NOMADLAND. 2020, Chloé Zhao

Tres años después de realizar The rider, Chloé Zhao continúa explorando los rincones de la Norteamérica alejada de las grandes capitales y los centros de poder. En esta ocasión, el viaje comienza en Nevada y avanza a lo largo de otros seis estados azotados por la Gran Recesión de 2008, entre fábricas cerradas y personas que tratan de sobrevivir con trabajos precarios. Una de ellas es Fern, encarnada por Frances McDormand, quien recorre las largas carreteras del país con la vieja camioneta que le sirve de morada ambulante. Es una más de los miles de nómadas a los que se refiere el título de la película, gente que bien por voluntad o bien por necesidad, carece de residencia fija y vive sobre ruedas. Esta realidad que ha crecido en los últimos tiempos fue retratada en un libro por Jessica Bruder, cuyos derechos obtuvo la propia McDormand y luego Zhao convirtió en guion. El resultado es Nomadland, un drama con un fuerte sentido humanista, que es también una elegía y una reflexión acerca de la libertad que vincula a los personajes con la naturaleza.

Salvando las distancias, Nomadland podría ser una versión contemporánea de Las uvas de la ira. Es evidente que Jessica Bruder no es John Steinbeck, ni Chloé Zhao es John Ford, pero los cuatro comparten el afán por denunciar una situación de crisis que se ceba con la población desprotegida, obligada a vagar sin domicilio por problemas financieros ajenos a su causa. Si es verdad que el film de Ford es más político y discursivo, en ambos está presente el interés por el paisaje y la idea de comunidad como refugio proveedor de necesidades. La América profunda de ayer y de hoy, que Zhao refleja mediante imágenes que aúnan lo cotidiano (las ocupaciones que desempeña Fern, la mecánica de su rutina) y lo excepcional (las escenas del baño en el río o del telescopio). Son momentos en los que la directora aplica la política de los afectos que permite una relación directa entre el espectador y la pantalla, favoreciendo la empatía y la sensibilidad por los cuidados. Lo cual encuentra una representación visual que elude los artificios innecesarios en favor de la cercanía... aunque esto puede derivar en cierto buenismo y en la adopción de una mirada que, de tan idealista, corre el riesgo de caer en la ingenuidad. Nomadland no alcanza semejante punto pero lo bordea con suma prudencia. Y es que todo en la película es delicado: el piano intimista del músico Ludovico Einaudi, la fotografía crepuscular de Joshua James Richards, las interpretaciones de los actores no profesionales, escogidos para hacer de sí mismos con exquisita naturalidad. La excepción es el dúo formado por David Strathairn y Frances McDormand, plenos de veteranía y oficio.

La actriz es el motor que mueve el conjunto. Su magnética presencia se expande hasta llenar el encuadre y fundirse con el paisaje, haciendo de su rostro la cartografía de la madurez. Es emocionante verla desenvolverse en cualquier tesitura, cocreando la película junto con Zhao, delante de la cámara y detrás, como productora. Ambas ponen mucho de sus personalidades en este film hermoso, surcado de amaneceres y atardeceres que imprimen una luz fronteriza capaz de hacer trascender la totalidad. La grandeza de lo pequeño, una vez más.

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INVASIÓN. 1969, Hugo Santiago

En la década de los sesenta, el cine argentino afianza su experimentación con el lenguaje y con la búsqueda de nuevas fórmulas narrativas que liberen a las películas de los corsés clásicos. Para ello incorpora influencias de las vanguardias europeas que se estaban desarrollando en Inglaterra, Polonia, Francia... precisamente de París regresa Hugo Santiago tras haberse formado durante años como discípulo de Bresson, con la intención de dirigir su primer largometraje en su localidad natal, Buenos Aires. Apenas tiene una idea de partida que comparte con su antiguo profesor en la Facultad de Filosofía y Letras, nada menos que Jorge Luis Borges, quien acepta desarrollar el guion junto a Adolfo Bioy Casares. Es la primera vez que ambos escritores colaboran en un texto para la pantalla, titulado Invasión.

