Las directoras y guionistas Maya Duverdier y Amélie van Elmbt deciden no dejarse abrumar por el peso histórico del Hotel Chelsea y se centran en el presente, a través de las rutinas de algunos habitantes seleccionados. La cámara se cuela en sus viviendas y retrata lo cotidiano como un acto de rebeldía y afirmación personal, en medio del caos. El montaje incluye imágenes de archivo de un pasado que todos añoran, y fragmentos oníricos en los que aparecen celebridades que pasaron por allí: Dylan, Hendrix, Joplin, Warhol, Marilyn... representados mediante proyecciones en las paredes, de ahí el título del film. Es un material del que no se abusa, al contrario: sirve de separador entre ciertos bloques narrativos, lo que permite a las directoras ordenar el relato y dejar que la fantasía intervenga en la realidad, tal como dice uno de los artistas que participan: que lo abstracto invada lo figurativo. Estas intromisiones son también sonoras, lo cual refuerza la atmósfera casi fantasmal que adquiere Dreaming walls, tal vez su mejor baza.
Más que contar una historia, las directoras pretenden fijar un instante, capturar sensaciones. Y lo logran gracias a una puesta en escena muy hábil, que conjuga expresividad y belleza visual, con un montaje que pasa de un tiempo a otro de manera sutil, aprovechando elementos del escenario. Además, la precisión del ritmo envuelve al espectador en la evocación y la melancolía, otorgándole la condición de testigo directo. En suma, Dreaming walls es un ejemplo perfecto de las capacidades afectivas del documental, una herramienta de denuncia y de empatía, de recuperación de la memoria y de crítica a las condiciones actuales de la vivienda, un problema global que afecta por igual a los edificios que forman parte del patrimonio de las ciudades.






















