Salvando las distancias, Nomadland podría ser una versión contemporánea de Las uvas de la ira. Es evidente que Jessica Bruder no es John Steinbeck, ni Chloé Zhao es John Ford, pero los cuatro comparten el afán por denunciar una situación de crisis que se ceba con la población desprotegida, obligada a vagar sin domicilio por problemas financieros ajenos a su causa. Si es verdad que el film de Ford es más político y discursivo, en ambos está presente el interés por el paisaje y la idea de comunidad como refugio proveedor de necesidades. La América profunda de ayer y de hoy, que Zhao refleja mediante imágenes que aúnan lo cotidiano (las ocupaciones que desempeña Fern, la mecánica de su rutina) y lo excepcional (las escenas del baño en el río o del telescopio). Son momentos en los que la directora aplica la política de los afectos que permite una relación directa entre el espectador y la pantalla, favoreciendo la empatía y la sensibilidad por los cuidados. Lo cual encuentra una representación visual que elude los artificios innecesarios en favor de la cercanía... aunque esto puede derivar en cierto buenismo y en la adopción de una mirada que, de tan idealista, corre el riesgo de caer en la ingenuidad. Nomadland no alcanza semejante punto pero lo bordea con suma prudencia. Y es que todo en la película es delicado: el piano intimista del músico Ludovico Einaudi, la fotografía crepuscular de Joshua James Richards, las interpretaciones de los actores no profesionales, escogidos para hacer de sí mismos con exquisita naturalidad. La excepción es el dúo formado por David Strathairn y Frances McDormand, plenos de veteranía y oficio.
La actriz es el motor que mueve el conjunto. Su magnética presencia se expande hasta llenar el encuadre y fundirse con el paisaje, haciendo de su rostro la cartografía de la madurez. Es emocionante verla desenvolverse en cualquier tesitura, cocreando la película junto con Zhao, delante de la cámara y detrás, como productora. Ambas ponen mucho de sus personalidades en este film hermoso, surcado de amaneceres y atardeceres que imprimen una luz fronteriza capaz de hacer trascender la totalidad. La grandeza de lo pequeño, una vez más.
