EL DIABLO ENTRE LAS PIERNAS. 2019, Arturo Ripstein

Podría parecer una ironía que El diablo entre las piernas, la última película de Arturo Ripstein, comience al ritmo de Falling in love again. Una antigua canción inmortalizada por Marlene Dietrich que habla de los amores reverdecidos y las atracciones físicas que no caducan con los años. Sin embargo, la película muestra a una pareja madura que vive en tensión constante, con maltrato psicológico y verbal ejercido por él, personaje sin nombre. Ella, en cambio, se llama Beatriz. Esta diferencia marca el posicionamiento de Ripstein y de la guionista Paz Alicia Garciadiego respecto a los protagonistas, sin llegar nunca a las obviedades en las que suelen incurrir los dramas de matrimonios agrietados. Nada es fácil en esta película: ambos se quieren a su manera, ambos intercambian los papeles de víctima y verdugo con ellos mismos y con otras dos mujeres que intervienen en la narración, ambos se buscan por caminos equivocados.

Después de seis décadas, el director mexicano sigue fiel a su universo abigarrado y oscuro, lejos del romanticismo convencional. Incluso se diría que cada vez más, puesto que sus últimos tres títulos están fotografiados en blanco y negro por Alejandro Cantú. Las imágenes de El diablo entre las piernas inciden en el carácter turbulento de los personajes y en la densidad de la historia, que transcurre en mayor parte en un desvencijado caserón, tal y como es habitual en el cine de Ripstein. Su gusto por los espacios cerrados y los microcosmos hace que la película adopte al inicio cierto aire teatral que poco a poco se va disipando gracias a los movimientos de cámara, con largos planos secuencia que siguen los movimientos de los actores, y a un sentido de la elipsis que envuelve al espectador en un tiempo incesante pero angosto. La atmósfera que respira el film es tan esencial como la propia historia, no se entiende la una sin la otra. El decorado, el vestuario, la disposición de cada elemento en el encuadre... todo remarca el ambiente opresivo y simbólico en el que habitan los personajes. Valga como ejemplo la pista de baile donde Beatriz acude a escondidas a practicar el tango: del techo cuelgan tiras plateadas que pretenden adornar pero, en realidad, lo que consiguen es ocultar acciones detrás de una cortina brillante en la que ella busca recuperar su feminidad. Estos y otros detalles escriben el subtexto de la trama y contribuyen a crear la sensación de ocultación y de incertidumbre que define el conjunto, con un desenlace que remite a Buñuel, antiguo mentor de Ripstein.

Además de los aciertos técnicos y del lenguaje cinematográfico pleno de expresividad que domina el director, hay que remarcar la importancia de los actores. Sylvia Pasquel y Alejandro Suárez hacen suyos dos papeles exigentes y complejos, que ambos resuelven con entrega. Un compromiso compartido por Greta Cervantes, Daniel Giménez Cacho y Patricia Reyes Spíndola, quienes ya habían trabajado con anterioridad para Ripstein, en especial la última. Un elenco perfecto capaz de decir con verdad los diálogos de Garciadiego, que sobre el papel son muy poco naturalistas... el lirismo tremebundo de las conversaciones entre los personajes obliga a los intérpretes a redoblar los esfuerzos para que cada palabra y cada inflexión de la voz suene verdadera, algo que alcanzan con mucho oficio. Sobre ellos reposa finalmente el peso de El diablo entre las piernas, una de las películas más rotundas y demoledoras de la última etapa de Arturo Ripstein.

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¡ME CASÉ CON UN EXTRAÑO! "I married a strange person!" 1997, Bill Plympton

A lo largo de las últimas cinco décadas, Bill Plympton ha realizado un sinfín de cortometrajes, vídeos musicales, spots publicitarios y colaboraciones diversas que le identifican como uno de los autores más singulares del mundo de la animación. A su vez, ha logrado sacar adelante de manera independiente varios largometrajes entre los que se encuentra ¡Me casé con un extraño!, el segundo de sus trabajos extensos en los que compendia no solo su evolución como artista gráfico, sino también su manera de mirar el mundo.

Toda esta constancia y compromiso reportan a Plympton una legión de adeptos, si bien es evidente que las peculiaridades de su estilo no buscan la aprobación popular. Al contrario, sus planteamientos éticos y políticos siempre le han situado en un terreno cercano al underground. Además, el acabado artesano de sus dibujos y la técnica de animación rehúyen el perfeccionamiento de los productos homogeneizados por la industria, lo que hace que ¡Me casé con un extraño! responda a la necesidad de Pympton de volcar su imaginario en una sola historia que, en realidad, es una sucesión de gags y hallazgos visuales con un hilo que conduce la narración.

El guion cuenta las peripecias de un recién casado que recibe por accidente la descarga de un rayo eléctrico, y las consecuencias que esto tiene en su vida: a partir de entonces, posee el don de alterar a su antojo la forma de los objetos y las personas, una constante en los argumentos de Plympton desde el inicio de su trayectoria. Es la defensa de la imaginación ante las normas que impone el sistema y los estamentos del poder, la libertad frente al orden establecido. Plympton no deja títere con cabeza y ridiculiza a los mandamases, los militares, los dueños de las grandes empresas, los moralistas, los profetas del capitalismo... y también a esa clase media acomodada a la que él pertenece, capaz de vender sus ideales a cambio de la falsa ilusión de prosperidad que promocionan los medios de comunicación. Se trata de cine combativo y transgresor, nada sutil en sus mensajes y que emplea el caos, la violencia y el sexo como principales herramientas expresivas. En suma: un festín para los degustadores de platos contundentes.

Pero no se lleven a engaños: detrás del cúmulo de excesos se adivina a un creador que trata de proteger al individuo y la pareja de los embates de una sociedad hipócrita que se define a sí misma como correcta y biempensante, aunque su actitud sea la contraria. La peculiar fauna representada por Plympton, los plymptoons, mantiene los diseños caricaturizados y coloristas habituales, con líneas rápidas en constante movimiento y una animación de apariencia inacabada, como si estuviese todavía en proceso de elaboración. Esto proporciona una sensación de inmediatez que aumenta la energía del resultado y, como consecuencia, cierta fatiga cuando se trata de un largometraje. El genio de Plympton se materializa con mayor concisión en el formato corto, lo cual no impide disfrutar por momentos de ¡Me casé con un extraño!, en especial de los números musicales. Las canciones compuestas por Maureen McElheron son la guinda que corona el pastel ácido e irreverente cocinado por Bill Plympton, no apto para todos los paladares, ya que los ingredientes de la comedia negra, el esperpento y el surrealismo pueden indigestar al público sensible. No en vano, el film comienza con una frase de Picasso que dice: "el principal enemigo de la creatividad es el buen gusto". Algo que Plympton sigue a rajatabla.

A continuación pueden ver Summer bummer, cortometraje de 2012 elaborado por Bill Plympton bajo la producción del canal Showtime. Relájense y disfruten:

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IN THE MIRROR OF MAYA DEREN. "Im spiegel der Maya Deren" 2002, Martina Kudlácek

Es imposible disociar la vida y la obra de Maya Deren. La directora Martina Kudlácek lo sabe bien y emprende un viaje en paralelo a lo largo de la trayectoria personal y profesional de la artista de origen ucraniano, referente fundamental del cine experimental durante los años cuarenta en Estados Unidos. Su potencial y su compromiso quedan reflejados en In the mirror of Maya Deren, un documental exhaustivo que tiene el valor de recuperar imágenes conocidas y otras nunca vistas antes procedentes de archivos y filmotecas.

Kudlácek construye un relato coral con la presencia de cineastas, técnicos, bailarines y actores que fueron importantes en el recorrido vital de Deren: Alexander Hammid, Stan Brakhage, Katherine Dunham y Jonas Mekas, entre otros. También se incluyen grabaciones de voz de la propia Deren, quien aporta reflexiones en primera persona acerca de los temas que más le interesaron: la creación artística, los sueños, la filosofía del baile, el acercamiento a culturas diversas y la unión de lo físico y lo espiritual para representar el movimiento. Sus películas muestran una obsesión por lo cinético que se representa mediante el cuerpo humano, la cámara y el montaje en títulos como Ashes of the afternoon, At land, Ritual in transfigured time o Meditation on violence, cuyos fragmentos aparecen en el film.

La convivencia de los testimonios y el material gráfico hace avanzar el relato respetando la cronología de los hechos. Kudlácek ordena la información en bloques que permiten la asimilación del público que se aproxima por primera vez a Maya Deren, a la vez que satisface al espectador entendido. Es un documental muy didáctico que incide en la mirada antropológica mantenida siempre por la protagonista, sin renunciar al feminismo y al contenido intelectual que dan consistencia a su cine. Todo ello contado con rigor y buscando soluciones visuales imaginativas: el agua y los espejos, tan importantes en el universo de Deren, o la relación entre los paisajes del pasado y el presente para establecer vínculos temporales... son recursos empleados por Martina Kudlácek que alejan el documental del protocolo y reflejan la naturaleza de una de las personalidades más singulares y originales del cine independiente del pasado siglo.

A continuación, pueden ver un videoensayo de Laura Ivins que desglosa los tres pilares básicos en los que se sustenta la obra de Maya Deren. Muy interesante y revelador:

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ARIEL. 1988, Aki Kaurismäki

Desde el inicio de su filmografía, Aki Kaurismäki ha ido trazando las líneas generales de un estilo muy personal que se va perfeccionando en cada título hasta alcanzar una identidad plena y reconocible. En los primeros años incluso llega a experimentar con adaptaciones literarias y géneros diversos como el relato criminal, en el caso de Ariel. El quinto largometraje de ficción dirigido por Kaurismäki forma parte de la conocida como trilogía del proletariado junto a Sombras en el paraíso (1986) y La chica de la fábrica de cerillas (1990), películas que empiezan a reportarle proyección internacional y en las que están presentes los temas que van a integrar la totalidad de su obra: el desarraigo, la precariedad laboral, el amor como ideal inalcanzable, la incomunicación.

Todo ello filtrado por el particular humor del autor finlandés. Un humor extraño y teñido de melancolía, que permite amortiguar las desgracias de unos personajes condenados a la insatisfacción. El héroe de Ariel es más bien un antihéroe que pierde su trabajo al principio del film. En la búsqueda infructuosa de ocupaciones se encuentra con una mujer divorciada de la que se enamora, pero la historia de amor tropieza con inconvenientes que ambos deberán salvar para estar juntos. A la pareja interpretada por Turo Pajala y Susanna Haavisto se suma Matti Pellonpää, el actor fetiche de Kaurismäki, quien demuestra su habilidad para construir personajes con los mínimos elementos.

El director todavía no ha alcanzado la austeridad espartana que caracterizará sus siguientes trabajos, y en Ariel practica un estilo más dinámico de lo acostumbrado en su cine. La planificación juega con diferentes ángulos y emplazamientos de cámara, además de movimientos que contrarrestan la parca expresividad de los actores. Por lo tanto, hay un montaje más fluido y menos estático en el conjunto, si bien el empleo del fuera de campo ya interviene en muchos momentos de la narración. El guion solo cuenta lo estrictamente necesario para que evolucione la acción, lo cual acorta el metraje: apenas setenta minutos, algo no demasiado raro en la trayectoria de Kaurismäki. Es cine conciso y certero, que no es lo mismo que decir pequeño. La historia de Ariel incluye sensibilidad y violencia, romance y muerte, situaciones cotidianas y delitos inspirados en los clásicos del cine negro... siempre filmados con el genuino punto de vista de Aki Kaurismäki y la fotografía de su inseparable Timo Salminen, quien imprime en las imágenes su estilo plástico de colores suaves y luces atenuadas que rehúyen la profundidad. En suma: una película ejemplar de la primera etapa de uno de los cineastas europeos más originales de las últimas décadas. A continuación, unos consejos para directores en ciernes en los que Kaurismäki desvela algunas claves de su obra:

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EL AUTOESTOPISTA. "The hitch-hiker" 1953, Ida Lupino

La película más negra de Ida Lupino es también una de las más redondas de su filmografía, por su concisión y por el dominio de los escasos elementos que contiene. Casi se puede hablar de cine minimalista, puesto que todo sucede en torno a tres personajes, una carretera que cruza la frontera de México y el Plymouth Cranbrook en el cual emprenden la escapada. Incluso la duración es breve: apenas setenta minutos de puro noir de serie B que no desaprovecha ni un solo segundo para generar tensión y desasosiego, en la tradición de los relatos pulp que entretenían al público de las sesiones doble. El autoestopista parte de un suceso real en el que se vieron involucrados tres prófugos de la justicia: dos de ellos viajan juntos en busca de libertad, mientras que el tercero les intercepta y les convierte en rehenes dejando a su espalda un reguero de muertos. Lupino escribe el guion y se encarga de la producción junto a Collier Young, su socio en The Filmakers. La película da justo lo que promete desde el inicio: emoción, dureza y oficio. Mucho oficio.

El argumento no se enreda en subtramas y va directo al grano, dando la oportunidad a la directora de desarrollar sus habilidades narrativas en términos estrictamente cinematográficos, ya que la imagen y el sonido condicionan el transcurso de la trama. Los diálogos son austeros y las acciones resultan esenciales: huir, vigilarse, proveerse de combustible y alimentos... cada situación supone un reto para los personajes, muy bien interpretados por Edmond O'Brien, Frank Lovejoy y William Talman. El primero de ellos coincide con Lupino el mismo año en el que ambos realizan El bígamo, un drama de corte muy diferente a El autoestopista. Aquí, los tres actores resuelven con convicción las exigencias físicas de unos papeles que priorizan el gesto y la expresión corporal, sin descuidar por ello las conversaciones. Sus rostros quedan esculpidos por la fotografía en blanco y negro de Nicholas Musuraca, quien saca el máximo partido de los contrastes en las escenas nocturnas y soluciona las dificultades de filmar a pleno sol en escenarios naturales, rudos y polvorientos.

Todo esto queda impreso en los fotogramas de El autoestopista. El sexto largometraje de Ida Lupino se aparta del universo femenino que caracteriza su obra para adentrarse en un terreno habitado por hombres siempre al borde de la muerte. Aun así, la directora no abandona su capacidad para sugerir la violencia sin llegar a ser explícita: basta ver el inicio del film, con los sucesivos asesinatos del serial killer encarnado por Talman, para asistir a una lección magistral de encuadres y movimientos de cámara. Puro cine.

