Tanto el guion, escrito por Marques-Marcet junto a Clara Roquet y Coral Cruz, como la puesta en escena, desarrollan el concepto dramatúrgico que sirve de base (la casa a modo de escenario, el conflicto heredado de la tragedia clásica) y lo transforman en imágenes expresivas y de gran belleza, gracias al tratamiento del color que Gabriel Sandru aplica en la fotografía. Cada momento musical está planteado de una forma distinta y hay un interés por trabajar el espacio en relación al movimiento de los actores y el baile. Por ejemplo: uno de los números recrea las elaboradas coreografías geométricas de Busby Berkeley, mientras que otros emplean la danza contemporánea, la performance... todos dentro de la intimidad que exige la historia, en tránsito del decorado doméstico a la naturaleza helada de las montañas de Suiza. Dicha alteración del paisaje tiene que ver con el proceso personal que atraviesan los protagonistas, que va de lo conocido a lo desconocido, de la exaltación a la serenidad, así hasta completar un viaje en el que se imponen los sentimientos, sin que esto implique caer en la cursilería.
Polvo serán logra salir indemne de los numerosos riesgos que afronta, a veces de manera kamikaze, lo que demuestra la valentía del director. Carlos Marques-Marcet realiza su película más extraña hasta la fecha, imbuida por las composiciones de Maria Arnal, unas con letra y otras no, en un proyecto que parece todo el tiempo abocado al desastre, lo cual no sucede. Aquí reside la grandeza de este film singular como pocos, bien acabado y bien interpretado, capaz de abordar cuestiones incómodas con la ligereza de una canción.






