La historia en sí contiene una premisa sencilla y difusa a la vez: en un pasado cercano, la ciudad imaginaria de Aquilea es asediada por enemigos poderosos y bien organizados a los que casi nunca vemos. Frente a la impasibilidad de la población, surge un grupo clandestino de resistentes comandados por un anciano lacónico, que ejercen la contraofensiva asaltando transportes de carga. Las escaramuzas se producen en los cuatro accesos a la urbe, cada uno correspondiente a los diferentes bloques dramáticos. Por lo demás, nunca quedan claras las motivaciones de los bandos enfrentados ni la procedencia de los invasores, tampoco se entiende el modus operandi de los protagonistas, sus decisiones parecen aleatorias y los diálogos escamotean información de manera deliberada, lo que dota a la película de un aire de irrealidad que puede llegar a frustrar a algunos espectadores. La propuesta de Invasión consiste en mezclar el noir con el fantástico deconstruyendo sendos géneros y llevándolos al terreno de la abstracción, con un resultado indefinido en el que muchos han querido ver una premonición de la dictadura militar que estaba por asolar el país.

Si bien Santiago elige a intérpretes profesionales y consolidados como Lautaro Murúa y Olga Zubarry, practica con ellos las teorías bressonianas de la austeridad en los gestos y la contención dramática, acorde a la depuración de elementos que integran el conjunto. De hecho, el afán de síntesis está presente ya desde el inicio del proyecto, en manos de Proartel, una productora habituada a trabajos televisivos y sin mucho presupuesto asignado para sacar adelante Invasión. Esto obliga a filmar con un equipo reducido en escenarios mayormente naturales, repartidos a lo largo de las arquitecturas sólidas y las disposiciones geométricas de Buenos Aires, aquí llamada con el nombre mítico de Aquilea. Santiago pone especial interés en trazar la fisonomía de la ciudad en base al desplazamiento constante de los personajes. La acción se manifiesta por medio del movimiento dentro y fuera del plano, jugando con la profundidad, el dinamismo de los encuadres, el tránsito de los actores... hay una cinética que recorre las imágenes y los sonidos del film, no en vano, el ruido de pasos se repite con insistencia. También se escuchan aleatoriamente zumbidos mecánicos de origen desconocido, además de graznidos de aves, acaso avisos sonoros de la amenaza que se cierne sobre los protagonistas... o tal vez no, porque dicha lectura es tan interpretable como las otras que jalonan el metraje. Invasión no es apta para públicos perezosos.

El aspecto visual no es menos sugerente: la fotografía de Ricardo Aronovich, en un blanco y negro muy contrastado, sugiere la dicotomía de las dos facciones opuestas, incluso en el tono del vestuario. Hay quien ha establecido similitudes entre los personajes y las piezas de ajedrez, lo cual no es descabellado, ya que responden a las mismas estrategias, simetrías y relaciones de poder que se dan en el juego. La composición de los planos refuerza esta semejanza, con luces poco naturalistas y directas en las escenas de noche. Las imágenes de Invasión son muy estilizadas y denotan la influencia gala del cine de autor (Godard, Melville) que, a su vez, bebe del noir norteamericano, completando un círculo de referencias que termina calando en los tropos porteños del malevo y el tango. Una de las cumbres de la película es la escena de La milonga de Manuel Flores (con música de Aníbal Troilo y letra de Borges), un híbrido perfecto de poesía y costumbrismo que se vale de la elipsis temporal, una herramienta común en el transcurso del film.

El montaje es otra de las señas de identidad de Invasión. Oscar Montauti y Alberto Yaccelini fragmentan las situaciones mediante insertos, a veces incluyendo planos de objetos que añaden contexto (por ejemplo en la escena de la primera conversación entre Herrera e Irene), además de variaciones del punto de vista, el empleo del fuera de campo y otros recursos como el jump cut... en suma, se trata de un montaje que contribuye decisivamente al estilo manierista desarrollado por Hugo Santiago y a la elaboración de una atmósfera extraña y singular, en la que también hay planos largos con coreografías de cámara complejas. Todo ello subraya el ímpetu del director por activar un dispositivo formal distinto a los demás, un universo propio que no se corresponde con el espacio real ni con los actos cotidianos. Es más bien el espacio del cine, representado en esa Aquilea misteriosa donde confluyen la tradición, la fantasía y la militancia política.