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OUTRAGE. 1950, Ida Lupino

Ida Lupino es uno de los escasos ejemplos de directoras de cine norteamericanas en los años cincuenta. Su trayectoria abarca un buen número de realizaciones para la televisión y siete largometrajes que logra llevar a cabo gracias a que ella misma asume la producción por medio de su compañía, The Filmakers. Son pequeñas películas independientes que narran, en su mayoría, las dificultades de una mujer por superar las imposiciones sociales. Lupino se involucra en la escritura de los guiones y vuelca en la pantalla su experiencia adquirida como actriz en títulos dirigidos por Walsh, Curtiz y Lang, entre otros, de quienes aprende los rudimentos del oficio para adaptarlos a sus propios intereses. Outrage es su tercer film y uno de los más llamativos, por tratar un tema pocas veces visto antes en el cine: la violación.

Ya desde los títulos de crédito, la película muestra su adscripción al género negro que poco a poco irá desembocando en el melodrama. Y es que Outrage tiene dos partes bien diferenciadas: la primera que describe el delito y la huida del personaje principal, una joven oficinista a punto de casarse, y la segunda que cuenta su estancia en una pequeña localidad de Los Ángeles donde recibe la ayuda de un párroco que se enamora de ella. Lupino construye un primer acto contundente, lleno de tensión y ejecutado con la sabiduría de una cineasta notable. Tanto el retrato de costumbres como el desajuste emocional de la protagonista adquieren concisión y un gran dominio de la puesta en escena: basta detenerse en los momentos del abuso o la rueda de reconocimiento para contemplar dos lecciones de planificación y montaje, con recursos visuales herederos del mejor cine expresionista. El aspecto sonoro también contiene aciertos, ya sea por defecto (la persecución nocturna que omite la música) como por exceso (el empleado que sella los papeles en la oficina). La interpretación de Mala Powers, que debuta con este papel, resulta fundamental para transmitir el desasosiego al que también contribuye la fotografía en blanco y negro de Archie Stout, muy acertada en el contraste de luces y sombras.

Sin embargo, las virtudes de esta primera parte se diluyen en la segunda, llegando incluso a traicionar algunos de los planteamientos expuestos. El peso de la trama se traslada de la mujer agraviada al hombre redentor, tergiversando así la lectura feminista que pudiera derivarse de la historia. Además, Lupino aminora el vigor de las imágenes (en relación a la serenidad que alcanza la protagonista) con lo que el conjunto pierde fuerza, ya que no hay ningún otro elemento que venga a compensar el dramatismo previo. Salvo por algún instante determinado (el plano secuencia del baile al aire libre) la película se vuelve más discursiva e incluso remilgada, a causa del personaje encarnado por Tod Andrews. El actor también primerizo cae en la afectación y no consigue sostener el resto del metraje, que termina decepcionando las expectativas despertadas en su poderoso arranque. Outrage deriva en un relato blando y aleccionador, con un final feliz acorde a los vientos que soplaban entonces. Es una lástima, porque Ida Lupino exhibe músculo como cineasta y valentía a la hora de abordar un asunto delicado que no acaba de resolver sus riesgos y se arroja en brazos de la prudencia.

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TENÉIS QUE VENIR A VERLA. 2022, Jonás Trueba

Más que una productora de cine convencional, Los Ilusos es una agrupación de amigos que provienen del cine y el teatro y que se juntan de cuando en cuando para hacer películas pequeñas y cercanas, muy pegadas a la realidad de una clase media urbana con inquietudes intelectuales. Son ya varios títulos los que tienen en su haber, todos más o menos influidos por autores de la nouvelle vague francesa pero con importancia de los escenarios madrileños que han visto crecer a Jonás Trueba, la cabeza visible de la familia ilusa.

La sensación que provoca Tenéis que venir a verla es la de asistir a un entremés, no sólo por su corta duración (una hora) sino por el carácter de pieza inacabada y fragmentaria, como de ejercicio narrativo filmado entre colegas en solo ocho días. Lo cual no quiere decir que el resultado sea pobre o amateur, al contrario. El guion tiene apenas cinco escenas y cuatro personajes, producto de la depuración de los temas que se tratan: las relaciones humanas tanto de pareja como de amistad. Hay una síntesis de los elementos de la ficción que no excluye los momentos contemplativos en los que el tiempo parece detenerse, como sucede al inicio del film: el espectador escucha la presentación de un tema musical de Chano Domínguez en el Café Central, donde asisten las dos parejas formadas por Itsaso Arana y Vito Sanz, e Irene Escolar y Francesco Carril. Sus rostros se suceden mediante cuatro primeros planos largos y fijos, hasta terminar en la imagen del pianista recibiendo los aplausos del público. Esta inversión en el orden lógico del montaje (lo habitual hubiera sido empezar mostrando al emisor de la atención común, y luego a los receptores) indica que no estamos ante una película que sigue fórmulas preconcebidas. Tenéis que venir a verla desprende libertad y frescura, al igual que los anteriores trabajos de Jonás Trueba, director empeñado en capturar el aquí y el ahora de lo que cuenta.

A ello contribuye la fotografía naturalista de Santiago Racaj y la interpretación de los actores y actrices, todos magníficos en su verosimilitud y en la creación de perfiles reconocibles con unos pocos trazos y muchas palabras. Los diálogos son prolijos y alternan las expresiones coloquiales con los pensamientos elevados con total organicidad, sin que nada suene impostado. Es el universo de Trueba, en el que caben las referencias literarias, artísticas y musicales como parte de un paisaje íntimo y personal que se quiere compartir. Este es uno de los pilares sobre los que se asienta su cine: la necesidad de fijar en la pantalla instantes determinados, conversaciones e ideas que parten de lo individual y que buscan amplificarse a través de los personajes. Cine que captura la verdad y la disfraza de relato breve y conciso, con drama, comedia y lo que hay entre medias. Como la vida misma.

Atención al trailer promocional de la película, obra de Miguel A. Trudu, una pieza con entidad en sí misma que evidencia la vocación artesanal del proyecto:


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SEXPERIENCIAS. 1968, José María Nunes

José María Nunes fue uno de los impulsores y máximos exponentes de la Escuela de Barcelona, aquella corriente de vanguardia cinematográfica nutrida de artistas e intelectuales de la gouche divine en los años sesenta. La influencia francesa de la nouvelle vague queda patente en Sexperiencias, desafortunado título cuya trayectoria quedó truncada de inmediato por la censura del régimen franquista. No es de extrañar: en su sexto largometraje, Nunes vuelca su afán experimentador y su capacidad de transgredir todas las convenciones posibles, ya sean sociales, personales y políticas. También las relacionadas con el lenguaje audiovisual, ya que el director emplea un estilo semejante al collage para narrar la relación de una pareja que evoluciona al mismo tiempo que los acontecimientos que se suceden en la prensa: las revueltas en París y Latinoamérica, los conflictos armados en Vietnam, Checoslovaquia, Biafra...

