Desplechin es coherente con su discurso en torno a las tensiones que existen entre lo real y lo representado, y lo traslada también a las formas. Para ello emplea una mirada caleidoscópica que abarca el ensayo, el documental, la ficción y la puesta en escena de su propio pasado de cineasta en ciernes. Con una narrativa fragmentada que se divide en capítulos, Desplechin expone imágenes de Hitchcock, Bergman o los hermanos Lumière, entre muchos otros, en convivencia con las imágenes que él mismo genera, un diálogo acerca de las huellas que deja el cine en el público que asiste a las salas. Se incluyen testimonios de espectadores anónimos y declaraciones del autor recordando ciertas obras que le han transformado, como Shoah. Puede que esta parte y la correspondiente a la actriz Misty Upham (no se entiende la comparativa con Marilyn a menos que se conozcan sus circunstancias mentales) queden algo desdibujadas dentro del conjunto, debido al calado personal que suponen para Desplechin. Son riesgos que el director asume en nombre de la libertad con la que afronta su labor, un ejercicio continuo de memoria y de lenguaje meta-narrativo.
Desplechin invita a unos cuantos intérpretes a participar en Cinéfilos, algunos con los que ha trabajado antes como Françoise Lebrun o Mathieu Amalric, su actor fetiche, quien tiene una breve intervención al final. Los demás son nombres menos conocidos pero con mayor peso dramático para ilustrar la infancia y juventud de Arnaud Desplechin, cineasta que rinde homenaje no a la forma de hacer cine, sino de ver cine. Esta diferencia hace que la película resulte interesante y depare momentos de emoción al aficionado convencido.
