VARIETY. 1984, Bette Gordon

En 1981, la cineasta Bette Gordon ha adquirido notoriedad en los círculos de la vanguardia artística de Nueva York por sus experimentos visuales, primero en colaboración con James Benning y luego en solitario. Es entonces cuando realiza Anybody's woman, cortometraje que explora el deseo femenino en relación a la pornografía, filmado en una conocida sala X de la Tercera Avenida llamada Variety. Gordon aprovecha aquella experiencia y la desarrolla tres años después en el que será su debut largo en la ficción, una película que reúne a algunos de los creadores más insólitos de la escena alternativa de la ciudad: la escritora Kathy Acker, el músico John Lurie, el director de fotografía Tom Dicillo y la fotógrafa Nan Goldin, esta última haciendo de sí misma en un pequeño papel. La flor y nata del underground neoyorquino congregada en torno al Variety, local de exhibición que da nombre al film y que es más que un escenario, puesto que representa el espíritu que Gordon quiere invocar en las imágenes.

Un breve apunte sobre la historia de esta sala. El Variety Photoplays Theatre nació como uno de los muchos nickelodeones que participaron del floreciente negocio del cine a principios del siglo XX. Con el paso del tiempo, la decadencia que sufrió el barrio y la construcción en otras zonas de nuevos establecimientos adaptados a los formatos panorámicos relegaron al Variety al circuito de las películas más modestas, debido a sus limitaciones de espacio y su aforo reducido. Para sobrevivir a la crisis de competitividad con la televisión, el Variety cambió su programa en la década de los setenta por la serie B y el porno, convirtiéndose en refugio de encuentros homosexuales y en un antro que Scorsese dejará inmortalizado en Taxi Driver. Si bien la película captura el momento presente de la filmación, hay algo de la cronología anterior que se cuela en los fotogramas y que explica el proceso de deshumanización de una urbe que aliena a la protagonista, una joven en paro que acepta trabajar de taquillera en el Variety. Desde el interior de su minúscula urna de cristal observa a los clientes que acuden a aliviar sus soledades, hasta que establece relación con uno de ellos, distinto a los demás. Se trata de un hombre de negocios de dudosa legalidad, cuyos pasos ella sigue a escondidas por numerosos rincones, con una mezcla de curiosidad y fascinación.

La trama es extremadamente sencilla, casi una anécdota que sirve de excusa para contar lo que de verdad interesa a Gordon: el itinerario de auto-descubrimiento de una mujer y su reajuste de la realidad a través de la representación gráfica del sexo. Poco a poco, ella se va dejando arrastrar por el influjo de la pornografía, al principio mediante el sonido que le llega de la sala y después asomándose a las proyecciones y a las revistas que encuentra. Se apropia del relato erótico que antes la convertía en objeto de deseo de las miradas de los hombres y se vuelve sujeto proactivo, hasta la llegada de un desenlace que no sucede nunca. El final abierto de Variety está en consonancia con la narración minimalista que la directora mantiene durante todo el metraje, también en las formas, por medio de imágenes granuladas que transpiran inmediatez y veracidad. Hasta el punto de que el resultado tiene una estética de reportaje muy sugestiva, con una fotografía cruda y sin matices que traslada al espectador a aquella época y aquellas calles prescindiendo de los artificios propios de la ficción.  

Y es que más que ninguna otra cosa, Variety es un documental sobre una mujer ensimismada que practica el extrañamiento, una criatura que busca ocupar su lugar en el paisaje urbano y que adopta los rasgos de Sandy McLeod. Su recorrido por los bajos fondos es el motivo principal de esta película enigmática, que conserva intacta su condición de tótem del cine independiente.

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LATE NIGHT WITH THE DEVIL. 2023, Cameron Cairnes y Colin Cairnes

Los hermanos Cameron y Colin Cairnes retoman la premisa de su largometraje de 2016 Scare Campaign, en torno a la influencia de los medios de comunicación en la sociedad moderna y los abusos de la cultura del espectáculo para elaborar, siete años después, otra película de terror con un título suficientemente revelador: Late night with the devil. En ella siguen explorando los comportamientos humanos capaces de cualquier cosa por una imagen, esta vez por medio de la estilización revival de reproducir un programa televisivo de variedades de los setenta.

El film comienza con un montaje deslumbrante de ocho minutos que cuenta el auge y caída de un presentador que trata de ganar audiencia en la franja nocturna recurriendo a toda clase de artimañas, incluido explotar la enfermedad de su esposa. Un prólogo que da paso a la última de las emisiones, un especial de Halloween que simula ser recuperado junto a grabaciones hechas detrás de las bambalinas. Los Cairnes aplican la fórmula del found footage para establecer un juego entre la realidad y su simulación, o lo que es igual: la legitimidad que adquieren las mentiras cuando se reproducen en la pantalla. Un tema que, por fortuna, se aborda con humor y sin solemnidades. Los directores adoptan un tono desenfadado que se vuelve violento en las escenas que buscan inquietar al espectador, un contraste que demuestra habilidad para construir tensiones en ascenso y el manejo de expectativas.

Los cineastas se mimetizan con el objeto de su inspiración y emplean el lenguaje catódico, con todos los modismos propios del formato (pausas dramáticas, contrapuntos cómicos, reacciones del público) y los recursos técnicos de la época (zooms, cartelas de paso a publicidad). La decisión de mostrar el espectáculo en su integridad resulta un acierto ya que así, Late night with the devil escala el horror poniendo al descubierto su andamiaje narrativo y su naturaleza de grand guignol. Porque la película es, en sí misma, un enorme truco fabricado con pequeños ardides (el más evidente es la secuencia de la hipnosis), que conducen a un clímax simbólico para enmendar al protagonista, interpretado por David Dastmalchian. Tanto él como el reparto que le acompaña son producto de un casting acertadísimo que hacen que la película mantenga el interés en todo momento, puesto que predominan los planos medios y los primeros planos, de acuerdo a los clichés que se recrean.

Si bien los aciertos del conjunto quedan claros durante el metraje, lo cierto es que los Cairnes están a punto de descarrilar la película en la parte final, subrayando la evidencia del presentador que ha vendido su alma al diablo y logra vencerlo enfrentando sus temores internos. Un conflicto que se aprecia ya desde el inicio y que los directores remarcan dejando clara la analogía entre la fama y la pérdida de humanidad, poniéndose profundos mediante un desenlace que se sale del programa de televisión y entra en la psique del personaje. Aun así, Late night with the devil se sobrepone a la tentación de querer ser una película seria y se muestra como lo que es: un divertimento mordaz que se apoya en un guion ingenioso, unos actores con talento y un diseño artístico inspirado. En suma, un film sorprendente que sabe desarrollar unas premisas originales y que hace de la escasez, virtud.

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NOPE. 2022, Jordan Peele

Jordan Peele continúa explorando los terrores que habitan en el subconsciente colectivo, en esta ocasión a través de una amenaza llegada del espacio exterior. Nope es el tercer largometraje del director, productor y guionista, en el que vuelve a certificar su habilidad para trabajar las imágenes y para construir atmósferas de tensión, por primera vez en paisajes abiertos.

El escenario principal es un rancho en el sur de California dedicado a la doma de caballos, un negocio regentado por dos hermanos de caracteres opuestos que tratan de llenar el hueco dejado por el padre, muerto en extrañas circunstancias. La precaria situación de ambos parece poder cambiar cuando perciben que están siendo vigilados desde el cielo por una presencia que no es de este planeta, lo cual plantea el tema de la película, que es la mercantilización de cualquier fenómeno (incluida la tragedia) para convertirla en espectáculo y cómo la naturaleza se puede volver contra quienes pretenden dominarla. Una cuestión que Peele trata estableciendo dos líneas narrativas que avanzan en paralelo: por un lado está la historia de los hermanos interpretados por Daniel Kaluuya y Keke Palmer, y por otro está el ímpetu empresarial del personaje encarnado por Steven Yeun, el dueño de un parque de atracciones que en su infancia fue testigo del terrible suceso ocasionado por un chimpancé durante la grabación de un programa televisivo. Tanto el extraterrestre como el primate representan, en diferentes tiempos, a dos seres que se resisten a ser domesticados y que se rebelan contra la maquinaria capitalista de los humanos, un alegato por preservar lo salvaje que no queda del todo claro. Las dos historias que se cuentan en Nope no terminan de casar y los símbolos que se proyectan en sendas direcciones no confluyen, en perjuicio del mono asesino. De hecho, este segmento termina perdiendo interés hasta desaparecer en un momento determinado de la trama, lo que inclina el peso hacia la parte fantástica de la balanza.

La simpleza y la arbitrariedad del guion resultan impropias de alguien que se ha caracterizado en sus anteriores títulos (Déjame salir, Nosotros) por la originalidad y la elaboración dramática de sus propuestas. Sin embargo, Peele hace que el espectador se olvide de las debilidades del texto gracias a la fuerza visual que empuja la película como un torrente. El director demuestra virtuosismo a la hora de situar la cámara, componer los encuadres, vertebrar el movimiento, pensar el montaje... todo en favor del relato, sin alardes innecesarios. Los mejores instantes de Nope recuerdan, al menos en espíritu, al Spielberg de Encuentros en la tercera fase y Tiburón (en el segundo caso hay una equivalencia inmediata entre los personajes del marinero cazador de escualos y del cineasta cazador de imágenes). No en vano, Jordan Peele pone en escena una reivindicación cinematográfica de connotaciones históricas (con alusiones a Muybridge y al western clásico) y formales, mediante un lenguaje expresivo muy cuidado. A esto contribuye la fotografía siempre inspirada de su colaborador habitual Hoyte van Hoytema, capaz de sacar el máximo partido de las secuencias nocturnas y diurnas.

En definitiva, Nope no es destacable por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta. Es un ejercicio de estilo depurado y perfecto que incluye oportunamente dosis de humor para espantar los conatos de solemnidad que atenazan al cine de género de nuestros días. Algo muy de agradecer, que provoca que la película suponga un gozoso entretenimiento.

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MARIBEL Y LA EXTRAÑA FAMILIA. 1960, José María Forqué

En 1960, después de realizar algunos dramas y de contribuir al noir español de la época, José María Forqué regresa a la comedia adaptando una obra teatral recién estrenada con éxito, Maribel y la extraña familia. El libreto original de Miguel Mihura centra su comicidad en el contraste de dos mundos opuestos: la tradición provinciana frente a la modernidad de la urbe, lo que en términos morales sería: la pacatería frente a la concupiscencia. Ambos extremos están representados por una familia de empresarios provenientes de un pueblo de Zamora y por un cuarteto de alegres prostitutas que ejercen en Madrid, con Marcelino y Maribel como protagonistas. Él es un joven viudo propietario de una fábrica de chocolatinas al que pone cara Adolfo Marsillach, que en su ingenuidad se enamora ciegamente de una meretriz encarnada por Silvia Pinal, sin sospechar el oficio que ella desempeña. La posibilidad del matrimonio supone una oportunidad para cambiar de vida y un cúmulo de situaciones divertidas, primero en la ciudad y luego en el campo, basadas en la idiosincrasia de los personajes secundarios.

Siempre se ha dicho que uno de los principales valores de esta edad dorada del cine español reside en la calidad y en la variedad de los actores, buena parte de ellos procedentes del teatro. Lo cual se puede constatar en Maribel y la extraña familia, donde brillan desde las veteranas Julia Caba Alba y Guadalupe Muñoz Sampedro, hasta las más jóvenes Carmen Lozano, Gracita Morales y Trini Alonso. Todas ellas imprimen su personalidad y construyen, con unos pocos rasgos, el tono ágil y desenfadado del conjunto, valiéndose de recursos físicos y verbales para exprimir los diálogos al máximo.

El director logra que no se pierda ninguna de las cualidades de la obra en su paso a la pantalla, gracias a una puesta en escena eficaz y muy dinámica, que da importancia al movimiento interno del plano y al externo de la cámara, así como al montaje. Forqué pone cuidado en las imágenes y saca provecho de los escenarios, realzados por la fotografía en blanco y negro de José Fernández Aguayo. En suma, Maribel y la extraña familia es un ejemplo perfecto de comedia clásica con influencias de Lubitsch y La Cava, una producción de impecable acabado técnico que sabe dotar a la dramaturgia de verdadero sentido cinematográfico.

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VOLVERÉIS. 2024, Jonás Trueba

En tiempos en los que predominan la inmediatez y el cinismo, parece casi un acto revolucionario estrenar una película como Volveréis. Jonás Trueba recrea en los escenarios urbanos de Madrid el espíritu de aquellas comedias sofisticadas de Hollywood de los años 30 y 40 denominadas remarriage que consistían, a grandes rasgos, en la reconciliación de una pareja que encontraba motivos para separarse, pero no los suficientes para seguir viviendo el uno sin el otro (La pícara puritana, La costilla de Adán, Historias de Filadelfia). El guion escrito al alimón por el director y los dos actores principales, Itsaso Arana y Vito Sanz, gira en torno a la idea de que "las personas deberían celebrar cuando se separan, más que cuando deciden estar juntas". Una frase que proviene de Fernando Trueba, padre de Jonás, quien debuta como actor interpretando al padre de Arana... y es que Volveréis propone un juego de espejos entre la realidad y la ficción, a la vez que introduce una película dentro de otra, puesto que el oficio de la protagonista es el de directora y el material que está montando es la propia historia de su crisis sentimental.

Al principio, esta dislocación narrativa se contempla con extrañeza, hasta que el espectador la asume con naturalidad y se convierte en el gran hallazgo del film. No es el único. También hay un tono muy bien equilibrado entre el humor y el drama, personajes que rebosan humanidad, diálogos construidos con inteligencia y una puesta en escena que favorece el desarrollo de cada situación, mediante planos largos y movimientos sencillos que describen lo que está pasando sin manierismos, al estilo de Woody Allen. Por contra, hay recursos igual de eficaces que sí explicitan el artefacto cinematográfico, como la pantalla partida o el jump cut (atención al que muestra las diferentes reacciones del personaje de Fernando Trueba en primer plano). Además de Allen, hay alusiones a Bergman, Truffaut y otros nombres del pensamiento como Kierkegaard o Stanley Cavell. Trueba incluye en el metraje algunas referencias directas y otras muchas veladas, reconociendo las fuentes que le inspiran y compartiéndolas con el público, en un ejercicio de retroalimentación que hace que el visionado resulte muy estimulante.

Sin embargo, ninguna de estas menciones agrava el peso del conjunto, que tiene la virtud de la ligereza. Volveréis es divertida sin dejar de ofrecer reflexiones, es entretenida sin acelerar el ritmo más de lo necesario, y posee una envoltura visual que vuelve a contar con la fotografía de Santiago Racaj, capaz de capturar la luz cambiante de la ciudad en el final del verano. Jonás Trueba repite con colaboradores habituales como Marta Velasco en el montaje, Miguel Ángel Rebollo en la dirección artística y actores como Francesco Carril, dentro de un reparto sólido y armonizado. En suma, la familia de Los Ilusos Films al completo, en la que probablemente sea la película más redonda y compacta de las creadas hasta la fecha por esta pequeña productora que supone una fabulosa rareza en el panorama español.

