El guion está firmado por Ben Hetch y Charles Beaumont, el primero en funciones de especialista cumpliendo obligaciones y el segundo proveniente de la cantera de Twilight Zone, ambos contratados por la productora Allied Artists. La reina del espacio exterior parte sin más ambiciones que servir como vehículo de lucimiento para quien entonces era una de las artistas de moda, Zsa Zsa Gabor. Por lo demás, el texto incurre en lugares comunes y en el esquematismo propio de estas películas destinadas a los programas dobles en las salas de extrarradio. El director Edward Bernds tampoco contribuye a ensalzar el conjunto y se limita a plasmar en imágenes anodinas unas peripecias que, vistas hoy, acusan la obsolescencia de su machismo incrustado. De ahí que no se deba tomar en serio (no se puede) este divertimento colorido y absurdo de apenas ochenta minutos de duración, con decorados de saldo y una estética capaz de hacer las delicias de los amantes del camp.
En definitiva, el interés actual de La reina del espacio exterior reside en la arqueología social de las relaciones de género y en el rescate de un producto identificado con la baja cultura o el entretenimiento para masas. Suena despectivo, es cierto. Pero al menos esta clase de films proporcionaba evasión y fantasías eróticas a un público (masculino) poco exigente, en una época conservadora de fuertes valores tradicionales.
