BACKROOMS. 2026, Kane Parsons

El argumento del umbral que conduce a una dimensión desconocida ha sido explotado en multitud de ficciones dentro de la fantasía, la ciencia ficción y el terror. Las variantes son infinitas: uno o varios personajes cruzan a universos paralelos a través de espejos (Orfeo), agujeros en el suelo (Alicia en el País de las Maravillas), televisores (Poltergeist), túneles (El viaje de Chihiro), libros (La Historia Interminable)... precisamente, en un plano de Backrooms se hace referencia a la película de Wolfgang Petersen, si bien Kane Parsons opta por la fórmula de la pared que pierde su solidez y permite al protagonista acceder al lugar donde enfrentar sus miedos particulares.

Por ello, la originalidad de una propuesta como Backrooms no reside tanto en el argumento como en la manera de representarlo. De nuevo, el qué está en detrimento del cómo, que en el caso de Parsons viene representado por un sentido de la atmósfera que el director ha estado desarrollando en los vídeos que publica en YouTube desde que tenía 17 años. Son conceptos audiovisuales englobados bajo los títulos de The Oldest View y Backrooms, los cuales adoptan forma cinematográfica apenas cuatro años después con un equipo profesional, actores reconocidos (Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve) y la producción de A24.

El jovencísimo director californiano sabe conectar con las inquietudes contemporáneas y los traumas de una sociedad habituada a relacionarse en entornos digitales, y eso que Backrooms sucede en 1990. Parsons participa así de la anemoia (nostalgia por un tiempo que no se ha vivido) tan frecuente en las nuevas generaciones que sienten fatiga virtual y descubren el placer táctil y artesanal de lo analógico (en cintas de casete y VHS, discos de vinilo, cámaras de carrete, etc.) Hay una retro-idealización que se manifiesta en las imágenes y en el sonido, con efectos que recrean las imperfecciones del soporte magnético y generan un espacio propicio a la fantasmagoría. En Backrooms se abusa de algunos de estos trucos, incluidos los ópticos, con el empleo recurrente de lentes anamórficas para subrayar los instantes de desconcierto. Son herramientas convertidas en clichés visuales que proliferan, en especial, en la segunda parte del film.

La primera hora de Backrooms transcurre con fluidez y está llena de sorpresas, sin embargo, una vez que el ingenio se agota y Parsons ya ha contado todo lo que tenía que contar, se abandona el relato y la película se recrea en sí misma y en sus supuestos hallazgos. Entonces la sugerencia se vuelve evidencia, dando paso a monstruos y sustos dignos de una atracción de feria. La película gana espectacularidad según pierde interés, y es una pena, porque Backrooms alcanza sus mejores momentos cuando roza el humor presente en el planteamiento de la trama, esto es: un hombre frustrado por el trabajo se ve obligado a dormir en su propia tienda de muebles tras haber sido echado de casa por su mujer. Una noche, descubre en el sótano de la tienda un portal mágico que le lleva a un sitio donde las leyes espaciales se quiebran... y a partir de aquí, la inventiva también se rompe y las ideas son devoradas por la fascinación estética que Kane Parsons siente por el vacío. El vacío como concepto arquitectónico, filosófico y, finalmente, cinematográfico.

A continuación, uno de los temas que integran la banda sonora compuesta por el propio Parsons junto a Edo Van Breemen. Sonidos atmosféricos para una música sugerente y evocadora, sin duda, uno de los mayores aciertos del film. Que lo disfruten: