Lola. 1981, Rainer Werner Fassbinder

El revisionismo de Fassbinder escoge en esta ocasión un monumento del cine alemán, "El ángel azul", para barnizarlo con su colorido punto de vista al tiempo que atestigua la historia moderna de su país. "Lola" retoma el mito de Marlene Dietrich como coartada para reflejar la reconstrucción urbanística y moral de una clase social y de una nación, proveniente del nazismo, que debía adaptarse a los nuevos tiempos. Fassbinder emplea su personal modo de contar las cosas, con una realización a machetazos más interesada en explotar el carácter plástico de cada escena que en su efectividad narrativa. El gran actor Armin Mueller-Stahl aparece como un trasunto del inmortal Emil Jannings, y en él se concentra lo más interesante de un film que satisfará a los admiradores del director germano y dejará desconcertado al resto. Y es que al igual que sucede con otros autores como David Lynch, Pedro Almodóvar o Jean-Luc Godard, no se trata tanto de que al público le guste o no lo que ve en la pantalla, como de entrar en el juego que se le propone.

A continuación, la prueba de que Fassbinder tuvo un pasado alejado del manierismo y de la pose, antes de quedar fascinado por el cine de Douglas Sirk y cuando su máximo referente era la nouvelle vague. Se trata de "El pequeño caos", un cortometraje del año 1966 que el propio autor escribió, dirigió e interpretó antes de debutar en el largometraje. Es fresco, irreverente y con un final digno de conservar en la memoria. Que lo disfruten.


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Las maniobras del amor. "Les grandes manoeuvres" 1955, René Clair

René Clair no fue sólo un gran director, fue un mago del relato. Su habilidad para construir personajes y desarrollar tramas se evidenció durante toda su carrera, incluso cuando se adentró en los resbaladizos terrenos del vodevil como en "Las maniobras del amor". Allí donde otros autores tropiezan, al no saber esquivar la sal gorda y el trazo grueso en el que tantas veces el género deriva, Clair extrae oro y realiza un ejercicio de sofisticación. Se trata de una comedia de altura que no elude la artificiosidad de su puesta en escena, y que sabe aprovechar el carácter teatral que la película muestra sin reparos, para mover a sus personajes como piezas sobre un tablero de juego. Todo en el guión destila ironía, un rasgo inequívoco de inteligencia, y exhibe las virtudes del maestro francés, a saber: diálogos cargados de humor, actores bien elegidos y bien dirigidos (Gérad Philipe y Michèle Morgan), un dominio del tiempo narrativo ágil y muy dinámico, acorde al relato, y todo bajo una puesta en escena elegante e inspirada. Un prodigio de escritura en el que cabe destacar el aspecto estético de las imágenes, con un exuberante uso del color que sostiene ese aire a estampa de época que tiene la película. Para sorpresa del espectador, Clair concluye su historia con un final agrio pero ejemplarizante. Esa es la maniobra del director: congelar la sonrisa del público justo en el momento final y demostrar que, tras la apariencia de cine ligero y evasivo, se encuentra la impronta de un verdadero humanista.
A continuación, una joya dadaísta filmada por René Clair en 1924, "Entreacto". Se trata de un ejercicio de vanguardia que supuso su debut como director de cine, provocando un gran revuelo en el París de la época debido a la audacia y a la libertad de sus planteamientos. Esto le hizo ganar notoriedad y el respeto de la capilla surrealista, algunos de cuyos integrantes habían participado en el proyecto. El guión había sido escrito junto al pintor Francis Picabia, y en sus imágenes podemos encontrar a grandes nombres como Man Ray o Marcel Duchamp, todo ello sobre una composición musical de Erik Satie. Una verdadera reunión de talentos comprimida en apenas 22 minutos. Sírvanse un buen vaso de absenta, y a disfrutar.




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Horizontes de grandeza. "The big country" 1958, William Wyler