Por todos estos motivos, Invasión debe ser valorada en su condición de rara avis fascinante y poliédrica, una osadía que obtuvo rechazo en su estreno y que enseguida se reveló como una obra de culto, manteniendo intactos sus enigmas hasta hoy. Pueden comprobarlo a continuación:

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CIUDAD SIN SUEÑO. 2025, Guillermo Galoe

Hay muchas maneras de mirar la realidad. En su segundo largometraje, Guillermo Galoe ofrece una mirada poética sobre una realidad difícil, la que viven los habitantes de la Cañada Real de Madrid, el asentamiento informal más poblado de Europa. Este barrio situado en los límites de la ciudad carece de suministro eléctrico desde 2020, una situación que se refleja en la película sin recurrir a soflamas ni discursos fáciles. El director emplea un lenguaje que parte de la observación antropológica y que deriva en la representación simbólica mediante los recursos de la imagen y el sonido, algunos de ellos muy antiguos, como las sombras que las hogueras proyectan en las paredes, mientras que otros tienen que ver con el uso de las nuevas tecnologías, como los filtros de la cámara del móvil. En ambos casos, Ciudad sin sueño demuestra su potencial para generar ideas visuales aplicadas al relato.

La película desarrolla un cortometraje anterior del director, Aunque es de noche, esta vez con la coescritura en el guion de Víctor Alonso-Berbel. Las circunstancias que allí se esbozaban van evolucionando hasta completar un contexto que incluye fracturas generacionales, jerárquicas e incertidumbres de futuro. Todo en el marco de una vecindad que observa resignada cómo se aplazan sus decisiones, víctima del rechazo que Galoe retrata sin victivismo, con la dignidad impresa en el rostro de la gente corriente. El reparto está integrado por actores no profesionales que se mueven a sus anchas por escenarios de barriadas y chabolas, en su día a día (salen al campo, recogen chatarra, se juntan con la familia) y entre conversaciones que suenan a verdad. Ciudad sin sueño fija un momento y un lugar determinados, que se vuelven cine gracias al sentido de la atmósfera que posee el director madrileño. La fotografía de Rui Poças alimenta la expresividad del film, con un uso muy sugerente de las luces y las sombras en las escenas nocturnas, así como en la construcción de ambientes y en el tratamiento de las texturas.

Ya desde el inicio, la película plantea un punto de vista diferente al realismo social que suele caracterizar a este tipo de producciones, más cercanas al documental. Galoe utiliza repetidas veces filtros cromáticos para disociar a los personajes del entorno, remarcando el desarraigo que padecen los jóvenes, quienes juegan a alterar el paisaje a través de la pantalla del móvil. Además, se introducen elementos telúricos que provienen del cuento y de la narración oral dentro de las costumbres del poblado gitano, lo cual establece una analogía entre lo común y lo fantástico, a modo de premonición (la escena de los loros en el cielo, la sombra del perro en el muro). Y todo ello bajo el influjo de la poesía de Federico García Lorca, con referencias directas en el mismo título o con la aparición de la iguana, hasta llegar al final, con la canción interpretada por Morente y Lagartija Nick.

En suma, la virtud de Ciudad sin sueño consiste en insuflar aliento poético a un problema social cercano, ubicado al borde de la capital del país, no para embellecerlo ni aligerarlo, sino para dotarlo de profundidad, trascendencia y para proponer una mirada distinta a una cuestión que debería sonrojar a los gobernantes. Puede que la denuncia se pierda un poco en medio de tanta retórica, pero no cabe duda de que Guillermo Galoe sabe manejar las herramientas cinematográficas con el fin de obtener una lectura alternativa a la habitual. Y esto ya es mucho.

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POLVO SERÁN. 2024, Carlos Marques-Marcet

El cuarto largometraje de Carlos Marques-Marcet supone un cambio en su filmografía, hasta ahora habitada por treintañeros urbanitas de Barcelona. Los protagonistas de Polvo serán son una pareja de mayores retirados del teatro, que deben afrontar la enfermedad incurable de ella, interpretada por Ángela Molina. En el plano que abre la película, sus manos retiran una cortina igual que un telón, en pleno ataque de ansiedad, un comienzo abrupto que indica el artificio de lo que vendrá después. En la misma secuencia participan Alfredo Castro y Mònica Almirall, quienes dan vida al esposo y a la hija que tienen en común. También irrumpen unos enfermeros que se desplazan con pasos de baile moderno, lo que introduce el elemento verdaderamente novedoso del film, y es que se trata de un musical. No un musical al estilo de Broadway (con canciones que hacen avanzar la acción), sino una representación de las emociones de los personajes mediante abstracciones musicales, en la línea de Bailar en la oscuridad o Joker: Folie à Deux.

