LA INTEGRIDAD DE JOSEPH CHAMBERS "The integrity of Joseph Chambers" 2022, Robert Machoian

Dos años después de haber estrenado El asesinato de dos amantes, Robert Machoian continúa cuestionando el modelo tradicional de masculinidad en La integridad de Joseph Chambers. Las similitudes no son solo temáticas, ya que la película prosigue el estilo visual y el tono de la narración depurado y minimalista tan característico del director, quien vuelve a realizar un ejercicio de concreción parecido al de las parábolas antiguas en cuanto a la economía de personajes y escenarios... además de la enseñanza moral, que conviene no desvelar de antemano.

El cine de Mochaian aspira a un carácter íntimo que viene sugerido ya desde la génesis del proyecto, por la austeridad de medios que no es una limitación, sino un acicate que favorece la síntesis de ideas. El mismo director asume también la producción y se rodea de profesionales con los que ha trabajado antes: el actor Clayne Crawford, el músico William Ryan Fritch, el diseñador de sonido Peter Albrechtsen o el director de fotografía Oscar Ignacio Jiménez son algunos de ellos.

El guion, escrito por el propio Mochaian, tiene como protagonista a un vendedor de seguros y padre de familia que proviene de un entorno urbano y ahora vive en una pequeña localidad del estado de Alabama. La trama comienza la mañana en la que decide pasar una jornada de caza en el bosque, por primera vez en solitario, para demostrar su hombría. La presentación del personaje se produce mientras repite frente al espejo el diálogo de una película de Clint Eastwood, epítome de la virilidad, al tiempo que se rasura la barba a excepción del bigote, lo cual exterioriza una transformación que ya está en marcha en su interior. Los símbolos están presentes desde el principio y se van diseminando a lo largo del metraje de modo natural, sin didactismos ni subrayados. Todo cuanto desarrolla el director está definido por la sobriedad sin que esto empobrezca el resultado, al contrario: La integridad de Joseph Chambers posee un fascinante sentido del misterio que se expresa en los detalles, en la inacción (de la primera parte) y en el silencio.

Un silencio que se refiere solo a la escasez de conversaciones, porque uno de los aspectos más elaborados del film es el sonido. El paisaje agreste que rodea al personaje principal ofrece muchas posibilidades para dotar el sonido de expresividad, a veces con intenciones descriptivas y otras veces añadiendo una dimensión dramática que tampoco resulta evidente. La fotografía contribuye a remarcar el realismo del conjunto, puesto que hay una evolución de la luz muy matizada desde el amanecer hasta la noche que permite que el espectador perciba el transcurso del tiempo en cada secuencia.

Así pues, la concordancia entre el relato y la puesta en escena es precisa, casi milimétrica, por parte de Machoian. La planificación es más dinámica que en su anterior film y contiene movimientos de cámara que acompañan la acción y sitúan a las figuras en el espacio, una relación de proporciones que transmite sensaciones de inquietud, parsimonia, seguridad, desconcierto... en suma, todo aquello que hace que la historia avance con el ritmo y las motivaciones adecuadas, gracias sobremanera a la interpretación de Crawford. En suma, La integridad de Joseph Chambers es también la integridad de Robert Machoian, un autor capaz de lograr mucho con los mínimos recursos y que ocupa un lugar destacado dentro del actual cine independiente.

LEER MÁS

CINE-OJO "Kinoglaz" 1924, Dziga Vértov

El nombre de Dziga Vértov ocupa un lugar destacado dentro de las primeras vanguardias cinematográficas que se desarrollaron durante los años veinte del siglo pasado. Sus aportaciones y las de otros coetáneos rusos como Kuleshov o Eisenstein fueron decisivas en la renovación del lenguaje audiovisual, en especial en lo tocante al montaje, que ellos cambiaron de significado añadiendo una dimensión teórica y práctica que continúa vigente hasta hoy.

De esta manera fue fluyendo una corriente de pensamiento que, en el caso de Vértov, provenía de sus experiencias con la realidad y con el punto de vista, pues se había curtido realizando un buen número de pequeños documentales informativos al servicio del estado. Cuando por fin decide embarcarse en un proyecto de largometraje, Vértov emprende un tránsito de lo objetivo a lo subjetivo, pasa del cine-verdad al cine-ojo. Con este último término se define su contribución más importante al medio, referida a la captación de momentos reales que adquieren una cualidad artística por el modo en que son filmados y se interrelacionan en el metraje.

Así, la película Cine-ojo toma su nombre del movimiento que lo inspiró. Es la presentación de un modelo de hacer cine en el que la mirada es fundamental, mediante la visión del autor que capta los acontecimientos y la contemplación del público que los traduce en ideas. También en ideología. Porque se trata de cine de propaganda que canta las bondades del sistema comunista en general y del cooperativismo en particular, con un marcado carácter didáctico que busca el adoctrinamiento, sobre todo en la primera parte. En la segunda parte, la película tiende hacia la crónica social, con un retrato de los marginados (enfermos, drogadictos, sin hogar) no exento de sensacionalismo. Cine-ojo está dividida en breves capítulos en torno a "lo nuevo y lo viejo", con intertítulos que guían la narración y que poseen el valor estético característico de los diseños del periodo soviético.

Con una mezcla de espontaneidad y reflexión, Cine-ojo resuelve la eterna dicotomía entre lo popular y lo artístico, entre la verdad y su representación. Vértov consigue dirigirse a las masas con un producto de contenido intelectual (si bien en ocasiones resulta algo ingenuo) que luce formas muy elaboradas, teniendo en cuenta las condiciones de inmediatez y de naturalidad con las que se ha filmado. Nada más comenzar, un rótulo anuncia que es "la primera película de no-ficción, sin guion, sin actores y fuera de los decorados", lo cual siempre es cuestionable, aunque nadie puede negar la voluntad de innovar y de ruptura respecto a los cánones establecidos. Después de haber tomado las imágenes en crudo, Vértov las cocina en la moviola empleando numerosos trucos ópticos que eran novedad en aquel momento, como la inversión del tiempo y el ralentizado, utilizados en exceso en algunas escenas. Además hay animaciones y otros recursos que juegan con la posibilidad del sonido, como la secuencia final de la instalación de la antena de radio... es la técnica puesta a disposición del relato en esta obra capital de la cinematografía, capaz de inspirar a creadores como Godard, Riefenstahl, Berliner, Val del Omar y muchos otros directores que han experimentado con la semiótica y las posibilidades expresivas del cine, y que han encontrado en Dziga Vértov un referente. 

A continuación se puede ver Cine-ojo en condiciones aceptables:

LEER MÁS

LAS CINÉPHILAS. 2017, María Álvarez

En su primer largometraje documental, María Álvarez comienza a sentar las bases de sus trabajos posteriores en torno a las personas mayores y su relación con la expresión artística. Tal y como se indica en el título, Las cinéphilas hace referencia a la devoción que sienten por el cine seis mujeres maduras repartidas en tres países distintos: España, Uruguay y Argentina. Este último define la nacionalidad de la directora, quien realiza una película sencilla y cercana, un homenaje al público que asiste a las salas buscando distintas formas de evadir la realidad. Así, una de las mujeres quiere distraerse, otra obtener erudición, otra llenar compulsivamente su tiempo... todas ellas combaten la soledad y se asoman al mundo desde la butaca, con esa mezcla de fascinación y de introspección tan característica de los espectadores entregados a que les cuenten historias mediante imágenes.

El guion escrito por Álvarez sigue a las protagonistas en su día a día saltando de un escenario a otro, sin más orden que el que dicta la narración. Por eso al principio cuesta ubicarse en cada uno de los territorios, hasta que se entiende la intención de unir las afinidades de Las cinéphilas y los puntos en común, en lugar de recalcar sus diferencias. Las ciudades de Madrid, Montevideo y Buenos Aires marcan el devenir cotidiano de las protagonistas en su vínculo de complicidad con la directora, también encargada de llevar la cámara, producir el film y montarlo. Se trata de un proyecto pequeño que se hace grande según avanza y concreta su finalidad: mostrar a una generación de aficionadas que agotan sus últimos años embebidas por el cine, ajenas a las plataformas digitales y a las pantallas pequeñas que les aíslan en el hogar. El hecho de que todas sean mayores y sean mujeres dota al conjunto de una lectura social y política, una vindicación de la vida más allá de los márgenes productivos y un reconocimiento del género como elemento activo que dinamiza los espacios de cultura.