William Wyler fue uno de los pilares sobre los que se sustentó el mito del esplendor de Hollywood, una referencia inevitable cuando se habla del cine del pasado siglo. Porque la figura de este gran cineasta albergó un director irreprochable, un sagaz adaptador de novelas y un productor exigente. Prueba de todo ello es "Horizontes de grandeza", uno de sus trabajos más ambiciosos, una epopeya de gran magnitud dramática aderezada con las dosis suficientes de aventura, romance y humor para convertirla en un relato inolvidable. La vieja historia del enfrentamiento entre familias rivales por unas tierras donde se dirimen más que cuestiones de acres y fronteras, conflictos de honor largamente enquistados, sirve como soporte para construir una trama donde lo singular y lo plural, la anécdota y el conjunto, tienen igual importancia. El guión de "Horizontes de grandeza" trasciende los márgenes del western y escarba en el perfil de cada uno de los personajes gracias a un desarrollo largo, profundo, en el cual los diálogos cumplen su cometido: la frase correcta en el momento adecuado. Estas obviedades son el germen de toda buena película y, sin embargo, en "Horizontes de grandeza" parecen revelarse por primera vez. Esa es la cualidad de los clásicos. Y como el clásico que Wyler siempre fue, realiza un trabajo ejemplar con la cámara y con la dirección de actores, un plantel largo y ajustado con Gregory Peck, Charlton Heston, Jean Simmons o Burl Ives, entre otros. Rostros que dan aliento a unas imágenes poderosas, capaces de captar al mismo tiempo la épica de la historia y los conflictos personales sin distinguir dónde empiezan unos y acaban otros. Los demás apartados técnicos y artísticos, entre los que brillan la fotografía de Franz Planer realzando los magníficos decorados, así como la conocida banda sonora de Jerome Moross, terminan de redondear el conjunto. Elementos imperecederos para una película sin fecha de caducidad, la prueba de fuerza y de talento de un director, William Wyler, que de alguna manera sabía que estaba participando en la Historia del Cine.

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Slumdog millionaire. 2008, Danny Boyle y Loveleen Tandan

A partir de la novela de Vikas Swarup, el director Danny Boyle exhibe sus dotes de esteta para realizar un videoclip camuflado de película que, de tan bienintencionado, termina siendo retorcido y caricaturesco. Boyle trata de revestir la historia con aires de fábula moderna, contando su film a modo de cuento, pero todo se queda en un chiste. Porque cae en la trampa que él mismo se tiende, limitándose a retratar con su lente de turista privilegiado la miseria de los barrios pobres de la India de la forma más bonita posible, dando rienda suelta a un sentido estético heredero del lenguaje visual de la MTV. Así, con una envoltura mucho más publicitaria que cinematográfica, Boyle manufactura sus imágenes esquivando cualquier atisbo de realidad o frescura, al tiempo que pervierte las intenciones críticas que sin duda “Slumdog millionaire” algún día tuvo. El guión resulta torpe y arbitrario, deja demasiados cabos sueltos. Las interpretaciones se basan más en la imitación, en el poner caras, que en la expresividad. Y las cualidades técnicas que la película exhibe con alegría caen, la mayoría de las veces, en el capricho y la autocomplacencia. “Slumdog millionaire” es, en definitiva, un lodazal pegajoso y maloliente primorosamente envuelto en celofán brillante y de colores, para el fácil disfrute del público occidental, el cual se sentirá reconfortado en su identificación con unos héroes de cartón, diseñados para cumplir su cometido sin la necesidad de explicarlo. Que semejante producto haya sido galardonado con infinidad de premios, amén del consabido Óscar a la mejor película, dice mucho de en qué se han convertido estos conocidos trofeos de la industria de Hollywood y de quienes los otorgan.
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Alta fidelidad. "High fidelity" 2000, Stephen Frears

A lo largo de su dilatada carrera, Stephen Frears ha sabido nadar entre dos aguas bien delimitadas: por un lado, el cine desarrollado en su Inglaterra natal al que pertenecen las películas discretas y pequeñas ("Café irlandés", "La camioneta") que le han hecho grande dentro del panorama europeo. Por otro lado, las producciones de estudio ("Las amistades peligrosas", "Los timadores") que le han reportado fama y prestigio en Hollywood. Sin embargo la calidad, que no sabe de fronteras, le ha repartido desigual fortuna a ambos lados del océano, alternando las películas memorables y las olvidables.
"Alta fidelidad" es una comedia agridulce que pertenece al grupo de las películas de Frears que, en un principio, no parecen apegadas a sus intereses como cineasta, pero que su mirada atenta e inteligente ha sabido convertir en un film elevado ya a categoría de generacional y de obra de culto. Haciendo una lectura fiel e inspirada de la novela de Nick Hornby con la que comparte título, "Alta fidelidad" sabe reproducir el texto original con el sentido del humor necesario para que el espectador disfrute del espectáculo sin evitar que, en más de una ocasión, se le congele la sonrisa. El equilibrio entre lo cotidiano y el enredo funciona en la pantalla gracias a una acertada selección de actores en la que brilla con luz propia un John Cusack que hace suyo el personaje rico y complejo que le ha tocado encarnar.
El guión mantiene el ritmo durante todo el metraje, juega bien con los diferentes tempos de cada escena y está poblado de diálogos ingeniosos, que recuperan el recurso de hablarle directamente al espectador inmiscuyéndole en la trama. Este truco narrativo permite más que una cercanía, una camaradería entre el protagonista y el público, capaz de potenciar la entidad del relato y sus posibilidades cómicas. La multitud de personajes que habitan en "Alta fidelidad" le otorgan un carácter episódico a la trama que, lejos de diluirla, permite que se siga con interés y que el espectador acompañe las peripecias sentimentales del protagonista en un particular recorrido donde lo personal y lo musical se confunden. Ese es el encanto principal de una comedia romántica que puede presumir de su condición sin avergonzarse de ello, básicamente porque cuenta con una materia prima tan infalible como difícil de encontrar: la imitación de una realidad que, quien más y quien menos, puede reconocer en la pantalla entre sonrisas y oprobios.
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Los Vikingos. "The Vikings" 1958, Richard Fleischer

Richard Fleischer fue un director versátil que nadó en casi todas las aguas y un cineasta prolífico, que dejó a sus espaldas una larga e irregular carrera en la cual Los Vikingos ocupa un lugar preeminente. Porque más que una película de género, se trata de un auténtico monumento al cine de aventuras, un tratado de clasicismo que supone todo un ejemplo en lo que a narración y a puesta en escena se refiere. El acabado visual de la película resulta impecable: la fotografía de Jack Cardiff es un derroche de de color e iluminación, capaz de azuzar el imaginario de cualquier espectador potenciando los aspectos más dramáticos y evocadores. Basta ver la alternancia de imágenes tanto de interior como de exterior para sentirse transportado a un universo de estampas añejas que no han perdido su capacidad de fascinación. Al contrario, se podría asegurar que Los Vikingos ha ganado en trascendencia, porque tras una apariencia ligera y unas intenciones evasivas, se esconde un drama afilado lleno de odios, venganza y rencores forjados al calor del fanatismo.
Un guión de hierro cargado de diálogos y de escenas memorables que la producción, a cargo de Kirk Douglas, sabe conducir por el mejor camino, aquel que conjuga exigencia y espectáculo a partes iguales. Mención aparte merecen los actores, con el citado Douglas construyendo un personaje difícil de olvidar, acompañado por Tony Curtis, Janet Leigh y Ernest Borgnine en sus papeles principales, cada uno perfilando su propio carácter y engrasando esta máquina perfecta que es Los Vikingos. Un elaboradísimo artefacto pilotado con mano maestra por un Fleischer en estado de gracia, que dejó para la posteridad un maravilloso divertimento, sí, pero de hondo calado emocional y cinematográfico.

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Copia certificada. "Copie conforme" 2009, Abbas Kiarostami

Por primera vez en su carrera, el cineasta Abbas Kiarostami desplaza su cámara desde Irán hasta Italia para filmar Copia certificada, su particular revisitación del cine del maestro Rossellini. El encuentro en la Toscana de dos personajes en el transcurso de un único día, sirve a Kiarostami para revivir los ecos de Viaje a Italia y esbozar así su visión de la pareja, mediante una lectura descreída y lacónica del amor que encierra, a su vez, una interesante reflexión sobre el arte y su representación, sobre el influjo de las obras artísticas en quienes las contemplan.
Película fundamentalmente hablada, de verbo rico y generoso, Copia certificada podrá fascinar a unos espectadores mientras irrita a otros. En este sentido Kiarostami no esconde sus cartas y propone, desde el primer momento, un juego de verdades a medias y de medias mentiras, que el público podrá o no disfrutar según acepte el envite. Como es habitual, detrás de una austeridad formal muy reconocible se oculta agazapado un trasfondo que, lejos de toda evidencia, sugiere y apunta, eludiendo las conclusiones fáciles. Es en esta parcela donde se muestra el Kiarostami de A través de los olivos o El sabor de las cerezas: el contenido complejo en una envoltura de apariencia sencilla. En todo lo demás, el director y guionista iraní se deja embriagar por el influjo europeo, encontrando en Juliette Binoche a su mejor aliada. La actriz francesa vuelve a ofrecer aquí un recital interpretativo, una prueba de talento que redimensiona y, en última instancia, da sentido a Copia certificada. Así, el binomio Kiarostami/Binoche se erige como un solo ente creador, y la suma de sus capacidades da como resultado una película rara y fascinante, hermosa, triste y reflexiva como es ésta.

