LOS FABELMAN. "The Fabelmans" 2022, Steven Spielberg

Algún día se hablará de las películas de este tiempo definidas por la nostalgia, y no será con palabras amables. La nostalgia está siempre bajo sospecha. Suele venir emparejada con la crisis de ideas y la falta de creatividad, con el agotamiento, la reiteración... tal vez de manera injusta, porque también es necesario mirar atrás de vez en cuando, para ubicar el presente y para proyectar el futuro. O para dejar constancia y construir memoria. Con mayor o menor fortuna, hay directores como Richard Linklater o James Gray que han situado sus últimos films en un pasado conocido, y otros como Quentin Tarantino o Damien Chazelle que han ido más atrás, hacia épocas que no son las suyas pero que conforman un ideal de memoria cinéfila. Luego están los autores que narran sus tempranas biografías sin personajes interpuestos, como Kenneth Branagh o Pedro Almodóvar. Estos últimos se adentran en un terreno poco explorado de la nostalgia en el cine y que es doblemente peligroso, por ser proclive al narcisismo y la sensiblería, como es el relato en primera persona del nacimiento de una vocación.

Steven Spielberg toma este último camino en Los Fabelman, sin desvelar demasiados secretos. Él mismo ha contado muchas veces detalles de su infancia y juventud cuando le han preguntado por ello, quien haya visto el documental que Susan Lacy le dedicó en 2017 lo habrá podido comprobar. Una parte de lo que allí constaba vuelve a aparecer en Los Fabelman, esta vez empleando el lenguaje de la ficción, para dar forma argumental a los recuerdos recopilados por el propio Spielberg en compañía de Tony Kushner, su guionista habitual de los últimos años. Esta es la tercera vez que el director asume también la escritura (las dos anteriores fueron Encuentros en la tercera fase e Inteligencia artificial, aparte de Poltergeist), dando continuidad al inventario de familias desestructuradas que conforman su cine y con las que trata de exorcizar sus demonios internos. Los adeptos reconocerán muchos episodios de la trayectoria de Spielberg (las primeras grabaciones de trenes eléctricos y los posteriores ejercicios amateur, la separación de los padres, el antisemitismo), son momentos que no reflejan literalmente los hechos sino que los adaptan a las conveniencias de la narración, casi a modo de fábula. Como tantas veces sucede en la filmografía del director, Los Fabelman es una epopeya norteamericana de clase media que ensalza la figura del self-made man, solo que en esta ocasión todo transcurre justo antes de alcanzar el éxito. La trama describe el tránsito hacia la madurez de un chico que aprende a superar las adversidades, guiado por las consignas que le inculca su madre, del tipo "sé tú mismo" o "todo pasa por algún motivo". Nada nuevo, lo cual explica que la película adquiera relevancia cuando se sale del carril convencional y entra en la reflexión soterrada, sin subrayados. Buen ejemplo de ello se produce en la escena de la proyección en el instituto, cuando el protagonista descubre la capacidad de influir en las personas según la manera de filmar. Eso es lo que lleva haciendo Spielberg desde hace cinco décadas y lo que le destaca como un cineasta de extraordinarias cualidades.

Si bien Los Fabelman no se encuentra entre sus mejores títulos, se disfruta de principio a fin gracias a su milimétrica puesta en escena y al sentido del humor capaz de aliviar la tragedia doméstica que vive Sammy, el alter ego del joven Steven encarnado por Gabriel LaBelle, a causa del matrimonio fracasado de los padres, a quienes dan vida Michelle Williams y Paul Dano. El sentimentalismo es el talón de Aquiles del director y aquí vuelve a dejarlo al descubierto, sin que suponga un problema grave... aunque el énfasis en algunos momentos (el hallazgo en la moviola de la infidelidad materna, con esa cámara inquieta y manierista) y en la interpretación de los actores (en especial de Dano) no contribuye a redondear el conjunto. Spielberg nunca ha practicado un cine realista, ni siquiera cuando se basa en historias verídicas. Pero sí trata de ser creíble, por muy fantásticas que sean las aventuras que relata. En Los Fabelman hay una intención de sublimar la memoria a través de la estética, como muestra la escena del baile nocturno de la madre frente a los faros del coche. Y es que Spielberg idealiza las imágenes hasta el borde de lo relamido, por medio del tratamiento visual que Janusz Kaminski aporta a la fotografía y Michael Kahn al montaje. Más allá de la técnica impecable y de la planificación perfecta, el genio de Spielberg brilla en determinados instantes en los que irrumpe la inspiración y la sorpresa, como el plano de inicio en el que se presentan los personajes, o el plano final en el que el protagonista sale a caminar entre los edificios del estudio. Son fogonazos que llevan el sello de su autor y que alumbran los rincones de la película, proporcionando al espectador esa impresión tan genuina de estar viendo cine, simple y llanamente.

En este sentido, hay un cine intrínseco al estilo de Spielberg y un cine al que se alude, que son sus influencias declaradas: Cecil B. DeMille, el género bélico, el western y, sobre todo, John Ford, quien aparece representado de manera inesperada al final de la película por David Lynch. El legendario cineasta adopta la categoría de un Mago de Oz que revela al recién llegado el secreto de hacer cine, que no es otro que saber mirar.

A continuación, un emotivo vídeo que celebra los cincuenta años de colaboración entre Steven Spielberg y John Williams, cumplidos con Los Fabelman. Coincidiendo con la composición de esta música, el maestro nonagenario ha anunciado su retiro, cerrando así una de las alianzas artísticas más fructíferas y brillantes de la historia del cine.

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SILS MARIA. 2014, Olivier Assayas

Es difícil encontrar líneas maestras o claves de estilo en el cine de Olivier Assayas. En las últimas cuatro décadas, su trayectoria ha estado marcada por el eclecticismo y por la búsqueda constante de temas que son una exploración del propio cine. Por eso no es extraño su interés por retratar las contradicciones de la realidad y la ficción, así como la convivencia de lo personal y lo creativo personificada en escritores (Dobles vidas) o en actrices (Irma Vep). A estas últimas vuelve en Sils María, película capital dentro de la obra del director francés y en la que demuestra un grado de perfeccionamiento pocas veces alcanzado antes.

Lo primero que destaca de Sils María es su propuesta de metaficción a varios niveles, ya sean internos (personajes que representan a actrices) como externos (actrices que representan a personajes que representan a actrices). Detrás de este trabalenguas hay una reflexión profunda sobre la conducta humana, con una idea fundamental: las relaciones íntimas son también relaciones de poder. Juliette Binoche y Kristen Stewart encarnan, respectivamente, a una reputada actriz y a su asistente personal, un preámbulo del rol que luego interpretará Stewart en Personal shopper, el siguiente film de Assayas. Es emocionante contemplar en la pantalla el trabajo conjunto de ambas mujeres de nacionalidades y generaciones distintas, a las que se suma en el tercer acto Chloë Grace Moretz. El guion de Sils Maria establece un juego de espejos entre los personajes en el que a veces convergen las miradas y otras se distorsionan, con diálogos certeros y un inteligente uso de la elipsis que hace que el conjunto resulte muy sugerente.

Olivier Assayas consigue que el peso del texto no se imponga sobre las imágenes y dota a las palabras de la puesta en escena adecuada. La planificación es muy dinámica sin que se llegue a notar demasiado, lo cual es una virtud porque no distrae de lo esencial, que es el relato. Para ello, Assayas cuenta con la buena labor de sus dos colaboradores habituales durante los últimos tiempos: Marion Monnier y Yorick Le Saux. La primera lleva a cabo un montaje muy inteligente que en determinados momentos asume ciertos riesgos expresivos (las imágenes superpuestas de Stewart regresando en coche durante la madrugada) y que permite que las conversaciones y los detalles crezcan. Por su parte, Le Saux saca el máximo partido a la fotografía y dota de identidad a cada escenario, ya sean interiores o exteriores. Y es que el espacio es otro de los elementos primordiales de la película, ya desde el mismo título.

Sils María hace alusión a un paisaje montañoso en el sureste de Suiza, cerca de la frontera con Italia, donde se materializan los vínculos de los personajes. La naturaleza geográfica se funde con la humana y culmina en un fenómeno climatológico denominado la serpiente de Maloja, exclusivo de la zona y que en la película presagia un empeoramiento que no es solo atmosférico, también afecta a las protagonistas. La belleza de estas imágenes admite poca comparación y sublima la intimidad individual, recogiendo la herencia del romanticismo centroeuropeo. Por todo ello, Sils María es con probabilidad la película más redonda y compacta de un director que no suele amoldarse a fórmulas y que huye siempre de lo convencional, en esta ocasión acompañado de dos actrices en estado de gracia.

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TORI Y LOKITA. "Tori et Lokita" 2022, Jean-Pierre y Luc Dardenne

No es la primera vez que el cine de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne se adentra en el drama de la inmigración irregular. Títulos como La promesa, El silencio de Lorna o La chica desconocida han reflejado esta problemática desde distintas perspectivas, pero seguramente nunca antes con la rotundidad y la aspereza de Tori y Lokita, un mazazo para la conciencia del público acostumbrado a escuchar noticias terribles en los informativos sin llegar nunca a sentirse concernido por lo que le cuentan. Para eso se hacen películas así: para dejar constancia de lo que sucede en las orillas del estado del bienestar, de modo crudo pero sin sensacionalismo, apelando a la empatía pero sin masajear el ego de las buenas intenciones. Es un equilibrio complejo que los dos cineastas belgas practican de manera ejemplar, más teniendo en cuenta que ambos bordean los setenta años y no muestran síntomas de acomodarse.

El argumento de Tori y Lokita sigue los pasos de dos jóvenes que conviven en un centro de internamiento y que tratan de salir adelante aceptando trabajos precarios, trapicheando y enfrentándose a los requisitos legales que les impiden regularizar su situación. La película comienza como una crónica social y termina convertida en un thriller de consecuencias trágicas, próxima al género de terror. Todo narrado con un naturalismo que traspasa la pantalla y que evita el maniqueísmo y la propaganda de la miseria en la que incurren otras producciones de vocación samaritana. No, los directores sienten el máximo respeto por los personajes y por el público, tendiendo un puente entre ambos sostenido por la mirada.

Y es que la mirada contiene una gran importancia en el cine de los Dardenne. Lo que mira el espectador y lo que miran los personajes no siempre coincide, hay un espacio intermedio que debe ser completado a través de elipsis (la escena de Tori escondido bajo la cama de Lokita mientras es extorsionada) o del fuera de campo (el encuentro final entre el captor y su presa en la carretera). Estos y otros muchos momentos inciden en el punto de vista como recurso que unas veces niega y otras acompaña, siempre y cuando se cuente con la complicidad de quien ocupa la butaca. Por eso es un cine tan estimulante, porque hace trabajar al cerebro a través de los detalles y sin abandonar nunca la emoción.

La imagen inicial que abre el film es un primer plano de Lokita. Después habrá muchos más porque el plano corto es la herramienta perfecta para apoyar todo lo dicho antes. Del mismo modo, la cámara en mano y la puesta en escena siempre en favor del verismo refuerzan la credibilidad del relato, a lo que contribuyen las interpretaciones de los actores, que en el caso de los protagonistas no son profesionales. Tori y Lokita perpetúa el estilo de los hermanos Dardenne y supone un nuevo eslabón dentro de una cinematografía exigente, pulcra y sin concesiones, que parece más una misión en la vida que una dedicación laboral.

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DIAL 1119. 1950, Gerald Mayer

A primera vista, podría parecer que Gerald Mayer es un caso más de nepotismo dentro de la industria del cine. Con treinta años debutó en la dirección auspiciado por el estudio Metro-Goldwyn-Mayer, uno de los más importantes durante la primera mitad del siglo XX, que era propiedad del todopoderoso Louis B. Mayer... a la sazón, tío de Gerald. Sin embargo, el director novato no contó con un gran presupuesto ni con estrellas en el cartel. Al contrario: Dial 1119 es un noir de serie B que sitúa buena parte de la acción en escenarios únicos y con un grupo reducido de personajes. Lo cual no le impide ser una película contundente y certera, que sin duda merece más reconocimiento del que ha tenido a lo largo de los años.

El guion escrito por John Monks Jr. comienza como un mosaico de situaciones dispersas que sirve para presentar a los personajes: una mujer de mediana edad que todavía vive con su madre y que desea disfrutar de una escapada de fin de semana, un periodista harto de no dar nunca con noticias relevantes que abandona el periódico donde trabaja, un camarero a punto de ser padre, una prostituta que aguarda a los clientes entre copa y copa... y varios más, entre los que se cuela un joven perturbado que les toma a todos como rehenes en un bar sitiado por la policía y los medios de comunicación. Una historia así se presta al retrato de diversos perfiles humanos y al desarrollo de una tensión que va en aumento según se desarrollan los apenas setenta y cinco minutos de metraje. Y es que todo es pequeño en Dial 1119, menos el resultado.

Hay otros títulos de la década de los cincuenta que siguen esta misma fórmula del conjunto de personajes retenido en un espacio común por una o varias personas armadas (Suddenly, The desperate hours). La virtud de Dial 1119 reside en dos aspectos fundamentales: por un lado, la manera que emplea Mayer de conectar las escenas mediante elementos visuales y sonoros, obteniendo una fluidez narrativa que permite que todas las piezas se engarcen con naturalidad. Así, la radio y la televisión ejercen de vasos comunicantes entre los distintos escenarios y agilizan el ritmo que mantiene el relato.

El otro factor destacable son los cuestionamientos que el film contiene en torno a las jerarquías de poder y a la sociedad de la comunicación, capaz de convertir a personas anónimas en héroes o villanos según las necesidades del público. Temas de plena vigencia que hacen de Dial 1119 un entretenimiento mordaz y a la vez gozoso, que trasciende su condición de producto de segunda categoría y se eleva a la altura de clásico del cine negro. A pesar de lo ajustado del presupuesto, Gerald Mayer logra una factura visual impecable y una buena labor por parte de los actores y actrices que integran el reparto. El director completó su trayectoria cinematográfica con cinco películas más antes de centrarse por completo en las series televisivas, donde seguiría practicando este formato breve y conciso durante mucho tiempo, una vez que su influyente tío había muerto.

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ALMAS EN PENA DE INISHERIN. "The banshees of Inisherin" 2022, Martin McDonagh

Las películas de Martin McDonagh están construidas en base a lugares concretos. Por eso, no es casualidad que casi todos los títulos que ha dirigido contengan una localización que define a los personajes, ya sea por identificación o por contraste. Así sucede en Almas en pena de Inisherin, cuarto largometraje del cineasta británico que se traslada a la tierra de sus padres para hacer un retrato de la Irlanda rural de los años veinte del siglo pasado.

Lo primero que se percibe es el contraste entre lo que se ve y lo que se cuenta. Las imágenes del film muestran un entorno tradicional de gran belleza: prados verdes al borde del mar, acantilados de piedra, casitas que salpican el paisaje, carros que cruzan los caminos... hay incluso un fabuloso arcoíris en la secuencia que abre el film. Poco a poco, se va desvelando la naturaleza de los habitantes que pueblan ese hermoso lugar: hombres embrutecidos por la soledad que ocupan su tiempo bebiendo, mujeres sin más dedicación que el chismorreo malintencionado, jóvenes faltos de perspectivas de futuro... todo ello mientras se escucha el combate de una guerra civil cercana, que a nadie importa.

Como es habitual en su cine, McDonagh emplea la comedia negra para dar forma a una fábula que trata sobre las relaciones humanas. El guion describe la ruptura de la amistad entre dos hombres de sensibilidades distintas interpretados por Colin Farell y Brendan Gleeson, actores recurrentes del director. Una de las virtudes del film es que se inicia con el conflicto ya en marcha, sin que el público haya sido testigo de los antecedentes que lo detonan más que en su imaginación. Esto permite recrear una película previa a la que se ve en la pantalla y que asoma en los diálogos y las actitudes de los personajes, depositando una gran importancia en los detalles. Y eso que Almas en pena de Inisherin no es precisamente sutil. La narración se toma su tiempo y se recrea en el diseño de producción y en la fotografía, ambos apartados muy cuidados. Sin embargo, McDonagh parece no confiar en la perspicacia del espectador y tiende a explicarlo todo en exceso, bien sea utilizando los recursos de la palabra o de la imagen. Los diálogos resultan a veces un tanto expositivos y el montaje incurre en una abundancia de planos que no contribuyen al desarrollo dramático. Para contar que dos personajes se cruzan en un sendero, por ejemplo, McDonagh es capaz de fragmentar la acción en una docena de cortes que no vienen al caso. Es como si Almas en pena de Inisherin se valiera de la retórica visual para evitar que el espectador se aburra, lo cual es una paradoja, porque uno de los temas principales es el aburrimiento y sus consecuencias.

