ROCÍO. 1980, Fernando Ruiz Vergara

A pesar de que la Ley de Censura Cinematográfica había sido derogada en España en 1977, con el comienzo de la Transición, todavía hubo películas que tuvieron prohibido su estreno en los años siguientes. Una de ellas fue el documental Rocío, que en 1980 fue secuestrado judicialmente tras una demanda interpuesta por una familia con vínculos franquistas de Almonte (Huelva). El documental contenía testimonios que señalaban la implicación de los denunciantes en un crimen cometido en el pueblo durante la Guerra Civil, nada menos que el asesinato a sangre fría de cien vecinos republicanos a manos de un numeroso grupo de integrantes de la hermandad matriz del Rocío. Pero ese no fue el único problema al que se enfrentaron el director y montador Fernando Ruiz Vergara y su pareja, la guionista y productora Ana Vila.

La película habla sin tapujos de la manipulación atávica ejercida por los poderosos para perpetuar su influencia a costa de los más desfavorecidos, con especial protagonismo de la Iglesia: cómo se fabrica la idolatría, se promueven negocios y se transforman las costumbres con el fin de sustentar los mecanismos de opresión. La fuerza del discurso que emana de Rocío no recurre a la soflama ni es altisonante, al contrario. Proviene de ideas expuestas con rigor y con la distancia que proporcionan los datos históricos, acompañados de la observación del territorio y del estudio antropológico. Lo cual enfureció a quienes se vieron retratados, hasta el punto de conducir a Ruiz Vergara a la cárcel durante una temporada, además de obligarle a pagar una importante suma de dinero y la mutilación del film, que enseguida adquirió la condición de maldito.

El director, nacido en Sevilla y criado en Huelva, tuvo que regresar a Portugal y terminar allí sus días, donde se había formado como cineasta en iniciativas de carácter social. Un exilio que terminó también con las aspiraciones profesionales de Ruiz Vergara, ya que el resto de los proyectos que trató de llevar a cabo resultaron incompletos. Vista hoy, Rocío conserva intacta su capacidad de crítica y de revelación de verdades incómodas que hasta entonces se habían mantenido calladas. Un mérito que se acrecienta por los escasos medios de producción con los que fue filmada, y por la contundencia de las imágenes y los sonidos que captan el fanatismo de los peregrinos, agolpados para portar la imagen de la Virgen. La cinta pone en evidencia las contradicciones de los devotos, capaces de acudir al rezo tras haber ingerido generosas cantidades de alcohol, o de seguir unas creencias que promulgan la humildad a golpe de talonario.

Se trata, en fin, de un ejercicio de subversión rodado de manera templada. Un atrevimiento que le costó la carrera a Fernando Ruiz, sin duda un mártir de verdad, muy alejado de los que se adornan de virtudes en las estampas religiosas para atemorizar a los piadosos. Bendito sea.

A continuación pueden ver el documental íntegro, sin los cortes practicados por la censura.


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BLAST OF SILENCE. 1961, Allen Baron

En 1958, Allen Baron era un joven ayudante de dirección que, de la noche a la mañana, tuvo que abandonar el rodaje en el que estaba trabajando. Se trataba de una producción norteamericana filmada en Cuba y el motivo estaba justificado: la revolución acababa de estallar en la isla. De vuelta en su ciudad natal, Nueva York, consiguió recuperar gracias al contrabando una parte del equipo técnico, con la idea de dirigir allí su primera película. Para entonces había escrito el guion de un asesino a sueldo encargado de liquidar a un hampón en el escenario de los bajos fondos, un drama criminal con un presupuesto tan bajo que carecía incluso de permisos de rodaje en la calle, lo que obligaba a filmaciones rápidas y discretas, casi como si se tratara de un documental urbano. En apenas veintidós días repartidos a lo largo de cuatro meses, Baron logró el milagro de realizar uno de los ejercicios de estilo más negros y contundentes que jamás se hayan estrenado, Blast of silence.

Para ello contó con aliados que percibieron muy poco. Merrill S. Brody, compañero del rodaje frustrado en Cuba, se encargó de la fotografía y el montaje. No lo tuvo fácil porque buena parte del negativo provenía del material desechado en otras filmaciones, aun así obtuvo imágenes de un verismo crudo y directo, debido a que no pudieron emplear luz artificial en las localizaciones de exterior. Tampoco había actores dispuestos a intervenir por tan poco, de modo que muchos de los que aparecen en pantalla son amigos y conocidos de Baron, quien tuvo que asumir el papel protagonista. La película no tiene demasiados diálogos y, una vez montada, se sumó la participación de dos artistas incluidos en la lista negra del senador McCarthy: el actor Lionel Stander, que ponía su voz en off al texto escrito por Waldo Salt, guionista que añade una narración omnisciente donde la palabra que más se repite es "odio". Basta tan solo el inicio, con la analogía de la salida del túnel del metro y la salida del vientre de la madre, para situar al espectador en un lugar inesperado que no abandonará durante el resto del metraje.