Las cinéphilas contiene menciones a Rossellini, Kurosawa, Truffaut, Malick y otros cineastas, si bien lo importante reside en la experiencia del público, más que en los detalles concretos. Álvarez completa con pequeñas pinceladas un paisaje impresionista que no pretende la excelencia técnica, de hecho, un mejor acabado estético tal vez hubiese aumentado la calidad del resultado... por ejemplo, apenas hay variaciones de luz y de atmósfera en las tres localizaciones internacionales, como si las funciones de las pequeñas cámaras de filmación eliminaran las distinciones geográficas y uniformaran las cualidades del plano. Aquí sí, la austeridad de medios juega en contra del lenguaje visual, aunque en todo lo demás, María Álvarez cumple sus propósitos con creces. Las cinéphilas proporciona el placer de los regalos inesperados y discretos, aquellos que se reciben sin altisonancias ni emociones forzadas y cuyo impacto se amplifica en la memoria.

LEER MÁS

EL IMPERIO DE LA LUZ "Empire of light" 2022, Sam Mendes

No es casualidad que, en los últimos años, directores tan dispares como Spielberg, Tarantino, Chazelle o Pan Nalin hayan hecho sus particulares tributos al cine en forma de películas. Al fin y al cabo, la experiencia que acumulan como espectadores antecede a su condición de creadores, se han curtido en las salas y saben de sobra lo que es un rollo de celuloide, el ruido del proyector, las sesiones continuas... al igual que Sam Mendes, quien contribuye a este recuento de nostalgias con El imperio de la luz.

Y eso que las características del proyecto invitan a ponerse alerta. Se trata del primer guion original escrito por Mendes en toda su carrera, lo cual presupone un componente más íntimo que sus anteriores trabajos, más personal. Además hay elementos suficientes para hacer temer un derroche de sentimentalismo almibarado: el escenario de un antiguo cine en la costa sur de Inglaterra, los años ochenta, una mujer que sale de una quiebra emocional, la posibilidad de un nuevo amor, la lucha por los derechos sociales... el drama regado de cinefilia está servido en un bonito envoltorio de época y, sin embargo, nada llega al exceso, cada pieza del conjunto está medida hasta rozar la austeridad, si bien El imperio de la luz encaja en los parámetros del cine comercial de género. El rasgo que predomina es la corrección tanto en la forma como en el relato, por eso cada escena de la película busca la evolución narrativa y no la sorpresa, la lógica se impone a lo inesperado. Lo cual no resta interés: había diferentes opciones de abordar una historia como esta y Mendes elige el comedimiento. Mejor eso que el extremo contrario, mucho más habitual en títulos similares a El imperio de la luz.

Al tono general de mesura contribuye la interpretación de los actores, con Olivia Colman a la cabeza. La actriz se muestra plena de matices y es capaz de construir un personaje complejo a partir de comportamientos cotidianos que se van deteriorando según avanza la acción, con un abanico de reacciones de gran amplitud que van desde la introspección hasta el desbordamiento. La acompañan ilustres nombres británicos como Colin Firth y Toby Jones, además del menos conocido Micheal Ward, quien resuelve el difícil reto de dar la réplica a Colman.

También el lenguaje visual empleado por el director resulta contenido. Después del ejercicio de estilo que supuso 1917 y de pasar por la factoría industrial del agente 007, Mendes regresa a la pulcritud y la concisión de su cine de aromas clásicos (Camino a la perdición, Revolutionary Road) a la vez que practica la expresión propia. Hay una gran fluidez en la planificación de El imperio de la luz, todas las escenas están articuladas en torno al personaje protagonista ya sea por presencia o por ausencia, con un predominio de los planos abiertos y de conjunto muy poco frecuente en las pantallas actuales. Mendes sabe que el espacio que habitan los personajes termina por definirles, y más en este caso, cuando el escenario del cine Empire juega un papel tan importante en la trama. La fotografía de Roger Deakins recrea el pasado mediante la luz y el color sin ser artificial ni manierista, aportando el carácter adecuado a una ficción muy localizada en emplazamientos reales. El ciclo temporal que recorre la película tiene su traslación en las imágenes y a través de fragmentos literarios a los que hacen referencia los personajes en determinados momentos, evocaciones a T.S. Eliot y Philip Larkin que subrayan un lirismo no forzado, como todo cuanto sucede en el film. Esto es lo mejor que se puede decir de una película que hubiera podido caer con facilidad en la sensiblería y la autoindulgencia y que ofrece, en cambio, una discreta oda a las emociones calladas, a las miradas de los actores, a sus movimientos y a los lugares que ocupan. Es imposible contemplar el cine Empire y no sentir el temblor de la pérdida, el espejismo de algo que ya no volverá más que en los recuerdos del público de cierta edad.

LEER MÁS

EL CARNAVAL DE LAS ALMAS. "Carnival of souls" 1962, Herk Harvey

Muchas veces, el origen de las películas es tan variado como incierto. Las hay que surgen de una idea o de una escena en concreto, de un acontecimiento histórico, de un personaje particular. El carnaval de las almas tiene como punto de partida un lugar que Herk Harvey encontró a su paso por Utah, un parque de atracciones cerrado que ofrecía posibilidades como escenario para una historia de terror. Harvey trabajaba haciendo vídeos educativos y buscaba la oportunidad de hacer su primer largometraje de ficción, inspirado por una obra escrita para la radio por Lucille Fletcher, que él mismo produciría con muchas libertades y poco presupuesto. En total serían tres semanas de filmación con actores no profesionales (él entre ellos) y un equipo que poseía más voluntad que experiencia. El resultado es una de las películas de culto por excelencia, un clásico de la serie B que ha influido a diversos cineastas haciendo verdad el dicho de que, en ocasiones, menos es más.

Y eso que El carnaval de las almas está lejos de ser perfecta... pero ahí reside su encanto, en su condición de obra amateur que asume riesgos que el propio director no controla y trata de resolver con imaginación, atrevimiento y cierta ingenuidad. John Clifford, colaborador del director en sus audiovisuales pedagógicos, es el encargado de mezclar en el guion los elementos narrativos tomados de distintas fuentes: el texto de Fletcher, la localización en Utah, la novela gótica norteamericana del siglo XIX, el expresionismo europeo. Una amalgama que funciona contra todo pronóstico, a pesar de la falta de experiencia de Clifford o tal vez gracias a ella. Puede que al conjunto le falte coherencia y robustez, ya que plantea incógnitas que solo resuelve la voluntariedad del espectador y que se bifurcan en un doble argumento: el evidente que se trasluce en las imágenes y el que se dilucida en la mente del público. La unión de ambos podría resumirse como el drama de una mujer interpretada por Candace Hilligoss, que se resiste a ingresar en el mundo de los muertos, quienes la reclaman después de haber sufrido un accidente de coche. En ese tránsito, su corporeidad se manifiesta ante determinadas personas mientras que en otros momentos desaparece, como una luz que se apaga progresivamente y sin remedio. La "carencia de alma" de la mujer explica su desapego por los seres vivos, incluido el hombre que muestra interés por acostarse con ella en la pensión donde conviven, lo que suma al conflicto sobrenatural un debate interno sobre sexualidad (la negación del físico) y sobre religión (la negación del espíritu).

Todas estas cuestiones alcanzan su representación estética en el trabajo conjunto de Herk Harvey y otro de sus compañeros habituales, Maurice Prather. El director de fotografía realiza también aquí su única incursión en el largometraje, sacando el máximo provecho de la escasez de recursos técnicos. El carnaval de las almas exhibe un poderoso influjo visual, resultado de aunar referencias al expresionismo mediante angulaciones de plano y fuertes contrastes de luz y sombra (además de trucos ópticos algo añejos) y cierto aire de documental informativo, reforzado por la decisión de filmar en blanco y negro. Es difícil permanecer ajeno a escenas tan potentes como la de la protagonista saliendo del río, o sus desconexiones con las personas del entorno que dejan de percibir su presencia. Sin embargo, estos aciertos no evitan determinados errores de montaje y excesos como el uso del zoom, que terminan por empobrecer el resultado. Los actores tampoco están a la altura de la complejidad que exige el proyecto, cuya estrechez de medios es a la vez una debilidad y un aliciente, porque hay otros aspectos que ganan a causa de la austeridad. Uno de ellos es la música, tocada en mayor parte con un órgano de iglesia capaz de contribuir al enrarecimiento de la atmósfera general.