Las situaciones que se muestran en Sexperiencias parten de la improvisación y tienen como hilo conductor las noticias de los periódicos, expuestas en planos subjetivos y voz en off. Estas escenas se intercalan con las de la pareja protagonista, interpretada por Carlos Otero y Marta Mejías. La presencia de la actriz copa la totalidad de la película, la cámara de Nunes capta su fisonomía desde todos los ángulos y el discurso de su personaje guía el desarrollo de la acción, haciendo que sus preocupaciones sean las de toda una generación de mujeres jóvenes que se debatían entre los atavismos del pasado y las incertidumbres del presente. El discurso del director trata de compaginar la crónica del momento preciso con la introspección de la protagonista, como si una cosa fuera consecuencia de la otra. Hay desazón en las imágenes en blanco y negro capturadas con la inmediatez propia del cine de guerrilla, pero también hay poesía y numerosos juegos visuales a través del montaje. Sexperiencias acumula planos y más planos que se vierten a borbotones en la pantalla, con urgencia y sin respiro, en un afán por transmitir los pensamientos desordenados del personaje principal, que acaso sean los del cineasta. Es por ello que no hay un argumento expositivo sino un torrente de sensaciones e ideas a veces demasiado dispersas y a veces reiterativas, con algunos destellos de genialidad.

Sin embargo, la impresión que prevalece durante todo el metraje es la de estar asistiendo a un ejercicio amateur, un intento de replicar los hallazgos que estaban llevando a cabo autores como Marker, Resnais y, sobre todo, Godard. El espíritu de este último sobrevuela el film y establece analogías entre el tratamiento de los rostros de Anna Karina y Marta Mejías, dos paisajes femeninos que retienen la cámara con la mirada. Es difícil hablar de retención porque en Sexperiencias todo es movimiento: la película comienza con la protagonista desplazándose y termina igual, en una huida perpetua de la realidad y de sí misma. Al final, el personaje de Mejías es interrogado: "¿A dónde vas? Quizás todavía puedas hacer algo..." A lo que ella responde: "Sí. Gritar socorro". Justo después de que suene Cambalache, el tango en el que Discépolo dejó escritos los males modernos del ser humano.

La trama de Sexperiencias gravita sobre algunos temas como la denuncia de las injusticias, la complejidad del amor y la brecha generacional, entre otros muchos apuntes que aparecen en forma de mosaico, con el carácter libertario y anarquista que Nunes siempre puso en práctica. Esta actitud idealista tiñe el conjunto de cierta ingenuidad, ya que se corresponde más con un catálogo de ilusiones frustradas que con la reflexión profunda a la que el film parece aspirar, quedándose en el boceto de algo más ambicioso. Las limitaciones técnicas contribuyen a reforzar este efecto, en especial en lo tocante al sonido. La banda sonora prescinde de grabaciones directas y experimenta con la asincronía y los diálogos fragmentados, registrados a posteriori en el estudio de manera pobre y dejando en evidencia la falta de experiencia profesional de Mejías. Tal vez este sea el mayor impedimento del conjunto y lo que provoca una disociación entre lo que se ve y lo que se escucha que dificulta la conexión inmediata, lastrando el resultado.

Aun así, merece la pena acercarse a Sexperiencias por lo que supone dentro de la historia del cine español. Puede que sea el intento más radical por subvertir las normas de una industria a la que Nunes nunca perteneció, un acto revolucionario en forma de película que requiere un poco de paciencia y comprensión por parte del espectador. Comprensión no por lo que transcurre en las imágenes, sino por las circunstancias que rodearon este grito de protesta que enseguida fue silenciado y que relegó Sexperiencias a la clandestinidad y el oscurantismo hasta el día de hoy.

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LOS VALIENTES ANDAN SOLOS. "Lonely are the brave" 1962, David Miller

Aunque su nombre no suele figurar en los libros de cine, David Miller tiene en su haber un puñado de películas estimables entre las que destaca Los valientes andan solos. Un western tardío que Dalton Trumbo adapta de la novela de Edward Abbey, con Kirk Douglas como protagonista. El carisma del actor influye delante y detrás de la cámara, ya que Douglas fue además productor ejecutivo del film, lo cual multiplica la energía del resultado. Cada uno de sus gestos y palabras rebosan el encuadre y atraviesan la mirada del espectador porque Douglas, más que un intérprete, es una fuerza de la naturaleza difícil de domeñar. En eso consiste su personaje: un cowboy que trata de conservar su integridad en un mundo donde los viejos usos del Oeste ya no tienen cabida.

La labor de Miller como director trata de que todo alrededor de Douglas incida en esta misma idea, tanto en el aspecto visual como en el desarrollo de la historia. El énfasis de las imágenes de Los valientes andan solos ilustra bien el carácter del héroe: hay verdadera pulsión en la planificación y el montaje, una puesta en escena muy dinámica que incluye variedad de puntos de vista y movimientos de cámara (no siempre justificados). Algo a lo que también contribuye la fotografía en blanco y negro de Philip H. Lathrop, enriquecida de matices y con una profundidad de campo que dota de belleza tanto los decorados interiores como los paisajes abiertos. El film está dividido en dos partes bien diferenciadas, la primera transcurre mayormente en escenarios urbanos (salvando la presentación del protagonista) y la segunda en emplazamientos naturales, un contraste que señala el conflicto entre el mundo civilizado y el salvaje, entre el sistema y el individuo. Por eso cabe ver la película como una perfecta representación de ese espíritu norteamericano que promueve la autonomía de las personas para construir su futuro, siempre que acaten un sistema de valores que ciñe los márgenes de su emprendimiento. Estos valores son normativos pero a veces también son morales e ideológicos, una pugna que mantiene el personaje de Kirk Douglas con los de Walter Matthau, George Kennedy y Gena Rowlands.

Otro tema fundamental de Los valientes andan solos es la lealtad que se practica con los demás y con uno mismo, el compromiso que se adquiere por decisión personal o por imperativo profesional. El guion lo deja claro tanto como la dirección de Miller, hay recursos narrativos que lo certifican: la relación entre el protagonista y su caballo, o con la mujer del amigo (que tanto recuerda a la de Centauros del desierto) e incluso con los antagonistas, con quienes coincide en un desenlace demoledor que deja un regusto amargo en el público. La música de Jerry Goldsmith termina de redondear el conjunto de esta película sobresaliente que desprende emoción y talento, punto culminante en la trayectoria de David Miller y ejemplo perfecto de cine fronterizo. No solo por las localizaciones en Albuquerque, Nuevo México, sino por el límite entre épocas y géneros que distingue la tradición de la modernidad, el western y el thriller, la sumisión y la libertad.

A continuación pueden escuchar el tema principal de la banda sonora compuesta por Goldsmith, uno de sus primeros trabajos importantes para el cine. Relájense y disfruten:

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MEMORIES. "Memorîzu" 1995, Katsuhiro Ôtomo, Kōji Morimoto, Tensai Okamura

Tras hacer una primera incursión en el cine de acción real, Katsuhiro Ôtomo vuelve a la animación siete años después del éxito de Akira. Para ello elige tres historias cortas de ciencia ficción que él mismo había elaborado en cómic y que adapta y produce para la pantalla. Ôtomo dirige uno de los segmentos, mientras que los otros dos corren a cargo de Kōji Morimoto y Tensai Okamura, sendas figuras muy consolidadas hoy en el mundo del anime.

Por lo tanto, Memories es una película de episodios unidos por el género, de las que tanto proliferaron en los años ochenta y noventa del pasado siglo. La autoría del material de origen confiere unidad al conjunto, si bien el resultado se puede medir también por partes independientes. Ambas valoraciones son positivas. Lo primero que se aprecia es la ambición de una propuesta técnicamente perfecta y que deslumbra en el apartado artístico. En 1995, Ôtomo es ya el referente a nivel mundial de dos medios de expresión (el manga y el anime) y cuenta con todos los recursos disponibles a su alcance para desarrollar su particular universo visual y narrativo.

La película se abre con una de las historias más celebradas de Ôtomo: La rosa magnética. Este episodio realizado por Morimoto es un prodigio de imaginación que bebe del primer Alien, de Solaris y, sobre todo, de 2001 de Kubrick. Influencias que no aminoran la creatividad sino que la hacen volar muy alto, hasta límites donde la fantasía, el drama y el terror se funden en un núcleo compacto y sin aristas. Se trata del capítulo más largo de los tres y también el de mayor profundidad, con lo cual, la llegada de La bomba fétida supone cierto alivio. El fragmento dirigido por Okamura gana en ligereza y se adentra en la comedia, si bien contiene los característicos elementos de crítica social y de violencia que siempre están presentes en la obra de Ôtomo. El propio autor se encarga de cerrar la película con Carne de cañón, una distopía antimilitarista cuyo estilo se aparta de las convenciones de la animación japonesa. Con un trazo de dibujo más artesanal y una disposición en largos y complejos planos secuencia, esta tercera parte pone el broche de oro a uno de los films de ciencia ficción más brillantes de la década. Un compendio de las virtudes y las señas de identidad de Katsuhiro Ôtomo: dinamismo en el ritmo, atención en los detalles, un gran acabado formal y un espíritu contestatario teñido de pesimismo. Por todo ello, merece la pena acordarse de Memories.

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UPSTREAM COLOR. 2013, Shane Carruth

Segundo y último largometraje dirigido por Shane Carruth hasta la fecha. Una trayectoria breve, que ha sido reconocida en festivales pero que tropieza con impedimentos para seguir adelante. Puede que la principal dificultad sea el mismo autor, causante de una sucesión de errores personales y profesionales de los que no ha logrado sobreponerse. O puede que el motivo sea que Carruth no haga un cine fácil, por la gran libertad de su lenguaje que exige la implicación del público, sin hacer concesiones a cambio. Además practica la ciencia ficción, un género que por lo común requiere dinero. Estas condiciones no encuentran el apoyo de una industria conservadora que, cada vez más, rehúye el riesgo y se muestra reticente a aceptar cualquier atisbo de experimentación creativa. Así que Upstream color amplifica los laberintos narrativos de Primer y llega a nuevos territorios que tienen que ver con el drama romántico y el terror psicológico, si bien la película evita premeditadamente las catalogaciones y los adjetivos socorridos.

Resulta complicado hablar del guion escrito por el propio Carruth, quien ejerce también las labores de fotografía, música, interpretación y montaje (en compañía de David Lowery). El argumento pide ser desentrañado y deposita su fuerza en transmitir una atmósfera sugerente y en estimular los sentidos, más que en dotar de coherencia a la ficción. Upstream color es lo más parecido a un enigma que el espectador debe descifrar acerca de una pareja que busca superar una situación que ambos han vivido por separado y que desconocen, porque sus mentes fueron anuladas durante un tiempo. En contra de su voluntad, fueron sometidos a experimentos que han dejado en ellos secuelas, recuerdos entrecortados que enfrentan con esfuerzo y dolor.

La banda sonora envolvente, la edición fragmentada en elipsis y saltos espacio-temporales, los contraluces y la tonalidad fría y mortecina de las imágenes son elementos que dotan a la película de una identidad muy particular, tanto en el aspecto visual como en el sonoro. Hay escenas sin diálogo y otras con conversaciones en off, situaciones que transcurren en paralelo, evocaciones... Carruth llena la pantalla de estímulos, símbolos y concomitancias estéticas que apelan al subconsciente, a veces con demasiada insistencia. Upstream color está a punto de desbordarse en muchos momentos, si no lo hace es por su innegable poder hipnótico y su capacidad para sugerir más que mostrar, dejando innumerables puertas abiertas que invitan a asomarse al espectador, sin llegar nunca a empujarle. Tal vez el apartado interpretativo sea el menos brillante del conjunto, puesto que Shane Carruth y Amy Seimetz inciden en el gesto grave y se muestran un tanto forzados, cariacontecidos. Por lo demás, es evidente que se trata de un film que no está diseñado para el agrado general y que entusiasmará a unos mientras que irritará a otros. Tal vez esta sea su máxima virtud: no adaptarse a fórmulas recurrentes ni optar por soluciones clarificadoras que faciliten la digestión tras el desenlace.

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EN BUSCA DE VALENTINA. "Cercando Valentina" 2018, Giancarlo Soldi

No hay duda de que Giancarlo Soldi es un gran amante de los cómics. Sus últimos documentales se adentran en el mundo de las viñetas retratando a autores como Sergio Bonelli, Tiziano Sclavi o las hermanas Giussani. Así que era cuestión de tiempo que abordara a otra figura esencial del panorama europeo, Guido Crepax, quien alcanzó la fama en los años sesenta con el personaje de Valentina.

Vida y obra se confunden en esta película que recupera imágenes de archivo de Crepax, además de material gráfico y algunos recursos visuales muy llamativos que juegan a hibridar el cómic con el cine. La propia Valentina es el producto de varias referencias del celuloide: Blow-up, Godard y, sobre todo, la actriz Louise Brooks, además del bagaje literario que siempre acompañó a Crepax. En busca de Valentina hace hincapié en el contenido intelectual y cultural de la historieta, más allá del atractivo erótico que le dio celebridad, pues como bien dice uno de los hijos frente a la cámara: el desnudo es revolucionario.

La familia Crepax aporta declaraciones y recuerdos junto a un buen puñado de rostros de la cultura italiana, en un caleidoscopio narrativo que a veces tiende a la dispersión y que se enmaraña más de lo necesario. Soldi apuesta por la estética en este documental de técnica cuidada y aspecto al borde del manierismo, con un hilo conductor que recrea al personaje de Philip Rembrandt deambulando por Milán tras los pasos de su amada. El acuerdo de producción entre Italia, Francia y Suiza permite un presupuesto holgado que revierte en el resultado, impresionante en lo formal y muy interesante en el relato. Por eso sorprende que, en medio de toda esta excelencia, se escuche una música tan pobre y fea como la de la banda sonora. Es acaso el único inconveniente (tal vez un guion más conciso y ordenado hubiera redondeado el conjunto) de este documental que hace justicia al fascinante Guido Crepax y a su maravillosa creación, Valentina.

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LUZ DE AGOSTO EN GIJÓN. "Lluz d'agostu en Xixón" 2017, Alejandro Nafría

El fotógrafo Alejandro Nafría realiza su primer documental en Gijón, ciudad natal que él ha visto cambiar a lo largo del tiempo. Del pasado industrial a las sucesivas crisis, pasando por aquel espejismo de modernidad de los años noventa que llegó tan rápido como se fue. Historia reciente de un lugar que malvive en el recuerdo de sus habitantes más inquietos, uno de ellos es el músico Nacho Vegas, eterno trovador de las desazones humanas que deambula por unas calles que conocieron tiempos mejores. De eso trata Luz de agosto en Gijón: de los pequeños triunfos y las derrotas cotidianas, material de canciones que circulan de bar en bar en medio de parroquianos insatisfechos.