Blast of silence es seca y oscura, como su título indica. No hay resquicio de luz ni de optimismo. Barton desarrolla una puesta en escena que suple con imaginación y expresividad la escasez de medios, elaborando planos que dilatan el tiempo (el acercamiento del protagonista hasta la cámara bajo la tormenta) o que lo contraen (la secuencia musical en el club), además de escenas de montaje muy modernas (el preparativo del arma). Tal vez por la valentía que otorga la inexperiencia, Allen Baron asume riesgos como intercalar diferentes rasgos de estilo (estética expresionista en los espacios interiores y naturalista en los exteriores) y lo más raro aún: que la mezcla funcione. Hay una pulsión y una inmediatez que atraviesan el film y que han reivindicado cineastas posteriores como Martin Scorsese o Joe Dante, rescatando Blast of silence del olvido. Ni este ni los otros dos largometrajes que Baron dirigió en solitario obtuvieron ninguna repercusión, lo cual hizo que se centrase en proyectos manufacturados para la industria televisiva. Queda esta película singular, un ejemplo perfecto de que se pueden alcanzar grandes resultados con creatividad y unos pocos recursos.

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SATURDAY NIGHT. 2024, Jason Reitman

Parece que según se acerca a los 50 años, Jason Reitman va atravesando ese periodo de nostalgia natural que se asocia a la madurez. Una mirada al pasado que se manifiesta en la continuación de Los Cazafantasmas, que su padre (Ivan Reitman) hizo célebre en la década de los ochenta, y en el posterior tributo a Saturday Night Live, programa icónico de la televisión norteamericana que comenzó en 1975 y perdura hasta hoy.

La película Saturday Night recrea los momentos previos a la primera emisión en directo del programa. La trama se desarrolla en los estudios del canal NBC y los protagonistas son los cómicos y el equipo que participó en aquel episodio histórico, algunos de los cuales enseguida se convirtieron en nombres célebres: Dan Aykroyd, John Belushi, Chevy Chase, Billy Crystal, Andy Kaufman, Jim Henson... Si bien el punto de vista principal está narrado desde la perspectiva de Lorne Michaels, el creador del late show que comparte la nacionalidad canadiense con Reitman.

El director vuelve a encargarse del guion junto a Gil Kenan, y ambos tienen claro su propósito: transmitir el caos que envuelve un espectáculo de sketches creado cada semana por jóvenes artistas, con poco presupuesto y demasiadas condiciones propensas al desastre... y sin embargo, al final siempre llegan los aplausos. Este era el espíritu con el que nació el programa, un elogio a la improvisación que Reitman consigue reflejar en la pantalla por medio de una puesta en escena ágil y dinámica. El espectador tiene la sensación de estar en mitad del plató y sin apenas instantes de respiro, gracias a una cámara nerviosa que sigue a los personajes y salta de unos a otros intercalando situaciones en paralelo, casi como si acontecieran en tiempo real. A veces se recurre a complicados planos secuencia y a veces a montajes frenéticos, según lo exige el momento, incluyendo números musicales y breves pausas que introducen detalles y gestos íntimos. Saturday Night se empeña en capturar el aquí y el ahora, y vaya si lo logra.

A ello contribuyen el acertado diseño de producción, con una recreación de la época basada en los decorados, el vestuario y la peluquería, además de la fotografía, también con un infalible aire setentero por parte de Eric Steelberg, colaborador habitual del director. Junto al amplio reparto de actores no demasiado conocidos, se encuentran los rostros más maduros y prestigiosos de Willem Dafoe o J.K. Simmons, e incluso el músico Jon Batiste, quien encarna a Billy Preston.

En pocas ocasiones como en esta se ha mostrado Jason Reitman más diestro y con mayor energía, puesta al servicio de la comedia. Algo poco común en nuestros días, cuando el género se ha ido devaluando hasta límites sonrojantes... es verdad que para disfrutar de la película es necesario conocer el contexto y a los artistas referidos, de hecho, Saturday Night cumple la función del homenaje y busca satisfacer a la legión de seguidores del programa original. Un público mayoritariamente de Estados Unidos, que verá engrasada la maquinaria de la idolatría con este divertimento eficaz, bien dirigido y bien interpretado.

