En el caso de Bugonia, se trata de una comedia negra con ribetes de ciencia ficción que adapta libremente Salvar el planeta Tierra, película surcoreana de 2003 escrita y dirigida por Jang Joon-hwan. La nueva versión, cuyo guion firma Will Tracy, incorpora variaciones importantes respecto al original, como el género de algunos personajes, pero sobre todo se deja empapar por la personalidad y el estilo de un Lanthimos cada vez más vitriólico. El argumento es sencillo: dos primos inadaptados que viven solos con el peso de una tragedia familiar planean secuestrar a la presidenta de una gran compañía, con el fin de desenmascarar su verdadera condición alienígena y frenar así la amenaza que supone para el planeta. Ella está interpretada por Emma Stone, actriz fetiche del director, mientras que la pareja de jóvenes representantes del white trash es encarnada por Jesse Plemons (que repite con Lanthimos tras Kinds of kindness) y Aidan Delbis, actor con autismo que debuta en este film. Los tres se ajustan a la perfección a los excesos que demandan sus personajes y al tono estrambótico en general. Porque la historia que cuenta Bugonia pretende poner en evidencia el absurdo de las teorías de la conspiración y el negacionismo que difunden los reaccionarios, empleando las mismas herramientas que ellos usan para propagar sus mensajes: la hipérbole, el bulo, el miedo, la pseudociencia.
La película comienza y termina con imágenes de abejas en el proceso de polinización, sin embargo, los acontecimientos que hay entre medias hacen que el sentido de unas y otras cambie. Este círculo es acaso la única forma armónica presente en el relato, todo lo demás es caos deliberado y tensión en aumento hasta derivar en un desenlace que no conviene desvelar, tan chocante que casi parece un chiste... muy caro y rimbombante, pero un chiste al fin y al cabo. Eso sí, magníficamente realizado. Lanthimos posee una capacidad hipnótica para transmitir visualmente las incertidumbres de los protagonistas, mediante encuadres y movimientos de cámara que generan extrañeza. El formato cuadrado de pantalla en 4/3 dificulta los planos de conjunto y refuerza las sensaciones de soledad y aislamiento, ya que uno de los temas de Bugonia es la alienación a la que conducen determinadas corrientes de pensamiento, da igual el estrato social. Los extremistas de un lado y de otro se tocan, viene a decir Lanthimos, empeñados en la supremacía de sus doctrinas. Aunque la balanza se incline en favor de los débiles, queda la duda de si es necesario el empleo de la fuerza para doblegar la razón incorrecta, algo que el público deberá dilucidar entre risas nerviosas y cierto voluntarismo, dado que Bugonia no busca la comodidad. Ni en la ficción ni en la puesta en escena. Los miembros del equipo habitual del director contribuyen a ello: la fotografía de Robbie Ryan, que recupera las texturas y los colores del sistema VistaVisión, el montaje de Yorgos Mavropsaridis, capaz de cincelar atmósferas inquietantes, o la ironía grandilocuente de la música de Jerskin Fendrix.
En definitiva: es evidente que hay mucho talento delante y detrás de la cámara de Bugonia, pero cabe preguntarse si supera el riesgo de quedarse en una ocurrencia ingeniosa que sorprende al espectador durante un momento, sin dejar poso, minusvalorando la advertencia sobre el sectarismo y el desastre climático al que nos abocan los modernos sistemas de producción.