Esta hiperactividad del lenguaje cinematográfico rompe el carácter íntimo que busca la película y la vuelve más convencional de lo que anunciaba su premisa. Es verdad que el tono en general esquiva el naturalismo y bordea la desmesura en la representación de las situaciones y los personajes. La labor de los actores protagonistas y sus compañeros (Kerry Condon y Barry Keoghan) son buen ejemplo de ello, pero también es cierto que un poco de austeridad en la planificación y de sugerencia en el relato hubieran redondeado el conjunto y, sobre todo, lo hubieran hecho más coherente y compacto. Aun así, Almas en pena de Inisherin se ve con agrado y contiene agudas reflexiones sobre la condición humana que vale la pena tener en cuenta.

A continuación pueden escuchar uno de los temas que integran la música compuesta por Carter Burwell. No es la primera vez que el autor norteamericano indaga en los sonidos irlandeses, que en esta partitura aborda de manera sucinta, casi minimalista. Relájense y disfruten:

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RUIDO DE FONDO. "White noise" 2022, Noah Baumbach

Por primera vez, Noah Baumbach parte de una obra literaria para explorar nuevos caminos dentro de su filmografía. Y no elige un texto cualquiera, sino Ruido de fondo, novela de Don DeLillo que plantea retos en cuanto a trasladar a la pantalla cuestiones graves como el miedo a la muerte o la incidencia de la tecnología en la vida cotidiana, pero en clave de comedia mordaz. Baumbach despliega todas sus dotes como cineasta para imprimir energía en esta sátira ambientada en los años ochenta, que sigue hablando al espectador de hoy.

Al igual que el libro, el film está dividido en tres segmentos separados por elipsis temporales que retratan a una familia norteamericana residente en los suburbios de una ciudad del medio-Oeste. Los padres están interpretados por actores que repiten con el director: Adam Driver y Greta Gerwig. Él es un catedrático reconocido de Hitlerología que da clases en la Universidad, mientras que ella se encarga de mantener el hogar y la abundante prole que han ido acumulando de anteriores matrimonios. Las escenas de conjunto recuerdan mucho al cine de Spielberg de aquella época, esos hogares destartalados donde todos hablan al mismo tiempo y las relaciones de poder se dirimen entre la televisión y la nevera. Ruido de fondo tiene un reparto coral que supera los límites del espacio doméstico y se expande por la región, ya que en el segundo acto se produce una emergencia tóxica que obliga a la población a abandonar sus hogares. Sin renunciar nunca a la comedia, Baumbach hace transitar la película por otros géneros hasta oscurecerse de manera definitiva en el tercer acto... al menos, hasta la llegada del desenlace.

Sobra decir que Ruido de fondo juega a romper cualquier expectativa creada durante el desarrollo y que es muy poco convencional. En todo caso, la definición en la que mejor encaja es la de farsa sobre la sociedad de consumo y el modelo de vida supuestamente avanzado que impera en los Estados Unidos. No conviene desvelar aspectos de la trama para no eliminar el factor sorpresa, que es uno de los alicientes del film. Otro es el tono empleado por el director para contar la historia. Baumbach se muestra impetuoso en el guion y dinámico con la cámara para seguir las evoluciones de los personajes, ajustando su estilo a las necesidades de un proyecto más ambicioso que los anteriores. Este cambio le obliga a redoblar esfuerzos en cuanto a imaginación y destreza técnica: hay guiños a Hitchcock (el plano que atraviesa el campamento nocturno hasta terminar en la pastilla que se traga la madre), además de filigranas visuales como la búsqueda del medicamento entre la basura por parte del padre en el trastero. El estilo desarrollado por el director tiene una gran proliferación de encuadres y de ángulos, siempre buscando la mayor expresividad de las acciones y los personajes. Buen ejemplo de ello es la escena del discurso sobre las madres de Hitler y Elvis (en la que interviene Don Cheadle) que logra envolver al espectador en la retórica desquiciada de los ponentes mediante los recursos de la imagen. Y la palabra, claro.

Habrá quien acuse en Ruido de fondo un exceso de literalidad en los diálogos, y no le faltará razón. Sin embargo, en este caso existe una justificación y es que la ausencia de "conversaciones naturales" responde al afán por acercar la película al artificio esperpéntico, algo que Baumbach consigue también en términos visuales en compañía de Lol Crawley, cuya fotografía refuerza la irrealidad del conjunto (atención a la secuencia final en el motel). En suma, Ruido de fondo conjuga con acierto su disparidad de elementos narrativos y dramáticos, gracias a un diseño de producción muy elaborado, a la entregada labor de los actores y al pulso de Noah Baumbach, director que sigue dejando patente su inteligencia, lucidez y, sobre todo, su sentido del humor.

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BABYLON. 2022, Damien Chazelle

Es probable que muchos aficionados recuerden Hollywood Babilonia, aquel libro de Kenneth Anger que obtuvo grandes ventas desde su primera publicación a mediados del siglo pasado y en sucesivas reediciones. El éxito provocó años después un segundo volumen que prolongaba el sensacionalismo y la crónica amarillenta de los secretos de alcoba y escándalos de las primeras estrellas de cine, un inventario sicalíptico que el autor desgranaba poniendo imaginación donde se acababan los datos y echando mano de abundantes dosis de sal gorda. Nadie duda a estas alturas de los desmanes y excesos practicados con la connivencia de los estudios durante la llamada época dorada, en especial antes de la implantación del código Hays. Sin embargo, faltaba rigor periodístico en el texto de Anger, el cual es evidente que ha sido tenido en cuenta por Damien Chazelle para escribir y dirigir Babylon, no solo por el contenido de lo que cuenta sino también por cómo lo cuenta: dejando a un lado el glamour y la sensibilidad que suelen acompañar a los ejercicios de nostalgia (eso que hoy se define de manera tan cursi como "una carta de amor al cine") en favor de la aspereza y la desmesura, como si el cineasta norteamericano hubiese querido filmar la cara B de La La Land para contrarrestar las acusaciones de sentimentalismo por parte de los críticos de colmillo retorcido.

En Babylon, Chazelle hace una exhibición de fuerza tan enérgica que pone en riesgo la integridad de la película en más de una ocasión. Todo es extremo y está narrado con tanto vigor que las imágenes terminan por devorar el relato, convertido en una sucesión de momentos que se mastican de modo compulsivo a lo largo de tres horas sin apenas tiempo para digerirlos. El director transporta al público en una montaña rusa a través de las peripecias de los pioneros del star system, que ven cómo su modelo de negocio se transforma de la noche a la mañana con la llegada del sonido. En el primer acto de Babylon se relata una de aquellas fiestas salvajes que se celebraban en las mansiones de los magnates de la industria, seguida del rodaje en paralelo de dos películas que involucran a los protagonistas y su despegue inmediato hacia la fama. Todo ello comprimido en una primera hora de pura adrenalina que no permite pestañear, filmada con ritmo de screwball comedy y la destreza del mejor de los musicales. Chazelle se emplea a fondo en este segmento y expone los mayores aciertos de Babylon: la presentación de los personajes, sus conflictos y el paisaje que les rodea.

Luego, el film pretende seguir subiendo sin apenas pausas para la digresión. Las acciones aspiran a ser todas relevantes y, por eso mismo, no termina por serlo ninguna. Hay una sucesión de gags muy largos que no profundizan en el carácter de los personajes ni en su evolución, de manera que cada una de las secuencias funciona más por acumulación que por seguir una lógica interna dentro del conjunto. Esta fórmula de película-río ha sido empleada en otros títulos contemporáneos (Érase una vez en Hollywood, Licorice Pizza) con distintos resultados, ya que Tarantino y Thomas Anderson agudizaban el perfil psicológico de sus creaciones, la coherencia y la fluidez interior de la historia, más allá de lo que describe el guion. Los fragmentos de Babylon están menos cosidos y el desarrollo resulta más artificial, dando la sensación de estar presenciando una miniserie al completo, por la estructura del guion que sigue en orden cronológico unos acontecimientos aislados unidos por una idea de fondo: el ascenso y caída de unos personajes que venden sus almas por alcanzar sus sueños. Una vez más, es el mito de Fausto trasladado a un Hollywood incipiente por donde se pasean distintos arquetipos representativos: las celebridades instaladas en el sistema, los hombres de negocios que mueven los hilos, los aspirantes que buscan su oportunidad de ingresar en el Olimpo... una fauna variopinta, interpretada por un buen número de actores con Brad Pitt, Margot Robbie y Diego Calva a la cabeza. Los tres deslumbran y ajustan sus papeles al tono hiperbólico que predomina en la película, sin abandonar la credibilidad. Además, los dos primeros toman como inspiración a nombres ilustres del pasado: John Gilbert (Pitt) y Clara Bow (Robbie), a quienes se suman otras figuras reconocibles como Marlene Dietrich, el productor Irving Thalberg o la escritora y columnista Elinor Glyn.

A pesar de sus debilidades, Babylon se ve con agrado gracias al pulso que imprime Chazelle desde la planificación y Tom Cross en el montaje. Ambos son viejos colaboradores, al igual que el director de fotografía Linus Sandgren, que realiza un despliegue de colores imaginativo y envolvente. El compositor Justin Hurwitz completa el grupo de socios habituales de Chazelle, y es tal vez quien mejor define con su música el espíritu del film. Si bien recupera algunos de los aciertos que sonaban en La La Land (en cuanto a armonías y arreglos enraizados en el jazz), lo cierto es que la batuta de Hurwitz conduce la película a velocidad de vértigo y contiene al menos tres leitmotivs memorables, que mantienen su sello de autor. La música dialoga a la perfección con las imágenes de un Chazelle más parecido que nunca a Scorsese (esos acercamientos rápidos del encuadre hasta cerrar en primer plano) con movimientos de cámara de gran complejidad para seguir acciones en escenarios con múltiples elementos. El lenguaje visual del director se muestra barroco y nervioso, intercalando la genialidad de algunas secuencias como la del rodaje en exteriores, con algunas tosquedades como la escena final en la puerta del estudio de cine. Sin duda, algo de economía narrativa hubiera dado mayor consistencia al conjunto para evitar caer en la reiteración en la que incurre Babylon a partir de su segunda mitad, la cual incluye algunos episodios prescindibles dentro de la trama (el de la serpiente en el desierto, por ejemplo). 

Un poco de contención por parte de Damien Chazelle hubiese dotado a Babylon de la brillantez que roza en determinados instantes, pero su vocación indisimulada de gran película hace que se le vaya de las manos y conduce al ensimismamiento del propio film, hipnotizado por su aparatosidad algo forzada. Después de atravesar múltiples retos y de ponerse la zancadilla a sí misma, Babylon trata de enmendarse y de enderezar sus incorrecciones con un final que busca la reconciliación sentimental con el público, y que recuerda a Cinema Paradiso. Aquí es donde Chazelle se sale de la película y habla de tú a tú con el espectador, en un clímax que coquetea con la experimentación pero que no puede evitar ser algo obvio y discursivo. Llegados a este punto, el director parece decir: “Prestad atención, lo de antes era broma pero ahora voy en serio. A pesar de todas las miserias expuestas, yo amo el cine”. El objetivo es que al salir de la sala, la emoción sustituya al disfrute desacomplejado de lo que se ha visto antes y que Babylon deje un recuerdo perdurable en el cinéfilo. Lástima que, tal vez, sea ya demasiado tarde. El furor de la sátira acaba por aplastar cualquier veleidad artística y subsiste un placer canalla y desbordado, pero algo insustancial.

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RAMONA. 2022, Andrea Bagney

Andrea Bagney consigue sacar adelante su primer largometraje desde la más absoluta independencia, con mucha más voluntad que medios. Y soluciones ingeniosas: a través de una empresa de hostelería se constituye Tortilla Films para dar soporte a la producción de Ramona, una película que sigue la estela del subgénero mumblecore y en especial de uno de sus títulos más celebrados, Frances Ha. Al igual que en esta, Bagney elige como protagonista a una mujer que ronda la treintena, en plena crisis de madurez y cuyas posibilidades profesionales y afectivas se tambalean ante la falta de perspectivas de futuro, un retrato contemporáneo de buena parte de la población que debe lidiar con la precariedad. Lo mejor de Ramona es que la crónica del presente se hace sin épica ni acritud, desde lo cotidiano y con afán naturalista, pues la ausencia de ambiciones hace que el conjunto resulte cercano.

La directora también escribe el guion, dividido en capítulos que se corresponden con diferentes momentos de la relación de Ramona con su novio y con un cineasta que acaba de conocer y con el que se embarca en un proyecto incierto. Los tres personajes están interpretados por Lourdes Hernández (más conocida por su sobrenombre musical, Russian Red, quien también debuta en el formato largo), Francesco Carril y Bruno Lastra. Actores que proporcionan la medida exacta de frescura que precisan sus personajes y que hacen suyos los abundantes diálogos, ya que la película está conducida por conversaciones constantes que marcan el comportamiento y la evolución del trío principal. No hay muchos más personajes porque la elocuencia de la palabra compensa el minimalismo de los demás elementos: pocos escenarios, pocas situaciones e incluso poca duración, apenas ochenta minutos en los que transcurre la historia sin prisa pero sin pausa, buscando un ritmo cercano al de la vida contada con sencillez.

Ramona no exhibe alardes de planificación y adolece de un sonido demasiado pobre ya que, en general, predomina una sensación de inmediatez y de austeridad que a lo largo de la narración se convierte en estilo. En ocasiones, recuerda a aquellas primeras películas de Colomo y Trueba que lo mismo miraban a Woody Allen como a la nouvelle vague o a los clásicos de la comedia norteamericana, algo de todo ello se encuentra en Ramona, así como de homenaje al cine. No en vano comienza y termina en el Doré de Madrid, una sala que se suma a los paisajes céntricos de la ciudad en calidad no solo de trasfondo urbano, sino también emocional.

Bagney filma las imágenes en 16 mm, lo cual ya es una toma de posición frente al hecho cinematográfico basada en la búsqueda de lo artesano y de cierta poética asociada al soporte, según ha declarado la propia autora. Pol Orpinell se encarga de la fotografía en blanco y negro que, eventualmente, se interrumpe por el color, y es que Ramona propone un metalenguaje de cine dentro del cine en el que la ficción aparece en color y la realidad en blanco y negro. Un recurso que no es nuevo, pero que la directora emplea con inteligencia y sensibilidad. Estos dos atributos se van consolidando a lo largo de la narración, ya que el episodio que abre la película es torpe y no parece augurar nada bueno... por fortuna, Ramona crece a ojos del espectador gracias al desparpajo de Andrea Bagney y al magnetismo que desprende Lourdes Hernández. Ella imprime su personalidad a Ramona y sostiene el film sobre su pequeña complexión y su mirada franca, sin ambages.

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IT'S SUCH A BEAUTIFUL DAY. 2012, Don Hertzfeldt

Entre los años 2006 y 2011, Don Hertzfeldt realiza tres partes de una misma historia que va estrenando consecutivamente y que reúne en 2012 con el título de la última de ellas, It's such a beautiful day. Son tres segmentos de duración similar y con la unidad de estilo característica del autor californiano, basada en una animación muy simple, de diseños minimalistas e inspiración naif que llamó la atención en multitud de festivales a principios de siglo. La estética de líneas geométricas dibujadas a mano con métodos tradicionales y animadas de modo rudimentario, contrastaba con los guiones también creados por Hertzfeldt, de humor negrísimo y afán provocador.

