COFFY. 1973, Jack Hill

De los cuatro largometrajes que unieron al director Jack Hill y la actriz Pam Grier, Coffy ocupa el tercer lugar y es el que supuso la consagración de la estrella femenina de la serie B. No es de extrañar, porque la fuerza y la personalidad con que Prier dotó a su personaje la ensalzaron como un icono contracultural de los años setenta, una categoría que pervive hasta hoy en la memoria de los aficionados al blaxploitation. La película contiene todos los ingredientes para ser considerada una referencia dentro del género: tema controvertido, orgullo de raza, lucha de clases, groove, drogas, violencia, sexo... una mezcla bien elaborada por Hill, quien sabe aprovechar hasta el último centavo del escaso presupuesto financiado por American International Productions, hogar de un sinfín de títulos tan baratos como imaginativos.

El personaje interpretado por Grier da nombre a la película, una enfermera que dedica sus horas libres a vengar a su hermana pequeña, enferma a consecuencia de las adicciones. Coffy aprovecha su poder de seducción para acercarse a traficantes y camellos, a los que no duda en escarmentar a tiros, si es necesario. Hill se encarga de urdir en el guion una sucesión de escenas donde fluyen con buen ritmo la acción, el humor, los diálogos y el erotismo, con un tono que mezcla los estilemas propios de la ficción con apuntes de realismo social. Todo bien dosificado para que el conjunto resulte entretenido y satisfaga a los amantes de este cine que nunca obtuvo la atención de los críticos, pero que logró algo muy difícil: conseguir el fervor popular a la vez que contribuía a las reivindicaciones raciales y de género de su tiempo, sin adoptar forma de panfleto. Coffy abrió la senda para otras heroínas negras como Cleopatra Jones y Foxy Brown (esta también encarnada por Grier) en una década en la que los hombres lucían virilidad y protagonizaban las grandes producciones. Es por eso que cabe valorar Coffy como el inicio de una excepción y la respuesta feminista a los modelos fijados por Shaft, Super Fly, Black Caesar... películas donde la mujer representaba el papel de víctima o era el complemento del personaje principal. Jack Hill se preocupa de subvertir los clichés y diseña una plataforma perfecta para presentar a Pam Grier como una de las mujeres más poderosas y atractivas que han desfilado por la pantalla.

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FINIS TERRAE. 1929, Jean Epstein

En los años veinte del siglo pasado, Jean Epstein descubre la Bretaña francesa y enseguida se convierte en uno de los escenarios habituales de su imaginario creativo. Sobre todo la costa y las islas, donde filma una serie de películas que tienen como protagonistas a marineros, pescadores y gente del mar enfrentada al reto de sobrevivir en condiciones adversas. La primera de ellas es Finis Terrae, un drama que comienza siendo minimalista al retratar el trabajo de cuatro pescadores de algas en la solitaria isla de Bannec, y que adopta dimensiones épicas al extenderse hasta el pueblo de donde provienen, con el médico erigido como héroe local. Una historia sencilla que adquiere poder gracias a las imágenes, en las que Epstein lleva a la práctica las influencias obtenidas del cine ruso, el expresionismo alemán y el impresionismo francés.

Este confluir de referencias son el resultado del análisis fílmico llevado a cabo por el director a lo largo de su trayectoria, una reflexión del lenguaje que se materializa en un estilo depurado y poético, que emplea como recursos expresivos los ralentizados, la planificación y el montaje. Al mismo tiempo, Epstein se aproxima al documental rodando en escenarios naturales con actores no profesionales, tratando de fijar en la pantalla la esencia del lugar en el que transcurre la historia. Esta mezcla de sofisticación y realismo confiere a Finis Terrae una aureola muy especial que la emparenta con otros títulos de etnoficción de Flaherty (Hombres de Arán) o Grierson (Drifters). El elemento diferenciador es que Epstein hace convivir la observación de las situaciones cotidianas (las secuencias del trabajo de los pescadores, por ejemplo) con los ejercicios de vanguardia (el delirio del protagonista enfermo), lo cual refuerza el carácter simbólico del film. Basta contemplar las frecuentes imágenes de las olas batiendo en las rocas como un recordatorio de la amenaza de la naturaleza y la reclusión en la que viven los personajes.

Realizada en la época tardía del cine mudo, Finis Terrae posee una modernidad de gran fuerza estética que mantiene intacto su poder de fascinación. La composición de los planos, la plasticidad de la fotografía en blanco y negro, el ritmo que se imprime en la narración... todos los elementos funcionan en favor del conjunto, hasta completar una de las obras más significativas dentro de su género. Jean Epstein exhibe su magisterio a lo largo de ochenta minutos de pura emoción y arrebatadora belleza.

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STARSHIP TROOPERS. 1997, Paul Verhoeven

A mediados de los años ochenta, Paul Verhoeven llega a Estados Unidos después de haber obtenido algunos éxitos comerciales y cierta repercusión crítica en los Países Bajos. Aunque trabajar para los estudios de Hollywood supone ceder el control creativo y un recorte en sus libertades como autor, a cambio puede disponer de presupuestos generosos y el acceso a un público amplio que no siempre entiende bien la intención crítica que subyace en sus películas. Detrás del espectáculo y el entretenimiento hay denuncias al sistema norteamericano en cuanto a la obsesión por la seguridad (Robocop), el puritanismo (Instinto básico) o la competitividad (Showgirls), todo revestido con calculadas dosis de violencia y sexo. Para disfrutar de este cine y comprender su alcance es conveniente no tomárselo demasiado en serio, ya que Verhoeven aplica una visión ácida, casi esperpéntica, sobre los géneros de la ficción que se multiplica en Starship Troopers, adaptación de la novela de ciencia ficción escrita por Robert A. Heinlein en la década de los cincuenta.

Si bien Verhoeven ya tenía experiencia en escenarios futuristas con Desafío total, es ahora cuando decide potenciar las posibilidades políticas e ideológicas que ofrece la fantasía como representación de ciertas realidades históricas, en este caso, el surgimiento y la implantación del fascismo en Europa durante el siglo XX. Starship Troopers comienza como una versión galáctica de Sin novedad en el frente, en la que una generación de jóvenes se alista en el ejército siguiendo las soflamas patrióticas de un régimen amenazado por unos seres monstruosos provenientes del espacio exterior. Verhoeven no se anda con sutilezas ni segundas lecturas y se deja llevar por el exceso, tanto en el contenido como en las formas. El ardor guerrero que mueve a los personajes es tan infantil que solo puede ser visto como una sátira de los valores castrenses, capaces de contaminar a la sociedad civil con el pretexto del enemigo común. El guion está repleto de diálogos delirantes, frases maniqueas y declaraciones de amor que producirían sonrojo si no fuera porque están dichas por actores igualmente exagerados: Casper Van Dien, Denise Richards, Dina Meyer... más que actores, son modelos que posan en vez de interpretar y cuya capacidad de expresión carece de credibilidad alguna, bonitas fisonomías sin un gramo de latinidad, a pesar de que sus personajes proceden de Argentina. Pero, ¿quién necesita coherencia, pudiendo regocijarse con el pastiche de referencias y clichés? Es fácil encontrar en el metraje alusiones a La chaqueta metálica y Top Gun, por ejemplo, aunque la mayoría de las situaciones en las que se ven envueltos los protagonistas responden a mecánicas tan básicas que en unas ocasiones recuerdan a las sitcom para adolescentes tipo Beverly Hills, 90210, y en otras a los tebeos de Hazañas bélicas.

El guion podría pertenecer a cualquier vieja película de serie B, con la diferencia de que Paul Verhoeven cuenta con una producción de clase A. Los efectos especiales consumen una buena parte de los recursos financieros, sobre todo la recreación digital de las criaturas antagonistas, que son el plato fuerte del film. Más allá de esto, Starship Troopers luce una apariencia visual que dota de energía y dinamismo a las escenas de acción (reforzadas por la música épica de Basil Poledouris) y una planificación bastante convencional en los diálogos que intercala, no obstante, algunos movimientos de cámara elegantes a la hora de abrir secuencias, de intención descriptiva e influencia clásica. Para ello, el director vuelve a contar con Jost Vacano, quien aplica en la fotografía una estética luminosa que confiere irrealidad a los decorados de interior, como si quisiera dejar constancia de su artificio. Y es que cada elemento del conjunto remite a otra cosa vista antes, en su mayoría derivadas de la cultura pop, fuera de los márgenes de la gran industria (el cómic, la novela pulp, el cine de sesión doble, el camp y la iconicidad del fetiche gay...) En suma, un divertido conglomerado tan absurdo como aparatoso, que tiene la virtud de poner en ridículo la estrategia beligerante de los Estados Unidos empleando su propio discurso inmaduro y fascistoide.

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CREATURA. 2023, Elena Martín

Un lustro después de debutar en la dirección con Júlia Ist, Elena Martín asume en su segundo largometraje un reto lleno de complicaciones: abordar el deseo femenino en diversas edades, a partir del trauma de una mujer que siente que los impulsos de su cuerpo no se corresponden con los automatismos de una sociedad constrictiva. Creatura explora a través del personaje de Mila, interpretado por tres actrices distintas, los desajustes entre el sexo y las normas de un sistema diseñado para moldear el comportamiento afectivo de una joven en su etapa infantil, adolescente y adulta. Esta última adopta los rasgos de la propia Martín, quien enfrenta la realización de la película con un tono próximo a la abstracción y la poética, aplicando la mesura, sin dejarse llevar por el morbo ni por la pretenciosidad a la que hubiera sido fácil abocarse. Al contrario, Martín se muestra contenida y a la vez honesta en el retrato de la protagonista, sobre la que posa una mirada respetuosa y atenta, que no omite las ambigüedades. Tampoco los detalles dolorosos, porque Creatura tiene algo de examen de conciencia generacional que evita ser complaciente y sitúa al público en terrenos incómodos.

El guion escrito por Martín junto a Clara Roquet alterna diferentes tiempos dentro del escenario de una casa en la costa del Maresme catalán. Allí confluyen las experiencias de Mila durante el pasado y el presente, los momentos del despertar a los sentidos, la búsqueda y la experimentación, las relaciones, la disfunción que se manifiesta en la piel... todo ello sin necesidad de explicar la raíz del problema o ese motivo determinado tan común en las películas con afán de psicoanálisis. En lugar de acudir a fórmulas preconcebidas, la directora opta por desplegar una sucesión de fragmentos narrativos que obtienen sentido en el conjunto, como las piezas de un mosaico. Hay secuencias de diálogo resueltas de modo poco convencional (con una elección de planos que atiende a las palabras tanto como a las reacciones), recursos audiovisuales que potencian la subjetividad (los ralentizados en los que solo se escucha música) e instantes que se adentran en el subconsciente de la protagonista mediante la representación de sus sueños, entre otras herramientas cinematográficas que convierten el visionado de Creatura en un ejercicio estimulante.

Martín se rodea de un buen plantel de actores entre los que brilla Àlex Brendemühl, y un equipo de técnicos que dan entidad a la película, como sucede con la fotografía de Alana Mejía González. La luz del Mediterráneo se filtra en las imágenes y adquiere misterio en los ojos de la directora, capaz de escenificar temas complejos y revestir de humanidad el discurso valiente, casi temerario, que tiene entre manos. Creatura debe ser valorada por su capacidad de riesgo y por la sensibilidad en tratar asuntos difíciles que el cine suele esquivar. Pero hay más: el texto que no alecciona y su estructura entrecruzada, la dirección que sabe filmar las acciones mostrando lo necesario sin acceder a gratuidades, la interpretación entregada y convincente... aspectos en los que se involucra hasta el final Elena Martín, una de las creadoras actuales más interesantes del panorama español.

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LOS QUE SE QUEDAN. "The holdovers" 2023, Alexander Payne

Poco a poco y película tras película, Alexander Payne se ha ido convirtiendo en uno de los narradores más interesantes del Hollywood contemporáneo. Títulos como Election, Los descendientes o Nebraska demuestran el cuidado que pone en las historias y en el desarrollo de los personajes, por medio de un lenguaje cinematográfico eficaz y conciso, que remite a las formas clásicas. Los que se quedan es una comedia melancólica ambientada en un internado para estudiantes durante la navidad de 1970, época que se recrea no solo desde el diseño de producción sino también en el estilo visual, con una fotografía de bajo contraste y colores suavizados por parte de Eigil Bryld.

Payne evidencia su habilidad para envolver al espectador en atmósferas muy precisas que determinan el relato, lo cual sucede ya desde los créditos iniciales. Los que se quedan transmite la sensación de frío invernal y de tiempo detenido en el que viven los protagonistas, un profesor arisco que se ve obligado a pasar el periodo vacacional en compañía de un alumno y la cocinera del centro, ambos con problemas emocionales. El peculiar trío está interpretado por Paul Giamatti, quien coincide con Payne dos décadas después de Entre copas, el debutante Dominic Sessa y Da'Vine Joy Randolph, cada uno perfecto en el papel de seres damnificados por el pasado.

El guion de David Hemingson posee la inteligencia de relacionar todos los elementos, hasta los más pequeños, de modo que el conjunto adquiere unidad dramática, sin dejar de ser nunca divertido. Payne se encarga de dosificar las emociones y de calibrar bien el tono para no caer en sensiblerías, un defecto común en este tipo de películas con "buenas intenciones". Además de aplicar la contención, el director sabe mantener la distancia adecuada para no interferir en las acciones, sin encuadres forzados ni movimientos de cámara gratuitos... incluso cuando emplea algún anacronismo óptico (el zoom del profesor que busca al alumno en el exterior del colegio) lo hace como recurso humorístico, de acuerdo a la estética del film. Lo más importante de Los que se quedan es la evolución de la trama y los personajes, tal y como ocurría en el cine al que Payne rinde tributo de manera respetuosa pero no servil, porque en el fluir de las imágenes y en la hondura de la película late su sello de autor.

A continuación, uno de los temas que integran la banda sonora compuesta por Mark Orton. El músico norteamericano se reencuentra con Alexander Payne tras haber trabajado juntos en Nebraska, un nuevo ejemplo de la sintonía que les une a la hora de conducir los estados anímicos del público. Relájense y disfruten:

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DEJAR EL MUNDO ATRÁS. "Leave the world behind" 2023, Sam Esmail

Después de realizar diferentes series para la televisión, Sam Esmail dirige su segundo largometraje en una década, esta vez con un presupuesto generoso y al amparo de la plataforma Netflix. Dejar el mundo atrás adapta la novela homónima de Rumaan Alam, un thriller distópico que narra el fin del mundo desde la distancia, en el entorno de una familia que transcurre sus vacaciones en una casa apartada en mitad de la naturaleza. Si bien el argumento podría recordar a Sacrificio de Tarkovski, ya que ambas películas tratan el vacío existencial y la desazón ante el colapso, Esmail opta por un tono que mezcla la intriga con la ironía, además de emplear una retórica audiovisual amanerada que cae en ciertas gratuidades efectistas.

Dado que el apocalipsis queda fuera del plano, da la sensación de que el director quiere epatar mediante una estética juguetona, que emplea trucos y movimientos imposibles de cámara para subrayar la gravedad del asunto que trata. Hay un punto de vista omnisciente que dirige la mirada del espectador de un piso a otro de la estancia, que sobrevuela el espacio para después regresar a la tierra, atraviesa las rendijas de un techo para tomar perspectiva... son piruetas ópticas que distraen los ojos sin aportar nada al relato, sostenido por las interpretaciones de los actores. Y es que la virtud de Dejar el mundo atrás está en el reparto, con Julia Roberts, Ethan Hawke y Mahershala Ali a la cabeza. Todos ellos solventes y capaces de imponer el factor humano al alarde técnico, dando verosimilitud a lo que les sucede.

Es verdad que algunos diálogos resultan explicativos (sobre todo en la parte final) y que la película acumula muchas digresiones en torno a las desigualdades económicas, sociales, raciales... tantas que a veces da la impresión de que le cuesta fijar el foco en algo en concreto y se pierde en generalidades, pero también es cierto que Esmail posee un sentido del ritmo y de la intriga que hacen que la narración se siga con interés y que el conjunto sea provechoso. La película funciona mejor cuando confía en las posibilidades del guion, también firmado por Esmail, que cuando se entrega al manierismo formal, con algunos efectos digitales que no están bien resueltos (los flamencos de la piscina o los ciervos que acosan a los personajes de Roberts y Myha'la, por ejemplo). Por eso conviene valorarla por las reflexiones que plantea: la crítica al sistema capitalista que convierte los ideales en productos de consumo (hay referencias a marcas como Tesla o Starbucks), la pirámide social (estupenda la escena con Kevin Bacon) y la dependencia generada por las nuevas tecnologías, con algunas metáforas ingeniosas (la serie Friends como paradigma de una utopía feliz en un contexto cada vez menos amistoso). Son cuestiones oportunas que forman parte de una agenda supuestamente progresista, no en vano figuran como productores ejecutivos Barack y Michelle Obama. Otra cosa es que la película se ocupe de señalar los peligros que nos acechan sin ofrecer solución alguna, una visión pesimista muy acorde a las ficciones postmodernas que han fructificado en los últimos tiempos y que transmutan la política en espectáculo y la militancia en entretenimiento. Así, el público es bienvenido al Juicio Final como si fuese un circo de tres pistas que tiene a Sam Esmail de maestro de ceremonias, una cámara saltimbanqui y un grupo de actores conocidos que ponen cara de desconcierto y recitan pasajes de Aaron Sorkin.

A continuación, pueden escuchar una de las piezas que integran la música compuesta por Mac Quayle. El piano ejerce de solista en medio de una atmósfera de cuerdas que transmiten emoción y misterio, acorde al ambiente tenso que se respira durante gran parte del film. Que lo disfruten:

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JÚLIA IST. 2017, Elena Martín

La actriz Elena Martín debuta en la dirección adoptando las claves del mumblecore, ese género de películas independientes hechas con muy poco presupuesto que convierten la inmediatez y la naturalidad en rasgos de estilo no solo estéticos, también éticos. De hecho, Júlia Ist nace como trabajo de final de carrera de unos estudiantes de Comunicación Audiovisual encabezados por Martín, quien ya acumulaba experiencia tras haber participado en un título de cualidades parecidas, Las amigas de Ágata. En ambos casos se trata de cine pegado a la realidad, con un fuerte componente autobiográfico y que busca intervenir lo menos posible en los lugares donde se filma, aprovechando las condiciones de cada escenario.

Martín toma como inspiración su propio curso de Erasmus en Berlín para escribir el guion de Júlia Ist, personaje que da nombre a una estudiante de arquitectura de Barcelona que marcha a la capital germana dejando atrás a amigos, familiares y un novio con el que no se atreve a romper. La difícil adaptación y el descubrimiento de nuevas realidades definen un hilo argumental bastante sencillo, en el que la directora centra la atención en los detalles y en los gestos. La cámara en mano cierra el encuadre sobre los dispositivos que mueven la intimidad de la protagonista: la expresión, la mirada, la conversación, el silencio... son herramientas con las que Martín construye su cine. No hace falta nada más, y tampoco nada menos. El hecho de que la técnica pueda lucir una apariencia algo amateur no supone un problema, al contrario: dota a las imágenes de la calidad de lo cercano y de ausencia de artificio. Algo que se traslada también a la interpretación de los actores y al tono general de Júlia Ist, una estimulante opera prima que tiene su mayor virtud en la falta de pretensiones.

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YO, TÚ, ÉL, ELLA. "Je, tu, il, elle" 1974, Chantal Akerman

Ya desde el inicio de su obra, Chantal Akerman define las líneas maestras de un cine basado en la identidad femenina, el aislamiento y el espacio habitacional. Temas que están presentes en sus tempranos cortos y que tienen continuidad en Yo, tú, él, ella, su primer largometraje de ficción que rueda con veinticuatro años, en apenas una semana y desde la más absoluta independencia, a través de su productora Paradise Films. Akerman aprovecha su reciente formación experimental en Nueva York y continúa explorando las posibilidades del lenguaje audiovisual y la narración, que aquí divide en tres segmentos diferenciados por el escenario y la evolución del personaje encarnado por ella misma.

La primera parte transcurre en el interior de una vivienda donde Julie, la protagonista, se recluye para purgar una decepción sentimental. Allí escribe una carta interminable, yace sobre el colchón, mira por la ventana... "está" en el sentido literal del verbo (existir o encontrarse en un lugar) mientras se alimenta de cucharadas de azúcar y, en ocasiones, clava sus ojos en la lente de la cámara. Se escucha su voz en off, que unas veces describe sus acciones, otras veces se anticipa a ellas y otras las contradice ("Estoy sentada en la cama" dice estando en una silla, por ejemplo). Esta observación sostenida en planos largos y fijos es uno de los rasgos de estilo que la directora practica sobre todo en su primera etapa, una contemplación estática de actos cotidianos que encubre turbaciones internas. Julie es una versión indirecta y estilizada de Chantal, cataliza sus inquietudes personales y artísticas. Ambas vacían las estancias tanto físicas como fílmicas para reconocerse, desnudarse y alcanzar un estado de auto-consciencia que les permite salir al exterior en la segunda parte, cuando Julie emprende un viaje en camión hacia un destino incierto. El conductor interpretado por Niels Arestrup tampoco intercambia demasiadas palabras con ella, aunque sí se confiesa en una secuencia filmada en primer plano acerca de sus experiencias sexuales, después de que Julie le masturbe en la cabina del vehículo. El espectador nunca asiste al contraplano porque Akerman se preocupa de identificar a la protagonista con el público, otorgando a la cámara la posesión de un punto de vista aséptico y distante. Así, el discurso hablado y el discurso en imágenes coinciden en el mismo encuadre como toma de postura política: la quietud como fuerza de tensión entre la naturaleza masculina tradicional (egocéntrica, activa, erotizante) y la femenina (entregada, pasiva, erotizada). Esta dicotomía se rompe en la tercera parte, cuando Julie llega a casa de una chica cuyos antecedentes se desconocen, puede que incluso sea la destinataria de la carta escrita al principio... y es que Akerman concentra la escasa información en un hilo argumental minúsculo, que oculta más que muestra y que invita a ser desentrañado. Tras una conversación (esta vez sí) entre las dos mujeres, Julie adopta un papel proactivo y mantiene sexo con su amiga, interpretada por Claire Wauthion, en una escena explícita y prolongada que no contiene, sin embargo, una finalidad voyeurista. Se trata de asistir a la reactivación de Julie como sujeto que se manifiesta a través del cuerpo en movimiento, una actitud consustancial a la vida.

Todo esto no son más que posibles lecturas de la película, acaso conjeturas. Porque en realidad, Chantal Akerman realiza Yo, tú, él, ella sin ninguna pretensión, a partir de un relato ideado seis años atrás, con el objeto de sumar rápidamente otro título a su hasta entonces corta trayectoria. La meta es optar a una subvención del gobierno belga que le permita acometer su siguiente gran proyecto: Jeanne Dielman, 23, quai du Commerce, 1080 Bruxelles. A pesar de la premura y del exiguo presupuesto (o puede que gracias a ello), Yo, tú, él, ella se revela como un apunte naturalista sobre la consecución del deseo, un ejercicio experimental valiente y desprejuiciado que, contra todo pronóstico, obtiene reconocimiento en los circuitos especializados y concita el culto de generaciones venideras.

