Así pues, ni la simplicidad del guion ni el esquematismo de los personajes se adentran en zonas profundas, al contrario: la narrativa transcurre con perfecta corrección por escenas cuyo valor funcional y estético definen el conjunto. Karlson cumple como un profesional de las imágenes que sitúa siempre la cámara en los lugares más cómodos para favorecer el desarrollo del relato, ayudado por la fotografía de Burnett Guffey, quien saca el máximo provecho de las localizaciones naturales y de los intensos colores que proporciona la técnica de procesamiento de negativo Deluxe. Hay una excepción que sobresale del tono general y es el combate del desenlace, con una planificación y un montaje (obra de Stuart Gilmore) que anticipan detalles que tiempo más tarde se admirarán en Toro salvaje, salvando las distancias. Este es, acaso, el único momento de peso verdaderamente cinematográfico, ya que en todo lo demás, Kid Galahad se mantiene dentro de una linealidad casi televisiva que no depara emociones, pero tampoco molesta.
En resumen, se trata de un divertimento algo ingenuo que deposita su atractivo en ver al Rey del Rock calzando los guantes en el ring, aparte de escuchar unas pocas canciones sin apenas repercusión en la trama. Por eso, Kid Galahad no se puede considerar propiamente un musical, sino más bien una comedia romántica con ribetes de cine negro rural y de superación deportiva, que se ve con agrado y cuyas debilidades interpretativas se antojan entrañables. Son las paradojas propias de estas películas escapistas, hechas por el noble motivo de pasar el rato.