Tanto el guion, escrito por Marques-Marcet junto a Clara Roquet y Coral Cruz, como la puesta en escena, desarrollan el concepto dramatúrgico que sirve de base (la casa a modo de escenario, el conflicto heredado de la tragedia clásica) y lo transforman en imágenes expresivas y de gran belleza, gracias al tratamiento del color que Gabriel Sandru aplica en la fotografía. Cada momento musical está planteado de una forma distinta y hay un interés por trabajar el espacio en relación al movimiento de los actores y el baile. Por ejemplo: uno de los números recrea las elaboradas coreografías geométricas de Busby Berkeley, mientras que otros emplean la danza contemporánea, la performance... todos dentro de la intimidad que exige la historia, en tránsito del decorado doméstico a la naturaleza helada de las montañas de Suiza. Dicha alteración del paisaje tiene que ver con el proceso personal que atraviesan los protagonistas, que va de lo conocido a lo desconocido, de la exaltación a la serenidad, así hasta completar un viaje en el que se imponen los sentimientos, sin que esto implique caer en la cursilería.

Polvo serán logra salir indemne de los numerosos riesgos que afronta, a veces de manera kamikaze, lo que demuestra la valentía del director. Carlos Marques-Marcet realiza su película más extraña hasta la fecha, imbuida por las composiciones de Maria Arnal, unas con letra y otras no, en un proyecto que parece todo el tiempo abocado al desastre, lo cual no sucede. Aquí reside la grandeza de este film singular como pocos, bien acabado y bien interpretado, capaz de abordar cuestiones incómodas con la ligereza de una canción.

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DREAMING WALLS. 2022, Maya Duverdier y Amélie van Elmbt

El Hotel Chelsea es conocido por haber hospedado a un buen número de artistas e intelectuales durante varias décadas del siglo XX, cuando era refugio de la bohemia y uno de los epicentros culturales de la ciudad de Nueva York. En los últimos años, los nuevos propietarios del edificio lo han sometido a una importante reforma para convertirlo en un hotel de lujo, lo que ha obligado a marcharse a gran parte de los inquilinos. Sin embargo, hay una comunidad de vecinos que resiste y que batalla por permanecer en la que consideran su casa y el estudio donde seguir creando, con las dificultades que conllevan los ruidos de las obras, el trasiego de operarios o el desmantelamiento de todo cuanto les rodea, incluidos sus propios apartamentos. El documental Dreaming walls captura el día a día de esta obstinación, muchas veces pasiva, porque se trata de residentes veteranos que aguantan como pueden los efectos de la gentrificación.

Las directoras y guionistas Maya Duverdier y Amélie van Elmbt deciden no dejarse abrumar por el peso histórico del Hotel Chelsea y se centran en el presente, a través de las rutinas de algunos habitantes seleccionados. La cámara se cuela en sus viviendas y retrata lo cotidiano como un acto de rebeldía y afirmación personal, en medio del caos. El montaje incluye imágenes de archivo de un pasado que todos añoran, y fragmentos oníricos en los que aparecen celebridades que pasaron por allí: Dylan, Hendrix, Joplin, Warhol, Marilyn... representados mediante proyecciones en las paredes, de ahí el título del film. Es un material del que no se abusa, al contrario: sirve de separador entre ciertos bloques narrativos, lo que permite a las directoras ordenar el relato y dejar que la fantasía intervenga en la realidad, tal como dice uno de los artistas que participan: que lo abstracto invada lo figurativo. Estas intromisiones son también sonoras, lo cual refuerza la atmósfera casi fantasmal que adquiere Dreaming walls, tal vez su mejor baza.

Más que contar una historia, las directoras pretenden fijar un instante, capturar sensaciones. Y lo logran gracias a una puesta en escena muy hábil, que conjuga expresividad y belleza visual, con un montaje que pasa de un tiempo a otro de manera sutil, aprovechando elementos del escenario. Además, la precisión del ritmo envuelve al espectador en la evocación y la melancolía, otorgándole la condición de testigo directo. En suma, Dreaming walls es un ejemplo perfecto de las capacidades afectivas del documental, una herramienta de denuncia y de empatía, de recuperación de la memoria y de crítica a las condiciones actuales de la vivienda, un problema global que afecta por igual a los edificios que forman parte del patrimonio de las ciudades.

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