Western vigoroso e insólito que incide en el drama sobre cualquier otro aspecto, creando un interesante equilibrio entre lo épico y lo sentimental. Edward Dmytryk realiza un alarde de elegancia y explota todas las posibilidades del Cinemascope mediante una dirección que sabe cuándo ser sobria y cuándo ser enérgica, atendiendo a las exigencias de un guión bien ajustado que no interrumpe nunca la emoción y que deposita gran parte de su eficacia en el dibujo de los personajes. Ellos sostienen el drama y se ven perfectamente representados por el plantel que forman Spencer Tracy, Richard Widmark, Robert Wagner, Jean Peters y Kathy Jurado, entre otros. "Lanza rota" pone especial cuidado en el aspecto visual, gracias a la fotografía de Joe McDonald, y en el sonoro, pues la partitura de Leigh Harline multiplica el calado y la entidad de la historia. Dmytryk sabe conjugar todos estos elementos para elaborar una película ambiciosa en sus planteamientos y brillante en el resultado, un western importante emparentados con otros como "Duelo al sol" en cuanto a temática, pero que encuentra su propia identidad en su rara belleza y en su profundo dramatismo.Lanza rota. "Broken lance" 1954, Edward Dmytryk
Western vigoroso e insólito que incide en el drama sobre cualquier otro aspecto, creando un interesante equilibrio entre lo épico y lo sentimental. Edward Dmytryk realiza un alarde de elegancia y explota todas las posibilidades del Cinemascope mediante una dirección que sabe cuándo ser sobria y cuándo ser enérgica, atendiendo a las exigencias de un guión bien ajustado que no interrumpe nunca la emoción y que deposita gran parte de su eficacia en el dibujo de los personajes. Ellos sostienen el drama y se ven perfectamente representados por el plantel que forman Spencer Tracy, Richard Widmark, Robert Wagner, Jean Peters y Kathy Jurado, entre otros. "Lanza rota" pone especial cuidado en el aspecto visual, gracias a la fotografía de Joe McDonald, y en el sonoro, pues la partitura de Leigh Harline multiplica el calado y la entidad de la historia. Dmytryk sabe conjugar todos estos elementos para elaborar una película ambiciosa en sus planteamientos y brillante en el resultado, un western importante emparentados con otros como "Duelo al sol" en cuanto a temática, pero que encuentra su propia identidad en su rara belleza y en su profundo dramatismo.El portero de noche. "Il portiere di notte" 1974, Liliana Cavani
Uno tiende a valorar películas como ésta más por su carácter subversivo y su vocación iconoclasta que por sus condiciones meramente cinematográficas. Y no es de extrañar, porque el material que maneja Cavani es tan sorprendente que, de alguna manera, engulle cualquier apreciación, incluso las negativas. Es en este apartado donde "El portero de noche" acumula los dejes que hicieron más daño al cine durante los años setenta: zooms inútiles, exceso de protagonismo de la cámara y una trascendentalidad mal digerida. Aún así, lo peor es el maniqueísmo de los personajes antagonistas, un catálogo caricaturesco de lugares comunes que palidecen frente al esforzado trabajo de la pareja interpretada por Dirk Bogarde y Charlotte Rampling. Una cuidada fotografía y una hermosa música ayudan a dar empaque al conjunto, en definitiva una película a la que hay que alabar su valentía y su falta de prejuicios. En ella crece la semilla de importantes obras posteriores como "La muerte y la doncella" o "La pianista". En resumen y por no desvelar argumentos: un fastuoso guiñol sobre la crueldad.La mitad de Óscar. 2010, Manuel Martín Cuenca
Insólita propuesta dentro del panorama actual del cine español, poco dado a los riesgos, que plantea un ejercicio narrativo en el que cobra mayor importancia lo que no se cuenta que lo aparece en pantalla, y donde los silencios son más elocuentes que los diálogos. Manuel Martín Cuenca explota su capacidad para la sugerencia en "La mitad de Óscar", a partir de una historia trenzada con elementos en apariencia mínimos pero de hondura suficiente para sostener un sólido drama: un guarda de seguridad apocado y solitario, un abuelo moribundo y una hermana ausente que regresa al lugar donde tiempo atrás se prendieron las brasas de un secreto del que no quedan más que las cenizas. Con un estilo austero y hierático que puede ahuyentar a los espectadores no avisados, Martín Cuenca va tensando los hilos de los que pende el relato hasta llegar al desenlace, no por contenido menos sorprendente. Los personajes se mueven absortos y desamparados por unos paisajes que son mucho