la universidad y del partido a causa de un comentario jocoso escrito en una postal. En su devenir por los lugares del recuerdo se mezclan pasado y presente, lo cual obliga al director a buscar soluciones ingeniosas de montaje que establecen paralelismos visuales y argumentales, un diálogo entre imágenes y narración en el que también interviene la voz en off del personaje principal. Esto agudiza la atención del espectador y le hace partícipe de la trama, completando la información que se va desplegando en la pantalla poco a poco. El desvelamiento de las situaciones evoluciona a la vez que los personajes, bien interpretados por un grupo de actores que saben moverse y hablar con la destreza de los actores que provienen del teatro, con Josef Somr y Jana Dítětová a la cabeza. Las sensaciones que transmite el primero van del desprecio a la empatía, un tránsito hecho posible por su fisicidad y amplitud de registros, capaces de potenciar la humanidad sobre el discurso.

Jaromil Jireš incluye en La broma material documental que convive bien con la naturalidad de la fotografía en blanco y negro y los escenarios auténticos donde sucede la acción. La vida se cuela en el cine y lo transforma en testimonio de la realidad, aportando nuevas dimensiones al relato que permiten que la película sea percibida como un arma ideológica, hasta el punto de que estuvo prohibida en Checoslovaquia durante dos décadas. Para el presente y para el futuro, La broma es un pedazo de historia no tan lejana que nos advierte sobre los totalitarismos y los dogmas en contra de la libertad de expresión. La respuesta de Jireš se concentra en la mirada final del protagonista a cámara, un gesto de rabia que vale más que muchos mítines y panfletos.

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CALAMARI UNION. 1985, Aki Kaurismäki

La primera etapa de la filmografía de Aki Kaurismäki está integrada por trabajos en colaboración con su hermano Mika, hasta que debuta en solitario en la dirección adaptando la novela Crimen y castigo de Dostoyevski. Son años de experimentación y aprendizaje en los que juega con diferentes géneros, a la vez que va conformando un estilo que evolucionará con el tiempo. A mediados de la década de los ochenta se hace cargo de Calamari Union, el primero de sus títulos en el que parte de un texto original y en el que toma el camino opuesto al de cualquier convencionalismo.

Se trata de un ejercicio de comedia absurda filmado en blanco y negro en las calles de Helsinki, una sucesión de estampas surrealistas protagonizadas por un grupo de desarraigados llamados Frank que tratan de desplazarse de la parte baja de la ciudad a la alta, mucho más acomodada y habitable. A lo largo de varios días y noches, las situaciones irán ocurriendo sin más lógica que el azar y las ganas de sorprender del director, empleando el humor negro y las referencias al cine clásico (en especial al noir). Es fácil adivinar una sátira al sistema capitalista detrás de los desvaríos que marcan la acción, del mismo modo que hacían los autores de las vanguardias europeas a principios del siglo pasado.

En este periodo seminal de su carrera, Kaurismäki emplea una planificación rica en ángulos y movimientos de cámara que se parece muy poco al minimalismo y la depuración del lenguaje que terminarán siendo sus sellos de marca. En Calamari Union hay una necesidad de buscar encuadres y dinámicas de gran expresividad, que acompañan a los personajes y definen sus intenciones. Esta cuidada elaboración de las imágenes (con una fotografía muy contrastada en las escenas nocturnas, obra del inevitable Timo Salminen) mantiene una tensión con el aparente caos del relato, en una dicotomía que es el máximo atractivo del film. Hay otras polarizaciones que mezclan sin complejos la alta cultura y la cultura popular, con referencias literarias en los diálogos a Baudelaire, Michaux y Prévert, que conviven con la música rock y blues a veces interpretada en directo. No en vano, la mayoría de los actores provienen de bandas finlandesas a las que Kaurismäki ya había retratado en El gesto de Saimaa, un documental realizado tiempo atrás.

Por todos estos motivos, Calamari Union debe considerarse como una curiosidad dentro de la trayectoria de un autor esencial del cine nórdico, una exhibición de libertad creativa que sirve como preámbulo al primero de sus grandes títulos, Sombras en el paraíso, que Aki Kaurismäki estrenará un año después.

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INDIANA JONES Y EL DIAL DEL DESTINO. "Indiana Jones and the Dial of Destiny" 2023, James Mangold

Una de las características que define el cine de la presente época es el revisionismo y la recuperación de algunos iconos populares que formaron parte de la infancia y juventud de quienes hoy rondan los cincuenta años. Así, diferentes reinterpretaciones de títulos como Top Gun, Cazafantasmas, Cristal Oscuro o Karate Kid han vuelto con desigual fortuna a las pantallas grandes y pequeñas para avivar la nostalgia de una generación que busca reconocerse en sus referencias del pasado. Este sentimiento activa una maquinaria dispuesta a sacar rédito de la ilusión (absurda y falaz) de volver a sentirse joven, incluso a cuenta de desempolvar a héroes de aventuras hoy octogenarios como Indiana Jones.

El asunto es más grave si se piensa que la anterior y cuarta entrega del personaje, hace trece años, fue un absoluto desastre en términos cinematográficos y que Steven Spielberg, responsable de dar fama y prestigio a la trilogía original del Dr. Jones, declinó dirigir la quinta parte tras sucesivos aplazamientos del proyecto y disconformidad con el guion impuesto por el equipo financiero. Dichos antecedentes hacían temer lo peor de una continuación que se estrena con el propósito de poner el broche a la saga, transcurridas cuatro décadas desde el inicio. ¿Qué se puede decir de Indiana Jones y el Dial del Destino? Que sigue paso a paso el manual para contentar a los espectadores que disfrutaron de las películas precedentes, aplicando las consabidas fórmulas para epatar, entretener y emocionar en dosis perfectamente calculadas por los tres guionistas firmantes.

Esto significa que cada pieza del artefacto está diseñada para cumplir su función atendiendo a un patrón narrativo y estético prefijado, un automatismo que amortigua cualquier asomo de humanidad y de sorpresa... de hecho, cuando el imprevisto acontece, no es en beneficio del film y adopta la forma de deus ex machina (como sucede en la secuencia del clímax final). En otras palabras: Indiana Jones y el Dial del Destino parece haber sido creada por una inteligencia artificial que sitúa todos los elementos en su lugar correspondiente, aplicando cálculos ideados con meticulosidad por algoritmos y las demandas del fanservice. Todo es correcto, acaso demasiado. Falta pasión y humor, dos cualidades que engrandecieron las tres primeras películas de Spielberg, además de la genuina naturalidad del personaje en los diálogos y las escenas de acción, que aquí convierten al veterano arqueólogo en poco menos que un superhéroe (ay, esa cabalgada por los subterráneos de Nueva York).

No se trata solo de una cuestión de fe en las capacidades del protagonista (probadas de sobra en el pasado) sino en la falta de organicidad y de sentido físico que acompañaron siempre a Indy y que ahora han sido sustituidas por el CGI. Las imágenes generadas por ordenador tienen tanta importancia que ni la música del legendario John Williams, ni la fotografía del competente Phedon Papamichael, ni siquiera el desfile de actores que acompañan a Harrison Ford (Mads Mikkelsen, Toby Jones, Antonio Banderas y, por encima de todos, Phoebe Waller-Bridge) logran disipar la sensación de producto prefabricado que esconde sus aristas bajo gruesas capas de barniz digital. El director James Mangold cumple su cometido de que todo fluya con velocidad y energía en los ciento cuarenta minutos de duración, incurriendo en cierta desorganización en el montaje de las secuencias más dinámicas (hay persecuciones en todo tipo de vehículos por tierra, mar y aire en las que es difícil situar a los personajes). Como ocurre con los productos procesados, este Dial del Destino se consume con tanta despreocupación y agrado que termina resultando irrelevante, al contrario que las películas de Indiana Jones producidas en los ochenta. Tratar de reproducir aquel cine sin caer en el sucedáneo se antoja una tarea imposible porque los tiempos y las técnicas han cambiado. Pero sobre todo, ha cambiado el público. La nostalgia ya no es lo que era.