Nafría filma la crónica de una decepción prolongada que encuentra en las melodías de Vegas su vehículo perfecto. Más que un llanto lastimero, la película supone un ajuste de cuentas con el estado de las cosas, la realidad que ha ocasionado esa ciudad vampira a la que se refiere el cantante en una de sus composiciones. Amigos, socios y vecinos pasan por delante de la cámara para dejar constancia de su descontento, en un coro de voces que tiene a Vegas como principal conductor.

El estilo que emplea Nafría es sencillo y directo, cercano al reportaje, lo que despoja a su película de cualquier veleidad de autor. Algunas escenas de transición que muestran paisajes urbanos denotan la mirada fotográfica del director, mediante imágenes estáticas que ilustran las palabras que se escuchan en el film. Alejandro Nafría recluta a Juan Tizón en las labores de guion, fotografía y producción en este documental hecho en familia, que no contiene grandes alardes, pero que posee la virtud de retratar a una generación de gijonenses que han incluido las canciones de Nacho Vegas en la banda sonora de su vida, asumiéndolas como un discurso propio de calado social, político y sentimental. No hay muchos artistas en España que hayan ejercido la misma influencia en el público de manera tan íntima y discreta como el artista asturiano durante las últimas dos décadas. Solo por eso merece la pena asomarse al retrato cercano que ofrece Luz de agosto en Gijón.

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LA ÚLTIMA PELÍCULA. "Last film show" 2021, Pan Nalin

Pan Nalin es un director interesado en las relaciones sociales y en todas aquellas cuestiones humanas que ponen al individuo en el centro, dentro de una colectividad. Además desmenuza las peculiaridades de la cultura india en la que vive y trabaja, con una mirada que no evita los lugares comunes ni incomoda al espectador. De hecho, si algo se le puede achacar es esa propensión a la moraleja fácil y aleccionadora que suele llenar su cine de buenas intenciones. ¡Ojalá las buenas intenciones fueran suficientes para valorar cualquier trabajo! De ser así, La última película podría ser considerada un título destacable. Pero no lo es. El motivo es que pone mucho esfuerzo en ensalzar unos propósitos que sin duda son justos... pero detrás de la emoción bien diseñada de sus imágenes, apenas queda nada, un simulacro perfecto de bondades y virtudes fabricadas para enternecer el corazón del cinéfilo sensible.

A primera vista, el argumento podría parecer una versión oriental de Cinema Paradiso: la sencilla vida de un niño en el entorno rural se ve alterada cuando descubre la fascinación por el cine y entabla amistad con el proyeccionista de una vieja sala. Nalin dota al joven protagonista de una curiosidad por experimentar con la luz y los rudimentos mecánicos del cine que le permiten explayarse con la estética del film. La fotografía de La última película desarrolla una amplia gama de colores brillantes y de contrastes luminosos, adoptando el estilo visual propio de la publicidad. Todos los planos carecen de profundidad y muestran el fondo desenfocado sin ninguna razón que lo justifique, lo cual acrecienta la impostura del conjunto. La contradicción del director consiste en homenajear al cine (hay alusiones directas a Kubrick, Spielberg y otros autores) a base de emplear un lenguaje formal muy poco cinematográfico, con apariencia de anuncio televisivo.

La película tampoco depara sorpresas a nivel narrativo. Las escenas tienen un desarrollo estrictamente funcional y los personajes se amoldan a clichés de sobra conocidos: el padre riguroso, la madre esforzada, los amigos leales, el profesor motivador... sin que medie ningún otro rasgo de carácter. Se trata de un cuento, pero un cuento ingenuo que contiene una moraleja muy extendida en estos tiempos, de enorme toxicidad: esa que asegura que hay que perseguir los sueños para verlos cumplidos. Una lección temeraria que alimenta las frustraciones de la población, estimula la competitividad de los egos y sirve como consuelo a las pobres gentes a las que Pan Nalin retrata con paternalismo y condescendencia. En suma, La última película es un producto elaborado con primor para agradar al público, una tarea loable que se puede volver perniciosa cuando para lograrlo se emplea la obviedad y la cursilería.

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AMENAZA EN LA SOMBRA. "Don't look now" 1973, Nicolas Roeg

Nicolas Roeg no estaba demasiado interesado en las historias. Aunque muchas de sus películas son adaptaciones de novelas, el influjo visual de su cine siempre se impone sobre el desarrollo narrativo.  Prueba de ello es la versión para la pantalla que hizo del original literario de Daphne Du Maurier que en España se tituló, con bastante imaginación, Amenaza en la sombra. Se trata del tercer largometraje de ficción del director, uno de los trabajos más conocidos dentro de su irregular carrera, que filma por primera vez con un presupuesto holgado y una pareja de protagonistas muy representativos de aquel momento, Donald Sutherland y Julie Christie. La película se localiza casi por completo en Venecia y podría enmarcarse en el género del terror psicológico, tan en boga en los años setenta gracias al éxito de La semilla del diablo.

El film bebe también de las fuentes del giallo italiano, no en vano Roeg se deja influir por el misterio sobrenatural y el romanticismo decadente que propicia el escenario de una ciudad con infinidad de callejuelas y recovecos cuya amenaza se acrecienta cuando llega la noche. La fotografía de Anthony B. Richmond saca partido del contraste de luces y sombras invernales que envuelven la acción, además de los colores densos que juegan un papel importante en la trama (en especial el rojo). Como curiosidad, cabe señalar que la música supone la primera composición para el cine de Pino Donaggio, quien a partir de entonces desarrollará una reconocida trayectoria dentro del género.

Roeg emplea estos elementos como un soporte sobre el que extender su estilo prolijo y barroco, con abundantes planos y una gran variedad de tamaños y ángulos. Amenaza en la sombra posee riqueza audiovisual, pero es descuidada en la organización del relato. Los dos primeros actos se siguen con interés, ya que el espectador se deja envolver con facilidad por la atmósfera de misterio que se va diluyendo hasta la llegada del tercer acto, algo errático y falto de impacto. El director trata de solucionarlo con un desenlace poco creíble, al borde del absurdo, que deja una sensación decepcionante. Es una lástima, porque buena parte de la película transcurre con el ritmo adecuado para provocar la incertidumbre que requiere la historia, no así el tramo final, con personajes que pierden fuelle y secuencias que no van a ninguna parte.

Tampoco es que los actores puedan contribuir a llevar el conjunto a buen puerto, porque sus personajes no terminan de definir sus intenciones... y Sutherland y Christie no están del todo bien dirigidos. Nicolas Roeg pone músculo en la planificación y el montaje, con algunas escenas muy llamativas que juegan con el punto de vista y el simbolismo, pero no son suficiente para redondear una película desigual, que intercala la gravedad con lo anodino. Por fortuna, siempre queda disfrutar con la belleza de Venecia y de Julie Christie, ambas deslumbrantes por igual.

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WALKABOUT. 1971, Nicolas Roeg

A finales de los años sesenta y principios de los setenta surge una generación de directores que experimentan con el lenguaje cinematográfico y participan en la corriente renovadora del nuevo Hollywood. Los nombres más citados de este movimiento son Scorsese, Coppola, Spielberg, De Palma... sin embargo, hay otros muchos autores que no llegan a desarrollar unas carreras tan largas pero que también contribuyen de manera esporádica a promover estos cambios, ya sea en los Estados Unidos como en Inglaterra o Australia. Uno de ellos es Nicolas Roeg, que en 1971 dirige su primera película en solitario apenas un año después de haber debutado con Performance, realizada a medias con Donald Cammell. En Walkabout se traslada del swinging London al paisaje natural australiano, escenario donde transcurre la novela homónima de James Vance Marshall que Edward Bond convierte en guion.

El origen literario de la película no impide que Roeg haga un trabajo eminentemente visual. Walkabout despliega las capacidades del director para crear imágenes expresivas que cuentan por sí mismas, sin necesidad de recurrir a diálogos ni escenas explicativas para que los personajes se definan y la acción avance, por ejemplo. No es necesario. La elocuencia de Roeg se manifiesta con las herramientas propias del cine: la planificación y el montaje. Su experiencia acumulada como director de fotografía, función que ejerce aquí por última vez, le dota de conocimientos técnicos que él aplica con fines narrativos. Así, el empleo de determinadas lentes y movimientos de cámara, el uso de la luz y los colores, la variedad de encuadres, ángulos y tamaños... son medios que Roeg utiliza para hacer evolucionar la historia, al mismo tiempo que conforman la identidad estética del film.

Porque la historia en sí es muy sencilla, hasta el punto de contener cierto misterio, por tratar con elementos básicos y de calado espiritual. Dos hermanos quedan abandonados en el desierto después de que el padre haya tratado de matarles y luego se suicide, sin que el espectador conozca los motivos exactos. Antes se ven unas secuencias en la ciudad en las que se intuye una vida insatisfactoria que deriva en el estallido de enajenación mental. Entonces comienza lo importante, que es la supervivencia de los jóvenes en mitad del paraje agreste y su relación con un chico aborigen que está atravesando una prueba de iniciación a la que ellos se unen. Es un relato de tránsito a la madurez sobre todo por parte de la hermana mayor, muy bien interpretada por Jenny Agutter con apenas dieciocho años.

Tal vez lo más llamativo de Walkabout sea el montaje. Nicolas Roeg destaca en estos primeros tiempos por la yuxtaposición de planos y el estilo disruptivo que algunas veces recuerda a Eisenstein y otras a las vanguardias europeas. En el primer acto abunda el montaje intelectual que contrapone imágenes y sonidos para elaborar un discurso de conflicto entre civilización y naturaleza, orden y caos. Más tarde, el director disemina a lo largo de la película numerosos planos de animales que transmiten amenaza, atractivo, repulsión... casi a modo de documental de naturaleza, con la diferencia de que aquí cada ser vivo (y muerto) entraña su simbolismo.

La poderosa música de John Barry confiere al conjunto una atmósfera particular que puede haber envejecido en algunos momentos, pero que sin duda hace de Walkabout uno de los títulos más notables del director. Es cine que apela a los sentidos más que a la lógica de la ficción, cine arriesgado y representativo de un periodo, la década de los setenta, que no volverá a conocer el mismo nivel de libertad en la industria.

A continuación, el programa que dedicamos a Walkabout y que recomendamos ver para profundizar en algunos aspectos de esta singular película:

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UN PEQUEÑO MUNDO. "Un monde" 2021, Laura Wandel

Al igual que la imagen que ilustra el cartel, Un pequeño mundo comienza y acaba con un abrazo. Una misma acción con los mismos personajes en el mismo lugar, pero en una situación distinta. Entre medias está la historia de dos hermanos en un colegio donde descubrirán los sinsabores de la vida, una experiencia iniciática acerca del poder, el miedo que ocasiona plegarse a él y la libertad de transgredirlo. La directora belga Laura Wandel debuta en el largometraje con un acertado análisis sobre uno de los problemas que más preocupan a la comunidad educativa, el acoso escolar, expuesto aquí con crudeza y al mismo tiempo con contención.

La crudeza es debida a que no se suaviza el drama que sufren muchos jóvenes. Wandel expone la relación entre verdugos, víctimas y el intercambio de sus funciones, sin regodearse en los detalles pero sin escatimar por ello la crueldad de la que son capaces los niños. Es de agradecer que emplee también la contención y deje a un lado las herramientas habituales del cine para provocar emociones: la música, el montaje de acción/reacción, los diálogos expresados con énfasis... nada de esto aparece en Un pequeño mundo. Se trata de una película depurada concienzudamente, que elude todo lo innecesario y que aplica la austeridad narrativa para lograr verosimilitud. En suma: una lección de realismo que explica muy bien la importancia del punto de vista.

La directora se vale de primeros planos filmados con longitudes cortas y diafragmas muy abiertos para dotar a las imágenes del efecto de fondos desenfocados que aísla a los personajes del entorno. Hay una voluntad expresa de que el espectador no se separe en ningún momento de la niña protagonista, de fijar la atención en sus gestos y su mirada, dejando el resto de los elementos fuera del plano. Están ahí, en off, pero la mayoría de las veces no se ven porque Wandel da prioridad a la pequeña Nora. De esta manera evita personalizar el conflicto y a los antagonistas, universalizando todo cuanto sucede en la pantalla. No se trata de un hecho que ocurre en un centro y con unos alumnos determinados, sino la representación de un problema general, tal y como da a entender el título del film.

Un pequeño mundo no hace concesiones y mantiene durante su escueto metraje (apenas setenta minutos) una atmósfera de tensa aflicción, materializada en la fotografía de colores fríos y tonos apagados de Frédéric Noirhomme. La película luce una técnica depurada que busca la concreción, un objetivo que comparte el equipo artístico para que todo resulte conciso en esta opera prima que anuncia a una cineasta a tener en cuenta, Laura Wandel. Pocas como ella han logrado, con los mismos medios, provocar semejante nivel de inquietud y estremecimiento.

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BEGINNING. "Dasatskisi" 2020, Dea Kulumbegashvili

La directora georgiana Dea Kulumbegashvili siente predilección por los dramas soterrados que emergen en un determinado momento para transformar la vida de los protagonistas. Así lo demostró en dos cortometrajes que lograron concitar la atención de los festivales, antes de afrontar su primera película larga con el apoyo de una compañía francesa. Este régimen de co-producción ha permitido a Beginning entrar en el circuito internacional, una tarea que no resulta sencilla a causa del debilitamiento de la industria cinematográfica del país de origen tras la caída de la URSS en los años noventa. Por eso se debe celebrar la llegada de cada nuevo creador, y más cuando logra levantar un proyecto valiente y rompedor como en este caso.

Beginning es una película que no resulta cómoda, se mire por donde se mire. Es fría, distante y no contiene moralejas que alivien al público de lo que Kulumbegashvili cuenta con un lenguaje visual tremendamente parco, con muy pocos planos, casi siempre estáticos y en formato de 4:3. Dicho lo cual, pudiera parecer un film imposible de ver. Sin embargo, la atmósfera impresa en las imágenes, además de la interpretación de la actriz Ia Sukhitashvili y la tensa quietud que transmite su personaje, hacen de Beginning un film inolvidable, capaz de arrasar la sensibilidad del espectador.

