Edificio España. 2012, Víctor Moreno

El valor de ciertos documentales se mide no por lo que buscan, sino por lo que encuentran. Esto lo sabe bien el cineasta Víctor Moreno, que en 2007 decidió grabar el proyecto de reforma integral del Edificio España, una construcción emblemática erigida en Madrid en los años cincuenta como signo de prosperidad del franquismo. El interior del inmueble contiene viviendas, oficinas, galerías comerciales, locales hosteleros... todo cae arrasado bajo las herramientas de los obreros, un nutrido grupo de nacionalidades distintas que trabaja en una suerte de Torre de Babel en proceso de demolición. Pero no es lo único que se desmorona: mientras en la radio se escuchan las optimistas previsiones económicas del gobierno, fuera está a punto de estallar la mayor crisis de las últimas décadas, un desastre que convierte el Edificio España en una metáfora imprevista de los acontecimientos.

Así que la idea original de Moreno de hacer un ejercicio de observación de las obras, se transforma en una película que adquiere un simbolismo contundente y claro, capaz de certificar la debacle con pocos elementos. Edificio España es cine de guerrilla, con un equipo de grabación unipersonal en el que el propio director se echa al hombro la cámara digital Betacam para pegar la mirada y el oído a las personas que intervienen en los escenarios desvencijados. El resultado ofrece un pequeño muestrario del género humano: los guardas de seguridad que custodian una mole fantasmagórica, los vendedores que publicitan las futuras bondades de la edificación, los operarios animados por el capataz a trabajar "con alegría", y una colección de diálogos diseminados aquí y allá que ningún guionista de ficción lograría inventar.

Solo al final, la cámara sale al exterior para mostrar la conversión de los cascotes en polvo y arena, acaso el destino que espera a las fantasías frustradas del capitalismo. Si creen que es exagerado, recuerden que Edificio España fue vetada en su momento por la entidad financiera propietaria del bloque, el Banco Santander, lo cual impidió la difusión del film durante más de un año. La censura terminó revocándose y la película se pudo volver a exhibir, obteniendo un impulso inesperado. Una vez más, queda en evidencia la dificultad del poder para entender la libertad que emana de las expresiones artísticas.

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AMERICAN POP. 1981, Ralph Bakshi

A finales de los años setenta, Ralph Bakshi buscaba superar el desencanto de no haber podido completar la adaptación animada de El Señor de los Anillos. Para ello se embarcó en un proyecto mucho más personal que, a pesar de no estar escrito por él (como era frecuente) aunaba dos tramas ligadas a su experiencia vital: la emigración al "Nuevo Mundo" y su pasión por la música contemporánea. American Pop recorre el siglo XX norteamericano a través de canciones icónicas y con el hilo conductor de una familia que se va perpetuando a duras penas, generación tras generación, en un inventario de buscavidas con pulsiones musicales. Lo cual permite incluir en la banda sonora temas de Scott Joplin, los hermanos Gershwin, Bob Dylan, Jimi Hendrix, The Doors, Janis Joplin, Lou Reed, Carl Perkins... y muchos más, todos ellos bien integrados en la narración.

El placer sonoro que ofrece American Pop se une a la destreza visual desarrollada por Bakshi mediante la rotoscopia, técnica de animación que otorga a los personajes movimientos realistas y fluidos, a base de calcar filmaciones humanas fotograma a fotograma. Así, se produce un contraste muy expresivo entre la gestualidad hiperrealista de las figuras y el acabado más artístico de los fondos, con la confluencia de varios ilustradores entre los que se encuentra Barry E. Jackson. Las imágenes del film son de gran belleza y logran transmitir energía y dinamismo, gracias al montaje. Esto facilita que los episodios que integran el relato salten de una época a otra por medio de elipsis en ocasiones abruptas, que no suponen un problema salvo al final, con la irrupción demasiado repentina del "happy end".

Es la única debilidad que se le puede achacar a American Pop, la película más compleja de un autor que, por primera vez, contaba con la producción de un estudio importante como Columbia. Acostumbrado hasta entonces a trabajar con compañías independientes y presupuestos ajustados, Ralph Bakshi no disminuyó su libertad creativa en esta epopeya histórico-musical que refleja acontecimientos como la Gran Depresión, la II Guerra Mundial, la Ley Seca o el advenimiento del rock y las drogas, además de otros. Bakshi nunca tomó caminos fáciles en su propósito de llevar la animación a territorios más adultos de los habituados.