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TRENQUE LAUQUEN. 2022, Laura Citarell

Es difícil hablar de Trenque Lauquen en términos estrictamente cinematográficos. El cuarto largometraje de Laura Citarell está cerca de la exploración narrativa y de la obra procesual ya desde el mismo planteamiento: una idea que surge de una atmósfera y de un lugar determinado (que da título al film) vinculado con la experiencia vital de la directora, un desarrollo de guion que mezcla historias y tiempos, un rodaje abierto a las circunstancias y a las evoluciones de los personajes, un montaje que transforma el sentido final del conjunto... todo ello dentro de un modelo de producción que favorece el estado creativo, al más puro estilo del El Pampero Cine.

Trenque Lauquen comienza con dos hombres de caracteres opuestos que viajan juntos en coche siguiendo el rastro de una mujer desaparecida. Aunque no se comportan como rivales, ambos han tenido a la vez relaciones sentimentales con ella. Poco a poco, sus indagaciones se mezclan con los recuerdos y con el idilio vivido por otra mujer un siglo atrás, lo cual va conformando una estructura de mise en abyme (una secuencia de relatos similares que incorpora ciertas variaciones). Esta forma de contar los hechos establece un juego de espejos situados en el pasado y en el presente, que se interrumpe en un momento preciso para dar paso a la segunda parte del film. Porque Trenque Lauquen se divide en dos películas que se refractan e incluso se repelen debido al cambio brusco de género: de la investigación romántica de la primera parte se pasa al fantástico psicológico de la segunda, una transformación asociada a los puntos de vista. La mirada de los dos hombres es sustituida por la de la mujer, decisión que emancipa a la protagonista interpretada con destreza por Laura Paredes. También se modifican las influencias que maneja Citarell, de La aventura de Antonioni a Twin Peaks de Lynch y Perdición de Wilder, para terminar con una evocación a Sin techo ni ley de Varda. La película va perdiendo literalidad según transcurre hasta convertirse en un enigma que desemboca en la fusión de Laura con el entorno natural, el anhelo de desaparecer, de no estar más que para ella misma. Entre medias está la puerta a esa otra dimensión que representa la ciudad argentina de Trenque Lauquen, y el conocimiento de mujeres relevantes que existieron (Aleksandra Kolontái, Lady Godiva) y que son inventadas (Carmen Zuma) en un diálogo en femenino que recorre el tiempo.

La directora materializa estas ramificaciones dramáticas mediante una puesta en escena concisa, que emplea fórmulas clásicas para los momentos de conversación (con planos y contraplanos) y suaves movimientos de cámara para los planos secuencia como el que abre el film, aprovechando la profundidad de campo. Por lo general, Citarell utiliza focales largas que remarcan el aislamiento de los personajes respecto al escenario, salvo en el desenlace, cuando Laura se reconoce en el paisaje y el formato de pantalla se vuelve panorámico. Es un recurso estético y expresivo de los que no abundan en Trenque Lauquen, ya que el tono formal resulta comedido, en contraste con las corrientes turbulentas que atraviesan la ficción. Laura Citarell sabe que tiene material sensible entre manos y se cuida de darle una envoltura sobria y muy cuidada, que cuenta con la fotografía de Yarara Rodríguez por tercera vez en su filmografía. No es la única que repite con la directora. Los demás profesionales que integran el equipo demuestran la confianza y la implicación que otorgan los años de proyectos compartidos: Miguel de Zuviría y Alejo Moguillansky en el montaje, Gabriel Chwojnik en la música, Mariano Llinás en la producción o la propia Laura Paredes, que compagina las labores de guionista y actriz, bien acompañada en el reparto por Ezequiel Pierri, Rafael Spregelburd y Elisa Carricajo. Nombres que concuerdan en la hazaña de sacar adelante esta película fascinante, hermosa y compleja como es Trenque Lauquen.

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I SAW THE TV GLOW. 2024, Jane Schoenbrun

Es un reto para cualquier cineasta del presente abordar la transversalidad y la liquidez de los diversos sistemas de comunicación que nos atraviesan. Al menos, de hacerlo con cierto rigor y sentido humanista, lejos del fetichismo por las nuevas tecnologías, el multiverso y sus derivados. Jane Schoenbrun lleva entregada a esta tarea desde sus comienzos, hace cerca de una década, trabajando en la producción, el guion y la dirección de distintos formatos: series, videoclips, cortos... I saw the TV glow es su segundo largometraje, en el que reflexiona sobre otra constante en su obra, la identidad como un campo de batalla donde dirimir cuestiones existenciales y de género.

En esta ocasión, Schoenbrun cuenta con el respaldo del estudio A24, que le proporciona el presupuesto suficiente para desarrollar el argumento que quiere contar con libertad y un alcance mayor que en anteriores veces. I saw the TV glow sigue siendo una película pequeña, casi íntima, con un rabioso espíritu independiente capaz de conectar con las inquietudes y las neuras del público adolescente. La generación que se ha quemado los ojos viendo series en Disney Channel y leyendo en Whattpad se verá reconocida en los protagonistas del film, interpretados por Justice Smith y Brigette Lundy-Paine. Dos jóvenes alienados que tratan de escapar de un entorno que les oprime refugiándose en la ficción de un serial titulado The Pink Opaque, en el cual proyectan sus anhelos de trascender y de realizarse a sí mismos. Argumentos parecidos a este los ha habido siempre, con chicos que se adentran en universos literarios (La historia interminable), en programas de televisión (Pleasantville) o en videojuegos (Starfighter). La originalidad de I saw the TV glow reside en su forma, ya que Schoenbrun crea un universo de habitaciones cerradas, gestos traspuestos y colores vivos que brillan en la oscuridad de la noche gracias a la fotografía de Eric Yue. La paleta cromática define la atmósfera dominada por los tonos violeta y azulados, una decisión que sublima la estética y la envuelve en un aire misterioso y mágico, semejante al ensueño.

La película está dotada de un estilo tan marcado que las imágenes no se pueden disociar de la trama, algo que empuja a Schoenbrun a cometer algunas temeridades. Por ejemplo, la ruptura de la cuarta pared o las bruscas elipsis de tiempo... sin duda, el riesgo más notable se encuentra en el tercer acto, cuando el personaje ya maduro encarnado por Smith sufre una decadencia demasiado impostada, que el maquillaje y la interpretación agravan. Este tramo hace tambalearse el conjunto que, hasta entonces, ha resuelto sus dificultades con imaginación, destreza y un comedimiento que se rompe solo al final. I saw the TV glow logra sobreponerse a esta catarsis dramática y se erige como una rara avis enigmática y fascinante, una osadía que resuelve muy bien su limitación de recursos y que sabe profundizar en la psique de un sector de espectadores que la pueden convertir en film de culto.

A continuación, el vídeo de la canción principal compuesta e interpretada por Sloppy Jane. Una pieza de pop etéreo que reproduce fielmente los sonidos de los noventa en los que se ambienta I saw the TV glow. Que lo disfruten:

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UN LUGAR EN EL CINE. 2008, Alberto Morais

El director, guionista y productor Alberto Morais se estrena en el cine con un documental que reflexiona sobre el propio medio, a través de testimonios de autores como Theo Angelopoulos, Víctor Erice o Tonino Guerra. Un lugar en el cine establece un diálogo entre el pasado y el presente para entender la experiencia cinematográfica a partir del neorrealismo de Roma città aperta. El recuerdo de Roberto Rossellini da comienzo al film y traza un eje simbólico con Pier Paolo Pasolini, ambos configuran los escenarios de la creación, de la vida y la muerte: la via Raimondo Montecuccoli en la que Anna Magnani caía abatida por los disparos nazis, el pueblo segoviano de Hoyuelos donde se filmó El espíritu de la colmena, la playa de Ostia en la que mataron a Pasolini... son los lugares en el cine a los que alude el título, espacios que Morais retrata en súper 16 mm. con serenidad y bajo la luz fría del invierno.

