El mismo Ughetto aparece en pantalla (para ser exactos: su mano y su voz) estableciendo un vínculo entre el autor y los personajes, figuras que cobran vida mediante la técnica de animación en stop motion. Las imágenes del film hacen del artificio la clave de su estilo, a base de evidenciar materiales comunes como el cartón para las casas, por ejemplo. Esto dota al conjunto de un acabado artesanal que contrasta con los excesos de la digitalización que satura a las animaciones de los últimos tiempos, más perfectas y sofisticadas, pero menos estimulantes. Así, No se admiten perros ni italianos es emocionante por lo que cuenta y por cómo lo cuenta, siendo difícil separar una cosa de la otra.
La música del veterano compositor Nicola Piovani contribuye a alcanzar el grado de emotividad controlada que sobrevuela la película, con la suma de los demás elementos artísticos y técnicos (fotografía, diseño de decorados, vestuario, etc.) De tal modo que el resultado se define por una belleza sencilla y directa, a la que ningún espectador sensible podrá sentirse ajeno.
