HAMNET. 2025, Chloé Zhao

La familia y el arraigo son dos temas que atraviesan la obra de Chloé Zhao. Por eso, no es de extrañar que la cineasta haya sido contratada para realizar la adaptación de Hamnet, la novela de Maggie O'Farrell que ambas convierten en guion. La historia de una familia que debe luchar contra la adversidad en la Inglaterra de finales del siglo XVI, aunque no se trata de una familia cualquiera... ya que el progenitor es William Shakespeare, personalizado en la época en la que trataba de abrirse paso como dramaturgo hasta el estreno de uno de sus títulos capitales, Hamlet. Si bien este dato cobra relevancia en el tercer acto y no es esencial en la evolución de la trama.

Se explica al principio que los nombres Hamnet y Hamlet son equivalentes, y se corresponden con dos hijos: el real de apellido Shakespeare y el ficticio, príncipe de Dinamarca. La película establece el vínculo entre la gestación de uno y otro, por medio de la relación de la pareja formada por William y Agnes, interpretados con entrega y convicción por Paul Mescal y Jessie Buckley. Dos actores en la cima de sus carreras que demuestran, una vez más, sus cualidades para el drama y su implicación con los personajes. Además, salen airosos del reto al que les enfrenta la abundancia de planos cortos con los que la directora desarrolla el transcurso de sus emociones, siempre a punto de rebasar la línea que separa lo intenso de lo excesivo. Un límite que se contiene mediante el tono apagado de las imágenes y la austeridad de los elementos que las integran.

La puesta en escena no incluye movimientos de cámara innecesarios ni florituras que embellezcan los encuadres, lo cual no implica que el film resulte árido. Al contrario: hay composiciones geométricas y angulaciones que refuerzan la expresividad de muchas situaciones (por ejemplo, el largo plano de la crisis nocturna que sufre el protagonista en su escritorio, o aquel que comparten juntos por última vez el padre y el hijo, en el momento de la despedida). Son escenas muy cuidadas estéticamente que conservan su poder narrativo, gracias a la habilidad de Zhao para centrar el relato y al trabajo fotográfico de Lukasz Zal, capaz de aunar el verismo de los interiores oscuros iluminados por velas con la influencia pictórica del flamenco y el barroco (de la Tour, Gentileschi). También se aprecian referencias del romanticismo, en especial en la representación de la naturaleza y en la música de Max Ritcher, tan evocadora como de costumbre, sumando al desenlace una de sus piezas más celebradas (y utilizadas en el cine) On the Nature of Daylight.

La sintaxis visual y sonora de Hamnet, muy cuidada tal y como corresponde a una coproducción que aspira a obtener prestigio y reconocimiento, da forma a la tragedia sobre la capacidad curativa del arte. Chloé Zhao se aleja del mito y se adentra en la dimensión humana de Shakespeare, no a través de los pocos documentos que existen de la vida del escritor, sino imaginando acontecimientos concretos. Es la paradoja de emplear la fabulación como herramienta para desentrañar la verdad de un autor conocido por todos, pero del que no se tiene mucha información. Algo que estaba en la novela original y que esta película bella y dolorosa sabe transformar en buen cine.

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LOS TORTUGA. 2024, Belén Funes

Un lustro después de debutar en el largometraje con La hija de un ladrón, Belén Funes regresa a las historias de conflictos familiares con Los tortuga. Esta vez, la acción se divide en dos emplazamientos cuya separación no es solo física, también es vivencial para los protagonistas de una madre y su hija: por un lado está la Barcelona urbana y nocturna de los espacios interiores, y por otro lado está el paisaje abierto y luminoso de los campos de Jaén. Hay un tercer personaje que une ambos lugares y que nunca aparece, porque falleció antes del comienzo del relato. Se trata del padre, representación del vínculo que acerca a las dos mujeres lo mismo que las separa, debido a la ausencia. Dicha tensión vertebra la película que podría haber sido un melodrama, si no fuese por la contención que aplica la directora, capaz de amortiguar la intensidad de los sentimientos con importantes dosis de realismo social.