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MAMÁ NEGRA, MAMÁ BLANCA. "Black mama, white mama" 1973, Eddie Romero

El final del código Hays a finales de los años sesenta provoca la proliferación de títulos independientes de diversos géneros que son condimentados con abundantes dosis de erotismo y violencia, una amalgama de películas baratas encaminadas a satisfacer las bajas pasiones del público de sesión doble. Hay ciertas características comunes que vienen heredadas de la serie B de los cincuenta (son producciones muy precarias de corta duración y sin estrellas en el reparto) que se adaptan a los nuevos tiempos y sirven como bálsamo para la clase obrera, a la vez que son reivindicadas por los movimientos alternativos y contraculturales que emergen en las grandes urbes. Mamá negra, mamá blanca encaja perfectamente en esta categoría de películas, denominadas cine de explotación, muchas de las cuales encuentran cobijo en el estudio American International Productions.

Uno de los directores que se especializan en este campo es el filipino Eddie Romero, quien logra realizar su tercera producción norteamericana juntando a dos iconos como Pam Grier y Margaret Markov. Ellas encarnan a la mamá negra y la mamá blanca que dan nombre al film, una derivación argumental de The Hot Box que los guionistas Joe Viola y Jonathan Demme idean un año antes. El escenario vuelve a situarse en el libidinoso mundo de las cárceles de mujeres, de donde escapan las dos protagonistas unidas por una cadena. Romero toma como referencia The Defiant Ones, thriller social que Stanley Kramer dirige en 1958 en el que dos fugitivos con distinto color de piel se evaden atrapados por los grilletes y por sus propios prejuicios. La carga política desaparece de Mamá negra, mamá blanca para centrarse en la acción, una huida incesante del grupo de perseguidores formado por agentes de la ley, matones a sueldo y oficiales corruptos, a los que se suma un grupo de guerrilleros revolucionarios para completar la curiosa fauna que habita en esta historia rocambolesca. Todos los personajes están definidos por el exceso y la sátira de los modelos que suelen poblar las películas ambientadas en la frontera de México, aunque el rodaje se localice en Filipinas. Nada importan las incoherencias geográficas porque esta película reside en su propio planeta, que es el de la diversión.

Para disfrutar de un artefacto como Mamá negra, mamá blanca conviene dejar a un lado los puritanismos, los análisis sesudos y la búsqueda de un buen acabado técnico (al que no se le puede reprochar un ritmo muy ajustado a la narración, gracias a la planificación y el montaje). Eddie Romero diseña un entretenimiento perfecto para espectadores sin complejos, que reconocerán la huella de esta película en la obra de cineastas postmodernos como Tarantino o los hermanos Coen. Se trata, en suma, de una joya en su género, que logra extraer oro del escaso presupuesto y que fija en la memoria una de las parejas protagonistas más fascinantes de aquella década.

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EL SEÑOR DE LAS MOSCAS. "Lord of the flies" Peter Brook, 1963

Peter Brook inicia su trayectoria en el cine siendo ya un dramaturgo reconocido, fruto de su interés por aunar diversas disciplinas artísticas. Para su tercer largometraje decide adaptar El señor de las moscas, novela de William Golding que con apenas una década de publicación era considerada una referencia de la literatura de posguerra. Para ello, el director británico se desplaza durante cuatro semanas hasta una isla de Puerto Rico, con un presupuesto muy ajustado y un buen número de chicos, entre los cuales no hay actores profesionales. Lo que busca Brook es el realismo y la inmediatez propias del free cinema, movimiento entonces en auge del que adopta sus formas, además de cierto espíritu contestatario.

La historia que cuenta El señor de las moscas es de sobra conocida: un grupo de jóvenes se ve obligado a sobrevivir en una isla desierta tras sufrir un accidente de avión, una circunstancia que les hace extraer lo mejor y lo peor de la condición humana. Una alegoría que Brook sintetiza al máximo ya desde la escritura del guion, hasta casi hacer desaparecer mucha de la simbología contenida en el texto original para conservar solo lo básico. Es verdad que Golding desarrollaba conceptos esenciales en cuanto al bien y el mal, la democracia y la dictadura, la razón y la fuerza... representados en las dos facciones en las que se divide el grupo de personajes. También hay elementos que juegan con lo sobrenatural (la bestia que imaginan oculta en la isla) y aspectos de índole ideológica, filosófica y religiosa. Brook aborda todas estas cuestiones de manera superficial para que el conjunto encaje dentro del formato estándar de noventa minutos de duración, haciendo una labor de síntesis que, en ocasiones, puede resultar extrema, hasta el punto de provocar incoherencias en la narración. Sirva como ejemplo la disidencia final y la posterior soledad del personaje de Jack, el antagonista, quien de pronto se ve rodeado de acólitos sin que se sepa el momento ni el motivo de que estos hayan decidido unirse a él.

Más allá de los problemas argumentales, lo que subyace en El señor de las moscas es el ímpetu de Brook por experimentar fuera de los caminos trillados. Su cine funciona como un complemento a su obra teatral y es una extensión del banco de pruebas que comienza en el escenario, lo que hace que sus películas resulten estimulantes, aunque puedan ser imperfectas. Esta lo es. Brook se fija en las innovaciones que estaban llevando a cabo sus coetáneos del free cinema (iluminación natural, cámara dinámica, montaje discontinuo) en favor de un mayor verismo, si bien el acabado se antoja a veces algo tosco e incluso amateur. Hay desequilibrios en el ritmo, planos que desaprovechan el potencial dramático de determinadas situaciones y una técnica bastante pobre, no en términos de producción sino de incapacidad de aprovechar los recursos de la imagen y el sonido con los que se cuenta. Puede que precisamente por todo esto, El señor de las moscas luzca una apariencia de espontaneidad que se convierte en un aliciente a ojos del espectador, porque proporciona la sensación de estar asistiendo a una película en construcción, que trata de definirse según avanzan las escenas.

Hay excepciones a destacar y algunos momentos brillantes: la secuencia de la catarsis nocturna, determinados travellings de seguimiento y primeros planos muy poderosos... Brook hace de la necesidad, virtud, y contrarresta las carencias financieras con un estilo documental que potencia la fotografía en blanco y negro. Es cierto que en su afán por dejar claro su mensaje, El señor de las moscas incurre en obviedades que bordean la doctrina, queriendo subrayar la lección. Es el reto que plantean las alegorías: si no hay sutileza, es fácil caer en moralejas tan obvias que, aunque sean justas, pueden parecer ingenuas. Por eso conviene considerar este film como el producto de una época necesitada de referencias, que sirvió a Peter Brook para seguir explorando el lenguaje cinematográfico de manera autodidacta y algo torpe pero que consigue, no obstante, atrapar la mirada.

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ELS ENCANTATS. 2022, Elena Trapé

Dentro de un tiempo, bastará que los analistas y los estudiosos contemplen el cine del presente para entender muchas de las inquietudes de nuestra sociedad. Sobre todo en lo tocante a las diversas realidades femeninas, dado el creciente número de películas dirigidas por mujeres que abordan sus propias problemáticas y las sitúan en el contexto actual. Así lo demuestran títulos como Cinco lobitos, La maternal, El agua o Las chicas están bien, a los que se suma Els encantats, tercer largometraje de ficción de Elena Trapé. La directora narra tres días en la vida de Irene, una treintañera recién separada que sufre por primera vez las incertidumbres de la custodia compartida, lo cual le sirve también para afrontar sus heridas internas.

La película comienza en Barcelona, donde la protagonista despide a su hija para dejarla con el padre, en una secuencia filmada en un solo plano que es un prodigio de interpretación y puesta en escena. Laia Costa hace suya la intimidad de Irene y la trasluce en la mirada y los gestos, con un dominio de la voz y los recursos físicos que la sitúan entre las mejores actrices de su generación. Ella sostiene la película con naturalidad y sin aspavientos, en consonancia con el tono desarrollado por Trapé, quien acierta casi siempre en el punto de vista (hay excepciones arbitrarias, como situar la cámara dentro del coche mientras Irene y Eric se alejan por el monte). La acción de Els encantats se traslada luego hasta un pequeño pueblo del Pirineo catalán, y allí también hay un largo movimiento de cámara que recorre el nuevo escenario doméstico de Irene, una panorámica que describe el refugio en el que ella busca recuperar la seguridad perdida. Pero la belleza del paisaje y las antiguas amistades no son suficientes para aliviar el dolor, ni siquiera el placebo de un nuevo ligue ante el que renuncia a la función de cuidadora. Trapé tiene la habilidad de no caer en los discursos evidentes ni en querer dejar claras sus intenciones fuera de los recursos cinematográficos, mediante la imagen y el sonido. La única salvedad es el plano final de Irene explicándose al teléfono, un momento de intenso dramatismo en el que la palabra se erige como herramienta expresiva y como catarsis para cerrar el film arrojando al espectador la angustia existencial de la protagonista, que es la misma que la de tantas personas en situaciones similares.

Els encantats tiene, por lo tanto, la virtud de hablar de un presente reconocible. Es cine oportuno y no oportunista, cine que observa la realidad y la proyecta demostrando respeto por el público. Cine de ahora que nos explicará mañana.

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EL ASESINO. "The killer" 2023, David Fincher

David Fincher es un explorador de los rincones oscuros de la condición humana, lo demuestran títulos como El club de la lucha, Zodiac o Perdida. Esta fijación en los temas se une a la perfección técnica de un cine muy sofisticado, que estimula las emociones mediante el empleo hábil de los recursos audiovisuales. Un buen ejemplo es El asesino, adaptación del cómic de Alexis Nolent que supone el reencuentro en el largometraje del director con el guionista Andrew Kevin Walker, tres décadas después de Seven. Por eso, la película tiene algo de recuperación de las esencias de Fincher, ahora diversificado en proyectos para la televisión y en saldar cuentas pendientes como la realización de Mank.

En El asesino, el cineasta norteamericano aborda el personaje del homicida profesional de alto standing que se ocupa de objetivos caros y es extremadamente meticuloso en sus procedimientos, hasta que comete un error que sacudirá su vida estructurada. El protagonista está encarnado con estoicismo por Michael Fassbender, a la manera del modelo fijado por Alain Delon en Le Samouraï. Es decir: gesto hierático, movimientos calculados y un mundo interior que solo se percibe, de cuando en cuando, en la mirada. La caracterización termina por definir el personaje, quien adopta la apariencia de un turista alemán porque, como él mismo explica: "Nadie quiere acercarse a un turista alemán". La primera parte de la película está narrada mediante su voz en off, un discurso torrencial que se interrumpe cuando escucha canciones de los Smiths y que contrarresta la fría determinación de sus actos. Luego, la quietud da paso al movimiento en un recorrido incesante por seis lugares del mundo, cada uno correspondiente a los capítulos en los que se divide el film.

La acción y los diálogos se reparten importancia en el desarrollo de las situaciones, que fluyen con el ritmo que imprime el montaje de Kirk Baxter, colaborador habitual de Fincher durante los últimos quince años. También repite el director de fotografía Erik Messerschmidt, responsable de que las imágenes de El asesino tengan una fuerte personalidad en cuanto a la paleta de colores de los diferentes escenarios, así como la luz y las sombras con las que se suceden las escenas diurnas y nocturnas. Se trata de una historia muy marcada por la estética, pero también por el diseño sonoro de Ren Klyce, otro de los artífices de que el cine de Fincher haya adquirido una identidad reconocible. La dimensión acústica de El asesino está llena de matices que distinguen los conceptos de profundidad y de escala, al igual que hace la cámara. Por eso conviene ver la película con los ojos y los oídos bien abiertos, ya que el argumento en sí resulta sencillo y la atención se deposita en los detalles, con proliferación de planos cortos a nivel visual y sonoro.

En suma, David Fincher demuestra mantener la energía en este thriller cuyos estallidos de violencia rompen la contención del protagonista, un Fassbender plenamente implicado con el papel que interpreta. El asesino es un elaborado ejercicio de estilo que sostiene el interés en todo momento y que contiene algunas secuencias memorables, como la conversación con el personaje de Tilda Swinton. El conjunto es menos aparatoso que otros títulos del autor y, tal vez por ello, resulta más contundente y sintético a la hora de cumplir sus propósitos.

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DELIVERANCE. 1972, John Boorman

En los años setenta hubo una generación de cineastas que cruzaron el Atlántico desde el Reino Unido para contribuir al asentamiento del nuevo Hollywood. Entre ellos estaban John Schlesinger, Alan Parker o John Boorman, quienes incorporaron sobre el terreno una mirada libre de prejuicios y de condicionantes culturales, sociales y políticos. Así surgieron títulos arriesgados como Midnight Cowboy, Midnight Express o Deliverance, mazazos a las conciencias biempensantes que aún no habían restañado las heridas del caso Watergate y la guerra en Vietnam.

Resulta curioso comprobar cómo estos temas están presentes en muchas películas de la época sin que lleguen a aparecer en pantalla, quedando implícitos en la atmósfera y en la actitud de los personajes. Basta ver The Visitors, Dog Day Afternoon o Taxi Driver para darse cuenta de ello, y muy especialmente en Deliverance, una parábola amarga y desencantada que cuestiona los modelos de masculinidad tradicionales sometiéndolos a una situación de supervivencia. James Dickey adapta el guion de su propia novela situada en escenarios naturales de Georgia, un entorno boscoso a punto de ser inundado por la construcción de una presa. Hasta allí se trasladan cuatro urbanitas que pretenden hacer un último descenso en canoa por el río que cruza la región, la conquista del mundo salvaje antes de que desaparezca, sin imaginar que su arrogancia y ambición chocarán con la hostilidad de los lugareños. Cada uno de los protagonistas representa un modelo diferente de personalidad, desde el macho autosuficiente encarnado por Burt Reynolds hasta el padre de familia sensato y precavido que interpreta Jon Voight, pasando por el campechano hombre de la calle y por el intelecto creativo, ambos con los rostros de Ned Beatty y Ronny Cox. Es muy revelador asistir al comportamiento de estos cuatro caracteres distintos y a la lectura psicológica que permite que el relato de aventuras trascienda y gane profundidad hasta la llegada del tercer acto, cuando los sobrevivientes deben enfrentarse a las consecuencias de lo sucedido. El único problema de Boorman es que cae en ciertas evidencias (el personaje de Reynolds es el más estereotipado), sobre todo a la hora de caracterizar a la población rural, unos rednecks tan exagerados que bordean la caricatura.

En todo lo demás, Deliverance resulta compacta y rotunda. Boorman demuestra saber filmar la cinética de las acciones y la tensión creciente a través de la planificación y el montaje, puesto que la película contiene largos momentos sin diálogo. Hay imágenes poderosas (el traslado a hombros del primer cadáver) y un trabajo depurado en cuanto al establecimiento de miradas y de relaciones entre los personajes, además de un empleo muy acertado del zoom. Las imágenes y los sonidos conducen la narración con destreza, solo cabe lamentar lo ineficaz de la técnica de la noche americana en la secuencia del ascenso por el desfiladero del personaje de Voight, la única salvedad que se le puede poner a la fotografía casi perfecta de Vilmos Zsigmond. La luz del sureste de los Estados Unidos atraviesa este cuadro gótico americano que completa la música de Eric Weissberg, un conjunto donde conviven la crueldad humana y la belleza de los paisajes. John Boorman resuelve con habilidad la dicotomía entre la fascinación y el espanto que genera Deliverance, uno de los largometrajes más memorables de su desigual trayectoria y el primero que él mismo produce, bajo el auspicio del estudio Warner Bros. La película logró calar en el inconsciente del público, ya que muchos espectadores se dejaron arrastrar por el impacto de la propuesta sin sospechar que estaban identificando los demonios colectivos que habitaban aquella década convulsa de ficciones apasionadas.

