Jarmusch aplica la mirada distanciada que le caracteriza, libre de sentimentalismos y con los toques de humor amargo que exige el tema a tratar, que es la incomunicación. Todos los personajes que pueblan el film poseen algún tipo de disfunción emocional, son incapaces de expresarse, tienen necesidades afectivas que resuelven como pueden: mal. En especial las dos primeras historias, tituladas Father y Mother, en las que familias monoparentales tratan de disimular la distancia que les separa por medio de frases hechas y silencios incómodos, ambas durante un rato de visita por parte de hijos a sus respectivos progenitores.
Como tantas otras veces, la habilidad de Jarmusch reside en la elección adecuada de los intérpretes. En Father, Adam Driver y Mayim Bialik se reúnen con Tom Waits, viejo camarada del director, a orillas de un lago helado en la pequeña localidad de West Milford, en Nueva Jersey. Juntos componen un trío de extraña comicidad, en el que es fácil adivinar lo que cada uno piensa y, sin embargo, tanto les cuesta verbalizar. Lo mismo sucede en Mother, con Cate Blanchett y Vicky Krieps haciendo de hijas de Charlotte Rampling en la ciudad de Dublín. En el tercer segmento, situado en París, surgen brotes de sensibilidad y de optimismo. Sister Brother está protagonizado por dos hermanos mellizos que han perdido a sus padres en un accidente y acuden al hogar vacío por última vez. Si bien mantienen una gran complicidad, también comparten la sensación de no haber conocido del todo a sus ascendentes, de que hay un leve misterio que les ha sido vetado, como a todos los hijos. Aquí adquieren los hermosos rostros de Indya Moore y Luka Sabbat, a quienes acompaña en una breve escena Françoise Lebrun, actriz veterana del cine francés.
La dirección de fotografía de Frederick Elmes y Yorick Le Saux capta con gran naturalismo la atmósfera que se vive en los tres escenarios, mediante luces invernales y colores apagados, en sintonía con el espíritu que recorre el film. Hay un ambiente general que unifica las distintas latitudes, aparte de los elementos comunes que el autor va diseminando en el metraje: los chicos en monopatín, los relojes de marca Rólex, el sabor del agua, los brindis... todo confluye en Villanadie, el territorio imaginario en el que acontecen las victorias y las derrotas de Father Mother Sister Brother. Puede que sea la película de Jim Jarmusch en la que deja más patente su influencia por Yasujirō Ozu, para comprobarlo basta ver la organización de la puesta en escena en los momentos frente a la mesa o en las conversaciones de los personajes, además de otros destellos de calado poético (el recorrido de los hermanos por la casa deshabitada) o de contemplación del paisaje a bordo de los diferentes coches. Son microcosmos en los que Jarmusch se revela como un cineasta en plena madurez, capaz de traducir en imágenes aquella frase de Tolstói que iniciaba Ana Karenina: «Todas las familias felices se parecen; cada familia infeliz es infeliz a su manera».