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FILM GEEK. 2023, Richard Shepard

El término "film geek" se refiere a esa persona que siente una pasión desmedida por el cine. Así mismo se define el director, productor y guionista Richard Shepard en este documental en el que explora su devoción por la enorme cantidad de películas que le deslumbraron en su juventud en las salas de Nueva York, durante los años setenta y principios de los ochenta. Aquellos tiempos concretaron su evolución personal y su formación como espectador, siguiendo un patrón que repiten muchos aficionados: la iniciática costumbre familiar, el descubrimiento de títulos y autores, los complementos literarios y musicales, la práctica amateur mediante equipos domésticos... Film Geek representa la historia común de quienes han sido contagiados alguna vez por el veneno del cine.

Shepard incluye en el montaje unos 200 fragmentos de películas de los más diversos géneros. Las joyas consideradas clásicas conviven con los productos de derribo, completando un crisol particular de gustos y referencias que se presenta en la pantalla de manera dinámica, con un ritmo acelerado que no decae en ningún momento. La voz del propio Shepard guía la narración empleando un tono entusiasta y cercano, capaz de influir en el ánimo del público. Por eso el resultado es de lo más satisfactorio y proporciona la sensación de estar sentado escuchando las memorias de un creador desde su escritorio, en este caso, desde la mesa de edición. Además, hay abundantes fotografías y grabaciones caseras del director junto a bonitas ilustraciones de cines neoyorquinos, cortesía de Skip Sturtz. Resulta muy original la incorporación de monigotes (a modo de storyboards) dibujados por Shepard para recrear algunos de sus recuerdos, lo cual añade frescura al conjunto.

Lo que comienza siendo un producto destinado a frikis termina derivando en el homenaje de Richard Shepard a la figura de su padre, hombre carismático y peculiar que prendió la llama de su veneración por las películas. En suma, Film Geek es un viaje individual al pasado que consigue representar una experiencia compartida, la de los adictos al celuloide que mitigan las fricciones de la vida con las ficciones cinematográficas.

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WEAPONS. 2025, Zach Cregger

Tres años después de debutar en solitario con Barbarian, el director y guionista Zach Cregger sigue explorando los caminos del terror doméstico, esta vez en uno de esos pequeños pueblos que representan el ideal de comunidad norteamericana: vecinos que se conocen, avenidas amplias y arboladas, autobuses amarillos que trasladan niños al colegio... Weapons comienza con la extraña desaparición en la misma noche de todos los alumnos de una clase. Todos salvo uno, conocedor del misterio que inquieta a una población en apariencia idílica. Pronto descubrimos que, en realidad, contiene padres vengativos, maestras alcohólicas, infidelidades, drogas y otras manchas que afean la superficie pulida que Cregger traza con mano firme.

Weapons está dirigida con gran destreza. Es verdad que incurre en los típicos sustos para sobresaltar al público, acompañados de su inevitable efecto sonoro. Pero también es evidente que la cámara se mueve con energía y precisión, hay ideas visuales capaces de hilar escenas con ingenio, el desarrollo posee ritmo. Cada elemento de la puesta en escena ayuda a crear la atmósfera adecuada, incluida la fotografía y el montaje. Por eso, resulta frustrante que tantas virtudes estén puestas al servicio de una idea tan pobre.

El guion de Cregger se dedica a actualizar el clásico cuento de brujas malvadas, con la diferencia de que aquellas historias para inducir el miedo tenían como objetivo aleccionar y prevenir el comportamiento infantil. Weapons, sin embargo, nunca deja claro qué es lo que quiere contar. Tal vez sea la fortaleza del marginado que termina salvando al grupo, o la redención de los adultos en busca de expiar sus pecados, o el combate del bien y del mal en una sociedad hipócrita. Sea lo que sea, al final subyace una sensación de arbitrariedad y demasiadas preguntas en el aire: ¿De dónde proviene la naturaleza vampírica del personaje interpretado por Amy Madigan? ¿Qué origina la desazón que persigue a la profesora encarnada por Julia Garner? ¿Por qué las víctimas de los hechizos de la bruja son encarnaciones de las armas que se enuncian en el título? No se trata de psicologizar el argumento ni los personajes, sino de dar consistencia a sus actitudes y a cuanto sucede en la pantalla, más allá del gusto por la fantasía oscura en un contexto realista como el que muestra el film.

Para disfrazar estas debilidades, Cregger opta por una narración episódica y coral, con puntos de vista alternos según los diferentes personajes. Completan el reparto Josh Brolin y Alden Ehrenreich, entre otros actores que aportan dimensión humana a este relato contemporáneo de fantasmas, brillantemente ejecutado sobre unos cimientos endebles. Por eso el conjunto se tambalea. Es lamentable contemplar cómo se invierte talento en un espectáculo que termina revelándose así de hueco.

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