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20.000 ESPECIES DE ABEJAS. 2023, Estibaliz Urresola Solaguren

Después de una década realizando cortometrajes y documentales con un claro interés humanista, Estibaliz Urresola Solaguren aprovecha todo ese bagaje adquirido para asumir su primera obra larga, localizada en el País Vasco, su tierra natal. 20.000 especies de abejas pertenece a la categoría del drama de iniciación a la vida (lo que ahora se describe bajo el anglicismo coming-of-age) en el entorno rural, siguiendo una larga tradición dentro del cine español a la que han contribuido Erice, Trueba, Armendáriz, Cuerda o Carla Simón, entre muchos otros. Urresola incorpora a este género las confusiones de la identidad de género en la etapa infantil, una cuestión oportuna y no oportunista en el debate social del presente. Todo un reto que la directora y guionista resuelve aplicando la contención y el respeto por sus protagonistas, además del conocimiento del territorio y de su idiosincrasia.

La película está lo suficientemente pegada a la realidad como para hermanarse con el documental en algunos aspectos (la cámara en mano, la iluminación natural) y con el cine de ficción en otros (la construcción narrativa, el perfil de los personajes), en ambos casos producto de una gran elaboración. Urresola lleva a cabo un esmerado trabajo de depuración tanto en el relato como en la puesta en escena, sintetizando cada elemento hasta dejarlo en su esencia. Así, aunque la trama está poblada de circunstancias individuales y compartidas, el foco nunca se aparta del personaje principal. Esto evita que el espectador se distraiga con las ramificaciones que van creciendo a lo largo del film y, además, que participe y rellene los huecos abiertos por la elipsis y los fuera de campo, dos recursos que Urresola maneja con destreza. La directora no solo cuenta el tránsito hacia el reconocimiento de su género por parte de la niña protagonista, sino que también expone las diferencias con las que el entorno asiste a su evolución: padres, abuelas, tías, hermanos... todos ellos representan a una colectividad con virtudes y defectos identificables.

Es por ello que el plantel de la película resulta variado y ecléctico, con actores nóveles y otros experimentados en torno a la jovencísima Sofía Otero. Su mirada limpia se conjuga a la perfección con la de su madre, interpretada por Patricia López Arnaiz en uno de los papeles más exigentes de su carrera. En ambas gravitan los polos de esta película atenta a los detalles y en la que importa por igual lo que aparece en pantalla y lo que se omite, el texto y el subtexto contenido en las imágenes. Urresola emplea numerosos símbolos ya desde el mismo título, unos más evidentes que otros, hasta el punto de bordear en ocasiones el mensaje didáctico y la reflexión forzada (esto se aprecia en algunos diálogos, como las preguntas que formula la niña a sus mayores). La directora se preocupa de que sus intenciones queden claras dentro de un ambiente general de ocultación, situando a la película en un terreno intermedio que hace que el visionado sea muy estimulante y culmine en un final difícil de olvidar, cuando todas las piezas encajan.

Por estos y otros motivos, 20.000 especies de abejas se sigue con interés, casi fascinación, gracias a labor de los intérpretes y al estilo que emplea la directora para desplegar la historia, a la vez conciso y sugerente. Prueba de lo primero es la música únicamente diegética que suena en el film, y prueba de lo segundo es la fotografía apagada y norteña de Gina Ferrer, que aporta personalidad al conjunto. En suma, se trata de una de las películas más redondas y bellas del cine español reciente, la puesta de largo de Estibaliz Urresola Solaguren, cineasta a la que habrá que seguir de cerca.

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CINES DE VÍDEO. 2020, Wari O. Gálvez Rivas

El interés de Wari O. Gálvez Rivas por la historia de los cines de su país deriva en dos volúmenes de libros que preservan la memoria de las antiguas salas que existieron en Perú, además de un documental que lleva por título Cines de vídeo. En conjunto, se trata de un estudio pormenorizado que no se ocupa solo de los establecimientos de exhibición, sino que también se fija en las personas que trabajaron en ellos: propietarios, proyeccionistas, acomodadores, ilustradores de carteles... muchos aún viven y atesoran el testimonio de una época en la que el cine era el máximo entretenimiento popular.

Gálvez recoge las palabras de dichos profesionales a los que el documental mira desde el presente. Las salas visitadas por el pequeño equipo técnico hace tiempo que cerraron y hoy albergan iglesias evangélicas, espacios comerciales o están en ruinas, en muchos casos conservando todavía las huellas de su extinta actividad. La narración salta de un emplazamiento a otro construyendo un relato polifónico que sitúa a cada protagonista frente al edificio donde trabajó en el pasado, en una relación de proporciones que denota la formación del director como arquitecto. La cámara capta desde la distancia la totalidad de las fachadas y reduce a la persona a un tamaño que no permite distinguir sus rasgos, lo cual dificulta el reconocimiento y la empatía. Si bien el discurso es legible, la imagen de quien habla es intervenida constantemente por el tráfico y los peatones, una decisión arriesgada que termina transmitiendo cierta monotonía. Según ha explicado el propio Gálvez, este recurso visual pretende remitir a los pioneros, cuando se filmaban planos generales y estáticos en los que la vida sucedía frente a la cámara. La diferencia es que los hermanos Lumière carecían de sonido que condujese el relato y la imagen se explicaba por sí misma, mientras que Gálvez emplea el verbo como hilo conductor priorizándolo sobre la estética (con algunas torpezas en el montaje y añadidos de postproducción que afean el resultado, como la pantalla del móvil que se va quebrando).

En Cines de vídeo, la condición investigadora de Wari O. Gálvez Rivas se impone a la de cineasta, aquí todavía incipiente. Se trata de su primer largometraje y en él vuelca su capacidad de documentación, con un punto de vista algo frío que logra esquivar el sentimentalismo y la nostalgia que suelen aquejar a esta clase de proyectos. Por eso supone un film esencial para los curiosos del tema, que encontrarán aquí material para la reflexión y al análisis, sin omitir por ello el carácter humano de un mundo que parece condenado a desaparecer: el de la exhibición pública de películas.

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70 MINUTOS PARA HUIR. "Miracle Mile" 1988, Steve De Jarnatt

Dentro de una carrera mayormente televisiva, Steve De Jarnatt logró realizar dos largometrajes que hoy son considerados referencias del cine de culto de los años ochenta. El primero es Cherry 2000, un ejemplo actualizado de trash movie cuyo estreno, previsto en 1986, se fue demorando en muchos países hasta terminar en las estanterías de los videoclubs. Poco después, el director consiguió sacar adelante 70 minutos para huir, imaginativa traducción del título original Miracle Mile, que alude al barrio de Los Ángeles donde sucede buena parte la acción. En esta ocasión, De Jarnatt lleva a cabo un trabajo más personal que él mismo escribe y produce de manera independiente, con un presupuesto muy ajustado, actores que entonces eran poco conocidos y una arriesgada mezcla de géneros.

