KILL BILL. 2003/2004, Quentin Tarantino

Se sabe bien que Quentin Tarantino ideó Kill Bill como un proyecto unitario, de una sola película. Pero el afán de rentabilizar dos estrenos consecutivos por parte de Miramax, aprovechando la larga duración del metraje, hizo que se dividiese en dos volúmenes. Y esta partición influye en el carácter que adopta cada uno de los films: en el primero se acumula la acción, mientras que el segundo es más dramático, más narrativo (y por ello, más interesante). De cualquier modo, ambos coinciden en desarrollar una de las líneas maestras del director, que es recuperar cinematografías marginales que normalmente no son tenidas en cuenta por los círculos de opinión y que han cumplido una función escapista, de alcance popular.

Así, Kill Bill retoma con orgullo y sin complejos el género de las artes marciales y sus distintas derivaciones: del wuxia al kung-fu, pasando por las películas de samuráis o la yakuza. Todo condimentado con dosis de spaghetti western (en especial de Sergio Leone) y algunas variantes del exploitation, en un cóctel elaborado con exquisita precisión por Tarantino. De ahí que una de sus grandes aportaciones consista en rescatar elementos de derribo y convertirlos en algo valioso, una actitud propia del posmodernismo que rompe la barrera tradicional entre la cultura de masas y de élites.

El argumento de Kill Bill nace de la tragedia clásica y avanza intercalando escenas de lucha y de diálogo, con una dilatación del tiempo que busca mantener la tensión y el suspense. Tarantino juega a alargar las secuencias más de lo que requiere la trama y a separarlas en capítulos, una constante en su obra, hasta el punto de tener que discernir si se trata de un cineasta que aspira a ser escritor (como ya se ha demostrado) o un literato que sabe filmar. Esta dicotomía crece a la vez que su pintoresca galería de personajes, aquí integrada en su mayoría por expertos asesinos con los rostros de Lucy Liu, Daryl Hannah, Michael Madsen o David Carradine, un sanguinario coro en torno a la protagonista encarnada por Uma Thurman, en uno de los papeles fundamentales de su carrera. El elenco al completo cumple con las condiciones físicas y dramáticas que se exigen, ya que la película es profusa en conversaciones tanto como en golpes. De nuevo, Tarantino exhibe su habilidad para parir criaturas con nombres memorables (Beatrix Kiddo, Sofie Fatale, Vernita Green) y frases contundentes, acordes a la desmesura y el artificio que definen el conjunto.

Y es que todo en Kill Bill resulta exagerado: la violencia, el humor sombrío, incluso la puesta en escena emplea recursos en desuso como zooms bruscos o montajes que confrontan escalas de plano... en suma, un universo de imágenes estilizadas hasta el manierismo, que conjugan el blanco y negro con el color, y que depositan buena parte de su fuerza en el montaje. La fotografía de Robert Richardson y la edición de Sally Menke son esenciales para imprimir el ritmo y la energía que desprende Kill Bill, la cual también incluye un segmento de animación realizado por el estudio japonés Production I.G. Son caprichos que el director regala a los fans del género ofreciendo un espectáculo hipertrofiado, pura autocomplacencia cinéfila no apta para todos los públicos, que maravillará a los amantes de lo excesivo y espantará a otros, más prudentes (y tal vez menos divertidos).

A continuación, un ilustrativo vídeo que muestra las referencias ajenas y propias de Quentin Tarantino en la creación de Kill Bill, cortesía del montador Robert Grigsby Wilson. Que lo disfruten:

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FATHER MOTHER SISTER BROTHER. 2025, Jim Jarmusch

El cine de Jim Jarmusch insiste, de maneras diversas, en la fragmentación. Ya sea porque adopta la fórmula de "película de capítulos" (Mistery Train, Noche en la tierra), porque hay una narración única que avanza de modo episódico (Flores rotas) o porque emplea el recurso de la repetición de acciones para hablar de las paradojas del tiempo (Los límites del control, Paterson). Father Mother Sister Brother pertenece al primer grupo. El director norteamericano filma tres historias en torno a las relaciones familiares que suceden en distintos lugares del mundo y, tal como es de esperar, prescinde del candor y la idealización con que se suelen abordar las cuestiones de parentela.

Jarmusch aplica la mirada distanciada que le caracteriza, libre de sentimentalismos y con los toques de humor amargo que exige el tema a tratar, que es la incomunicación. Todos los personajes que pueblan el film poseen algún tipo de disfunción emocional, son incapaces de expresarse, tienen necesidades afectivas que resuelven como pueden: mal. En especial las dos primeras historias, tituladas Father y Mother, en las que familias monoparentales tratan de disimular la distancia que les separa por medio de frases hechas y silencios incómodos, ambas durante un rato de visita por parte de hijos a sus respectivos progenitores.

Como tantas otras veces, la habilidad de Jarmusch reside en la elección adecuada de los intérpretes. En Father, Adam Driver y Mayim Bialik se reúnen con Tom Waits, viejo camarada del director, a orillas de un lago helado en la pequeña localidad de West Milford, en Nueva Jersey. Juntos componen un trío de extraña comicidad, en el que es fácil adivinar lo que cada uno piensa y, sin embargo, tanto les cuesta verbalizar. Lo mismo sucede en Mother, con Cate Blanchett y Vicky Krieps haciendo de hijas de Charlotte Rampling en la ciudad de Dublín. En el tercer segmento, situado en París, surgen brotes de sensibilidad y de optimismo. Sister Brother está protagonizado por dos hermanos mellizos que han perdido a sus padres en un accidente y acuden al hogar vacío por última vez. Si bien mantienen una gran complicidad, también comparten la sensación de no haber conocido del todo a sus ascendentes, de que hay un leve misterio que les ha sido vetado, como a todos los hijos. Aquí adquieren los hermosos rostros de Indya Moore y Luka Sabbat, a quienes acompaña en una breve escena Françoise Lebrun, actriz veterana del cine francés.

La dirección de fotografía de Frederick Elmes y Yorick Le Saux capta con gran naturalismo la atmósfera que se vive en los tres escenarios, mediante luces invernales y colores apagados, en sintonía con el espíritu que recorre el film. Hay un ambiente general que unifica las distintas latitudes, aparte de los elementos comunes que el autor va diseminando en el metraje: los chicos en monopatín, los relojes de marca Rólex, el sabor del agua, los brindis... todo confluye en Villanadie, el territorio imaginario en el que acontecen las victorias y las derrotas de Father Mother Sister Brother. Puede que sea la película de Jim Jarmusch en la que deja más patente su influencia por Yasujirō Ozu, para comprobarlo basta ver la organización de la puesta en escena en los momentos frente a la mesa o en las conversaciones de los personajes, además de otros destellos de calado poético (el recorrido de los hermanos por la casa deshabitada) o de contemplación del paisaje a bordo de los diferentes coches. Son microcosmos en los que Jarmusch se revela como un cineasta en plena madurez, capaz de traducir en imágenes aquella frase de Tolstói que iniciaba Ana Karenina: «Todas las familias felices se parecen; cada familia infeliz es infeliz a su manera».

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