A continuación, el tema más recordado de los compuestos e interpretados por Weissberg para la banda sonora del film. Una exhibición de virtuosismo con el banjo, que contribuyó a expandir por todo el mundo el reconocimiento de este instrumento propio del folklore. Relájense y disfruten:

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REWIND & PLAY. 2022, Alain Gomis

Algunas veces, el mejor cine se encuentra donde menos se espera. Por ejemplo, en las grabaciones de un programa musical emitido en 1969 en la televisión francesa. El pianista y compositor Thelonious Monk termina en París su gira europea y es invitado a participar en Jazz portrait para interpretar unos temas en directo y someterse a una entrevista. En aquellos tiempos, pocos artistas negros viajaban en compañía de representantes o asistentes personales, por lo que Monk se enfrentaba solo a las vicisitudes de cada escenario únicamente con el respaldo de Nellie, su mujer. Ella fue el soporte del carácter singular de su marido, un comportamiento que todos consideraban extravagante sin saber que ocultaba los síntomas de una enfermedad mental que nadie sabía diagnosticar a ciencia cierta y que le conduciría por un laberinto de fármacos y medicaciones fallidas. Nada de esto se explica en el documental Rewind & Play (salvo una breve aparición de Nellie al principio, tras aterrizar en la ciudad), pero todo está implícito en las imágenes encontradas por Alain Gomis, director franco-senegalés que decidió recuperar el material íntegro del viejo programa para resignificar la historia de Monk a través del montaje.

Lo que muestra la película son tomas descartadas del intento de conversación que sostuvo Henri Renaud, el conductor del programa, con un Monk dubitativo que no sabe dar respuestas coherentes a lo que se le pregunta. El entrevistador mantiene en todo momento una actitud desdeñosa e insolidaria producto de la frustración, ya que no obtiene la charla deseada que le permita brillar frente a la cámara. La mirada perdida de Monk flota en planos muy cortos que tratan de escudriñar qué hay detrás de ese gesto quebradizo y sudoroso, a punto de desmoronarse, que solo se concentra cuando toca en solitario Crepuscule with Nellie, Monk's Mood, 'Round Midnight o alguna de sus otras piezas maestras.

Rewind & Play pertenece al género de películas de metraje encontrado que se construyen y adquieren sentido mediante la edición de imágenes y sonidos. Gomis expresa las intenciones del film de manera cauta y sutil, sin estridencias (hay apenas algunos efectos sonoros añadidos) dejando las conclusiones en manos del público. Su intervención se basa en seleccionar y distribuir los elementos en el montaje para que el espectador entienda con facilidad el relato de vulnerabilidad y egolatría que enfrenta a los dos protagonistas. Todo ello esquivando los subrayados, el dramatismo fácil y los demás trucos ajenos a la esencia del lenguaje cinematográfico, que no necesita ser explicado más que en su propia naturaleza audiovisual. Un ejercicio de representatividad que debería ser visto no solo en las escuelas de cine, también en las de periodismo.

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SABEN AQUELL. 2023, David Trueba

El cómico Eugenio ha vuelto a cobrar vigencia en los últimos tiempos a través de un documental homónimo y un par de libros escritos por su hijo, Gerard Jofra. Material que sirve como base para la primera ficción que retrata a esta peculiar figura del espectáculo popularizada en los años ochenta, década en la que Eugenio suponía una excepción por su estilo y puesta en escena. Saben aquell toma por título la frase característica que daba arranque a sus chistes, a la vez que invita al público a rememorar la historia individual de Eugenio y el relato colectivo de un país recién salido de la dictadura. David Trueba escribe el guion junto a Albert Espinosa y dirige la película centrándose en la relación de Eugenio y Conchita, su primera mujer. Se trata de la etapa inicial en la carrera artística del protagonista hasta que alcanza la fama y ella sufre las consecuencias del cáncer, por lo que el relato finaliza justo cuando llegan las sombras a la vida del personaje del que, por otro lado, se conoce bastante poco de su persona.

Esta dualidad entre lo público y lo privado es representada por Trueba siguiendo las convenciones del biopic, no en su mejor acepción: Saben aquell es esquemática en el desarrollo del argumento y demasiado enunciativa, una biografía autorizada que acaricia la epidermis sin llegar a atravesarla. Se nota en exceso que Trueba ha recibido el encargo de dirigir la película porque el resultado es frío e impersonal, si bien es verdad que el protagonista contiene dificultades para aproximarse a él. Su carácter retraído y la escasa información con la que se cuenta son una barrera a saltar, por eso tal vez se hubiera requerido un abordaje con más músculo y garra. En cambio, la planificación de Saben aquell es algo aséptica e incluso tiende al lenguaje televisivo, con muy pocas imágenes que justifiquen verla en pantalla grande. No es cuestión de espectacularidad ni de sofisticación estética, sino de articular los elementos visuales y sonoros para provocar emociones sin que estas sean explicadas mediante el diálogo o la literalidad de las acciones.

Aun así, hay aspectos que se deben destacar del film, como la interpretación de los actores David Verdaguer y Carolina Yuste, ambos muy convincentes. También es reseñable la naturalidad con la que el guion va diseminando en las conversaciones la génesis de algunos chistes muy conocidos. Hay momentos plenamente afinados (el descubrimiento de Conchita del éxito de su marido) y otros disonantes (la hemodiálisis), además de incongruencias que no terminan nunca de entenderse (el talento repentino de Eugenio para el dibujo). David Trueba ha demostrado en diversas ocasiones su habilidad para dotar de humanidad a la comedia, sin embargo, Saben aquell adolece de la energía necesaria para que la historia fluya con autonomía cinematográfica, sin las ataduras que supone estar "basada en hechos reales" y los esfuerzos invertidos en la producción por recrear la época. Tal vez un poco más de riesgo y un poco menos de complacencia hubieran aportado entidad a este proyecto que se antoja enlatado y en conserva.

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MOUCHETTE. 1967, Robert Bresson

Buena parte de la filmografía de Robert Bresson tiene un origen literario, ya sea de modo explícito mediante adaptaciones declaradas o de modo implícito, tomando como inspiración textos de diversa índole. Uno de los escritores que revisita es Georges Bernanos, a quien Bresson lleva al cine en 1951 con Diario de un cura rural y al que, dieciséis años después, vuelve con Mouchette. Para entonces, el director es ya un veterano con un estilo plenamente reconocible que admite pocas comparaciones. Se adivinan rasgos de Epstein y en especial de Dreyer, aunque la mayoría de sus influencias provienen de la música y la pintura, lo cual dota a sus películas de una cualidad abstracta fruto de la síntesis y la depuración de elementos. Este rigor formal ha granjeado a Bresson las calificaciones de cineasta ascético, trascendente, espiritual... y demás adjetivos que pueden hacer temblar al público que se acerque por primera vez a su obra. Por eso conviene despojarse de solemnidades y adentrarse en el universo bressoniano con la sencillez que sus películas demandan, ya que se podrían considerar piezas de orfebrería cinematográfica en las que la historia pierde importancia en favor de la mirada con las que son contempladas. O dicho de otra manera: en el cine de Bresson, el lenguaje lo es todo.

Esto se aprecia claramente en Mouchette, quintaesencia de sus voluntades como artista y pensador. Teniendo en cuenta la implicación de la fe religiosa en sus películas, se puede ver el drama de la joven protagonista que da título al film como si se tratara de un Vía Crucis en el que participan los conceptos de la culpa, el perdón, la pureza y el pecado. Bresson establece también analogías y símbolos (la caza final de las liebres, como anticipación del destino de Mouchette, o el vestido regalado que le sirve de mortaja) para dar profundidad a la historia sin entorpecerla, tal y como corresponde a un director que rechaza cualquier exceso de emotividad. En Mouchette, Bresson vuelve a poner en práctica sus teorías relativas a la imagen y el sonido de lo que él designaba el cinematógrafo, en oposición al cine convencional e imperante. Hay mucha literatura publicada sobre su empleo del montaje constructivo, la relación de escalas y de ángulos de los planos, su duración, el uso del fuera de campo, la atención por los detalles, el silencio y los ruidos como herramientas expresivas... son cualidades muy estudiadas por generaciones de analistas y cinéfilos que han visto en Robert Bresson a uno de los autores por excelencia del panorama europeo del pasado siglo. Por eso no corresponde repetir ahora lo que ya está dicho y se considera una obviedad, puesto que el lenguaje de Bresson está plenamente codificado y atiende a un rigor que disminuye las posibilidades de interpretación. El hecho de que su obra no sea demasiado amplia (trece largometrajes) refuerza este carácter monolítico del cual Mouchette es uno de los mejores exponentes, una pieza precisa y rotunda dentro de un engranaje que funciona de forma minuciosa.

Aun así, se deben destacar algunas singularidades que hacen que el recuerdo de Mouchette perdure en el tiempo: el retrato colectivo de la crueldad de los habitantes del pueblo donde sucede la acción, siempre dispuestos a agredir a los más vulnerables. La deshumanización que expone Bresson encuentra el contrapunto en la niña protagonista, víctima por su condición de pobre. Como es habitual, el personaje está encarnado por una actriz no profesional (denominada modelo, según la terminología de Bresson) que no volverá a trabajar en el cine, Nadine Nortier. Sus movimientos, gestos y miradas sobrecogen por la frialdad con la que asume la situación del personaje, ampliando la desgracia personal en universal, ya que la película denuncia la corrupción moral que ejercen quienes detentan el poder sobre quienes no pueden defenderse. Todo ello sin sensacionalismo ni moralina, con la austeridad que caracteriza a Robert Bresson, cuyo legado se ha expandido en numerosos cineastas como Jim Jarmusch, Aki Kaurismäki o Jaime Rosales. También en Jean-Luc Godard, responsable en su día de hacer un particular anuncio de Mouchette que merece ser recuperado por su originalidad:

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EL CHICO Y LA GARZA. "Kimitachi wa dô ikiru ka" 2023, Hayao Miyazaki

A día de hoy, el estreno de una nueva película de Hayao Miyazaki adquiere la categoría de acontecimiento, más aun cuando el director había anunciado su retirada tras realizar El viento se levanta. Una década después llega El chico y la garza, adaptación libre del clásico de la literatura juvenil de Genzaburô Yoshino, que Miyazaki desborda de fantasía. Una vez más, se trata de una historia de maduración en la que un chico se adentra en un mundo irreal donde tendrá que superar grandes pruebas y aliviar sus traumas, una metáfora de las complicaciones a las que nos somete la vida, salvables con inteligencia y valor.

Es fácil establecer comparaciones con los argumentos de El viaje de Chihiro, El castillo en el cielo o Mi vecino Totoro, ya que Miyazaki incluye referencias a su propia obra a lo largo del metraje. Así, sus seguidores reconocerán las claves temáticas y de estilo desarrolladas durante tantos años, que le han convertido no solo en uno de los autores de animación más apreciados, también en uno de los cineastas más respetados por la constancia e integridad de su trabajo. Lo cual le ha permitido contar con un presupuesto muy amplio que él retribuye doblando la apuesta en imaginación y aventura, hasta el punto de que puede haber espectadores que terminen fatigados de todo cuanto sucede en la pantalla. Son dos horas que no dan tregua y apenas dejan lugar al sosiego, como si Miyazaki quisiera enfrentar sus ochenta y dos años con un despliegue de vigor que le emparenta con el muchacho protagonista.

La belleza visual de El chico y la garza luce tan deslumbrante como de costumbre. El torrente de imágenes sobre el que transcurre el relato proporciona placer a los ojos, pero también es muy estimulante en cuanto a la percepción (la escena inicial del incendio) o la relación entre el tiempo fílmico y el tiempo vivido (las ensoñaciones y espejismos). Es un lenguaje estético reconocible y a la vez capaz de renovarse en cada película con una energía inagotable. El primer acto del guion es el más sereno de los tres, con apuntes musicales por parte de Joe Hisaishi que van construyendo la atmósfera que se solidificará después.

En suma, cabe celebrar una película como El chico y la garza por diferentes motivos: por ser la despedida (está por ver) de un maestro del anime clásico que reivindica las técnicas tradicionales, por conseguir aglutinar buena parte de su filmografía sin agotarla, por mantener la capacidad de fundir la entelequia con la realidad, por el esplendor plástico... Hayao Miyazaki sigue fiel a sí mismo y cultiva imaginarios colectivos que nunca pierden vigencia, como los cuentos que se transmiten de generación en generación.

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LOS ASESINOS DE LA LUNA. "Killers of the flower moon" 2023, Martin Scorsese

La violencia es uno de los temas capitales en el cine de Martin Scorsese. Violencia ejercida en diferentes ámbitos y contextos, violencia con causas y consecuencias, violencia arraigada en la sociedad y la cultura de un país. Los asesinos de la luna describe un episodio negro de la historia de los Estados Unidos, el magnicidio de la comunidad nativa de los Osage durante los años veinte del siglo pasado por parte de blancos que quisieron apropiarse de sus tierras, una vez que se supo que contenían petróleo. Scorsese cuenta estos hechos como si se tratara de una de sus características películas de gánsteres, con las mismas relaciones entre los personajes y una estructura narrativa similar, si bien en esta ocasión atempera las acrobacias visuales y la cinética nerviosa en favor de un mayor clasicismo. Lo cual no quiere decir que el octogenario director se haya rendido a los imperativos de la edad, sino que sigue la senda de sus últimos trabajos (Silencio, El irlandés) despojados de cinismo y con una moralidad más transparente, menos ambigua. Otro rasgo que se aprecia en esta última etapa es la voluntad de trascender, de ofrecer títulos "que dejen poso", algo que ha sucedido siempre de manera natural en el cine de Scorsese pero que ahora se busca empleando artimañas un tanto cuestionables. ¿Cuándo se convierte el discurso en apología? ¿Qué valor tienen los ideales presentados como espectáculo? Los asesinos de la luna invita a reflexionar sobre algunas de estas cuestiones partiendo de los propósitos declarados por el cineasta de hacer una gran película, una obra con vocación de perdurar que trata de enmendar los errores del pasado a través del relato del presente.

No en vano, el propio Scorsese decide cerrar la película haciendo una breve intervención que, en casos similares, se suele solventar con un rótulo en la pantalla. Esta personalización del desenlace pretende ser un acto de justicia poética pero termina antojándose como un gesto autocomplaciente, que otorga el aplauso fácil al mea culpa colectivo. Más si cabe cuando el personaje principal de la película es un buscavidas rematadamente idiota que vive para complacer al poder encarnado en la figura de su tío, un terrateniente que conspira para adueñarse de los terrenos de la Nación Osage. Tal y como indica el título, Scorsese otorga el protagonismo a los verdugos mientras que las víctimas son el telón de fondo, unos convidados de piedra sin apenas profundidad humana que el guion reduce a la condición de mártires pasivos. Este es uno de los puntos más problemáticos de un film que se erige en reparador de agravios, y que marca distancias con el libro de David Grann adaptado por Eric Roth. Un texto perteneciente al género del ensayo periodístico que adopta el punto de vista de quienes realizaron las investigaciones para esclarecer los crímenes, los agentes del incipiente FBI. En la película, estos personajes irrumpen en el tercer acto para apostillar los comportamientos delictivos de los protagonistas, interpretados por dos de los actores fetiche del director, Leonardo DiCaprio y Robert De Niro. Ambos marcan el devenir de los acontecimientos con sus fuertes personalidades y asumen sus papeles de diferente manera: DiCaprio se muestra demasiado condicionado por la prótesis dental que lleva para transmitir un carácter explosivo, siempre en tensión, mientras que De Niro está mucho más matizado y reverdece los antiguos laureles que se creían marchitos. Cabe lamentar que nombres como los de Lily Gladstone (que da vida a la esposa nativa del personaje de DiCaprio) y Jesse Plemons (el oficial encargado de inspeccionar) estén desaprovechados y no puedan extraer el jugo que exigían sus personajes a causa de un guion descompensado, que deja de lado aspectos importantes de la narración (el nativo que resulta muerto y fue el primer marido de la protagonista, por ejemplo) a la vez que incide en detalles poco significativos (las reiteradas conversaciones de los matones).

