CIUDAD SIN SUEÑO. 2025, Guillermo Galoe

Hay muchas maneras de mirar la realidad. En su segundo largometraje, Guillermo Galoe ofrece una mirada poética sobre una realidad difícil, la que viven los habitantes de la Cañada Real de Madrid, el asentamiento informal más poblado de Europa. Este barrio situado en los límites de la ciudad carece de suministro eléctrico desde 2020, una situación que se refleja en la película sin recurrir a soflamas ni discursos fáciles. El director emplea un lenguaje que parte de la observación antropológica y que deriva en la representación simbólica mediante los recursos de la imagen y el sonido, algunos de ellos muy antiguos, como las sombras que las hogueras proyectan en las paredes, mientras que otros tienen que ver con el uso de las nuevas tecnologías, como los filtros de la cámara del móvil. En ambos casos, Ciudad sin sueño demuestra su potencial para generar ideas visuales aplicadas al relato.

La película desarrolla un cortometraje anterior del director, Aunque es de noche, esta vez con la coescritura en el guion de Víctor Alonso-Berbel. Las circunstancias que allí se esbozaban van evolucionando hasta completar un contexto que incluye fracturas generacionales, jerárquicas e incertidumbres de futuro. Todo en el marco de una vecindad que observa resignada cómo se aplazan sus decisiones, víctima del rechazo que Galoe retrata sin victivismo, con la dignidad impresa en el rostro de la gente corriente. El reparto está integrado por actores no profesionales que se mueven a sus anchas por escenarios de barriadas y chabolas, en su día a día (salen al campo, recogen chatarra, se juntan con la familia) y entre conversaciones que suenan a verdad. Ciudad sin sueño fija un momento y un lugar determinados, que se vuelven cine gracias al sentido de la atmósfera que posee el director madrileño. La fotografía de Rui Poças alimenta la expresividad del film, con un uso muy sugerente de las luces y las sombras en las escenas nocturnas, así como en la construcción de ambientes y en el tratamiento de las texturas.

Ya desde el inicio, la película plantea un punto de vista diferente al realismo social que suele caracterizar a este tipo de producciones, más cercanas al documental. Galoe utiliza repetidas veces filtros cromáticos para disociar a los personajes del entorno, remarcando el desarraigo que padecen los jóvenes, quienes juegan a alterar el paisaje a través de la pantalla del móvil. Además, se introducen elementos telúricos que provienen del cuento y de la narración oral dentro de las costumbres del poblado gitano, lo cual establece una analogía entre lo común y lo fantástico, a modo de premonición (la escena de los loros en el cielo, la sombra del perro en el muro). Y todo ello bajo el influjo de la poesía de Federico García Lorca, con referencias directas en el mismo título o con la aparición de la iguana, hasta llegar al final, con la canción interpretada por Morente y Lagartija Nick.

En suma, la virtud de Ciudad sin sueño consiste en insuflar aliento poético a un problema social cercano, ubicado al borde de la capital del país, no para embellecerlo ni aligerarlo, sino para dotarlo de profundidad, trascendencia y para proponer una mirada distinta a una cuestión que debería sonrojar a los gobernantes. Puede que la denuncia se pierda un poco en medio de tanta retórica, pero no cabe duda de que Guillermo Galoe sabe manejar las herramientas cinematográficas con el fin de obtener una lectura alternativa a la habitual. Y esto ya es mucho.