EL REY LEAR. "King Lear" 1987, Jean-Luc Godard

Godard nunca elige la manera convencional de realizar las cosas. Su voluntad como artista es la de subvertir los géneros y hacer evolucionar el medio en el que se expresa, el cine. Precisamente para alcanzar su esencia. Es por eso que sus películas se parecen más a ensayos que a novelas, son ensayos sobre cine. Algo que se aprecia bien en El rey Lear, adaptación libérrima de la obra de Shakespeare, que se define a sí misma como un estudio. También como un acercamiento y una aclaración. Es todo eso a la vez, y a la vez nada (nothing, no thing). Para entenderlo mejor, conviene conocer el contexto en el que se produce el film:

En los años ochenta, la compañía Cannon tiene fama de albergar una buena cantidad de títulos de acción que aspiran a alimentar la taquilla, gran parte de ellos cuestionados por su calidad (quien quiera completar información, debería ver los documentales Electric Boogaloo y The Go-Go Boys). Las malas decisiones financieras encaminan a la empresa hacia la bancarrota, no sin antes fichar a tres directores de prestigio con opciones de ganar el favor de la crítica y, de paso, algún premio. La representación norteamericana viene cubierta por John Cassavetes, con la muy estimable Corrientes de amor (1984), el ruso Andrei Konchalovsky, responsable de la película de culto El tren del infierno (1985), y Jean-Luc Godard, auténtico pope del cine europeo. La leyenda cuenta que el contrato de este último se improvisó en el mantel de papel de un restaurante, un indicio bastante claro de lo que estaba por suceder. Y es que cualquiera que se asomara un poco a la trayectoria de Godard, sabía que él jamás haría una versión canónica de Shakespeare, ni siquiera aunque el guion contase con un escritor tan reputado como Norman Mailer, que huyó al comienzo del rodaje por la visión que Godard tenía del proyecto. Así, El rey Lear empieza con dos tomas repetidas de Mailer y su hija interpretando una escena mientras se escucha en off la conversación telefónica de Godard con uno de los productores, instándole a terminar la película y entregarla. Cannon quería presentarla en el Festival de Cannes, donde sin duda obtendría el reconocimiento anhelado... lo cierto es que allí recibió el rechazo general, dado el nivel de experimentación y ruptura con que Godard había abordado al Bardo de Avon.

Vista hoy, El rey Lear es puro Godard. Más que interesarse por la obra original, el director la utiliza de pretexto para reflexionar sobre algunas de sus obsesiones: la búsqueda de una identidad propia como individuo y como autor (el poder contra la virtud), la responsabilidad política del intelectual (¿cómo crear después de Chernóbil?) y una convicción que sostiene la película y que tendría que figurar en todos los estudios audiovisuales: "La imagen no es espectacular por sí misma, sino por su significado". Además se investigan las posibilidades del sonido mediante la repetición (el graznido de las gaviotas, el repicar de las campanas), el silencio, el ruido de fondo o la distorsión. De hecho, hay un juego semántico entre las palabras Lear/Ear (oído) con el que Godard establece la idea de "mirar con los oídos", concepto que engloba una dimensión sonora muy sugestiva que puede irritar, sin embargo, a los espectadores desprevenidos.

Godard siembra El rey Lear de estímulos y de detalles inesperados que fructifican a lo largo del metraje, como es la convivencia de nombres pertenecientes a disciplinas y tiempos diversos. Así, se hace referencia a cineastas del pasado (Welles, Visconti, Pasolini) y a otros del presente que aparecen en pantalla (Leos Carax y Woody Allen, al que se denomina Mr. Alien), actores veteranos (Burgess Meredith), jóvenes (Molly Ringwald, Julie Delpy), el director de teatro Peter Sellars o los escritores Norman Mailer y Freddy Buache. A este pintoresco reparto se une el propio Godard, encarnando al profesor Pluggy (que en español se traduce como "enchufado/conectado" y como "trasplante de pelo mal hecho, evidente"), una especie de oráculo extravagante e iracundo, caricatura de un Godard que en aquella época veía su relevancia en entredicho.

