SOBRE LO INFINITO. "Om det oändliga" 2019, Roy Andersson

Una noche de navidad en el interior de un bar. Suena un villancico mientras los clientes miran caer la nieve a través de los cristales, todos salvo uno, que bebe solitario en la barra. Alguien se expresa en voz alta: ¿No les parece fantástico? Todo es fantástico, al menos a mí me lo parece. Estas palabras definen el espíritu de Sobre lo infinito, el sexto largometraje de Roy Andersson que dirige nada menos que con 76 años. Su capacidad para hacer convivir en la pantalla lo sublime con lo insignificante sigue intacta, hasta el punto de que ambos extremos llegan a igualarse porque son representados de la misma manera. Da lo mismo que se trate de una pareja volando por el cielo que un conductor asomado al capó de su coche, cada momento adquiere el mismo grado de importancia en la película y es puesto en escena con el característico estilo desarrollado por el cineasta sueco a base de planos fijos, ángulos elevados de cámara y encuadres de influencia pictórica. En ellos, Andersson buscan la profundidad mediante composiciones muy elaboradas, en una sucesión de escenarios tamizados por luces diáfanas y tonalidades suaves de color. Es lo más parecido a contemplar una serie de estampas o fragmentos de algo que nunca se cuenta del todo, retazos de historias unidas por un carácter común que queda descrito en el título.

Esta estructura poliédrica semejante a un caleidoscopio de secuencias cuyo orden podría ser alterado sin afectar al total, hace pensar en un cine cubista, puesto que el detalle en sí mismo no cobra significancia hasta que se valora el conjunto. Las imágenes ideadas por Andersson con gran meticulosidad poseen su sello inconfundible, y así lo interpreta el director de fotografía con quien trabaja en cada ocasión. También los actores y el equipo técnico, todos a bordo del mismo barco capitaneado por Andersson, surcando aguas que ningún otro director ha explorado antes como él.

Lo absurdo y lo trágico, lo banal y lo reflexivo, lo hermoso y lo feo... son conceptos que se alternan en Sobre lo infinito y se mezclan generando una atmósfera muy particular que recuerda al teatro y, más que nunca, a la poesía. La voz en off de una mujer enuncia muchas de las situaciones como si fueran versos de un poema que se completa durante el metraje: vi a un hombre que quería sorprender a su esposa preparándole una buena cena, vi a un hombre con la cabeza en otro lugar, vi a un hombre que no confiaba en los bancos y guardaba sus ahorros bajo el colchón... son frases que se refieren en pasado a un relato en construcción y que emparenta Sobre lo infinito con la narración clásica fragmentada, a la manera de Las mil y una noches. Si es verdad como se ha dicho que este es el último film del director, será un magnífico broche de oro a una trayectoria fascinante y singular. Aunque Roy Andersson, ya se sabe, tiende al infinito.

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NARCISO NEGRO. "Black Narcissus" 1947, Michael Powell y Emeric Pressburger

En la década de los cuarenta, los cineastas Michael Powell y Emeric Pressburger unen sus talentos para desarrollar una serie de films que se caracterizan por su alta sofisticación e imaginería desbordante. Títulos imperecederos como A vida o muerteLas zapatillas rojas que escriben, dirigen y producen a través de The Archers, la productora que ellos mismos crean para salvaguardar su independencia y singular estilo.

Esta libertad permite que una película como Narciso negro pueda salir adelante. Tomando como base la novela homónima de Rumer Godden, los directores despliegan un portentoso ejercicio de manierismo que, lejos de resultar superficial, contiene poso dramático, emoción y contundentes lecciones de cine. La historia cuenta las dificultades de una congregación de monjas británicas a las que se les encomienda abrir un sanatorio y una escuela en un templo situado en las montañas del Himalaya. El inevitable choque cultural que se expone en el planteamiento irá derivando en la quiebra de las relaciones entre ellas y el influjo que ejerce un hombre nada piadoso que vive en las inmediaciones. Lo lógico sería que semejante argumento diese lugar a un melodrama romántico, sin embargo, Narciso negro es una película de suspense gobernada por pasiones contenidas que se desatan en la parte final. El primer acto incluso adopta la estructura de una epopeya clásica en la que las protagonistas son elegidas según sus cualidades antes de asumir la misión y marchar hacia lo desconocido. Esta capacidad de mezclar géneros (el clímax tiene mucho de terror y hay abundantes toques de comedia) convierte el visionado en un placer hipnótico al que es imposible sustraerse.

Lo más llamativo es ese atrevimiento tan propio de Powell y Pressburger que les induce a bordear el exceso en todo momento, sin miedo a que el gran guiñol que van construyendo se desmorone. No se trata de una película realista, al contrario. Los complicados planos abundan en angulaciones forzadas, trucos ópticos, maquetas, decorados suntuosos, movimientos de cámara que no buscan la funcionalidad sino la expresión de sentimientos... en suma, una acumulación de elementos que conforman un lenguaje cinematográfico plenamente consciente de sí mismo. Pero en vez de un defecto, este artificio supone el mayor aliciente de Narciso negro, ya que define su identidad y envuelve al espectador en una atmósfera sugerente y muy atractiva, gracias a la fotografía de Jack Cardiff. Las imágenes coloristas y el montaje de Reginald Mills logran crear un universo extraño y singular, que incide en el temperamento de los personajes.

Porque Narciso negro es una película de personajes, y la evolución de estos marca el devenir de la narración. El reparto elegido con sabiduría termina de redondear el conjunto, con Deborah Kerr a la cabeza, tan matizada y convincente como de costumbre. Le acompañan un buen número de actores provenientes en su mayoría del teatro, como David Farrar y una sorprendente Kathleen Byron, además del inevitable Sabu y una jovencísima Jean Simmons, quien se vale en exclusiva del lenguaje corporal para interpretar a su personaje, ya que no pronuncia palabra alguna... es una lástima que desaparezca en el segundo acto y sin motivo claro, lo que vuelve su presencia accesoria. El guion también adolece de alguna elipsis demasiado brusca (no se entiende que se omita la llegada de las monjas al templo) y de la pérdida de relevancia de ciertos personajes que en principio parecían tener más peso. Son leves imperfecciones que no aminoran la grandeza de Narciso negro, una obra única, arrebatada y sublime, que supone una de las cumbres en la filmografía de Michael Powell y Emeric Pressburger. Vista hoy continúa siendo moderna, ya que no pertenece a ninguna época. Era innovadora cuando se estrenó y lo será dentro de muchos años a causa de su prodigioso sentido visual (cuya huella se adivina en el cine de Scorsese, Winding Refn o Wes Anderson) y de su evidente falta de prejuicios, que hace que la película camine sobre el alambre y salga indemne de todos los riesgos.

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WEEKEND. 1967, Jean-Luc Godard

A mediados de los años sesenta, Jean-Luc Godard abandona los postulados de la nouvelle vague que él mismo ayudó a definir para iniciar una etapa de películas de contenido político con influencia maoísta. La experimentación que siempre ha estado presente en su cine se radicaliza y alcanza cotas inéditas desde la época del surrealismo, una de las mayores influencias de Weekend. De hecho, el metraje contiene alusiones directas a Breton y Buñuel, además de otras referencias a autores y personajes ficticios y reales. Todo bien destilado hasta obtener un Godard puro, esencial.

