London river. 2009, Rachid Bouchareb

Llevar a la pantalla un hecho histórico plantea siempre complejidades, la mayoría de las veces narrativas, al establecerse una pugna entre el rigor de los acontecimientos reales y las exigencias de la ficción dramática. Por eso, algunos directores optan por tomar la parte por el todo y centrarse en un caso ilustrativo que pueda dar cuenta de la magnitud del conjunto. Esto es algo que saben hacer los buenos narradores, y que Rachid Bouchareb aplica a la hora de trasladar al cine los terribles atentados suicidas que sorprendieron a la ciudad de Londres la mañana del 7 de julio de 2005. La tragedia vivida aquellos días se ejemplifica en el encuentro de dos padres que acuden a la capital inglesa en busca de sus hijos desaparecidos, otorgándole a la historia un carácter íntimo y cercano. Otro de los retos que plantea un film como “London river” es el del tono dramático, pues directores menos prudentes que Bouchareb aprovechan para cargar las tintas en lo que a emociones se refiere y terminan apelando a las lágrimas del espectador por los métodos más agresivos. Bouchareb sabe huir de estas tentaciones aplicando la mesura y el sentido común, el respeto al fin y al cabo. Al público y a sus personajes. Hubiese sido demasiado fácil entregar un producto encargado de estremecer los corazones de la multitud, en lugar de eso, “London river” acude a la sensibilidad sólo cuando es necesario y lo mejor que se puede de decir de ella es que no resulta maniquea, artificiosa ni predecible. Eso y las interpretaciones, pues los trabajos de Brenda Blethyn y Sotigui Kouyaté son capaces de sorprender precisamente por su comedimiento. Ambos expresan las tragedias de sus personajes con los mínimos elementos, sin levantar ninguna barrera de emociones frente al espectador y convirtiendo sus dramas individuales en colectivos. Nada en esta película deviene en exceso, cada pieza está ajustada en su medida y conforma un crisol de sensaciones todavía por cercanas, dolorosas. Un retrato de la desolación hecho con pocas pinceladas, un réquiem de apenas dos notas y un ejercicio narrativo de concisión dramática. Eso es “London river”, y por eso cumple sus objetivos con dignidad.
A continuación, un hermoso cortometraje que Rachid Bouchareb realizó en el año 2005 con el título de "L'ami y'a bon", conjugando las técnicas de animación más artesanales con los medios informáticos. Contiene las preocupaciones que Bouchareb ha ido desarrollando en su filmografía: los conflictos bélicos, las desigualdades étnicas y raciales, la emigración... todo cabe en este cuento triste, revestido de un aspecto visual fascinante, al que no le faltan las intenciones críticas y de denuncia propias del autor.
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El ladrón de Bagdad. "The thief of Bagdad" 1924, Raoul Walsh

Grandiosa en todos los aspectos. Esta película depara una sorpresa detrás de otra, en un derroche de virtuosismo técnico y narrativo que saca el máximo partido de una producción fastuosa, consagrada a exhibir las cualidades de su estrella, Douglas Fairbanks. El trabajo del director Raoul Walsh es realmente inspirado, e imprime al relato un vigor cargado de dinamismo y diversión. Aventuras, comedia y romance se comprimen en 150 minutos que transcurren sin descanso. "El ladrón de Bagdad" es una obra que resulta tan apabullante que sólo cabe disfrutarla de principio a fin. Imprescindible.


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Origen. "Inception" 2010, Christopher Nolan