It's such a beautiful day es menos agresiva que sus precedentes y demuestra la madurez del director, quien aminora los gags visuales en favor de la palabra. La propia voz de Hertzfeldt sirve como hilo conductor del relato, una verborrea ácida que persigue siempre la honestidad y que explica los pensamientos de Bill, el protagonista común de los tres episodios, el cual hereda el nombre de un cortometraje muy celebrado que Hertzfeldt hizo en 1998: Billy's balloon. Al contrario que en esta breve pieza muda, el largometraje emana un torrente de ideas que se atropellan unas a otras y que guían al espectador por lo que sucede en la trama: el deterioro de las capacidades cognitivas de Bill, que comienza teniendo manías como las de cualquier humano hasta terminar perdido en los laberintos de su mente, todo ello expresado con elocuencia verbal e imágenes hipnóticas. En contraposición, los momentos sin voz son de un lirismo revelador (el viaje en autobús bajo la lluvia) o una herramienta para la comedia absurda (la secuencia del soplador de hojas).

It's such a beautiful day es una película sobre la percepción. La del público y la del personaje principal, que se comparten mediante un hallazgo consistente en dividir la pantalla en fragmentos que interactúan entre ellos a modo de montaje interno dentro del mismo plano, o de montaje externo yuxtaponiendo acciones. Hertzfeldt mezcla texturas y técnicas de animación (dibujo tradicional, collage, material de archivo) para transmitir la dispersión que sufre Bill, también a través de alteraciones en la imagen que no estaban previstas en un principio. Por uno de esos milagros que ocurren raras veces en el cine, lo que pudo haber sido un desastre de producción (la avería en la vieja máquina que utiliza Hertzfeldt para animar las figuras) se convierte en un recurso narrativo (la distorsión de las imágenes) que materializa los desvaríos del protagonista y dota al film de una fuerza y una crudeza inusitadas.

Resulta emocionante ver lo lejos que consigue llegar el director con los mínimos elementos, tanto expresivos como de elaboración, a través de su pequeño estudio, Bitter Films. It's such a beautiful day es una obra de arte inteligente, reflexiva y cómica, dotada de una sensibilidad poética que requiere la participación activa del sonido. Don Hertzfeldt demuestra gran habilidad para seleccionar las músicas que deben sonar en cada momento (casi todas piezas clásicas) y sean parte del lenguaje cinematográfico de este prodigio inagotable de imaginación y talento que es It's such a beautiful day. Un buen ejemplo de las posibilidades de la animación para adultos cuando cuenta con ambiciones literarias y filosóficas.

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BARDO. 2022, Alejandro González Iñárritu

"Un ejercicio sumamente pretencioso e innecesariamente onírico, solo para ocultar una mediocridad en la escritura. Una sumatoria de escenas carentes de sentido... todo está dicho como en metáfora, pero sin inspiración poética. Un plagio mal encubierto, banal y fortuito. El director tiene tanto ego que se mete en la película, usando las glorias del pasado para hablar de sí mismo". Estas palabras pertenecen a un diálogo de Bardo y coinciden con la mayoría de las críticas que recaen en la película en el momento de su estreno. El director Alejandro González Iñárritu se anticipa ya desde la escritura del guion a los ataques que va a recibir y trata de explicarse por voz del protagonista. No en vano, el personaje principal se puede identificar como su alter ego, al igual que hizo Fellini seis décadas atrás en 8 y medio.

La trama de Bardo sigue los pasos de un reputado documentalista mexicano que vive en Los Ángeles y regresa a su país para explorar su identidad, enfrentarse a sus recuerdos y reflexionar sobre la realidad que le rodea. Un viaje en el que todo se mezcla hasta adoptar la cualidad del ensueño, visto siempre desde la perspectiva furiosa y melancólica del personaje interpretado por Daniel Giménez Cacho, tal vez en el papel definitivo de su ya larga carrera. Iñárritu trata de introducir al público en su cabeza y, como sucede en la vida real, el deambular de la mente es caprichoso y desordenado, lo cual dota a la película de una estructura multiforme sin orden cronológico en la que se solapan diferentes planos temporales y espaciales.

Iñárritu ordena este caos junto a su coguionista, Nicolás Giacobone, mediante bloques de secuencias cuya representación visual permanece acorde a la sensación que se quiere transmitir. Bardo está filmada con lentes de gran angular que tienen un rango de visión muy amplio a la vez que proporcionan cierta distorsión en los bordes de la imagen. No es un capricho estético sino la manera en que percibe las cosas el protagonista, una proyección de su interior llena de estímulos pero tergiversada, a modo de esperpento, puesto que se trata de una farsa. Hay un bebé que se niega a nacer como analogía de un hijo perdido, una conversación con Hernán Cortes para ajustar cuentas de la colonización, peces que se escurren como la memoria de los días pasados... en suma, un catálogo de ingeniosas ocurrencias que pondrá de los nervios a los enemigos de los juegos ópticos. Por fortuna, Iñárritu filtra el relato a través del humor y desactiva pronto las veleidades de trascender que le salen al paso, empleando el absurdo y la exaltación como herramientas de estilo, también en el apartado sonoro.

Para ello, Iñárritu cuenta con una alianza indispensable y es la fotografía de Darius Khondji, con quien trabaja por primera vez. La iluminación y la paleta de colores contribuyen a marcar el tono desquiciado pero bello que mantiene el film, al igual que la música compuesta por Bryce Dessner, de influencia balcánica. De hecho, el cine de Kusturica aparece como una de las influencias reconocibles en Bardo, además de otros autores como Malick o el ya citado Fellini. La coctelera de Iñárritu se agita con fuerza para servir algo que, en boca del protagonista, se describe así: "Yo soy todo eso y nada de eso también". Es verdad que en el guion abundan los aforismos y las frases redondas, otro síntoma de irrealidad que no suele ser del agrado de los defensores del naturalismo a ultranza, del mismo modo que ocurre con la autoficción, un género que se acepta con normalidad en la literatura y en la pintura, pero no en el cine.

Es curiosa esta paradoja. Después de abrirse la herida, Alejandro González Iñárritu se coloca la venda él mismo y trata de explicarse, de nuevo a través de su personaje: "A lo mejor es solo una crónica de incertidumbres, con eso me conformo. No me interesa hablar de mi vida, la memoria carece de verdad, solo tiene convicción emocional. Estoy cansado de decir lo que pienso y no lo que siento". Eso es Bardo, acompañada del subtítulo Falsa crónica de unas cuantas verdades. Puede ser una película kamikaze, afectada e incluso onanista, autocomplaciente. Pero no cabe duda de que arriesga y que proporciona una sensación casi hipnótica, además de contar con dos interpretaciones excepcionales: la de Giménez Cacho y Griselda Siciliani. Resulta emocionante contemplar la fisicidad y el nervio que imprimen en la pantalla con apenas unos gestos y unas palabras. Ellos ponen humanidad al laberinto de conmociones que es Bardo.

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PINOCHO. "Pinocchio" 2022, Guillermo del Toro y Mark Gustafson

Es sorprendente comprobar la pervivencia de Pinocho a través de los años en la cultura popular. Sin ir más lejos, solo en el último lustro se han estrenado varias adaptaciones con mayor o menor fidelidad al cuento original de Carlo Collodi, la mayoría de las veces tomando referencias estéticas del clásico de Disney de 1940. El ejemplo más reciente es el dirigido por Guillermo del Toro, quien consigue realizar su propia interpretación de Pinocho tras sufrir el desinterés de los grandes estudios para hacer una versión animada en stop motion, hasta que consigue sacar el proyecto adelante con la financiación de Netflix. No es extraño que el director mexicano se haya fijado en este relato italiano porque conecta con algunas de las obsesiones desarrolladas en sus anteriores películas: la marginación del diferente y la humanidad del monstruo frente a la brutalidad de los hombres, la fantasía como refugio de los horrores cotidianos, el camino de aprendizaje del héroe.

Al igual que hiciera con la dictadura franquista en El laberinto del fauno, del Toro vuelve a retratar el totalitarismo incorporando el régimen de Mussolini a Pinocho. No se trata de una aportación caprichosa porque, de este modo, se añade una dimensión más profunda a la naturaleza artificial del personaje, que pasa de ser una marioneta de juguete a un peón al servicio del ejército y la ideología reaccionaria. Su rebelión individual permite que Pinocho adquiera conciencia y complete así su transformación de objeto a persona, dentro de la simplicidad que requiere un producto destinado al público familiar. La ruptura de las normas impuestas no es la única transgresión que ofrece Pinocho, también hay un cuestionamiento muy interesante acerca del uso que hace la iglesia católica de Dios y del rebaño de fieles que le sustenta.