Miracle Mile comienza como una comedia romántica entre dos personajes interpretados por Anthony Edwards y Mare Winningham, quienes se conocen en el museo paleontológico de la ciudad. Un escenario no elegido por azar: ambos descubrirán esa misma noche que el fin del mundo está cerca, justo cuando han acordado su primera cita, a causa de un previsible ataque nuclear por parte de la URSS. Así, el romance da paso al thriller enérgico hasta derivar en el drama, que concluye en el mismo escenario donde comienza la película. El círculo narrativo se cierra en torno a setenta minutos que transcurren casi en tiempo real, con un ritmo frenético que acumula situaciones por las que circulan una amplia diversidad de criaturas nocturnas, al estilo de lo que había hecho Scorsese pocos años atrás en After hours. Es evidente que De Jarnatt no posee el talento ni los medios del director neoyorquino, pero en Miracle Mile sabe sacar provecho de la escasez con inventiva y argucias en la planificación relacionadas con la elipsis y el fuera de campo.

La película posee el encanto de la serie B, siguiendo la consigna de menos es más. Por ejemplo, la fotografía de Theo Van de Sande recurre a luces coloridas y directas para generar tensión, además del montaje en planos cortos de determinadas escenas espectaculares para disimular la precariedad financiera. Son viejos trucos que emplea Steve De Jarnatt para hacer ver al espectador lo que en realidad no aparece en pantalla, ayudado por un eficaz equipo técnico y unos intérpretes entregados. Y es que Miracle Mile carece de grandes pretensiones, más allá de hacer pasar un buen rato con una historia tan inconsistente como falta de prejuicios. Una pequeña sorpresa a descubrir, cuya mayor virtud es no tomarse demasiado en serio a sí misma, a pesar de la gravedad del argumento.

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ASTEROID CITY. 2023, Wes Anderson

Con el paso de los años, Wes Anderson está construyendo más que una filmografía, un mundo con paisajes, habitantes e incluso un lenguaje propio. Por eso sus películas integran un corpus narrativo difícil de disociar, con características comunes que se repiten título tras título. En otras palabras: parece que estuviera haciendo siempre el mismo film, con variaciones que afectan, sobre todo, al decorado. El lugar donde transcurren sus historias define el conjunto ya desde el propio nombre (Academia Rushmore, Viaje a Darjeeling, Moonrise Kingdom, El Gran Hotel Budapest) y materializa uno de los rasgos más importantes de su obra: la escenografía. Esto vuelve a suceder en Asteroid City, de manera más concentrada si cabe.

El tándem formado por Wes Anderson y Roman Coppola estructura el guion en dos planos que conviven en paralelo: el de la ficción y el de la creación de la ficción (no confundir este con la realidad, ya que la realidad es imposible en el cine de Anderson). Se trata de un juego meta-lingüístico que propone reflexiones muy interesantes acerca de la verdad y su representación, así como del comportamiento humano. El relato de Asteroid City es presentado en una emisión televisiva de los años cincuenta por parte de un personaje que servirá como hilo conductor, al que interpreta Bryan Cranston. Él nos anuncia al autor de la obra (Edward Norton), el director (Adrien Brody) y los actores (Jason Schwartzman, Tom Hanks, Tilda Swinton, Steve Carell y un largo etcétera), quienes irán desarrollando la trama durante los siguientes cien minutos. Al mismo tiempo, hay otros personajes que encarnan a actrices que interpretan a personajes (Scarlett Johansson, Margot Robbie) y escenas en las que ambas dimensiones se mezclan, al estilo de lo que hicieron antes Unamuno en la novela y Pirandello en el teatro.

Esto provoca que, a pesar del humor absurdo y la estética cartoon, Asteroid City sea la película más existencial de Anderson. Están los temas recurrentes de su cine: la soledad, el conflicto familiar, la realización personal a través del trabajo, el amor como ideal de libertad... pero con un punto de amargura más acentuado, menos optimista. Y eso que la luminosidad del paisaje desértico baña las imágenes y les confiere un color de postal antigua, gracias a la labor conjunta del director de fotografía Robert D. Yeoman, el diseñador de decorados Adam Stockhausen y la coexistencia de medios tradicionales y digitales en la producción.

Como suele suceder en el cine de Anderson, el manierismo visual está siempre a punto de ahogar la profundidad del argumento. Es evidente que sus películas contienen ideas y conflictos humanos de gran calado que, muchas veces, corren el riesgo de diluirse dentro de la estética cuidadísima, el montaje dinámico y la abundancia de movimientos de cámara, algo que se repite en Asteroid City. Hay un diálogo constante entre relato y forma, una dependencia en ambas direcciones que estimula a los admiradores del director texano e irrita a los detractores. Wes Anderson continúa siendo fiel a sí mismo y presenta la que tal vez sea su película menos amable hasta la fecha o, por lo menos, la más exigente con el espectador. En cualquier caso, es un festín que vuelve a demostrar el carácter singular y la creatividad de un cineasta que no admite comparaciones.

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ENNIO: EL MAESTRO. 2021, Giuseppe Tornatore

Segundo documental dirigido por Giuseppe Tornatore en el que vuelve a representar un oficio cinematográfico. Si el primero se centraba en la figura del productor Goffredo Lombardo, en esta ocasión es Ennio Morricone el merecedor de un reconocimiento que empieza ya desde el propio título. Ennio: el maestro cuenta con la participación de numerosos colaboradores y colegas de profesión pero, sobre todo, tiene la virtud de contener el relato personal de Morricone, lo cual estuvo a punto de no suceder, ya que el célebre compositor falleció durante la postproducción con casi 92 años. La edad avanzada no le impide mostrarse lúcido y enérgico, incluso socarrón, algo poco habitual para un artista con fama de tímido y serio.

Tornatore y Morricone han trabajado juntos repetidas veces, una circunstancia que favorece la cercanía y estimula la confidencia. Uno de los principales retos que asume el documental es resumir la larga experiencia profesional del músico, que abarca unos 500 films, además de narrar detalles de su biografía, todo ello comprimido en dos horas y media de duración que transcurren a velocidad de crucero y un ritmo muy dinámico. El montaje intercala con habilidad imágenes de películas, testimonios y abundante material de archivo, en una suerte de mosaico cuyas piezas se van uniendo hasta completar el retrato del protagonista. Hay caras muy conocidas (Eastwood, Tarantino, Springsteen, Bertolucci...) que prestan sus palabras al panegírico, porque de eso se trata: de realizar un tributo apasionado y confeso en el que apenas hay asomo de mácula y no se esconde la finalidad laudatoria del proyecto, financiado en coproducción por Italia, Bélgica y Japón.

Lo más interesante de Ennio: el maestro tiene que ver con la evolución y los procesos creativos en los que Morricone se ve inmerso a lo largo de su obra, y que le llevan a transitar estilos tan diversos como la música de orquesta, la sinfónica, la experimental, la canción pop... y las bandas sonoras de películas, un género que le acomplejó durante años y que termina valorando como esencial dentro de la cultura del siglo XX. Su labor ha contribuido a este reconocimiento de manera decisiva y ha servido como inspiración a multitud de músicos, algo que el documental pone en relieve con la mezcla justa de inteligencia y emoción.

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SPIDERMAN: CRUZANDO EL MULTIVERSO. "Spider-Man: Across the Spider-Verse" 2023, Joaquim Dos Santos, Kemp Powers y Justin Thompson

Uno de los fenómenos cinematográficos más destacados del presente milenio es el resurgir de las películas seriales, un siglo después de su eclosión durante la época muda. Si en aquel tiempo predominaban los dramas románticos y el misterio, hoy son los superhéroes y las sagas de fantasía y ciencia ficción las que hacen engordar las taquillas, lo cual demuestra los cambios producidos en las pantallas y, sobre todo, en los patios de butacas. El público joven es el actual destinatario de los productos de consumo masivo, un público que acude a la sala con mucha información y ganas de magnificar el espectáculo audiovisual al que no llegan sus ordenadores y dispositivos móviles, por eso las películas son cada vez más largas y aparatosas. Buen ejemplo de ello es Spiderman: Cruzando el Multiverso, que retoma la asociación de las compañías Marvel y Sony un lustro después de Spiderman: Un nuevo universo.