Los tortuga tiene como punto de partida la diáspora de los migrantes del sur que marcharon al norte buscando mejorar sus condiciones en la posguerra, un exilio económico que es el origen del desarraigo que padece la hija compartido con su madre, de procedencia chilena. Ambas se resisten a cortar con las raíces que aún mantienen incluso de manera literal, en forma de olivo. En una de las escenas más representativas, la hija se adentra en el hueco dejado por el ejemplar seco donde fueron esparcidas las cenizas del padre, para guardar unos puñados de tierra... en la bolsa de plástico de un supermercado Covirán. La mezcla de elementos dramáticos y costumbristas es una de las habilidades narrativas de Funes, en compañía de su coguionista habitual (y pareja) Marçal Cebrian. Los dos consiguen dar con el tono adecuado, primero en el texto y luego en las imágenes, para que el conjunto mantenga las emociones a raya y no se desborden, lo cual hubiera restado credibilidad. Tanto los diálogos como el desarrollo de las situaciones introducen al espectador en una realidad reconocible en los telediarios, con familias desahuciadas por la especulación inmobiliaria, la gentrificación de los barrios, los trabajos precarios... todo ello expuesto en la pantalla sin sensacionalismo ni condescendencia.

Si bien Los tortuga comienza casi como un documental acerca de la recogida de aceitunas, con una cámara en mano que se mueve nerviosa tratando de capturar el instante, poco a poco la puesta en escena se va serenando hasta adecuar sus claves estéticas a cada momento. Predominan los planos cerrados que recogen los gestos, las miradas y las palabras de las actrices Antonia Zegers y Elvira Lara, veterana y debutante respectivamente, en una interpretación conjunta que justifica por sí misma la existencia del film. Ellas dotan de veracidad cuanto hacen, son el soporte humano sobre el que Belén Funes construye esta película bella y dolorosa, que tiene el valor de denunciar las injusticias del presente mediante historias pequeñas que suelen pasar desapercibidas pero que están ahí, detrás de la puerta de nuestros vecinos.

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LA CRIATURA. 1977, Eloy de la Iglesia

Con la muerte de Franco, la censura vigente en el cine español durante cuatro décadas se fue relajando hasta su desaparición oficial en 1977, con la llegada de la democracia. A partir de entonces, los directores pueden tratar temas que habían estado prohibidos como la política o el sexo. Eloy de la Iglesia asume ambas cuestiones con la heterodoxia que acostumbra en una de sus películas más destacadas: La criatura. Una alegoría perturbadora que establece contrastes entre la represión y la libertad, el dogma y el instinto, por medio de símbolos que se instalan en la vida de un matrimonio cuya infelicidad se transforma el día que deciden quedarse con un perro que han descubierto en la playa.

Puede que la mayor virtud de la película resida en el guion escrito por Enrique Barreiro. La originalidad del planteamiento y el desarrollo de las situaciones se ven favorecidos por elipsis que amortiguan la truculenta historia de amor de una mujer y su perro, un afecto que empieza siendo emocional y deriva en una pasión contra natura. De la iglesia mantiene también en las imágenes la misma cautela y evita ser explícito, dando importancia a las miradas y los gestos de los actores para que el público interprete con facilidad sus pensamientos. A veces incluso se abusa de los primeros planos, en momentos sin apenas justificación que ponen en evidencia la sintaxis algo tosca del director. Hay en La criatura decisiones de puesta en escena cuestionables, fallos de ritmo con dilataciones del tiempo innecesarias (la canción en la bañera), además de subrayados y metáforas demasiado evidentes (las palomas del final).

A pesar de las imperfecciones, es difícil permanecer ajeno al abismo por el que se despeña la pareja encarnada por Ana Belén y Juan Diego. Ambos se esfuerzan por dar credibilidad a lo que se considera tabú y asumen con valentía sus personajes, si bien el espectador de hoy debe pasar por alto la caracterización exagerada de Juan Diego y el doblaje de voces al que la industria sometía a los actores, lo cual resta naturalidad a sus actuaciones. Aun así, Ana Belén logra resultar cercana y sortear con éxito las dificultades que plantea el film, que no son pocas. Por eso hay que valorar La criatura como un atrevimiento casi revolucionario, que ilustra el pensamiento siempre inconformista de Eloy de la Iglesia: "La perversión sexual es quizá la única forma de rebelión a nuestro alcance contra la sociedad opresiva y establecida en que vivimos (...) Una de las formas más válidas de estudiar la sociedad es a través de sus enfermedades, de sus traumas".

