En esta ocasión dirigen José Mari Goenaga y Aitor Arregi, quienes dan con el tono adecuado para desarrollar situaciones entre el drama y la comedia, en su mayoría impregnadas por la melancolía del transcurso del tiempo. El protagonista de Maspalomas observa su alrededor con una mezcla de escepticismo y añoranza, gracias a la actuación comprometida de José Ramón Soroiz, actor que imprime verdad en cada gesto. Le acompañan Nagore Aranburu y Kandido Uranga, entre otros integrantes de un plantel muy equilibrado en su conjunto.
Otra cualidad de los Moriarti es la precisión narrativa de sus imágenes, siempre en favor del relato. Al dinamismo habitual que proporciona el montaje de Maialen Sarasua y la elocuencia de la planificación, se añaden novedades como el uso de zooms que cierran y abren los encuadres para potenciar la objetividad del punto de vista en determinados momentos. Son instantes de zozobra en los que el espectador asiste a la transformación que experimenta Vicente. Se debe señalar también el contraste estético en cuanto a luz y color de las escenas filmadas en Maspalomas y en Guipúzcoa, lo cual refuerza la diferencia de significados que ambos lugares ofrecen al protagonista. De nuevo, la fotografía de Javier Agirre resulta esencial para definir la atmósfera que respira el film, tanto en la descripción de los escenarios como en la expresividad de cada escena.
En definitiva, Maspalomas supone un paso más en la evolución de los Moriarti. Unos cineastas cuya minuciosidad y atención por el detalle tiene por objeto agitar las emociones sin violentarlas, por eso se muestran siempre respetuosos con la inteligencia del público... y además, transmiten conciencia social y reflexiones oportunas en esta época en la que tanta falta hacen.
