BLAST OF SILENCE. 1961, Allen Baron

En 1958, Allen Baron era un joven ayudante de dirección que, de la noche a la mañana, tuvo que abandonar el rodaje en el que estaba trabajando. Se trataba de una producción norteamericana filmada en Cuba y el motivo estaba justificado: la revolución acababa de estallar en la isla. De vuelta en su ciudad natal, Nueva York, consiguió recuperar gracias al contrabando una parte del equipo técnico, con la idea de dirigir allí su primera película. Para entonces había escrito el guion de un asesino a sueldo encargado de liquidar a un hampón en el escenario de los bajos fondos, un drama criminal con un presupuesto tan bajo que carecía incluso de permisos de rodaje en la calle, lo que obligaba a filmaciones rápidas y discretas, casi como si se tratara de un documental urbano. En apenas veintidós días repartidos a lo largo de cuatro meses, Baron logró el milagro de realizar uno de los ejercicios de estilo más negros y contundentes que jamás se hayan estrenado, Blast of silence.

Para ello contó con aliados que percibieron muy poco. Merrill S. Brody, compañero del rodaje frustrado en Cuba, se encargó de la fotografía y el montaje. No lo tuvo fácil porque buena parte del negativo provenía del material desechado en otras filmaciones, aun así obtuvo imágenes de un verismo crudo y directo, debido a que no pudieron emplear luz artificial en las localizaciones de exterior. Tampoco había actores dispuestos a intervenir por tan poco, de modo que muchos de los que aparecen en pantalla son amigos y conocidos de Baron, quien tuvo que asumir el papel protagonista. La película no tiene demasiados diálogos y, una vez montada, se sumó la participación de dos artistas incluidos en la lista negra del senador McCarthy: el actor Lionel Stander, que ponía su voz en off al texto escrito por Waldo Salt, guionista que añade una narración omnisciente donde la palabra que más se repite es "odio". Basta tan solo el inicio, con la analogía de la salida del túnel del metro y la salida del vientre de la madre, para situar al espectador en un lugar inesperado que no abandonará durante el resto del metraje.

Blast of silence es seca y oscura, como su título indica. No hay resquicio de luz ni de optimismo. Barton desarrolla una puesta en escena que suple con imaginación y expresividad la escasez de medios, elaborando planos que dilatan el tiempo (el acercamiento del protagonista hasta la cámara bajo la tormenta) o que lo contraen (la secuencia musical en el club), además de escenas de montaje muy modernas (el preparativo del arma). Tal vez por la valentía que otorga la inexperiencia, Allen Baron asume riesgos como intercalar diferentes rasgos de estilo (estética expresionista en los espacios interiores y naturalista en los exteriores) y lo más raro aún: que la mezcla funcione. Hay una pulsión y una inmediatez que atraviesan el film y que han reivindicado cineastas posteriores como Martin Scorsese o Joe Dante, rescatando Blast of silence del olvido. Ni este ni los otros dos largometrajes que Baron dirigió en solitario obtuvieron ninguna repercusión, lo cual hizo que se centrase en proyectos manufacturados para la industria televisiva. Queda esta película singular, un ejemplo perfecto de que se pueden alcanzar grandes resultados con creatividad y unos pocos recursos.