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LA PUERTA. "The Gate" 1987, Tibor Takács

En los años ochenta, la sombra de Steven Spielberg es tan alargada que cubre buena parte del cine comercial norteamericano. Y llega todavía más allá, hasta Ontario (Canadá), donde el director Tibor Takács filma La puerta bajo la influencia de quien era considerado el Rey Midas de Hollywood. Es fácil percibir la huella de E.T., Los Goonies y Poltergeist en esta película de terror adolescente que bebe también de las historietas que se publicaban en revistas como Creepy o Eerie. Una combinación de elementos que obtuvo generosos resultados en taquilla y en el mercado del vídeo doméstico, aunque sus valores cinematográficos son más cuestionables.

La puerta tiene una premisa bastante simple: dos niños descubren por accidente una gruta que accede al infierno, situada en el jardín de la casa de uno de ellos, interpretado por Stephen Dorff en su primera aparición en el cine. En realidad, el argumento es una excusa para desarrollar una gran cantidad de efectos especiales, algunos de los cuales acusan la falta de presupuesto. Otros, sin embargo, resisten con cierta dignidad, si bien la sensación general es la de estar ante un espectáculo artesanal que a veces se parece a una atracción de feria debido a la variedad de fantasmas, zombis y monstruos que desfilan por la pantalla.

La película posee el encanto de las reliquias de aquella época y, a falta de otras virtudes, hoy es reivindicada como una obra de culto por los nostálgicos que valoran la adscripción al espíritu de un tiempo en concreto, posiblemente el de su propia infancia. Poco más se puede pedir: ni el guion esquemático, ni la puesta en escena, ni tampoco las actuaciones de los actores logran que el conjunto se sobreponga a la medianía. Solo el valor sentimental que le atribuye un determinado público amante del género ha salvado del olvido a La puerta, tercer largometraje de un director que alcanzó aquí su mayor éxito, antes de lanzarse a una larga y fructífera carrera de despropósitos.

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SUEÑOS DE TRENES. "Train dreams" 2025, Clint Bentley

En una escena de Sueños de trenes hay un viejo apoyado en un árbol, que dice: "¿Oyes eso? Es precioso. Cada detalle de todo es precioso." Su compañero, que no sabe muy bien a qué se refiere porque nada de lo que hay a su alrededor le sorprende, mira con extrañeza, primero al viejo y luego al bosque donde están. Este momento aparentemente sencillo y algo enigmático podría resumir la película. Su director, Clint Bentley, se fija en los detalles de una historia triste contada de manera muy bella, la vida del jornalero Robert Grainier, cuya actitud impasible cambia el día que conoce a su mujer, Gladys.

La pareja está interpretada por Joel Edgerton y Felicity Jones, actores de mirada limpia y verbo convincente que impregnan de verdad la pantalla. En el reparto también figura William H. Macy, siempre certero en su composición del viejo iluminado. La relación de los protagonistas con la naturaleza define el carácter del film, rodado en diversas localidades del estado de Washington, al noroeste del Pacífico. Un paisaje de árboles cuya altitud encuentra acomodo en el formato casi cuadrado de las imágenes, fotografiadas con gran sentido plástico por Adolpho Veloso. La calidad de matices de su trabajo con la luz y el color evita la colección de postales bonitas y dota de expresividad a Sueños de trenes, por medio de encuadres que sitúan la acción en la mitad baja del plano para ilustrar el contraste de escalas entre la vegetación y las personas. Estas revelan así su insignificancia frente a la verticalidad de los bosques, una lectura visual que incide en la defensa del medio ambiente y en el rechazo a la soberbia de los hombres.

