INVASIÓN. 1969, Hugo Santiago

En la década de los sesenta, el cine argentino afianza su experimentación con el lenguaje y con la búsqueda de nuevas fórmulas narrativas que liberen a las películas de los corsés clásicos. Para ello incorpora influencias de las vanguardias europeas que se estaban desarrollando en Inglaterra, Polonia, Francia... precisamente de París regresa Hugo Santiago tras haberse formado durante años como discípulo de Bresson, con la intención de dirigir su primer largometraje en su localidad natal, Buenos Aires. Apenas tiene una idea de partida que comparte con su antiguo profesor en la Facultad de Filosofía y Letras, nada menos que Jorge Luis Borges, quien acepta desarrollar el guion junto a Adolfo Bioy Casares. Es la primera vez que ambos escritores colaboran en un texto para la pantalla, titulado Invasión.

La historia en sí contiene una premisa sencilla y difusa a la vez: en un pasado cercano, la ciudad imaginaria de Aquilea es asediada por enemigos poderosos y bien organizados a los que casi nunca vemos. Frente a la impasibilidad de la población, surge un grupo clandestino de resistentes comandados por un anciano lacónico, que ejercen la contraofensiva asaltando transportes de carga. Las escaramuzas se producen en los cuatro accesos a la urbe, cada uno correspondiente a los diferentes bloques dramáticos. Por lo demás, nunca quedan claras las motivaciones de los bandos enfrentados ni la procedencia de los invasores, tampoco se entiende el modus operandi de los protagonistas, sus decisiones parecen aleatorias y los diálogos escamotean información de manera deliberada, lo que dota a la película de un aire de irrealidad que puede llegar a frustrar a algunos espectadores. La propuesta de Invasión consiste en mezclar el noir con el fantástico deconstruyendo sendos géneros y llevándolos al terreno de la abstracción, con un resultado indefinido en el que muchos han querido ver una premonición de la dictadura militar que estaba por asolar el país.

Si bien Santiago elige a intérpretes profesionales y consolidados como Lautaro Murúa y Olga Zubarry, practica con ellos las teorías bressonianas de la austeridad en los gestos y la contención dramática, acorde a la depuración de elementos que integran el conjunto. De hecho, el afán de síntesis está presente ya desde el inicio del proyecto, en manos de Proartel, una productora habituada a trabajos televisivos y sin mucho presupuesto asignado para sacar adelante Invasión. Esto obliga a filmar con un equipo reducido en escenarios mayormente naturales, repartidos a lo largo de las arquitecturas sólidas y las disposiciones geométricas de Buenos Aires, aquí llamada con el nombre mítico de Aquilea. Santiago pone especial interés en trazar la fisonomía de la ciudad en base al desplazamiento constante de los personajes. La acción se manifiesta por medio del movimiento dentro y fuera del plano, jugando con la profundidad, el dinamismo de los encuadres, el tránsito de los actores... hay una cinética que recorre las imágenes y los sonidos del film, no en vano, el ruido de pasos se repite con insistencia. También se escuchan aleatoriamente zumbidos mecánicos de origen desconocido, además de graznidos de aves, acaso avisos sonoros de la amenaza que se cierne sobre los protagonistas... o tal vez no, porque dicha lectura es tan interpretable como las otras que jalonan el metraje. Invasión no es apta para públicos perezosos.

El aspecto visual no es menos sugerente: la fotografía de Ricardo Aronovich, en un blanco y negro muy contrastado, sugiere la dicotomía de las dos facciones opuestas, incluso en el tono del vestuario. Hay quien ha establecido similitudes entre los personajes y las piezas de ajedrez, lo cual no es descabellado, ya que responden a las mismas estrategias, simetrías y relaciones de poder que se dan en el juego. La composición de los planos refuerza esta semejanza, con luces poco naturalistas y directas en las escenas de noche. Las imágenes de Invasión son muy estilizadas y denotan la influencia gala del cine de autor (Godard, Melville) que, a su vez, bebe del noir norteamericano, completando un círculo de referencias que termina calando en los tropos porteños del malevo y el tango. Una de las cumbres de la película es la escena de La milonga de Manuel Flores (con música de Aníbal Troilo y letra de Borges), un híbrido perfecto de poesía y costumbrismo que se vale de la elipsis temporal, una herramienta común en el transcurso del film.

El montaje es otra de las señas de identidad de Invasión. Oscar Montauti y Alberto Yaccelini fragmentan las situaciones mediante insertos, a veces incluyendo planos de objetos que añaden contexto (por ejemplo en la escena de la primera conversación entre Herrera e Irene), además de variaciones del punto de vista, el empleo del fuera de campo y otros recursos como el jump cut... en suma, se trata de un montaje que contribuye decisivamente al estilo manierista desarrollado por Hugo Santiago y a la elaboración de una atmósfera extraña y singular, en la que también hay planos largos con coreografías de cámara complejas. Todo ello subraya el ímpetu del director por activar un dispositivo formal distinto a los demás, un universo propio que no se corresponde con el espacio real ni con los actos cotidianos. Es más bien el espacio del cine, representado en esa Aquilea misteriosa donde confluyen la tradición, la fantasía y la militancia política.

Por todos estos motivos, Invasión debe ser valorada en su condición de rara avis fascinante y poliédrica, una osadía que obtuvo rechazo en su estreno y que enseguida se reveló como una obra de culto, manteniendo intactos sus enigmas hasta hoy. Pueden comprobarlo a continuación: