La película habla sin tapujos de la manipulación atávica ejercida por los poderosos para perpetuar su influencia a costa de los más desfavorecidos, con especial protagonismo de la Iglesia: cómo se fabrica la idolatría, se promueven negocios y se transforman las costumbres con el fin de sustentar los mecanismos de opresión. La fuerza del discurso que emana de Rocío no recurre a la soflama ni es altisonante, al contrario. Proviene de ideas expuestas con rigor y con la distancia que proporcionan los datos históricos, acompañados de la observación del territorio y del estudio antropológico. Lo cual enfureció a quienes se vieron retratados, hasta el punto de conducir a Ruiz Vergara a la cárcel durante una temporada, además de obligarle a pagar una importante suma de dinero y la mutilación del film, que enseguida adquirió la condición de maldito.
El director, nacido en Sevilla y criado en Huelva, tuvo que regresar a Portugal y terminar allí sus días, donde se había formado como cineasta en iniciativas de carácter social. Un exilio que terminó también con las aspiraciones profesionales de Ruiz Vergara, ya que el resto de los proyectos que trató de llevar a cabo resultaron incompletos. Vista hoy, Rocío conserva intacta su capacidad de crítica y de revelación de verdades incómodas que hasta entonces se habían mantenido calladas. Un mérito que se acrecienta por los escasos medios de producción con los que fue filmada, y por la contundencia de las imágenes y los sonidos que captan el fanatismo de los peregrinos, agolpados para portar la imagen de la Virgen. La cinta pone en evidencia las contradicciones de los devotos, capaces de acudir al rezo tras haber ingerido generosas cantidades de alcohol, o de seguir unas creencias que promulgan la humildad a golpe de talonario.
Se trata, en fin, de un ejercicio de subversión rodado de manera templada. Un atrevimiento que le costó la carrera a Fernando Ruiz, sin duda un mártir de verdad, muy alejado de los que se adornan de virtudes en las estampas religiosas para atemorizar a los piadosos. Bendito sea.
A continuación pueden ver el documental íntegro, sin los cortes practicados por la censura.