La directora de fotografía Sophie Maintigneux dota a las imágenes de la belleza invernal característica de los cantones suizos, donde Godard había fijado su residencia. Allí, lejos de la antigua Britania, se desarrolla este ensayo que mantiene intactas su modernidad y heterodoxia, retando al público contemporáneo a descifrar sus enigmas con la lucidez de un profeta y el ingenio de un bufón.

LEER MÁS

VOCES EN EL TIEMPO. "Voci nel tempo" 1996, Franco Piavoli

Tercer largometraje de Franco Piavoli, en el que continúa explorando la representación de la realidad rural con su particular mirada poética y su fuerte sentido humanista. Una vez más, el director italiano prescinde de la palabra y se vale de imágenes y sonidos para desarrollar un lenguaje genuinamente cinematográfico, que remite a pioneros como Flaherty, y que se conecta con el presente a través de la observación atenta del entorno y los habitantes de Castellaro, un pequeño pueblo en la región de Liguria. Allí se desplazó Piavoli cerca de dos años junto a su mujer, Neria Poli, quien ejerce de ayudante, apenas los únicos miembros del equipo de Voces en el tiempo. Ambos filman la vida tratando de capturar su esencia, sin recurrir a grandes gestos sino a actos cotidianos: niños que juegan, jóvenes que se enamoran, adultos que trabajan, ancianos que recuerdan... en suma, una alegoría sobre las distintas edades a lo largo de las estaciones, además de una reflexión que relaciona las figuras con el espacio.

Estos vínculos se establecen de manera visual y auditiva. Los sonidos marcan el latido de la naturaleza en diálogo con las músicas, casi siempre diegéticas salvo al final, con el Canon de Pachelbel dando paso a los títulos de crédito. Las otras melodías que suenan pertenecen a diversos géneros y definen la interacción de los cuerpos en el baile: el pop contemporáneo de los primeros flirteos amorosos, la salsa y el contacto de la piel, el vals de la boda, la escucha del aria de ópera en la plaza por parte de los mayores... son escenas capaces de igualar los ritos populares y los sagrados, en un mismo estado de elevación hacia las personas retratadas en la pantalla.

Así, la virtud de Voces en el tiempo es saber expresar cuestiones profundas de modo sencillo. Los encuadres buscan la quietud o el dinamismo según la sensación que pretenden transmitir, pero detrás de cada composición (a veces son cuadros en movimiento) hay una idea que sobrepasa lo estético y aspira a la revelación espiritual. Piavoli, al igual que Tarkovski, es un autor de firmes convicciones cristianas, lo cual se trasluce en su cine. Ningún plano es accesorio o banal, y todos encuentran significado en el montaje. Una tarea que también asume el director y que define la trascendencia de las imágenes, de gran belleza y con un simbolismo que el espectador puede traducir atendiendo a su propia intuición y experiencia. Porque Piavoli sugiere conceptos sin imponerlos, ofreciendo libertad de interpretación al público. Esto hace que el visionado resulte estimulante y que el eco de la película se expanda en el recuerdo como un enigma que nunca se termina de descifrar, un misterio contemplado con la curiosidad de un muchacho y la serenidad de un viejo. Esta cualidad la poseen solo unas pocas obras escogidas, entre las que se encuentra Voces en el tiempo.

LEER MÁS

PARÍS, DISTRITO 13. "Les Olympiades" 2021, Jacques Audiard

A lo largo de su carrera, Jacques Audiard ha adaptado al cine diversas novelas. Pero no es hasta París, distrito 13 que emplea como material de origen el cómic, en este caso dos historias de Adrian Tomine extraídas de su obra Intrusos (Killing and Dying, 2015). Se trata de narraciones que cuestionan las relaciones personales en el ecosistema digital del presente, cuentos acerca de la facilidad para establecer contactos y la dificultad para afianzar parejas. El guion, escrito a varias manos, despliega de forma fragmentada situaciones de tinte naturalista, poniendo énfasis en los diálogos y en las interacciones de los protagonistas. Por eso, la elección de actores resulta fundamental para que la película funcione: Makita Samba, Noémie Merlant y la debutante Lucie Zhang logran sortear los riesgos de la literalidad mal entendida, gracias a sus interpretaciones creíbles y a su valentía en exponer la piel y los sentimientos.