Los aciertos contenidos en aquella primera entrega se prolongan en esta: la mezcla de acción y humor, el ritmo desenfrenado, la variedad de perfiles de los personajes... e incluso aumentan, pues la continuidad de un proyecto de semejante envergadura se basa en un perpetuo cliffhanger que se mantiene no solo entre título y título, sino también entre secuencia y secuencia. La clave es que cada imagen del film debe tener un contenido cerrado en sí mismo y ha de adquirir significado de manera autónoma, más que en relación con las demás unidades narrativas del conjunto. Es algo parecido a lo que ocurre en los cómics que sirven de inspiración y que aquí se expresa mediante cine hipervitaminado y espídico, cuya fuerza reside en la acumulación: no importa el qué, sino el cuánto. Para el espectador, parpadear equivale a perderse una pirueta, un salto, una explosión. Así en el transcurso de ciento cuarenta minutos que pueden dejar exhausto a quien no se preste al juego de recibir el torrente de estímulos que sirven los tres directores firmantes. Un verdadero derroche cinético que emborracha los ojos a causa del diseño que luce la animación, la cual mezcla estilos y acabados distintos según la multiplicidad de universos que representan.

Y es que una vez agotada la eterna confrontación entre héroes y villanos, el género ha encontrado el filón en los multiversos que pueblan las películas con dimensiones que se alternan en el espacio-tiempo. Esta película de Spiderman supone uno de los ejercicios más sofisticados e imaginativos dentro de una modalidad temática que, si bien suele resultar compleja, al menos aquí tiene la virtud de ser comprendida con relativa facilidad. El logro consiste en colar entre las rendijas de este inmenso artefacto algunos sentimientos y reacciones humanas, porque todo cuanto sucede es excesivo, atronador y sin pausa, un espectáculo maximalista de gran belleza estética y sorprendentes capacidades técnicas. Es la apuesta del doble o nada, que se prolongará en una tercera parte que amenaza con ser el triple o nada. Habrá que coger aire.


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COLORES AL OPIO, LA PROSTITUTA Y EL PINTOR. 2020, Alejandro Carpintero

Colores al opio, la prostituta y el pintor comienza con un rótulo que informa de que la grabación y el montaje se han llevado a cabo con dos teléfonos móviles, sin "equipo profesional" y únicamente con la ayuda de amigos y alumnos. Conviene tenerlo en cuenta para poder valorar en su justa medida este documental que posee carácter amateur, intenciones didácticas y trasfondo social.

También hay que advertir que Alejandro Carpintero no es cineasta sino artista plástico que fotografía, dibuja y pinta a sus modelos con un estilo realista que conlleva una técnica de lo más exigente. Esto hace que la película suponga una valiosa clase de pintura dictada por la contemplación del proceso en imágenes, sin ninguna explicación. El contenido verbal tiene que ver con el sujeto retratado, Anastasia, una joven de origen ruso que vende su cuerpo para mantener su adicción a las drogas. Ella vive y trabaja en un polígono industrial de Torrelodones, al noroeste de Madrid, lugar por el que se desplaza Carpintero para impartir formación artística. Colores al opio incluye al inicio una breve compilación de cuadros protagonizados por prostitutas, obras de Picasso, Schiele, Toulouse-Lautrec... Carpintero aspira a perpetuar esa tradición que coloca en el centro del arte a mujeres anónimas que la mayoría de las veces son ignoradas por los focos de atención. No solo eso. Al igual que Anastasia, muchas son víctimas del engaño y del comercio ilegal de personas con fines de esclavitud sexual, una tragedia que la propia afectada cuenta frente a la cámara con una mezcla de resignación y rabia. Otra cosa es que el documental cumpla su objetivo de denuncia y no se quede solo en una excusa para sostener la elección del motivo a representar.

Más allá de sus buenas intenciones, Colores al opio plantea cuestionamientos éticos que el director resuelve con un rótulo final en el que anuncia que los posibles beneficios obtenidos por la venta del cuadro serán destinados a ayudar a la rehabilitación de Anastasia o de otras mujeres en su misma situación. Este último apunte es muy oportuno, porque cuesta creer que Anastasia siga viva a día de hoy. En la película queda patente su deterioro, mediante una escena de desenlace que pretende hacer justicia con ella pero que, por pura torpeza, termina ofreciendo el resultado contrario. Aquí es donde Carpintero incurre en los errores propios de la inexperiencia: el remate rápido, la música sensible, el protagonismo que pasa de la mujer al cuadro... son elementos que arruinan el efecto de lo creado con anterioridad y dejan una sensación de impostura, de compromiso artificial. Colores al opio se hubiera visto muy beneficiada por un montaje profesional y una postproducción que sacase mayor partido del material grabado, no por un tema de calidad (ya que se entienden las circunstancias de la producción) sino por obtener una mirada de mayor profundidad y calado que se intuye en el planteamiento, pero que no termina de concretarse en el conjunto. Los sesenta minutos de metraje y, sobre todo, la imprecisión deja a medias algunas de las propuestas de Alejandro Carpintero, quien sin duda conoce bien el oficio del arte. Lo cual no equivale a desempeñar con la misma eficacia otras funciones (dirección, guion, montaje, protagonismo principal) en la realización de una película.

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AL AZAR, BALTASAR "Au hasard Balthazar" 1966, Robert Bresson

En el año 1966, Robert Bresson se encuentra en el ecuador de su trayectoria. El concepto de cinematografía pura que ha estado desarrollando en sus anteriores películas ya está plenamente asentado y se muestra con toda concisión en Al azar, Baltasar, tanto a nivel teórico como formal. Aquí están presentes las claves de su estilo depurado y minimalista, que sintetiza el número de planos en el montaje y la semiótica de las imágenes, así como sus ideas en torno al sonido, el ruido y el silencio. Hablar del cine de Bresson es hablar de la representación del tiempo y el espacio mediante símbolos que adquieren un significado profundo, trascendente.

Aunque puedan parecer complicadas, lo cierto es que las películas del autor galo parten de historias sencillas, casi a modo de parábolas. Al igual que sucede con Dreyer o Tarkovski, la obra de Bresson está impregnada de una esencia espiritual que va añadiendo sustratos a las tramas, hasta el punto de que es fácil realizar una lectura religiosa de Al azar, Baltasar. El guion cuenta las vidas en paralelo de una joven y un burro que viven en una pequeña provincia al norte de Francia. Ambos padecen numerosas agresiones que afrontan con resignación cristiana, por parte de personajes que viven a su alrededor y que encarnan los pecados del ser humano. Este doble viacrucis termina con distintos resultados: por un lado el desenlace fatal (no sin esa nobleza que parece aspirar a la santidad) y por otro lado la redención capaz de arrojar cierta esperanza después de tantos martirios. El elemento diferenciador de Bresson es el de sugerir el relato mediante elipsis e interpretaciones que quedan a cargo del espectador, obviando las evidencias de las estructuras clásicas de la narración. Por eso hay situaciones dramáticas que nunca llegan a verse, al contrario que determinados detalles en apariencia nimios que cobran valor por la función que cumplen dentro del conjunto.

En Al azar, Baltasar también se aprecia el naturalismo de Bresson mediante la filmación en escenarios auténticos con actores no profesionales (lo que él denominaba modelos, aquí encabezados por la debutante Anne Wiazemsky) y con una fotografía no estilizada que corre a cargo de Ghislain Cloquet, en la primera de sus tres colaboraciones con el director. Sin embargo, esta credibilidad encuentra cauces no realistas para expresarse como la ausencia de gestos y el hieratismo de los intérpretes, o el montaje constructivista que fracciona las situaciones sin representarlas en su totalidad, con una puesta en escena que oculta más que revela. Es una búsqueda de la verdad que se enfrenta a las convenciones del cine teatralizado y que omite la expresión de sentimientos y los diálogos literarios, en contra de toda impostura. Por eso el cine de Bresson puede parecer distante y frío a ojos del público desprevenido, cuando lo que pretende es reflejar la sustancia de las cosas sin los adornos ni los artificios propios de la ficción. Estos y otros muchos elementos sustentan su teoría cinematográfica, que se mantendrá insobornable durante el resto de su carrera y que alcanzan en Al azar, Baltasar una de sus cotas más altas.

A continuación, pueden ver un breve vídeo que recapitula algunas de las reflexiones de Robert Bresson, cortesía del canal TCM.

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LA INTEGRIDAD DE JOSEPH CHAMBERS "The integrity of Joseph Chambers" 2022, Robert Machoian

Dos años después de haber estrenado El asesinato de dos amantes, Robert Machoian continúa cuestionando el modelo tradicional de masculinidad en La integridad de Joseph Chambers. Las similitudes no son solo temáticas, ya que la película prosigue el estilo visual y el tono de la narración depurado y minimalista tan característico del director, quien vuelve a realizar un ejercicio de concreción parecido al de las parábolas antiguas en cuanto a la economía de personajes y escenarios... además de la enseñanza moral, que conviene no desvelar de antemano.

El cine de Mochaian aspira a un carácter íntimo que viene sugerido ya desde la génesis del proyecto, por la austeridad de medios que no es una limitación, sino un acicate que favorece la síntesis de ideas. El mismo director asume también la producción y se rodea de profesionales con los que ha trabajado antes: el actor Clayne Crawford, el músico William Ryan Fritch, el diseñador de sonido Peter Albrechtsen o el director de fotografía Oscar Ignacio Jiménez son algunos de ellos.

El guion, escrito por el propio Mochaian, tiene como protagonista a un vendedor de seguros y padre de familia que proviene de un entorno urbano y ahora vive en una pequeña localidad del estado de Alabama. La trama comienza la mañana en la que decide pasar una jornada de caza en el bosque, por primera vez en solitario, para demostrar su hombría. La presentación del personaje se produce mientras repite frente al espejo el diálogo de una película de Clint Eastwood, epítome de la virilidad, al tiempo que se rasura la barba a excepción del bigote, lo cual exterioriza una transformación que ya está en marcha en su interior. Los símbolos están presentes desde el principio y se van diseminando a lo largo del metraje de modo natural, sin didactismos ni subrayados. Todo cuanto desarrolla el director está definido por la sobriedad sin que esto empobrezca el resultado, al contrario: La integridad de Joseph Chambers posee un fascinante sentido del misterio que se expresa en los detalles, en la inacción (de la primera parte) y en el silencio.

Un silencio que se refiere solo a la escasez de conversaciones, porque uno de los aspectos más elaborados del film es el sonido. El paisaje agreste que rodea al personaje principal ofrece muchas posibilidades para dotar el sonido de expresividad, a veces con intenciones descriptivas y otras veces añadiendo una dimensión dramática que tampoco resulta evidente. La fotografía contribuye a remarcar el realismo del conjunto, puesto que hay una evolución de la luz muy matizada desde el amanecer hasta la noche que permite que el espectador perciba el transcurso del tiempo en cada secuencia.

Así pues, la concordancia entre el relato y la puesta en escena es precisa, casi milimétrica, por parte de Machoian. La planificación es más dinámica que en su anterior film y contiene movimientos de cámara que acompañan la acción y sitúan a las figuras en el espacio, una relación de proporciones que transmite sensaciones de inquietud, parsimonia, seguridad, desconcierto... en suma, todo aquello que hace que la historia avance con el ritmo y las motivaciones adecuadas, gracias sobremanera a la interpretación de Crawford. En suma, La integridad de Joseph Chambers es también la integridad de Robert Machoian, un autor capaz de lograr mucho con los mínimos recursos y que ocupa un lugar destacado dentro del actual cine independiente.

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CINE-OJO "Kinoglaz" 1924, Dziga Vértov

El nombre de Dziga Vértov ocupa un lugar destacado dentro de las primeras vanguardias cinematográficas que se desarrollaron durante los años veinte del siglo pasado. Sus aportaciones y las de otros coetáneos rusos como Kuleshov o Eisenstein fueron decisivas en la renovación del lenguaje audiovisual, en especial en lo tocante al montaje, que ellos cambiaron de significado añadiendo una dimensión teórica y práctica que continúa vigente hasta hoy.

De esta manera fue fluyendo una corriente de pensamiento que, en el caso de Vértov, provenía de sus experiencias con la realidad y con el punto de vista, pues se había curtido realizando un buen número de pequeños documentales informativos al servicio del estado. Cuando por fin decide embarcarse en un proyecto de largometraje, Vértov emprende un tránsito de lo objetivo a lo subjetivo, pasa del cine-verdad al cine-ojo. Con este último término se define su contribución más importante al medio, referida a la captación de momentos reales que adquieren una cualidad artística por el modo en que son filmados y se interrelacionan en el metraje.

Así, la película Cine-ojo toma su nombre del movimiento que lo inspiró. Es la presentación de un modelo de hacer cine en el que la mirada es fundamental, mediante la visión del autor que capta los acontecimientos y la contemplación del público que los traduce en ideas. También en ideología. Porque se trata de cine de propaganda que canta las bondades del sistema comunista en general y del cooperativismo en particular, con un marcado carácter didáctico que busca el adoctrinamiento, sobre todo en la primera parte. En la segunda parte, la película tiende hacia la crónica social, con un retrato de los marginados (enfermos, drogadictos, sin hogar) no exento de sensacionalismo. Cine-ojo está dividida en breves capítulos en torno a "lo nuevo y lo viejo", con intertítulos que guían la narración y que poseen el valor estético característico de los diseños del periodo soviético.

Con una mezcla de espontaneidad y reflexión, Cine-ojo resuelve la eterna dicotomía entre lo popular y lo artístico, entre la verdad y su representación. Vértov consigue dirigirse a las masas con un producto de contenido intelectual (si bien en ocasiones resulta algo ingenuo) que luce formas muy elaboradas, teniendo en cuenta las condiciones de inmediatez y de naturalidad con las que se ha filmado. Nada más comenzar, un rótulo anuncia que es "la primera película de no-ficción, sin guion, sin actores y fuera de los decorados", lo cual siempre es cuestionable, aunque nadie puede negar la voluntad de innovar y de ruptura respecto a los cánones establecidos. Después de haber tomado las imágenes en crudo, Vértov las cocina en la moviola empleando numerosos trucos ópticos que eran novedad en aquel momento, como la inversión del tiempo y el ralentizado, utilizados en exceso en algunas escenas. Además hay animaciones y otros recursos que juegan con la posibilidad del sonido, como la secuencia final de la instalación de la antena de radio... es la técnica puesta a disposición del relato en esta obra capital de la cinematografía, capaz de inspirar a creadores como Godard, Riefenstahl, Berliner, Val del Omar y muchos otros directores que han experimentado con la semiótica y las posibilidades expresivas del cine, y que han encontrado en Dziga Vértov un referente. 

A continuación se puede ver Cine-ojo en condiciones aceptables:

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LAS CINÉPHILAS. 2017, María Álvarez

En su primer largometraje documental, María Álvarez comienza a sentar las bases de sus trabajos posteriores en torno a las personas mayores y su relación con la expresión artística. Tal y como se indica en el título, Las cinéphilas hace referencia a la devoción que sienten por el cine seis mujeres maduras repartidas en tres países distintos: España, Uruguay y Argentina. Este último define la nacionalidad de la directora, quien realiza una película sencilla y cercana, un homenaje al público que asiste a las salas buscando distintas formas de evadir la realidad. Así, una de las mujeres quiere distraerse, otra obtener erudición, otra llenar compulsivamente su tiempo... todas ellas combaten la soledad y se asoman al mundo desde la butaca, con esa mezcla de fascinación y de introspección tan característica de los espectadores entregados a que les cuenten historias mediante imágenes.

El guion escrito por Álvarez sigue a las protagonistas en su día a día saltando de un escenario a otro, sin más orden que el que dicta la narración. Por eso al principio cuesta ubicarse en cada uno de los territorios, hasta que se entiende la intención de unir las afinidades de Las cinéphilas y los puntos en común, en lugar de recalcar sus diferencias. Las ciudades de Madrid, Montevideo y Buenos Aires marcan el devenir cotidiano de las protagonistas en su vínculo de complicidad con la directora, también encargada de llevar la cámara, producir el film y montarlo. Se trata de un proyecto pequeño que se hace grande según avanza y concreta su finalidad: mostrar a una generación de aficionadas que agotan sus últimos años embebidas por el cine, ajenas a las plataformas digitales y a las pantallas pequeñas que les aíslan en el hogar. El hecho de que todas sean mayores y sean mujeres dota al conjunto de una lectura social y política, una vindicación de la vida más allá de los márgenes productivos y un reconocimiento del género como elemento activo que dinamiza los espacios de cultura.

Las cinéphilas contiene menciones a Rossellini, Kurosawa, Truffaut, Malick y otros cineastas, si bien lo importante reside en la experiencia del público, más que en los detalles concretos. Álvarez completa con pequeñas pinceladas un paisaje impresionista que no pretende la excelencia técnica, de hecho, un mejor acabado estético tal vez hubiese aumentado la calidad del resultado... por ejemplo, apenas hay variaciones de luz y de atmósfera en las tres localizaciones internacionales, como si las funciones de las pequeñas cámaras de filmación eliminaran las distinciones geográficas y uniformaran las cualidades del plano. Aquí sí, la austeridad de medios juega en contra del lenguaje visual, aunque en todo lo demás, María Álvarez cumple sus propósitos con creces. Las cinéphilas proporciona el placer de los regalos inesperados y discretos, aquellos que se reciben sin altisonancias ni emociones forzadas y cuyo impacto se amplifica en la memoria.

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EL IMPERIO DE LA LUZ "Empire of light" 2022, Sam Mendes

No es casualidad que, en los últimos años, directores tan dispares como Spielberg, Tarantino, Chazelle o Pan Nalin hayan hecho sus particulares tributos al cine en forma de películas. Al fin y al cabo, la experiencia que acumulan como espectadores antecede a su condición de creadores, se han curtido en las salas y saben de sobra lo que es un rollo de celuloide, el ruido del proyector, las sesiones continuas... al igual que Sam Mendes, quien contribuye a este recuento de nostalgias con El imperio de la luz.

Y eso que las características del proyecto invitan a ponerse alerta. Se trata del primer guion original escrito por Mendes en toda su carrera, lo cual presupone un componente más íntimo que sus anteriores trabajos, más personal. Además hay elementos suficientes para hacer temer un derroche de sentimentalismo almibarado: el escenario de un antiguo cine en la costa sur de Inglaterra, los años ochenta, una mujer que sale de una quiebra emocional, la posibilidad de un nuevo amor, la lucha por los derechos sociales... el drama regado de cinefilia está servido en un bonito envoltorio de época y, sin embargo, nada llega al exceso, cada pieza del conjunto está medida hasta rozar la austeridad, si bien El imperio de la luz encaja en los parámetros del cine comercial de género. El rasgo que predomina es la corrección tanto en la forma como en el relato, por eso cada escena de la película busca la evolución narrativa y no la sorpresa, la lógica se impone a lo inesperado. Lo cual no resta interés: había diferentes opciones de abordar una historia como esta y Mendes elige el comedimiento. Mejor eso que el extremo contrario, mucho más habitual en títulos similares a El imperio de la luz.

Al tono general de mesura contribuye la interpretación de los actores, con Olivia Colman a la cabeza. La actriz se muestra plena de matices y es capaz de construir un personaje complejo a partir de comportamientos cotidianos que se van deteriorando según avanza la acción, con un abanico de reacciones de gran amplitud que van desde la introspección hasta el desbordamiento. La acompañan ilustres nombres británicos como Colin Firth y Toby Jones, además del menos conocido Micheal Ward, quien resuelve el difícil reto de dar la réplica a Colman.

También el lenguaje visual empleado por el director resulta contenido. Después del ejercicio de estilo que supuso 1917 y de pasar por la factoría industrial del agente 007, Mendes regresa a la pulcritud y la concisión de su cine de aromas clásicos (Camino a la perdición, Revolutionary Road) a la vez que practica la expresión propia. Hay una gran fluidez en la planificación de El imperio de la luz, todas las escenas están articuladas en torno al personaje protagonista ya sea por presencia o por ausencia, con un predominio de los planos abiertos y de conjunto muy poco frecuente en las pantallas actuales. Mendes sabe que el espacio que habitan los personajes termina por definirles, y más en este caso, cuando el escenario del cine Empire juega un papel tan importante en la trama. La fotografía de Roger Deakins recrea el pasado mediante la luz y el color sin ser artificial ni manierista, aportando el carácter adecuado a una ficción muy localizada en emplazamientos reales. El ciclo temporal que recorre la película tiene su traslación en las imágenes y a través de fragmentos literarios a los que hacen referencia los personajes en determinados momentos, evocaciones a T.S. Eliot y Philip Larkin que subrayan un lirismo no forzado, como todo cuanto sucede en el film. Esto es lo mejor que se puede decir de una película que hubiera podido caer con facilidad en la sensiblería y la autoindulgencia y que ofrece, en cambio, una discreta oda a las emociones calladas, a las miradas de los actores, a sus movimientos y a los lugares que ocupan. Es imposible contemplar el cine Empire y no sentir el temblor de la pérdida, el espejismo de algo que ya no volverá más que en los recuerdos del público de cierta edad.

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EL CARNAVAL DE LAS ALMAS. "Carnival of souls" 1962, Herk Harvey

Muchas veces, el origen de las películas es tan variado como incierto. Las hay que surgen de una idea o de una escena en concreto, de un acontecimiento histórico, de un personaje particular. El carnaval de las almas tiene como punto de partida un lugar que Herk Harvey encontró a su paso por Utah, un parque de atracciones cerrado que ofrecía posibilidades como escenario para una historia de terror. Harvey trabajaba haciendo vídeos educativos y buscaba la oportunidad de hacer su primer largometraje de ficción, inspirado por una obra escrita para la radio por Lucille Fletcher, que él mismo produciría con muchas libertades y poco presupuesto. En total serían tres semanas de filmación con actores no profesionales (él entre ellos) y un equipo que poseía más voluntad que experiencia. El resultado es una de las películas de culto por excelencia, un clásico de la serie B que ha influido a diversos cineastas haciendo verdad el dicho de que, en ocasiones, menos es más.

