KINETTA. 2005, Yorgos Lanthimos

Cuatro años antes del reconocimiento que significó Canino, el director Yorgos Lanthimos experimentaba en los márgenes del cine con historias y formatos que ponían a prueba su incipiente lenguaje narrativo. A esta primera etapa pertenece Kinetta, su debut en solitario y un ejemplo de los riesgos que ya desde temprano comenzó a asumir Lanthimos en condiciones bastante precarias. La película está filmada en 16 mm. con unos pocos personajes y en escasos escenarios, el principal es un hotel deshabitado en la costa, a la espera de que se reanude la temporada de turistas. Una camarera de pisos se ocupa de mantener las habitaciones en orden y se relaciona con los otros dos protagonistas del film: un operador de cámara que asume encargos de todo tipo, algunos de ellos de naturaleza extraña, y un agente de policía que se sirve de su autoridad para cometer ciertos abusos. En realidad, este planteamiento nunca es explícito y se intuye por lo que sucede en la pantalla, al igual que el desarrollo y el desenlace de la trama. Kinetta se aleja premeditadamente de toda narración convencional para plantear situaciones aisladas que el público debe conectar y dotar de significado, si es que lo precisan. Porque no es necesario hacer una interpretación racional de la película: aquí de lo que se trata es de dar forma visual a las sensaciones que han interesado a Yorgos Lanthimos desde el inicio de su trayectoria: la soledad, el desarraigo, el poder y la sumisión, la dificultad para unirse a otras personas, la incomunicación.
Es importante que el espectador sepa lo que va a ver para no sentirse decepcionado: Kinetta es la indagación de un cineasta ensayando con las imágenes, en torno a algunas influencias pasadas y recientes. Entre las primeras se adivina un recuerdo a Faces de John Cassavetes (la escena del intento de suicidio frustrado en el cuarto de baño), y entre las segundas queda todavía cercana la referencia al movimiento Dogma 95, cuyo lenguaje es similar al empleado por Lanthimos: cámara en mano, iluminación natural, inmediatez y crudeza en los encuadres. El montaje alterna los planos abiertos de situación con otros muy cerrados que se pegan a los personajes, forzando el foco y la paciencia de los espectadores con claustrofobia. Es como si el director quisiera violentar el ojo del que mira y a los propios actores, para obtener de ellos determinadas reacciones. Sus personajes carecen de nombre y los escasos diálogos no tienen relevancia en el conjunto, ya que Kinetta es más una consecución de fragmentos que un todo, una experiencia parecida a la de mirar a través de un cristal esmerilado.
Por supuesto, no es una película que busque el consenso ni el público fácil, acaso tampoco el difícil. Kinetta se busca a sí misma en el misterio que encierran sus fotogramas, un reto solo apto para los degustadores de rarezas y aquellos que disfruten asomándose a las esquinas que suelen evitar las películas mayoritarias: los tiempos muertos, la representación fuera de la norma de las relaciones afectivas y sexuales, el silencio como discurso cinematográfico... en fin, todo lo que entraña riesgo para un artista como Yorgos Lanthimos, en una opera prima tan desconcertante como merece su filmografía.

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EL SACRIFICIO DE UN CIERVO SAGRADO. "The killing of a sacred deer" 2017, Yorgos Lanthimos