Otra novedad de París, distrito 13 es que está filmada en blanco y negro. La fotografía de Paul Guilhaume sintetiza los elementos de la imagen y refuerza el contraste para que la atención se fije en lo esencial: los personajes y los escenarios urbanos en los que se mueven. La capital francesa no aparece tan idealizada como suele ser común, privada de referencias históricas y monumentos, si bien la monocromía implica ya de base una estilización de la realidad. Es un gesto manierista impulsado por recursos visuales (ralentizados, pantalla partida, movimientos de cámara) que ilustran la mirada del director, siempre expresiva. Audiard demuestra ser un cineasta atento a los detalles que a veces cede al capricho (el desorden cronológico no tiene mucha justificación) y a veces exhibe lucidez a la hora de fijar el tono del relato.

En suma, París, distrito 13 es una exploración de ciertos problemas contemporáneos que afectan al ser humano, representado en tres individuos particulares. Esta voluntad de ir de lo general a lo concreto queda clara desde el inicio, con un plano que sobrevuela los edificios del distrito mencionado en el título, hasta detenerse en una ventana que se podría asemejar a una viñeta de cómic. Jacques Audiard sabe traducir muy bien el universo de Adrian Tomine, trasladando la acción de los Estados Unidos a París, mediante escenas que congregan lo intelectual y lo sensual, el verbo y el silencio, la gloria y la derrota de estos tiempos inciertos que nos ha tocado vivir.

LEER MÁS

CLASIFICADO S: TRANSGRESIÓN EN LA TRANSICIÓN. "Exorcismo: The Transgressive Legacy of Clasificada S" 2024, Alberto Sedano

A pesar del éxito que tuvieron entre el público de los años 70 y 80, las películas clasificadas S nunca gozaron de la aprobación de la crítica. Tal vez por eso, no ha habido estudios ni relatos pormenorizados sobre el tema hasta los últimos tiempos, con el estreno de ficciones (Los años desnudos), documentales (Sesión salvaje) o la publicación de libros (Clasificada 'S') que han venido a completar la escasa información disponible acerca de este cine barato y carente de pretensiones artísticas. De hecho, la denominación S significa sensible, una advertencia por parte de las autoridades que pronto se convirtió en un reclamo para atraer la atención de los espectadores con sus contenidos eróticos y violentos, encabezados por provocativos títulos de la talla de: En busca del polvo perdido, Sueca bisexual necesita semental, No me toques el pito que me irrito... Puede que no figuren en ninguna lista elaborada con buen gusto, pero es indudable que se integran en la cultura popular de un país que quiso degustar a mordiscos el sabor de la libertad recuperada tras décadas de dictadura franquista.

Para reivindicar este periodo de apertura, Alberto Sedano escribe, dirige y produce Clasificado S: Transgresión en la Transición, con la compañía Severin Films. Un estudio norteamericano especializado en género de terror que permite que el debut de Sedano tenga posibilidades de exportación, ya que en parte está filmado en inglés, incluida la narración en off de Iggy Pop.

La película sabe conjugar la investigación y el entretenimiento, gracias a incluir abundante material de archivo y declaraciones de historiadores, profesionales y algunos de los protagonistas de la época (Antonio Mayans, Jack Taylor o Ricard Reguant, entre otros). Todo contado con dinamismo y profusión de referencias, a veces incluso demasiadas, ya que el inventario de películas es tan extenso que puede llegar a saturar. El documental está dividido en bloques argumentales que proporcionan contexto histórico, análisis, anécdotas y numerosas imágenes que deparan un festín de sangre falsa y de desnudos verdaderos. En suma, se trata de una experiencia muy divertida que no cabe recomendar a moralistas de estómago delicado. Los demás podrán disfrutar de esta mirada al pasado que contiene también cierto reproche al desmantelamiento de una industria que no volvió a ser la misma, y a la falta de voluntad de riesgo que todavía afecta a nuestro cine.

LEER MÁS