Se explica al principio que los nombres Hamnet y Hamlet son equivalentes, y se corresponden con dos hijos: el real de apellido Shakespeare y el ficticio, príncipe de Dinamarca. La película establece el vínculo entre la gestación de uno y otro, por medio de la relación de la pareja formada por William y Agnes, interpretados con entrega y convicción por Paul Mescal y Jessie Buckley. Dos actores en la cima de sus carreras que demuestran, una vez más, sus cualidades para el drama y su implicación con los personajes. Además, salen airosos del reto al que les enfrenta la abundancia de planos cortos con los que la directora desarrolla el transcurso de sus emociones, siempre a punto de rebasar la línea que separa lo intenso de lo excesivo. Un límite que se contiene mediante el tono apagado de las imágenes y la austeridad de los elementos que las integran.
La puesta en escena no incluye movimientos de cámara innecesarios ni florituras que embellezcan los encuadres, lo cual no implica que el film resulte árido. Al contrario: hay composiciones geométricas y angulaciones que refuerzan la expresividad de muchas situaciones (por ejemplo, el largo plano de la crisis nocturna que sufre el protagonista en su escritorio, o aquel que comparten juntos por última vez el padre y el hijo, en el momento de la despedida). Son escenas muy cuidadas estéticamente que conservan su poder narrativo, gracias a la habilidad de Zhao para centrar el relato y al trabajo fotográfico de Lukasz Zal, capaz de aunar el verismo de los interiores oscuros iluminados por velas con la influencia pictórica del flamenco y el barroco (de la Tour, Gentileschi). También se aprecian referencias del romanticismo, en especial en la representación de la naturaleza y en la música de Max Ritcher, tan evocadora como de costumbre, sumando al desenlace una de sus piezas más celebradas (y utilizadas en el cine) On the Nature of Daylight.
La sintaxis visual y sonora de Hamnet, muy cuidada tal y como corresponde a una coproducción que aspira a obtener prestigio y reconocimiento, da forma a la tragedia sobre la capacidad curativa del arte. Chloé Zhao se aleja del mito y se adentra en la dimensión humana de Shakespeare, no a través de los pocos documentos que existen de la vida del escritor, sino imaginando acontecimientos concretos. Es la paradoja de emplear la fabulación como herramienta para desentrañar la verdad de un autor conocido por todos, pero del que no se tiene mucha información. Algo que estaba en la novela original y que esta película bella y dolorosa sabe transformar en buen cine.