En suma, El carnaval de las almas es una joya que ha ido adquiriendo brillo con los años, una de esas raras excepciones que otorgan a determinados autores el marchamo de malditos, al igual que sucedió con Charles Laughton y La noche del cazador o Dalton Trumbo y Johnny cogió su fusil. El fracaso y la incomprensión hicieron que Herk Harvey no volviese a dirigir cine, si bien sus ambiciones eran mucho más discretas que las de los anteriores citados. Él se conformaba con que su película pudiera rellenar los programas dobles de las pequeñas salas de barrio, por eso recortó el metraje hasta dejarlo en apenas ochenta minutos. Por fortuna, la película fue rescatada en décadas posteriores y hoy es reivindicada como uno de los iconos más genuinos del género de terror, un ejemplo de que se puede trascender desde la más absoluta independencia.

LEER MÁS

EL TRIÁNGULO DE LA TRISTEZA "Triangle of sadness" 2022, Ruben Östlund

Un lustro después de haber dirigido The Square, Ruben Östlund sigue caminando en el terreno de la sátira con determinación y paso firme. No puede ser de otro modo: la sátira es un género que no admite sutilezas ni equidistancias, dentro de su naturaleza está la provocación. En El triángulo de la tristeza, Östlund se despacha a gusto contra las clases dominantes y la cultura del postureo, estableciendo un combate social que se libra en alta mar, a bordo de un crucero de lujo.

La película está dividida en tres segmentos que van de lo individual a lo colectivo, de la historia de una pareja de jóvenes modelos al retrato de una comunidad cuyo orden jerárquico se invierte a causa de un imprevisto. O al menos eso es lo que parece, porque en realidad todo cuanto sucede en el guion está regido por la causalidad y por un sentido utilitario de la narración. Tal vez demasiado, hasta el punto de que El triángulo de la tristeza en ocasiones puede caer en la evidencia o el discurso fácil, pero así funciona la sátira desde que la inventaron los antiguos griegos: sin ambages y acertando en la diana a cañonazos. Östlund se vale de la caricatura de ciertos clichés para representar no solo a los mandamases que rigen el mundo a golpe de talonario, sino que también arroja una mirada inmisericorde hacia ese ganado sumiso que les mantiene en el poder, dentro de un sistema capitalista construido sobre la idea del "tanto tienes, tanto vales". En este sentido es muy revelador el personaje del capitán de la nave, interpretado con brillantez por Woody Harrelson, un marxista teórico que ahoga sus frustraciones en alcohol y oculta sus complejos de los tripulantes.

Más allá de los excesos argumentales, los exabruptos y la escatología, Östlund pone en práctica su habitual concisión en la puesta en escena y en el lenguaje cinematográfico. Lo que muestran las imágenes de El triángulo de la tristeza es tan importante como lo que no muestran, lo invisible completa lo visible a través de elipsis (que eluden el embarque de los viajeros y el naufragio, por ejemplo) y el empleo del fuera de campo, que antepone las consecuencias a las acciones (como la escena en que los empleados del barco se bañan por el capricho de una pasajera, omitiendo el contraplano de quienes contemplan la situación). Esta selección del punto de vista coloca al espectador en posiciones a veces incómodas, al lado de los que son objeto de la crítica, pero ahí está la comedia como recurso de distanciamiento... algo que Östlund maneja bien en términos visuales. El director sueco vuelve a contar con Fredrik Wenzel en la fotografía para recubrir las miserias morales del ser humano con una paleta de colores y una gama de luces de gran atractivo estético. Una contradicción buscada, al igual que sucede con la interpretación de los actores, capaces de insuflar vida a una caterva deshumanizada de oligarcas y plebeyos.

El amplio plantel está integrado por profesionales de diferentes países, puesto que El triángulo de la tristeza es una coproducción europea que supone una de las comedias más llamativas y punzantes de los últimos tiempos. Tiene la virtud de querer molestar y, sobre todo, guarda una lección que nunca pierde vigencia: todo aquel que detenta el poder termina corrompido, da igual el origen de su escalafón social. ¿Existe también aquí una incoherencia? Ruben Östlund es reconocido a nivel mundial, sus películas obtienen cada vez mayor presupuesto y ha logrado ingresar en la élite de los festivales. No faltará quien considere que con semejantes favores, no está legitimado para lanzar dardos al sistema y que sus películas sirven para aliviar la conciencia del público acomodado de izquierdas. O tal vez sea eso lo que le autoriza a hablar del neoliberalismo desde el corazón de la industria, como un caballo de Troya que trata de resquebrajar los cimientos del edificio que él mismo habita. En cualquier caso, es un autor capaz de asumir riesgos. Pueden ser algo burdos (poner a vomitar a todos los personajes como metáfora que asemeja el descontrol digestivo con el descontrol personal) pero qué duda cabe de que introducir una larga secuencia así en mitad de la película es un riesgo. Algo que muchos otros cineastas no están dispuestos a asumir.

LEER MÁS

ESTUDIOS SOBRE PARÍS. "Études sur Paris" 1928, André Sauvage

Si hay una ciudad propicia para filmar una sinfonía urbana es, sin duda, París en los años veinte. Directores como Alberto Cavalcanti, Eugène Deslaw o Joris Ivens fijaron sus miradas en la capital francesa para convertirla en lienzo donde desplegar la experimentación propia de las vanguardias, con incursiones en el surrealismo, el mecanicismo y el realismo poético. André Sauvage es otro de aquellos artistas multidisciplinares que capturaron con la cámara el ajetreo de las calles, la estética de los monumentos y la humanidad de los viandantes, todo ello con un profundo sentido cinematográfico que puede resultar inhabitual en un director poco experimentado como Sauvage.

Estudios sobre París es su segundo largometraje dentro de una trayectoria breve e imprecisa. André Sauvage es un autor que decide llevar sus inquietudes expresivas al cine, influido por las nuevas corrientes que se ponen en marcha en Europa a principios del siglo pasado. Su conocimiento de la imagen pictórica y fotográfica le proporciona herramientas suficientes para abordar un documental de estas características, pegado a la realidad pero con un punto de vista original, que denota una personalidad inquieta y creativa.

La película tiene la estructura de un recorrido a lo largo y ancho de la urbe, con paradas en algunas de las calles y barrios más representativos. Son 35 kilómetros de travesía por agua y por tierra, desde la llegada a París por vía fluvial hasta el deambular por el centro y vuelta al Sena, incluyendo vistas panorámicas en lo alto de algunas edificaciones. La variedad de ángulos y de tamaños de plano confiere al film un lenguaje vivo y muy dinámico, puesto que la cámara nunca deja de trasladarse mediante movimientos horizontales y verticales que definen las formas de cuanto hay alrededor. Son imágenes que huyen del álbum de postales y buscan atrapar el momento preciso, adquiriendo significado en el montaje. Hay belleza en los encuadres y en su articulación, pero también hay un retrato social que distingue a los parisinos acaudalados y los humildes, según el espacio urbano que ocupan.

Así, la perspectiva que aplica André Sauvage contiene múltiples dimensiones: la etnográfica, la artística, la geográfica, la histórica... y la poética, con escenas de gran fuerza plástica como el paso subterráneo del Sena iluminado por los tragaluces. De cuando en cuando, el director galo aúna recursos técnicos y estéticos para introducir elementos de irrealidad (movimientos invertidos, velocidad rápida y lenta) y metáforas visuales (el detalle de la mano que mece una venerable barba en la secuencia del Panteón). En ambos casos se trata de métodos para romper una contemplación pasiva que estimule al espectador y cambie su condición de turista en la butaca. Son destellos del cine que tenía dentro Sauvage y que pudo desarrollar tan poco, lo suficiente para que Estudios sobre París deba incluirse en cualquier selección de sinfonías urbanas. Es una de las más accesibles dentro del género y también de las más gozosas.

LEER MÁS

LOS AÑOS DE SUPER 8. "Les années Super 8" 2022, Annie Ernaux y David Ernaux-Briot

La escritora Annie Ernaux traslada por primera vez su literatura experiencial al cine, en este documental que firma junto a su hijo David Ernaux-Briot. Los años de Super 8 surge de la recuperación de unas filmaciones caseras que Philippe Ernaux, exmarido y padre respectivamente, realizó entre los años 1972 y 1981 en escenarios domésticos y en diferentes viajes con la familia. Las imágenes granuladas y en silencio sirven como soporte a la voz en off de Annie, que narra con su habitual estilo sobrio y sencillo (que no simple) mucho más de lo que muestra la pantalla: el ideal de una pequeña burguesía anclada en los roles de género que asiste a los cambios políticos que se producen alrededor y el alumbramiento de una autora que, tiempo después, obtendrá los mayores reconocimientos.

La concordancia que se establece entre el lenguaje visual y el relato íntimo define la película, a la manera de Nuria Giménez Lorang en My Mexican Bretzel, con la diferencia de que todo lo que se cuenta en Los años de Super 8 es real. Al igual que sucede en sus libros, el material creativo que emplea Annie Ernaux es su propia biografía, fragmentos de sus diarios y recuerdos que adoptan un nuevo significado al materializarse en fotogramas restaurados para la ocasión. Es un discurso personal que también es político, porque expone la condición de muchas mujeres de aquella época relegadas a la función de cuidadoras y organizadoras del hogar. La cámara de Super 8 que el matrimonio adquiere recién iniciada la treintena (y que él siempre maneja) fija una mirada que ahora, cuatro décadas después, cambia de ojos: del hombre que registra la realidad a la mujer que la desvela.

Esta interpretación de los hechos no es solo discursiva, también es fílmica, por medio del montaje. Tanto la selección de los planos como su coherencia narrativa dotan de identidad a la película y expanden el universo interior de Annie Ernaux al terreno del cine, en este documental de emotividad contenida que resulta directo, sereno y lúcido. Cualidades que están presentes en la obra de la escritora francesa y que encuentran un espacio nuevo en la pantalla.

LEER MÁS

SURO. 2022, Mikel Gurrea

La vitalidad de una cinematografía se mide, entre otras cosas, por la capacidad de prestar atención a las cuestiones del presente y de reflejar en la pantalla los distintos ángulos de la realidad. El cine español reciente cuenta con numerosos ejemplos, muchos de ellos son primeras películas como El agua, Cinco lobitos o Cerdita, estrenadas en 2022. El hecho de que estos títulos hayan inaugurado las carreras de sus respectivas directoras no implica inseguridad ni titubeo, al contrario: son trabajos que exhiben confianza y a menudo demuestran una larga experiencia adquirida en diversos medios, como es el caso de Suro. Su autor, Mikel Gurrea, llega curtido tras una extensa labor en el cortometraje y la publicidad, lo cual le lleva a asumir retos como es filmar en cuatro idiomas diferentes en pleno entorno natural del Alto Ampurdán, en Girona.

Aunque el guion que escribe junto a Francisco Kosterlitz adopta hechuras de género, tiene un trasfondo social que habla de preocupaciones actuales como son las condiciones del sector agrario, la inmigración irregular, la recuperación del patrimonio rural en zonas despobladas... y sobre todo, las relaciones de poder en el ámbito profesional y en el privado. Todo ello a través de una pareja de urbanitas interpretada por Vicky Luengo y Pol López, que decide trasladarse a una propiedad heredada en mitad de un alcornocal. Los temas expuestos en Suro (que significa corcho en catalán) nunca caen en la evidencia y esquivan las moralejas fáciles, pues los conflictos humanos que afectan a los personajes se plantean bajo las claves del thriller dramático. También en la puesta en escena.

Gurrea emplea un estilo visual dinámico que da importancia a los detalles, con una planificación rica en ángulos y tamaños, siempre al servicio de la narración. El ritmo preciso que Ariadna Ribas imprime en el montaje y las imágenes fotografiadas por Julián Elizalde conducen el relato aportando identidad a la película, lo cual se agradece. Suro no pretende inventar el cine pero sí distinguirse de otros films semejantes, gracias a la fragmentación del tiempo y del espacio que lleva a cabo Mikel Gurrea.

Basta ver las elipsis que marcan el paso del tiempo como la manera de representar determinadas situaciones, mediante planos cortos que eluden mostrar la acción en su totalidad (el sacrificio del burro, el accidente en el bosque), para percibir la mirada selectiva del director. Muchas veces queda en manos del público juzgar el comportamiento de los personajes, cuya ambigüedad se hace efectiva gracias a la afinada labor de los actores. Así, los méritos artísticos de Suro se suman a los técnicos hasta culminar en un desenlace inspirado y lúcido, capaz de abrir puertas a otro film que sucede en la mente del espectador después de los títulos de crédito. Es lo mejor que se puede decir de esta opera prima que maneja con destreza los pocos elementos de los que dispone y que, sin duda, hubiera merecido mayor atención de la prestada.

LEER MÁS

UNA CIUDAD EN SU ADOLESCENCIA: INFORME SOBRE CHICAGO "Chicago. Weltstadt in flegeljahren" 1931, Heinrich Hauser

Al igual que muchos otros intelectuales alemanes, Heinrich Hauser se vio obligado a abandonar su país a finales de los años treinta a causa del régimen nazi. Aunque principalmente fue conocido como escritor y periodista, también tuvo un fuerte vínculo con el cine al intervenir en numerosas producciones como actor, si bien su principal aportación fue haber dirigido Una ciudad en su adolescencia: informe sobre Chicago. Se trata de una de las sinfonías urbanas que fructificaron en aquellos tiempos por parte de autores europeos con capacidad de observación, interés etnográfico y ganas de experimentar. Hauser captura con su cámara la energía de la gran metrópoli de Illinois, y lo hace con la mirada propia de un cineasta y la elocuencia de un literato.

La película guarda semejanzas y diferencias respecto a otras del mismo género. Por ejemplo, tiene en común con Berlín, sinfonía de una ciudad o En primavera la fascinación por el movimiento y lo mecánico, las masas de gente, las composiciones geométricas de los encuadres y el montaje. Una ciudad en su adolescencia narra en primera persona las impresiones del director al visitar la ciudad, desde que llega en barco surcando el Mississippi hasta el retrato de las personas que posan frente a su cámara antes de marcharse. El elemento humano aparece siempre representado en relación al espacio, hay una búsqueda constante de explicar los lugares a partir de la vida y el trabajo de los habitantes de la urbe. Pero Hauser no se detiene en la contemplación e insufla su discurso de un aliento poético no exento de contradicciones, ya que su visión alterna el amor y el odio. Como buen viajero, se cuestiona el significado de lo que ve aplicando la extrañeza y el descubrimiento permanente. Sin embargo, hay algo que Hauser introduce (puede que por primera vez) en esta clase de películas, y es el lado menos amable de la ciudad. Es habitual que las sinfonías urbanas exhiban los avances de las sociedades modernas y que incluso desprendan entusiasmo por lo que filman hasta el punto de idealizarlo. Esta es la actitud que mantiene Hauser al principio, cuando es seducido por los medios de transporte y el vigor industrial, pero poco a poco va adentrándose en las entrañas de Chicago y pone el foco en los barrios arrasados por la Gran Depresión. Así, se fija en los borrachos que adormecen sus penurias con líquido anticongelante, los desempleados y los que tratan de vender cualquier cosa en el mercado... y la población negra, tan rara de ver en las pantallas de aquellos días y aquí tan presente.

Heinrich Hauser observa estas realidades con ojos menos estilizados que sus contemporáneos y una retórica más contenida, que amortigua la fragmentación que suele caracterizar el montaje de las sinfonías urbanas, sin renunciar por ello a sus posibilidades expresivas. En suma, Una ciudad en su adolescencia es un ejemplar bello y accesible dentro de esta modalidad del cine en la que están tan cercanos el arte y el documental.

LEER MÁS

CLOSE. 2022, Lukas Dhont

Con apenas dos largometrajes y un puñado de cortos, Lukas Dhont ha demostrado ser un cineasta interesado en explorar las complejidades del género y la identidad. También los problemas asociados a la juventud en su tránsito hacia la madurez, como bien certifica Close. Un drama minimalista que tiene la virtud de estar pegado a la realidad y retratar un dolor común en todas las sociedades, sin recurrir por ello a golpes de efecto ni a los artificios habituales que se emplean para generar emoción. Al contrario, Dhont hace uso del comedimiento y nunca relaja el respeto que siente hacia los personajes, que es el mismo que aplica al espectador.

Conviene no desvelar los aspectos de la trama que hacen de Close una tormenta controlada. Basta decir que los protagonistas son adolescentes que tratan de descubrirse a sí mismos en medio de las imposiciones que les dicta el entorno, son chicos privilegiados (sin carencias afectivas ni materiales, que viven en un lugar favorable a su desarrollo), lo cual, sin embargo, no les protege de los modelos preconcebidos de relación que coartan su libertad. Es una película que trata del sujeto, y por eso el punto de vista no se aparta del personaje principal y todo está filmado tratando de transmitir lo que piensa y siente en cada momento, empleando los recursos de la imagen (planos cerrados, subjetividad) y el sonido (por ejemplo, los efectos que refuerzan su desconcierto en algunas escenas de tensión).

Close está rodada en formato de 4/3, precisamente para ilustrar la estrechez del marco en el que se mueven los personajes, en referencia al título del propio film. La fotografía de Frank van den Eeden es muy sutil en el tratamiento de los colores, las luces y las sombras, creando espacios de intimidad cuando el relato lo requiere, o reflejando los escenarios belgas donde sucede la acción. Pero nada de esto tiene efectividad si delante de la cámara no hay intérpretes capaces de hacer creer al público las inquietudes de Léo y Rémi, los jóvenes protagonistas, acompañados de los actores adultos. En este sentido, Close es uno de esos milagros cinematográficos que se sostienen sobre la labor de unos actores no profesionales que eclosionan en la pantalla y que la impregnan de verdad y frescura, junto a la labor de otros que cuentan con trayectorias reconocidas, como Émilie Dequenne. Ellos son el paisaje humano de esta película que acierta en abordar un tema de plena vigencia, el cuestionamiento de los cánones tradicionales de masculinidad, sin estridencias ni moralejas fáciles. La confirmación de que en Lukas Dhont hay un autor a tener en cuenta dentro del panorama europeo.

A continuación, uno de los temas que integran la música compuesta por Valentin Hadjadj. Al igual que ocurre con el resto de la banda sonora, los sonidos de cuerda conducen la narración, aunque en esta pieza el oboe adopta un papel destacado, como representación del personaje de Rémi. Relájense y disfruten:

LEER MÁS

SINTIÉNDOLO MUCHO. Fernando León, 2022

Para hacer un documental interesante sobre una persona interesante no basta solo con situarla delante de la cámara y ponerse a filmar. Es necesario buscar una forma de narrar el relato que se salga de lo preconcebido, encontrar los puntos de tensión y de distensión, escuchar a las voces adecuadas para recabar información, elegir el punto de vista y contrastarlo con otros... en suma, huir del retrato amable destinado a convencer a los ya convencidos. El cineasta Fernando León ha grabado al cantautor Joaquín Sabina durante periodos dispersos a lo largo de trece años, sin una meta marcada más que la del acompañamiento. Al final, da la sensación de que se han juntado partes del material recopilado, se han montado con cierta coherencia y se han presentado como una película titulada Sintiéndolo mucho sin que se adivine pasión en el resultado.

Lo cual es decepcionante, porque no se trata del primer documental que dirige León, aunque sí es el primero que tiene un claro carácter personalista. En sus anteriores películas de no ficción, cobraba gran importancia el contexto y el dibujo de un paisaje social que influía en los detalles. Aquí, sin embargo, todo está contemplado bajo el mismo foco y se transmite la sensación de ser un trabajo protocolario, terminado con desgana y antes de que reincidan los problemas de salud que han afectado al protagonista en los últimos tiempos. Y es que el septuagenario Sabina ha vivido un importante deterioro a causa de los excesos acumulados, la enfermedad y los accidentes, algo que queda patente en el documental. El retrato que se ofrece de él es el de un señor avejentado (mucho más que Serrat, compinche y hermano mayor en el escenario) que parece empujar a León a dibujar un perfil complaciente y algo lastimero, al borde del patetismo. La diferencia que se aprecia entre las imágenes del presente y las de apenas una década atrás subraya el estado precario del protagonista, quien trata de mantener el tipo entre ocurrencias ingeniosas, tragos de licor y bocanadas de humo... es Sabina haciendo de Sabina, pero en estado de derribo anticipado.

Sus numerosos seguidores quedarán complacidos con la película, mientras que el resto del público es probable que se sienta indiferente ante lo que muestra la pantalla. León divide la narración en diversos bloques (el recuerdo del famoso concierto del 86 en el Teatro Salamanca, el homenaje en Úbeda, los nervios antes de actuar, la caída del escenario en el Wizink de Madrid...) que se suceden sin orden cronológico formando una especie de mosaico que completa la figura del personaje. Al menos, ese parece ser el propósito. Pero hay tanto de lo que no se habla, que la selección de escenas que integran el montaje se antoja sesgada y condescendiente, como queriendo evitar pisar cualquier charco. Apenas se menciona nada de composición musical ni de proceso artístico, de filiaciones políticas ni de compañeros de viaje, de depresión... es evidente que Fernando León no ha querido contar la biografía completa de Joaquín Sabina sino capturar la fotografía de un instante, la etapa final de un creador con una larga carrera a sus espaldas.

Así, Sintiéndolo mucho tiene algo de oportunidad perdida. Ni siquiera la presencia del director en la película ofrece ningún estímulo, ya que no interviene más que como oyente que asiente a las palabras de Sabina, una especie de convidado de piedra que no trasluce la complicidad que se presupone detrás de la cámara. León carece del carácter expansivo y locuaz de un Michael Moore, por ejemplo, ni falta que le hace... pero cuesta entender su decisión de figurar en el plano sin contribuir con ello a la trama. Es una lástima, y tal vez una relación más constatable entre León y Sabina (al estilo de lo que hicieron Wenders y Ray en Relámpago sobre agua) hubiera podido reflotar el pesado barco que es Sintiéndolo mucho para navegar ligero y llegar a mejor puerto.

LEER MÁS

TÁR. 2022, Todd Field

Dieciséis años han tenido que pasar para que Todd Field vuelva a dirigir una película después de aquel fogonazo deslumbrante que fue Little children. Tal vez sea demasiado tiempo, o tal vez es que hay obras que evolucionan a su ritmo, sin ceder a las presiones de la industria y el mercado. Lo que es evidente es que no se alcanza con facilidad un nivel de sofisticación y un dominio de la puesta en escena como el que luce Tár, tercer largometraje de Field en un periodo de dos décadas.

El director continúa indagando en las complejidades de la condición humana, esta vez desde un ámbito distinto al de sus trabajos anteriores. Si In the bedroom y Little children exploraban las contradicciones de la clase media estadounidense, plena de bienes materiales pero insatisfecha en su desarrollo personal, la historia que cuenta Tár está poblada por una élite cultural que parte de una situación privilegiada y se encamina hacia su particular descenso a los infiernos. En especial el personaje principal de Lydia Tár, interpretado con maestría por Cate Blanchett, quien arrastra en su obsesión a todos los que gravitan a su alrededor. La actriz da vida a una reconocida directora de orquesta que afronta una grabación importante en su carrera, es una hembra alfa que se mueve a sus anchas en un mundo muy exigente y competitivo, hasta que la llegada de una joven instrumentista y los trágicos acontecimientos de una relación anterior comienzan a resquebrajar su seguridad y su posición de dominio. El guion escrito por Field incluye agudas reflexiones en torno al arte y su vínculo con las sociedades del pasado y del presente, además de ser un ensayo acerca de las relaciones de poder. Pero sobre todo, Tár es una película que trata sobre la percepción. La protagonista marca el punto de vista del relato y guía al espectador a través los recovecos de una mente en estado de demolición, sin abandonar nunca la subjetividad.

La dificultad que entraña una historia de este calado es que existe la tentación de hacer un retrato efectista del pathos (como hizo Aronofsky en Cisne negro, por ejemplo). En lugar de eso, Field opta por la contención y conduce con mesura tanto el relato como las imágenes. Cada una de sus decisiones mantiene la coherencia narrativa fundiendo fondo y forma, sirva como ejemplo la escena del primer acto en que la protagonista imparte clase: el hecho de que esté filmada en un largo y complejo plano secuencia no equivale a una exhibición visual como sucede con otros directores, porque en el tercer acto se hace alusión a la misma escena, esta vez cortada y manipulada para cambiar su sentido, dando oportunidad al público de contrastar diferentes apreciaciones de un único momento.

Así, algunas de las situaciones más dramáticas que sirven de quiebro (el ataque que sufre Lydia, el personaje de Krista Taylor, la decisión de los accionistas de la Filarmónica de Berlín) suceden fuera de plano y mediante elipsis, lo que convierte a Tár en dos películas que evolucionan en paralelo: una que se muestra en la pantalla y otra que no se ve pero que ocurre en la cabeza del público. La primera es de una calma tensa, mientras que la segunda expande en el subconsciente su violencia soterrada hasta filtrarse en los fotogramas, lo que convierte el visionado del film en un ejercicio apasionante. Hay instantes sonoros (los ruidos nocturnos que desvelan a Lydia, el grito en el parque) que no se concreta si son reales o imaginados, y esa indefinición es lo que hace que resulten estimulantes y no un simple artificio para mantener la atención.

En definitiva, Tár funciona como un volcán humeante que amenaza con erupcionar durante sus ciento sesenta minutos de metraje. Es la representación fría de una Lady Macbeth contemporánea, una mujer cubierta de aristas cuyos demonios son apaciguados por la dirección precisa de Todd Field y la fotografía también comedida de Florian Hoffmeister. Pero Tár es, sobre todo, un recital de Cate Blanchett en estado de gracia, que da soluciones precisas a todos los desafíos que propone el film. Junto a ella brillan Noémie Merlant y Nina Hoss, dentro del reparto internacional de esta producción rodada en su mayor parte en Alemania. El tercer paso de un cineasta que recorre un camino breve pero muy intenso, un recorrido sin atajos que avanza con una determinación y un rigor pocas veces vistos antes.

LEER MÁS

SIN NOVEDAD EN EL FRENTE. "Im westen nichts neues" 2022, Edward Berger

Dentro de los géneros cinematográficos, hay un tipo de drama que ha fructificado de un tiempo a esta parte y que se podría denominar experiencial, consistente en hace vivir al espectador las calamidades que sufre el o la protagonista. Los medios para conseguirlo son la subjetividad del punto de vista y el empleo de herramientas visuales y sonoras que provocan la sensación de estar en el lugar y en el momento de la ficción. De ahí que abunde el plano secuencia y se explote la noción de movimiento, ya que son películas en las que la acción evoluciona durante el recorrido del espacio físico. Basta observar la cartelera de la última década para encontrar diversos ejemplos: Gravity, El renacido, Victoria, Utoya. 22 de julio, 1917... en concordancia con este último título, se podría sumar a la lista Sin novedad en el frente, una epopeya bélica situada en la I Guerra Mundial que adapta la novela de Erich Maria Remarque.

Hay atrevimiento en la decisión de retomar dicha obra literaria, ya que existe una versión previa de 1930 que es una de las cimas del género, un monumento fílmico dirigido con maestría por Lewis Milestone. Más de noventa años después, es Edward Berger quien se encarga de actualizar el relato a los nuevos tiempos. ¿En qué consiste esta renovación? Básicamente, en multiplicar la violencia y en hacer explícito el horror del combate. Berger potencia los elementos trágicos hasta casi borrar los atisbos de humanidad que servían de contrapeso en la película anterior, lo que convierte a la nueva Sin novedad en el frente en un derroche de fluidos corporales mezclados con el barro del campo de batalla. Hay quien podría llamar a esto realismo, y no estaría equivocado, si no fuera porque la verosimilitud no se adquiere solo a través de lo representado. También están las decisiones de la representación, es decir: la elección de los emplazamientos de cámara, los encuadres, la iluminación, el montaje... aquí es donde Berger toma partido y repite los tópicos que suelen simplificar a esta clase de películas, basados en subrayar la perfidia de los personajes malos y el candor de los buenos.

Vayamos primero a las evidencias. Es evidente el desprecio que inspiran los altos cargos militares que no ensucian nunca sus uniformes y que arrojan a los perros la comida que les sobra, del mismo modo que es evidente la compasión que inspiran el hambre y el sufrimiento de los soldados rasos que son enviados al frente para morir. Incluso si estos forman parte del ejército invasor, porque son apenas críos embaucados por las soflamas patrióticas de una estrategia política que no comprenden. Y puesto que ambos perfiles son evidentes (lo cuenta la historia, lo muestra la pantalla) no es necesario acentuarlo mediante el énfasis de las imágenes, a menos que se quiera practicar el ejercicio manierista o el panfleto ideológico, ambos contrarios al naturalismo. Así, Edward Berger embellece el estilo visual de Sin novedad en el frente mediante angulaciones y distancias focales que no tienen otro fin que el estético, lo que termina por banalizar un conjunto que busca trascender.

A pesar de sus debilidades, es justo reconocer los logros de esta ambiciosa producción alemana, cofinanciada con capital norteamericano y distribuida a nivel internacional por Netflix. La película brilla en los apartados técnicos y llega a asumir algún riesgo, como es la música anacrónica que potencia la tensión de muchas escenas. Sin embargo, las altas aspiraciones del director terminan por ahogar las posibilidades narrativas de la película, puesto que se invierte menos esfuerzo en desarrollar el guion que en crear situaciones de impacto. Es una lástima que uno de los aspectos más interesantes del film, como son las negociaciones por el armisticio, no tenga mayor fuerza y quede supeditado a la función de contrapunto para reforzar la perspectiva histórica. Y es que la adaptación remozada de Sin novedad en el frente se presenta como un testimonio del pasado que adquiere nuevos ecos en el presente, debido a los conflictos armados que asolan Europa y el mundo entero. La prueba irrefutable de que el ser humano posee la extraña obsesión de repetir sus errores, tal vez para perfeccionarlos.

LEER MÁS

EL AGUA. 2022, Elena López Riera

Con pasos firmes y atentos, la directora Elena López Riera va recorriendo a través de su cine el mapa físico y mental de su tierra, Orihuela. Esta población de la provincia de Alicante ha aparecido en sus anteriores cortometrajes y vuelve a ser el escenario de El agua, su primera película larga, que consigue sacar adelante gracias a un programa de colaboración europeo que implica a España, Francia y Suiza. No deja de ser curioso que la alianza económica y artística de estos tres países dé como resultado una obra tan arraigada al lugar donde ha sido filmada y con una idiosincrasia de fuerte carácter local. Lo cual prueba que el cine en sí mismo es un espacio común donde convergen ideas y relatos, da igual su procedencia. El agua está en plenitud de las dos cosas.

Lo primero que llama la atención de la película es la convivencia orgánica entre realidad y ficción. López Riera y su coguionista Philippe Azoury (quien también interpreta un papel en el film) inventan una leyenda que relaciona a las mujeres oriolanas con el fenómeno de las riadas que cada cierto tiempo anegan el territorio. El mito y la naturaleza se funden en la trama y condicionan la forma de la película, a medio camino entre el costumbrismo documental y la fantasía esotérica. La directora consigue que este híbrido de géneros y de estéticas se materialice en la pantalla sin que parezca forzado y bajo una sencillez solo aparente, ya que conlleva un gran trabajo de observación que se manifiesta en los detalles. El agua muestra ritos de fe (la cura del mal de ojo, la vigilia de la Virgen) y ritos paganos (la competición de palomos, la rave de música electrónica) que se alternan con fluidez y marcan el día a día de los personajes, en mitad de un verano carente de estímulos.

El paisaje que dibuja López Riera evita la postal mediterránea y se fija en esos rincones que suelen pasar desapercibidos: bares de carretera, gasolineras, polígonos industriales, calles abandonadas por vecinos que se pueden permitir viajar a la playa... sin embargo, la directora y Giuseppe Truppi, el responsable de la fotografía, consiguen crear una identidad visual a través de los encuadres, la luz y el montaje (que firma Raphaël Lefèvre) y dotan a las imágenes de un carácter misterioso y al mismo tiempo cercano. Hay escenas como la del regreso nocturno a través del palmeral o el baño de la abuela que son un buen ejemplo. Estos momentos de intimidad se intercalan con otros que adoptan el lenguaje del documental, con la participación de personas del pueblo que ofrecen su testimonio a cámara y la inclusión de material de archivo, proveniente de la televisión y de grabaciones amateur de dispositivos móviles. López Riera suma así una mirada antropológica a la fábula que tiene entre manos, un reflejo directo de los usos y costumbres de un emplazamiento físico que, además, es humano, ya que la película incluye un buen número de actores nativos no profesionales.

Pero sobre todo, El agua es un alegato que defiende el derecho de las mujeres de la zona a mantener su libertad y vivir su deseo sexual sin ser juzgadas. Bárbara Lennie, Nieve de Medina y la debutante Luna Pamiés son actrices de diferentes generaciones que encarnan a una familia sin hombres y sobre la que pesa una especie de maldición en el pueblo. Son brujas contemporáneas y orgullosas, que dan vida al discurso feminista que Elena López Riera despliega de manera sutil hasta la llegada del final. Solo entonces, la joven protagonista mira a cámara y su voz en off interpela al público para que tome partido. El drama que ha ido fluyendo a lo largo del metraje se vierte en un desenlace abierto, que es también una proclama y una declaración de intenciones. El agua se solidifica así en una de las operas prima más estimulantes y prometedoras del reciente cine español, que revela la visión propia de una autora en ciernes, a la que habrá que seguir muy de cerca.

LEER MÁS

LOS FABELMAN. "The Fabelmans" 2022, Steven Spielberg

Algún día se hablará de las películas de este tiempo definidas por la nostalgia, y no será con palabras amables. La nostalgia está siempre bajo sospecha. Suele venir emparejada con la crisis de ideas y la falta de creatividad, con el agotamiento, la reiteración... tal vez de manera injusta, porque también es necesario mirar atrás de vez en cuando, para ubicar el presente y para proyectar el futuro. O para dejar constancia y construir memoria. Con mayor o menor fortuna, hay directores como Richard Linklater o James Gray que han situado sus últimos films en un pasado conocido, y otros como Quentin Tarantino o Damien Chazelle que han ido más atrás, hacia épocas que no son las suyas pero que conforman un ideal de memoria cinéfila. Luego están los autores que narran sus tempranas biografías sin personajes interpuestos, como Kenneth Branagh o Pedro Almodóvar. Estos últimos se adentran en un terreno poco explorado de la nostalgia en el cine y que es doblemente peligroso, por ser proclive al narcisismo y la sensiblería, como es el relato en primera persona del nacimiento de una vocación.

Steven Spielberg toma este último camino en Los Fabelman, sin desvelar demasiados secretos. Él mismo ha contado muchas veces detalles de su infancia y juventud cuando le han preguntado por ello, quien haya visto el documental que Susan Lacy le dedicó en 2017 lo habrá podido comprobar. Una parte de lo que allí constaba vuelve a aparecer en Los Fabelman, esta vez empleando el lenguaje de la ficción, para dar forma argumental a los recuerdos recopilados por el propio Spielberg en compañía de Tony Kushner, su guionista habitual de los últimos años. Esta es la tercera vez que el director asume también la escritura (las dos anteriores fueron Encuentros en la tercera fase e Inteligencia artificial, aparte de Poltergeist), dando continuidad al inventario de familias desestructuradas que conforman su cine y con las que trata de exorcizar sus demonios internos. Los adeptos reconocerán muchos episodios de la trayectoria de Spielberg (las primeras grabaciones de trenes eléctricos y los posteriores ejercicios amateur, la separación de los padres, el antisemitismo), son momentos que no reflejan literalmente los hechos sino que los adaptan a las conveniencias de la narración, casi a modo de fábula. Como tantas veces sucede en la filmografía del director, Los Fabelman es una epopeya norteamericana de clase media que ensalza la figura del self-made man, solo que en esta ocasión todo transcurre justo antes de alcanzar el éxito. La trama describe el tránsito hacia la madurez de un chico que aprende a superar las adversidades, guiado por las consignas que le inculca su madre, del tipo "sé tú mismo" o "todo pasa por algún motivo". Nada nuevo, lo cual explica que la película adquiera relevancia cuando se sale del carril convencional y entra en la reflexión soterrada, sin subrayados. Buen ejemplo de ello se produce en la escena de la proyección en el instituto, cuando el protagonista descubre la capacidad de influir en las personas según la manera de filmar. Eso es lo que lleva haciendo Spielberg desde hace cinco décadas y lo que le destaca como un cineasta de extraordinarias cualidades.

Si bien Los Fabelman no se encuentra entre sus mejores títulos, se disfruta de principio a fin gracias a su milimétrica puesta en escena y al sentido del humor capaz de aliviar la tragedia doméstica que vive Sammy, el alter ego del joven Steven encarnado por Gabriel LaBelle, a causa del matrimonio fracasado de los padres, a quienes dan vida Michelle Williams y Paul Dano. El sentimentalismo es el talón de Aquiles del director y aquí vuelve a dejarlo al descubierto, sin que suponga un problema grave... aunque el énfasis en algunos momentos (el hallazgo en la moviola de la infidelidad materna, con esa cámara inquieta y manierista) y en la interpretación de los actores (en especial de Dano) no contribuye a redondear el conjunto. Spielberg nunca ha practicado un cine realista, ni siquiera cuando se basa en historias verídicas. Pero sí trata de ser creíble, por muy fantásticas que sean las aventuras que relata. En Los Fabelman hay una intención de sublimar la memoria a través de la estética, como muestra la escena del baile nocturno de la madre frente a los faros del coche. Y es que Spielberg idealiza las imágenes hasta el borde de lo relamido, por medio del tratamiento visual que Janusz Kaminski aporta a la fotografía y Michael Kahn al montaje. Más allá de la técnica impecable y de la planificación perfecta, el genio de Spielberg brilla en determinados instantes en los que irrumpe la inspiración y la sorpresa, como el plano de inicio en el que se presentan los personajes, o el plano final en el que el protagonista sale a caminar entre los edificios del estudio. Son fogonazos que llevan el sello de su autor y que alumbran los rincones de la película, proporcionando al espectador esa impresión tan genuina de estar viendo cine, simple y llanamente.

En este sentido, hay un cine intrínseco al estilo de Spielberg y un cine al que se alude, que son sus influencias declaradas: Cecil B. DeMille, el género bélico, el western y, sobre todo, John Ford, quien aparece representado de manera inesperada al final de la película por David Lynch. El legendario cineasta adopta la categoría de un Mago de Oz que revela al recién llegado el secreto de hacer cine, que no es otro que saber mirar.

A continuación, un emotivo vídeo que celebra los cincuenta años de colaboración entre Steven Spielberg y John Williams, cumplidos con Los Fabelman. Coincidiendo con la composición de esta música, el maestro nonagenario ha anunciado su retiro, cerrando así una de las alianzas artísticas más fructíferas y brillantes de la historia del cine.

LEER MÁS

SILS MARIA. 2014, Olivier Assayas

Es difícil encontrar líneas maestras o claves de estilo en el cine de Olivier Assayas. En las últimas cuatro décadas, su trayectoria ha estado marcada por el eclecticismo y por la búsqueda constante de temas que son una exploración del propio cine. Por eso no es extraño su interés por retratar las contradicciones de la realidad y la ficción, así como la convivencia de lo personal y lo creativo personificada en escritores (Dobles vidas) o en actrices (Irma Vep). A estas últimas vuelve en Sils María, película capital dentro de la obra del director francés y en la que demuestra un grado de perfeccionamiento pocas veces alcanzado antes.

Lo primero que destaca de Sils María es su propuesta de metaficción a varios niveles, ya sean internos (personajes que representan a actrices) como externos (actrices que representan a personajes que representan a actrices). Detrás de este trabalenguas hay una reflexión profunda sobre la conducta humana, con una idea fundamental: las relaciones íntimas son también relaciones de poder. Juliette Binoche y Kristen Stewart encarnan, respectivamente, a una reputada actriz y a su asistente personal, un preámbulo del rol que luego interpretará Stewart en Personal shopper, el siguiente film de Assayas. Es emocionante contemplar en la pantalla el trabajo conjunto de ambas mujeres de nacionalidades y generaciones distintas, a las que se suma en el tercer acto Chloë Grace Moretz. El guion de Sils Maria establece un juego de espejos entre los personajes en el que a veces convergen las miradas y otras se distorsionan, con diálogos certeros y un inteligente uso de la elipsis que hace que el conjunto resulte muy sugerente.

Olivier Assayas consigue que el peso del texto no se imponga sobre las imágenes y dota a las palabras de la puesta en escena adecuada. La planificación es muy dinámica sin que se llegue a notar demasiado, lo cual es una virtud porque no distrae de lo esencial, que es el relato. Para ello, Assayas cuenta con la buena labor de sus dos colaboradores habituales durante los últimos tiempos: Marion Monnier y Yorick Le Saux. La primera lleva a cabo un montaje muy inteligente que en determinados momentos asume ciertos riesgos expresivos (las imágenes superpuestas de Stewart regresando en coche durante la madrugada) y que permite que las conversaciones y los detalles crezcan. Por su parte, Le Saux saca el máximo partido a la fotografía y dota de identidad a cada escenario, ya sean interiores o exteriores. Y es que el espacio es otro de los elementos primordiales de la película, ya desde el mismo título.

Sils María hace alusión a un paisaje montañoso en el sureste de Suiza, cerca de la frontera con Italia, donde se materializan los vínculos de los personajes. La naturaleza geográfica se funde con la humana y culmina en un fenómeno climatológico denominado la serpiente de Maloja, exclusivo de la zona y que en la película presagia un empeoramiento que no es solo atmosférico, también afecta a las protagonistas. La belleza de estas imágenes admite poca comparación y sublima la intimidad individual, recogiendo la herencia del romanticismo centroeuropeo. Por todo ello, Sils María es con probabilidad la película más redonda y compacta de un director que no suele amoldarse a fórmulas y que huye siempre de lo convencional, en esta ocasión acompañado de dos actrices en estado de gracia.

LEER MÁS

TORI Y LOKITA. "Tori et Lokita" 2022, Jean-Pierre y Luc Dardenne

No es la primera vez que el cine de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne se adentra en el drama de la inmigración irregular. Títulos como La promesa, El silencio de Lorna o La chica desconocida han reflejado esta problemática desde distintas perspectivas, pero seguramente nunca antes con la rotundidad y la aspereza de Tori y Lokita, un mazazo para la conciencia del público acostumbrado a escuchar noticias terribles en los informativos sin llegar nunca a sentirse concernido por lo que le cuentan. Para eso se hacen películas así: para dejar constancia de lo que sucede en las orillas del estado del bienestar, de modo crudo pero sin sensacionalismo, apelando a la empatía pero sin masajear el ego de las buenas intenciones. Es un equilibrio complejo que los dos cineastas belgas practican de manera ejemplar, más teniendo en cuenta que ambos bordean los setenta años y no muestran síntomas de acomodarse.

El argumento de Tori y Lokita sigue los pasos de dos jóvenes que conviven en un centro de internamiento y que tratan de salir adelante aceptando trabajos precarios, trapicheando y enfrentándose a los requisitos legales que les impiden regularizar su situación. La película comienza como una crónica social y termina convertida en un thriller de consecuencias trágicas, próxima al género de terror. Todo narrado con un naturalismo que traspasa la pantalla y que evita el maniqueísmo y la propaganda de la miseria en la que incurren otras producciones de vocación samaritana. No, los directores sienten el máximo respeto por los personajes y por el público, tendiendo un puente entre ambos sostenido por la mirada.

Y es que la mirada contiene una gran importancia en el cine de los Dardenne. Lo que mira el espectador y lo que miran los personajes no siempre coincide, hay un espacio intermedio que debe ser completado a través de elipsis (la escena de Tori escondido bajo la cama de Lokita mientras es extorsionada) o del fuera de campo (el encuentro final entre el captor y su presa en la carretera). Estos y otros muchos momentos inciden en el punto de vista como recurso que unas veces niega y otras acompaña, siempre y cuando se cuente con la complicidad de quien ocupa la butaca. Por eso es un cine tan estimulante, porque hace trabajar al cerebro a través de los detalles y sin abandonar nunca la emoción.

La imagen inicial que abre el film es un primer plano de Lokita. Después habrá muchos más porque el plano corto es la herramienta perfecta para apoyar todo lo dicho antes. Del mismo modo, la cámara en mano y la puesta en escena siempre en favor del verismo refuerzan la credibilidad del relato, a lo que contribuyen las interpretaciones de los actores, que en el caso de los protagonistas no son profesionales. Tori y Lokita perpetúa el estilo de los hermanos Dardenne y supone un nuevo eslabón dentro de una cinematografía exigente, pulcra y sin concesiones, que parece más una misión en la vida que una dedicación laboral.

LEER MÁS

DIAL 1119. 1950, Gerald Mayer

A primera vista, podría parecer que Gerald Mayer es un caso más de nepotismo dentro de la industria del cine. Con treinta años debutó en la dirección auspiciado por el estudio Metro-Goldwyn-Mayer, uno de los más importantes durante la primera mitad del siglo XX, que era propiedad del todopoderoso Louis B. Mayer... a la sazón, tío de Gerald. Sin embargo, el director novato no contó con un gran presupuesto ni con estrellas en el cartel. Al contrario: Dial 1119 es un noir de serie B que sitúa buena parte de la acción en escenarios únicos y con un grupo reducido de personajes. Lo cual no le impide ser una película contundente y certera, que sin duda merece más reconocimiento del que ha tenido a lo largo de los años.

El guion escrito por John Monks Jr. comienza como un mosaico de situaciones dispersas que sirve para presentar a los personajes: una mujer de mediana edad que todavía vive con su madre y que desea disfrutar de una escapada de fin de semana, un periodista harto de no dar nunca con noticias relevantes que abandona el periódico donde trabaja, un camarero a punto de ser padre, una prostituta que aguarda a los clientes entre copa y copa... y varios más, entre los que se cuela un joven perturbado que les toma a todos como rehenes en un bar sitiado por la policía y los medios de comunicación. Una historia así se presta al retrato de diversos perfiles humanos y al desarrollo de una tensión que va en aumento según se desarrollan los apenas setenta y cinco minutos de metraje. Y es que todo es pequeño en Dial 1119, menos el resultado.

Hay otros títulos de la década de los cincuenta que siguen esta misma fórmula del conjunto de personajes retenido en un espacio común por una o varias personas armadas (Suddenly, The desperate hours). La virtud de Dial 1119 reside en dos aspectos fundamentales: por un lado, la manera que emplea Mayer de conectar las escenas mediante elementos visuales y sonoros, obteniendo una fluidez narrativa que permite que todas las piezas se engarcen con naturalidad. Así, la radio y la televisión ejercen de vasos comunicantes entre los distintos escenarios y agilizan el ritmo que mantiene el relato.

El otro factor destacable son los cuestionamientos que el film contiene en torno a las jerarquías de poder y a la sociedad de la comunicación, capaz de convertir a personas anónimas en héroes o villanos según las necesidades del público. Temas de plena vigencia que hacen de Dial 1119 un entretenimiento mordaz y a la vez gozoso, que trasciende su condición de producto de segunda categoría y se eleva a la altura de clásico del cine negro. A pesar de lo ajustado del presupuesto, Gerald Mayer logra una factura visual impecable y una buena labor por parte de los actores y actrices que integran el reparto. El director completó su trayectoria cinematográfica con cinco películas más antes de centrarse por completo en las series televisivas, donde seguiría practicando este formato breve y conciso durante mucho tiempo, una vez que su influyente tío había muerto.

LEER MÁS