Estos vínculos se establecen de manera visual y auditiva. Los sonidos marcan el latido de la naturaleza en diálogo con las músicas, casi siempre diegéticas salvo al final, con el Canon de Pachelbel dando paso a los títulos de crédito. Las otras melodías que suenan pertenecen a diversos géneros y definen la interacción de los cuerpos en el baile: el pop contemporáneo de los primeros flirteos amorosos, la salsa y el contacto de la piel, el vals de la boda, la escucha del aria de ópera en la plaza por parte de los mayores... son escenas capaces de igualar los ritos populares y los sagrados, en un mismo estado de elevación hacia las personas retratadas en la pantalla.
Así, la virtud de Voces en el tiempo es saber expresar cuestiones profundas de modo sencillo. Los encuadres buscan la quietud o el dinamismo según la sensación que pretenden transmitir, pero detrás de cada composición (a veces son cuadros en movimiento) hay una idea que sobrepasa lo estético y aspira a la revelación espiritual. Piavoli, al igual que Tarkovski, es un autor de firmes convicciones cristianas, lo cual se trasluce en su cine. Ningún plano es accesorio o banal, y todos encuentran significado en el montaje. Una tarea que también asume el director y que define la trascendencia de las imágenes, de gran belleza y con un simbolismo que el espectador puede traducir atendiendo a su propia intuición y experiencia. Porque Piavoli sugiere conceptos sin imponerlos, ofreciendo libertad de interpretación al público. Esto hace que el visionado resulte estimulante y que el eco de la película se expanda en el recuerdo como un enigma que nunca se termina de descifrar, un misterio contemplado con la curiosidad de un muchacho y la serenidad de un viejo. Esta cualidad la poseen solo unas pocas obras escogidas, entre las que se encuentra Voces en el tiempo.