Y eso que El carnaval de las almas está lejos de ser perfecta... pero ahí reside su encanto, en su condición de obra amateur que asume riesgos que el propio director no controla y trata de resolver con imaginación, atrevimiento y cierta ingenuidad. John Clifford, colaborador del director en sus audiovisuales pedagógicos, es el encargado de mezclar en el guion los elementos narrativos tomados de distintas fuentes: el texto de Fletcher, la localización en Utah, la novela gótica norteamericana del siglo XIX, el expresionismo europeo. Una amalgama que funciona contra todo pronóstico, a pesar de la falta de experiencia de Clifford o tal vez gracias a ella. Puede que al conjunto le falte coherencia y robustez, ya que plantea incógnitas que solo resuelve la voluntariedad del espectador y que se bifurcan en un doble argumento: el evidente que se trasluce en las imágenes y el que se dilucida en la mente del público. La unión de ambos podría resumirse como el drama de una mujer interpretada por Candace Hilligoss, que se resiste a ingresar en el mundo de los muertos, quienes la reclaman después de haber sufrido un accidente de coche. En ese tránsito, su corporeidad se manifiesta ante determinadas personas mientras que en otros momentos desaparece, como una luz que se apaga progresivamente y sin remedio. La "carencia de alma" de la mujer explica su desapego por los seres vivos, incluido el hombre que muestra interés por acostarse con ella en la pensión donde conviven, lo que suma al conflicto sobrenatural un debate interno sobre sexualidad (la negación del físico) y sobre religión (la negación del espíritu).

Todas estas cuestiones alcanzan su representación estética en el trabajo conjunto de Herk Harvey y otro de sus compañeros habituales, Maurice Prather. El director de fotografía realiza también aquí su única incursión en el largometraje, sacando el máximo provecho de la escasez de recursos técnicos. El carnaval de las almas exhibe un poderoso influjo visual, resultado de aunar referencias al expresionismo mediante angulaciones de plano y fuertes contrastes de luz y sombra (además de trucos ópticos algo añejos) y cierto aire de documental informativo, reforzado por la decisión de filmar en blanco y negro. Es difícil permanecer ajeno a escenas tan potentes como la de la protagonista saliendo del río, o sus desconexiones con las personas del entorno que dejan de percibir su presencia. Sin embargo, estos aciertos no evitan determinados errores de montaje y excesos como el uso del zoom, que terminan por empobrecer el resultado. Los actores tampoco están a la altura de la complejidad que exige el proyecto, cuya estrechez de medios es a la vez una debilidad y un aliciente, porque hay otros aspectos que ganan a causa de la austeridad. Uno de ellos es la música, tocada en mayor parte con un órgano de iglesia capaz de contribuir al enrarecimiento de la atmósfera general.

En suma, El carnaval de las almas es una joya que ha ido adquiriendo brillo con los años, una de esas raras excepciones que otorgan a determinados autores el marchamo de malditos, al igual que sucedió con Charles Laughton y La noche del cazador o Dalton Trumbo y Johnny cogió su fusil. El fracaso y la incomprensión hicieron que Herk Harvey no volviese a dirigir cine, si bien sus ambiciones eran mucho más discretas que las de los anteriores citados. Él se conformaba con que su película pudiera rellenar los programas dobles de las pequeñas salas de barrio, por eso recortó el metraje hasta dejarlo en apenas ochenta minutos. Por fortuna, la película fue rescatada en décadas posteriores y hoy es reivindicada como uno de los iconos más genuinos del género de terror, un ejemplo de que se puede trascender desde la más absoluta independencia.

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EL TRIÁNGULO DE LA TRISTEZA "Triangle of sadness" 2022, Ruben Östlund

Un lustro después de haber dirigido The Square, Ruben Östlund sigue caminando en el terreno de la sátira con determinación y paso firme. No puede ser de otro modo: la sátira es un género que no admite sutilezas ni equidistancias, dentro de su naturaleza está la provocación. En El triángulo de la tristeza, Östlund se despacha a gusto contra las clases dominantes y la cultura del postureo, estableciendo un combate social que se libra en alta mar, a bordo de un crucero de lujo.

La película está dividida en tres segmentos que van de lo individual a lo colectivo, de la historia de una pareja de jóvenes modelos al retrato de una comunidad cuyo orden jerárquico se invierte a causa de un imprevisto. O al menos eso es lo que parece, porque en realidad todo cuanto sucede en el guion está regido por la causalidad y por un sentido utilitario de la narración. Tal vez demasiado, hasta el punto de que El triángulo de la tristeza en ocasiones puede caer en la evidencia o el discurso fácil, pero así funciona la sátira desde que la inventaron los antiguos griegos: sin ambages y acertando en la diana a cañonazos. Östlund se vale de la caricatura de ciertos clichés para representar no solo a los mandamases que rigen el mundo a golpe de talonario, sino que también arroja una mirada inmisericorde hacia ese ganado sumiso que les mantiene en el poder, dentro de un sistema capitalista construido sobre la idea del "tanto tienes, tanto vales". En este sentido es muy revelador el personaje del capitán de la nave, interpretado con brillantez por Woody Harrelson, un marxista teórico que ahoga sus frustraciones en alcohol y oculta sus complejos de los tripulantes.

Más allá de los excesos argumentales, los exabruptos y la escatología, Östlund pone en práctica su habitual concisión en la puesta en escena y en el lenguaje cinematográfico. Lo que muestran las imágenes de El triángulo de la tristeza es tan importante como lo que no muestran, lo invisible completa lo visible a través de elipsis (que eluden el embarque de los viajeros y el naufragio, por ejemplo) y el empleo del fuera de campo, que antepone las consecuencias a las acciones (como la escena en que los empleados del barco se bañan por el capricho de una pasajera, omitiendo el contraplano de quienes contemplan la situación). Esta selección del punto de vista coloca al espectador en posiciones a veces incómodas, al lado de los que son objeto de la crítica, pero ahí está la comedia como recurso de distanciamiento... algo que Östlund maneja bien en términos visuales. El director sueco vuelve a contar con Fredrik Wenzel en la fotografía para recubrir las miserias morales del ser humano con una paleta de colores y una gama de luces de gran atractivo estético. Una contradicción buscada, al igual que sucede con la interpretación de los actores, capaces de insuflar vida a una caterva deshumanizada de oligarcas y plebeyos.

El amplio plantel está integrado por profesionales de diferentes países, puesto que El triángulo de la tristeza es una coproducción europea que supone una de las comedias más llamativas y punzantes de los últimos tiempos. Tiene la virtud de querer molestar y, sobre todo, guarda una lección que nunca pierde vigencia: todo aquel que detenta el poder termina corrompido, da igual el origen de su escalafón social. ¿Existe también aquí una incoherencia? Ruben Östlund es reconocido a nivel mundial, sus películas obtienen cada vez mayor presupuesto y ha logrado ingresar en la élite de los festivales. No faltará quien considere que con semejantes favores, no está legitimado para lanzar dardos al sistema y que sus películas sirven para aliviar la conciencia del público acomodado de izquierdas. O tal vez sea eso lo que le autoriza a hablar del neoliberalismo desde el corazón de la industria, como un caballo de Troya que trata de resquebrajar los cimientos del edificio que él mismo habita. En cualquier caso, es un autor capaz de asumir riesgos. Pueden ser algo burdos (poner a vomitar a todos los personajes como metáfora que asemeja el descontrol digestivo con el descontrol personal) pero qué duda cabe de que introducir una larga secuencia así en mitad de la película es un riesgo. Algo que muchos otros cineastas no están dispuestos a asumir.