La voluntad del director por demoler las convenciones del lenguaje cinematográfico se encuentra en su plenitud, y no solo en términos formales. También se impone el afán por subvertir las leyes clásicas de la narración, mediante un argumento que juega con el simbolismo y que acelera o dilata la acción buscando efectos precisos. Porque la revolución que plantea Godard tiene un profundo calado intelectual que está lejos del pensamiento automático, encaja en un discurso de carácter filosófico, social e histórico acorde a los momentos previos a las revueltas de mayo del 68. Weekend es una película muy arraigada a su tiempo y así debe ser vista hoy.

El argumento describe la odisea a través de la campiña francesa de una pareja de burgueses que pretenden llegar a Oinville, donde viven los padres de ella, para reclamar la herencia que llevan tiempo esperando. El hecho de que los ancianos todavía vivan no es impedimento, puesto que existe el propósito de darles muerte si es necesario. La violencia es constante durante todo el trayecto. Desde antes incluso de comenzar el viaje hasta después de llegar al destino, los protagonistas interpretados por Mireille Darc y Jean Yanne se cruzan con multitud de personajes con los que confrontan haya o no motivo. Godard emplea la estructura de road movie para representar un mundo en descomposición y una crítica a la deshumanización de la sociedad embrutecida por el consumo. Los recursos utilizados por el autor para que el conjunto adopte hechuras de fábula moderna son el absurdo y la sátira, siempre llevados un paso más allá de lo que recomendaría la prudencia, hasta alcanzar un desenlace con connotaciones del teatro de la crueldad de Artaud.

Weekend está planteada como una sucesión de escenas (algunas de ellas convertidas en iconos, como el largo plano secuencia que recorre la carretera atascada por el tráfico), las cuales conforman un film-ensayo que admite diversos puntos de vista, todos ellos filtrados por el humor negro. Acaso sea el único remedio capaz de hacer digerible la bilis segregada por Godard, es el esperpento como antídoto para soportar el espanto que produce el sistema.

La transgresión se manifiesta también mediante imágenes y sonidos que a veces obstaculizan la percepción del mensaje (con contraluces, por ejemplo, o pasajes musicales que se solapan a los diálogos), y movimientos de cámara fluidos. Weekend supone la última colaboración de Godard con Raoul Coutard, su director de fotografía habitual durante los primeros años, quien saca el máximo provecho de la luz natural en exteriores. La música de Antoine Duhamel termina de redondear el conjunto, una diatriba contra ese supuesto progreso que trata de domesticar la conciencia de la ciudadanía pervertida por los ideales del dinero y el poder. El propio Godard parece hablar por boca de uno de los personajes episódicos que intervienen en la trama, un profeta impulsivo que sentencia: "He venido a anunciar a los tiempos modernos el fin de la era gramatical y el principio del flamígero en todos los campos, sobre todo en el cine."

A continuación, el trailer de Weekend elaborado por el director. Una pequeña pieza audiovisual que se olvida de los imperativos comerciales y propone un montaje disruptivo con más interrogantes que respuestas. Ya sea en grandes cucharadas o en pequeñas dosis, Godard siempre es Godard:

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WOLFWALKERS. 2020, Tomm Moore y Ross Stewart

Es muy probable que, en cualquier otra disciplina, Tomm Moore fuera considerado un genio. En apenas una década ha realizado tres largometrajes de animación que merecen los mayores elogios y ha pulido un estilo singular y reconocible, capaz de seducir al público de todas las edades. Son películas admiradas en los festivales más prestigiosos, que han sido elaboradas con métodos tradicionales en Irlanda, un país que Moore ha situado en el mapa del cine de animación a través del estudio Cartoon Saloon. Los títulos que salen de allí consiguen sorprender y suponen un logro que parece irrepetible, sin embargo, el estreno de cada nuevo trabajo eleva la cota de excelencia. Prueba de ello es Wolfwalkers.

En compañía de Ross Stewart, quien fuera director de arte de El secreto del libro de Kells, Moore se vuelve a sumergir en la mitología celta para retomar el imaginario argumental e iconográfico que ha nutrido sus anteriores films. Al igual que en La canción del mar, el guion de Will Collins parte de un drama familiar (la ausencia materna que marca la soledad de un padre y su hija) y de una amenaza que proviene del exterior y pone en riesgo la naturaleza. La confrontación de la realidad con el mundo imaginario hace que la heroína en cuestión, de nuevo una niña solitaria, refuerce su carácter y complete su madurez superando todos los peligros. Wolfwalkers adopta la estructura clásica del cuento para obtener un resultado siempre original lleno de inventiva, energía y dinamismo.

El director da continuidad a los aciertos de sus películas previas y añade la convivencia de dos modelos distintos de animación, uno para ilustrar el punto de vista de los humanos y otro de los lobos, lo cual hace que el conjunto sea más sofisticado si cabe. Moore y Stewart crean un espectáculo de imágenes fascinantes, con los habituales diseños geométricos y un empleo de los colores y la luz que puede dar una sensación de falsa sencillez, cuando en verdad se trata de un film muy complejo. Las imágenes poseen una belleza que se clava en las pupilas del espectador, gracias a la calidez de la técnica bidimensional de los dibujos (algo que se potencia, por ejemplo, dejando al descubierto las líneas de abocetado de las figuras). Cartoon Saloon mantienen la herencia de la animación artesana aplicada a las tecnologías modernas, lejos del 3D que ha ido uniformando buena parte de la producción mundial. Por eso, Wolfwalkers proporciona la emoción de estar ante una obra de arte llamada a perdurar en el tiempo, una película hermosísima que transmite lecciones humanas y ecológicas de gran valor.

A continuación, un breve vídeo que recorre los trabajos realizados por Cartoon Saloon durante los últimos años. Una muestra del alto nivel de exigencia de la compañía, capaz de aunar calidad, compromiso, entretenimiento... y que ojalá continúe creciendo en el futuro.

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SPIELBERG. 2017, Susan Lacy

Documental para la televisión producido por el canal HBO que dirige Susan Lacy, especialista en retratar el lado amable de figuras destacadas de la cultura popular. Como suele suceder en este tipo de formatos, el resultado no oculta su intención de ensalzar al personaje hasta el punto de bordear la hagiografía. Los escasos momentos que muestran las sombras sirven para ilustrar la superación que vendrá después, también en el caso de Spielberg, todo un panegírico en torno al célebre cineasta norteamericano.

Poco queda por decir de Steven Spielberg que no se haya explicado antes, salvo el material gráfico (fotografías, grabaciones de rodajes) que va saliendo a la luz en diferentes publicaciones y audiovisuales. Se trata, por lo tanto, de una película ideal para los neófitos que quieran entender la magnitud del director, y que apenas añadirá nada nuevo a sus seguidores. Y eso que la narración es prolija, son casi ciento cincuenta minutos de duración, aunque podrían ser muchos más dada la riqueza de contenidos que suscita la filmografía de Spielberg. No en vano es uno de los nombres fundamentales del cine de las últimas décadas y una gran influencia en todos los ámbitos, tanto a nivel artístico como industrial. Películas como Tiburón, E.T, la trilogía de Indiana Jones, La lista de Schindler... son revisadas en el transcurso del documental en relación al momento vital del director cuando las hizo.

Lacy hace hincapié en el aspecto personal, puesto que cuenta con el mismo Spielberg para conducir el relato. A través de sucesivas entrevistas en las que el protagonista habla en primera persona, se va estableciendo un nexo entre su vida y su obra, además de otras intervenciones de familiares y colegas de profesión que completan la polifonía de voces. El conjunto es rico en experiencias, sobre todo en lo que concierne al vínculo con el padre, aunque no resulta tan provechoso en lo estrictamente cinematográfico. Hay muchos temas por los que se pasa de puntillas (el fracaso de 1941, la labor de Spielberg como productor) o que se omiten sin motivo (el proyecto heredado de Kubrick para Inteligencia artificial, la tortuosa concepción del cuarto film de Indiana Jones), todo desarrollado en bloques correspondientes a la infancia, la familia, la ideología o la religión, entre otros.

En suma, Spielberg es una magnífica aproximación al que fue bautizado como Rey Midas de Hollywood. Un documental que se ve con agrado porque su narrativa fluye a lo largo del basto material que Susan Lacy tiene entre manos, con un montaje ágil y coherente, que convierte el resultado en una invitación para que los espectadores se animen a profundizar en la apasionante y apasionada trayectoria del director.

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NUNCA, CASI NUNCA, A VECES, SIEMPRE. "Never rarely sometimes always" 2020, Eliza Hittman

Tercer largometraje de Eliza Hittman, directora que refleja en su cine el lado íntimo de realidades sociales que suelen permanecer ocultas a los principales focos de interés. En el caso de Nunca, casi nunca, a veces, siempre aborda el tema de los embarazos de menores y las dificultades de su interrupción para determinados estratos de la población. La protagonista es Autumn, una joven que compagina sus estudios con el puesto de cajera en el supermercado de una pequeña localidad de Pensilvania. Un día descubre que está encinta y, ante el rechazo a asumir una maternidad no deseada, decide embarcarse en autobús hasta Nueva York en compañía de su prima para poner fin a su estado en una clínica donde no le pongan obstáculos. La película narra, por lo tanto, las adversidades a las que se ven sometidas las dos mujeres por cumplir su determinación en un entorno que las hostiga con múltiples formas de violencia.

Con semejante argumento, hubiera sido fácil incurrir en el melodrama sobrecargando los sentimientos para emocionar al público con recursos fáciles y llamativos, tal y como sucede en otras producciones que buscan remover las entrañas sin pudor. En lugar de eso, Hittman opta por un estilo seco y directo, cercano al documental, que no edulcora la situación ni tampoco la recrudece. Tanto la interpretación de las actrices como la puesta en escena aspiran a una verosimilitud libre de artificios, que logra transmitir cercanía. Si bien predominan los primeros planos que favorecen la empatía con los personajes, en general el tono mantiene la frialdad y la contención expresadas mediante la fotografía de Hélène Louvart, quien repite con la directora tras su anterior film.

No es casualidad que la mayoría del equipo esté integrado por mujeres. Se trata de una película feminista nada condescendiente con las protagonistas, encarnadas por Sidney Flanigan y Talia Ryderpor, ambas extraordinarias debutantes capaces de hacer creíbles cada palabra y cada mirada de sus personajes. Basta contemplar la escena que da título a la película para sentirse sobrecogido: un diálogo que muestra a una sola de las interlocutoras en plano fijo, ejemplo de la importancia que da Eliza Hittman al punto de vista. El montaje está lleno de detalles y gestos en apariencia intrascendentes que dicen mucho (la mano de un extraño que requiere atención durante el viaje, las marcas de los tirantes de un sujetador...) lo cual introduce al espectador en el mundo interior de Autumn y Skylar. No es un mundo en el que todo queda bien explicado, al contrario. La meticulosidad con la que Hittman sigue el proceso médico contrasta con la escasez de información en otros terrenos (las relaciones familiares, los antecedentes de las dos chicas), lo que obliga al espectador a participar en la narración y a rellenar los huecos y los silencios que se dejan premeditadamente.

En definitiva, Nunca, casi nunca, a veces, siempre es el ejemplo perfecto de cómo hacer cine político sin caer en el panfleto y de cómo practicar la militancia sin pancartas. Sin duda, la manera más eficaz de contar una historia al mismo tiempo que se agita la conciencia y se llega al corazón de los problemas.

A continuación, uno de los temas compuestos por Julia Holter para la banda sonora. Música minimalista con gran capacidad para sugerir atmósferas que flota sobre las teclas del piano. Relájense y disfruten:

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JUDAS Y EL MESÍAS NEGRO. "Judas and the black messiah" 2021, Shaka King

Después de unos años trabajando para la televisión, Shaka King dirige su segundo largometraje respaldado por un gran estudio y con más medios que los que contó en Newlyweeds, su film de debut. Ahora afronta una película ambientada a finales de los sesenta, poblada por múltiples personajes en escenarios variados y que denota ambición ya desde el título: Judas y el mesías negro. Las connotaciones bíblicas no son gratuitas, ya que lo que cuenta es la historia de un maleante que es captado por el FBI para introducirse en las filas de las Panteras Negras y vigilar desde dentro los pasos de Fred Hampton, su carismático líder. El guion desarrolla los conflictos morales del protagonista, obligado a ejercer de chivato para eludir una condena, en contraste con la rigidez que define a la organización en una época marcada por la paranoia anticomunista y la lucha por los derechos civiles.

Consiste, por lo tanto, en una trama clásica de película de infiltrados que encuentra legitimidad en las circunstancias reales en las que se inspira. Tanto los personajes como las situaciones poseen referentes verídicos, e incluso se introducen en el montaje algunos momentos de la entrevista realizada a Bill O'Neal, el soplón en quien se basa el protagonista. Sin embargo, King no aspira a dotar la película de un tono documental ni a recrear los hechos con exactitud. Más bien se trata de convertirlos en material para elaborar una ficción destinada a entretener al público con los conflictos de lealtad y traición propios del drama tradicional, aligerados con elementos de thriller y comedia. Aunque pueda parecer oportunista porque el estreno de Judas y el mesías negro coincide con el debate actual en torno a la brutalidad policial que sufre la comunidad negra en los Estados Unidos y la reivindicación de la igualdad en todos los ámbitos de la sociedad, lo cierto es que Shaka King reparte las culpas en ambos bandos del extremismo político: la militancia comunista que esgrimía sus argumentos empuñando armas y los gobernantes conservadores que hacían la guerra sucia desde las cloacas del poder. La película adopta el punto de vista de los primeros, desnivelando la identificación hacia quien ejerce la función de mesías y es capaz de conducir a su rebaño mediante arengas que solo un buen actor puede representar. Este es Daniel Kaluuya, intérprete inspirado y preciso, cuyo trabajo engrandece el conjunto. Sus compañeros de reparto consiguen estar a la altura, con especial mención para la actriz Dominique Fishback y el siempre eficaz Jesse Plemons.

Dado que una producción del calibre de Judas y el mesías negro aspira a alcanzar un público extenso, el director opta por un lenguaje visual muy dinámico que toma protagonismo en la narración, hasta el punto de que hay momentos en los que la estética se impone al relato. El guion pierde cierta contundencia en la segunda parte del film, pero el interés no decae gracias al ritmo y la planificación desarrollados por King. Hay escenas que concentran habilidosos movimientos de cámara, un montaje eficaz e ingeniosas elipsis que atrapan al espectador hasta la llegada del desenlace, acorde a los sucesos reales, menos memorables de lo esperado. Todo bien envuelto en la fotografía tenebrista de Sean Bobbitt, cuyas imágenes dan identidad al conjunto.

En definitiva, Judas y el mesías negro es la reválida que necesitaba Shaka King para ser tenido en cuenta como cineasta. Una película que mezcla la emoción con el apunte histórico (aparece Edgar Hoover, encarnado bajo capas de maquillaje por Martin Sheen) y que se sumerge en un tema pocas veces explorado en la pantalla: la breve pero intensa trayectoria de las Panteras Negras.

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MES PETITES AMOUREUSES. 1974, Jean Eustache

Uno de los temas fundamentales en la obra de Jean Eustache es el sexo. Ya desde el principio, el director francés explora el combate entre la atracción de los cuerpos y las convenciones sociales, la manera en cómo el deseo y su cohibición afectan a las relaciones de género en épocas determinadas. Eustache trata estas cuestiones tanto en documentales como en películas de ficción, aunque debido a su temprana muerte, de las últimas solo llega a estrenar dos largometrajes. El primero es La mamá y la puta, con el que obtiene un inesperado reconocimiento en el festival de Cannes de 1973 que le permite realizar al año siguiente una película con mayor holgura económica: Mes petites amoureuses.

Si bien el cine de Eustache posee siempre un acercamiento a la realidad y un contenido autobiográfico que oscila en cada proyecto, en el caso de Mes petites amoureuses echa la vista atrás y recurre a sus experiencias de juventud. El director mezcla en el guion sus recuerdos de muchacho provinciano y su descubrimiento de la vida en la ciudad, asociada al despertar de los sentimientos, con invenciones que pretenden reflejar el desconcierto propio de la adolescencia y las dificultades de encajar en el mundo adulto. Al igual que en tantos otros ejemplos de la cinematografía gala (Truffaut, Malle, Carné), Eustache practica el relato iniciático adoptando una estructura por episodios. Las piezas que completan el mosaico ilustran las andanzas de Daniel, interpretado por el debutante Martin Loeb, a la búsqueda de afectos que alivien la rutina impuesta por los mayores. Además de los asuntos amorosos, Eustache cuenta las jerarquías de poder que se establecen en los entornos familiares y laborales. La mirada atenta y sigilosa con la que el protagonista asiste a los hechos que le rodean es la del propio director quien, al contrario que en su anterior trabajo, en Mes petites amoureuses prefiere la acción al verbo y relega los diálogos en favor de situaciones muy visuales y del contante desplazamiento de los personajes. Predominan las escenas en las que Daniel avanza a pie o en bicicleta, o en las que observa el caminar de otras personas, preferentemente mujeres... hay auténticas filigranas, como el travelling que persigue el reflejo de la chica en las ventanas del bar. Es cine en movimiento, que sustituye las palabras por el avance físico de las figuras en el encuadre.

Otro cambio respecto a La mamá y la puta es la fotografía en color, elaborada con maestría por Néstor Almendros. Las imágenes de Mes petites amoureuses transpiran naturalismo a través de la luz y los colores, recreando una época imprecisa del pasado con ciertos elementos contemporáneos en el ambiente y la caracterización. De este modo, Eustache retrata una juventud sin nostalgias, poco idílica y que expone algunas debilidades de la condición humana (la incomunicación, la desigualdad) huyendo de lo altisonante y desde la intimidad. Este sustantivo define bien el conjunto. Todas las películas de Jean Eustache son muy personales, pero en Mes petites amoureuses realiza un ejercicio de introspección en el que la cámara y el montaje emplean un lenguaje más estilizado que en el resto de su obra y la puesta en escena se articula en torno a la mirada del protagonista. En ocasiones, el director elude el contraplano para que el punto de vista de Daniel coincida con el del espectador, creando una identificación directa en la pantalla.

El hecho de no incluir apenas música y de que las actuaciones de los actores sean tan contenidas, incide en el propósito de esquivar el artificio por parte de Eustache. Su aspiración en transmitir verdad sin ser totalmente realista, y conducir al público a reflexiones y sensaciones que nunca resultan fáciles, porque la vida tampoco lo es. Un cineasta con estas intenciones hubiera merecido mejor suerte, igual que una película como Mes petites amoureuses debe ser restablecida del olvido.

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NO DIRECTION HOME: BOB DYLAN. 2005, Martin Scorsese

Primero de los dos documentales dirigidos por Martin Scorsese en los que narra la etapa inicial de Bob Dylan, desde su infancia hasta la puesta en marcha de la gira Rolling Thunder Revue. Tres décadas decisivas en la formación de un artista capital del siglo XX, que siempre ha hecho esfuerzos por resultar esquivo y por cubrir su mito de brumas y contradicciones. La habilidad de Scorsese consiste en ordenar los acontecimientos y arrojar luz mediante una narrativa certera y prolija.

No direction home se extiende a lo largo de doscientos minutos en los que se intercalan declaraciones de numerosos compañeros de viaje (Joan Baez, Dave Van Ronk, Pete Seger, Allen Ginsberg...) cuyas palabras completan el relato del propio Dylan, locuaz y extrañamente sincero. La camaradería que se establece entre el músico y el cineasta es fundamental para que la película adquiera legitimidad y no termine incurriendo en el consabido panegírico. Scorsese logra que el resultado resulte creíble gracias al buen manejo del ingente material de archivo, con hallazgos nunca vistos antes, mezclado con las entrevistas. El conjunto transmite la imagen de un mosaico rico y complejo en el que el verbo y la música se complementan con gran fluidez, todo bien vertebrado por David Tedeschi, montador habitual de Scorsese en proyectos televisivos y documentales.

La película comienza y termina con la famosa interpretación de Like a rolling stone en el teatro Free Trade Hall de Manchester, el 17 de mayo de 1966. Un momento trascendental en la historia del rock, cuando Dylan fue increpado por abandonar los postulados del folk para electrificar su sonido y conducir su mensaje por caminos diferentes. Este incidente (que se repitió en numerosos conciertos) sirve a Scorsese para establecer una doble línea narrativa basada en dos mutaciones: la del pueblerino imberbe Robert Allen Zimmerman en Bob Dylan, nuevo profeta de la progresía musical en Nueva York, y la de su posterior reinvención como icono rockero junto a los futuros integrantes de The Band. Ambas facetas se cruzan a lo largo del film, lo cual puede despistar a ciertos espectadores que no estén familiarizados con lo sucedido. El resto del público tiene el disfrute garantizado, porque nunca antes se había contado la odisea iniciática del cantautor con tanto detalle y sentido de la fabulación.

Martin Scorsese recrea la figura del protagonista con concisión, ritmo y perspectiva histórica. Tres ingredientes que convierten No direction home en un documental imprescindible no solo para los seguidores de Dylan, sino también para todos aquellos que se quieran asomar a las turbulencias culturales del siglo pasado y a los interesados en los procesos creativos que atraviesa un artista para hacer evolucionar su obra. En suma: una película fascinante a la altura de una personalidad fascinante.

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FRANCES HA. 2012, Noah Baumbach

Después de haber trabajado juntos en Greenberg, el director Noah Baumbach y la actriz Greta Gerwig vuelven a colaborar de manera más intensa en Frances Ha, cuyo guion está escrito por ambos. De hecho, la película es una celebración en torno a la figura de Gerwig, a su manera de expresarse y llenar la pantalla con su personaje. No es fácil encontrar una identificación tan poderosa como la que aquí sucede entre una criatura de ficción y otra de carne y hueso, se trata de una afinidad lo suficientemente fuerte para arrastrar la película entera y llevarla hasta donde ella quiere de la mano de Baumbach. Ese lugar es la ciudad de Nueva York vista con una mirada que rinde tributo a cineastas independientes norteamericanos (en especial a John Cassavetes) y franceses (Leos Carax, con la recreación de una escena icónica de Mauvais sang). Pero sobre todo, Baumbach hace un sentido homenaje a la nouvelle vague recuperando el espíritu libre y transgresor de aquel cine filmado en escenarios naturales, en blanco y negro y con música de Georges Deleure. No es casualidad que la banda sonora de Frances Ha incluya composiciones de títulos dirigidos por Truffaut y Godard.

