En los años ochenta, la compañía Cannon tiene fama de albergar una buena cantidad de títulos de acción que aspiran a alimentar la taquilla, gran parte de ellos cuestionados por su calidad (quien quiera completar información, debería ver los documentales Electric Boogaloo y The Go-Go Boys). Las malas decisiones financieras encaminan a la empresa hacia la bancarrota, no sin antes fichar a tres directores de prestigio con opciones de ganar el favor de la crítica y, de paso, algún premio. La representación norteamericana viene cubierta por John Cassavetes, con la muy estimable Corrientes de amor (1984), el ruso Andrei Konchalovsky, responsable de la película de culto El tren del infierno (1985), y Jean-Luc Godard, auténtico pope del cine europeo. La leyenda cuenta que el contrato de este último se improvisó en el mantel de papel de un restaurante, un indicio bastante claro de lo que estaba por suceder. Y es que cualquiera que se asomara un poco a la trayectoria de Godard, sabía que él jamás haría una versión canónica de Shakespeare, ni siquiera aunque el guion contase con un escritor tan reputado como Norman Mailer, que huyó al comienzo del rodaje por la visión que Godard tenía del proyecto. Así, El rey Lear empieza con dos tomas repetidas de Mailer y su hija interpretando una escena mientras se escucha en off la conversación telefónica de Godard con uno de los productores, instándole a terminar la película y entregarla. Cannon quería presentarla en el Festival de Cannes, donde sin duda obtendría el reconocimiento anhelado... lo cierto es que allí recibió el rechazo general, dado el nivel de experimentación y ruptura con que Godard había abordado al Bardo de Avon.
Vista hoy, El rey Lear es puro Godard. Más que interesarse por la obra original, el director la utiliza de pretexto para reflexionar sobre algunas de sus obsesiones: la búsqueda de una identidad propia como individuo y como autor (el poder contra la virtud), la responsabilidad política del intelectual (¿cómo crear después de Chernóbil?) y una convicción que sostiene la película y que tendría que figurar en todos los estudios audiovisuales: "La imagen no es espectacular por sí misma, sino por su significado". Además se investigan las posibilidades del sonido mediante la repetición (el graznido de las gaviotas, el repicar de las campanas), el silencio, el ruido de fondo o la distorsión. De hecho, hay un juego semántico entre las palabras Lear/Ear (oído) con el que Godard establece la idea de "mirar con los oídos", concepto que engloba una dimensión sonora muy sugestiva que puede irritar, sin embargo, a los espectadores desprevenidos.
Godard siembra El rey Lear de estímulos y de detalles inesperados que fructifican a lo largo del metraje, como es la convivencia de nombres pertenecientes a disciplinas y tiempos diversos. Así, se hace referencia a cineastas del pasado (Welles, Visconti, Pasolini) y a otros del presente que aparecen en pantalla (Leos Carax y Woody Allen, al que se denomina Mr. Alien), actores veteranos (Burgess Meredith), jóvenes (Molly Ringwald, Julie Delpy), el director de teatro Peter Sellars o los escritores Norman Mailer y Freddy Buache. A este pintoresco reparto se une el propio Godard, encarnando al profesor Pluggy (que en español se traduce como "enchufado/conectado" y como "trasplante de pelo mal hecho, evidente"), una especie de oráculo extravagante e iracundo, caricatura de un Godard que en aquella época veía su relevancia en entredicho.
La directora de fotografía Sophie Maintigneux dota a las imágenes de la belleza invernal característica de los cantones suizos, donde Godard había fijado su residencia. Allí, lejos de la antigua Britania, se desarrolla este ensayo que mantiene intactas su modernidad y heterodoxia, retando al público contemporáneo a descifrar sus enigmas con la lucidez de un profeta y el ingenio de un bufón.