Siguiendo la estela de películas como "Matrix" o "Línea mortal", Christopher Nolan escribe, dirige y produce "Origen", su trabajo más ambicioso hasta la fecha, un aparatoso ejercicio visual y narrativo que conjuga lo sofisticado de la ciencia ficción con el clasicismo del cine policíaco y de espías, en una suerte de pastiche en el que se amalgaman multitud de referencias. En un afán por rizar el rizo, Nolan construye y deconstruye el relato dificultando el entendimiento de la trama y la empatía por los personajes, afectados por un exceso de solemnidad, lo que lastra su credibilidad y la del conjunto. Nolan no puede reprimir su natural impulso hacia lo pretencioso, olvidando cualquier atisbo de humanidad o frescura. Todo resulta frío y diseñado hasta el detalle para sorprender al espectador, tanto, que la sorpresa pierde efectividad. Por eso conviene no caer en la trampa del director y escapar de los complicados laberintos de sueños y apariencias que enredan la historia, para abandonarse a la contemplación de su atmósfera, sin duda lo más destacable del film, y al circo de tres pistas que suponen sus imágenes. Para disfrutar de "Origen" es necesario obviar su filosofía de tocador y su vocación de autoayuda. La escritura de Nolan hubiese requerido, una vez más, mayor concisión y ser despojada de la hojarasca artificiosa y pretendidamente profunda a la que aspira, porque las películas rupturistas e innovadoras lo son por su propia naturaleza, y no por programación, algo de lo que adolece "Origen" y que tal vez un Christopher Nolan con mayores restricciones presupuestarias hubiese solventado a fuerza de ingenio (tal y como hiciera en la estupenda "Memento"). La película es, en definitiva, una llama carente de chispa, un diamante sin brillo. Es innegable que la trama y el desarrollo de "Origen" se siguen con interés, pero al final queda la sensación de que tras el estruendo de los cohetes y de los fuegos artificiales, sólo queda el humo.
A continuación, el cortometraje de un Nolan que entonces soñaba con dirigir su primera película, allá por el año 1997, con el título de "Doodlebug". Los admiradores del director podrán reconocer su fijación por los ambientes opresivos y por los juegos espacio-temporales, un tema que desarrollaría a gran escala en películas como "Memento" u "Origen". Es un trabajo de iniciación, lo que le otorga cierto encanto amateur aliñado con un final sorpresa tan del gusto del autor.

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El nadador. "The swimmer" 1968, Frank Perry

Hay relatos que, bien por su originalidad o bien por su peso dramático, consiguen superponerse a las capacidades de su narrador, ya sean buenas o malas. "El nadador" es un ejemplo perfecto de ello. El cuento original de Don Cheever es la base sobre la que Frank Perry asienta sus ínfulas de autor para demostrar, en su segunda película, que podía ser iconoclasta y reflexivo al mismo tiempo, un director a tener en cuenta y que las nuevas corrientes debían admirar. El cuadro clínico habitual de un debutante que quiere sobresalir rápido. Para ello eligió un texto con muchas posibilidades y un actor, Burt Lancaster, que es siempre una garantía de credibilidad y talento.
A pesar de que Perry hace verdaderos esfuerzos por arruinar su película, adoptando todos los vicios posibles de una época fascinada con la técnica (ralentizados, efectos ópticos, lentes deformantes), su locuacidad visual no logra hundir el conjunto. El texto adaptado por su esposa, la guionista Eleanor Hamlisch, junto a la inmensa interpretación de Lancaster, logran mantener a flote "El nadador".
La película narra las vicisitudes de un hombre de poderosa fachada, que encierra en su interior material de derribo suficiente como para enterrar los sueños, recuerdos e ilusiones de toda una vida. El desesperado intento del nadador del título por encontrar justificación a sus actos, en un mundo que no comprende, empapa de cloro y de tristeza las facciones de Lancaster. "El nadador" es un film amargo que aspira a la alegoría, una obra con una vocación rupturista demasiado evidente y con unas ambiciones siempre subrayadas por la cámara, que deja traslucir bajo su banalidad formal una historia emotiva, triste y bella.


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Ríos y mareas. "Rivers and tides" 2001, Thomas Riedelsheimer

Documentar un proceso creativo puede ser casi tan apasionante como la obra documentada si se hace con tenacidad y talento. El director Thomas Riedelsheimer demuestra poseer las dos cosas al llevar a la pantalla el trabajo del escultor Andy Goldsworthy, un personaje singular y carismático que requería un buen observador detrás de la cámara para captar el sentido de sus proyectos. Esta identificación entre observador y observado, esta relación silenciosa y enriquecedora es el argumento del documental "Ríos y mareas", un ejercicio de belleza cargado de contenido. La lente de Riedelsheimer escudriña cada gesto del artista, sus glorias y sus derrotas, siempre atenta al instante decisivo y a la sorpresa. Resulta encomiable el esfuerzo llevado a cabo por los dos autores, y su reflejo se trasluce en la pantalla sin subrayados ni aspavientos, con la lucidez y la serenidad del espectador que participa del objeto mirado. "Ríos y mareas" contiene un discurso complejo y hermoso, expuesto con una sencillez que nunca es simple, como la propia naturaleza a la que esta película excepcional rinde tributo.