El argumento narra las aventuras y desventuras de la chica que da nombre al film, una mujer cercana a los treinta que trata de sacar adelante su vida entre trabajos eventuales, habitaciones de alquiler, pequeñas alegrías e ilusiones frustradas. Ante todo, Frances Ha es la historia de una amistad en paisajes urbanos, la de Frances y Sophie, destinadas a encontrarse por encima de las adversidades. La persistencia de esta relación (que ellas definen como la de un matrimonio, con mucha conversación y sin sexo), conduce la película a lo largo de numerosos escenarios y secuencias de montaje elaboradas por Baumbach con brillantez.

El director despliega un habilidoso don para el naturalismo que hace que los sentimientos de la protagonista resulten reconocibles y cada momento se suceda con ritmo y fluidez, empleando para ello recursos visuales (el jump cut en montaje, por ejemplo) o verbales, mediante diálogos ingeniosos. Frances Ha es una película gozosa y estimulante gracias, entre otros motivos, al conjunto humano que la puebla. Alrededor de la presencia constante de Greta Gerwig gravita la de Mickey Sumner, Adam Driver y muchos otros nombres que completan el reparto, la mayoría de ellos desconocidos pero muy eficaces.

En suma, Frances Ha supone uno de los máximos aciertos en la carrera de Noah Baumbach. Pertenece al tipo de películas que hacen reposar todo el peso sobre el personaje principal, un ser tan común y tan excepcional como cualquier otro, capaz de quedarse a vivir en la memoria del espectador durante largo tiempo. Semejante proeza solo esta al alcance de los cineastas dotados: Baumbach y Gerwig lo son.

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FIRST COW. 2019, Kelly Reichardt

De manera discreta y perseverante, Kelly Reichardt ha ido desarrollando una filmografía al margen de los grandes estudios con títulos que observan la condición humana desde una perspectiva íntima de idealismo contenido. First cow es el séptimo largometraje de la directora y el que le proporciona relevancia internacional, sin abandonar las señas de identidad de sus anteriores trabajos. Al igual que en Old joy, vuelve a retratar una relación de amistad entre dos hombres. También regresa a la época de los pioneros de Meek's cutoff y, como sucede varias veces en su obra, el argumento sucede en el estado de Oregón. Estos y otros puntos en común dan idea de la coherencia del cine de Reichardt y del afán por mantener un estilo de tintes naturalistas.

Ella y Jonathan Raymond, su guionista habitual, adaptan la novela escrita por este último, una historia enmarcada en las primeras comunidades de colonos blancos que empezaron a poblar el Este de los Estados Unidos en el siglo XIX. Allí subsiste un cocinero que trata de encontrar su futuro en compañía de un inmigrante chino, con quien emprende un negocio que les obligará a transgredir la ley para prosperar. First cow es una parábola que expone conflictos éticos en medio de un territorio hostil donde cunde la desigualdad, circunstancia que Reichardt aprovecha para señalar realidades que continúan vigentes todavía hoy (la mala distribución de la riqueza, las dificultades de los desfavorecidos para medrar, el agotamiento de los recursos naturales). Todo ello sin emplear sermones ni lecciones paternalistas, desde la serenidad y la economía de medios.

La directora se toma el tiempo necesario para desarrollar la trama, deteniéndose en los detalles. Así, las acciones cobran importancia: cocinar, cortar leña, zurcir un calcetín... es la contemplación de lo cotidiano como parte del paisaje, fundamental en First cow. El entorno fluvial adquiere protagonismo desde la primera escena, cuando una joven anónima del presente se topa con los restos de quienes serán los personajes principales interpretados por John Magaro y Orion Lee. Este prólogo se convierte en premonición y marca el destino trágico de los dos amigos. Aún así, la película contiene momentos de comedia que aligeran el drama y un aire de fábula que no incurre en la gratuidad de sentimientos y conserva la austeridad hasta el último fotograma.

El carácter de cuento realista que imprime Reichardt se materializa en encuadres precisos compuestos en formato de 4/3 y una fotografía granulada obra de Christopher Blauvelt, colaborador frecuente de la directora. Las imágenes de tonalidades frías y apagadas de First cow transmiten la humedad del lugar y cierta atmósfera de melancolía que aleja el conjunto de los cánones clásicos del western. Predominan los planos fijos y la sencillez formal, lo cual no equivale a simplicidad. Kelly Reichardt es concisa en el lenguaje cinematográfico que emplea para contar la historia, evitando los alardes innecesarios y cualquier elemento que distraiga la atención de lo esencial. Que no es otra cosa que la evolución de los personajes, dando prioridad al trabajo de los actores. Después de ver First cow, resulta muy difícil olvidar el gesto cargado de autenticidad de John Magaro, la voz de Orion Lee, los ademanes de Toby Jones... en suma, el valioso contenido humano que atesora el film y que lo hace merecedor de ser tenido en cuenta.

A continuación, uno de los temas compuestos por William Tyler para la banda sonora. El músico de Nashville encuentra en los escenarios rurales de la película el recipiente perfecto para verter sus evocaciones sonoras en modo acústico y eléctrico. Relájense y disfruten:

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SOUL. 2020, Pete Docter y Kemp Powers

Aunque las grandes compañías como Disney y Pixar tienden a diluir la autoría de los directores en favor de proyectos de marca que siguen una línea en común, de vez en cuando surgen nombres cuyos méritos son reconocibles. Pete Docter es uno de ellos, ya que se encuentra detrás de algunos de los títulos más notables de Pixar: Monstruos S.AUp y Del revés. Lo que une a estas tres películas es su afán por abordar cuestiones delicadas que suelen rehuir la mayoría de las producciones orientadas al público familiar (los miedos infantiles, la viudedad, las contradicciones de la personalidad) para presentarlas de manera atractiva, como también sucede en Soul.

Otra semejanza entre Soul y Del revés es la creación de universos que ilustran cuestiones complejas del ser humano como son el alma (en el primer caso) y los sentimientos (en el segundo). Son representaciones de estética amable y muy cuidada que tratan de materializar en la pantalla conceptos de naturaleza espiritual y trascendente, dándoles accesibilidad mediante historias con moraleja. El protagonista de Soul es un profesor de música que por fin ve cumplirse su sueño de entrar a formar parte de un prestigioso cuarteto de jazz, justo cuando fallece de manera repentina. No es habitual que el personaje principal de un film de animación se muera en el planteamiento, y menos aún que su misión sea volver a recuperar la forma corpórea al tiempo que se relaciona con otras almas y seres abstractos del más allá. Pete Docter y Kemp Powers logran no solo evitar la sensiblería y la ampulosidad que suelen padecer esta clase de relatos, sino que lo dotan de un humor muy vitalista, valga la paradoja.