Las debilidades narrativas de Los asesinos de la luna son producto de una falta de decantación que olvida la síntesis y se demora en desarrollar de manera innecesaria situaciones que no llegan a ninguna parte. Sin embargo, a pesar de las torpezas de guion, Scorsese consigue mantener la atención a lo largo de los doscientos minutos que dura el metraje, gracias al magnetismo de las imágenes. La fotografía de Rodrigo Prieto es bella, precisa y multiplica las virtudes de los apartados artísticos referidos al decorado, el vestuario y los demás elementos de época. Si bien en la película brillan algunos destellos que recuerdan al mejor Scorsese (como la introducción) es evidente que, en la última década, el estilo del director se ha ido diluyendo en un lenguaje cada vez más aséptico y plano, que articula las escenas empleando la fórmula tradicional de escalas y angulaciones de plano. No habría ninguna objeción si no fuera porque, en ocasiones, el significado de las imágenes que filma Scorsese funciona más por acumulación que por su capacidad para generar ideas por sí mismas, como si obedecieran a un transcurso mecánico de las acciones que poco tiene que ver con la inventiva de los viejos tiempos. Aun así, Los asesinos de la luna logra captar el interés y arroja luz sobre unos sucesos que hasta ahora habían permanecido en la sombra. Solo por eso merece la pena tenerla en cuenta, aunque hay otros motivos, entre ellos la música compuesta por Robbie Robertson poco antes de fallecer. A continuación pueden escuchar uno de los temas contenidos en la banda sonora, un blues que introduce instrumentos originales del folclore y que deja testimonio del enorme talento de su autor. Que lo disfruten.

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LA CARTA QUE NUNCA FUE ENVIADA. "Neotpravlennoye pismo" 1960, Mikhail Kalatozov

Tres años después de realizar su obra magna Cuando pasan las cigüeñas, Mikhail Kalatozov vuelve a narrar una gesta heroica que ensalza los valores de la revolución soviética, pero esta vez a pequeña escala, con mayor capacidad de síntesis y abstracción. La carta que nunca fue enviada se centra en un pequeño grupo de geólogos en busca de un yacimiento de diamantes en mitad de Siberia, una odisea a través de la taiga que parte de una historia escrita por Valeri Osipov. El hecho de que el drama afecte solo a cuatro personajes no resta épica al conjunto, puesto que la identificación con los padecimientos físicos y mentales que sufren los protagonistas es inmediata, gracias a la destreza del director y la entrega de los actores.

Kalatozov cuenta de nuevo con Tatyana Samojlova, actriz que sigue deslumbrando por su trasparencia para proyectar emociones. Tanto ella como sus compañeros de reparto superan la prueba que suponen los continuos primeros planos con los que el director iguala la importancia de los rostros con el paisaje. El contraste entre lo humano y lo terrenal, entre la cercanía y la amplitud, define la película. Es una decisión estética que toma forma mediante los emplazamientos de cámara y el montaje, pero es también una decisión ética, que cuestiona la magnitud del hombre ya desde la apertura del film, cuando la cámara se aleja volando y evidencia la insignificancia de los personajes en medio de la naturaleza.

La carta que nunca fue enviada constituye la tercera de las cuatro colaboraciones que Kalatozov realiza con el director de fotografía Sergei Urusevsky, un binomio que conjuga técnica y creatividad para generar imágenes que continúan siendo modernas todavía hoy, seis décadas después de haber sido filmadas. Es difícil no dejarse maravillar por el dinamismo y las angulaciones visuales, por los planos de seguimiento, la luz, la profundidad, las composiciones... y por el empleo del fuera de campo, ya que los actores miran en todo momento hacia puntos que permanecen fuera del encuadre y que el espectador imagina sin dificultad. Incluso determinados objetos como la estación de radio en el interior de la tienda de campaña adoptan presencia sin que lleguemos a verlos, por medio del sonido y la interpretación de los actores. Hay otros recursos ópticos (los flashbacks fundidos con el fuego, la aceleración de algunas acciones manipulando la velocidad de obturación) que están bien integrados en la narración y refuerzan el creciente conflicto psicológico que experimentan los protagonistas, víctimas no solo del entorno, también de sí mismos.

En suma, La carta que nunca fue enviada es uno de los más ilustres ejemplos de película de supervivencia, género capaz de convertir bellos espacios naturales en escenarios de pesadilla donde transcurren situaciones extremas. Es cine que apela directamente a los sentidos y que Mikhail Kalatozov depura en esencia, generando emociones intensas con los elementos mínimos. Cine genuino y en estado puro que depara gozosos momentos de sufrimiento (valga la paradoja).

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O CORNO. 2023, Jaione Camborda

O corno comienza y termina con sendas escenas de alumbramiento. Un círculo cuya línea atraviesa la frontera entre dos países y traza el camino de una mujer, María, a principios de los años setenta. Ella ayuda a dar a luz en un pequeño pueblo gallego donde los nacimientos se producen en casa y los abortos son clandestinos. Jaione Camborda rueda ambas situaciones haciendo coincidir el tiempo real con el tiempo fílmico, centrándose en los rostros mediante primeros planos. Lo importante no es la acción en sí, sino las reacciones que tanto se parecen: el miedo, la incertidumbre, el dolor. Porque O corno trata sobre el dolor y los diferentes tipos de violencia que padecen las mujeres, ya sea institucional, laboral o sexual.

María está interpretada por Janet Novás, bailarina y creadora que debuta como actriz en esta película en la que muestra su dominio de la expresión corporal. Su personaje no necesita demasiados diálogos porque lo dice todo con la mirada, es su vínculo con lo que le rodea y la herramienta que emplea la directora para trabajar con los símbolos. Sirvan como ejemplo los dos momentos en los que María mira desde la ventana la figura de mujeres a las que teme parecerse: una es una portuguesa madura que se aleja ahogada de alcohol y de nostalgia, otra es una prostituta que sale a buscarse la vida tras dejar a su hijo en casa. Camborda va sembrando el metraje de analogías, algunas sutiles y otras evidentes, que podrían saturar de signos la narración si no fuera por la austeridad dramática y la contención en el tono.

O corno supera el peligro de caer en el exceso gracias al lirismo seco y contundente que aplica Camborda, primero desde el guion y luego mediante la puesta en escena. La película posee una capacidad de sugerencia que invita a participar al espectador, sin dar nada por hecho: el pasado de la protagonista, su sentimiento de culpa, su transformación... son incógnitas que el público desvela mediante pistas diseminadas en la trama. También la imagen contribuye a ahondar, con decisiones visuales que inciden en el relato, encuadres precisos y un montaje cronométrico que firma Cristóbal Fernández. Basta contemplar la larga secuencia del parto que abre el film, contada en planos cortos en los que intervienen distintos personajes, cada uno con un nivel de relación. La luz íntima de este decorado interior contrasta con la luz exterior de las siguientes escenas, natural y norteña, un trabajo de fotografía de Rui Poças que se complejiza en las partes nocturnas.

Siendo una película de presupuesto modesto hecha en régimen de coproducción, O corno proporciona a Jaione Camborda su consagración como cineasta, después de dirigir tres largometrajes en apenas cuatro años. Una obra que evita los temas fáciles y que sitúa a la mujer en el centro, poniendo cuidado en los detalles y en el acabado formal. Pero sobre todo, logrando convertir en universal una historia de arraigo local, que tiene fuerza, carácter poético y eso tan extraño que llamamos misterio.

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