Los tortuga tiene como punto de partida la diáspora de los migrantes del sur que marcharon al norte buscando mejorar sus condiciones en la posguerra, un exilio económico que es el origen del desarraigo que padece la hija compartido con su madre, de procedencia chilena. Ambas se resisten a cortar con las raíces que aún mantienen incluso de manera literal, en forma de olivo. En una de las escenas más representativas, la hija se adentra en el hueco dejado por el ejemplar seco donde fueron esparcidas las cenizas del padre, para guardar unos puñados de tierra... en la bolsa de plástico de un supermercado Covirán. La mezcla de elementos dramáticos y costumbristas es una de las habilidades narrativas de Funes, en compañía de su coguionista habitual (y pareja) Marçal Cebrian. Los dos consiguen dar con el tono adecuado, primero en el texto y luego en las imágenes, para que el conjunto mantenga las emociones a raya y no se desborden, lo cual hubiera restado credibilidad. Tanto los diálogos como el desarrollo de las situaciones introducen al espectador en una realidad reconocible en los telediarios, con familias desahuciadas por la especulación inmobiliaria, la gentrificación de los barrios, los trabajos precarios... todo ello expuesto en la pantalla sin sensacionalismo ni condescendencia.
Si bien Los tortuga comienza casi como un documental acerca de la recogida de aceitunas, con una cámara en mano que se mueve nerviosa tratando de capturar el instante, poco a poco la puesta en escena se va serenando hasta adecuar sus claves estéticas a cada momento. Predominan los planos cerrados que recogen los gestos, las miradas y las palabras de las actrices Antonia Zegers y Elvira Lara, veterana y debutante respectivamente, en una interpretación conjunta que justifica por sí misma la existencia del film. Ellas dotan de veracidad cuanto hacen, son el soporte humano sobre el que Belén Funes construye esta película bella y dolorosa, que tiene el valor de denunciar las injusticias del presente mediante historias pequeñas que suelen pasar desapercibidas pero que están ahí, detrás de la puerta de nuestros vecinos.