El cine de Yorgos Lanthimos continúa evolucionando y, por primera vez, deja de lado la parábola simbólica para hacer una incursión en el género de terror. Un terror que el director filtra a través de su personal estilo para elaborar un ejercicio de tensión contenida en El sacrificio de un ciervo sagrado, película que denota en algunos aspectos la influencia Stanley Kubrick. Hay dos títulos en concreto del maestro norteamericano cuyo recuerdo sobrevuela el quinto largometraje de Lanthimos: El resplandor y Eyes wide shut. Bien sea por los planos en movimiento (hay numerosos avances de cámara acompañando al protagonista por los pasillos de un gran hospital), como por la atmósfera (de falsa calma que oculta un peligro), además de la presencia de Nicole Kidman, interpretando a la esposa de un matrimonio aparentemente perfecto que debe enfrentarse a sus demonios internos y externos. El marido está encarnado por Colin Farrell, quien repite con Lanthimos después de Langosta, encadenando así una de sus mejores etapas profesionales.
La película demuestra el bagaje acumulado por el director y la ampliación de sus recursos expresivos, cada vez más dinámicos, al utilizar el zoom y los desplazamientos de cámara para envolver la historia en una sensación de expectativa e inestabilidad constantes. Esto mantiene alerta al espectador en todo momento, ya que el horror que contiene el film carece de sustos y de trucos fáciles, es un temor que permanece agazapado en el subconsciente de los personajes hasta que finalmente se materializa (al igual que en El resplandor) y adopta forma sonora en la acertada selección de músicas que suenan en el film. De nuevo, el guion de Yorgos Lanthimos y Efthymis Filippou busca inquietar al público con recursos dramáticos de impacto seco y contundente, en esta ocasión sin el alivio de la comedia negra que caracteriza la obra del director. Lo más curioso es que la trama toma como referencia el mito griego del rey Agamenón, quien ante la diosa Artemisa hubo de llevar a cabo el sacrificio que da nombre al film. De esta manera, Lanthimos recrea la cultura clásica ligada a su origen, mientras que introduce en ella connotaciones religiosas y dilemas morales que mantienen su vigencia todavía hoy.
La importancia de la puesta en escena y la creación de la atmósfera adecuada son determinantes para que El sacrificio de un ciervo sagrado desarrolle sus propuestas de partida, algo a lo que contribuye la fotografía de Thimios Bakatatakis con el talento acostumbrado. Tal y como exige la naturaleza del relato, Lanthimos hace crecer la ficción desde dentro hacia fuera en los dos primeros actos, dosificando la información y alternando los puntos de vista de los distintos personajes para, llegado el tercer acto, hacer creíble la resolución. Es entonces cuando la película completa su capacidad de hipnosis y la consabida reflexión en torno al bien y el mal, la inocencia y la culpabilidad, el perdón y el castigo. Un ejemplo de los códigos visuales que maneja el director es la persistencia de los techos en muchas imágenes para representar la presión y el desasosiego que se cierne sobre los protagonistas, además de otros elementos que transmiten agitación como son los ventiladores, siempre en funcionamiento.
 El sacrificio de un ciervo sagrado supone un paso más en la trayectoria de un cineasta que nunca elige el camino fácil y que trata de sorprender transformando sus propias fórmulas. En resumen: una de las películas de terror más estimulantes de los últimos años, producida, filmada e interpretada con inspiración e inteligencia.

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LANGOSTA. "The lobster" 2015, Yorgos Lanthimos