Se pueden decir muchas cosas buenas de esta película, una de ellas es que no sermonea al espectador y que en ocasiones parece un cuento, por el empleo de la voz en off de un narrador externo. La raíz literaria de la novela de Denis Johnson está presente durante el metraje, sin dejar de ser por ello intensamente cinematográfica, gracias a la puesta en escena y a la adaptación del texto original que escribe el propio Bentley junto a Greg Kwedar, su colaborador habitual. Sueños de trenes también parece un poema, por la capacidad de sugestión y el aliento lírico que rehúye cualquier tentación altisonante. Es, en definitiva, una de las sorpresas más estimulantes y hermosas del cine reciente, la prueba de que es posible en una misma obra la convivencia de lo clásico y lo moderno, el cálculo y el misterio, la melancolía y el gozo de los relatos bien contados.

A continuación, uno de los temas que integran la banda sonora compuesta por Bryce Dessner. Música con poder de evocación que crece en cada compás y describe el espíritu que recorre el conjunto. Que la disfruten:

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KILL BILL. 2003/2004, Quentin Tarantino

Se sabe bien que Quentin Tarantino ideó Kill Bill como un proyecto unitario, de una sola película. Pero el afán de rentabilizar dos estrenos consecutivos por parte de Miramax, aprovechando la larga duración del metraje, hizo que se dividiese en dos volúmenes. Y esta partición influye en el carácter que adopta cada uno de los films: en el primero se acumula la acción, mientras que el segundo es más dramático, más narrativo (y por ello, más interesante). De cualquier modo, ambos coinciden en desarrollar una de las líneas maestras del director, que es recuperar cinematografías marginales que normalmente no son tenidas en cuenta por los círculos de opinión y que han cumplido una función escapista, de alcance popular.

Así, Kill Bill retoma con orgullo y sin complejos el género de las artes marciales y sus distintas derivaciones: del wuxia al kung-fu, pasando por las películas de samuráis o la yakuza. Todo condimentado con dosis de spaghetti western (en especial de Sergio Leone) y algunas variantes del exploitation, en un cóctel elaborado con exquisita precisión por Tarantino. De ahí que una de sus grandes aportaciones consista en rescatar elementos de derribo y convertirlos en algo valioso, una actitud propia del posmodernismo que rompe la barrera tradicional entre la cultura de masas y de élites.

El argumento de Kill Bill nace de la tragedia clásica y avanza intercalando escenas de lucha y de diálogo, con una dilatación del tiempo que busca mantener la tensión y el suspense. Tarantino juega a alargar las secuencias más de lo que requiere la trama y a separarlas en capítulos, una constante en su obra, hasta el punto de tener que discernir si se trata de un cineasta que aspira a ser escritor (como ya se ha demostrado) o un literato que sabe filmar. Esta dicotomía crece a la vez que su pintoresca galería de personajes, aquí integrada en su mayoría por expertos asesinos con los rostros de Lucy Liu, Daryl Hannah, Michael Madsen o David Carradine, un sanguinario coro en torno a la protagonista encarnada por Uma Thurman, en uno de los papeles fundamentales de su carrera. El elenco al completo cumple con las condiciones físicas y dramáticas que se exigen, ya que la película es profusa en conversaciones tanto como en golpes. De nuevo, Tarantino exhibe su habilidad para parir criaturas con nombres memorables (Beatrix Kiddo, Sofie Fatale, Vernita Green) y frases contundentes, acordes a la desmesura y el artificio que definen el conjunto.

Y es que todo en Kill Bill resulta exagerado: la violencia, el humor sombrío, incluso la puesta en escena emplea recursos en desuso como zooms bruscos o montajes que confrontan escalas de plano... en suma, un universo de imágenes estilizadas hasta el manierismo, que conjugan el blanco y negro con el color, y que depositan buena parte de su fuerza en el montaje. La fotografía de Robert Richardson y la edición de Sally Menke son esenciales para imprimir el ritmo y la energía que desprende Kill Bill, la cual también incluye un segmento de animación realizado por el estudio japonés Production I.G. Son caprichos que el director regala a los fans del género ofreciendo un espectáculo hipertrofiado, pura autocomplacencia cinéfila no apta para todos los públicos, que maravillará a los amantes de lo excesivo y espantará a otros, más prudentes (y tal vez menos divertidos).

