GOLPE DE SUERTE. "Coup de chance" 2023, WOODY ALLEN

Woody Allen ha declarado en muchas ocasiones su predilección por las comedias sofisticadas que se hicieron en el Hollywood clásico: títulos de Lubitsch, La Cava, Sandrich, McCarey... películas que representaban el ideal de una sociedad perfecta, rica, blanca y cultivada, una aspiración imposible fabricada para alimentar las ilusiones del periodo de entreguerras y las sucesivas crisis económicas. Todo ello desde el exceso que supone ver a personajes siempre fabulosamente vestidos, que distraen con amoríos la rutina de acudir a cócteles y cerrar negocios en decorados lujosos.

Así, el veterano director norteamericano retoma la misma fórmula narrativa que despertó su temprana cinefilia y la lleva hasta el París del presente, siendo Golpe de suerte su primer film rodado en francés. Más allá de la novedad expresiva, apenas se aprecian innovaciones respecto a otros cuentos morales del propio Allen. No hay sorpresas en el tema del caos inherente al ser humano en contraposición al libre albedrío, el azar como destino inevitable de nuestras decisiones. Son cuestiones que hemos visto antes en Delitos y faltas, Macht point, El sueño de Casandra o Irrational man, entre otras. La diferencia es que en Golpe de suerte se materializan con menos ingenio y con soluciones estéticas muy cuestionables.

Si bien el tono es ligero, el conjunto carece de gracia. Se echan en falta los diálogos ocurrentes marca de la casa y los gags visuales en una trama en la que suceden encuentros clandestinos, secretos empresariales y asesinatos, todo narrado de manera protocolaria, funcional. Los acontecimientos transcurren sin garra y, lo que es peor, mediante imágenes feas que acusan su naturaleza digital. El también octogenario director de fotografía Vittorio Storaro parece haberse abandonado a las comodidades de la técnica e introduce, por primera vez en un film de Allen, lentes angulares que facilitan rodar en espacios estrechos sin riesgo de desenfoques, lo cual permite rapidez y seguridad a cambio de añadir en el plano cierta concavidad y distorsión en los bordes. Esto no es un problema si está justificado en el argumento (para escenas que transmiten irrealidad o inquietud, por ejemplo), pero no es el caso de Golpe de suerte. Aquí el motivo se antoja perezoso y arbitrario, algo muy poco común en el cine de Allen, al igual que pasa con determinados movimientos de cámara innecesarios y con encuadres que recuerdan a la publicidad de automóviles (cada vez que los protagonistas llegan o salen de la casa de campo).

Nada que objetar a que Woody Allen presente al final de su carrera una distracción irrelevante que no tiene más aspiraciones que las de entretener con enredos románticos. Sin embargo, sí hay que lamentar que se vea tan perjudicada por su aspecto formal, hasta el punto de resultar inane. Ni la bella pareja de amantes interpretada por Lou de Laâge y Niels Schneider, ni sus acompañantes Melvil Poupaud y Valerie Lemercier (cuyo personaje desaprovecha sus oportunidades de alivio cómico), logran elevar el espíritu mortecino de Golpe de suerte. Tampoco la música recurrente de Herbie Hancock, un bálsamo que se agradece pero que no consigue sacar del anacronismo a esta película que exhibe orgullosa una candidez y superficialidad dignas de otro tiempo.