La primera de las películas rodadas por Yorgos Lanthimos fuera de Grecia y en régimen de coproducción supone un cambio en su filmografía. No solo en términos geográficos (está rodada en Irlanda) o financieros (que aumentan exponencialmente) sino, sobre todo, porque Langosta añade elementos formales a un estilo que permanece fiel a sus convicciones temáticas. El tándem formado por Lanthimos y Efthymis Filippou continúa espoleando al público por medio de una historia que cuestiona los modelos tradicionales de las relaciones humanas, esta vez centradas en la pareja.
El ámbito en el que se mueven las películas de Lanthimos se va expandiendo desde el escenario doméstico de Canino hasta alcanzar aquí lo global, por lo que la parábola adquiere tintes de premonición: un individuo llega a un hotel donde se lleva a cabo un programa para que las personas solteras entablen relación, ya que el orden social les considera inadaptados. Fuera, en medio de la naturaleza, opera una agrupación rebelde que se sitúa en el extremo opuesto y prohíbe la expresión de sentimientos entre sus miembros. Aunque ambos bandos permanecen en guerra, coinciden en la actitud dogmática y en la violencia para resolver sus respectivas faltas de disciplina, lo cual empuja a los integrantes de una parte y de otra a adoptar comportamientos artificiales y alienantes. El espectador de Langosta puede extraer lecturas éticas, políticas o filosóficas del argumento, todas con aplicación a la época reciente que Lanthimos denuncia con sus armas habituales: el distanciamiento y el humor negro.
Por muy terrible que pueda parecer lo que se muestra en pantalla, el director expone los hechos y las reacciones de los personajes bajo el prisma del cinismo e incluso el sarcasmo. Unos recursos expresivos que, como bien se sabe, no son percibidos por igual por todos los espectadores, así que habrá quien encuentre la película como una metáfora incisiva de nuestras deficiencias comunes, mientras que otros tengan dificultades para participar en el retorcido juego que propone el director. Y es que Langosta incurre en numerosos riesgos, el más notable es el cambio de tono que se produce a mitad del film, con un relajamiento del ritmo y una narración menos exuberante que en la primera parte. En ambos casos, Yorgos Lanthimos ejerce de director manierista, cada vez más alejando de la austeridad de sus anteriores títulos y con un método que se va enriqueciendo de elementos, situaciones y personajes. Prueba de ello es el extenso reparto en el que se pueden encontrar los nombres de Colin Farrell, Rachel Weisz, Léa Seydoux y John C. Reilly, además de Aggeliki Papoulia y Ariane Labed, quienes repiten con el director después de Alps. Todos ellos magníficos y con la capacidad de resolver el rasgo característico que define a sus personajes, ya sea físico (la cojera, el ceceo, la cabellera rubia) como de personalidad (la frialdad, la desesperación, la servidumbre).
Estas y otras cualidades hacen de Langosta una película atípica, que se parece a muy pocas. Lanthimos hace evolucionar su planificación y puesta en escena para abarcar los componentes del relato, que son muchos y funcionan a distintos niveles, desde el simbolismo lírico a la acción (cuya dinámica se altera mediante el ralentizado de las imágenes). El recurso de la cámara lenta es empleado por el director con el fin de aislar del conjunto algunos momentos determinados, re-significando su sentido original para dotarlo de una nueva dimensión, ya sea en secuencias decisivas como en otras en apariencia intrascendentes. Lanthimos añade esta herramienta a su lenguaje visual de aquí en adelante, un lenguaje que gana elocuencia en el montaje y que vuelve a contar con la fotografía del siempre inspirado Thimios Bakatatakis.
En definitiva, Langosta es un ejercicio muy estimulante de cine de autor, menos hermético que las películas antecesoras de Yorgos Lanthimos, pero igual de valiente. Sus hallazgos formales no deberían ocultar la advertencia que lanza la película, y es que en una sociedad donde rige la apariencia y avanza el conservadurismo, se corre el peligro de acabar siendo víctima de unos prejuicios adquiridos por herencia cultural. Algo que nos concierne a todos y que Langosta disfraza de distopía para analizar el presente.

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LOS DÍAS QUE VENDRÁN. 2019, Carlos Marques-Marcet

El director Carlos Marques-Marcet continúa explorando las luces y las sombras de las relaciones de pareja, en esta ocasión a través de la experiencia de un embarazo. Para ello se vale de un proceso de gestación real, el de la actriz Maria Rodríguez Soto y su pareja, el actor David Verdaguer, quienes se prestan a interpretar una ficción condicionada por las circunstancias verídicas que envuelven el proyecto. En Los días que vendrán, Marques-Marcet realiza un ejercicio de naturalismo directo y nada complaciente del conocido como "estado de buena esperanza", tantas veces idealizado y que muestra aquí su cara menos amable, capaz de revelar el drama íntimo pero también el retrato social y de costumbres de una generación que debe afrontar muchas dudas antes de decidirse a tener un hijo.
Como cabe esperar, el punto fuerte de la película reside en el desarrollo de los personajes y en la labor de los actores protagonistas. Ellos conducen la trama y definen el tono expresivo de cada secuencia, por lo que el trabajo del director está siempre encaminado a lograr la identificación con el público mediante los recursos propios de la imagen. Abundan los primeros planos y los planos medios, ya que los diálogos son habituales y buena parte de la película transcurre en el apartamento de la pareja. Las salidas a los demás escenarios están plenamente justificadas y adoptan un carácter narrativo, además de describir un entorno determinado como es la ciudad de Barcelona en su vertiente más próxima y cotidiana, sin caer en la tentación del embellecimiento postal. La cámara se sitúa en todo momento cerca de los personajes y prioriza el punto de vista de la futura madre, no en vano, Marques-Marcet escribe el guion junto a Coral Cruz y Clara Roquet (con quien ya había colaborado antes en 10.000 Km.)
En definitiva, el tercer largometraje de Carlos Marques-Marcet es una película sencilla en su forma pero de cierta complejidad temática, ya que se atreve a abordar el hecho de la procreación sin los consabidos edulcorantes. Lo que no significa que no haya momentos de interés visual, tanto en la planificación como en el montaje, puesto que Marques-Marcet es un cineasta conciso y atento que se adapta a las necesidades de la historia y despliega un estilo que, si bien no suele resultar evidente, sí ayuda a revelar en la pantalla el interior de los personajes. Esta es la principal virtud de Los días que vendrán y el motivo por el cual debería ser tenida en cuenta ahora y en el futuro, cuando sea oportuno buscar explicaciones a los bajos índices de natalidad y a los conflictos derivados de la vida en pareja.

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ALPS. "Alpeis" 2011, Yorgos Lanthimos

El director Yorgos Lanthimos desarrolla la fórmula que tan buen resultado le dio en Canino y, dos años después, presenta otro ejercicio de simulación dramática atemperado por el estilo. Alps mantiene la misma capacidad de riesgo y las señas de identidad de su antecesora, basadas en una lógica narrativa contraria a la habitual: primero asistir a la evolución de la trama para, a continuación, descubrir la premisa seguida de un desenlace que no se cierra del todo. Por supuesto se trata de una opción peligrosa, ya que hay una parte del público que por el camino sentirá apatía, desconcierto o ambas cosas a la vez. Sin embargo, Lanthimos proporciona una experiencia inigualable a aquellos dispuestos a asumir el reto, ni más ni menos que adentrarse en el corazón de una tormenta de emociones resguardado por el paraguas de la contención formal.
Lanthimos y Efthymis Filippou vuelven a plantear el guion como una sucesión de cajas chinas que van desvelando su contenido según avanza el relato. Al igual que sucedía en Canino, los protagonistas integran un grupo hermético (los Alpes del título) que basan su actividad en la apariencia y la suplantación. La diferencia es que aquí no existe la coartada de la inocencia para justificar sus actos, porque las estrategias de poder que siguen son premeditadas, lo cual podría determinar que Alps es una película todavía más cruel y nihilista. Los amantes de las interpretaciones lo tienen fácil: en los protagonistas se puede discernir a esa sociedad moderna adiestrada en el fingimiento para mantener el estatus, una crítica en contra del modelo productivo que favorece la alienación y restringe las relaciones humanas. Parece duro, y lo es. Lanthimos dispara con balas de buen calibre pero, en lugar de regodearse en los aspectos turbios, los omite mediante un prodigioso empleo de la elipsis y el fuera de campo, provocando al espectador para que él mismo se vea empujado a adoptar conclusiones y juzgar a los personajes.
En ellos precisamente se guarda la esencia de Alps. Cada uno de los cuatro integrantes de los Alpes representa un perfil diferente de la soledad, encarnada con agudeza por dos actores y dos actrices entre los que se encuentra Angeliki Papoulia, quien repite con Lanthimos después de Canino. Ella es el hilo conductor de un film que no adopta su punto de vista, ya que el director toma distancia respecto a los personajes mediante encuadres que buscan el desequilibrio y la incertidumbre. En raras ocasiones se observan planos de conjunto, puesto que la cámara aísla a las figuras en composiciones muy expresivas y en la separación que proporciona el foco y el desenfoque. Hay, por lo tanto, una intencionalidad muy evidente en las decisiones que adopta Yorgos Lanthimos como cineasta, en lo que sucede dentro y fuera de la imagen y que tanto influye en la atmósfera de la película. La luz apagada y fría con la que Thimios Bakatatakis cubre la fotografía define bien el carácter de Alps y refuerza la sensación desazonada que se transmite del primer fotograma hasta el último. No hay tregua en esta película valiente e hipnótica, que cierra la primera etapa de Lanthimos en su Grecia natal.