El guion, escrito por Kulumbegashvili junto al también actor Rati Oneli, contempla el proceso de transformación de una mujer que vive en una comunidad de testigos de Jehová cuyo templo es atacado por unos desconocidos. Días más tarde, la violencia se traslada hasta ella misma mientras su marido se postula como una figura de referencia dentro del colectivo, y esta contradicción entre las distintas vivencias de la pareja construye un discurso que cuestiona los roles de género y la cosificación de la mujer como miembro de una sociedad que restringe su autonomía. Beginning tiene un discurso feminista que se aleja de las proclamas que tienden a dulcificar las ideas con lemas bonitos. En lugar de eso, busca inquietar sin levantar la voz, aplicando la austeridad y el extrañamiento como herramientas para turbar al público.

El descenso a los infiernos que recorre la protagonista es, al mismo tiempo, un camino de liberación. Kulumbegashvili emplea ciertos símbolos para establecer analogías (el relato del hijo de Abraham y el propio vástago del matrimonio) y contrastes (el río como lugar de bautismo y de delito). Algunas lecturas son evidentes y otras requieren ser descifradas, como la actitud que mueve a Yana, la mujer que Sukhitashvili encarna con absoluta contención. Es estremecedor asistir al desmoronamiento silencioso y al posterior resurgir de su personaje, el despertar al que alude el título de esta película que se asemeja a una parábola bíblica, igual de brutal y terrible en su naturaleza aleccionadora. 

El impacto sordo de Beginning se materializa en la síntesis de los elementos formales y narrativos que maneja Dea Kulumbegashvili, una cineasta que en su opera prima demuestra poseer una mirada propia, dotada de lucidez y de misterio. Ella misma desgrana estas y otras cuestiones en la entrevista que mantuvo con Luca Guadagdino después de que Beginning obtuviera nada menos que cuatro galardones en el festival de San Sebastián. Una conversación reveladora, que conviene ver tras la película porque incluye spoilers.

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UNA CANTA, LA OTRA NO. "L'une chante, l'autre pas" 1977, Agnès Varda

El cine de Agnès Varda posee un marcado carácter feminista que se expresa de diversas formas, mediante la elección del tema, el desarrollo de la ficción o la actitud de los personajes, por ejemplo. Una canta, la otra no narra la relación de amistad de dos mujeres en diferentes etapas, desde que una de ellas decide abortar y la otra le ayuda, hasta que años después ambas consiguen culminar sus respectivos proyectos de vida. Entre medias hay drama, romance e incluso musical, puesto que la faceta artística de la más joven interviene activamente en la trama.

El guion recoge cuestiones que preocupan a la sociedad de entonces, en especial a las mujeres: las dificultades para interrumpir el embarazo, las normas impuestas por el patriarcado, la conciliación familiar y laboral, la emancipación económica... son asuntos que Varda trata siguiendo el devenir de las protagonistas, en orden lógico y riguroso, casi como si se atuviese a los puntos de un manifiesto. Puede que Una canta, la otra no sea la más militante de todas las películas de Varda y, por eso mismo, la más evidente. Lo cual es un problema. En lugar de contar una historia y dejar que el público extraiga las conclusiones, la directora subraya el mensaje que quiere transmitir para que no haya dudas. La propia Varda presta su voz como hilo conductor en algunas elipsis temporales, sumándola a las de las protagonistas, que exteriorizan sus pensamientos. Esto provoca que algunos momentos del film resulten en exceso literarios, con una insistencia en el discurso que resta naturalidad y frescura al conjunto. Y eso que Varda se esfuerza por aportar dinamismo a la planificación, con escenas de diálogo donde la cámara se desplaza con soltura de un personaje a otro, o en secuencias de conjunto que requieren cierta complejidad. La fotografía de Charles Van Damme es de una belleza discreta, con un inteligente uso de la luz y los colores que captura la iconografía de aquel periodo, tanto en los entornos rurales como en los urbanos.

Tal vez los instantes de mayor disfrute sean proporcionados por las actrices Valérie Mairesse y Thérèse Liotard, ambas perfectas en sus papeles distintos y complementarios. Ellas imprimen personalidad a una película que no puede evitar caer en el didactismo y que se vuelve discursiva según avanza hasta llegar al desenlace, una moraleja bonita pero aleccionadora. Una canta, la otra no es la prueba de que Agnès Varda alcanza sus mayores logros cuando emplea la sugerencia y no cuando exhibe sus intenciones, como es el caso. La razón de sus argumentos es tan poderosa que no necesita dejarlo claro en las imágenes.

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PRIMER. 2004, Shane Carruth

Con el mínimo presupuesto y la máxima voluntad, Shane Carruth consigue realizar una de las operas prima más destacadas de la primera década del siglo. Para ello asume gran parte de las funciones posibles: productor, director, guionista, actor, montador, músico, fotografía, sonido... Primer es puro cine independiente que recuerda a los cuentos de Borges y Bioy Casares, una historia en torno a los viajes espacio-temporales protagonizada por jóvenes investigadores con camisa y corbata que experimentan en un garaje.

La película sigue las constantes estéticas del cine independiente de los años noventa y principios de los dos mil, con imágenes que adoptan la inmediatez y el verismo del documental y los informativos (cámara en mano, corrección de foco, baja sensibilidad de luz y textura granulada), así como el montaje con cortes en el mismo plano (jump cut) tan característico de la época. Son herramientas que confieren al resultado final un aspecto poco elaborado, de cierto amateurismo que contrasta con la sofisticación del argumento. Bien es verdad que tanto la planificación como la trama de Primer resultan muy dinámicas, con avances bruscos en la narración y un ritmo acelerado con obliga al espectador a permanecer atento para no perderse en las complejidades de la historia... lo cual es casi imposible. La ficción elaborada por Carruth está llena de vericuetos, quiebros y paradojas que una parte del público se esforzará por desentrañar, mientras que otra parte se entregará sencillamente al juego de prestidigitación que propone el film. Dos opciones legítimas y provechosas.

El propio Shane Carruth interpreta al protagonista en compañía de David Sullivan. Para ambos supone su primera experiencia frente a la cámara y este hecho, al igual que todos los demás aspectos de la película, la dotan de ímpetu y energía. Primer está tocada por la inspiración y parece querer demostrarlo en todo momento mediante los recursos de la imagen y el sonido, es un ejercicio exuberante dentro de la más absoluta austeridad, una temeridad genial que garantiza el goce de los aficionados a las ciencias y las matemáticas.

Con Primer, Carruth obtiene notoriedad en el Festival de Cine de Sundance cuando este todavía ejercía influencia dentro del panorama internacional, dando un golpe de efecto que apenas tendría continuidad. Habrán de pasar casi diez años hasta su siguiente y última película hasta la fecha, Upstream color. Así que Primer debe contemplarse como el inicio de una trayectoria frustrada por los rigores que impone la industria, el bautismo de un director que ha podido salir adelante gracias a las series de televisión y que aún no ha logrado completar su propósito de hacer un cine de ciencia ficción más adulto y complejo del que predomina en las pantallas.

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