Pero, sin duda, lo más llamativo del film reside en las imágenes. Tanto las evoluciones de la historia como los personajes y el tono dramático vienen dados por influjo estético, cada aspecto de Pinocho está supeditado a su representación visual. Por eso el diseño artístico es tan importante en el conjunto. Del Toro es un director que suele hipervitaminar su cine con multitud de estímulos y de información en la pantalla, hasta el punto de que cuesta captar todo lo sucede en el encuadre en un primer vistazo. Algo que se potencia en este su primer largometraje de animación (ya contaba con trabajos previos como productor) junto a Mark Gustafson, una referencia en la técnica del stop motion. A decir verdad, el acabado visual es tan perfecto que ni siquiera parece stop motion, ya que los procesos digitales posteriores han eliminado cualquier rastro de la artesanía que posee esta manera de animar las figuras en maquetas construidas a escala. La excelencia de las herramientas modernas se suma a una sobreplanificación del lenguaje cinematográfico, con un montaje en el que se abusa de los movimientos de cámara y una acumulación injustificada de planos que emborracha los ojos del espectador sin que la trama se vea beneficiada por ello. Se trata de una práctica muy extendida en el cine mayoritario, que provoca la aceptación inmediata del público y en la que del Toro suele incurrir de forma vehemente. Es tal vez lo único que se le puede achacar a su Pinocho: el afán por deslumbrar en cada escena mediante un ritmo trepidante y una retórica de la imagen exacerbada.

En todo lo demás, Pinocho resulta brillante. Es emotiva y divertida cuando tiene que serlo, posee un repertorio de músicas muy hermosas compuestas por Alexandre Desplat que contiene canciones, hay una gran labor de iluminación y un derroche de creatividad en el diseño de arte... en suma, es una película que se disfruta en cada momento y que actualiza el discurso planteado por Collodi a los nuevos tiempos sin que parezca oportunista o forzado. Ojalá Guillermo del Toro vuelva a recorrer los caminos de la animación con el mismo acierto que en Pinocho.

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UN AÑO, UNA NOCHE. 2022, Isaki Lacuesta

El español Ramón González fue uno de los supervivientes del atentado yihadista cometido en 2015 en la sala Bataclán de París. Tres años después se publica el libro Paz, amor y death metal, que el propio González escribe como terapia y que Isaki Lacuesta lleva a la pantalla en 2022 con el título de Un año, una noche. Este ciclo narrativo que comienza con una tragedia y que se materializa después en literatura y en cine es un ejercicio contra la barbarie para tratar de dar sentido a lo que no lo tiene, un acto de creación frente a la destrucción.

Lacuesta realiza junto a Isa Campo, productora y coguionista habitual del director, una adaptación libre del texto original para redimensionar el alcance de los hechos. Así, la pareja argentina de González adopta origen francés y la película se centra en las consecuencias del horror sobre la relación entre ambos y con el entorno que les rodea, en un estudio pormenorizado de cómo la tragedia afecta a lo cotidiano. Sin embargo, Un año, una noche está filmada casi como si se tratase de un poema íntimo: el tiempo vivido se mezcla constantemente con el tiempo recordado y con el imaginado, mediante momentos que se yuxtaponen y se arrojan luz unos a otros, cuando no son sombras. Hay escenas que riman dentro de una estructura en elipse, que da vueltas sobre sí misma, pues así es como lo perciben los protagonistas dentro de sus cabezas. Fernando Franco y Sergi Dies se encargan del montaje, uno de los puntos fuertes del film.

Otro es las interpretaciones de Nahuel Pérez Biscayart y Noémie Merlant, quienes dan vida al dúo protagonista. La humanidad que desprenden les conecta con el público de forma directa, no solo por lo que hacen y dicen, sino también por lo que callan. El carácter expansivo y elocuente de él se complementa con la introspección y la madurez de ella, lo cual genera un torbellino de sentimientos que conduce la película hasta límites que nunca llegan a rebasarse. El director sabe mantener el equilibrio del tono dramático y la tensión emocional que se trasluce no solo en la labor de los actores, sino también en el aspecto visual. Basta ver, por ejemplo, el uso de un cristal esmerilado en medio de una conversación, o las partículas de pólvora flotante a las que se hace referencia repetidas veces durante el metraje. Son soluciones estéticas que ahondan en la profundidad del relato y que dotan a la película de una atmósfera muy cuidada, gracias a la fotografía de Irina Lubtchansky.

Las imágenes estilizadas de Un año, una noche escarban en la personalidad de los protagonistas y nos trasladan a un lugar hermoso y terrible al mismo tiempo, el de las heridas que no se cierran y la salvación producto del espanto. Por todo ello, se trata de una de las películas más redondas de Isaki Lacuesta, un cineasta capaz de calibrar al milímetro la intensidad de la historia que tiene entre manos y de mantener en vilo al espectador con sabiduría y respeto, sin necesidad de ser explícito en lo físico ni de regodearse en el dolor mental. La memoria de las víctimas así lo merece.

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LA MATERNAL. 2022, Pilar Palomero

Dos años después de haber dirigido Las niñas, Pilar Palomero continúa explorando las realidades diversas y tempranas del universo femenino, esta vez desde el presente y con una historia más dura que la anterior. La maternal se adentra en un centro para madres menores de edad donde llega Carla, de apenas catorce años, una chica con problemas para dominar su fuerte carácter que deberá aprender a convivir con las demás compañeras mientras espera el nacimiento de su bebé.

Palomero vuelve a demostrar su talento para transmitir verdad mediante la puesta en escena y la disposición de los elementos narrativos, primero en el guion y luego en la pantalla. Las situaciones reflejadas en La maternal tienen el valor de lo cotidiano, siempre dentro de lo turbador que resulta ver a púberes y adolescentes embarazadas. El espectador asiste a sus dudas e inquietudes, participa de su día a día bajo el punto de vista de Carla, que es el del extrañamiento. Por eso se emplean herramientas que buscan realismo: la cámara en mano, la ausencia de música diegética y, sobre todo, las interpretaciones de las actrices, en su mayoría no profesionales. Hay excepciones como Ángela Cervantes, que da vida a la madre de Carla, capaz de emanar tanta verdad como las jóvenes que se ponen por primera vez frente a la cámara. La credibilidad del paisaje humano que retrata La maternal es su virtud y su razón de ser. Es la película en sí. Son rostros, miradas y diálogos de tal autenticidad que a veces rozan el documental, como el momento en el cual las internas del centro se presentan. Una secuencia de primeros planos digna de figurar en cualquier antología de cine realista, que se toma el tiempo necesario para que los personajes se expresen y que se dilata hasta que la protagonista logra rendir sus resistencias.

Las demás escenas de la película no desmerecen. La maternal está filmada en distintos escenarios de los Monegros y Barcelona, bajo la luz apagada con que Julián Elizalde matiza la fotografía. Son imágenes que eluden los colores y los contrastes intensos, y que solo destacan cuando lo requiere la ficción: la escena en que madre e hija se sientan por última vez al sol en el patio de la casa, o el plano final con el pueblo bajo el resplandor del atardecer (que es la premonición de un futuro para Carla). Es en estos instantes donde Pilar Palomero deja su impronta de cineasta atenta a los detalles, una autora que mira a sus personajes a los ojos y que captura sus complejidades para exponerlas con honestidad y sin artificios.

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MANTÍCORA. 2022, Carlos Vermut

La mantícora es una criatura mitológica que posee una cabeza humana en el cuerpo de un león, un ser fantástico cuya doble naturaleza define bien la película del mismo nombre de Carlos Vermut. También aquí hay una yuxtaposición entre la parte frontal, común y sosegada, y la parte postrera, excepcional y fiera. Sobre el alambre que separa estos conceptos avanza Mantícora haciendo equilibrios, sin red debajo y en un abismo de contrastes que concuerdan con los de Julián, el personaje protagonista, un joven diseñador de videojuegos apocado y talentoso que guarda tinieblas en su interior.

El hecho de que la narración no se aparte nunca de su punto de vista sitúa al espectador en una posición muy incómoda, ya que al principio se asiste a la descripción de su destreza profesional y de un acto de heroísmo que pone al público en favor de Julián. Por eso cuesta tanto enfrentar la verdad que se descubre poco después, un interior monstruoso que él mismo tratará de combatir al conocer a Diana, una estudiante de Historia del Arte con la que coincide en su anhelo de huir de la realidad. Ambos personajes están interpretados con convicción y mesura por Nacho Sánchez y Zoe Stein, actor y actriz que se estrenan en papeles principales en el largometraje. Precisamente el casting es uno de los mayores aciertos de Mantícora, ya que las miradas y las actitudes de Julián y Diana resultan fundamentales para la credibilidad del film y son los vehículos perfectos para transmitir las emociones calladas de sus personajes.

El cuarto título de Carlos Vermut es el más contenido e introspectivo de su filmografía, siendo en esencia un film de terror. No un terror explícito, al contrario. Se trata de un terror subterráneo, amortiguado por la quietud y el silencio, pero que permanece latente y llena de tensión todo el metraje. Vermut evita las convenciones: no hay más música que la diegética y la fotografía de la debutante Alana Mejía González es apagada y de tonos fríos, sin recurrir a los estilemas de género. Cada elemento del conjunto está diseñado con pulcritud para imprimir en la imagen una sensación turbadora, de desubicación, al igual que le sucede al protagonista. Así hasta la llegada del clímax, en un largo plano secuencia que es un prodigio de dirección y de actuación. Vermut imprime el tempo adecuado y los movimientos de cámara precisos para levantar una catedral del drama delante de los ojos del espectador, a través de unas acciones que podrían ser cotidianas pero que alcanzan la medida del espanto... una proeza digna de maestros como Hitchcock.

En suma, Mantícora es una película que oculta sus laberintos emocionales bajo una apariencia árida, y que tiene el valor de abordar un tema espinoso desde dentro, asumiendo el papel del verdugo en vez de la víctima, como es habitual. Cine narrado con pulso firme y personalidad, la de Carlos Vermut, uno de los autores más genuinos del actual panorama español.

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EL ESPÍA. "The thief" 1952, Russell Rouse

Russell Rouse inició su carrera con una serie de películas independientes entre las cuales El espía tiene una cualidad muy especial que la vuelve atípica dentro del género negro: la ausencia completa de diálogos. Se trata del primer título dirigido en solitario por Rouse y una verdadera prueba para demostrar sus capacidades como narrador visual, ya que todo lo que sucede se explica únicamente mediante los recursos de la imagen y el sonido, prescindiendo de la palabra hablada. Así, la música compuesta por Herschel Burke Gilbert adquiere gran importancia como vehículo expresivo, además de la interpretación de Ray Milland, que encarna a un físico nuclear que proporciona informes secretos a una potencia extranjera.

La gestualidad y el movimiento del actor resultan muy apropiados para transmitir las tormentas interiores que vive su personaje, asediado por el servicio de inteligencia y por sus propios remordimientos. Una tensión que crece a lo largo de la película y que Rouse ilustra de manera creativa y dinámica. La cámara se mueve con destreza a través de los escenarios y encuadra con profusión de ángulos y tamaños, buscando siempre aunar el significado con la estética (valgan como ejemplo los planos cenitales que revelan la opresión del protagonista entre las paredes del apartamento). El director de fotografía Sam Leavitt emplea con inteligencia las luces y las sombras en un contrastado blanco y negro que, en el tercer acto, se vuelve naturalista, cuando la acción se traslada de Washington a Nueva York. Las imágenes finales que equiparan el amanecer de la conciencia del espía con el amanecer en la ciudad adquieren una calidad documental libre de artificios, en la que el personaje se funde con el entorno. Este desenlace de carácter simbólico y aspecto realista llega después de un ejercicio de estilo muy elocuente, que logra mantener la atención sin que se echen de menos las conversaciones durante el metraje. 

El guion escrito por Rouse junto a Clarence Greene, su colaborador habitual en la primera etapa, repite determinados momentos para que el público conozca la rutina del personaje principal. De este modo, la ruptura de la trama gana en dramatismo gracias a secuencias como la del Empire State, por ejemplo, y otros bloques cinematográficamente bien construidos que encuentran el ritmo perfecto en el montaje. En suma, El espía es un film que luce orgulloso su condición de rara avis y que revela a un director, Russell Rouse, que nunca ha obtenido el reconocimiento que merece.

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CANTO CÓSMICO. 2021, Leire Apellaniz y Marc Sempere Moya

Muchas veces, la línea que separa el cine documental de la ficción es tan fina que los dos conceptos se diluyen y crean películas tan especiales como Canto cósmico. Un paseo por las interioridades del Niño de Elche y una indagación por su arte transgresor y libre, de la mano de Leire Apellaniz y Marc Sempere Moya. Lejos de ceñirse a ninguna fórmula preconcebida, los directores proponen un ejercicio de estilo que asimila los modos de expresión y el pensamiento del protagonista, dando como resultado un film original e inclasificable, un experimento de belleza estética y calado intelectual.

El guion, escrito por los propios directores, intercala el retrato familiar, los momentos perfomáticos y las declaraciones por parte del Niño de Elche y de otras personas relacionadas con su universo personal y creativo. La cámara recoge el testimonio cercano de los padres, pero también el de profesionales del sonido, artistas aficionados al flamenco y autores que circulan en la misma órbita. Nombres como Pedro G. Romero, Antonio Orihuela y C. Tangana se suman a las actuaciones de Israel Galván o Raúl Cantizano, entre otros, en un caleidoscopio que desvela las múltiples caras del Niño de Elche: la poética, la política, la íntima, la musical, la religiosa... Todas ellas mediante imágenes sugerentes que juegan con la composición, la luz y el tempo fílmico. Tanto la fotografía de Agnès Piqué Corbera como el montaje de Marcos Flórez consiguen amoldarse al imaginario del Niño de Elche y generar un espacio singular lleno de símbolos con perdices enjauladas, procesiones nudistas o cantos cincelados a golpe de mazo sobre el granito.

La labor de Apellaniz y Sempere Moya consiste en dar forma a todas estas ideas y ordenarlas para que el conjunto tenga coherencia y, sobre todo, para que queden claras las líneas que definen el arte salvaje y a la vez erudito del Niño de Elche. El principal reto que asume Canto cósmico es el de poner en escena nociones en apariencia enfrentadas como son lo primitivo y lo moderno, lo popular y la vanguardia, la brutalidad y la delicadeza. Una alquimia que adquiere consistencia en la pantalla y que depara una de las películas más fascinantes del reciente cine español.

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HISTORIAS PARA NO CONTAR. 2022, Cesc Gay

Diez años después de Una pistola en cada mano, el cineasta Cesc Gay retoma el formato de las historias cortas sobre asuntos sentimentales. En esta ocasión narra cinco relaciones de pareja cuya continuidad se pone en peligro de diversas maneras, siempre con el habitual tono de comedia y el talento para los diálogos del director. Además del tema, todas tienen en común el escenario de la ciudad de Barcelona y cuentan con actores diferentes que son una buena muestra de la excelencia interpretativa que hay en España. Algunos con los que Gay ya había trabajado antes (Àlex Brendemühl, Javier Cámara) y otros que se incorporan a la familia (Anna Castillo, Antonio de la Torre, María León, José Coronado o Maribel Verdú, entre otros). Un elenco admirable que representa con naturalidad y frescura un amplio espectro de perfiles en los que cualquier espectador puede reconocer sus miserias cotidianas.

Porque la cualidad que predomina en Historias para no contar es la del humor que revela incomodidades, la dificultad humana para la sinceridad y la comunicación afectiva. El lenguaje cinematográfico que emplea Gay para narrar cada una de las situaciones es eficaz y sencillo, incluso se podría considerar funcional (abundan los planos medios y los primeros planos), lo cual traslada el peso al guion y los actores. Ellos aportan su personalidad al fragmento en el que intervienen y completan un mosaico en el que queda reflejado el universo propio de Gay, poblado por seres algo neuróticos de clase media/alta que buscan distraer cierto hastío existencial con aventuras románticas en entornos urbanos. Más que un conjunto de episodios independientes, la película debe ser vista como una suma de partes en torno a una misma idea, si bien se puede disfrutar de ambas maneras.

A estas alturas, Cesc Gay no depara sorpresas ni abandona un estilo en el que parece consolidado. Historias para no contar ofrece un divertimento accesible con dosis de corrosión y de crítica social que, no obstante, tiene capacidad para agradar a un público amplio. Esto, que suele ir en detrimento del concepto de autor, es sin embargo una aspiración difícil de conseguir. Hacer un cine reconocible, en el que la idiosincrasia no esté reñida con las pretensiones comerciales. Nada más y nada menos.