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ESTUDIOS SOBRE PARÍS. "Études sur Paris" 1928, André Sauvage

Si hay una ciudad propicia para filmar una sinfonía urbana es, sin duda, París en los años veinte. Directores como Alberto Cavalcanti, Eugène Deslaw o Joris Ivens fijaron sus miradas en la capital francesa para convertirla en lienzo donde desplegar la experimentación propia de las vanguardias, con incursiones en el surrealismo, el mecanicismo y el realismo poético. André Sauvage es otro de aquellos artistas multidisciplinares que capturaron con la cámara el ajetreo de las calles, la estética de los monumentos y la humanidad de los viandantes, todo ello con un profundo sentido cinematográfico que puede resultar inhabitual en un director poco experimentado como Sauvage.

Estudios sobre París es su segundo largometraje dentro de una trayectoria breve e imprecisa. André Sauvage es un autor que decide llevar sus inquietudes expresivas al cine, influido por las nuevas corrientes que se ponen en marcha en Europa a principios del siglo pasado. Su conocimiento de la imagen pictórica y fotográfica le proporciona herramientas suficientes para abordar un documental de estas características, pegado a la realidad pero con un punto de vista original, que denota una personalidad inquieta y creativa.

La película tiene la estructura de un recorrido a lo largo y ancho de la urbe, con paradas en algunas de las calles y barrios más representativos. Son 35 kilómetros de travesía por agua y por tierra, desde la llegada a París por vía fluvial hasta el deambular por el centro y vuelta al Sena, incluyendo vistas panorámicas en lo alto de algunas edificaciones. La variedad de ángulos y de tamaños de plano confiere al film un lenguaje vivo y muy dinámico, puesto que la cámara nunca deja de trasladarse mediante movimientos horizontales y verticales que definen las formas de cuanto hay alrededor. Son imágenes que huyen del álbum de postales y buscan atrapar el momento preciso, adquiriendo significado en el montaje. Hay belleza en los encuadres y en su articulación, pero también hay un retrato social que distingue a los parisinos acaudalados y los humildes, según el espacio urbano que ocupan.

Así, la perspectiva que aplica André Sauvage contiene múltiples dimensiones: la etnográfica, la artística, la geográfica, la histórica... y la poética, con escenas de gran fuerza plástica como el paso subterráneo del Sena iluminado por los tragaluces. De cuando en cuando, el director galo aúna recursos técnicos y estéticos para introducir elementos de irrealidad (movimientos invertidos, velocidad rápida y lenta) y metáforas visuales (el detalle de la mano que mece una venerable barba en la secuencia del Panteón). En ambos casos se trata de métodos para romper una contemplación pasiva que estimule al espectador y cambie su condición de turista en la butaca. Son destellos del cine que tenía dentro Sauvage y que pudo desarrollar tan poco, lo suficiente para que Estudios sobre París deba incluirse en cualquier selección de sinfonías urbanas. Es una de las más accesibles dentro del género y también de las más gozosas.

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LOS AÑOS DE SUPER 8. "Les années Super 8" 2022, Annie Ernaux y David Ernaux-Briot

La escritora Annie Ernaux traslada por primera vez su literatura experiencial al cine, en este documental que firma junto a su hijo David Ernaux-Briot. Los años de Super 8 surge de la recuperación de unas filmaciones caseras que Philippe Ernaux, exmarido y padre respectivamente, realizó entre los años 1972 y 1981 en escenarios domésticos y en diferentes viajes con la familia. Las imágenes granuladas y en silencio sirven como soporte a la voz en off de Annie, que narra con su habitual estilo sobrio y sencillo (que no simple) mucho más de lo que muestra la pantalla: el ideal de una pequeña burguesía anclada en los roles de género que asiste a los cambios políticos que se producen alrededor y el alumbramiento de una autora que, tiempo después, obtendrá los mayores reconocimientos.

La concordancia que se establece entre el lenguaje visual y el relato íntimo define la película, a la manera de Nuria Giménez Lorang en My Mexican Bretzel, con la diferencia de que todo lo que se cuenta en Los años de Super 8 es real. Al igual que sucede en sus libros, el material creativo que emplea Annie Ernaux es su propia biografía, fragmentos de sus diarios y recuerdos que adoptan un nuevo significado al materializarse en fotogramas restaurados para la ocasión. Es un discurso personal que también es político, porque expone la condición de muchas mujeres de aquella época relegadas a la función de cuidadoras y organizadoras del hogar. La cámara de Super 8 que el matrimonio adquiere recién iniciada la treintena (y que él siempre maneja) fija una mirada que ahora, cuatro décadas después, cambia de ojos: del hombre que registra la realidad a la mujer que la desvela.

Esta interpretación de los hechos no es solo discursiva, también es fílmica, por medio del montaje. Tanto la selección de los planos como su coherencia narrativa dotan de identidad a la película y expanden el universo interior de Annie Ernaux al terreno del cine, en este documental de emotividad contenida que resulta directo, sereno y lúcido. Cualidades que están presentes en la obra de la escritora francesa y que encuentran un espacio nuevo en la pantalla.

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SURO. 2022, Mikel Gurrea

La vitalidad de una cinematografía se mide, entre otras cosas, por la capacidad de prestar atención a las cuestiones del presente y de reflejar en la pantalla los distintos ángulos de la realidad. El cine español reciente cuenta con numerosos ejemplos, muchos de ellos son primeras películas como El agua, Cinco lobitos o Cerdita, estrenadas en 2022. El hecho de que estos títulos hayan inaugurado las carreras de sus respectivas directoras no implica inseguridad ni titubeo, al contrario: son trabajos que exhiben confianza y a menudo demuestran una larga experiencia adquirida en diversos medios, como es el caso de Suro. Su autor, Mikel Gurrea, llega curtido tras una extensa labor en el cortometraje y la publicidad, lo cual le lleva a asumir retos como es filmar en cuatro idiomas diferentes en pleno entorno natural del Alto Ampurdán, en Girona.

Aunque el guion que escribe junto a Francisco Kosterlitz adopta hechuras de género, tiene un trasfondo social que habla de preocupaciones actuales como son las condiciones del sector agrario, la inmigración irregular, la recuperación del patrimonio rural en zonas despobladas... y sobre todo, las relaciones de poder en el ámbito profesional y en el privado. Todo ello a través de una pareja de urbanitas interpretada por Vicky Luengo y Pol López, que decide trasladarse a una propiedad heredada en mitad de un alcornocal. Los temas expuestos en Suro (que significa corcho en catalán) nunca caen en la evidencia y esquivan las moralejas fáciles, pues los conflictos humanos que afectan a los personajes se plantean bajo las claves del thriller dramático. También en la puesta en escena.

Gurrea emplea un estilo visual dinámico que da importancia a los detalles, con una planificación rica en ángulos y tamaños, siempre al servicio de la narración. El ritmo preciso que Ariadna Ribas imprime en el montaje y las imágenes fotografiadas por Julián Elizalde conducen el relato aportando identidad a la película, lo cual se agradece. Suro no pretende inventar el cine pero sí distinguirse de otros films semejantes, gracias a la fragmentación del tiempo y del espacio que lleva a cabo Mikel Gurrea.

Basta ver las elipsis que marcan el paso del tiempo como la manera de representar determinadas situaciones, mediante planos cortos que eluden mostrar la acción en su totalidad (el sacrificio del burro, el accidente en el bosque), para percibir la mirada selectiva del director. Muchas veces queda en manos del público juzgar el comportamiento de los personajes, cuya ambigüedad se hace efectiva gracias a la afinada labor de los actores. Así, los méritos artísticos de Suro se suman a los técnicos hasta culminar en un desenlace inspirado y lúcido, capaz de abrir puertas a otro film que sucede en la mente del espectador después de los títulos de crédito. Es lo mejor que se puede decir de esta opera prima que maneja con destreza los pocos elementos de los que dispone y que, sin duda, hubiera merecido mayor atención de la prestada.

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