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Yo soy el amor. "Io sono l´amore" 2009, Luca Guadagnino

Historia de aromas clásicos que permite a su director, Luca Guadagnino, retomar un modelo de cine cuyo máximo representante fue Luchino Visconti. Guadagnino sigue los pasos del maestro italiano para dibujar el retrato de una familia burguesa de Milán sin recurrir a fáciles juicios de valor ni moralejas gratuitas, concentrando la artillería dramática en un relato de amor imposible que funciona, en última instancia, como el eje narrativo de la película. Porque “Yo soy el amor” apuesta por el clasicismo en el contenido y en el espíritu que gravita sobre cada una de las escenas, pero no tanto en su forma. La cámara de Guadagnino es inquieta, juguetona, exhaustiva, acompaña a los personajes en sus devenires y persigue sus inquietudes, siempre atenta a los detalles y a su relación con el entorno. Para ello se vale de angulaciones a veces forzadas, trasladando a la pantalla la sensación de una realización caprichosa que llega a ejercer en el espectador una suerte de fascinación o de hipnosis. El montaje tiene mucho que ver con esta impresión, confiriendo a un relato que podría haber resultado solemne y contemplativo la impronta de lo moderno, esto es, la reinvención de viejas fórmulas desde perspectivas de riesgo. Guadagnino juega a ser autor y sale bien parado, porque de tan participativo, el estilo que adopta se convierte en un personaje más de la historia que él mismo dirige, sin entorpecerla ni extraviarla sino más bien al contrario, enriqueciendo su contenido y dotándolo de interés.
La interpretación de Tilda Swinton es responsable de que lo narrado en “Yo soy el amor” resulte cercano y rompa los clichés de los films sobre grandes familias. La actriz inglesa sabe aportar a su personaje profundidad y carisma, dos armas infalibles para hacerlo inolvidable.
La música y el desenlace del guión, en el que tienen un papel decisivo la fatalidad y el destino, remarcan el carácter operístico de “Yo soy el amor”, una película que bien hubiera podido rodar Visconti hace años, y que Guadagnino resuelve con emoción y eficacia.

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También la lluvia. 2010, Icíar Bollaín

Cineasta comprometida y siempre dispuesta a señalar con el dedo acusador de su cámara, Icíar Bollaín une sus fuerzas al también combativo guionista Paul Laverty para firmar su película más ambiciosa. “También la lluvia” es un alegato de denuncia que funciona, a su vez, como ejercicio meta-cinematográfico y como crónica documental de los acontecimientos sucedidos en Cochabamba, Bolivia, en al año 2000, durante la denominada Guerra del Agua. Sin embargo la película, en su afán por tratar estos tres temas sin que el espectador se pierda, tiende a caer en el didactismo y adopta el tono de la corrección, no por seguro menos engañoso. Porque lleva implícitos dos virus tan letales como la previsibilidad y el maniqueísmo, capaces de roer las entrañas de cualquier film por bienintencionado que sea. “También la lluvia” no es, ni mucho menos, una mala película, pero tampoco resulta memorable. Y es que, aunque se trate de la directora de documentos fílmicos tan encomiables como “Te doy mis ojos” o “Flores de otro mundo”, Bollaín no consigue insuflar verdadero aliento a lo que sucede en la pantalla, provocando que el cuerpo de su película contenga alma pero carezca de músculo y vigorosidad. Hay una cierta sensación de pose, de artificio, que acompaña el metraje desde su mismo inicio. Parece que Bollaín desconfiase de la capacidad del público para recibir su mensaje y se lo entregara ya masticado y digerido para su fácil asimilación. A esto contribuyen la mayoría de las interpretaciones, como las de Luis Tosar y Gael García Bernal, los cuales responden a los arquetipos que sus personajes representan, unos perfiles demasiado definidos que, de tan aclaratorios, caen en el simplismo. Así con todo, conviene resaltar los méritos de esta película que podría haber llegado a más: una narración que se sigue con interés, la aproximación a un conflicto poco conocido por estas latitudes, y el retrato de un mundo, el del cine, que muestra más sombras que luces a la hora de conseguir sus objetivos. Por estos elementos merece la pena detenerse en “También la lluvia”.


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Buscando a Eric. "Looking for Eric" 2009, Ken Loach