La película da protagonismo a la palabra pero también a las imágenes, hay una concordancia de ideas y de símbolos que resulta muy estimulante. El discurso que mantiene Morais en torno a la posición comprometida con su tiempo de ciertos directores, así como el ámbito que ocupa el cine en el devenir del público, son expuestos mediante meditaciones lúcidas y una planificación que busca la armonía en los encuadres y en el montaje. Morais da a las composiciones de los planos un valor casi espiritual, semejante a los paisajes metafísicos de Giorgio de Chirico, dejando que la mirada se recree y complete lo que expresan los protagonistas. Cada uno desde un sitio que les identifica y con una puesta en escena aparentemente sencilla que es, en verdad, fruto de la depuración de elementos estéticos. Un lugar en el cine tiene la virtud de conversar con el espectador y de ofrecer por igual respuestas y preguntas, con momentos memorables (Ninetto Davoli recreando un pasaje de Uccellacci e uccellini, o la canción escrita por Pasolini que entona Nico Naldini). En suma, se trata de una obra a la vez compleja, misteriosa y sencilla, como el comportamiento de un niño. La fabulosa carta de presentación de un director que en adelante dará pasos siempre interesantes dentro de la ficción, y que aquí debuta con un film-ensayo dotado de singularidad y belleza.

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EASY RIDERS, RAGING BULLS. 2003, Kenneth Bowser

En 1998, el periodista cinematográfico Peter Biskind publica Moteros tranquilos, toros salvajes, libro que narra el surgimiento y desarrollo del denominado nuevo Hollywood. Es decir: la camada de directores y productores que en los años setenta se colaron en la industria aprovechando las grietas abiertas por el declive del sistema de estudios, y experimentaron un modelo de hacer cine que priorizaba la visión del autor y la elección de temas controvertidos. Dentro de esta corriente militaron figuras hoy reconocidas como Scorsese, Coppola, Friedkin, Spielberg, Lucas... muchos de ellos no quedaron satisfechos con el retrato que ofrecía Biskind. Acusaban al escritor de recrearse en anécdotas personales que no contrastaba demasiado y en explotar los aspectos sensacionalistas de la historia, algo que se podía intuir leyendo el subtítulo del libro: "Cómo la generación del sexo, drogas y rock'n roll salvó Hollywood".

Apenas un lustro después, el documentalista Kenneth Bowser produce, escribe y dirige para la cadena británica BBC una adaptación homónima del original de Biskind. Se trata de una síntesis de las quinientas páginas del texto de partida, que Bowser resume en menos de dos horas conservando las virtudes y los defectos de su referente. El resultado es un documental que se ve con interés gracias al ritmo que imprime el montaje y al abundante material de archivo (fotografías, escenas de películas, grabaciones caseras y de rodaje). Hay un hilo narrativo que conduce la voz del actor William H. Macy y el testimonio de ciertos protagonistas que vivieron aquella época: Peter Bogdanovich, Dennis Hopper, Paul Schrader, Richard Dreyfuss... Sin embargo, Bowser no consigue convocar a algunos de los nombres principales que siguen en activo (Scorsese, Coppola, Spielberg, Lucas) y recurre a entrevistas grabadas por otros medios para completar la polifonía del discurso. La disconformidad con Biskind que sentían los aludidos termina pesando sobre el conjunto, al que se le puede achacar cierta falta de rigor en las informaciones que presenta, no porque sean falsas sino porque en ocasiones aparecen incompletas o contaminadas por la opinión... lo cual no es malo, siempre y cuando se muestren todos los puntos de vista y exista la posibilidad de replicar los argumentos que se exponen. En lugar de eso, Easy Riders, Raging Bulls opta por buscar la lectura más impactante de los hechos y construir un relato en el que manda el exceso. Una decisión que hace que la película sea divertida y emocionante, pero cuya credibilidad queda en entredicho.

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IS THE MAN WHO IS TALL HAPPY? 2013, Michel Gondry

En 2010, el lingüista y filósofo Noam Chomsky cumple ochenta y dos años en plenitud de facultades y con la agenda lo suficientemente ocupada para sobrellevar el fallecimiento de su primera mujer. Una circunstancia que despierta en Michel Gondry la idea de hacer una película que contenga su legado, un compendio de sus pensamientos y recuerdos extraídos durante varias entrevistas que el cineasta mantiene con Chomsky. Lo curioso es que, en lugar del documental convencional que cabría esperar, Gondry opta por la animación artesana con dibujos hechos por él mismo, lo cual confiere a Is the man who is tall happy? un aspecto muy singular, de gran belleza estética.

El hilo narrativo fluye a través de la conversación y divide la estructura en segmentos referidos al desarrollo del lenguaje, la comunicación, la ciencia, la enseñanza... la complejidad de algunos de estos temas es amortiguada por el dispositivo formal que Gondry pone en escena mediante diseños y colores que retrotraen al imaginario infantil. Tal y como defiende Chomsky, se trata de simplificar el discurso para llegar a la esencia de los razonamientos que los dos exponen desde puntos diferentes, uno en el papel de entrevistador y otro de entrevistado, si bien ambos coinciden en la búsqueda de respuestas. Ciertos momentos interesantes se producen, precisamente, cuando surgen desentendidos y es necesario clarificar algún concepto... y es que el film proporciona un buen número de reflexiones que a veces son difíciles de seguir. Por fortuna, las imágenes acuden al rescate y llenan la pantalla de estímulos visuales que logran aligerar el peso de las disertaciones, convirtiendo la película en un gozo para los ojos y para el intelecto.

Este diálogo entre lo que se representa y cómo se representa hace que Is the man who is tall happy? sea un feliz experimento capaz de hacer accesible la sabiduría de Noam Chomsky, por medio del cine de animación y de una cuidada selección de composiciones musicales de Howard Skempton. En definitiva, una nueva demostración de ingenio por parte de un autor casi siempre ingenioso como es Michel Gondry.

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THE BIKERIDERS. 2023, Jeff Nichols

Jeff Nichols es un cineasta que trata las grandes cuestiones humanas a través de historias familiares, enmarcadas en una Norteamérica lejos de la abundancia y la prosperidad. Son pequeñas tragedias clásicas que arrojan una visión crítica de los Estados Unidos en el pasado y en el presente, con un estilo que renuncia a los golpes de efecto y que deposita el peso dramático en los personajes. Estas señas de identidad se mantienen en The Bikeriders, segunda película de época del director tras Loving y la primera que realiza tomando como base un material ajeno.

La particularidad es que el libro que adapta Nichols no es una novela de ficción sino una obra fotoperiodística que Danny Lyon publicó en 1967 dentro de la corriente denominada nuevo documentalismo, consistente en la inmersión del artista en un ámbito particular para transmitir su implicación y compromiso con el tema. En este caso es el mundo de los bikeriders a los que alude el título, los motoristas de chopper que se agrupaban en bandas en la segunda mitad del siglo XX practicando códigos de conducta que les distinguían de los demás grupos sociales. Un ecosistema que el director aprovecha para hacer una representación de los modelos de masculinidad tradicional, con integrantes reconocibles: el jefe de la tribu (interpretado por Tom Hardy), el candidato llamado a sucederle (Austin Butler), la abnegada pareja (Jodie Comer) y una fauna variopinta de hombres que buscan su lugar en carreteras y bares de suburbio.

Cada uno de los personajes recorre un arco evolutivo que no concluye en un clímax concreto, como cabría esperar en cualquier relato convencional. Nichols conserva la estructura del libro matriz y reproduce las entrevistas que Lyon (encarnado por Mike Faist) realizó en especial a la única mujer relevante en la trama, el vértice femenino del triángulo que completan los dos protagonistas varones, haciendo que su punto de vista sea el que predomine en el conjunto. Es, por lo tanto, una mirada distante que observa a su alrededor con una mezcla de curiosidad, resignación y miedo. Al final se revela que solo ella es capaz de sacar sus proyectos adelante, con un primer plano digno de una película de terror, en el que se magnifica mediante un simple gesto el triunfo de haber domesticado la naturaleza salvaje de su compañero.

Estos y otros detalles ejemplifican la solvencia de Nichols a la hora de planificar las escenas y de vertebrar el montaje. En The Bikeriders no hay alardes ni una voluntad clara por dejar un sello de autor, tal y como sucede en sus anteriores films. Sí hay, en cambio, cierto afán porque las acciones resulten precisas y una narrativa que evita la profusión de imágenes que caracteriza buena parte del cine comercial, lo cual le ha valido a Nichols el apelativo de clásico. La composición de los encuadres y los movimientos de cámara siempre cuentan algo, evitando la gratuidad y buscando en ocasiones la intención expresiva (como en la conversación nocturna entre Benny y Johnny, lo más parecido a una escena de amor en todo el metraje). Algunas de las instantáneas de Lyon son recreadas en momentos precisos, aunque en vez del blanco y negro original, la fotografía de Adam Stone emplea colores y luces que retrotraen al tiempo en el que transcurre la historia y matizan la gramática visual que despliega Nichols con elegancia y detalle.

En suma, The Bikeriders viene a completar el paisaje profundo de los Estados Unidos que Jeff Nichols lleva trabajando desde hace casi dos décadas, con una perspectiva poco complaciente y personajes llenos de aristas. Aquí están muy bien interpretados por tres actores que remiten a nombres pretéritos (Marlon Brando, James Dean) entre otros en los que no falta Michael Shannon, talismán del director. Puede que esta sea la película más redonda de todas en las que han colaborado juntos, lo que tiene valor después de títulos tan notables como Take shelter o Mud.

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SHEBA, BABY. 1975, William Girdler

De la media docena de películas que Pam Grier protagonizó en los años setenta producidas por el estudio American International Pictures, posiblemente la menos inspirada sea Sheba, baby. El director y guionista William Girdler no estaba dotado de ningún talento especial, si bien sabía manejarse con presupuestos muy ajustados y en géneros destinados a satisfacer las bajas pasiones de un público sin exigencias artísticas. Esto se traduce en historias esquemáticas y en diálogos pobres, una planificación televisiva, montajes funcionales, interpretaciones poco convincentes... a pesar de todas sus deficiencias, Sheba, baby encuentra en Grier un motivo suficiente para captar la atención y hacer que la historia se siga con cierto interés.

La poderosa presencia de la actriz sostiene el conjunto y justifica cada decisión que adopta la trama. Por absurdas que estas puedan parecer (como la variedad del vestuario que luce su personaje, una investigadora que lucha contra los extorsionadores que asedian el negocio de su padre), todo obtiene justificación gracias al carisma de Grier. La cámara se recrea en sus evoluciones de manera vaga y un tanto tosca, ya que Sheba, baby carece de la sofisticación que hubiera requerido un argumento algo más trabajado. La amenaza que deberían suponer los gangsters queda anulada por el sentido del cartoon que Girdler imprime en casi todo momento, lo cual resta fuerza al thriller y al drama en favor de la comedia. Esta difícil mezcla pone en evidencia las limitaciones del director e invita al espectador a abandonarse a la contemplación de Grier y al disfrute de la banda sonora, integrada por composiciones de Alex Brown y Monk Higgins. Poco más se puede decir de esta película que reúne los clichés del blaxploitation (hampones horteras, policía ineficaz, tiroteos, erotismo blando, peleas de mujeres...) y que emplea diversas localizaciones de la ciudad de Louisville para desarrollar la acción. Pero por encima de lo demás, Sheba, baby aprovecha el entusiasmo que Pam Grier despertó en aquella década en la que ella se erigió como justa y orgullosa referencia.

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RETRATOS FANTASMAS. 2023, Kleber Mendonça Filho

Con el paso del tiempo, cineastas de diversas generaciones van dejando memoria de las extintas salas de proyección en diferentes sitios del mundo. Sirvan como ejemplo Víctor Erice en La morte rouge, Meritxell Soler y Julián Vázquez en Cine al fin, Omar A. Razzak en Paradiso, Wari Gálvez Rivas en Cines de vídeo... a este grupo se suma el brasileño Kleber Mendonça Filho y su película Retratos fantasmas, que escribe y dirige uniendo su capacidad para el documental y para la ficción. Ambas posibilidades de narrar juegan en la pantalla sin que medie ninguna diferencia y mezclando, al igual que en los ejemplos citados, la observación de los comportamientos del público, la experiencia particular, el ensayo de arquitectura y el análisis de la cultura popular a lo largo de las últimas décadas.

Estos y otros elementos construyen el armazón narrativo que Mendonça Filho levanta con fabulosa libertad, llegando a parecer en varios momentos que Retratos fantasmas navega a la deriva. Lo cierto es que la estructura argumental obedece a una profunda reflexión acerca del devenir histórico de Brasil en el siglo XX, con unas circunstancias políticas y sociales que han marcado a la familia del director y a sus conciudadanos en Recife, la capital del Estado de Pernambuco. El guion está dividido en tres partes que van de lo individual a lo colectivo, una galería de lugares y rostros que, como se indica en el título, han sido recuperados del pasado gracias al material de archivo. Son fotografías y grabaciones hechas en muchos casos por Mendonça Filho cuando era joven, puesto que todo está guiado por su personal punto de vista y su constante voz en off. La cercanía que desprende el relato deviene al final en una secuencia de tintes fantásticos en el interior de un taxi, la única en el metraje que se desarrolla mediante diálogo y que incide en la idea de la aparición/desaparición de lo físico. Hay más sorpresas contenidas en el film, además de referencias ajenas y propias (en especial a Sonidos de barrio, primer largometraje de ficción de Mendonça Filho), recreación histórica y confesiones íntimas, porque el autor entiende que la vida y el cine son indisociables.

En Retratos fantasmas hay una vocación de experimentar con lo visual a través del montaje y una intención estética que busca confundir lo real, lo inventado y lo filmado. La cámara se mueve en panorámicas que corrigen el encuadre como si se tratase de un ser vivo, un animal que se va fijando en determinadas cosas según avanza por el escenario. Hay una presencia tangible de los medios que capturan las imágenes, una pulsión inmediata que hace que el conjunto respire y reaccione a lo que acontece. Lo dice el propio Mendonça Filho en una de las escenas: "Cuando se junta lo mundano con la imagen cinematográfica es cuando surge la película".

En definitiva, Retratos fantasmas es una de las películas más estimulantes y hermosas que puedan verse hoy en día. Un ejercicio de libertad creativa que parte de lo singular para hablar de lo plural, y que demuestra el enorme grado de inspiración de su director, Kleber Mendonça Filho.

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LA ESTRELLA AZUL. 2023, Javier Macipe

Aunque el fenómeno venía de antes, en los últimos años han proliferado los biopics musicales a raíz del éxito en 2018 de Bohemian Rhapsody. Títulos como Rocketman, I wanna dance with somebody, Elvis, Back to black... coinciden en la fórmula del ascenso, caída y redención del artista torturado por sus demonios internos que consigue trascender gracias a su talento. La estrella azul sigue estos derroteros con la diferencia de que Javier Macipe, el guionista y director, evita la hagiografía y la moraleja aleccionadora tan comunes en los productos del mercado anglosajón. No es de extrañar: Macipe es aragonés, al igual que Mauricio Aznar, el músico al que retrata en su segundo largometraje tras haber realizado un buen número de cortos.

