Puede que la mayor virtud de la película resida en el guion escrito por Enrique Barreiro. La originalidad del planteamiento y el desarrollo de las situaciones se ven favorecidos por elipsis que amortiguan la truculenta historia de amor de una mujer y su perro, un afecto que empieza siendo emocional y deriva en una pasión contra natura. De la iglesia mantiene también en las imágenes la misma cautela y evita ser explícito, dando importancia a las miradas y los gestos de los actores para que el público interprete con facilidad sus pensamientos. A veces incluso se abusa de los primeros planos, en momentos sin apenas justificación que ponen en evidencia la sintaxis algo tosca del director. Hay en La criatura decisiones de puesta en escena cuestionables, fallos de ritmo con dilataciones del tiempo innecesarias (la canción en la bañera), además de subrayados y metáforas demasiado evidentes (las palomas del final).
A pesar de las imperfecciones, es difícil permanecer ajeno al abismo por el que se despeña la pareja encarnada por Ana Belén y Juan Diego. Ambos se esfuerzan por dar credibilidad a lo que se considera tabú y asumen con valentía sus personajes, si bien el espectador de hoy debe pasar por alto la caracterización exagerada de Juan Diego y el doblaje de voces al que la industria sometía a los actores, lo cual resta naturalidad a sus actuaciones. Aun así, Ana Belén logra resultar cercana y sortear con éxito las dificultades que plantea el film, que no son pocas. Por eso hay que valorar La criatura como un atrevimiento casi revolucionario, que ilustra el pensamiento siempre inconformista de Eloy de la Iglesia: "La perversión sexual es quizá la única forma de rebelión a nuestro alcance contra la sociedad opresiva y establecida en que vivimos (...) Una de las formas más válidas de estudiar la sociedad es a través de sus enfermedades, de sus traumas".