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Lola. 1981, Rainer Werner Fassbinder

El revisionismo de Fassbinder escoge en esta ocasión un monumento del cine alemán, "El ángel azul", para barnizarlo con su colorido punto de vista al tiempo que atestigua la historia moderna de su país. "Lola" retoma el mito de Marlene Dietrich como coartada para reflejar la reconstrucción urbanística y moral de una clase social y de una nación, proveniente del nazismo, que debía adaptarse a los nuevos tiempos. Fassbinder emplea su personal modo de contar las cosas, con una realización a machetazos más interesada en explotar el carácter plástico de cada escena que en su efectividad narrativa. El gran actor Armin Mueller-Stahl aparece como un trasunto del inmortal Emil Jannings, y en él se concentra lo más interesante de un film que satisfará a los admiradores del director germano y dejará desconcertado al resto. Y es que al igual que sucede con otros autores como David Lynch, Pedro Almodóvar o Jean-Luc Godard, no se trata tanto de que al público le guste o no lo que ve en la pantalla, como de entrar en el juego que se le propone.

A continuación, la prueba de que Fassbinder tuvo un pasado alejado del manierismo y de la pose, antes de quedar fascinado por el cine de Douglas Sirk y cuando su máximo referente era la nouvelle vague. Se trata de "El pequeño caos", un cortometraje del año 1966 que el propio autor escribió, dirigió e interpretó antes de debutar en el largometraje. Es fresco, irreverente y con un final digno de conservar en la memoria. Que lo disfruten.


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Las maniobras del amor. "Les grandes manoeuvres" 1955, René Clair

René Clair no fue sólo un gran director, fue un mago del relato. Su habilidad para construir personajes y desarrollar tramas se evidenció durante toda su carrera, incluso cuando se adentró en los resbaladizos terrenos del vodevil como en "Las maniobras del amor". Allí donde otros autores tropiezan, al no saber esquivar la sal gorda y el trazo grueso en el que tantas veces el género deriva, Clair extrae oro y realiza un ejercicio de sofisticación. Se trata de una comedia de altura que no elude la artificiosidad de su puesta en escena, y que sabe aprovechar el carácter teatral que la película muestra sin reparos, para mover a sus personajes como piezas sobre un tablero de juego. Todo en el guión destila ironía, un rasgo inequívoco de inteligencia, y exhibe las virtudes del maestro francés, a saber: diálogos cargados de humor, actores bien elegidos y bien dirigidos (Gérad Philipe y Michèle Morgan), un dominio del tiempo narrativo ágil y muy dinámico, acorde al relato, y todo bajo una puesta en escena elegante e inspirada. Un prodigio de escritura en el que cabe destacar el aspecto estético de las imágenes, con un exuberante uso del color que sostiene ese aire a estampa de época que tiene la película. Para sorpresa del espectador, Clair concluye su historia con un final agrio pero ejemplarizante. Esa es la maniobra del director: congelar la sonrisa del público justo en el momento final y demostrar que, tras la apariencia de cine ligero y evasivo, se encuentra la impronta de un verdadero humanista.
A continuación, una joya dadaísta filmada por René Clair en 1924, "Entreacto". Se trata de un ejercicio de vanguardia que supuso su debut como director de cine, provocando un gran revuelo en el París de la época debido a la audacia y a la libertad de sus planteamientos. Esto le hizo ganar notoriedad y el respeto de la capilla surrealista, algunos de cuyos integrantes habían participado en el proyecto. El guión había sido escrito junto al pintor Francis Picabia, y en sus imágenes podemos encontrar a grandes nombres como Man Ray o Marcel Duchamp, todo ello sobre una composición musical de Erik Satie. Una verdadera reunión de talentos comprimida en apenas 22 minutos. Sírvanse un buen vaso de absenta, y a disfrutar.




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Horizontes de grandeza. "The big country" 1958, William Wyler

William Wyler fue uno de los pilares sobre los que se sustentó el mito del esplendor de Hollywood, una referencia inevitable cuando se habla del cine del pasado siglo. Porque la figura de este gran cineasta albergó un director irreprochable, un sagaz adaptador de novelas y un productor exigente. Prueba de todo ello es "Horizontes de grandeza", uno de sus trabajos más ambiciosos, una epopeya de gran magnitud dramática aderezada con las dosis suficientes de aventura, romance y humor para convertirla en un relato inolvidable. La vieja historia del enfrentamiento entre familias rivales por unas tierras donde se dirimen más que cuestiones de acres y fronteras, conflictos de honor largamente enquistados, sirve como soporte para construir una trama donde lo singular y lo plural, la anécdota y el conjunto, tienen igual importancia. El guión de "Horizontes de grandeza" trasciende los márgenes del western y escarba en el perfil de cada uno de los personajes gracias a un desarrollo largo, profundo, en el cual los diálogos cumplen su cometido: la frase correcta en el momento adecuado. Estas obviedades son el germen de toda buena película y, sin embargo, en "Horizontes de grandeza" parecen revelarse por primera vez. Esa es la cualidad de los clásicos. Y como el clásico que Wyler siempre fue, realiza un trabajo ejemplar con la cámara y con la dirección de actores, un plantel largo y ajustado con Gregory Peck, Charlton Heston, Jean Simmons o Burl Ives, entre otros. Rostros que dan aliento a unas imágenes poderosas, capaces de captar al mismo tiempo la épica de la historia y los conflictos personales sin distinguir dónde empiezan unos y acaban otros. Los demás apartados técnicos y artísticos, entre los que brillan la fotografía de Franz Planer realzando los magníficos decorados, así como la conocida banda sonora de Jerome Moross, terminan de redondear el conjunto. Elementos imperecederos para una película sin fecha de caducidad, la prueba de fuerza y de talento de un director, William Wyler, que de alguna manera sabía que estaba participando en la Historia del Cine.

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Slumdog millionaire. 2008, Danny Boyle y Loveleen Tandan

A partir de la novela de Vikas Swarup, el director Danny Boyle exhibe sus dotes de esteta para realizar un videoclip camuflado de película que, de tan bienintencionado, termina siendo retorcido y caricaturesco. Boyle trata de revestir la historia con aires de fábula moderna, contando su film a modo de cuento, pero todo se queda en un chiste. Porque cae en la trampa que él mismo se tiende, limitándose a retratar con su lente de turista privilegiado la miseria de los barrios pobres de la India de la forma más bonita posible, dando rienda suelta a un sentido estético heredero del lenguaje visual de la MTV. Así, con una envoltura mucho más publicitaria que cinematográfica, Boyle manufactura sus imágenes esquivando cualquier atisbo de realidad o frescura, al tiempo que pervierte las intenciones críticas que sin duda “Slumdog millionaire” algún día tuvo. El guión resulta torpe y arbitrario, deja demasiados cabos sueltos. Las interpretaciones se basan más en la imitación, en el poner caras, que en la expresividad. Y las cualidades técnicas que la película exhibe con alegría caen, la mayoría de las veces, en el capricho y la autocomplacencia. “Slumdog millionaire” es, en definitiva, un lodazal pegajoso y maloliente primorosamente envuelto en celofán brillante y de colores, para el fácil disfrute del público occidental, el cual se sentirá reconfortado en su identificación con unos héroes de cartón, diseñados para cumplir su cometido sin la necesidad de explicarlo. Que semejante producto haya sido galardonado con infinidad de premios, amén del consabido Óscar a la mejor película, dice mucho de en qué se han convertido estos conocidos trofeos de la industria de Hollywood y de quienes los otorgan.
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Alta fidelidad. "High fidelity" 2000, Stephen Frears

A lo largo de su dilatada carrera, Stephen Frears ha sabido nadar entre dos aguas bien delimitadas: por un lado, el cine desarrollado en su Inglaterra natal al que pertenecen las películas discretas y pequeñas ("Café irlandés", "La camioneta") que le han hecho grande dentro del panorama europeo. Por otro lado, las producciones de estudio ("Las amistades peligrosas", "Los timadores") que le han reportado fama y prestigio en Hollywood. Sin embargo la calidad, que no sabe de fronteras, le ha repartido desigual fortuna a ambos lados del océano, alternando las películas memorables y las olvidables.
"Alta fidelidad" es una comedia agridulce que pertenece al grupo de las películas de Frears que, en un principio, no parecen apegadas a sus intereses como cineasta, pero que su mirada atenta e inteligente ha sabido convertir en un film elevado ya a categoría de generacional y de obra de culto. Haciendo una lectura fiel e inspirada de la novela de Nick Hornby con la que comparte título, "Alta fidelidad" sabe reproducir el texto original con el sentido del humor necesario para que el espectador disfrute del espectáculo sin evitar que, en más de una ocasión, se le congele la sonrisa. El equilibrio entre lo cotidiano y el enredo funciona en la pantalla gracias a una acertada selección de actores en la que brilla con luz propia un John Cusack que hace suyo el personaje rico y complejo que le ha tocado encarnar.
El guión mantiene el ritmo durante todo el metraje, juega bien con los diferentes tempos de cada escena y está poblado de diálogos ingeniosos, que recuperan el recurso de hablarle directamente al espectador inmiscuyéndole en la trama. Este truco narrativo permite más que una cercanía, una camaradería entre el protagonista y el público, capaz de potenciar la entidad del relato y sus posibilidades cómicas. La multitud de personajes que habitan en "Alta fidelidad" le otorgan un carácter episódico a la trama que, lejos de diluirla, permite que se siga con interés y que el espectador acompañe las peripecias sentimentales del protagonista en un particular recorrido donde lo personal y lo musical se confunden. Ese es el encanto principal de una comedia romántica que puede presumir de su condición sin avergonzarse de ello, básicamente porque cuenta con una materia prima tan infalible como difícil de encontrar: la imitación de una realidad que, quien más y quien menos, puede reconocer en la pantalla entre sonrisas y oprobios.
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Los Vikingos. "The Vikings" 1958, Richard Fleischer

Richard Fleischer fue un director versátil que nadó en casi todas las aguas y un cineasta prolífico, que dejó a sus espaldas una larga e irregular carrera en la cual Los Vikingos ocupa un lugar preeminente. Porque más que una película de género, se trata de un auténtico monumento al cine de aventuras, un tratado de clasicismo que supone todo un ejemplo en lo que a narración y a puesta en escena se refiere. El acabado visual de la película resulta impecable: la fotografía de Jack Cardiff es un derroche de de color e iluminación, capaz de azuzar el imaginario de cualquier espectador potenciando los aspectos más dramáticos y evocadores. Basta ver la alternancia de imágenes tanto de interior como de exterior para sentirse transportado a un universo de estampas añejas que no han perdido su capacidad de fascinación. Al contrario, se podría asegurar que Los Vikingos ha ganado en trascendencia, porque tras una apariencia ligera y unas intenciones evasivas, se esconde un drama afilado lleno de odios, venganza y rencores forjados al calor del fanatismo.
Un guión de hierro cargado de diálogos y de escenas memorables que la producción, a cargo de Kirk Douglas, sabe conducir por el mejor camino, aquel que conjuga exigencia y espectáculo a partes iguales. Mención aparte merecen los actores, con el citado Douglas construyendo un personaje difícil de olvidar, acompañado por Tony Curtis, Janet Leigh y Ernest Borgnine en sus papeles principales, cada uno perfilando su propio carácter y engrasando esta máquina perfecta que es Los Vikingos. Un elaboradísimo artefacto pilotado con mano maestra por un Fleischer en estado de gracia, que dejó para la posteridad un maravilloso divertimento, sí, pero de hondo calado emocional y cinematográfico.

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Copia certificada. "Copie conforme" 2009, Abbas Kiarostami

Por primera vez en su carrera, el cineasta Abbas Kiarostami desplaza su cámara desde Irán hasta Italia para filmar Copia certificada, su particular revisitación del cine del maestro Rossellini. El encuentro en la Toscana de dos personajes en el transcurso de un único día, sirve a Kiarostami para revivir los ecos de Viaje a Italia y esbozar así su visión de la pareja, mediante una lectura descreída y lacónica del amor que encierra, a su vez, una interesante reflexión sobre el arte y su representación, sobre el influjo de las obras artísticas en quienes las contemplan.
Película fundamentalmente hablada, de verbo rico y generoso, Copia certificada podrá fascinar a unos espectadores mientras irrita a otros. En este sentido Kiarostami no esconde sus cartas y propone, desde el primer momento, un juego de verdades a medias y de medias mentiras, que el público podrá o no disfrutar según acepte el envite. Como es habitual, detrás de una austeridad formal muy reconocible se oculta agazapado un trasfondo que, lejos de toda evidencia, sugiere y apunta, eludiendo las conclusiones fáciles. Es en esta parcela donde se muestra el Kiarostami de A través de los olivos o El sabor de las cerezas: el contenido complejo en una envoltura de apariencia sencilla. En todo lo demás, el director y guionista iraní se deja embriagar por el influjo europeo, encontrando en Juliette Binoche a su mejor aliada. La actriz francesa vuelve a ofrecer aquí un recital interpretativo, una prueba de talento que redimensiona y, en última instancia, da sentido a Copia certificada. Así, el binomio Kiarostami/Binoche se erige como un solo ente creador, y la suma de sus capacidades da como resultado una película rara y fascinante, hermosa, triste y reflexiva como es ésta.

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Yo soy el amor. "Io sono l´amore" 2009, Luca Guadagnino

Historia de aromas clásicos que permite a su director, Luca Guadagnino, retomar un modelo de cine cuyo máximo representante fue Luchino Visconti. Guadagnino sigue los pasos del maestro italiano para dibujar el retrato de una familia burguesa de Milán sin recurrir a fáciles juicios de valor ni moralejas gratuitas, concentrando la artillería dramática en un relato de amor imposible que funciona, en última instancia, como el eje narrativo de la película. Porque “Yo soy el amor” apuesta por el clasicismo en el contenido y en el espíritu que gravita sobre cada una de las escenas, pero no tanto en su forma. La cámara de Guadagnino es inquieta, juguetona, exhaustiva, acompaña a los personajes en sus devenires y persigue sus inquietudes, siempre atenta a los detalles y a su relación con el entorno. Para ello se vale de angulaciones a veces forzadas, trasladando a la pantalla la sensación de una realización caprichosa que llega a ejercer en el espectador una suerte de fascinación o de hipnosis. El montaje tiene mucho que ver con esta impresión, confiriendo a un relato que podría haber resultado solemne y contemplativo la impronta de lo moderno, esto es, la reinvención de viejas fórmulas desde perspectivas de riesgo. Guadagnino juega a ser autor y sale bien parado, porque de tan participativo, el estilo que adopta se convierte en un personaje más de la historia que él mismo dirige, sin entorpecerla ni extraviarla sino más bien al contrario, enriqueciendo su contenido y dotándolo de interés.
La interpretación de Tilda Swinton es responsable de que lo narrado en “Yo soy el amor” resulte cercano y rompa los clichés de los films sobre grandes familias. La actriz inglesa sabe aportar a su personaje profundidad y carisma, dos armas infalibles para hacerlo inolvidable.
La música y el desenlace del guión, en el que tienen un papel decisivo la fatalidad y el destino, remarcan el carácter operístico de “Yo soy el amor”, una película que bien hubiera podido rodar Visconti hace años, y que Guadagnino resuelve con emoción y eficacia.

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También la lluvia. 2010, Icíar Bollaín

Cineasta comprometida y siempre dispuesta a señalar con el dedo acusador de su cámara, Icíar Bollaín une sus fuerzas al también combativo guionista Paul Laverty para firmar su película más ambiciosa. “También la lluvia” es un alegato de denuncia que funciona, a su vez, como ejercicio meta-cinematográfico y como crónica documental de los acontecimientos sucedidos en Cochabamba, Bolivia, en al año 2000, durante la denominada Guerra del Agua. Sin embargo la película, en su afán por tratar estos tres temas sin que el espectador se pierda, tiende a caer en el didactismo y adopta el tono de la corrección, no por seguro menos engañoso. Porque lleva implícitos dos virus tan letales como la previsibilidad y el maniqueísmo, capaces de roer las entrañas de cualquier film por bienintencionado que sea. “También la lluvia” no es, ni mucho menos, una mala película, pero tampoco resulta memorable. Y es que, aunque se trate de la directora de documentos fílmicos tan encomiables como “Te doy mis ojos” o “Flores de otro mundo”, Bollaín no consigue insuflar verdadero aliento a lo que sucede en la pantalla, provocando que el cuerpo de su película contenga alma pero carezca de músculo y vigorosidad. Hay una cierta sensación de pose, de artificio, que acompaña el metraje desde su mismo inicio. Parece que Bollaín desconfiase de la capacidad del público para recibir su mensaje y se lo entregara ya masticado y digerido para su fácil asimilación. A esto contribuyen la mayoría de las interpretaciones, como las de Luis Tosar y Gael García Bernal, los cuales responden a los arquetipos que sus personajes representan, unos perfiles demasiado definidos que, de tan aclaratorios, caen en el simplismo. Así con todo, conviene resaltar los méritos de esta película que podría haber llegado a más: una narración que se sigue con interés, la aproximación a un conflicto poco conocido por estas latitudes, y el retrato de un mundo, el del cine, que muestra más sombras que luces a la hora de conseguir sus objetivos. Por estos elementos merece la pena detenerse en “También la lluvia”.


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Buscando a Eric. "Looking for Eric" 2009, Ken Loach