En La estrella azul se cuenta la escapada del compositor y cantante de la banda Más birras desde Zaragoza hasta la provincia de Santiago del Estero, en el norte de Argentina, en la década de los noventa. Una huida que Mauricio emprende de sí mismo, de su insatisfacción personal y de las adicciones, en busca de la autenticidad de los sonidos del folklore. Siguiendo la huella de Atahualpa Yupanqui se encuentra con Carlos Carabajal, el considerado padre de la chacarera, interpretado por su hermano Cuti, a su vez un artista de referencia dentro del género. La película adopta entonces la forma del relato de aprendizaje que no se constriñe al tema musical, sino que alcanza la lección de vida. A lo largo del metraje, Mauricio aprenderá a ser mejor persona, pero sin las consabidas monsergas bienintencionadas en las que se insiste en esta clase de historias. Macipe se esfuerza por mantener a raya los sentimientos (por ejemplo: la trama amorosa no se consuma más que con un baile) y hace de La estrella azul un ejercicio de contención que consigue involucrar al público guardando las distancias, valga la paradoja. ¿De qué modo? Mediante la práctica de la metaficción y de recursos expresivos que exploran el lenguaje cinematográfico. Hay varias escenas que lo ilustran: el comienzo en el que se muestra el propio guion, la aparición del equipo de rodaje, el supuesto casting de actores... Este juego entre verdad e invención ayuda, por un lado, a esquivar las convenciones del film "basado en hechos reales" y, por otro, a proponer al espectador una mirada abierta que le permite participar en lo que ve.

En cuanto a la gramática visual empleada por Macipe para favorecer dicho acercamiento, hay momentos suficientes a los que prestar atención. Algunos llamativos (el plano secuencia que salta de tiempo y de lugar desde la sala de conciertos hasta la casa donde vive Mauricio, o la elipsis en el cielo nocturno que concluye al amanecer) y otros detalles más sutiles, como la omisión del rostro de la madre en la conversación con el hijo poco antes de morir. La estrella azul está salpicada de estos y otros instantes sorprendentes que hacen avanzar el argumento con fluidez y sin que el artificio formal amortigüe la naturalidad que persigue la narración. El director logra una frescura y humanidad que se deben, en buena parte, a la acertada elección de actores. En especial de Pepe Lorente, quien resuelve con credibilidad su primer papel protagonista importante y hace que todo a su alrededor resulte veraz. Es lo mejor que se puede decir de una película que aspira a celebrar a los artistas relegados por la industria al plano secundario, aquellos que luchan por salir adelante sin vender a cambio su identidad. Mauricio Aznar cambió los oropeles del rock'n roll por una porción de honestidad en la sombra. Este homenaje emocionante y hermoso hecho por sus paisanos le rinde el tributo que merece.

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Ms. 45. 1981, Abel Ferrara

Abel Ferrara comienza su carrera durante la década de los setenta en la más absoluta independencia, filmando películas baratas en su Nueva York natal y rodeado de algunos antiguos amigos como Nicholas St. John, que será su guionista habitual en los siguientes años. Con él se inicia en el largometraje haciendo primero una película porno (9 lives of a wet pussy), después un slasher protagonizado por el mismo Ferrara (The driller killer) y, por fin, el film que llamará la atención de los cazadores de curiosidades: Ms. 45. Un thriller psicológico de serie B cuyas referencias abarcan los subgéneros de "violación y venganza" y el nunsploitation, sin olvidar a cineastas tan dispares como Alfred Hitchcock o Bo Arne Vibenius.

La trama cuenta las andanzas de una joven empleada en una empresa de moda de Manhattan. Se llama Thana y es muda, pero la verdadera discapacidad que padece es de relación con los demás. Un día es asaltada por dos individuos que abusan de ella en distintos momentos, dos ataques que la sumen en estado de shock y que tienen diferentes resultados: en el segundo de ellos, Thana logra defenderse y toma la pistola de su agresor para darle muerte. A partir de entonces, empleará el arma de calibre 45 que se alude en el título para iniciar una particular cruzada contra los hombres, valiéndose de su belleza para ajusticiar a adúlteros, proxenetas y machistas en general. El descenso por la espiral de la violencia que sigue la protagonista encarnada por Zoë Lund, va parejo a su deambular por la ciudad en imágenes casi documentales, que captan el latido de las calles.

El director de fotografía James Lemmo imprime un aire de realismo a las localizaciones exteriores que sitúa la película en su época. Una virtud que no siempre se repite en los interiores y que denota el carácter amateur de Ms. 45, si bien algunas de sus imperfecciones (las interpretaciones forzadas, el guion dubitativo, la tosca planificación) contribuyen a dar al conjunto una identidad especial, fresca y atractiva. Ferrara ensaya aquí su característico estilo de cine "a brochazos" y desata su ideario (sería más preciso decir su compulsionario) político y moral, donde batallan los conceptos de libertad individual, el sexo, la culpa, el pecado... todo agitado en una obra que mezcla la creación artística y la experiencia propia.

Ya desde el principio, la personalidad de Ferrara se impone al acabado formal y dota de iconicidad muchas de las imágenes. ¿Quién puede olvidar el primer plano de Thana bendiciendo con sus labios cada una de las balas con las que carga el revólver? ¿O el reparto en diversos rincones urbanos de las bolsas con los restos desmembrados de su primera víctima? Son instantes tan poderosos que hacen obviar las irregularidades de esta película hoy considerada de culto gracias, entre otros motivos, a la hipnótica presencia de Lund. Ella termina de dar sentido a un proyecto que carecía de él, su representación de Ms. 45 es la mejor posible y consigue que sus limitaciones como actriz se olviden en favor de su inquietante fisicidad. Solo por esta razón merece la pena recuperar este clásico del grindhouse de los ochenta.

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PERFECT DAYS. 2023, Wim Wenders

Casi cuarenta años después de Tokio-Ga, el director Wim Wenders regresa a la capital japonesa, esta vez con una película de ficción enteramente producida allí y con una mirada de reconocimiento y cercanía. Para ello, Wenders se acompaña en el guion de Takuma Takasaki, con quien describe la cotidianeidad de un empleado de limpieza de los servicios públicos de la ciudad, desde que se despierta al amanecer sobre el futón de su pequeño apartamento hasta que se acuesta de noche, tras un rato de lectura a la luz del flexo. Lo que ocurre entre medias es la rutina laboral y los momentos de ocio, repetidos día a día con algunas variaciones que introducen la sorpresa: una visita familiar, el encuentro con un enfermo que se está despidiendo de la vida... Perfect days trata del valor de las cosas sencillas y la relatividad de lo que se considera común y excepcional, relacionado con conceptos de la cultura oriental como Komorebi (la luz del sol que se filtra a través de las hojas de un árbol), Shibui (la belleza de la simplicidad) o Yūgen (las emociones derivadas de los misterios de la existencia).

Más allá de los localismos y la idiosincrasia nipona que luce el film, hay una vocación internacional que incluye referencias anglosajonas en la literatura y la música que disfruta Hirayama, el protagonista interpretado por Kôji Yakusho. De hecho, el título de Perfect days convierte en plural una de las canciones más recordadas de Lou Reed, que suena a lo largo del metraje junto a Patti Smith, Nina Simone o los Kinks, entre otros. Y no de cualquier manera: el personaje principal escucha cassettes durante sus recorridos en coche por la urbe, en una especie de resistencia analógica que le lleva también a revelar los carretes de fotografías que toma de la naturaleza en sus descansos para almorzar. Wenders hace así una reivindicación de las expresiones artísticas del pasado (las novelas que aparecen son del siglo XX) que explica la importancia que poseen los objetos tangibles y vividos, en contraposición a la fugacidad inmaterial que caracteriza el "consumo de contenidos" culturales del presente. Esta actitud declinista que vincula lo antiguo con lo bueno identifica a Hirayama sin demasiados argumentos, ya que se adivina poco de él, más que sus costumbres diarias: no se le conoce ideología, ni amistades, ni amores pretéritos. Parece estar enamorado de una mujer a la que no le dice nada, tal vez por temor a ser rechazado. No importa, porque lo que expresa Wenders en boca de Hirayama es "la próxima vez es la próxima vez, ahora es ahora".

Es una de las escasas frases de diálogo de Perfect days, ya que el desarrollo narrativo sucede de forma visual. La cámara siempre en mano sigue las acciones del personaje con una profusión de planos que hace que el montaje sea muy dinámico, abriendo y cerrando el encuadre según se busca mostrar el entorno o detallar reacciones. El director pone énfasis en asociar la figura humana con el espacio que le rodea y, sobre todo, en seguir la evolución de las horas del día a través de la luz, por eso resulta fundamental la labor de Franz Lustig en la fotografía. Colaborador de Wenders desde hace dos décadas, Lustig realiza una captura meticulosa de los matices que van del alba al anochecer, esa experiencia consustancial al cine que es conducir el cauce del tiempo. Además adquieren relevancia las sombras, incluso a nivel dramático, como pasa en la escena nocturna junto al río Sumida. Y los colores, como se observa en la diferencia cromática que separa al protagonista de su hermana en la conversación que mantienen en la calle. Son ejemplos del refinamiento estético de Perfect days, filmada en formato de 4/3 para ilustrar el carácter solitario de Hirayama y la estrechez de los escenarios en los que se mueve. La película se adentra en el terreno artístico con las ensoñaciones creadas por Donata Wenders, esposa del director, mediante imágenes en blanco y negro que sirven de interludios abstractos para separar las diferentes jornadas.

Todos estos elementos permiten celebrar el regreso de Wim Wenders a un cine de ficción digno de su legado, en una última etapa bastante desdibujada. Puede que Perfect days no recupere el brío de sus mejores películas de los años setenta y ochenta, pero por lo menos invita al optimismo y nos recuerda que detrás de esta inmersión oriental con aires de autoayuda, hay un cineasta inventivo y solvente capaz de brillar cuando lo favorece el proyecto.

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SHOES. 1916, Lois Weber

Parece un milagro que cien años después de su estreno, Shoes pueda volver a verse en su integridad gracias a los procesos de restauración de los materiales originales encontrados. Se trata de uno de los largometrajes más celebrados de Lois Weber, productora, guionista, actriz y directora, que adapta aquí un texto de Jane Addams, referente del feminismo de principios del siglo XX. Como cabe esperar, la película mantiene reivindicaciones de género en torno a la desigualdad que sufren las mujeres por motivos económicos y a la indefensión de los colectivos vulnerables de la sociedad.

Shoes cuenta la historia de Eva, una joven que no puede permitirse sustituir sus viejos zapatos por unos nuevos, dado que el sueldo que gana como dependienta en una tienda lo dedica a alimentar a su familia, que sobrevive a duras penas ante la inoperancia del padre. El calzado que anhela la protagonista, encarnada por Mary MacLaren, representa sus aspiraciones de prosperar dentro de una vida miserable, por eso la directora incluye en la narración escenas de ensoñaciones idílicas y de pesadillas que ilustran los pensamientos del personaje principal. Son momentos de carácter simbólico que rompen el realismo predominante del film. Weber, al contrario que otros cineastas de la época, no subraya el drama con pantomimas sentimentales ni moralejas aleccionadoras. A pesar del camino de degradación que atraviesa Eva, en Shoes no hay excesos sino emociones contenidas que se expresan mediante la repetición: cada tarde a la vuelta del trabajo se produce la misma contemplación de los zapatos deseados en el escaparate, la llegada a casa, la limpieza de los pies fatigados, el cubrimiento de las suelas agujereadas con pedazos de cartón... Weber filma la triste rutina de la pobreza con un comedimiento que resulta ejemplar, por el respeto que demuestra por el personaje.

La directora aplica la distancia con el uso de planos medios y generales para retratar las acciones sin intervención del punto de vista. Apenas se producen excepciones, y son tan llamativas que otorgan un valor trágico a las imágenes: el seguimiento de la cámara a ras de suelo de los pasos en medio de la lluvia, la extracción de una astilla que se ha colado en uno de los orificios del zapato y, sobre todo, el rostro de la protagonista reflejado en un espejo roto, son instantes en los que Weber cierra el plano para señalar los detalles que contribuyen a la decadencia de Eva. Estas salvedades potencian la fuerza visual del conjunto pero también el discurso que contiene Shoes, una película felizmente recuperada por el Eye Filmmuseum de Ámsterdam aprovechando el centenario del estreno, a la que se ha incorporado música compuesta para la ocasión por Donald Sosin y Mimi Rabson. Un justo reconocimiento a una pionera de la importancia de Lois Weber.

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OJOS DE SERPIENTE. "Snake eyes" 1998, Brian De Palma

Tras el éxito obtenido con Misión imposible, Brian De Palma recupera el thriller con aromas de pulp y de serie B que practicó en los años ochenta (Vestida para matar, Impacto, Doble cuerpo) en una película que reúne sus virtudes como cineasta. Ojos de serpiente es el último de los tres proyectos que De Palma dirige con un guion firmado por David Koepp, quien le proporciona un ejercicio narrativo que alterna diferentes versiones de un mismo suceso: el asesinato del Secretario de Defensa de los Estados Unidos en pleno combate de boxeo mientras la tormenta azota Atlantic City.

En primera línea del magnicidio se encuentra Rick Santoro, un agente de policía de ética cuestionable y dudosos métodos, interpretado por Nicolas Cage. El actor entrega toda su energía y exhibe su catálogo de tics en contraste con el hieratismo de Gary Sinise, que encarna a un riguroso comandante de la Marina con el que guarda una antigua amistad. La lealtad entre ambos irá degenerando según se complica el argumento y avanza la investigación, a lo largo de una noche muy agitada que involucra a un buen número de corruptos y conspiradores.

Ojos de serpiente comienza por todo lo alto, con un plano secuencia de doce minutos en el que participa el elenco al completo en el interior del estadio donde sucede la acción (algunos de ellos también en el exterior, mediante imágenes emitidas en televisores). Se trata de un trampantojo, porque semejante demostración de pirotecnia cinematográfica transcurre juntando planos en movimiento que son disimuladamente montados para dar la apariencia de un único plano. ¿Acaso es relevante que esté falseada la proeza técnica que inicia el film? De ningún modo, teniendo en cuenta que la mentira y la verdad son conceptos que articulan la trama y que De Palma es un veterano prestidigitador al que le gusta presumir de trucos. Después de un principio así, el reto consiste en mantener el dinamismo sin que decaiga la tensión y que los personajes evolucionen sin dejarse arrastrar por el artificio hipertrofiado del director... lo cual se consigue, a pesar de la floja escena del desenlace, que sabe a poco tras lo visto con anterioridad. Hay que recordar que el final previsto en el guion original se llegó a rodar y que fue descartado en los pases de prueba con público, sustituyendo la espectacularidad (con un tsunami incluido) por la corrección moral que obliga a castigar al antagonista por sus actos.

El resto del metraje cumple las expectativas generadas desde el arranque y logra sostener la atmósfera de inminente peligro gracias, entre otras cosas, al dramatismo que Ryūichi Sakamoto imprime en la música y a la fotografía de Stephen H. Burum, capaz de resolver las dificultades técnicas que plantea la puesta en escena. La planificación de Ojos de serpiente contiene el arsenal recurrente de De Palma: ralentizados, pantalla partida, split diopter, puntos de vista subjetivos... además de los planos secuencia antes aludidos y de un montaje muy eficaz, obra del habitual Bill Pankow. Todos estos recursos hacen de la imagen una atracción constante y un divertimento que invita a ser disfrutado sin prejuicios. Puede que Cage no sea el actor más sutil del mundo o que De Palma despliegue sus artimañas para distraer los ojos del espectador y desatienda las debilidades de la historia, pero nada de eso importa si el resultado es tan entretenido y tan seguro de sí mismo como el que aquí se ofrece.