A continuación, un ilustrativo vídeo que muestra las referencias ajenas y propias de Quentin Tarantino en la creación de Kill Bill, cortesía del montador Robert Grigsby Wilson. Que lo disfruten:

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FATHER MOTHER SISTER BROTHER. 2025, Jim Jarmusch

El cine de Jim Jarmusch insiste, de maneras diversas, en la fragmentación. Ya sea porque adopta la fórmula de "película de capítulos" (Mistery Train, Noche en la tierra), porque hay una narración única que avanza de modo episódico (Flores rotas) o porque emplea el recurso de la repetición de acciones para hablar de las paradojas del tiempo (Los límites del control, Paterson). Father Mother Sister Brother pertenece al primer grupo. El director norteamericano filma tres historias en torno a las relaciones familiares que suceden en distintos lugares del mundo y, tal como es de esperar, prescinde del candor y la idealización con que se suelen abordar las cuestiones de parentela.

Jarmusch aplica la mirada distanciada que le caracteriza, libre de sentimentalismos y con los toques de humor amargo que exige el tema a tratar, que es la incomunicación. Todos los personajes que pueblan el film poseen algún tipo de disfunción emocional, son incapaces de expresarse, tienen necesidades afectivas que resuelven como pueden: mal. En especial las dos primeras historias, tituladas Father y Mother, en las que familias monoparentales tratan de disimular la distancia que les separa por medio de frases hechas y silencios incómodos, ambas durante un rato de visita por parte de hijos a sus respectivos progenitores.

Como tantas otras veces, la habilidad de Jarmusch reside en la elección adecuada de los intérpretes. En Father, Adam Driver y Mayim Bialik se reúnen con Tom Waits, viejo camarada del director, a orillas de un lago helado en la pequeña localidad de West Milford, en Nueva Jersey. Juntos componen un trío de extraña comicidad, en el que es fácil adivinar lo que cada uno piensa y, sin embargo, tanto les cuesta verbalizar. Lo mismo sucede en Mother, con Cate Blanchett y Vicky Krieps haciendo de hijas de Charlotte Rampling en la ciudad de Dublín. En el tercer segmento, situado en París, surgen brotes de sensibilidad y de optimismo. Sister Brother está protagonizado por dos hermanos mellizos que han perdido a sus padres en un accidente y acuden al hogar vacío por última vez. Si bien mantienen una gran complicidad, también comparten la sensación de no haber conocido del todo a sus ascendentes, de que hay un leve misterio que les ha sido vetado, como a todos los hijos. Aquí adquieren los hermosos rostros de Indya Moore y Luka Sabbat, a quienes acompaña en una breve escena Françoise Lebrun, actriz veterana del cine francés.

La dirección de fotografía de Frederick Elmes y Yorick Le Saux capta con gran naturalismo la atmósfera que se vive en los tres escenarios, mediante luces invernales y colores apagados, en sintonía con el espíritu que recorre el film. Hay un ambiente general que unifica las distintas latitudes, aparte de los elementos comunes que el autor va diseminando en el metraje: los chicos en monopatín, los relojes de marca Rólex, el sabor del agua, los brindis... todo confluye en Villanadie, el territorio imaginario en el que acontecen las victorias y las derrotas de Father Mother Sister Brother. Puede que sea la película de Jim Jarmusch en la que deja más patente su influencia por Yasujirō Ozu, para comprobarlo basta ver la organización de la puesta en escena en los momentos frente a la mesa o en las conversaciones de los personajes, además de otros destellos de calado poético (el recorrido de los hermanos por la casa deshabitada) o de contemplación del paisaje a bordo de los diferentes coches. Son microcosmos en los que Jarmusch se revela como un cineasta en plena madurez, capaz de traducir en imágenes aquella frase de Tolstói que iniciaba Ana Karenina: «Todas las familias felices se parecen; cada familia infeliz es infeliz a su manera».

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