El contexto y la atmósfera de El agente secreto quedan perfilados desde el inicio en la gasolinera, con el cadáver tendido en el suelo. El empleado del establecimiento espanta a los perros que acuden atraídos por el olor, a la espera de la policía que nunca llega... hasta que, al fin, aparece en el momento en el que el protagonista se ha detenido para repostar. Los agentes ignoran al muerto y tratan de obtener rédito del forastero, encarnado por Wagner Moura, de quien consiguen apenas unos pocos cigarrillos. Esta larga secuencia abre el primero de los tres segmentos en los que se divide el relato, siguiendo un orden que rompe la cronología de los hechos e incluye saltos al pasado y al futuro, un diálogo temporal que plantea preguntas al tema de la violencia y la represión ejercidas por la dictadura militar en el Brasil de 1977.
Mendonça Filho vuelve a filmar en su ciudad natal, Recife, escenario de sus títulos previos. Un refugio clandestino de disidentes asediados por las fuerzas del estado, donde recala un profesor universitario que busca escapar del país con su hijo. El círculo de matones se estrecha a su alrededor mientras establece relación con la comunidad opositora al régimen, personas diversas que resisten día a día y aportan humanidad a un paisaje viciado por la corrupción. Si bien El agente secreto tiene un trasfondo dramático vinculado con la memoria histórica y con la reivindicación de derechos, además hay comedia e incursiones en el absurdo, lo cual aligera el conjunto y permite sopesar los acontecimientos con distancia.
Dicha mixtura condiciona el estilo visual de la película, también muy dinámico. Los encuadres se abren y cierran describiendo entornos, acompañando acciones y capturando detalles (atención a los cuadros de las paredes), con una elocuencia que se materializa finalmente en el montaje. La fotografía de Evgenia Alexandrova recrea las texturas y los colores de la época en la que se enmarca la historia, con tonalidades cálidas y luces sobreexpuestas que realzan el diseño de arte, un auténtico festín para los ojos. Así, las imágenes de El agente secreto transmiten calor y verismo, dos cualidades que emanan de los personajes, interpretados con convicción por un extenso plantel de actores.
Aunque en ocasiones da la sensación de que el film navega solo a la deriva, en realidad, Mendonça Filho maneja con precisión de cirujano los pesos y contrapesos que equilibran la trama y mantienen la tensión del público. El resultado proporciona una experiencia atípica a la que conviene abandonarse a lo largo de sus 160 minutos, bajo los efectos de unas imágenes embriagadoras y de una ficción consciente de sí misma en cada instante. Es el cine por el cine, una hazaña que logra estimular la mirada y agitar las ideas, en definitiva: saldar cuentas con un pasado terrible empuñando la cámara.






