Si hay un nombre que ilustre como ningún otro el cine social de los últimos veinticinco años, es sin duda el de Ken Loach. Ya sea en conflictos internacionales (Nicaragua, la Guerra Civil española) o locales (el paro, los servicios sociales, la inmigración), la cámara de Loach se ha situado siempre a ras del suelo y con el foco en los oprimidos y en los que se quedan fuera de las noticias para engrosar, a lo sumo, el porcentaje de las estadísticas. Son varias décadas militando en la tolerancia y desarrollando un estilo a caballo entre la ficción y el documental que, sin embargo, en los últimos tiempos comenzaba a dar síntomas de agotamiento. Una vuelta de timón propiciada por su guionista habitual, Paul Laverty, ha vuelto a llenar de viento las velas recuperando un tanto del humor perdido (“La cuadrilla”, “Riff-Raff”) e introduciendo un elemento hasta ahora inédito en la filmografía del director británico: la fantasía. De esta manera, los corsés del documental se ven aliviados por una ficción más depurada, más declaradamente artificial, sin abandonar por ello los fuertes cimientos de la realidad sobre los que “Buscando a Eric” se asienta. Más cómica y en un tono más encajado en la fábula, con un desenlace de tintes caprianos, la voluntad de retratar un entorno en concreto y a los personajes que sobreviven en él permanece intacta, sin llegar nunca al didactismo, trampa mortal en la que otros directores caen asumiendo no el papel de cronistas, sino el de protagonistas. El estilo limpio y austero de Loach, que algunos confunden con descuidado, permite que los actores trabajen con libertad y den carne a sus personajes por medio de unas interpretaciones que conmueven por su verosimilitud. Un guión ajustado e inteligente, y una puesta en escena que saca partido tanto a los detalles como al conjunto, consiguen redondear esta película que no sólo satisfará a los seguidores de Loach, sino también a cualquier espectador que ponga en la pantalla algo más que los ojos, su implicación y su conciencia. “Buscando a Eric” es, en definitiva, una de las obras más redondas de Ken Loach, y demuestra que este veterano autor puede mantenerse joven por mucho tiempo.


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El último metro. "Le dernier metro" 1980, François Truffaut

Hermosa película que consigue resultar emotiva sin recurrir a excesos ni aspavientos sentimentales. Con un estilo de realización invisible característico de sus últimos años, Truffaut centra todo el protagonismo en su estupendo reparto y en un guión modélico que logra extraer comedia de situaciones cargadas de dramatismo. El abuso de los primeros planos y de los planos medios confiere al conjunto un aire en ocasiones televisivo que consigue olvidarse gracias a la magnífica fotografía de Néstor Almendros. Los actores, entre los que se encuentran rostros conocidos del cine francés como Catherine Deneuve o Gérard Depardieu, desarrollan con eficacia sus personajes y se mueven con soltura dentro de una escenografía abigarrada, que no necesita hacer alardes para conseguir la atmósfera adecuada. Y es que nada desvía la atención de la narración, lo que convierte a "El último metro" en una de las grandes películas de su director. Una historia bella y emocionante que retrata una época difícil, la ocupación nazi en Francia, y que funciona sobre todo como un honesto homenaje al mundo del teatro.

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Lourdes. 2009, Jessica Hausner

Película insólita por su transgresión silenciosa y por su tranquila irreverencia, una rareza que admite pocas comparaciones. Acaso “Lourdes” pudiera ser vista como un híbrido entre Dreyer y Kaurismäki, reforzando el carácter nórdico que atraviesa la obra de estos dos cineastas y la película de Hausner. Lo original del planteamiento de “Lourdes” es el de representar un hecho excepcional, el milagro de una joven aquejada de apoplejía que recupera la movilidad, como si fuese cotidiano, mientras que se asiste al mismo tiempo a la rutina de un lugar y de sus ceremonias con la mirada enrarecida de quien sabe ver más allá de la superficie. Sin embargo, ninguna de estas dos actitudes aparece en la pantalla subrayada ni condicionada por valoraciones precipitadas, sino más bien al contrario, desde una asepsia que bien pudiera ser respeto, distanciamiento o ambas cosas a la vez. Porque Hausner toma partido precisamente no tomando ninguno, es decir, su llamativa frialdad obliga al espectador a formarse un juicio sobre lo que sucede en la pantalla, que en realidad es poco, pero de hondo calado. Ese es el riesgo y la apuesta que propone “Lourdes” con una valentía que el público debería apreciar, no sin pocas garantías de que así sea. Al igual que otros raros cineastas como Manoel de Oliveira, Jessica Hausner se erige en la figura de la dinamitera discreta y tranquila que elabora su discurso a base de silencios, permitiendo que su mirada se haga crítica en los ojos del espectador sin que él lo perciba. La directora austríaca realiza así una pequeña joya, una rara avis dentro la monótona cartelera actual.
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Perros de paja. "Straw dogs" 1971, Sam Peckinpah

Para su primera película situada en el presente, el cineasta Sam Peckinpah eligió la adaptación de una novela de Gordon M. Williams con producción británica que le dio justa fama en lo que al planteamiento de la violencia se refiere. Y es que Peckinpah empleó la base literaria como el catalizador de algunas de sus inquietudes como autor: los conflictos entre el individuo y una sociedad que le es hostil, el concepto de lo moral y de lo inmoral y, sobre todo, la inevitable pulsión violenta que sacude al ser humano como método de supervivencia y como reafirmación del yo más atávico y primario. De esta manera, el director norteamericano se esfuerza porque “Perros de paja” esté tan cuidada en el fondo como en la forma, a través de una fotografía envolvente, que retrata bien un tiempo y un lugar, y un montaje insistente, arriesgado, que obliga al espectador a distanciarse en determinados momento para hacerle tomar partido e invitarle a la reflexión. El recurso de la música resulta también particularmente interesante, pues remarca la parsimonia desconcertante del protagonista, interpretado con entrega por Dustin Hoffman, al mismo tiempo que destaca su situación de desubicación dentro del relato, de estar fuera de lugar. “Perros de paja” es por lo tanto un cuento moral, una ácida y brutal recreación de las antiguas fábulas en las que unos protagonistas inocentes se ven acechados por enemigos hostiles que les obligarán a reaccionar para salir ilesos. Todo ello con el sello característico de los años setenta, cuando el cine era capaz de conjugar como nunca las nociones de espectáculo y de reflexión mediante obras arriesgadas, valientes y abiertas al debate, entre las cuales “Perros de paja” es un icono incuestionable.



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Biutiful. 2010, Alejandro González Iñárritu

Alejandro González Iñárritu se ha erigido, película tras película, como el cineasta de las situaciones al límite. Sus personajes se encaminan invariablemente hacia el abismo, e Iñárritu les retrata en su trayecto sobre el alambre con una fascinación no exenta de crueldad. Sin embargo, la escritura fragmentada de Guillermo Arriaga venía hasta el momento a diversificar el cúmulo de desgracias que poblaban sus guiones, convirtiendo los dramas oscuros de "Amores perros", "21 gramos" y "Babel" en depurados ejercicios narrativos de historias cruzadas y de alternancia de puntos de vista.
Una vez producido el divorcio artístico entre Arriaga e Iñárritu, lo que queda es la tragedia en bruto y sin retóricas que "Biutiful" exhibe con crudeza. El aire documental y el acabado realista de las imágenes de "Biutiful" conviven con ciertos apuntes de irrealidad que, lejos de aliviar tensiones, las potencia en una extraña amalgama de crónica y fantasía, vigilia y pesadilla, vida y muerte. Iñárritu deja traslucir así su propia identidad de autor y la emplea como recipiente para que Javier Bardem, el actor protagonista, vierta su desmesurado talento.
El tópico suele definir como recital interpretativo la labor ejemplar de un actor. Pero lo que Bardem logra en "Biutiful" es digno de una orquesta filarmónica completa, en la que cada instrumento está perfectamente afinado y donde cada nota suena con su timbre, color y tono exacto. Un trabajo más que esforzado, hiriente, que sigue con rigor la partitura de un guión que es capaz incluso de mejorar. Es sin duda un alarde de creación que, engañosamente, parece producirse frente a los ojos del espectador, y que justifica la visión de una película, por otra parte, emocionante, apasionada y lúcida en su dolorosa intensidad.
A continuación, el cortometraje que Alejandro González Iñárritu realizó en 2001 para la serie promocional de BMW "The hire", todo un ejercicio de montaje y planificación con el sello del director mexicano.


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Chico y Rita. 2010, Fernando Trueba, Javier Mariscal, Tono Errando

Hermosa película que supone todo un precedente en el cine de animación español. Se trata de la primera obra dirigida directamente a un público adulto, y para ello no se han escatimado los medios. El director Fernando Trueba se estrena con los dibujos animados en compañía del ilustrador Javier Mariscal y del realizador Tono Errando, dando como resultado un fascinante ejercicio de estilo alejado de la pirotecnia tridimensional que puebla las pantallas, y poniendo todo el esmero en el acabado artístico y en el narrativo. A través de una historia de amor que se prolonga durante varias décadas, "Chico y Rita" funciona como un emotivo romance a dos bandas. Por un lado, la historia de amor de la pareja protagonista. Por otro lado, el no menos apasionado idilio de los directores con una música y una época: el jazz latino y los días de las grandes orquestas en la Habana de los años cuarenta. El proceso de recreación de ambientes resulta no solo atractivo estéticamente, sino también muy ilustrativo. Pero el trabajo historiográfico no se termina en sí mismo, no es el fin sino el medio, el soporte y el trasfondo de un relato que satisfará por igual a los amantes del cine y de la música. "Chico y Rita" cuenta con una banda sonora de excepción, firmada por el veterano Bebo Valdés, que multiplica la belleza y la trascendencia de un film que ojalá suponga un punto de partida dentro de la animación en España. Se debe reconocer el encomiable esfuerzo de producción de esta película singular, que deja traslucir el entusiasmo en cada una de sus imágenes.

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Un tipo serio. "A serious man" 2009, Joel y Ethan Coen

Si algo han demostrado los hermanos Coen tras veinticinco años de carrera y más de una docena de películas, es una independencia creativa y una libertad a la que pocos directores en Hollywood pueden aspirar. Y es que al contrario que la mayoría de los realizadores que trabajan para los grandes estudios, ellos han sabido servirse de la industria para llevar a cabo su obra sin hacer concesiones ni tergiversar un estilo que, desde el principio, se ha demostrado inconfundible. Se trata de un estilo muy definido y lleno de señas de identidad tanto en en el fondo como en la forma, en el cual la personalidad de estos dos cineastas ha sabido imponerse sin terminar diluyéndose en una amalgama de referencias que van desde los dibujos animados de Tex Avery hasta el cine de género más clásico. “Un tipo serio” es un muestrario del universo Coen comprimido en menos de dos horas, seguramente la película que mejor les retrata y más se acerca a sus obsesiones.
El relato arranca con un prólogo fabulador y desconcertante, al estilo de “El gran salto”, para dar paso a una historia que contiene el humor bizarro de “Arizona baby” y “Quemar después de leer”, la ironía de “Muerte entre las flores”, la mordacidad de “Crueldad intolerable”, el surrealismo de “El gran Lebowski”, la negrura de “El hombre que nunca estuvo allí”, la profundidad de “Barton Fink” y la sequedad de “No es país para viejos”, sólo por citar algunos títulos de los Coen. Aunque temáticamente, “Un tipo serio” puede hacer pensar en una versión hebrea de “American beauty”, ya que narra el descenso a los infiernos de lo cotidiano de un padre de familia de mediana edad. La originalidad consiste en enmarcar la historia dentro de una comunidad judía de clase media que los Coen demuestran conocer bien, y a la que retratan al borde de la sátira. Porque esta es una película de límites: ahí radica su grandeza. “Un tipo serio” está al límite de resultar grotesca, no es ni demasiado triste ni demasiado cómica, ni demasiado realista ni demasiado irreal, es, en definitiva, puro hermanos Coen. El guión es rico en cuanto a situaciones y personajes, sabe alterar los estados de ánimo del espectador con una naturalidad que sólo se alcanza con sabiduría narrativa y riesgo. Los acontecimientos se suceden en la pantalla como arrastrados por un hilo invisible que, sólo al final, dejará al descubierto una madeja tan redonda como bien estructurada. Algo a lo que contribuye la realización, ágil y efectiva, con un montaje que llena los tiempos muertos de puro dramatismo.
“Un tipo serio” se puede ver como una pesadilla cargada de humor o como una comedia profundamente triste, pero sobre todo como un film inteligente, la quintaesencia de unos directores que demuestran no necesitar estrellas en el reparto, sino un buen puñado de actores que encajan a la perfección en el molde de sus personajes, para construir una película fascinante que da buena cuenta de su talento como guionistas, como directores y como productores. En definitiva, como cineastas en el amplio sentido de la palabra.

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El Navegante. "The Navigator" 1924, Buster Keaton / Donald Crisp

Si alguien ejemplifica a la perfección la lucha del hombre contra los elementos, ese es sin duda Buster Keaton. Prueba de ello es "El Navegante", una comedia que mantiene la estructura clásica basada en la sucesión de gags es un entorno determinado - el barco que da título a la película - para alcanzar un objetivo romántico que en un principio parecía imposible. Keaton elabora como nadie este tipo de comedias a través de una realización prolija y efectiva, siempre al servicio de la acción, un ritmo perfectamente medido y una dirección de actores que se concentra en su propio rostro y en el de Kathryn McGuire, una actriz que asume el reto de completar cada uno de los gags de Keaton sin palidecer ante el talento tranquilo y arrollador de su compañero. "El Navegante" es un magnífico divertimento, el ejemplo de que frente a la ausencia de diálogos, hubo una época en la que bastaba con la elocuencia de las imágenes.


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La red social. "The social network" 2010, David Fincher

Resultará muy interesante recuperar esta película transcurridos unos cuanto años. Porque "La red social" funciona como una fábula moderna sobre mitos antiguos, a modo de drama acerca del poder y del efecto que causa en quienes lo detentan, a la vez que supone una lúcida y certera crónica de su tiempo. Tomando como base el libro "Multimillonarios por accidente", que relata los avatares de los creadores de Facebook, David Fincher es capaz de retratar el repentino cambio de paisaje que las nuevas tecnologías han propiciado a principios del siglo XXI en lo que a relaciones sociales se refiere, la revolución tecnológica de internet y su incidencia en las personas. En ese sentido, "La red social" cumple sus objetivos. En los demás también, porque resulta a ratos divertida, a ratos emocionante y siempre muy entretenida, todo por obra y gracia de un guión bien construido y bien rodado por un director que parece alejarse ocasionalmente de las concesiones a la taquilla para elaborar un trabajo pulcro y exigente. Bien es verdad que hay elementos disonantes (el videoclip de la competición de remo o la afectación de algunas interpretaciones) pero la buena elección del actor protagonista, Jesse Eisenberg, es también responsable de que "La red social" se siga más que con interés, con fascinación.


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Fantástico Sr. Fox. "Fantastic Mr. Fox" 2009, Wes Anderson

Después de una carrera jalonada por comedias extrañas que han ido construyendo un estilo personal muy reconocible, el cineasta Wes Anderson se estrena en la animación con una película deliciosa, inteligente y tremendamente divertida. Con un acabado formal que explota todas las posibilidades del absurdo, Anderson demuestra su buen pulso a la hora de conducir un relato cargado de situaciones y de personajes, mediante secuencias cortas, de gran concisión narrativa y con un ritmo apabullante, en el que tienen la misma importancia los diálogos que las acciones.
La vieja animación en stop-motion se vuelve moderna gracias a un sentido de la estética depurado y carente de elementos superficiales, más cercano a la ilustración clásica que a las nuevas tecnologías. Esta conjunción entre vigor narrativo y estilización formal da como resultado una comedia brillante, capaz de seducir por igual a grandes y pequeños, y que sabe trasladar a la pantalla el universo mágico y con trasfondo de Roald Dahl, autor al que Fantástico Sr. Fox adapta de forma ejemplar. Sin duda, un divertimento fascinante que el espectador exigente sabrá aprovechar tanto en el fondo como en la forma, un maravilloso cuento sobre las consecuencias de madurar en un entorno que te obliga a ello.

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Una educación. "An education" 2009, Lone Scherfig

La periodista británica Lynn Barber recuperó en sus memorias los acontecimientos que la llevaron a madurar precipitadamente cuando era una escolar en el Londres de 1961. Su relación con un hombre mayor que ella y el descubrimiento de una nueva vida llena de estímulos y de emoción, más allá de los estrictos márgenes académicos y familiares, despertaron el interés del reputado novelista Nick Hornby para darle forma de guión cinematográfico. Se trataba de exponer el retrato de dos modelos de educación tan enfrentados como prototípicos: por un lado, la educación cerrada y restrictiva dentro de una gran ciudad que está a punto de conocer la ebullición de los años sesenta y el advenimiento de los Beatles. Por otro lado la educación personal, basada en la experiencia, aquella que obliga a madurar a golpes para avejentar a los débiles y volver sabios a los fuertes. El guión de “Una educación” trata con gran destreza narrativa todos estos temas sin excesos ni dramas altisonantes, con una tendencia naturalista que encuentra en el rostro de la joven actriz Carey Mulligan su mejor aliada. Su interpretación rica en matices y de una elocuencia siempre controlada, ha provocado el aplauso unánime de crítica y público, el anuncio de que ha nacido una actriz en ciernes, un talento en bruto a la que aguarda un prometedor futuro. Su encarnación de Jenny encuentra en Peter Sasgard la réplica perfecta, pues este actor es capaz de acompañarla en su tránsito a la madurez dejando entrever una ambigüedad que resultará determinante en el desenlace de la historia. Porque “Una educación” es una película de experiencias y de apariencias, de posturas y de imposturas, un film con un amplio trasfondo y de calculada sencillez, que funciona como un relato de iniciación a la manera de las novelas victorianas a las que rinde tributo. Para llevar el barco a buen puerto era necesario situar al timón a una directora como Lone Scherfig, que cuenta en su haber con títulos tan destacables como “Italiano para principiantes” (2000) y “Wilbur se quiere suicidar” (2002). El hecho de que “Una educación” sea una producción británica y esté rodada fuera de su Dinamarca natal, potencia lo que sin duda es una de las cualidades de la película: la recreación de una época y de unos modelos de conducta ajenos a su propia vivencia, algo que ya estaba presente en los textos de Barber primero y de Hornby después, pero que a través de los ojos de Scherfig cobra una fascinación y un sentido de lo plástico de gran personalidad. Las imágenes del film aparecen como postales de un tiempo pasado, y son el decorado por el que los personajes pasean sus anhelos y frustraciones a modo de cuadro naturalista, con una puesta en escena sobria y elegante que coloca a Scherfig en una posición destacada dentro del reciente cine europeo.


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