Así, Kill Bill retoma con orgullo y sin complejos el género de las artes marciales y sus distintas derivaciones: del wuxia al kung-fu, pasando por las películas de samuráis o la yakuza. Todo condimentado con dosis de spaghetti western (en especial de Sergio Leone) y algunas variantes del exploitation, en un cóctel elaborado con exquisita precisión por Tarantino. De ahí que una de sus grandes aportaciones consista en rescatar elementos de derribo y convertirlos en algo valioso, una actitud propia del posmodernismo que rompe la barrera tradicional entre la cultura de masas y de élites.
El argumento de Kill Bill nace de la tragedia clásica y avanza intercalando escenas de lucha y de diálogo, con una dilatación del tiempo que busca mantener la tensión y el suspense. Tarantino juega a alargar las secuencias más de lo que requiere la trama y a separarlas en capítulos, una constante en su obra, hasta el punto de tener que discernir si se trata de un cineasta que aspira a ser escritor (como ya se ha demostrado) o un literato que sabe filmar. Esta dicotomía crece a la vez que su pintoresca galería de personajes, aquí integrada en su mayoría por expertos asesinos con los rostros de Lucy Liu, Daryl Hannah, Michael Madsen o David Carradine, un sanguinario coro en torno a la protagonista encarnada por Uma Thurman, en uno de los papeles fundamentales de su carrera. El elenco al completo cumple con las condiciones físicas y dramáticas que se exigen, ya que la película es profusa en conversaciones tanto como en golpes. De nuevo, Tarantino exhibe su habilidad para parir criaturas con nombres memorables (Beatrix Kiddo, Sofie Fatale, Vernita Green) y frases contundentes, acordes a la desmesura y el artificio que definen el conjunto.
Y es que todo en Kill Bill resulta exagerado: la violencia, el humor sombrío, incluso la puesta en escena emplea recursos en desuso como zooms bruscos o montajes que confrontan escalas de plano... en suma, un universo de imágenes estilizadas hasta el manierismo, que conjugan el blanco y negro con el color, y que depositan buena parte de su fuerza en el montaje. La fotografía de Robert Richardson y la edición de Sally Menke son esenciales para imprimir el ritmo y la energía que desprende Kill Bill, la cual también incluye un segmento de animación realizado por el estudio japonés Production I.G. Son caprichos que el director regala a los fans del género ofreciendo un espectáculo hipertrofiado, pura autocomplacencia cinéfila no apta para todos los públicos, que maravillará a los amantes de lo excesivo y espantará a otros, más prudentes (y tal vez menos divertidos).
A continuación, un ilustrativo vídeo que muestra las referencias ajenas y propias de Quentin Tarantino en la creación de Kill Bill, cortesía del montador Robert Grigsby Wilson. Que lo disfruten:
