SI ME BORRARA EL VIENTO LO QUE YO CANTO. 2019, David Trueba

En 1982, Fernando Trueba realiza Mientras el cuerpo aguante, documental que sigue las andanzas del cantautor Chicho Sánchez Ferlosio. El artista es tan singular y fascinante que, casi cuatro décadas después, David Trueba vuelve a abordar su figura en Si me borrara el viento lo que yo canto, película enriquecida por la perspectiva histórica que ofrecen los años. El foco que había puesto Fernando sobre Chicho de manera individual, ahora se expande para abarcar el contexto y las consecuencias de su trayectoria vital, ideológica y artística, completando el retrato de un ser cuyo alcance ha sido siempre colectivo. Así, la película de David Trueba funciona como un apéndice perfecto a la de su hermano mayor, en ambos casos el merecido homenaje a un autor que no admite comparaciones.
Si me borrara el viento lo que yo canto tiene una narrativa lineal que se desarrolla, en lo formal, siguiendo la construcción de un mosaico. Las imágenes contienen material de archivo, entrevistas a personas relacionadas con Chicho y secuencias de películas en su mayoría españolas, las cuales ilustran momentos representativos del pasado. Este último elemento es el más original dentro de un conjunto con una gran variedad visual que mantiene, no obstante, la homogeneidad y coherencia.
Trueba tira del hilo argumental con ritmo y buen pulso, intercambiando los puntos de vista generales y particulares en torno al protagonista. La voz del director interviene en algún momento para sumarse al coro, un grupo variopinto de nombres que aportan mucha información y también emociones: Ana Guardione, Jesús Muñárriz, Máximo Pradera, Miguel Ángel Aguilar, Fernando Sánchez Dragó... además de otros que añaden pinceladas al retrato colectivo de Chicho Sánchez Ferlosio, incluido su hermano Rafael, meses antes de morir. Silvia Pérez Cruz habla del carácter popular de un cancionero en el que destaca Gallo rojo, gallo negro, composición cuya letra da título al film. La trama de Si me borrara el viento lo que yo canto responde a la pregunta de cómo un joven de familia rica y conservadora llegó a convertirse en el creador de himnos contestatarios que recorrieron el mundo, por medio de grabaciones que ni siquiera podía firmar a causa de la censura. En suma, una historia apasionante que David Trueba y Joan F. Losilla consiguen sacar adelante mediante el crowdfunding y que supone un documental necesario para comprender la dimensión de un artista genial y único.

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EL CUENTO DE LAS COMADREJAS. 2019, Juan José Campanella

El director argentino Juan José Campanella prosigue su andadura por diferentes géneros, esta vez recalando en la comedia negra y el enredo criminal. Un derivado del whodunit, es decir, esas historias que suceden en un mismo entorno y con unos personajes determinados que se ven envueltos en la resolución de una intriga que amenaza sus vidas. La mayoría de las veces tienen origen literario, pero El cuento de las comadrejas adapta una película de 1976 titulada Los muchachos de antes no usaban arsénico. Campanella comparte nacionalidad y argumento con aquella, en un ejercicio de metaficción que incluye referencias a otros films como Sunset Boulevard o La huella, y a cineastas como Mario Monicelli o David Mamet. Campanella incluso se permite algunas alusiones propias y guiños a una industria de la que cada vez está más alejado, en detrimento de sus trabajos en televisión.
Hay dos puntos fuertes que se repiten en este tipo de películas y son el guion y el reparto de actores. También en El cuento de las comadrejas, con una trama que incluye diversos giros sorprendentes y que deposita gran parte de su atractivo en los diálogos rápidos y mordaces. Los encargados de darles credibilidad son un reconocido elenco de intérpretes argentinos formado por Graciela Borges, Óscar Martínez, Luis Brandoni y Marcos Mundstock, a quienes se añaden los más jóvenes Nicolás Francella y la española Clara Lago. Todos ellos practican la teatralidad a la que tiende la película deliberadamente, ya que Campanella tiñe el conjunto de un artificio que afecta de manera directa a la imagen. Así, el aspecto formal es el de un aparatoso guiñol cuyos planos contienen composiciones forzadas, ángulos aberrantes y trucajes ópticos que son fotografiados con luces y colores estridentes. En contra de lo que se suele definir como un defecto, la ausencia de naturalidad es aquí la seña de identidad que identifica el contenido y la puesta en escena del film.
Cada detalle que aparece en la pantalla remarca la idea de que estamos ante un ejercicio de fingimiento, que hace consciente al público de su condición. Una propuesta arriesgada por parte de Campanella que trata de resolver con ritmo y humor, sin llegar nunca a emocionar. El resultado de El cuento de las comadrejas es tan elaborado y perfecto, tan encaminado a alcanzar unos objetivos concretos que adolece de cierta humanidad, situando al espectador en una posición distante, de observador rendido al ingenio de las situaciones. El esmero con el que está diseñada la película adopta en ocasiones un lenguaje cercano a la publicidad, muy llamativo en lo visual pero sin alma, que depara un entretenimiento inocuo y autocomplaciente. En suma, se trata de una prueba de estilo ante la que es imposible aburrirse, pero que tampoco logra conmover como otras obras de Juan José Campanella.
A continuación, uno de los temas que integran la banda sonora compuesta por Emilio Kauderer. Una deliciosa melodía que transmite el espíritu nostálgico que atraviesa El cuento de las comadrejas, con ecos del maestro Nino Rota. Relájense y disfruten:

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TITO Y LOS PÁJAROS. "Tito e os pássaros" 2018, Gabriel Bitar, André Catoto y Gustavo Steinberg

Aunque no lo parezca, el mundo de la animación es muy extenso fuera de la parcela acotada por Disney y Pixar. Más allá del cine que elaboran estas dos grandes compañías, hay multitud de propuestas de gran calidad que muchas veces obtienen un alcance minoritario a través de festivales especializados y el interés de un público selecto que crece en Europa y Latinoamérica (Asia es un planeta en sí mismo, con el predominio del anime en Japón). Este fenómeno también sucede en Brasil, donde se han estrenado en los últimos años dos largometrajes que han recorrido el globo acumulando premios y que muestran lo cerca que pueden estar el arte y el audiovisual. Uno es El niño y el mundo, y otro Tito y los pájaros.
La película, producida por el estudio Bits y firmada por tres directores bien conjuntados entre sí, tiene un carácter admonitorio, casi profético. El argumento cuenta el extraño brote que se extiende rápidamente por toda la población provocando que las personas infectadas se conviertan en rocas, una fantasía distópica que parece vaticinar la pandemia ocasionada por el coronavirus y el confinamiento sucedido apenas dos años después del estreno del film. En la ficción, el origen del mal obedece a oscuras tramas inmobiliarias y la solución viene en alas de los pájaros a los que se refiere el título, cuyo lenguaje aprende a interpretar el joven Tito. Se trata, por lo tanto, de un cuento imaginativo con muchas conexiones con la realidad, que invita a reflexionar sobre el concepto del miedo.
Otro aspecto llamativo de Tito y los pájaros es el visual. El estilo de la animación remite en todo momento a la pintura y la ilustración, con texturas, luces y colores de gran plasticidad y unos diseños que hasta la fecha solo se veían en obras experimentales. La pantalla se convierte en un lienzo al que dan vida los trazos de inspiración expresionista, creando una estética bella y sugerente que hace crecer la historia y se pega en los ojos del espectador. En suma, Tito y los pájaros bien podría figurar en un museo, sino fuese porque es cine. Cine dinámico y valiente, que se atreve a andar caminos distintos a los acostumbrados y que contiene ideas estimulantes tanto para niños como para mayores, aunque puede que sean estos últimos quienes más disfruten los hallazgos de esta joya sin precedentes.

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CAPITÁN PHILLIPS "Captain Phillips" 2013, Paul Greengrass

Antes de cerrar la tetralogía de Jason Bourne, el director Paul Greengrass realiza uno de sus característicos dramas de acción basado, al igual que Bloody Sunday United 93, en un suceso real. Capitán Phillips narra el secuestro de un carguero norteamericano a manos de unos piratas somalíes, visto a través del personaje que da título al film. Un relato contado con garra y emoción, en el que Greengrass despliega sus señas de identidad: un estilo visual con referencias al documental, interpretaciones realistas y un montaje de ritmo veloz.
El encargado de que la historia verídica adquiera visos de ficción es Billy Ray, guionista experimentado en el género que desarrolla el primer acto a velocidad de crucero. No es broma: el planteamiento se establece con rapidez y el protagonista apenas requiere unas pocas pinceladas para ser presentado, una virtud al alcance de un actor del carisma de Tom Hanks. Sin embargo, la estricta funcionalidad con la que avanza la historia a veces provoca escenas algo postizas, como la conversación del matrimonio al principio, camino al aeropuerto. Un diálogo cuyo objetivo es demasiado evidente: dejar que los personajes se expliquen a través de sus palabras y no de sus acciones, verbalizando lo que no se muestra en pantalla. Estos detalles aislados no afectan al conjunto ni contradicen la fisicidad de la película, esencial a la hora de entender la relación del espacio con los personajes y consigo mismos. Algo parecido sucedía en El tren del infierno o Jungla de cristal, con la diferencia de que las maneras de Greengrass siempre tienden a un verismo heredado del documental, con zooms precipitados y planos que se reencuadran ante los ojos del espectador. Son movimientos de cámara que parecen espontáneos y que transmiten la urgencia y la inmediatez de estar allí, en medio de los acontecimientos y bajo la influencia del lenguaje informativo de televisión. Greengrass domina estos códigos y los pone en práctica con control y mesura, ya que se trata de una producción de Hollywood con una gran estrella al frente.
Tom Hanks borda el papel de hombre corriente enfrentado al peligro, es una de sus especialidades y aquí la resuelve muy bien gracias, en parte, al elenco de actores desconocidos o debutantes que le rodea. Todos aportan credibilidad y contribuyen a que Capitán Phillips alcance sus aspiraciones de entretener al público introduciendo oportunas reflexiones en torno a la ambición, el compromiso, la responsabilidad y otros rasgos de naturaleza humana. Sin embargo, también hay cuestiones que deslucen el resultado e incurren en lugares comunes. Las más llamativas se producen en el tercer acto, con la poco disimulada promoción de las fuerzas de seguridad de los Estados Unidos, un moderno Séptimo de Caballería recuperado de los clásicos del western que irrumpe con todo su arsenal para solucionar los apuros del héroe en el último tramo, antes de que acontezca la derrota. Esto hace que el segmento final se dilate más de lo debido y que el público asista al desenlace tan extenuado como el protagonista, poniendo en riesgo el equilibrio de la película. Por fortuna, el pulso firme de Paul Greengrass y el oficio de Tom Hanks ennoblecen este espectáculo vigoroso y palpitante.
A continuación, uno de los temas que integran la banda sonora compuesta por Henry Jackman. Relájense y disfruten:

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AMAZING GRACE. 2018, Allan Elliott y Sydney Pollack

El éxito en 1970 del documental Woodstock promovió la aparición de otros proyectos musicales como este Amazing Grace, el cual incluía un disco doble y una película producida por el estudio Warner Bros, ambos en torno a la figura de Aretha Franklin. A pesar de lo atractivo de la propuesta, salió bien a medias: el álbum alcanzó un triunfo rotundo, convirtiéndose en la grabación de góspel más vendida hasta el momento, mientras que la película no llegó a terminarse por problemas técnicos, debido a la ausencia de claquetas durante el rodaje. Esto hizo imposible sincronizar la imagen con el sonido, algo que se ha podido solucionar cuatro décadas después gracias a los avances tecnológicos y a la conformidad de la familia Franklin.
La recuperación de este material es importante porque Amazing Grace no es un concierto cualquiera. Se trata del regreso de la Reina del Soul a la música de su niñez, aquellas melodías religiosas que forjaron su prodigiosa garganta en la iglesia bautista donde predicaba su padre. Erigida ya como una celebridad, Aretha rinde tributo a su acervo cultural realizando durante dos días consecutivos sendas actuaciones en una parroquia de Los Ángeles, acompañada de James Cleveland y The Southern California Community Choir. La cualidad participativa del góspel y su intensidad espiritual hacen que el público se involucre y emocione hasta rozar el delirio, algo que las cámaras captan de cerca. Amazing Grace logra la excelencia en lo musical, sin embargo, en términos cinematográficos no añade grandes virtudes.
El encargado de la grabación de las imágenes fue Sydney Pollack, un director por entonces de creciente prestigio pero sin experiencia en el documental. Tal vez esto justifique los problemas que impidieron el estreno de la película y la planificación algo pobre, sin hallazgos visuales. La iluminación general y directa no ayuda demasiado al buen acabado formal, además de la propia disposición del recinto donde se celebran los conciertos. Hay operadores repartidos con cámaras en mano de 16 mm. que filman a Aretha y al coro (los músicos apenas aparecen), y otros que retratan las reacciones del público, sin duda uno de los mayores alicientes del film. La comunicación que se establece entre la artista y la audiencia genera una atmósfera muy especial, acorde con la tradición del viejo góspel. Las cámaras están ahí para reflejarlo de una manera un tanto amateur, lo que hace fantasear en cómo hubiera sido el resultado de haber contado con un equipo más preparado y una producción más ambiciosa. De hecho, se aprecia una mejora de la calidad del material rodado en el segundo día respecto al primero, como si se hubieran solventado los inconvenientes surgidos en el inicio.
Puesto que Pollack no pudo participar en el montaje de Amazing Grace, nunca se podrá saber cómo era la película que él pretendía realizar, aunque su nombre figure en los créditos junto al de Allan Elliot. La responsabilidad del film recae sobre Jeff Buchanan, el montador que ha revivido el corpus cinematográfico de este documental que, aunque muestra decisiones discutibles (el recurso breve y arbitrario de la pantalla partida, sin continuidad con el conjunto del metraje), es capaz de erizar el vello del espectador más descreído. Porque aparte de las canciones, Amazing Grace contiene también alguna intervención desde el púlpito por parte de los varones influyentes en la sala, lo cual no aminora el hecho de que Aretha Franklin oficie la ceremonia con su milagrosa voz. Lady Soul celebra su fe y su negritud a corazón abierto, en un espectáculo capaz de conmover por igual a creyentes y ateos.

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VERACRUZ. 1954, Robert Aldrich

A principios de los años 50, Robert Aldrich era un director curtido en televisión que trataba de labrarse una carrera en el cine, hasta que captó el interés de Burt Lancaster. El actor se encontraba en plena ebullición y comenzaba a producir películas que le proporcionaban papeles de mayor exigencia dramática, como el de guerrero indio en Apache. Esta es la primera película en la que trabajaron juntos, seguida de Veracruz, estrenada con el reclamo de juntar a Lancaster con Gary Cooper, quien afrontaba la recta final de su carrera con el reconocimiento de la industria y el público. El resultado es un trepidante y ambicioso film que aporta una perspectiva histórica al western y que supone uno de los grandes títulos tanto del cineasta como de los intérpretes.
A partir de un libreto de Borden Chase, uno de los renovadores del género, Veracruz desarrolla la relación ambigua entre dos buscavidas norteamericanos que se embarcan en una peligrosa misión en tierras mexicanas, con el trasfondo del enfrentamiento entre los partidarios del líder indígena Benito Juárez y el ejército del emperador Maximiliano de Austria. Aldrich despliega su habitual energía en las escenas de combate, de gran dinamismo y complejidad técnica, con el mismo acierto que las secuencias de diálogo, llenas de ingenio y agudeza verbal. Además del western, la película se mueve con fluidez en la comedia, la aventura e incluso el noir, ya que la lucha por el poder entre los dos cabecillas se asemeja a la de unos gánsters de bandas rivales, sumando la presencia de una risueña femme fatale encarnada por Denise Darcel. También aparece Sara Montiel cubriendo la cuota racial y alegrando el conjunto, en compañía de un reparto que incluye nombres tan característicos como los de Ernest Borgnine, César Romero, Jack Elam o Charles Bronson, entre otros.
Por su parte, Robert Aldrich aúna el vigor de un director joven con la sabiduría de un veterano, haciendo uso de una planificación rica que se ve reforzada por la fotografía, la música y el montaje. Cada elemento está diseñado para hacer evolucionar a buen ritmo el engranaje de Veracruz, un fabuloso espectáculo repleto de diversión y emociones, cuya capacidad de fascinar permanece intacta a través de los años.
A continuación, una de las escenas más brillantes del film, explicada en su contexto histórico a través de ciertos clichés practicados por Hollywood en su incursión a otras culturas. Una breve reflexión sugestiva y didáctica:

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EL REY. "The King" 2017, Eugene Jarecki

Uno de los conceptos más arraigados en la cultura estadounidense es el conocido como sueño americano, esa idea algo cándida que se resume en que cualquier persona puede alcanzar sus ideales con voluntad y perseverancia. Bonitas palabras, fáciles de asimilar por una sociedad que siempre ha necesitado referentes que encarnen esta aspiración, figuras míticas como Elvis Presley. Su historia relata el devenir de un niño pobre que llegó a convertirse en la estrella más relumbrante de la música popular, con tal éxito que se permitió excentricidades como comprarse, en 1963, un Rolls-Royce Phantom. Sesenta años después, el documentalista Eugene Jarecki se sube al mismo automóvil con la misión de establecer una analogía entre la vida del Rey del Rock y la evolución de los Estados Unidos durante las últimas décadas. Esta premisa sirve para ilustrar las contradicciones del sueño americano en forma de parábola, siguiendo la estructura narrativa clásica del ascenso/caída/redención.
A través de un estilo muy dinámico que otorga gran importancia al montaje, Jarecki intercala el abundante material de archivo proveniente del cine, la televisión y los conciertos con imágenes nuevas, grabadas con esmero a largo de un recorrido que parte de Tupelo (localidad natal de Elvis) y finaliza en Graceland (la mansión situada en Misisipi donde falleció). El Rey se aparta de las convenciones del documental biográfico y mezcla la road movie con el ensayo sociopolítico, el espectáculo musical y la reflexión sobre el mundo del show business, todo ello bien batido y presentado bajo una producción muy cuidada que cuenta con nombres tan variopintos como Rosanne Cash o Steven Soderbergh.
La lista de quienes aportan su testimonio a la película también es amplia y diversa, con caras conocidas del panorama cinematográfico (Ethan Hawke, Alec Baldwin, Mike Myers, Ashton Kutcher), musical (Chuck D, Emmylou Harris), además de analistas políticos y personas anónimas que completan el mosaico de El Rey. Debido a que se trata de un documental itinerante, muchos de los que participan lo hacen montados en el coche o en las inmediaciones, alternando el formato de entrevista convencional con grabaciones más frescas e improvisadas. La habilidad de Eugene Jarecki consiste en dar forma al material acumulado con coherencia, reflexión y entretenimiento, tres palabras que definen bien el conjunto. En suma, un film que recorre el paisaje geográfico y humano del país que ha sido capaz de generar a Elvis Presley pero también a Donald Trump, dos modelos contrapuestos de seres hechos a sí mismos que materializan la cara y la cruz de esa extraña entelequia que es el sueño americano, a veces convertido en pesadilla.

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UTOYA. 22 DE JULIO. Erik Poppe, 2018

Habrá que ver si, dentro de unos años, se recuerda la época presente como aquella en la que las películas pugnaban por contener el plano secuencia más largo y complejo de los filmados hasta la fecha. Una competición razonable siempre y cuando la propia naturaleza del plano esté justificada, es decir, que tenga sentido narrativo y mejore la ficción. Algo que se cumple en Utoya. 22 de julio.
El título de la película hace referencia a la pequeña isla situada en el sur de Noruega y la fecha en la que sucedieron dos atentados terroristas que conmovieron al país. El primero fue en Oslo y tuvo como objetivo un distrito de edificios gubernamentales, dañados tras la explosión de la furgoneta bomba colocada por Anders Breivik, un fanático de extrema derecha que actuaba en solitario. Dos horas después, el mismo individuo llega a un campamento juvenil organizado por el partido laborista en Utoya. Allí ejecuta una masacre indiscriminada, disparando a todo lo que se mueve hasta que es detenido por la policía. El resultado son 77 víctimas, 99 heridos graves y más de 300 afectados por traumas psicológicos de consideración. Ambos ataques son retratados por el director Erik Poppe de diferente manera. En el primero se emplean grabaciones provenientes de distintas cámaras de seguridad, sin más intervención que la del montaje. Una escena que sirve como prólogo para lo que vendrá después, el segundo ataque descrito en un único plano secuencia, con actores que recrean los hechos en tiempo real a lo largo de los 72 angustiosos minutos que duró la matanza.
Dejando a un lado las consideraciones políticas y sociales que suscita el film, y centrando los argumentos en lo estrictamente cinematográfico, hay que destacar Utoya. 22 de julio por su valentía a la hora de asumir las dificultades tecnológicas y por la implicación de los actores que interpretan a unos personajes inspirados en personas de carne y hueso. Poppe elige a una de ellas como protagonista para que el espectador tenga con quien identificarse y sienta la empatía necesaria, una responsabilidad que asume la debutante Andrea Berntzen. La entrega y el esfuerzo realizados por la actriz resultan encomiables, de una credibilidad estremecedora. Al inicio del plano secuencia, ella entra en imagen y durante un par de segundos mira de frente a la cámara, un gesto que declara al público que en adelante compartirán el mismo punto de vista. Este instante de reconocimiento con la pantalla de por medio condiciona el resto del metraje, ya que la incertidumbre y los padecimientos de la joven serán vividos por la audiencia de forma directa y sin concesiones, lo que convierte la película en una experiencia de enorme intensidad. Basta mencionar que el asesino que provoca el terror no aparece más que unos pocos fotogramas en la distancia, aunque su presencia se siente en todo momento mediante el ruido de los disparos y el pánico que invade a los acampados.
El plano secuencia es la herramienta perfecta para transmitir la inmediatez y el verismo de la acción in situ, sin la intervención de los cortes y las elipsis del montaje. Por supuesto, hay un montaje interno que el director sabe planificar para que pase desapercibido y fluya de manera natural, validando que el propio recurso del plano secuencia no caiga en el artificio ni distraiga la atención de lo importante: mostrar el horror en su forma más primaria y la incomprensión que surge del odio ciego. Aquí no hay cortes disimulados como en Birdman o 1917, todo acontece tal y como se ve en la pantalla, una hazaña que Erik Poppe consigue completar gracias a su experiencia como corresponsal de guerra en zonas de conflicto. En este caso, el virtuosismo técnico y la magnífica fotografía cuya luz evoluciona al igual que la película, no están diseñados para proporcionar placer, ni siquiera a los cinéfilos.
Hay que advertir que Utoya. 22 de julio no se puede contemplar con distancia ni ver con pasividad. Es una película que se sufre y que proporciona una constante sensación de congoja que tampoco se amortigua con la llegada del final. Los créditos que cierran el film advierten del auge de los extremismos de derechas que amenazan a Europa, algo que podemos identificar todos en el entorno. Esa es la gran virtud de la película, vivir la tragedia como propia y no adoptar la postura condescendiente de quien abre un periódico o contempla con asepsia un noticiario. Por eso, Utoya. 22 de julio puede ser considerada la perfecta película de terror, y una de las más espeluznantes jamás filmadas.

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ANDREI RUBLEV. 1966, Andréi Tarkovski

A menudo se recurre a las metáforas para tratar de describir Andréi Rublev: catedral del cine, retablo medieval en movimiento, el Guerra y Paz cinematográfico... lo que demuestra la dificultad para abarcar la magnitud de la película en unas pocas palabras. Esto se debe a que el segundo largometraje de Andréi Tarkovski no admite lecturas simples y ofrece varias maneras de acercarse a ella, ya sea desde una perspectiva histórica como artística y espiritual. Incluso admite las interpretaciones biográficas respecto a la trayectoria del propio director, ya que Andrei Rublev expone estimulantes cuestiones en torno al compromiso y el oficio de la creación.
Tras la buena aceptación internacional de La infancia de Ivan, Tarkovski y Andréi Konchalovski se dedicaron a estudiar en profundidad las circunstancias que rodearon la vida y la obra del pintor de iconos que da título al film, con la intención de plasmar en un guion tanto sus conflictos íntimos como el contexto de la Rusia del siglo XV. El resultado es una narración fragmentada en siete capítulos, además de un prólogo y un epílogo, que abarca dos décadas en el devenir de Rublev. No se trata de una película biográfica porque el personaje aparece y desaparece del relato según se abre y se cierra el foco de interés, en un arco de amplitud que va desde las dudas morales del artista hasta episodios como la invasión del ejército tártaro a la ciudad de Vladímir. De hecho, en el séptimo episodio, el protagonismo se desplaza a un joven fundidor de campanas que incide en el cambio de actitud de Rublev, lo que refuerza la idea de gran fresco histórico o de mosaico que define el conjunto (de nuevo las metáforas). Los acontecimientos y los detalles se igualan en importancia y la figura de Rublev es, más bien, el vehículo de algunas de las obsesiones del director: la coherencia entre la acción y el pensamiento, la necesidad de mantener los principios, la mirada atenta de la naturaleza humana.
La cámara de Tarkovski refleja todos estos conceptos dueña de un estilo poderoso de gran riqueza visual, con imágenes que dan relevancia al movimiento, la composición y la profundidad. Los ejes horizontales y verticales que marcan las direcciones de los planos establecen relaciones espaciales que sitúan a los personajes en los escenarios, no buscando la funcionalidad, sino el tránsito emocional y el perfil psicológico a través de las conductas y los gestos. El director vuelve a contar con Vadim Yúsov en la fotografía, quien realiza un trabajo en blanco y negro matizado y pictórico, a la manera de los grabados de la época.
El influjo estético de Andréi Rublev se expande a lo largo del metraje no como una piel o una corteza embellecedora de la historia, ya que el lenguaje cinematográfico empleado por Tarkovski materializa las ideas contenidas en el texto de partida, en un afán por volver físico lo intelectual. Esta alquimia sucede, en buena parte, gracias a la labor de los actores, con especial responsabilidad del protagonista encarnado por Anatoly Solonitsyn. El intérprete ruso está muy bien acompañado por Nikolai Grinko, Nikolái Burliáyev, Irma Raush y un largo elenco de profesionales perfectamente ajustados a sus personajes.
Se podrían escribir libros completos desmenuzando las infinitas claves de Andréi Rublev, y en todos ellos siempre faltaría algo. Porque en esta y en posteriores películas de Tarkovski fluye un misterio imposible de aprehender, que escapa a la lógica y la razón y se adentra en ese terreno intangible que tiene que ver con el subconsciente, la creencia y los sueños (cada cual puede elegir el término que prefiera). Muchos espectadores recordarán las grandes escenas de masas, otros las tormentas existenciales de Rublev, y puede que otros el lenguaje hipnótico empleado por el director (recreado luego por cineastas como von Trier o Malick). Pero lo que prevalece en el público es la sensación de estar asistiendo a una obra innovadora y única, que permite vivir durante tres horas dentro de un universo en el que se confunden lo real y lo imaginado, lo individual y lo colectivo, lo divino y lo humano.

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EL PECADO DE CLUNY BROWN. "Cluny Brown" 1946, Ernst Lubitsch

Aunque no alcanza el grado de popularidad de otras comedias de Ernst Lubitsch, El pecado de Cluny Brown es un ejemplo perfecto de las virtudes del director en cuanto a narrativa y puesta en escena. Hay enredos sentimentales, diálogos ingeniosos, situaciones inesperadas y un buen número de personajes secundarios que alcanzan en importancia a los protagonistas. Al igual que sucede en otros títulos del autor, Cluny Brown esconde bajo su apariencia amable de comedia sofisticada un mordaz tratado sobre la lucha de sexos y de clases, con interpretaciones ajustadas y una producción cuidada al detalle. En definitiva, puro Lubitsch.
La película tiene asociada, además, una circunstancia que no se puede pasar por alto: se trata del último trabajo terminado por Lubitsch (después vino La dama del armiño, que completó Preminger cuando sobrevino la muerte del director). Por lo tanto, Cluny Brown tiene el honor de cerrar una filmografía brillante en plena madurez, bien es verdad que de manera fortuita, pero no por ello sin significado. En Cluny Brown resplandece el carácter libertario del director y su visión a la vez crítica y optimista de la vida, capaz de transmitir un entusiasmo contagioso.
Nada más comenzar el film, hay una escena de aire teatral en la que dos hombres de personalidades contrapuestas exponen sus respectivos problemas. Uno de ellos es el protagonista, magníficamente encarnado por Charles Boyer, cuya vida se transforma con la irrupción de la fontanera vocacional representada por Jennifer Jones. Una joven que se enfrenta a las desigualdades del entorno social con una mezcla de instinto y voluntad, ya que todos persisten en señalar el carril que debe seguir una chica de su condición. Todos menos su partenaire, claro está. Sin embargo, Cluny Brown es una historia de amor no correspondido, y esto hace que la película sea especial. Ella deja claro que él "no es su tipo", y ahí surge el conflicto que los protagonistas deberán salvar en adelante.
La acción se traslada de la ciudad de Londres a la campiña inglesa, lugares donde todavía se cita a Shakespeare y se invoca el orgullo del imperio británico, a pesar de que la II Guerra Mundial está llamando a las puertas. Una ocasión histórica que Lubitsch aprovecha para disparar su mirada incisiva y caricaturesca sobre todo lo que se mueve: ricos aburridos, idealistas de manual, aristócratas con nostalgia, sirvientes serviles, provincianos con ínfulas... y así hasta completar una fauna que resultaría espeluznante si no fuera tan divertida. No queda títere con cabeza salvo la pareja protagonista, protegida por ejercer la sana libertad de llevar la contraria y querer dar "ardillas a las nueces".
Lubitsch desarrolla cada momento con un prodigioso sentido del ritmo y una planificación fluida y elegante, que pone la misma atención a la evolución de los diálogos y a las acciones de los personajes. Como es habitual, Cluny Brown exhibe una inteligente puesta en escena que reviste las imágenes de ese clasicismo que nunca pasa de moda porque su función principal es respetar la trama. De técnica impecable y gran acabado formal, el film logra que el espectador se sienta inteligente, puesto que el argumento juega con la capacidad de sorpresa y anticipación que permite al público rellenar los huecos abiertos por las famosas elipsis, marca de la casa. La novela original de Margery Sharp luce bien en pantalla gracias al estupendo reparto de actores y al pulso del director, siempre bajo la denominación de ese milagro para el cine que fue el toque Lubitsch.
A continuación, un estupendo ejercicio de montaje realizado por Sandro Lecca en torno a otra de las constantes de Ernst Lubitsch, las puertas. Que lo disfruten:

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O QUE ARDE. 2019, Oliver Laxe

Oliver Laxe dirige su tercer largometraje en Galicia, cuna familiar y lugar propicio para que confluyan la ensoñación y la memoria. Dos conceptos hibridados en la literatura por autores como Wenceslao Fernández Florez o Álvaro Cunqueiro, y que asoman de cuando en cuando en el cine aprovechando la exuberancia del paisaje y las cualidades de la luz. Precisamente, O que arde comienza con una escena llena de misterio, casi una fantasmagoría: en plena noche, una cuadrilla de máquinas avanza a través de un bosque de eucaliptos mientras suena un aria de Händel y los árboles altísimos van cayendo. Uno de los vehículos se detiene ante un tronco seco que permanece en pie, una especie autóctona que ilustra la dicotomía entre tradición y modernidad, entre lo natural y lo provocado. Esta tensión recorre la película por medio de símbolos como el agua, el fuego o la vegetación, elementos que Laxe no emplea para encriptar el relato sino para hacerlo esencial y sublimar los detalles, a la manera en que lo hacen los poetas. Cuando Amador, el protagonista, desbloquea a mitad de película el fluir de un manantial, está tratando de hacer eso mismo con su vida, obstruida tras un periodo en la cárcel. El personaje ha obtenido la libertad y regresa a casa de su madre para reorganizar sus ideas, un retorno que ofrece paralelismos entre la ficción y la trayectoria de Oliver Laxe quien, después de haber localizado sus anteriores películas en el Magreb, filma por primera vez en los paisajes de su niñez. Esta circunstancia carga la mirada del director de intimidad y le confiere algo de periplo personal, de reconocimiento.
O que arde arroja una perspectiva lírica sobre la realidad de una época y una región. Los montes de Lugo son el escenario perfecto para las pasiones soterradas, que se vuelven ceniza al calor de los incendios. Hay otras amenazas como la expansión del turismo y ese pasado que siempre está ahí, en forma de ritos o de culpas aún por purgar. Laxe presenta los diferentes temas con el costumbrismo más cercano, pero también con la profundidad de un cineasta que ejercita su sentido plástico en busca de imágenes expresivas, compuestas con la intención de narrar más cosas de lo que parece a simple vista para apelar al subconsciente del espectador. Así, la soledad de Amador queda patente en muchos encuadres y en el montaje, los cuales le sitúan en los ángulos de la pantalla que denotan aislamiento y refuerzan esa mezcla de extrañeza y enigma que posee la película. Todo de modo sutil, sin subrayados ni artificios evidentes, y con la fotografía de Mauro Herce dotando a la historia de la atmósfera húmeda y gris que define el carácter de los personajes.
Las consideraciones filosóficas que suscita el film están unidas a las físicas, más prosaicas pero igual de importantes. Porque los personajes de O que arde están muchas veces en movimiento, recorriendo los escenarios y realizando distintas acciones. De hecho, la relación entre Amador y Benedicta, su madre, está marcada por los hábitos y los gestos en la mesa, en el campo, en las tareas cotidianas. También hay palabras, breves, y un sentido de la distancia que se materializa en los planos generales. Lo más destacable es la creación de un espacio donde conviven y se confrontan lo individual y lo colectivo, una región sin tiempo concreto ya que, aunque la historia que se narra está ambientada en la actualidad, bien podría haber sucedido hace décadas (es notable la ausencia de dispositivos móviles, y las únicas referencias contemporáneas son los vehículos y un noticiero que alude a un hecho ocurrido tiempo atrás).
Esta es la Galicia que retrata Oliver Laxe a través de una cámara que no toma partido ni juzga a los personajes, función que deposita en el público. Solamente al final, con la irrupción de las llamas, el punto de vista se introduce de lleno en la acción y la naturaleza se vuelve protagonista, incluso en su debacle. Porque uno de los temas principales es la transformación del entorno y la adaptación deseada por unos y despreciada por otros, el desajuste entre lo casual y lo causal. Hay mucho que desentrañar en O que arde, lo que no es necesario para verla pero tal vez sí para disfrutarla en toda su riqueza y complejidad. Se trata de cine adulto, contado como si fuera un cuento sencillo e insólito a la vez, un poema que el espectador exigente recibirá como un regalo.

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LOS MISERABLES. "Les misérables" 2019, Ladj Ly

En 2017, el director Ladj Ly filma en el barrio donde reside Los miserables, un cortometraje que le otorga notoriedad y cuyo título remite a la novela de Victor Hugo. No se trata de una adaptación, sino de una recreación de los planteamientos morales y los conflictos sociales puestos al día en los suburbios de París que inspiraron al escritor 150 años atrás. Tras la buena recepción de este temprano trabajo, Ly decide desarrollar la idea en un largometraje que se estrena dos años después, con los mismos actores e idénticas intenciones: denunciar la arbitrariedad con la que se aplica la ley y el orden en las zonas más vulnerables de la ciudad, las relaciones de poder y las desigualdades presentes en las distintas comunidades.
La película se inicia con una escena plena de entusiasmo y optimismo: la selección francesa de fútbol gana la Copa Mundial y todos lo celebran en la calle, sin que se muestre ni una sola imagen deportiva. En vez de acceder al estadio, la cámara se queda en la calle, en un bar donde los aficionados observan atentos el partido, antes de lanzarse a ese sucedáneo de revolución que son las algaradas de hinchas gritando eufóricos a lo largo de la Avenida de los Campos Elíseos. Sin embargo, la mayoría de esas personas no encontrarán más motivos de alegría cuando tomen el metro para desplazarse al extrarradio en el que habitan, en grandes bloques de hormigón construidos como colmenas para personas sin recursos. Allí sucederá el resto del metraje, lugar al que llega un nuevo agente de policía recién incorporado a una patrulla encargada de velar por la seguridad de la zona. La mirada del cabo Ruiz coincide con la del público, puesto que el núcleo de la acción reside en el contraste y la estupefacción que siente el personaje frente a la actitud de sus compañeros, dos profesionales curtidos que se mueven como sheriffs en una reserva india.
La máxima virtud de Los miserables es la verosimilitud con la que está narrada, por medio de una cámara a veces en movimiento y a veces estática, según lo requiere el relato, pero que siempre permanece atenta a los detalles. Tanto las interpretaciones de los actores como la fotografía y el diseño de sonido transmiten la naturalidad necesaria para que el espectador se adentre en la historia, sin artificios ni buscando el sensacionalismo de otros films de temática semejante. Al contrario, Ly aplica la contención y maneja el material sensible que tiene entre manos con cuidado y mesura. Se nota que conoce bien de lo que habla, que está familiarizado con esas calles y esas gentes que retrata sin condescendencia ni recurrir a los arquetipos de género. La película es un drama social con el tempo y la energía de un thriller, siempre en constante evolución y con diálogos extraídos de las propias aceras en las que acontecen los hechos. Por eso, el acierto de Los miserables consiste en actualizar las mismas reivindicaciones expresadas por Hugo con el lenguaje del presente y el clima generado por los acontecimientos actuales, como las protestas de los chalecos amarillos. Así, el agente Chris se presenta como la renovación cinematográfica del literario inspector Javert, y la inclusión en la trama de las nuevas tecnologías asociadas a las redes sociales y aparatos como el dron, dotan al conjunto de una inmediatez oportuna, casi urgente.
Hay que agradecer que el director no caiga en el adoctrinamiento ni en la moraleja fácil que, llegado el final, corresponde a Victor Hugo: "No hay malas hierbas ni hombres malos. Solo hay malos cultivadores". Precisamente, el hecho de que Ladj Ly deje el final más que abierto, inconcluso, obliga al espectador a adoptar sus propias resoluciones y a ampliar el foco de lo individual a lo colectivo, del protagonismo de los personajes principales a esa masa que puebla el barrio de Montfermeil la cual, ayer como hoy, es denominada Los miserables.

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SPAIN IN A DAY. 2016, Isabel Coixet

El proyecto Life in a day se inició en 2010 con un alcance global: consistía en que personas de todo el mundo grabasen el mismo día del año un vídeo que subirían a YouTube y que luego podría ser seleccionado para formar parte de un largometraje documental. El título de la película resultante ilustra la voluntad de retratar cómo es la vida en el planeta a través de la experiencia de personas comunes, quienes captaron lo que tenían alrededor y respondieron a las preguntas: ¿Qué amas? ¿A qué le temes? ¿Con qué sueñas? Una idea que ha sido reproducida después en diferentes países como el Reino Unido, Japón e Italia, esta vez tratando de abarcar el ámbito nacional para representar sus propias realidades sociales, económicas, políticas y culturales.
En 2015, Televisión Española se asocia con la productora que inauguró el proyecto (propiedad de Ridley Scott) y con Mediapro para dar luz verde a Spain in a day, la versión oriunda que reproduce el mismo modelo de sus antecesoras. Para ello se contrata a dos profesionales de primer nivel, Isabel Coixet en la dirección y Alberto Iglesias en la composición musical. El día elegido para las grabaciones de los participantes es el 24 de octubre, una fecha tan corriente y tan excepcional como cualquier otra. Son 24 horas en las que la gente nace, cumple años, se casa, viaja, sobrelleva la enfermedad... vive, al fin y al cabo. Todo ello y mucho más a lo largo de los más de 22.600 vídeos recibidos, lo cual exige una ardua labor de elección y montaje. La dificultad de Spain in a day reside en dar forma al ingente material acumulado, en vertebrar un discurso que cumpla con la finalidad del proyecto. La labor de Coixet y de su nutrido grupo de editores es, pues, encomiable, porque el resultado que arroja la película contiene emoción, reflexión, diversión y todo lo necesario para sintetizar, en apenas ochenta minutos de duración, la identidad de un país.
Para evitar el caos y la dispersión en el montaje, la estructura del documental se divide en bloques que siguen la continuidad temporal del día y en los que las personas responden a las cuestiones planteadas. Algunos de los participantes aparecen de forma alterna y otros encuentran su momento determinado, según el desarrollo de su vivencia. Entre medias hay secuencias de transición que sirven como separadores y que poseen una unidad temática: baile, deporte, transportes, celebraciones... lo cual ilustra las prácticas más habituales y completa el mosaico que supone el film.
En suma, Spain in a day es un experimento bien acabado que aúna instantes cuya importancia se adquiere en el conjunto. Esa es la virtud que define un buen collage, la capacidad de que los detalles obtengan trascendencia y, sobre todo, que ganen significado dentro de la totalidad de la película. La propia naturaleza del proyecto hará que Spain in a day se revalorice con el tiempo, a causa de su valor antropológico y de la captura de una época que tiene aquí un magnífico archivo de imágenes y un documento irremplazable.

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LARGO VIAJE HACIA LA NOCHE. "Di qiu zui hou de ye wan" 2018, Bi Gan

Una de las características clásicas de la crítica cinematográfica consiste en evaluar de manera estanca la narración y la forma de una película, el continente del contenido. Un recurso heredado de la crítica teatral y literaria del siglo XIX que, al principio, ayudó a los periodistas a asentar sus argumentos, pero que el tiempo va poniendo en entredicho porque el cine posee un lenguaje propio diferente al de otras disciplinas, además de una evolución compleja a lo largo de sus 125 años de vida. Hay títulos que parecen nacidos para cuestionar esta práctica, como Largo viaje hacia la noche.
El segundo largometraje de Bi Gan cuestiona esos supuestos límites que separan las imágenes de la ficción, convirtiendo la pantalla en un espacio donde se proyecta el pensamiento observador del público. No es un artificio retórico, sino una propuesta que aúna las miradas del director y del espectador para erigirse en el elemento principal del relato, hasta el punto de que los intrincados vericuetos del guion adoptan un papel secundario ante la propia experiencia del cine. Es algo parecido a lo que sucede con cierto tipo de poesía, que no busca ser descifrada a pesar de acumular símbolos y subtextos. Lo que pretende Largo viaje hacia la noche es generar un estado mental, una sensación que tiene que ver con la actitud de los personajes, la atmósfera, las decisiones estéticas... en resumen: con todos esos elementos que tradicionalmente envuelven la historia, pero que aquí son la historia.
Para lograr esta impresión, Bi Gan practica un estilo ausente de naturalidad, manierista y barroco, basado en explotar las posibilidades expresivas de la puesta en escena. La cámara asume entidad y compone los planos con refinamiento, otorgando gran importancia a los colores de la fotografía y a la profundidad de campo. Son encuadres casi siempre en movimiento, que se vertebran con fluidez en el montaje y que proporcionan un efecto alucinado, semejante a la hipnosis. De este modo se invita a participar al espectador, una invitación convertida en apelación en la segunda mitad del film, cuando el protagonista encarnado por Huang Jue se sienta en la butaca de un cine para ver la película Largo viaje hacia la noche. Es el metacine reforzado por la técnica, ya que lo que sigue a continuación es un plano secuencia de 50 minutos con elementos en 3D, filmado por tierra y por aire bajo la consigna del más difícil todavía. Una proeza que sitúa a Bi Gan entre los plusmarquistas del plano largo no por capricho, puesto que el sentido de este bloque aparentemente sin sentido es introducir el relato en el terreno de la ensoñación y la memoria, sin que exista diferencia entre ambos. No en vano, la película gira en torno a la frase que se pronuncia en uno de los diálogos: "Los sueños son recuerdos olvidados". Los personajes aportan otras claves que ayudan a descifrar las alegorías (el reloj como representación de la eternidad, la bengala como representación de lo transitorio), en un enigma constante que nunca llega a desvelarse del todo. En este sentido, el trabajo de Bi Gan se asemeja al de otros autores como David Lynch o Apichatpong Weerasethakul.
No conviene ahondar demasiado en los misterios de la película para no romper el hechizo desplegado en cada fotograma por Bi Gan, director chino llamado a agitar las aguas del panorama internacional como en su día hicieron Zhang Yimou o Wong Kar-wai. Largo viaje hacia la noche es un arrebato de cine puro, tan consciente de sí mismo que es fácil sentirse atrapado o repelido por sus elaboradísimas imágenes. Tal vez exijan predisposición, pero aquellos interesados en participar en su juego obtendrán a cambio una fascinación que no se encuentra fácilmente en las carteleras.

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MIENTRAS DURE LA GUERRA. 2019, Alejandro Amenábar

La trayectoria de Alejandro Amenábar contiene diversos ejemplos que ilustran las complejidades del oficio de cineasta: desde su inmediata coronación como niño prodigio y el idilio con la taquilla y los premios, hasta la posterior crisis creativa y el intento de desarrollar una carrera internacional, todo ello con éxitos tan contundentes como fracasos. Tras el resultado decepcionante de Regresión, Amenábar da un nuevo giro de timón y vuelve a filmar en su idioma natal después de quince años, relatando por primera vez un capítulo significativo de la historia de España. El escritor Miguel de Unamuno es la figura central de Mientras dure la guerra, que no es una biografía sino el relato de su toma de conciencia durante los días trágicos del ascenso de Franco al liderazgo del bando nacional.
La mayor parte de la acción sucede en Salamanca, en 1936. Los golpistas ganan posiciones frente al gobierno de la República y preparan la toma de Madrid, mientras instalan su cuartel de mando en la ciudad castellanoleonesa. Allí, el prestigioso literato ve cómo las personas de su alrededor son agraviadas y él mismo tendrá que tomar partido y replantearse sus convicciones ante el advenimiento de la barbarie, representada en la figura del generalísimo y de la corte de personajes que le rodean: Millán-Astray, los generales Mola y Cabanellas, Nicolás Franco... Mientras dure la guerra mantiene el afán por narrar unos acontecimientos reales bajo los estrictos códigos de la ficción, apelando a las emociones y los sentimientos. Como es habitual, Amenábar emplea un lenguaje visual que acude a referencias clásicas y contemporáneas provenientes de Hollywood, en especial al estilo de directores como Spielberg. La riqueza de la planificación, el dinamismo de la cámara y el montaje, la expresividad de la fotografía y el sonido, todos los elementos recrean el espíritu de un cine que tiende siempre al espectáculo. Aquí no hay engaños. Que los historiadores se relajen y que nadie busque una intención documental, porque lo que pretende Amenábar es construir un relato de buenos y malos a partir de hechos verídicos, una actitud que depara aciertos y desaciertos.
Las virtudes de la película se resumen en la capacidad de trasladar al gran público un episodio de hondo calado político y social, que a menudo se restringe al interés de los estudiosos y los aficionados. Mientras dure la guerra aspira a llegar al mayor número posible de espectadores, y para ello incurre en obviedades como un maniqueísmo de tintes caricaturescos (deliberado, pero que en ocasiones subraya demasiado) y en una simplificación de los planteamientos narrativos. Basta contemplar la escena alegórica del despertar de Unamuno, en la cual se cruzan los tiempos pasado y presente, una metáfora un tanto banal del despertar de su consciencia. Es la cara y la cruz de un film de técnica elaborada, que deposita en su extenso reparto muchos de los mejores momentos. En torno al protagonista encarnado por Karra Elejalde se congregan Eduard Fernández, Santi Prego, Tito Valverde, Patricia López Arnaiz, Luis Bermejo, Carlos Serrano-Clark... y muchos otros nombres que completan el paisaje humano de la película. Todos cumplen a la perfección con su cometido, teniendo en cuenta que lo que se busca en ellos es una representación estereotipada, y no un retrato fidedigno. La habilidad de Amenábar consiste en que esta decisión no suponga un defecto, teniendo en cuenta el material sensible que tiene entre manos.
La casualidad quiso que Mientras dure la guerra se estrenase a pocos días de que los restos del dictador fueran desahuciados de su mausoleo honorario, cuarenta y cinco años después del entierro, un suceso que coincide con el resurgir de la extrema derecha en el panorama político español y la polarización ideológica de los partidos aspirantes a gobernar. El séptimo largometraje de Alejandro Amenábar tiene el don de la oportunidad y, por lo tanto, no puede ser visto solo como una distracción con trasfondo histórico, sino como un recordatorio urgente del país del cual venimos y al que no debiéramos nunca regresar. El célebre discurso de Unamuno continúa vigente, así como el aviso de que la mediocridad y la incultura siguen siendo una amenaza todavía hoy. Es una lástima que las nobles intenciones del director no se traduzcan en la gran película que Mientras dure la guerra podía haber sido, si la voluntad de entretener no se hubiese impuesto a la de generar una reflexión colectiva.

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¿DÓNDE ESTÁ MI CUERPO? "J'ai perdu mon corps" 2019, Jérémy Clapin

Jérémy Clapin lleva quince años desarrollando un universo particular donde se mezclan lo excepcional y lo cotidiano, en cortometrajes de animación que han encontrado eco en los festivales. Su trabajo tiene un carácter artesano que emplea métodos digitales de manera sencilla pero muy original, las cuales conjugan a la perfección el lenguaje visual con el puramente narrativo. Dos categorías difíciles de disociar en su cine, puesto que una siempre define a la otra. En el terreno estético, los trabajos de Clapin nunca repiten el mismo estilo ni se acomodan a ninguna fórmula establecida. El director francés adapta los diseños de la animación a cada historia, en un camino que va ganando en realismo sin abandonar la economía de líneas y colores. En cambio, sus ficciones siempre resultan enigmáticas y fabuladoras, cubiertas por una melancolía insobornable.
Todos estos rasgos se aprecian en su primer largometraje y se acrecientan todavía más, hasta alcanzar la sofisticación. ¿Dónde está mi cuerpo? supone la quintaesencia de su director en un ejercicio de libertad que tiene pocas comparaciones, una ensoñación hecha película dotada de aliento lírico y de un profundo romanticismo. El guion, escrito por Clapin y Guillaume Laurant, alterna tres tiempos destinados a encontrarse: el pasado del protagonista (un niño que se queda huérfano), el presente del mismo personaje enamorado de una joven bibliotecaria, y el futuro de su mano cercenada tras un accidente. Cada una de las tres partes da sentido a las demás desde la perspectiva de la memoria, el deseo y la fantasía, respectivamente, generando atmósferas que congregan la intimidad y la acción en el espacio urbano de París. Entre medias hay una serie de elementos que se repiten: los animales e insectos (en especial la mosca), las referencias al Polo Norte, la importancia del sonido... son constantes que remarcan la estructura cíclica del relato.
La técnica de animación empleada por Clapin es de apariencia sobria pero muy eficaz en cuanto a planificación y montaje, lo cual aporta fluidez y refuerza la naturaleza propia del film, que no es otra que el movimiento. Los personajes están en un contante tránsito que parece responder al título en español, ¿Dónde está mi cuerpo?, una pregunta que va más allá de lo físico y está cargada del existencialismo propio de Jérémy Clapin. En sus imágenes se averiguan referencias a Gondry, Lynch, Buñuel y otros autores que, al igual que él, han hecho del cine el vehículo perfecto para expresar sus inquietudes y emociones. Hay que saludar esta película como lo que es: un poema hermoso y terrible sobre la soledad, concepto clave en la obra de Clapin, y de los esfuerzos del ser humano sino por superarla, al menos por asimilarla con cierta dignidad.
Buena prueba de todo esto se puede apreciar en el siguiente cortometraje de Clapin, Palmipedarium. Una genialidad del año 2012 que tiene como protagonista a la figura del inadaptado, tan característica en el cine del director. Que lo disfruten:
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GRACIAS A DIOS. "Grâce à Dieu" 2018, François Ozon

Algunos temas son tan dramáticos y escabrosos que corren el riesgo de espantar a la audiencia. Sin embargo, urge señalar su existencia para que sean denunciados, por mucho que puedan incomodar. Se trata de realidades dolorosas como los abusos sexuales a menores dentro de la iglesia, una cuestión que debe escapar del sensacionalismo y los golpes de efecto si pretende obtener el alcance suficiente para ejercer de acicate y revulsivo, algo a lo que aspira François Ozon con Gracias a Dios.
El director francés se basa en incidentes y personajes reales para desarrollar una historia que adopta tres puntos de vista, cada uno correspondiente a una víctima de la pederastia ejercida por un sacerdote de Lyon que abusó de ellos en el pasado. Los protagonistas han crecido y deciden asociarse para que se haga justicia, no solo contra el religioso sino también contra el entorno que le ha amparado a lo largo de los años. Este es el aspecto más original del film: la división en segmentos con distintas narrativas que se concatenan logrando la fluidez y la coherencia.
La primera parte es más intimista y adopta un diálogo epistolar, en el que predominan las voces en of y las secuencias de montaje. El personaje de Alexandre, interpretado por Melvil Poupaud, es el detonante de la acción y quien representa a la crítica interna, en su posición de creyente practicante que tradicionalmente se relaciona con el clero (la familia blanca y bien posicionada fiel a los dogmas). El perfil político viene encarnado en la segunda parte de mano de François, un activista a su pesar que cuenta con los rasgos del actor Denis Menochet y que ha sufrido, además, el silencio cómplice de sus familiares. La tercera parte tiene como figura central a Emmanuel, a quien da vida Swann Arlaud, un inadaptado que encuentra el cauce en su vida al conocer a los dos personajes anteriores y que personifica el vértice intelectual del triángulo, el pensamiento damnificado por el horror del verdugo con sotana.
Las tres partes de Gracias a Dios no son independientes entre sí, sino que se cruzan e intervienen unas en otras, completando la unidad del conjunto que sirve a Ozon para esgrimir un discurso poliédrico y que invita a reflexionar a diferentes estratos de la sociedad. El hecho de que se omitan las imágenes del delito (hay flashbacks que en lugar de mostrar, sugieren), hace que el propio espectador fabrique los recuerdos de los personajes a partir de lo que se verbaliza en los diálogos, lo cual le inmiscuye en el relato. Una decisión que resuelve con elegancia los aspectos más abruptos del film, y que legitima a Ozon para participar en el debate desde el presente. Hay otros títulos como Spotlight o El club que tratan de purgar viejas culpas y ajustar cuentas con el pasado, algo todavía pendiente en numerosos países de tradición católica. François Ozon extiende la acusación a la Iglesia encubridora que mira para otro lado, lo que sitúa la historia en la actualidad, y lo hace cuidando las formas y rodeándose de buenos técnicos y artistas.
La película está filmada con brío pero sin excesos, ajustando los encuadres a las intenciones que se persiguen en cada momento y la fotografía a las necesidades de la ficción. El reparto de actores, la música, el montaje... todo está calibrado con precisión, con el objeto de apelar a la conciencia del público desde la frialdad y la mesura que el tema requiere. De hecho, el guion introduce ciertas dosis de humor (como el diálogo en torno a la avioneta) para contrarrestar la amargura que desvela Gracias a Dios, una película que debería proyectarse en los seminarios y en los colegios con el fin de romper, de una vez por todas, la ley del silencio que hasta la fecha ha protegido esta lacra inexcusable.
A continuación, uno de los temas que integran la banda sonora compuesta por los hermanos Evgueni y Sacha Galperine. Relájense y disfruten:

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1917. Sam Mendes, 2019

Después de un periodo contratado para perpetuar la franquicia de James Bond, el director Sam Mendes regresa al cine de envergadura asumiendo un reto solo apto para virtuosos de la imagen. 1917 es una película de género bélico con la particularidad de que aparenta estar filmada en un único plano secuencia, un recurso expresivo que pone la técnica al servicio de la realidad y que involucra al espectador en lo que sucede en la pantalla. Mendes introduce algunas elipsis y varios cortes disimulados entre escena y escena, con la intención de que el público sienta el mismo peligro e inmediatez que los dos jóvenes soldados protagonistas, encargados de traspasar las líneas enemigas para cumplir una misión suicida. La acción se sitúa en tierras francesas durante la Primera Guerra Mundial, y describe el avance de la pareja de oficiales británicos a lo largo de varios kilómetros en los que arriesgarán sus vidas. Mendes consigue esquivar la apariencia de videojuego mediante una elaboradísima puesta en escena y una planificación milimétrica, en la que el lenguaje visual determina la ficción, influye en su desarrollo y no al contrario, como suele ser habitual en esta clase de films. 1917 es acción pura y sin destilar, llena de dramatismo, que no precisa de un argumento complejo porque su naturaleza es dinámica. Ya lo decía René Clair hace muchas décadas: la estética propia del cine es la del movimiento, algo que Sam Mendes lleva a su quintaesencia en este monumental ejercicio de narrativa cinematográfica.
Pero un estilo visual sofisticado no basta para afectar al público. El guion escrito por Sam Mendes y Krysty Wilson-Cairns alterna con eficacia la tensión y la distensión de las situaciones que se van sucediendo en las dos horas que dura el metraje, dosificando también el suspense, el horror y la épica. Tres conceptos que el compositor Thomas Newman refuerza a través de la música, parte fundamental de una banda sonora en la que los efectos ganan presencia frente a los diálogos. Ver y escuchar 1917 depara una experiencia intensa, a veces sobrecogedora, que señala lo terrible y absurdo del conflicto militar. Para ello, el director se rodea de grandes profesionales, algunos con los que ya ha trabajado antes. Es el caso de Roger Deakins, responsable de una impresionante fotografía en la que los cambios de luz son parte del relato, al igual que la profundidad de campo y el encuadre que ilustran la mirada del personaje principal, interpretado por George MacKay. El actor se entrega a fondo a las exigencias físicas del papel, el cual conjuga la entereza y la vulnerabilidad que permiten al público padecer sus mismas fatigas. Esta identificación comienza desde el primer instante y se mantiene hasta el final, ya que el rostro de MacKay abre la película y termina cerrándola en un plano muy semejante en la forma pero muy distinto en el significado, trazando así un círculo narrativo cuya máxima virtud no es reflejar el acontecimiento histórico, sino el cúmulo de miserias cotidianas que suponen una guerra. No en vano, Mendes dedica 1917 a su abuelo, combatiente que le contó las historias que dan origen al proyecto cuando el director era niño.
Poco más se puede añadir que no redunde en lo que muestran las imágenes de 1917. Un título que figura ya entre los grandes del cine bélico (antibelicistas por definición) y una prueba de fuerza por parte de Sam Mendes, cineasta que rinde aquí tributo a su oficio magnificando la cámara como un ojo siempre presente que observa, siente y respira al mismo tiempo que los protagonistas y el público.
A continuación, uno de los temas compuestos por Thomas Newman que suenan en el film. La música adecuada para transmitir in crescendo la epopeya que viven los personajes con envoltura y solemnidad. Relájense y disfruten:

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LET IT BE. 1970, Michael Lindsay-Hogg

La trayectoria de los Beatles transcurrió durante una década en la que participaron en cuatro largometrajes de cine, además de numerosas grabaciones de televisión. Sus películas iban del free cinema de A Hard day's night a la animación psicodélica de Yellow submarine, pasando por el delirio pop de Help! En 1970, la banda de Liverpool publica el álbum Let it be acompañado de un documental que recoge las sesiones de grabación, un proyecto impulsado por Paul McCartney en las horas más bajas del grupo, un año antes de disolverse, y que es capturado por las cámaras de Michael Lindsay-Hogg a lo largo de cincuenta y cinco horas de filmación. El director selecciona el material que da forma a una película de ochenta minutos, cuya distribución ha sido muy escasa debida a los reparos de los miembros supervivientes de la banda, quienes han expresado su disconformidad con el resultado que muestra la pantalla. El argumento oficial es que el montaje de Lindsay-Hogg es demasiado parcial y revela las desavenencias y tensiones que se viven en el estudio de grabación, rompiendo el ideal de camaradería y felicidad que identifica a los Beatles. Por lo tanto, sus admiradores han encontrado siempre dificultades para ver Let it be a causa de esa actitud paternalista que impide que los niños asistan a las discusiones de los mayores, no vayan a pensar que ya no se quieren.
En realidad, todo esto es producto de la mitología que despierta la banda. La película no contiene situaciones que no suelan formar parte de cualquier proceso creativo elaborado en equipo, más aún teniendo en cuenta la intensidad del tiempo compartido. La leyenda en torno a los Beatles ha impregnado Let it be de una connotación negativa que magnifica la disparidad entre Paul y George acerca de unos acordes de guitarra, por ejemplo, o la presencia contante en el estudio de Yoko Ono. Es bien sabido que los Beatles pasaban por entonces por momentos muy complicados, con deserciones temporales, falta de comunicación, lucha de egos, drogas... Son aspectos que estaban ahí, pero que apenas asoman en el film. Al contrario, predominan los momentos de cohesión, como la parte de jam session en la que interpretan un repertorio de canciones ajenas. Este segmento del film responde a la intención de recuperar la inmediatez y la naturalidad de los primeros tiempos, una idea verbalizada por McCartney en un par de ocasiones y que se concreta en la famosa actuación final en la azotea de los estudios Apple Corps. La primera mitad del Let it be presenta grabaciones, ensayos y esbozos del que será su siguiente disco, Abbey Road. Las circunstancias invirtieron el orden de publicación de estos dos trabajos e imprimieron en el subconsciente colectivo la sensación de que Let it be es un álbum de carácter casi fúnebre, el epitafio de una carrera genial.
Lo cierto es que ver hoy Let it be supone un placer inmenso para los seguidores de los Beatles y para cualquier aficionado a la música en general. La película está rodada con el estilo fly on the wall, es decir, sin que la acción se vea afectada por la presencia de las cámaras, que permanecen distantes en situación de testigos. Esto no permite alardes cinematográficos pero sí aporta verosimilitud y objetividad, dejando la asunción del punto de vista para la fase de montaje. Una técnica que aspira a la invisibilidad y que Lindsay-Hogg emplea aprovechando que existía cierta complicidad con los Beatles, ya que anteriormente habían trabajado juntos. Pero tras ver el documental es inevitable pensar en cómo sería el resultado de haber contado con otro director y otro montaje, una incógnita que al parecer tendrá pronto respuesta con motivo del 50 aniversario de Let it be. Será interesante comparar ambas películas y descubrir el nuevo material hasta ahora desconocido, algo semejante a la apertura de un tesoro enterrado durante medio siglo.
A continuación, una de las canciones incluidas en el largometraje, en directo para los viandantes de Londres desde la azotea de la calle Savile Row. Saquen el reclinatorio y suban el volumen:

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UN PEQUEÑO ROMANCE "A little romance" 1979, George Roy Hill

En la memoria del aficionado, George Roy Hill siempre ha figurado como el director de Dos hombres y un destino y El golpe. Pero más allá del éxito de estos dos títulos imperecederos, lo cierto es que la carrera del cineasta norteamericano está marcada por la irregularidad y por la búsqueda no siempre acertada de historias que aspiran a un público amplio. Buen ejemplo de ello es Un pequeño romance, película perteneciente a su última etapa y que se rueda en Europa a partir de una novela de Patrick Cauvin.
La acción principal se sitúa en París, ciudad donde se enamoran los jóvenes protagonistas. Él es un cinéfilo que proviene de una familia con apuros económicos, una versión de Antoine Doinel con el pelo rizado. Ella es una rica heredera interpretada por Diane Lane, en su primera aparición en la pantalla. El cuento se completa con la intervención de un viejo alcahuete que luce ademanes de lord y tiene los rasgos de Laurence Olivier, el cual induce a los muchachos a escaparse a Venecia para cumplir con una romántica tradición. Así leído, el argumento puede parecer de lo más edulcorado y sensible. Y en efecto, lo es. Pero Roy Hill no engaña a nadie, porque Un pequeño romance ofrece exactamente lo que promete: una fábula amorosa de carácter amable, diseñada para contentar a todos los espectadores sin escatimar en ternurismo (que no es lo mismo que ternura).
Aunque la fórmula se ha explotado numerosas veces y continúa vigente en películas como Moonrise Kingdom, lo cierto es que Un pequeño romance luce un estilo algo desfasado incluso para la época. Al contrario que Wes Anderson, Roy Hill ejerce como guardián de las tradiciones y se deja empapar por la nostalgia, con un humor muy blanco que desaprovecha algunas posibilidades del guion. Hay momentos divertidos y situaciones bien desarrolladas, pero en conjunto prevalece la sensación de haber llegado tarde. Puede que la misma propuesta del director realizada veinte años atrás hubiera devenido en una gran película, pero en pleno apogeo del nuevo Hollywood y con las carteleras ardiendo ante las irrupciones de Scorsese, Spielberg y Coppola, Un pequeño romance se antoja como un revival demasiado ingenuo en una industria que estaba reinventándose y buscando nuevas vías de expresión. George Roy Hill tampoco tiene reparos en mostrar aquí sus ideas (lanza dardos contra el cine de autor y alabanzas al cine clásico, representado en la figura de Broderick Crawford). Además, el director no demuestra complejos y se rinde homenaje a sí mismo, haciendo que el protagonista sienta fascinación por las películas de su autoría citadas al principio, sumadas a El carnaval de las águilas y a Robert Redford, uno de sus actores predilectos. Más que un caso de autoestima desmedida, parece el posicionamiento por parte de George Roy Hill dentro de un modo de hacer cine en pleno proceso de cambio.
A continuación, el tema principal de la banda sonora compuesta por Georges Delerue. La prueba de que la apasionada cinefilia del chico protagonista es también la del director, amante del cine europeo en general y del francés en particular. Relájense y disfruten:

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