Si hay un nombre que ilustre como ningún otro el cine social de los últimos veinticinco años, es sin duda el de Ken Loach. Ya sea en conflictos internacionales (Nicaragua, la Guerra Civil española) o locales (el paro, los servicios sociales, la inmigración), la cámara de Loach se ha situado siempre a ras del suelo y con el foco en los oprimidos y en los que se quedan fuera de las noticias para engrosar, a lo sumo, el porcentaje de las estadísticas. Son varias décadas militando en la tolerancia y desarrollando un estilo a caballo entre la ficción y el documental que, sin embargo, en los últimos tiempos comenzaba a dar síntomas de agotamiento. Una vuelta de timón propiciada por su guionista habitual, Paul Laverty, ha vuelto a llenar de viento las velas recuperando un tanto del humor perdido (“La cuadrilla”, “Riff-Raff”) e introduciendo un elemento hasta ahora inédito en la filmografía del director británico: la fantasía. De esta manera, los corsés del documental se ven aliviados por una ficción más depurada, más declaradamente artificial, sin abandonar por ello los fuertes cimientos de la realidad sobre los que “Buscando a Eric” se asienta. Más cómica y en un tono más encajado en la fábula, con un desenlace de tintes caprianos, la voluntad de retratar un entorno en concreto y a los personajes que sobreviven en él permanece intacta, sin llegar nunca al didactismo, trampa mortal en la que otros directores caen asumiendo no el papel de cronistas, sino el de protagonistas. El estilo limpio y austero de Loach, que algunos confunden con descuidado, permite que los actores trabajen con libertad y den carne a sus personajes por medio de unas interpretaciones que conmueven por su verosimilitud. Un guión ajustado e inteligente, y una puesta en escena que saca partido tanto a los detalles como al conjunto, consiguen redondear esta película que no sólo satisfará a los seguidores de Loach, sino también a cualquier espectador que ponga en la pantalla algo más que los ojos, su implicación y su conciencia. “Buscando a Eric” es, en definitiva, una de las obras más redondas de Ken Loach, y demuestra que este veterano autor puede mantenerse joven por mucho tiempo.


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El último metro. "Le dernier metro" 1980, François Truffaut

Hermosa película que consigue resultar emotiva sin recurrir a excesos ni aspavientos sentimentales. Con un estilo de realización invisible característico de sus últimos años, Truffaut centra todo el protagonismo en su estupendo reparto y en un guión modélico que logra extraer comedia de situaciones cargadas de dramatismo. El abuso de los primeros planos y de los planos medios confiere al conjunto un aire en ocasiones televisivo que consigue olvidarse gracias a la magnífica fotografía de Néstor Almendros. Los actores, entre los que se encuentran rostros conocidos del cine francés como Catherine Deneuve o Gérard Depardieu, desarrollan con eficacia sus personajes y se mueven con soltura dentro de una escenografía abigarrada, que no necesita hacer alardes para conseguir la atmósfera adecuada. Y es que nada desvía la atención de la narración, lo que convierte a "El último metro" en una de las grandes películas de su director. Una historia bella y emocionante que retrata una época difícil, la ocupación nazi en Francia, y que funciona sobre todo como un honesto homenaje al mundo del teatro.

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Lourdes. 2009, Jessica Hausner

Película insólita por su transgresión silenciosa y por su tranquila irreverencia, una rareza que admite pocas comparaciones. Acaso “Lourdes” pudiera ser vista como un híbrido entre Dreyer y Kaurismäki, reforzando el carácter nórdico que atraviesa la obra de estos dos cineastas y la película de Hausner. Lo original del planteamiento de “Lourdes” es el de representar un hecho excepcional, el milagro de una joven aquejada de apoplejía que recupera la movilidad, como si fuese cotidiano, mientras que se asiste al mismo tiempo a la rutina de un lugar y de sus ceremonias con la mirada enrarecida de quien sabe ver más allá de la superficie. Sin embargo, ninguna de estas dos actitudes aparece en la pantalla subrayada ni condicionada por valoraciones precipitadas, sino más bien al contrario, desde una asepsia que bien pudiera ser respeto, distanciamiento o ambas cosas a la vez. Porque Hausner toma partido precisamente no tomando ninguno, es decir, su llamativa frialdad obliga al espectador a formarse un juicio sobre lo que sucede en la pantalla, que en realidad es poco, pero de hondo calado. Ese es el riesgo y la apuesta que propone “Lourdes” con una valentía que el público debería apreciar, no sin pocas garantías de que así sea. Al igual que otros raros cineastas como Manoel de Oliveira, Jessica Hausner se erige en la figura de la dinamitera discreta y tranquila que elabora su discurso a base de silencios, permitiendo que su mirada se haga crítica en los ojos del espectador sin que él lo perciba. La directora austríaca realiza así una pequeña joya, una rara avis dentro la monótona cartelera actual.
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Perros de paja. "Straw dogs" 1971, Sam Peckinpah

