Al igual que décadas atrás hicieron Vittorio De Sica o Satyajit Ray, Hadi toma una pequeña historia local y la dota de sentido universal, a modo de fábula que empieza y termina en las marismas de Mesopotamia. Entre medias hay un viaje a Bagdad en cuyas calles aprende a madurar una niña de apenas nueve años, en compañía de su gallo. Las peripecias se suceden a lo largo de dos días que muestran las contradicciones de una realidad al mismo tiempo solidaria, generosa, egoísta y terrible, todo con el trasfondo de la dictadura de Sadam Husein, que en el momento del relato tiene al estado movilizado en la celebración de su cincuenta cumpleaños.
Más allá de la capacidad de La tarta del presidente para aunar entretenimiento y conciencia, sobresalen las dotes narrativas del director para llevar al público de la mano mediante imágenes bellas y bien construidas, con movimientos de cámara elegantes y una fluidez en el montaje que conecta el despertar de la joven protagonista con el subconsciente del espectador. No hay muchos cineastas (y menos aún noveles) que puedan lograr algo parecido en condiciones así de limitadas. Hasan Hadi lo consigue y hace de La tarta del presidente un debut de lo más estimulante, que ojalá incite a otros creadores de esta zona tan maltratada por la historia reciente.
