A dos de estas personas se les conoce como los Tigres, una pareja de hermanos que llevan en remojo desde la infancia, interpretados por Antonio de la Torre y Bárbara Lennie. El conflicto surge cuando él decide paliar sus deudas financieras sustrayendo la droga oculta en el casco de un buque, una situación que el director aprovecha para desarrollar un buen número de escenas filmadas bajo el agua, poco comunes en nuestro cine dadas las complejidades técnicas. Rodríguez demuestra habilidad y pulso en los momentos de acción, pero lo que verdaderamente hace destacar la película es la relación fraternal que mantienen los protagonistas, libre de los clichés y los excesos que suelen padecer las ficciones familiares.
Los actores principales resuelven con destreza las dificultades que plantean sus personajes, distantes entre sí por motivos que ya ni siquiera recuerdan y, a la vez, unidos por fuertes lazos de sangre. Un vínculo que se manifiesta en pequeños gestos: el uso del parasol en el coche, el conocimiento de las respiraciones del otro, compartir la cama de hospital... son fragmentos de la cotidianeidad que diferencia a Los Tigres de otras producciones con temas similares (individuos normales que adoptan soluciones peligrosas para solventar un apuro). Además, Rodríguez se permite algunas licencias poéticas que hacen trascender el conjunto, como el colgante que pasa del cuello del buzo muerto al buzo que sobrevive, o el sonido de las olas en el móvil para conciliar el sueño, acaso destellos de lirismo que iluminan un film sobrio, conciso.
En todo el resto, Los Tigres vuelve a dejar patente la capacidad del director andaluz para construir relatos bien estructurados, empleando un lenguaje rico en recursos cinematográficos. Las imágenes adquieren dinamismo gracias al montaje de José M. G. Moyano, miembro habitual del equipo, al que se suma por primera vez Pau Esteve Birba en la fotografía. Juntos elaboran una puesta en escena ágil, capaz de conjugar con naturalidad el paisaje humano con el paisaje geográfico, y que avanza siempre en favor del relato. Esta es la virtud de Alberto Rodríguez como cineasta: mantener un ojo puesto en la cámara y en los actores, y otro ojo puesto en el público.