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THE WANDERERS. 1979, Philip Kaufman

En 1974, Richard Price escribe con apenas 24 años su primera novela, basada en las experiencias vividas en el Bronx de Nueva York. Un barrio conocido entonces por su dureza, donde pandillas de todo pelaje luchaban por defender los que consideraban sus territorios y sus señas de identidad, cada una distinguida de las demás por una estética muy marcada. Con este material literario, el matrimonio formado por Philip Kaufman y Rose Kaufman escriben un guion que él convertirá en largometraje, conservando el mismo título: The Wanderers. El proyecto ve la luz en 1979 y entra a formar parte de una corriente que recuperaba el espíritu de la década anterior: American GraffitiGrease, Hair... son miradas al pasado de aquella juventud que había tenido que madurar sin remedio en los sesenta, en medio de la guerra de Vietnam, el asesinato de Kennedy o las diferentes luchas sociales.

Kaufman elabora con todos estos elementos una película divertida y enérgica. Ya desde la primera escena con la persecución en los callejones, The Wanderers exhibe dinamismo dentro y fuera del plano, mediante imágenes que depositan su fuerza en el montaje. La fotografía de Michael Chapman capta la atmósfera de los paisajes urbanos y también de los abundantes escenarios de interior: locales, apartamentos, boleras... una multiplicidad de localizaciones habitadas por un reparto coral en el que se encuentran Ken Wahl, John Friedrich, Karen Allen o Linda Manz, entre muchos otros. Actores que lucen un registro interpretativo acorde al tono caricaturesco del film.

No abundan los matices en el conjunto, tampoco son necesarios. Kaufman se encuentra en su etapa más inspirada y es consciente de que una película de estas características requiere inmediatez y vigor, como un buen guitarrazo de rock 'n' roll que se disfruta, además, con los oídos: la banda sonora contiene una impecable selección de canciones que influyen en el ritmo que adoptan las escenas. Si bien el resultado no obtuvo igual reconocimiento que sus coetáneos, con el transcurso del tiempo, The Wanderers se ha ido revelando como un título de culto de lo más disfrutable.


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VALOR SENTIMENTAL. "Sentimental Value" 2025, Joachim Trier

Después del éxito obtenido con La peor persona del mundo, Joachim Trier asume su proyecto más ambicioso y complejo hasta la fecha, una vez más escrito junto a Eskil Vogt. Valor sentimental es un drama acerca de la familia que reflexiona también sobre los procesos de creación y las dificultades de separar la vida del arte, todo ello alrededor de una bonita casa en la ciudad de Oslo. Allí regresa un viejo director de cine cuya exmujer acaba de fallecer y con la que compartía dos hijas, que le reciben con el escepticismo natural de las relaciones postergadas durante largo tiempo.

Estas líneas centrales se van ramificando según avanza el guion, elaborado con minuciosidad. La película arranca con un prólogo deslumbrante que presenta el escenario principal y los personajes interpretados por Renate Reinsve, Stellan Skarsgård e Inga Ibsdotter Lilleaas, actores en estado de gracia a los que se suma la norteamericana Elle Fanning. Los diálogos de Valor sentimental cobran importancia en el progreso de las situaciones sin restar fuerza a los recursos cinematográficos, ya que Trier elabora imágenes capaces de aunar belleza estética y eficacia narrativa. La primacía de los sentimientos no evita el desarrollo de una puesta en escena dinámica, rica en encuadres y con alguna exhibición de virtuosismo (los dos planos secuencia, buenos ejemplos de metaficción) que enlazan al director real (Joachim Trier) con el imaginado (Gustav Borg).

Hay en el metraje una meditación sobre el propio cine que rinde tributo a varios nombres del siglo XX: Fellini en la secuencia de la playa, Cassavetes en el teatro, Hitchcock en la suplantación de identidades, Woody Allen en las escuchas a la psicóloga a través de la estufa... y siempre sobrevolando por encima de todos ellos Ingmar Bergman, con referencias visuales concretas (el plano de la fusión de rostros) y en general, en los vínculos que unen y desunen a los protagonistas. No es casualidad que Bergman comparta la nacionalidad sueca con Skarsgård, el actor que le toma como inspiración. El juego metalingüístico que propone el film resulta muy estimulante para el espectador informado, lo cual no impide que el resto del público pueda seguir atento las evoluciones de la trama, ya que Valor sentimental nace con vocación de obtener un alcance amplio e internacional.

Se trata, en fin, de un triunfo de Joachim Trier en particular y del cine noruego en su conjunto. Una recuperación de la gran tradición europea que hace décadas hizo vibrar las pantallas de medio planeta, cuando se instauró la política de los autores y la crítica significaba algo. Valor sentimental apela a todo aquello, logrando el milagro de poner en sintonía a los especialistas y a la audiencia.

A continuación, uno de los temas que integran la banda sonora compuesta por Hania Rani. Música de carácter íntimo y ejecución sutil que describe bien a los personajes. Que la disfruten:

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MASPALOMAS. 2025, José Mari Goenaga y Aitor Arregi

Quince años después de 80 egunean, el equipo de la productora Moriarti vuelve a tratar la homosexualidad en la tercera edad, esta vez cambiando de género. El personaje central de Maspalomas es Vicente, un septuagenario que dejó atrás su pasado en San Sebastián y reside en la isla canaria que da título al film, para vivir con libertad su orientación sexual. Todo cambia cuando sufre un ictus y su hija le ingresa en una residencia del País Vasco, donde tendrá que afrontar una recuperación no solo física, también personal.

En esta ocasión dirigen José Mari Goenaga y Aitor Arregi, quienes dan con el tono adecuado para desarrollar situaciones entre el drama y la comedia, en su mayoría impregnadas por la melancolía del transcurso del tiempo. El protagonista de Maspalomas observa su alrededor con una mezcla de escepticismo y añoranza, gracias a la actuación comprometida de José Ramón Soroiz, actor que imprime verdad en cada gesto. Le acompañan Nagore Aranburu y Kandido Uranga, entre otros integrantes de un plantel muy equilibrado en su conjunto.

Otra cualidad de los Moriarti es la precisión narrativa de sus imágenes, siempre en favor del relato. Al dinamismo habitual que proporciona el montaje de Maialen Sarasua y la elocuencia de la planificación, se añaden novedades como el uso de zooms que cierran y abren los encuadres para potenciar la objetividad del punto de vista en determinados momentos. Son instantes de zozobra en los que el espectador asiste a la transformación que experimenta Vicente. Se debe señalar también el contraste estético en cuanto a luz y color de las escenas filmadas en Maspalomas y en Guipúzcoa, lo cual refuerza la diferencia de significados que ambos lugares ofrecen al protagonista. De nuevo, la fotografía de Javier Agirre resulta esencial para definir la atmósfera que respira el film, tanto en la descripción de los escenarios como en la expresividad de cada escena.

En definitiva, Maspalomas supone un paso más en la evolución de los Moriarti. Unos cineastas cuya minuciosidad y atención por el detalle tiene por objeto agitar las emociones sin violentarlas, por eso se muestran siempre respetuosos con la inteligencia del público... y además, transmiten conciencia social y reflexiones oportunas en esta época en la que tanta falta hacen.

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MI AMIGA EVA. 2025, Cesc Gay

Si hay un género maltratado por el cine de las últimas décadas, es la comedia romántica. La simplificación paulatina de los argumentos, la carencia de ingenio de los cineastas y la poca exigencia por parte del público... son factores que evidencian la degradación de unas narrativas que, en su mejor momento, estuvieron a cargo de Lubitsch, Leisen o La Cava. Puede que la comparación sea injusta, eran otras circunstancias y otros tiempos. Pero también es cierto que se debe celebrar la existencia de directores como Cesc Gay, empeñado en perpetuar aquella tradición trasladándola al presente, con historias protagonizadas por personajes cercanos que afrontan a duras penas las incertidumbres sentimentales de nuestros días. Buen ejemplo de ello es Mi amiga Eva, el retrato individual de una mujer que llega a los cincuenta con necesidad de reinventarse y que en manos de Gay abarca a la generación perteneciente a la clase media/alta de Barcelona.

Mi amiga Eva sigue la línea trazada por el director y guionista en sus anteriores películas, dentro de un tono amable que no oculta cierta amargura relacionada con el ser humano contemporáneo. Cesc Gay y Eduard Sola trabajan juntos por primera vez en un guion eficaz y conciso como un mecanismo de relojería, capaz de desarrollar situaciones y personajes siempre en favor de la trama. Gay deposita toda la importancia en el relato y en los actores, y pone a su servicio una puesta en escena que evita las complicaciones, mediante planos que buscan la acción/reacción, movimientos de cámara descriptivos, un montaje funcional... son herramientas audiovisuales que permiten al espectador no distraerse de lo esencial, que es seguir las evoluciones de la Eva del título, interpretada por Nora Navas. La actriz catalana demuestra una vez más creatividad y entrega en la construcción de su personaje, bien secundado por sus compañeros de reparto Juan Diego Botto, Rodrigo de la Serna o Francesco Carril, entre otros.

La música de jazz compuesta por Arnau Bataller define la ligereza y el desenfado que luce el film en su conjunto, una propuesta cuya falta de ambiciones puede ser entendida como un demérito, cuando se trata de lo contrario: la prueba de que todavía es posible entretener a la audiencia con los asuntos del corazón sin menospreciar su inteligencia. Algo poco común en las pantallas predominantes.

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