JAY KELLY. 2025, Noah Baumbach

Existe una fórmula narrativa que consiste en que un personaje, normalmente decepcionado con la vida, revive momentos de su pasado hasta el punto de llegar a presenciarlos, como si volviesen a suceder ante él. Este recurso se podría denominar analepsis escenificada (perdón por la pedantería), tal vez el ejemplo literario más conocido sea Cuento de navidad, de Dickens. En el cine ha sido empleado por múltiples directores, entre los que se encuentran Fellini (8 y medio), Bergman (Fresas salvajes), Woody Allen (Stardust Memories) o John Sayles (Lone Star). También Noah Baumbach pone en marcha este mecanismo expositivo en Jay Kelly, título que da nombre a una veterana estrella de Hollywood interpretada por George Clooney. En plena vorágine de la fama, el protagonista se cuestiona el vínculo que mantiene con las personas que le rodean, al tiempo que recuerda episodios determinantes de su trayectoria.

El guion escrito por Baumbach y Emily Mortimer es un ajuste de cuentas contra el ejercicio de la simulación y la competitividad que imperan en la industria, sostenida sobre la lógica capitalista del "tanto tienes, tanto vales". Un ecosistema poblado por agentes, productores, técnicos... siempre pendientes de que el show siga adelante, pase lo que pase. Jay Kelly evoluciona en un trasiego constante que arranca en Los Ángeles y se traslada hasta Francia e Italia, con una comparsa de viajeros que se va reduciendo según transcurre el viaje. Entre ellos figuran los rostros de Adam Sandler, Laura Dern, Billy Crudup o Patrick Wilson, dentro de un largo plantel de personajes episódicos. Como no podía ser de otro modo, la travesía se encamina en verdad al interior del protagonista, cortado a la medida de Clooney, quien parece reírse de sí mismo tras el catálogo de gestos que le han hecho célebre.

Baumbach retrata a esta extravagante fauna con una mirada crítica, que pone en evidencia la esclavitud del trabajo frente a la libertad individual, lo cual obliga al director a mantener la tensión y el ritmo que la historia necesita para transmitir el desasosiego existencial del señor Kelly. Además hay humor (mucho) y sentimientos (moderados, hasta incurrir en el abuso durante el tramo final). La deriva sensiblera pretende enmendar la acidez de la propuesta y termina subrayando sin necesidad, haciendo tambalear el andamiaje sobre el que se sustenta el tributo al cine clásico que es Jay Kelly. Un homenaje que se materializa en la arquitectura de las escenas, el diseño de los personajes y en elementos como la música compuesta por Nicholas Britell.

Igual sucede con la fotografía de Linus Sandgren, propensa al artificio y a la ultradefinición, el color saturado y el alto contraste, algo que en ocasiones funciona muy bien (como en el sorprendente plano secuencia del principio). Las imágenes tienden en general al manierismo, porque de eso se trata: la representación de un mundo forzado, brillante y espectacular, gobernado por gente solitaria capaz de fingir emociones para el público sin alcanzar a conocerlas del todo. Antes de que la cosa se ponga solemne, la comedia acude al rescate y suaviza el tono de lo que se está contando, con la agilidad y la destreza características de Noah Baumbach. Un cineasta que demuestra haber aprendido la lección de los referentes que inspiran Jay Kelly (Sturges, Wilder, Capra) para traerlos al presente, si no con idéntico lustre, al menos con una intención similar.

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