A continuación, pueden ver un vídeo que resume algunas claves visuales del estilo de Brian De Palma.

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SANGRE EN LOS LABIOS. "Love lies bleeding" 2024, Rose Glass

Segundo largometraje de la directora británica Rose Glass, y el primero que realiza en los Estados Unidos adentrándose en las entrañas del pulp y del cine exploitation norteamericano. Es decir: armas, sexo, drogas, música, cómic, violencia... y una voluntad estética muy marcada que reproduce los años 80 sin el brillo acostumbrado. Sangre en los labios comienza con un movimiento de cámara que acompaña los pasos de Jackie, una aspirante a campeona de culturismo, hasta el interior de un gimnasio en un pequeño pueblo de Nuevo México. Allí prosigue un montaje de planos que muestran los músculos tensarse, el sudor, los gestos crispados por el esfuerzo... esta entrada del personaje en el escenario sirve para introducir al público en el ambiente que marcará la relación entre ella y Lou, empleada a la que conoce esa misma noche y con quien mantendrá un idilio zarandeado por las tormentas familiares.

El guion escrito por Glass y Weronika Tofilska es muy sencillo, casi como un cuento perverso que se recrea en el white trash de la América profunda. La moraleja también es básica: el amor hace trascender las miserias de la condición humana. Así pues, la directora pone toda su energía en crear imágenes poderosas que consiguen expresar, por sí mismas, las convulsiones emocionales que afectan a los personajes, tomando decisiones de estilo bastante temerarias. Por ejemplo, hay un tiempo pasado que se intercala con el presente y que acude como una ensoñación monocroma mediante el montaje simbólico. Además está la escena de la competición en Las Vegas, un auténtico delirio lisérgico, por no hablar del clímax de la película, tan arriesgado y sorprendente que no conviene desvelar (y que se adentra de manera inesperada en el cine fantástico). Para desarrollar estos recursos que buscan el asombro, Glass recupera a parte del equipo de Saint Maud: el director de fotografía Ben Fordesman, el montador Mark Towns y el responsable del sonido Paul Davies, capaces de imprimir la atmósfera adecuada a Sangre en los labios. La creatividad de sus respectivos trabajos beneficia siempre al conjunto y construye una identidad retro que entronca con otros títulos del estudio A24, como Ruido de fondo o X.

Pero si hay dos nombres que de verdad aportan personalidad al film son los de Kristen Stewart y Katy O'Brian, las actrices protagonistas. Su presencia e iconicidad logran reducir incluso a un veterano como Ed Harris, convertido en antagonista con aires de cartoon. Ellas, en cambio, prestan sus físicos contrapuestos en una película que se detiene en la observación de los cuerpos, una de las cualidades que definen el cine contemporáneo. Rose Glass conduce al espectador a través de una experiencia sensitiva que, por fortuna, no pretende intelectualizar el relato. Al contrario, lo mejor que se puede decir de Sangre en los labios es que mantiene en todo momento su carácter macarra y su ausencia de refinamiento para contar un romance imposible con tintes de tragedia clásica. Eso sí, aquí los corazones laten al ritmo de los anabolizantes y las caricias se transforman en golpes de una secuencia a otra.

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SEGUNDO PREMIO. 2024, Isaki Lacuesta y Pol Rodríguez

Nada más comenzar Segundo premio, un rótulo en la pantalla advierte de que no se trata de una película sobre Los Planetas, sino sobre su leyenda. Los integrantes de la banda conducen la narración desde un presente incierto y fantasean acerca de lo que pudo haber ocurrido o lo que nunca ocurrió tiempo atrás, mientras gestaban el álbum que les dio reconocimiento. Publicado en 1998, Una semana en el motor de un autobús se considera hoy una referencia generacional y un emblema del indie rock en español, es el disco que supuso el punto de inflexión en la trayectoria de Los Planetas cuando algunos de sus componentes acababan de cambiar y rondaban los 27 años, la edad a la que se mueren los músicos. Ese estado de ebullición creativa y de emergencia vital es lo que recoge la película dirigida por Isaki Lacuesta y Pol Rodríguez, a través de un caleidoscopio de situaciones reales e inventadas que, vistas en conjunto, dejan vislumbrar el paisaje social y cultural de la denominada generación X.

El hecho de que el guionista Fernando Navarro conozca de primera mano a Los Planetas podría haberle llevado a fidelizar los hechos y a reproducir el comportamiento de los protagonistas. En lugar de eso, tanto él como Lacuesta invocan el espíritu de las canciones y las sensaciones que transmiten las letras para construir una elegía en torno a la amistad entre dos personas complementarias y dispares, dos lados de un triángulo que se rompe al principio del film, formado por el cantante Jota, el guitarrista Florent y la bajista May. Curiosamente, los dos primeros nombres no aparecen mencionados en ningún momento, dando a entender que son ellos pero podrían ser otros, los miembros de cualquier formación de la época que luchaba contra las adicciones y por salir adelante conservando la integridad artística. Segundo premio mantiene el complicado equilibrio entre el relato de aprendizaje, la comedia costumbrista, el documental musical y el cuento de vampiros, todo bien agitado en una mezcla que resulta orgánica y compacta.

A pesar de su carácter experimental, la película es accesible para un público amplio que no precisa conocer el repertorio ni el escenario donde sucede buena parte de la acción. La ciudad de Granada marca su identidad en las imágenes, además de los personajes, interpretados por músicos que actúan y que tocan en directo los temas durante la filmación. Esto provoca una autenticidad que atraviesa el encuadre y que convierte a Segundo premio en una experiencia difícil de igualar. De manera misteriosa, hay cosas que no deberían funcionar pero funcionan. Y muy bien: el realismo convive con la alegoría (el avión de los vuelos lisérgicos, el paseo nocturno por los rincones de Nueva York), lo contemporáneo se funde con evocaciones a la poesía de Lorca y a la iconografía pop del siglo XX, así como hay escenas que simbolizan las relaciones entre los personajes (el encuentro sexual, la pelea en el bar). Son momentos arriesgados en su concepción y en la puesta en escena, que se resignifican unos a otros y complementan en un mismo sentido.

La expresión formal de la película contiene multitud de ideas que tienen que ver con la elección del formato cuadrado, los emplazamientos y movimientos de cámara, el montaje... también la fotografía de Takuro Takeuchi, que debuta en el largometraje con un tratamiento de la luz que juega con la oscuridad de los interiores y la sobreexposición de las localizaciones de exterior. El empleo de los recursos técnicos por parte de los directores refuerza el concepto general del film, al cual contribuye el equipo humano: los músicos-actores Daniel Ibáñez, Cristalino, Mafo o Stéphanie Magnin ponen cara a Los Planetas de entonces y cristalizan unos sentimientos que nacen de lo íntimo y se vuelven universales con la credibilidad que imprimen en su trabajo. Por fortuna, Isaki Lacuesta no ha elegido a intérpretes que saben imitar sino a artistas de los que aprovecha sus respectivos talentos y su ausencia de refinamiento. Hay una visceralidad y una frescura que se respiran en cada plano, además del discurso implícito sobre la verdad y la ficción que sostiene Segundo premio. Son dos líneas que avanzan a lo largo del metraje y que se fusionan para reflejar la pulsión de un cine libre y creativo, capaz de lanzar propuestas al espectador y de estimular sus emociones.

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