Para su primera película situada en el presente, el cineasta Sam Peckinpah eligió la adaptación de una novela de Gordon M. Williams con producción británica que le dio justa fama en lo que al planteamiento de la violencia se refiere. Y es que Peckinpah empleó la base literaria como el catalizador de algunas de sus inquietudes como autor: los conflictos entre el individuo y una sociedad que le es hostil, el concepto de lo moral y de lo inmoral y, sobre todo, la inevitable pulsión violenta que sacude al ser humano como método de supervivencia y como reafirmación del yo más atávico y primario. De esta manera, el director norteamericano se esfuerza porque “Perros de paja” esté tan cuidada en el fondo como en la forma, a través de una fotografía envolvente, que retrata bien un tiempo y un lugar, y un montaje insistente, arriesgado, que obliga al espectador a distanciarse en determinados momento para hacerle tomar partido e invitarle a la reflexión. El recurso de la música resulta también particularmente interesante, pues remarca la parsimonia desconcertante del protagonista, interpretado con entrega por Dustin Hoffman, al mismo tiempo que destaca su situación de desubicación dentro del relato, de estar fuera de lugar. “Perros de paja” es por lo tanto un cuento moral, una ácida y brutal recreación de las antiguas fábulas en las que unos protagonistas inocentes se ven acechados por enemigos hostiles que les obligarán a reaccionar para salir ilesos. Todo ello con el sello característico de los años setenta, cuando el cine era capaz de conjugar como nunca las nociones de espectáculo y de reflexión mediante obras arriesgadas, valientes y abiertas al debate, entre las cuales “Perros de paja” es un icono incuestionable.



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Biutiful. 2010, Alejandro González Iñárritu

Alejandro González Iñárritu se ha erigido, película tras película, como el cineasta de las situaciones al límite. Sus personajes se encaminan invariablemente hacia el abismo, e Iñárritu les retrata en su trayecto sobre el alambre con una fascinación no exenta de crueldad. Sin embargo, la escritura fragmentada de Guillermo Arriaga venía hasta el momento a diversificar el cúmulo de desgracias que poblaban sus guiones, convirtiendo los dramas oscuros de "Amores perros", "21 gramos" y "Babel" en depurados ejercicios narrativos de historias cruzadas y de alternancia de puntos de vista.
Una vez producido el divorcio artístico entre Arriaga e Iñárritu, lo que queda es la tragedia en bruto y sin retóricas que "Biutiful" exhibe con crudeza. El aire documental y el acabado realista de las imágenes de "Biutiful" conviven con ciertos apuntes de irrealidad que, lejos de aliviar tensiones, las potencia en una extraña amalgama de crónica y fantasía, vigilia y pesadilla, vida y muerte. Iñárritu deja traslucir así su propia identidad de autor y la emplea como recipiente para que Javier Bardem, el actor protagonista, vierta su desmesurado talento.
El tópico suele definir como recital interpretativo la labor ejemplar de un actor. Pero lo que Bardem logra en "Biutiful" es digno de una orquesta filarmónica completa, en la que cada instrumento está perfectamente afinado y donde cada nota suena con su timbre, color y tono exacto. Un trabajo más que esforzado, hiriente, que sigue con rigor la partitura de un guión que es capaz incluso de mejorar. Es sin duda un alarde de creación que, engañosamente, parece producirse frente a los ojos del espectador, y que justifica la visión de una película, por otra parte, emocionante, apasionada y lúcida en su dolorosa intensidad.
A continuación, el cortometraje que Alejandro González Iñárritu realizó en 2001 para la serie promocional de BMW "The hire", todo un ejercicio de montaje y planificación con el sello del director mexicano.


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Chico y Rita. 2010, Fernando Trueba, Javier Mariscal, Tono Errando

Hermosa película que supone todo un precedente en el cine de animación español. Se trata de la primera obra dirigida directamente a un público adulto, y para ello no se han escatimado los medios. El director Fernando Trueba se estrena con los dibujos animados en compañía del ilustrador Javier Mariscal y del realizador Tono Errando, dando como resultado un fascinante ejercicio de estilo alejado de la pirotecnia tridimensional que puebla las pantallas, y poniendo todo el esmero en el acabado artístico y en el narrativo. A través de una historia de amor que se prolonga durante varias décadas, "Chico y Rita" funciona como un emotivo romance a dos bandas. Por un lado, la historia de amor de la pareja protagonista. Por otro lado, el no menos apasionado idilio de los directores con una música y una época: el jazz latino y los días de las grandes orquestas en la Habana de los años cuarenta. El proceso de recreación de ambientes resulta no solo atractivo estéticamente, sino también muy ilustrativo. Pero el trabajo historiográfico no se termina en sí mismo, no es el fin sino el medio, el soporte y el trasfondo de un relato que satisfará por igual a los amantes del cine y de la música. "Chico y Rita" cuenta con una banda sonora de excepción, firmada por el veterano Bebo Valdés, que multiplica la belleza y la trascendencia de un film que ojalá suponga un punto de partida dentro de la animación en España. Se debe reconocer el encomiable esfuerzo de producción de esta película singular, que deja traslucir el entusiasmo en cada una de sus imágenes.

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