más que un entorno, de alguna manera completan la radiografía de sus miedos y son el espíritu mismo de la historia. El horizonte de Almería está siempre presente, su mar es como un muro que encierra al personaje de Óscar en el habitáculo de sus recuerdos y donde no cabe más escapatoria que la que, contra todo pronóstico, Martín Cuenca ofrece en esta película: la redención a través del deseo y de la muerte, el eterno duelo entre Eros y Tanatos contado a media voz, casi en un susurro. El aliento de autores europeos como Tanner, Oliveira o Kaurismäki sobrevuela las imágenes de "La mitad de Óscar", una pequeña sorpresa dentro del acomodado cine español, que supone todo un tratado sobre la quietud y la calma que precede a cualquier tormenta.La ronda de noche. "Nightwatching" 2007, Peter Greenaway
Si hay un director capaz de trascender los límites narrativos del cine y de llevarlos hasta otras artes, ese es sin duda Peter Greenaway. Y es que como viene siendo habitual, "La ronda de noche" no es sólo cine. Es teatro, es literatura y es, sobre todo, pintura. La planificación recrea en todo momento la obra de Rembrandt, personaje protagonista de la película, y está planteada como una sucesión de cuadros donde los personajes ocupan un espacio escénico, generalmente en planos largos y de conjunto, cuya iluminación huye de la realidad y cumple funciones más estéticas que descriptivas. No es de extrañar que esta forma de utilizar la pantalla, acercándola más al lienzo, provoque tanto críticas como alabanzas. A estas alturas, Greenaway no engaña a nadie. Para él, el cine es una herramienta, un modo de expresión. Es el catalizador de sus inquietudes. El problema, en el caso de "La ronda de noche", es la dispersión en el desarrollo del relato. La acumulación de personajes lleva a la confusión, y esto es debido a que las acciones no suceden sino que se cuentan, algunos de los acontecimientos más importantes los conocemos por boca de quienes los han presenciado, una opción bastante poco cinematográfica que no impide, sin embargo, no caer en la fascinación de su puesta en escena y en el poder hipnótico de sus imágenes. Hay que lamentar también la falta de fluidez en la historia, lo que hace que las escenas se sucedan sin cohesión y en ocasiones resulten premiosas y deslavazadas. Esto provoca que la película se disfrute mejor durante momentos aislados -algunos ciertamente memorables- que en su conjunto, algo frío y monótono. Aún así, conviene reconocer la valentía de su autor y su voluntad de llegar siempre un paso más allá.A continuación, el cortometraje que Peter Greenaway rodó en 1969 bajo el título "Intervals", uno de sus primeros trabajos de experimentación con el montaje.
Un grito en la niebla. "Midnight lace" 1960, David Miller
"Un grito en la niebla" es, en muchos aspectos, una película de suspense modélica. Recogiendo el testigo de los dramas de corte psicoanalítico tan en boga unos años atrás, y tomando a Hitchcock como referencia más directa, la historia consigue trazar las líneas necesarias para crear drama, emoción y misterio manteniendo en todo momento el juego de complicidad adecuado con el espectador. El inteligente guión de Ivan Goff y Ben Roberts funciona a modo de ecuación matemática en la que varias incógnitas dificultan la resolución de un problema que sólo se desvela al final, mediante un clímax que cumple las exigentes expectativas generadas desde el principio. Y eso que la dispersión de pistas falsas a lo largo del relato hacen correr más de un riesgo a los guionistas y al director, David Miller, el cual logra sortear estas trampas por medio de una puesta en escena elegante y sobria, de un sentido dramático ajustado como el mecanismo de un reloj. A esto contribuyen las acertadas interpretaciones de Doris Day, Rex Harrison y el resto del reparto, capaces de dibujar sus personajes con el doble trazo de lo que muestran y de lo que sugieren.Estéticamente, "Un grito en la niebla" es un ejemplo de estilización aplicado al drama. Desde la inspirada fotografía de Russell Metty hasta la ambientación y los decorados, de cierta tendencia teatral, la película adquiere un aire de irrealidad que no sólo favorece al conjunto sino que le confiere, además, una identidad muy británica. Todos estos elementos hacen de "Un grito en la niebla" un placer para los ojos y un entretenimiento muy efectivo, que consigue trasladar al espectador toda la emoción de su historia sin recurrir a golpes de efecto y sin perder el equilibrio incluso cuando camina sobre el alambre y sin red.
Déjame entrar. "Låt den rätte komma in" 2008, Tomas Alfredson
La figura del vampiro, exprimida hasta la saciedad con mayor y menor fortuna, encuentra en esta película una novedosa representación que supone una puesta al día del mito y una forma de acercarlo al público más prejuicioso y amante de las rarezas. Porque "Déjame entrar", aparte de otras cosas, es sobre todo una rareza. Por su estilo en la narración, evocador y austero, que sabe emplear los recursos clásicos del cuento para subvertirlos y reinterpretarlos haciendo que las viejas maneras parezcan nuevas. Por su carácter profundamente europeo y nórdico, dotando de belleza y misterio unos escenarios cotidianos que transforman el naturalismo casi en abstracción. Y sobre todo, el film de Tomas Alfredson es una rareza por su sentido de la atmósfera, todo un revulsivo frente a las convenciones del género, lo que añade dimensión al original literario de John Ajvide Lindqvist. El aliento gélido de las imágenes que se respira en "Déjame entrar" se ve contrastado por cierto concepto de la intimidad que consigue resultar perturbador por lo inesperado. Sin duda tienen mucho que ver en esto la fotografía y la música, dos aciertos que se suman al guión y a las interpretaciones para completar esta obra única, original. Es una lástima que todas estas virtudes se vean empañadas por un regodeo a veces gratuito en lo escabroso, algunas salidas de tono que rompen el equilibrio mostrado sobre todo en la primera parte. Aún así, conviene reconocer los méritos de esta pequeña joya que encuentra en el riesgo su mejor baza.
Manon. 1949, Henri-Georges Clouzot
Henri-Georges Clouzot desplegó toda su destreza visual y su olfato narrativo para adaptar "Manon", la novela de Abbé Prévost que ofrecía, sobre el papel, unas posibilidades que el director francés supo trasladar a la pantalla con lucidez y virtuosismo. Clouzot demuestra ser una cineasta exuberante, sus imágenes siempre cuentan algo y lo hacen con la elocuencia de quien domina el oficio. La riqueza de la planificación en cuanto a angulaciones, tamaños y puntos de vista es potenciada por el montaje y la fotografía, sin embargo, existe un misterio intangible en el cine de Clouzot que escapa a la técnica y que tiene que ver con el sentido narrativo: el tempo de las escenas fluye sin pausa, los diálogos se suceden a la velocidad del pensamiento y aún así, hay algo bajo los elaboradísimos planos de Clouzot, algo invisible y orgánico, que llena el relato de pulsión, de desasosiego. Es una capacidad innata para el escalofrío que el autor exhibió con creces en sus dos películas posteriores, "El salario del miedo" y "Las diabólicas", y que en "Manon" alimenta una trama de contenido profundamente dramático. La historia sigue los pasos de una pareja condenada al encuentro y al desencuentro en los tiempos de la liberación francesa tras la 2ª Guerra Mundial. Un amor imposible que obtiene la redención en el tercio final de la película, de un lirismo arrebatado, en el cual Clouzot se lanza sin red hacia los abismos del riesgo. Y allí donde otros hubiesen podido estrellarse, Clouzot resulta indemne y fortalecido, porque "Manon" es, gracias también a lo acertado de su reparto, un film valiente y apasionado, bello, doloroso, y que regala un temblor de inquietud y de placer, de emoción al fin y al cabo.Imitación a la vida. "Imitation of life" 1959, Douglas Sirk
Douglas Sirk fue coronado, durante los años cincuenta, como el rey del melodrama, un género que él ayudó a definir y que depuró hasta su última película, "Imitación a la vida". Tras una carrera apelando a los sentimientos del público, Sirk se despidió de la realización cinematográfica con todo un paradigma de la sublimación del folletín, un film desmesurado en el fondo y en la forma que, no obstante, mantiene el interés que otras obras del director alemán han perdido con el paso del tiempo. Porque películas como "Imitación a la vida" hace años que ya no se hacen, y sólo el talento de Sirk como cineasta y el pulso que exhibe mediante la planificación y la puesta en escena salva a esta historia de quedar obsoleta. Si los amantes del naturalismo pueden sentirse agraviados, no negarán que hace falta situar muy bien la cámara para no perderse en la maraña de personajes atormentados y de situaciones límite que llenan la trama. Sirk consigue la mayoría de las veces, gracias a su elegancia y a su particular sentido estético, desvincular el drama de lo superfluo y la emoción de lo cursi, algo que no siempre sucede en su filmografía. Cierto es que "Imitación a la vida" exige cierto voluntarismo por parte del público, el cual disfrutará más o menos según su grado de implicación con un relato que, si bien puede partir de situaciones reales y reconocibles, siempre está a un paso de resultar inverosímil. El plantel de actores, con Lana Turner a la cabeza, se limita a aportar sus bellos rostros y a darle empaque al conjunto. Tan sólo la joven actriz Susan Kohner consigue perfilar un personaje con cierto trasfondo, el resto de sus compañeros o bien cumplen con corrección (Juanita Moore) o bien naufragan en el cliché (John Gabin). Es digna de mención la generosa intervención, en el clímax de la película, de la gran cantante de gospel Mahalia Jackson, un regalo para los oídos que los espectadores melómanos apreciarán más que cualquier otra cosa. Relájense y disfruten:La doctrina del shock. "The shock doctrine" 2009, Michael Winterbottom, Mat Whitecross
Pocos directores de cine hay en la actualidad tan prolíficos y eclécticos como Michel Winterbottom. Su capacidad para mantener un ritmo de producción apabullante, que no ha mermado la calidad de sus películas, permite que frente a la lente de su cámara hayan desfilado toda clase de géneros, desde el western de "El perdón" hasta el noir de "El diablo bajo la piel", pasando por el melodrama de "Génova", la comedia de "Tristam Shandy", el erótico musical de "Nueve canciones", el realismo social de "Wonderland" o la crónica generacional de "24 hour party people", entre un largo etcétera que abarca la friolera de 18 títulos en apenas 16 años de carrera. Y aunque el cine de Winterbottom cuenta con un fuerte apego a la realidad ("En este mundo" o "Camino a Guantánamo" así lo demuestran), el realizador inglés firma por vez primera un documental junto a su colaborador Mat Whitecross para llevar a la pantalla "La doctrina del shock", un texto de referencia de Naomi Klein, la musa y gurú del progresismo que durante los últimos años ha cuestionado algunos de los pilares del neoliberalismo imperante.El documental incide en las líneas maestras del ensayo de Klein, aportando una ingente cantidad de material de archivo que ilustra y arroja luz sobre unas ideas que nunca resultan áridas o espesas en su traslación cinematográfica, gracias a su decidida vocación didáctica y clarificadora. Winterbottom esquiva las tentaciones propagandísticas al estilo de Michael Moore sin por ello resultar menos efectivo, más bien al contrario, pues el ágil ritmo de la narración y la fidelidad a un hilo argumental en el que hubiese sido fácil enredarse otorgan a "La doctrina del shock" interés, información y emoción, tres ingredientes cuya mezcla convencerá a los espectadores concienciados y disuadirá a los escépticos. Pero que nadie se lleve a engaños, porque se trata sobre todo de un ejercicio voluntarioso, volcado en remover doctrinas y realizado con más voluntad que medios, la prueba es que para la banda sonora se han recuperado las notas que Carter Burwell compuso para "Fargo" y alguna pieza de Michael Nyman. Para el contenido visual se ha recurrido a las videotecas y a las intervenciones de la propia Naomi Klein en diferentes conferencias.
El documental es un recorrido a través del mapa del desastre que durante las últimas décadas han trazado las teorías del economista Milton Friedman y sus pupilos de la escuela de Chicago, la larga sombra de su influencia sobre los ámbitos del poder que decidieron poner en práctica sus ideas, y los pecados de la falta de regulación económica como motor de todas las crisis, incluida la actual. Por eso el visionado de "La doctrina del shock" resulta hoy tan necesario como lo hubiera sido ayer y como, probablemente, lo será mañana. Un ejercicio de reflexión para públicos que no se conforman con las explicaciones oficiales y que si bien puede pecar de cierto partidismo y de escoramientos claramente ideológicos, funciona por su discurso directo y sin ambigüedades, que a veces adopta el tono de una comedia negra y otras veces, la mayoría, de una película de terror.
A continuación, el documental "La doctrina del shock" íntegro y en versión original subtitulada.
El cisne negro. "The black swan" 1942, Henry King
Deliciosa película de aventuras que contribuyó a que las historias de piratas se constituyesen en todo un género de lo más popular, gracias a su hábil mezcla de comedia, romance y acción. "El cisne negro" cuenta con alicientes de sobra como para ser tenida en cuenta: la dirección de Henry King es eficaz y muy concisa, siendo capaz de potenciar el vertiginoso ritmo que Ben Hetch y Seton I. Miller imprimen al guión. King transforma la pantalla por momentos en un lienzo en el que brilla con inspiración y belleza la fotografía de Leo Shamroy, con unas imágenes siempre respaldadas por la enérgica partitura de Alfred Newman. Esta conjunción de nombres da como resultado una película sobre la cual el paso del tiempo ha extendido su pátina de fascinación añeja y entrañable, esa que lucen los clásicos que lo son por derecho propio. El bello paisaje visual de "El cisne negro" se ve completado por los rostros de Tyrone Power, Thomas Mitchell, George Sanders y una formidable Maureen O´Hara, cuyos personajes convierten el film en un magnífico divertimento, un derroche de emoción y disfrute que termina haciéndose corto.London river. 2009, Rachid Bouchareb

Llevar a la pantalla un hecho histórico plantea siempre complejidades, la mayoría de las veces narrativas, al establecerse una pugna entre el rigor de los acontecimientos reales y las exigencias de la ficción dramática. Por eso, algunos directores optan por tomar la parte por el todo y centrarse en un caso ilustrativo que pueda dar cuenta de la magnitud del conjunto. Esto es algo que saben hacer los buenos narradores, y que Rachid Bouchareb aplica a la hora de trasladar al cine los terribles atentados suicidas que sorprendieron a la ciudad de Londres la mañana del 7 de julio de 2005. La tragedia vivida aquellos días se ejemplifica en el encuentro de dos padres que acuden a la capital inglesa en busca de sus hijos desaparecidos, otorgándole a la historia un carácter íntimo y cercano. Otro de los retos que plantea un film como “London river” es el del tono dramático, pues directores menos prudentes que Bouchareb aprovechan para cargar las tintas en lo que a emociones se refiere y terminan apelando a las lágrimas del espectador por los métodos más agresivos. Bouchareb sabe huir de estas tentaciones aplicando la mesura y el sentido común, el respeto al fin y al cabo. Al público y a sus personajes. Hubiese sido demasiado fácil entregar un producto encargado de estremecer los corazones de la multitud, en lugar de eso, “London river” acude a la sensibilidad sólo cuando es necesario y lo mejor que se puede de decir de ella es que no resulta maniquea, artificiosa ni predecible. Eso y las interpretaciones, pues los trabajos de Brenda Blethyn y Sotigui Kouyaté son capaces de sorprender precisamente por su comedimiento. Ambos expresan las tragedias de sus personajes con los mínimos elementos, sin levantar ninguna barrera de emociones frente al espectador y convirtiendo sus dramas individuales en colectivos. Nada en esta película deviene en exceso, cada pieza está ajustada en su medida y conforma un crisol de sensaciones todavía por cercanas, dolorosas. Un retrato de la desolación hecho con pocas pinceladas, un réquiem de apenas dos notas y un ejercicio narrativo de concisión dramática. Eso es “London river”, y por eso cumple sus objetivos con dignidad.
A continuación, un hermoso cortometraje que Rachid Bouchareb realizó en el año 2005 con el título de "L'ami y'a bon", conjugando las técnicas de animación más artesanales con los medios informáticos. Contiene las preocupaciones que Bouchareb ha ido desarrollando en su filmografía: los conflictos bélicos, las desigualdades étnicas y raciales, la emigración... todo cabe en este cuento triste, revestido de un aspecto visual fascinante, al que no le faltan las intenciones críticas y de denuncia propias del autor.
El ladrón de Bagdad. "The thief of Bagdad" 1924, Raoul Walsh
Grandiosa en todos los aspectos. Esta película depara una sorpresa detrás de otra, en un derroche de virtuosismo técnico y narrativo que saca el máximo partido de una producción fastuosa, consagrada a exhibir las cualidades de su estrella, Douglas Fairbanks. El trabajo del director Raoul Walsh es realmente inspirado, e imprime al relato un vigor cargado de dinamismo y diversión. Aventuras, comedia y romance se comprimen en 150 minutos que transcurren sin descanso. "El ladrón de Bagdad" es una obra que resulta tan apabullante que sólo cabe disfrutarla de principio a fin. Imprescindible.Origen. "Inception" 2010, Christopher Nolan
Siguiendo la estela de películas como "Matrix" o "Línea mortal", Christopher Nolan escribe, dirige y produce "Origen", su trabajo más ambicioso hasta la fecha, un aparatoso ejercicio visual y narrativo que conjuga lo sofisticado de la ciencia ficción con el clasicismo del cine policíaco y de espías, en una suerte de pastiche en el que se amalgaman multitud de referencias. En un afán por rizar el rizo, Nolan construye y deconstruye el relato dificultando el entendimiento de la trama y la empatía por los personajes, afectados por un exceso de solemnidad, lo que lastra su credibilidad y la del conjunto. Nolan no puede reprimir su natural impulso hacia lo pretencioso, olvidando cualquier atisbo de humanidad o frescura. Todo resulta frío y diseñado hasta el detalle para sorprender al espectador, tanto, que la sorpresa pierde efectividad. Por eso conviene no caer en la trampa del director y escapar de los complicados laberintos de sueños y apariencias que enredan la historia, para abandonarse a la contemplación de su atmósfera, sin duda lo más destacable del film, y al circo de tres pistas que suponen sus imágenes. Para disfrutar de "Origen" es necesario obviar su filosofía de tocador y su vocación de autoayuda. La escritura de Nolan hubiese requerido, una vez más, mayor concisión y ser despojada de la hojarasca artificiosa y pretendidamente profunda a la que aspira, porque las películas rupturistas e innovadoras lo son por su propia naturaleza, y no por programación, algo de lo que adolece "Origen" y que tal vez un Christopher Nolan con mayores restricciones presupuestarias hubiese solventado a fuerza de ingenio (tal y como hiciera en la estupenda "Memento"). La película es, en definitiva, una llama carente de chispa, un diamante sin brillo. Es innegable que la trama y el desarrollo de "Origen" se siguen con interés, pero al final queda la sensación de que tras el estruendo de los cohetes y de los fuegos artificiales, sólo queda el humo.A continuación, el cortometraje de un Nolan que entonces soñaba con dirigir su primera película, allá por el año 1997, con el título de "Doodlebug". Los admiradores del director podrán reconocer su fijación por los ambientes opresivos y por los juegos espacio-temporales, un tema que desarrollaría a gran escala en películas como "Memento" u "Origen". Es un trabajo de iniciación, lo que le otorga cierto encanto amateur aliñado con un final sorpresa tan del gusto del autor.
El nadador. "The swimmer" 1968, Frank Perry
Hay relatos que, bien por su originalidad o bien por su peso dramático, consiguen superponerse a las capacidades de su narrador, ya sean buenas o malas. "El nadador" es un ejemplo perfecto de ello. El cuento original de Don Cheever es la base sobre la que Frank Perry asienta sus ínfulas de autor para demostrar, en su segunda película, que podía ser iconoclasta y reflexivo al mismo tiempo, un director a tener en cuenta y que las nuevas corrientes debían admirar. El cuadro clínico habitual de un debutante que quiere sobresalir rápido. Para ello eligió un texto con muchas posibilidades y un actor, Burt Lancaster, que es siempre una garantía de credibilidad y talento.A pesar de que Perry hace verdaderos esfuerzos por arruinar su película, adoptando todos los vicios posibles de una época fascinada con la técnica (ralentizados, efectos ópticos, lentes deformantes), su locuacidad visual no logra hundir el conjunto. El texto adaptado por su esposa, la guionista Eleanor Hamlisch, junto a la inmensa interpretación de Lancaster, logran mantener a flote "El nadador".
La película narra las vicisitudes de un hombre de poderosa fachada, que encierra en su interior material de derribo suficiente como para enterrar los sueños, recuerdos e ilusiones de toda una vida. El desesperado intento del nadador del título por encontrar justificación a sus actos, en un mundo que no comprende, empapa de cloro y de tristeza las facciones de Lancaster. "El nadador" es un film amargo que aspira a la alegoría, una obra con una vocación rupturista demasiado evidente y con unas ambiciones siempre subrayadas por la cámara, que deja traslucir bajo su banalidad formal una historia emotiva, triste y bella.
Ríos y mareas. "Rivers and tides" 2001, Thomas Riedelsheimer
Documentar un proceso creativo puede ser casi tan apasionante como la obra documentada si se hace con tenacidad y talento. El director Thomas Riedelsheimer demuestra poseer las dos cosas al llevar a la pantalla el trabajo del escultor Andy Goldsworthy, un personaje singular y carismático que requería un buen observador detrás de la cámara para captar el sentido de sus proyectos. Esta identificación entre observador y observado, esta relación silenciosa y enriquecedora es el argumento del documental "Ríos y mareas", un ejercicio de belleza cargado de contenido. La lente de Riedelsheimer escudriña cada gesto del artista, sus glorias y sus derrotas, siempre atenta al instante decisivo y a la sorpresa. Resulta encomiable el esfuerzo llevado a cabo por los dos autores, y su reflejo se trasluce en la pantalla sin subrayados ni aspavientos, con la lucidez y la serenidad del espectador que participa del objeto mirado. "Ríos y mareas" contiene un discurso complejo y hermoso, expuesto con una sencillez que nunca es simple, como la propia naturaleza a la que esta película excepcional rinde tributo.Lola. 1981, Rainer Werner Fassbinder
El revisionismo de Fassbinder escoge en esta ocasión un monumento del cine alemán, "El ángel azul", para barnizarlo con su colorido punto de vista al tiempo que atestigua la historia moderna de su país. "Lola" retoma el mito de Marlene Dietrich como coartada para reflejar la reconstrucción urbanística y moral de una clase social y de una nación, proveniente del nazismo, que debía adaptarse a los nuevos tiempos. Fassbinder emplea su personal modo de contar las cosas, con una realización a machetazos más interesada en explotar el carácter plástico de cada escena que en su efectividad narrativa. El gran actor Armin Mueller-Stahl aparece como un trasunto del inmortal Emil Jannings, y en él se concentra lo más interesante de un film que satisfará a los admiradores del director germano y dejará desconcertado al resto. Y es que al igual que sucede con otros autores como David Lynch, Pedro Almodóvar o Jean-Luc Godard, no se trata tanto de que al público le guste o no lo que ve en la pantalla, como de entrar en el juego que se le propone.A continuación, la prueba de que Fassbinder tuvo un pasado alejado del manierismo y de la pose, antes de quedar fascinado por el cine de Douglas Sirk y cuando su máximo referente era la nouvelle vague. Se trata de "El pequeño caos", un cortometraje del año 1966 que el propio autor escribió, dirigió e interpretó antes de debutar en el largometraje. Es fresco, irreverente y con un final digno de conservar en la memoria. Que lo disfruten.
Las maniobras del amor. "Les grandes manoeuvres" 1955, René Clair
René Clair no fue sólo un gran director, fue un mago del relato. Su habilidad para construir personajes y desarrollar tramas se evidenció durante toda su carrera, incluso cuando se adentró en los resbaladizos terrenos del vodevil como en "Las maniobras del amor". Allí donde otros autores tropiezan, al no saber esquivar la sal gorda y el trazo grueso en el que tantas veces el género deriva, Clair extrae oro y realiza un ejercicio de sofisticación. Se trata de una comedia de altura que no elude la artificiosidad de su puesta en escena, y que sabe aprovechar el carácter teatral que la película muestra sin reparos, para mover a sus personajes como piezas sobre un tablero de juego. Todo en el guión destila ironía, un rasgo inequívoco de inteligencia, y exhibe las virtudes del maestro francés, a saber: diálogos cargados de humor, actores bien elegidos y bien dirigidos (Gérad Philipe y Michèle Morgan), un dominio del tiempo narrativo ágil y muy dinámico, acorde al relato, y todo bajo una puesta en escena elegante e inspirada. Un prodigio de escritura en el que cabe destacar el aspecto estético de las imágenes, con un exuberante uso del color que sostiene ese aire a estampa de época que tiene la película. Para sorpresa del espectador, Clair concluye su historia con un final agrio pero ejemplarizante. Esa es la maniobra del director: congelar la sonrisa del público justo en el momento final y demostrar que, tras la apariencia de cine ligero y evasivo, se encuentra la impronta de un verdadero humanista. A continuación, una joya dadaísta filmada por René Clair en 1924, "Entreacto". Se trata de un ejercicio de vanguardia que supuso su debut como director de cine, provocando un gran revuelo en el París de la época debido a la audacia y a la libertad de sus planteamientos. Esto le hizo ganar notoriedad y el respeto de la capilla surrealista, algunos de cuyos integrantes habían participado en el proyecto. El guión había sido escrito junto al pintor Francis Picabia, y en sus imágenes podemos encontrar a grandes nombres como Man Ray o Marcel Duchamp, todo ello sobre una composición musical de Erik Satie. Una verdadera reunión de talentos comprimida en apenas 22 minutos. Sírvanse un buen vaso de absenta, y a disfrutar.
Horizontes de grandeza. "The big country" 1958, William Wyler
William Wyler fue uno de los pilares sobre los que se sustentó el mito del esplendor de Hollywood, una referencia inevitable cuando se habla del cine del pasado siglo. Porque la figura de este gran cineasta albergó un director irreprochable, un sagaz adaptador de novelas y un productor exigente. Prueba de todo ello es "Horizontes de grandeza", uno de sus trabajos más ambiciosos, una epopeya de gran magnitud dramática aderezada con las dosis suficientes de aventura, romance y humor para convertirla en un relato inolvidable. La vieja historia del enfrentamiento entre familias rivales por unas tierras donde se dirimen más que cuestiones de acres y fronteras, conflictos de honor largamente enquistados, sirve como soporte para construir una trama donde lo singular y lo plural, la anécdota y el conjunto, tienen igual importancia. El guión de "Horizontes de grandeza" trasciende los márgenes del western y escarba en el perfil de cada uno de los personajes gracias a un desarrollo largo, profundo, en el cual los diálogos cumplen su cometido: la frase correcta en el momento adecuado. Estas obviedades son el germen de toda buena película y, sin embargo, en "Horizontes de grandeza" parecen revelarse por primera vez. Esa es la cualidad de los clásicos. Y como el clásico que Wyler siempre fue, realiza un trabajo ejemplar con la cámara y con la dirección de actores, un plantel largo y ajustado con Gregory Peck, Charlton Heston, Jean Simmons o Burl Ives, entre otros. Rostros que dan aliento a unas imágenes poderosas, capaces de captar al mismo tiempo la épica de la historia y los conflictos personales sin distinguir dónde empiezan unos y acaban otros. Los demás apartados técnicos y artísticos, entre los que brillan la fotografía de Franz Planer realzando los magníficos decorados, así como la conocida banda sonora de Jerome Moross, terminan de redondear el conjunto. Elementos imperecederos para una película sin fecha de caducidad, la prueba de fuerza y de talento de un director, William Wyler, que de alguna manera sabía que estaba participando en la Historia del Cine.Slumdog millionaire. 2008, Danny Boyle y Loveleen Tandan
A partir de la novela de Vikas Swarup, el director Danny Boyle exhibe sus dotes de esteta para realizar un videoclip camuflado de película que, de tan bienintencionado, termina siendo retorcido y caricaturesco. Boyle trata de revestir la historia con aires de fábula moderna, contando su film a modo de cuento, pero todo se queda en un chiste. Porque cae en la trampa que él mismo se tiende, limitándose a retratar con su lente de turista privilegiado la miseria de los barrios pobres de la India de la forma más bonita posible, dando rienda suelta a un sentido estético heredero del lenguaje visual de la MTV. Así, con una envoltura mucho más publicitaria que cinematográfica, Boyle manufactura sus imágenes esquivando cualquier atisbo de realidad o frescura, al tiempo que pervierte las intenciones críticas que sin duda “Slumdog millionaire” algún día tuvo. El guión resulta torpe y arbitrario, deja demasiados cabos sueltos. Las interpretaciones se basan más en la imitación, en el poner caras, que en la expresividad. Y las cualidades técnicas que la película exhibe con alegría caen, la mayoría de las veces, en el capricho y la autocomplacencia. “Slumdog millionaire” es, en definitiva, un lodazal pegajoso y maloliente primorosamente envuelto en celofán brillante y de colores, para el fácil disfrute del público occidental, el cual se sentirá reconfortado en su identificación con unos héroes de cartón, diseñados para cumplir su cometido sin la necesidad de explicarlo. Que semejante producto haya sido galardonado con infinidad de premios, amén del consabido Óscar a la mejor película, dice mucho de en qué se han convertido estos conocidos trofeos de la industria de Hollywood y de quienes los otorgan.Alta fidelidad. "High fidelity" 2000, Stephen Frears
A lo largo de su dilatada carrera, Stephen Frears ha sabido nadar entre dos aguas bien delimitadas: por un lado, el cine desarrollado en su Inglaterra natal al que pertenecen las películas discretas y pequeñas ("Café irlandés", "La camioneta") que le han hecho grande dentro del panorama europeo. Por otro lado, las producciones de estudio ("Las amistades peligrosas", "Los timadores") que le han reportado fama y prestigio en Hollywood. Sin embargo la calidad, que no sabe de fronteras, le ha repartido desigual fortuna a ambos lados del océano, alternando las películas memorables y las olvidables.
"Alta fidelidad" es una comedia agridulce que pertenece al grupo de las películas de Frears que, en un principio, no parecen apegadas a sus intereses como cineasta, pero que su mirada atenta e inteligente ha sabido convertir en un film elevado ya a categoría de generacional y de obra de culto. Haciendo una lectura fiel e inspirada de la novela de Nick Hornby con la que comparte título, "Alta fidelidad" sabe reproducir el texto original con el sentido del humor necesario para que el espectador disfrute del espectáculo sin evitar que, en más de una ocasión, se le congele la sonrisa. El equilibrio entre lo cotidiano y el enredo funciona en la pantalla gracias a una acertada selección de actores en la que brilla con luz propia un John Cusack que hace suyo el personaje rico y complejo que le ha tocado encarnar.
El guión mantiene el ritmo durante todo el metraje, juega bien con los diferentes tempos de cada escena y está poblado de diálogos ingeniosos, que recuperan el recurso de hablarle directamente al espectador inmiscuyéndole en la trama. Este truco narrativo permite más que una cercanía, una camaradería entre el protagonista y el público, capaz de potenciar la entidad del relato y sus posibilidades cómicas. La multitud de personajes que habitan en "Alta fidelidad" le otorgan un carácter episódico a la trama que, lejos de diluirla, permite que se siga con interés y que el espectador acompañe las peripecias sentimentales del protagonista en un particular recorrido donde lo personal y lo musical se confunden. Ese es el encanto principal de una comedia romántica que puede presumir de su condición sin avergonzarse de ello, básicamente porque cuenta con una materia prima tan infalible como difícil de encontrar: la imitación de una realidad que, quien más y quien menos, puede reconocer en la pantalla entre sonrisas y oprobios.