La película insiste en el recurso cómico del gag que comienza en el presente y se completa en el pasado, a modo de chiste retroactivo, propio del medio audiovisual (muy empleado en la serie de televisión Los Simpson). Es un efecto que acelera el ritmo ya de por sí bastante rápido, puesto que las escenas se suceden bien trenzadas unas con otras sin que el conjunto acuse la abundante carga de información que, no obstante, puede despistar a los espectadores más jóvenes. Soul pertenece a la categoría de películas que tal vez conecte mejor con los adultos, lo cual no aminora su capacidad de fascinar a todos por igual gracias al acabado visual y a la técnica impecable que lucen las imágenes. Pixar sigue siendo un referente en cuanto al diseño de la animación y, sobre todo, a su aplicación narrativa para hacer que la historia crezca hasta límites pocas veces vistos antes. Soul es un magnífico ejemplo que supone, además, un emocionante homenaje al mundo de la música en general y del jazz en particular.

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INVASORES DE MARTE. "Invaders from Mars" 1953, William Cameron Menzies

Todo un clásico de la ciencia ficción de serie B, dirigido por el especialista William Cameron Menzies. Se trata del último título del cineasta norteamericano, quien ha pasado a la historia por su labor como decorador y diseñador de producción, un oficio que él ayudó a consolidar tanto en sus propias películas como en las que trabajó para los grandes estudios. El mérito de Invasores de Marte consiste en desarrollar este talento para la escenografía con un presupuesto ajustado, empleando la imaginación y los efectos especiales artesanales.

El guion narra una invasión alienígena en un pequeño pueblo de los Estados Unidos donde los vecinos son persuadidos por oscuras fuerzas capaces de doblegar sus mentes. El primero en darse cuenta es un niño aficionado a la astrología que tratará con esfuerzo de convencer a los adultos del peligro que les amenaza. Es en esta parte inicial cuando la película muestra sus mayores virtudes, tanto en el desarrollo de la acción como en la atmósfera tensa que despliegan las imágenes bellamente fotografiadas en color. El asedio que sufre el chico se transmite al espectador mediante la inclusión en el montaje de primeros planos de los humanos bajo el influjo extraterrestre, lo cual proporciona los mejores momentos del film.

Es una lástima que todos estos logros se desperdicien en la segunda parte, con la pérdida de protagonismo del niño y la irrupción del ejército en la trama. Cameron Menzies se dedica a filmar el despliegue de las fuerzas armadas que acuden a socorrer a la población con largas escenas de paradas militares y toma de posiciones que interrumpen el ritmo hasta entonces trepidante. A partir de aquí, los personajes se vuelven intrascendentes y la modestia de la producción se empieza a percibir como un lastre y no como una oportunidad para el ingenio. El desenlace de Invasores de Marte acumula generosas dosis de humor no intencionado, ya que los marcianos abandonan la forma humana y dejan de inspirar temor para resultar ridículos en sus caracterizaciones. La pobreza de medios se refleja también en los decorados y en la constante repetición de planos para alimentar el montaje. Solo la condescendencia del público perdonará estas debilidades a cambio de disfrutar del encanto y la ingenuidad que transmite el conjunto.

No en vano, Invasores de Marte ha alcanzado la categoría de icono de ese tipo de cine que pretende deslumbrar con pocos recursos, a fuerza de buscar soluciones formales creativas. En este sentido cabe destacar las secuencias en la comisaría, un escenario desnudo con paneles claros y diáfanos en los que intervienen unos pocos elementos de mobiliario para significar el espacio... y que consiguen una gran fuerza expresiva gracias al minimalismo. El decorado más recordado es el de la pequeña colina donde se producen las desapariciones, de una teatralidad tan evidente que encaja muy bien con la mirada infantil del protagonista. En suma, son aciertos que corresponden a William Cameron Menzies y que dan relieve a esta película irregular y deliciosa, no tan memorable como se anuncia en el primer acto pero capaz de conceder un placer despreocupado y ligero.

A continuación, el tema principal de la película compuesto por Raoul Kraushaar. La emoción y el misterio conducen la partitura en la que los coros manifiestan la presencia marciana. Relájense y disfruten:

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EL ÚLTIMO VALS. "The last waltz" 1978, Martin Scorsese

Una película que comienza advirtiendo que debe escucharse a todo volumen, garantiza sin duda momentos de gran emoción. Este es el principal ingrediente de El último vals, película en la que Martin Scorsese recoge los conciertos de despedida de The Band en compañía de ilustres invitados como Neil Young, Muddy Waters, Eric Clapton, Van Morrison o Joni Mitchell, entre otros. Un acontecimiento musical al que Scorsese sabe dotar de identidad cinematográfica, para que no se trate solo de la grabación de un concierto. Es mucho más, ya que supone el retrato de una generación de artistas que se despiden de una época gloriosa antes del cambio de paradigma de los ochenta.

Unos años después de haber pertenecido al amplio equipo de montaje del film Woodstock, Scorsese inicia una trayectoria en el documental en paralelo a sus películas de ficción que le permite desarrollar en la pantalla su pasión por la música retratando a Bob Dylan, George Harrison o los Rolling Stones. El primero de estos trabajos es El último vals, el cual se integra dentro de la modalidad de actuaciones filmadas con intervenciones a cámara de los artistas entre canción y canción. Ambas partes se complementan con naturalidad en una estructura que contiene la poderosa energía de la música en directo y la información que proporcionan los integrantes de The Band, tan cercana que en ocasiones adopta la categoría de confesión. El propio Scorsese realiza las entrevistas y sabe crear el ambiente adecuado para que los músicos se sientan cómodos, teniendo en cuenta que se encontraban al borde de la disolución. Tal vez porque eran conscientes de que se trataba de sus últimos momentos tocando juntos, la película adquiere una relevancia difícil de igualar, unida a la majestuosidad del evento.

La escenografía remite a un elegante salón donde se oficia la ceremonia de despedida de una de las grandes formaciones de su tiempo, con una iluminación que favorece la calidad cinematográfica, al contrario de lo que suele suceder en otros documentales semejantes. No en vano, la dirección de fotografía está en manos de profesionales del calibre de Michael Chapman, László Kovács y Vilmos Zsigmond, además de otros nombres que completan una producción muy ambiciosa para los cánones empleados hasta entonces. El resultado no desmerece en absoluto, y todavía hoy sigue sorprendiendo por el acabado técnico tanto de la imagen como del sonido y por la precisión narrativa de Scorsese. El espectador no necesita ser admirador de The Band para sentirse concernido por lo que muestra El último vals, un ejercicio virtuoso de cine que se hermana con el rock para ofrecer un espectáculo contundente, gozoso y que constata, además, que no hay nada como un director melómano para fijar en los fotogramas de una película la magia y el misterio inasible que posee la música en vivo.

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SALVAJE INOCENCIA. "Sauvage innocence" 2001, Philippe Garrel

Algunas películas de Philippe Garrel transmiten la sensación de viajar en el tiempo y asistir al cine de otra época, cuando directores como Jean Eustache y Éric Rohmer empleaban el naturalismo como fuente de modernidad y método de exploración. Las semejanzas no son solo estéticas sino también de planteamientos, puesto que Salvaje inocencia captura los gestos cotidianos de personajes que viven dentro de una fábula, en este caso con reminiscencias del mito de Orfeo.

Como sucede en otros títulos de Garrel, la historia está ambientada en el mundo del cine. El director habla de lo que conoce: los límites entre la realidad y la ficción, y la complejidad de los sentimientos. Pero en este periodo de su carrera lo hace con una sencillez extrema y una depuración que se puede confundir con dejadez, si bien es verdad que responde a un ejercicio de síntesis que elimina los elementos accesorios del relato.

El guion describe los esfuerzos de un director de cine por llevar a cabo una película en contra de la droga. Su propósito proviene de la pérdida de su pareja a causa de una sobredosis, circunstancia que pretende llevar a la pantalla con la financiación de un moderno Mefistófeles en forma de empresario envuelto en negocios oscuros. Garrel desarrolla la trama con su habitual estilo contenido que mantiene siempre la distancia y parece no intervenir en la narración. En realidad, la omisión de un punto de vista determinado supone también un punto de vista que se suele denominar neutro, el cual posee intenciones menos evidentes de lo común pero que están ahí, agazapadas bajo imágenes que rechazan el ornamento. Para un público desprevenido se podría confundir con cine de la contemplación, cine equidistante. Pero con poco que se observe, es fácil darse cuenta de que detrás de los tiempos muertos y los silencios hay una voluntad clara por parte del director de asentar la ficción sobre una base de cotidianidad que hace que la película sea verosímil, cercana y carezca de los ataduras de las producciones convencionales.

La puesta en escena y la interpretación de los actores debutantes Mehdi Belhaj Kacem y Julia Faure contribuyen a fijar el tono general de austeridad, con abundantes planos cortos que invitan a descubrir la psicología de los personajes o retratan sus acciones de manera a veces funcional. Tanto Garrel como su equipo son conscientes de que cargar con sentimentalismos una historia ya de por sí dramática hubiera diluido la vocación honesta del film, y aunque Salvaje inocencia en ocasiones pueda incurrir en cierta ingenuidad, forma parte del conjunto: lo que aquí se propone es un cuento frío en blanco y negro, una parábola de final amargo. Es difícil tratar cuestiones humanas de manera simple como lo hace Philippe Garrel.

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DAVID LYNCH: THE ART LIFE. 2016, Rick Barnes, Jon Nguyen y Olivia Neergaard-Holm

Si en las últimas décadas hay un director con derecho a ostentar la condición de autor, es sin duda David Lynch. Sus películas son de inmediato reconocibles en la forma y tienen el mérito de haber universalizado un discurso alejado de las convenciones, que tiene poco que ver con el cine predominante y se aproxima a la vanguardia y la experimentación. Así lleva siendo desde sus primeros cortometrajes, pero ¿cómo era Lynch en su juventud, antes de adoptar la cámara como herramienta de expresión? El documental David Lynch: The art life responde a esta pregunta y permite al espectador asomarse al complejo universo del cineasta norteamericano.

Rick Barnes y Jon Nguyen asumen la tarea de retratar el proceso creativo y las ideas de Lynch, con la decisiva aportación de Olivia Neergaard-Holm, quien se encarga de montar el film. Los tres realizan una labor encomiable al lograr que Lynch resulte cercano sin difuminar su misterio, ya que a menudo la aureola mística que ha envuelto al personaje ha ocultado a la persona, proyectando su figura como una prolongación de su cine. Lo que revela este documental es a un artista veterano con plena conciencia de su trabajo y dueño de un discurso lúcido y sereno, que él mismo expone a modo de temprana autobiografía. Las anécdotas familiares se intercalan con los recuerdos de infancia, mucho más plácidos de lo esperado, las frustrantes experiencias como estudiante y su primer matrimonio, hasta el momento en el que obtiene una beca del American Film Institute. El relato termina antes del estreno de Cabeza borradora y su irrupción en la industria del cine, algo que hoy solo parece posible en aquellos lejanos años setenta.

Teniendo en cuenta que la primera vocación de Lynch fue la pintura y que nunca ha dejado de practicarla, hay que advertir que el contenido del documental gira en torno a la obra plástica del director, más que a la cinematográfica. Esta ocupa solo la última parte, lo cual hace que el conjunto gane valor por su originalidad. La película ofrece un amplio catálogo de cuadros que se complementan bien con los títulos que Lynch ha realizado para la pantalla, un arte desarrollado en dos soportes que dialogan entre ellos y comparten la misma búsqueda de las aristas y las sombras del ser humano. David Lynch: The art life muestra al protagonista en el estudio de su casa pintando, reflexionando y fumando. Un septuagenario en paz consigo mismo que regala al público su memoria y sus reflexiones, ambas con interés suficiente para convocar a los seguidores. Pero no solo a ellos. También puede mantener la atención de los aficionados al arte moderno y los procesos artísticos, puesto que se trata de un documental narrado con pulso, bien estructurado, muy cuidado en el aspecto sonoro y visual y con un montaje brillante. En suma: buen cine para hablar de un buen cineasta.

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EL PADRE. "The father" 2020, Florian Zeller

Tras el éxito obtenido con la obra de teatro El padre, es el propio autor Florian Zeller quien se encarga de llevarla al cine con la ayuda de Christopher Hampton en la escritura del guion. El reto cobra relevancia porque se trata del debut en la dirección del dramaturgo francés y por la particularidad narrativa del proyecto, ya que muestra el punto de vista de un hombre en el deterioro de sus facultades mentales. No es fácil contar en primera persona la historia de una enfermedad sin caer en el melodrama plañidero ni en el patetismo, algo que Zeller consigue esquivar sosteniendo el film sobre tres pilares: la construcción dramática, los actores y la escenografía.

Del primer aspecto cabe destacar el transcurso de la acción, con elementos que se van tergiversando según involuciona la memoria del protagonista. Los rostros a su alrededor se confunden en un ingenioso juego de montaje en el que se repiten escenas y frases de diálogo, sumando variaciones que añaden confusión al padre encarnado por Anthony Hopkins. Los intérpretes aportan un enorme valor al resultado, manteniendo el tono preciso entre la emoción y la credibilidad. El octogenario actor aparece acompañado por Olivia Colman, Imogen Poots, Rufus Sewell, Olivia Williams y Mark Gatiss, todos matizados y convincentes. El escenario donde convive el elenco está en continua transformación, es un espacio cambiante que mantiene, no obstante, el orden arquitectónico con mobiliario, atrezzo y otros detalles que van adaptando su forma y colores al desarrollo de la trama. Esto obliga al espectador a enfrentarse a las mismas sensaciones que experimenta el padre, en un ejercicio de empatía que unifica los recursos del teatro y el cine.

En resumen, Zeller consigue trasladar las virtudes del texto original del escenario a la pantalla, logrando una película sorprendente y virtuosa, casi un truco de prestidigitación. ¿Por qué, sin embargo, el resultado no termina de alcanzar la excelencia? El problema es que la genialidad que exhibe El padre es demasiado evidente y en la primera mitad ya ha agotado sus posibilidades, incurriendo en la reiteración. Una vez que se aprecia el complejo armazón narrativo que sustenta el conjunto, parece como si Zeller se regodeara en sus aciertos e insistiese en prolongarlos hasta completar la duración estándar de la película. Tal vez sea una actitud premeditada que tiene como objeto introducir al público en la misma sensación repetitiva que vive el personaje principal... o tal vez no. En cualquier caso, es justo valorar la opera prima de Florian Zeller por sus evidentes aciertos, aunque el subrayado de los mismos sea también su debilidad.



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EL AGENTE TOPO. 2020, Maite Alberdi

Siempre es espinoso tratar el tema de la vejez en el cine, ya que cae con demasiada facilidad en la sensiblería y la condescendencia. La directora Maite Alberdi lo ha abordado con anterioridad en La once y en el cortometraje Yo no soy de aquí, el cual coincide con El agente topo en situar la acción en una residencia de ancianos. Este último título mezcla el documental con la ficción mediante un género tan pautado como es la comedia de espías, un divertido híbrido no exento de emoción y de crítica al abandono que sufren los mayores por parte de sus familias. El resultado es una película insólita que tiene el valor de lo universal y que encuentra el equilibrio preciso entre la ligereza y la profundidad, gracias al punto de visto adoptado por Alberdi y a la elección del personaje protagonista: un octogenario que acaba de enviudar y busca estímulos ingresando en un asilo para cumplir una misión de vigilancia.

El inicio de El agente topo sigue los tópicos de las películas de espionaje, con la exposición de los hechos y la encomienda que el héroe debe llevar a cabo. Poco a poco, la realidad se va imponiendo sin abandonar nunca ciertos clichés (los cachivaches tecnológicos, los informes secretos) hasta desembocar en la denuncia de la situación que viven muchas personas de la tercera edad, aparcadas durante el fin de sus días a la espera de visitas familiares cada vez menos frecuentes. Se trata de una acusación sin acritud, puesto que el tono que emplea Alberdi es casi siempre amable y está iluminado con claridad por Pablo Valdés, su fiel director de fotografía.

Aunque el trasfondo es realista, El agente topo está narrada con una estética y una planificación que aluden en todo momento al cine de género. Como es habitual, Maite Alberdi emplea un estilo depurado y una técnica impecable en la que los elementos que articulan el lenguaje cinematográfico (la música, el montaje) se aproximan al de cualquier título de ficción. De la misma manera, la directora obtiene reacciones de los personajes que bien se podrían confundir con interpretaciones de actores profesionales, lo cual a veces otorga al conjunto cierta sensación de artificio que, lejos de ser un problema, supone el atractivo del film. Este juego entre realidad y simulación permite que un asunto que en principio podría parecer ingrato, termine amplificando las intenciones de El agente topo y obteniendo un alcance mucho más amplio.

A continuación pueden ver Yo no soy de aquí, el cortometraje de 2016 en el que Maite Alberdi anticipa algunos de los aciertos que desarrollará después en El agente topo. Relájense y disfruten:

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LAS TRES CARAS DEL MIEDO. "I tre volti della paura" 1963, Mario Bava

A partir de los años cincuenta abundan en Italia las películas de episodios, formadas por pequeños segmentos que mantienen algún elemento en común. Una tendencia a la que no se sustrae casi ningún director, incluido Mario Bava, quien filma Las tres caras del miedo adaptando cuentos de Ivan Chekhov, Alekséi Tolstói y Guy de Maupassant. Aquí la constante es el terror y el suspense, un terreno que el director conoce a la perfección y que desarrolla en formato breve con su personal estilo.

La película comienza con una introducción por parte de Boris Karloff, maestro de ceremonias y a la vez intérprete del episodio central. Al contrario de lo que suele suceder con este tipo de films compilatorios, en Las tres caras del miedo no se acusa irregularidad ni descompensación: las tres partes resultan eficaces, equilibradas y con capacidad de sobra para hacer las delicias del aficionado al género. Bava exhibe su dominio de la puesta en escena recurriendo a algunos tópicos de la imaginería gótica (caserones decadentes, bosques lúgubres, damas en apuros) que el director italiano representa con su característico empleo del color y las sombras. La película hace gala de un artificio deliberado que encaja bien con el espíritu de las historias, una ausencia de naturalismo que se manifiesta en el uso de la cámara (con abundantes movimientos y zooms) y en un epílogo que desvela los trucajes empleados por el equipo de filmación. Es verdad que, en ocasiones, estas simulaciones se antojan demasiado evidentes (el cadáver del tercer relato) pero en conjunto se alcanza una atmósfera irreal y una tendencia al guiñol que hacen que el visionado sea muy disfrutable.

Si bien las películas de Mario Bava se desarrollan en metrajes escuetos y con presupuestos modestos, Las tres caras del miedo posee la habilidad del director para manejarse en la narración corta con personajes que no precisan de un tratamiento exhaustivo y finales que se quedan abiertos, buscando la implicación del público. Bava ofrece aquí tres dosis de su talento para generar tensión en uno de los títulos destacados de su etapa más creativa. En suma, una apuesta segura para los amantes del horror clásico.

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RELÁMPAGO SOBRE AGUA. "Lightning over water" 1980, Wim Wenders

La trayectoria de Wim Wenders durante los años setenta y ochenta le confirma como uno de los autores europeos más destacados, gracias al reconocimiento obtenido por la crítica y los festivales. Sus películas de aquel periodo son inconformistas y plantean un diálogo constante en torno a la naturaleza del cine, con una mirada muy personal que explora las posibilidades del lenguaje y cuestiona las convenciones que afectan a ciertos géneros. Esto se aprecia con claridad en Relámpago sobre agua, un réquiem consagrado a la figura de Nicholas Ray, a quien había incluido en el reparto de su film anterior, El amigo americano.

Wenders rinde tributo al viejo maestro no desde la pleitesía, sino con una honestidad y un naturalismo que a veces resultan casi dolorosos. El cáncer ha sentenciado los últimos días de Ray, retratado en la intimidad de su loft en el Soho junto a su esposa Susan y su discípulo Tom Farrell, que realiza grabaciones en vídeo a modo de diario. Algunas de estas imágenes se incluyen en el montaje aportando diferentes texturas y una nueva dimensión que tiene que ver con el tema de la película: la convivencia entre el cine y la realidad, la invención y la vida. También entre las personas y los personajes, ya que los participantes se interpretan a sí mismos confundiendo los términos del documental y la ficción. Estas dicotomías invitan a la reflexión y sitúan Relámpago sobre agua en la categoría de ensayo cinematográfico, lo cual no excluye la emoción, puesto que la relación entre Wenders y Ray está cargada de humanidad y representa el encuentro de dos maneras de vivir el cine: una que se encuentra al final del camino y otra que tiene mucho por recorrer, si bien las dos comparten una actitud de modernidad y rebeldía.

Las imágenes de calidad amateur se intercalan con las trabajadas por Edward Lachman, director de fotografía capaz de imprimir belleza y cercanía mediante recursos visuales como la luz y el color. Relámpago sobre agua luce un aspecto sugerente que captura la atmósfera del Nueva York de la época en distintos tramos del año, ofreciendo una meditación acerca del tiempo que queda impresa en los surcos del rostro de Ray y en el contraste con la juventud que le rodea. El ayer y el hoy representados en las escenas de Hombres errantesNunca volveremos a casa, dos títulos de Ray que aparecen en la película y que no están elegidos por azar.

Es emotivo que Wim Wenders haya querido incluir el nombre de Nicholas Ray tanto en la dirección como en el guion de Relámpago sobre agua. El homenaje más sincero posible a un cineasta por el que resulta fácil sentir admiración y al que aquí se mira de frente, sin fanfarrias ni pedestales. Este motivo sería suficiente para tener en cuenta la película, aparte de sus cualidades narrativas y cinematográficas. Algunas son evidentes y quedan impresas en la pantalla, pero otras son invisibles y entran en el terreno de lo trascendente, dejando destellos de magia entre los fotogramas que el espectador receptivo sabrá interpretar. Para él ha sido elaborada esta película estremecedora.

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