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AS BESTAS. 2022, Rodrigo Sorogoyen

En menos de una década, Rodrigo Sorogoyen ha logrado realizar cinco largometrajes y varias series de televisión que le han consolidado como uno de los cineastas más robustos del reciente panorama español. No solo dirige, también escribe y produce sus películas a través de Caballo Films, lo cual le garantiza independencia creativa y el control sobre sus trabajos. Esta trayectoria alcanza su cenit con As bestas, un drama rural con hechuras de thriller psicológico que demuestra el pulso narrativo de Sorogoyen y su capacidad para dirigir actores, pues ellos cargan en buena medida con el peso del film.

En el reparto franco-español figuran Denis Ménochet, Marina Foïs, Luis Zahera, Marie Colomb y Diego Anido, cinco intérpretes excepcionales que extraen lo mejor de sus personajes y consiguen traspasar la pantalla haciendo gala de sus recursos actorales (el gesto, la mirada, el movimiento, la voz). Contemplarles es como asistir a un concierto de cinco músicos virtuosos que no tocan para lucirse, sino para enriquecer una melodía que ya de por sí está bien compuesta y arreglada. El guion escrito por Sorogoyen e Isabel Peña, su colaboradora habitual, tiene dos partes diferenciadas por una secuencia de gran intensidad que enlaza con el prólogo y supone un giro importante en la trama. Ambas partes mantienen la tensión en todo momento y hacen evolucionar a los personajes con progresión y coherencia, sin dar las cosas por sentadas. As bestas es la película más realista de Sorogoyen y la que menos recurre a las convenciones de los géneros cinematográficos, si bien contiene trazas de western (los conflictos de tierras, las conversaciones en el bar) e incluso trae el recuerdo de algunas películas como Perros de paja, en las que la violencia soterrada estalla en el entorno de una villa aparentemente tranquila. Estas referencias no restan ni un ápice de personalidad a As bestas, que desde el primer fotograma hasta el último exhibe una energía contenida y una atmósfera espesa capaces de mantener la atención del público.

Rodrigo Sorogoyen logra estos aciertos en compañía de su equipo acostumbrado: Álex de Pablo en la fotografía, Alberto del Campo en el montaje y Olivier Arson en la música. Juntos funcionan como una maquinaria que calibra con precisión los componentes dramáticos del conjunto y que da como resultado la película más compacta del director hasta la fecha. Hay buen cine en las imágenes de As bestas, y también detrás de ellas. Por su calado emocional y por la capacidad de convertir una historia sucedida en un rincón gallego en una alegoría universal que comprime las grandezas y las miserias de la condición humana.

A continuación, pueden escuchar uno de los temas que integran la banda sonora compuesta por Arson. Sonidos minimalistas con instrumentos tradicionales que evocan la naturaleza, una música que es pura textura. Relájense y disfruten:

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MOTHER. "Madeo" 2009, Bong Joon-ho

Da igual el género al que pertenezcan, las películas de Bong Joon-ho siempre están teñidas de un humor muy particular que las vuelve reconocibles. Ya sea desde el thriller rural (Memories of murder), el cine de monstruos (The host) o la fábula distópica (Snowpiercer), sus historias evidencian el absurdo y las contradicciones del comportamiento humano. Mother recrea el mito de la madre coraje que es capaz de hacer cualquier cosa por salvar a su hijo, más aún cuando este padece una discapacidad mental y es señalado como culpable de un crimen sucedido en una pequeña población.

Una vez más, la galería de personajes resulta singular. El autor no se centra solo en la figura de la madre abnegada, ya que cuestiona todos los modelos posibles de autoridad, poder y referentes sociales. Todo ello sin acritud ni nihilismo, porque Bong Joon-ho parte del esperpento y utiliza la pantalla como un espejo deformante de los males que acechan al público. Este traga la medicina cuyo sabor amargo es endulzado con las oportunas dosis de comedia, ya que Mother es un film divertido, grotesco pero divertido. Hay personajes que ahogan sus frustraciones en alcohol, otros que aplacan su soledad con sexo arbitrario, policías incompetentes, ladrones de poca monta... en suma, una fauna de seres que caminan en todo momento entre la fuerza y la vulnerabilidad, entre la decisión y el caos.

Ahora bien, si todos los elementos se conjugan y adquieren sentido es gracias a las capacidades narrativas de Bong Joon-ho. Es admirable su habilidad para hacer evolucionar el relato empleando un lenguaje cinematográfico elocuente y de gran dinamismo, que alterna con inteligencia el tamaño y la angulación de los planos, y que elige emplazamientos de cámara acordes a las necesidades de la ficción. El cineasta surcoreano trabaja por primera vez con Hong Kyung-pyo y Jinmo Yang, director de fotografía y montador respectivamente, quienes realizan una labor minuciosa y creativa que contribuye al perfecto acabado técnico del film. El equipo artístico tampoco desmerece, integrado por un plantel de actores preciso y bien conjuntado.

Con un carácter más íntimo que sus otras películas, Mother muestra el dominio de la puesta en escena de Bong Joon-ho y su talento para desarrollar en imágenes todas las posibilidades que ofrece el guion, escrito por él mismo junto a Park Eun-kyo. Basta ver la secuencia final con el viaje en autobús para constatar el potencial de fabulación y metáfora que posee el director. Sin duda, uno de los más dotados surgidos en Oriente durante las últimas dos décadas.

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LA CONSAGRACIÓN DE LA PRIMAVERA. 2022, Fernando Franco

La querencia de Fernando Franco por trabajar con material delicado y asuntos espinosos continúa en su tercer largometraje, La consagración de la primavera. Un título que remite a la célebre obra orquestal de Stravinski y que funciona como metáfora del despertar a la vida de Laura, una universitaria recién llegada a Madrid, y la relación que establece con David, un chico con parálisis cerebral que vive con su madre. Tres personajes que son los ejes centrales del film y que cumplen funciones muy determinadas dentro del relato: el primero como protagonista que traslada al espectador su punto de vista, el segundo como detonante de la acción y el tercero como intermediario. Están interpretados, respectivamente, por Valèria Sorolla, Telmo Irureta y Emma Suárez.

Tanto Sorolla como Irureta debutan en papeles principales y transmiten una desenvoltura que contagia el conjunto, mientras que Suárez aporta veteranía y seguridad. Esta mezcla define el tono de la película, cuyas turbulencias emocionales se mantienen soterradas durante el metraje y no emergen salvo en pequeños detalles y frases de diálogo, de manera austera y siempre contenida. Un equilibrio perfecto que demuestra el buen oficio del director, autor también del guion junto a Bego Aróstegui.  Ambos desarrollan una historia de carácter íntimo que busca la credibilidad y la consigue, gracias a una puesta escena sencilla pero muy eficaz que contiene elementos visuales en los que merece la pena detenerse. 

La cámara raras veces se despega de Sorolla, captura su singular mirada y evidencia lo ajena que se siente del entorno desenfocando los fondos en los planos de exterior. Para ello, el director de fotografía Santiago Racaj evita la profundidad de campo y selecciona las lentes adecuadas para trasladar la misma sensación de soledad que Franco obtiene desde la planificación, a través del off. Un ejemplo es cuando la protagonista se introduce en un taxi por la noche en estado de consternación e intercambia unas pocas palabras con el conductor, quien nunca llega a mostrarse. El público solo ve el rostro de Sorolla y no recibe el contraplano del taxista, una decisión que materializa el estado de aislamiento. Hay otros recursos de la imagen expresados mediante la composición y los emplazamientos de cámara, nada rebuscados y a la altura de los personajes. Porque La consagración de la primavera es una película profundamente humanista, que emplea con inteligencia las elipsis de tiempo y que elude las obviedades y los clichés dramáticos (la música, las conversaciones explicativas) para hablar al espectador de tú a tú, con honestidad y cercanía. Sin apartarse del drama y del dolor de sus anteriores trabajos, Fernando Franco ha hecho su película más luminosa y amable, más optimista, tal y como se enuncia en el título. Bienvenido sea este soplo de aire fresco en la carrera de un director que siempre tiene cosas que contar.

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