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CANINO. "Kynodontas" 2009, Yorgos Lanthimos

Tras haber realizado dos largometrajes que apenas alcanzaron repercusión, el primero de ellos en compañía de otro director, en 2009 Yorgos Lanthimos logra llamar la atención internacional con Canino, por motivos bien justificados. La película está concebida en plena crisis económica y en uno de sus mayores epicentros, Grecia, país cuya situación queda expuesta por Lanthimos a modo de metáfora. Tal vez ahí resida el éxito del film, en dar forma de parábola a lo que se podría haber presentado como un análisis de las condiciones financieras, políticas y sociales que dieron paso al desastre, lo cual habría enclavado la película en un periodo y un escenario determinados. En lugar de eso, Canino obtiene la intemporalidad por medio de un relato que no solo expone lo sucedido, sino que también sirve de advertencia a lo que pueda suceder en cualquier otro tiempo y parte. Este es el valor que tienen las fábulas, y que Lanthimos refleja en la historia de tres hermanos que, sin saberlo, crecen encerrados en una casa bajo el influjo de una fantasía ideada por los padres. El cabeza de familia es el encargado de regir los destinos de los demás, que viven ajenos al exterior e interpretan la realidad a través de unas normas de conducta encaminadas a mantener una pureza e inocencia aparentemente idílicas, pero que en verdad impiden la autonomía y la libertad. A grandes rasgos, es el mismo sistema que origina los totalitarismos y las modernas economías de mercado, lo que permite que cada espectador pueda hacer sus propias interpretaciones dependiendo del lugar donde viva.
La habilidad de Lanthimos consiste en esquivar las evidencias a través de un estilo muy marcado, que desarrolla las posibilidades del punto de vista por medio de la ocultación. Puesto que toda la película gira en torno a este concepto, el director elabora una planificación coherente con la idea de que los personajes se esconden cosas y mantienen relaciones de poder. El hecho de que una frase de diálogo no obtenga su reacción y de que Lanthimos eluda muchas veces el recurso clásico del plano/contraplano se debe a la intención de que el público complete en su cabeza lo que no muestra la pantalla, es decir, que adopte un papel activo dentro de la historia. Habrá quien defina este lenguaje visual como moroso o distante, y no le faltará razón, porque el director trata de situar al espectador en una posición incómoda que le obliga en todo momento a hacerse preguntas y a tratar de descifrar la información que se desgrana poco a poco. Para ello, Lanthimos se vale de encuadres en ocasiones inesperados o que buscan la descomposición de la imagen, además de un montaje que transmite una impresión estática (acorde a la vida de los protagonistas) sin movimientos de cámara y que dilata y contrae el tiempo de las escenas, según los diferentes tonos que maneja la película. Estos van de la comedia negra al drama pasando por el suspense y el terror, en un guion que marca la primera de las colaboraciones entre Lanthimos y Efthymis Filippou.
Otro de los cómplices habituales del director es Thimios Bakatatakis, responsable de la luz lechosa que baña la fotografía y de la paleta de colores pálidos que envuelve la atmósfera de la casa en un ambiente aséptico, libre de influencias externas. Canino luce una estética muy cuidada, que aporta credibilidad a la ficción y convierte el visionado en una experiencia fascinante, gracias también a la magnífica interpretación de los actores. Un acierto que comienza desde el mismo casting y se consolida en una labor de conjunto compacta y equilibrada.
En suma, cada elemento que integra Canino está elaborado con esmero y tiene una razón de ser, sigue una lógica cartesiana que contrasta con las turbulencias de la trama. Si Lanthimos hubiese optado por una dirección más inmediata y desatada, es probable que el resultado no hubiera funcionado con la misma efectividad, ya que la magia de la película consiste en la dicotomía de lo excepcional y lo cotidiano, del costumbrismo y el horror, de la rigidez y la libertad. Sin duda, se trata de una de las películas más turbadoras de los últimos tiempos y también de las más redondas, en la que Yorgos Lanthimos se propone exponer al individuo frente a sus fantasmas y a la comunidad ante los peligros que acechan bajo el supuesto estado del bienestar. Y bien que lo consigue.


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BOTTLE ROCKET. 1996, Wes Anderson

La creciente difusión que obtuvo el festival de cine de Sundance a finales de los años ochenta, unida al éxito internacional de nombres como Steven Soderbergh y los hermanos Coen, permitió que se iniciara una nueva etapa para el cine independiente norteamericano. Un periodo que fructificó en los años noventa con el surgimiento de una nueva hornada de directores cuya prevalencia ha sido desigual a lo largo de los años. Debutantes como Quentin Tarantino, Kevin Smith, Darren Aronofsky o Todd Solondz revolvieron las carteleras sin una fórmula que les unificara ni un estilo en común. Tal y como dictan los imperativos de la edad, las primeras películas de estos autores solo compartían el afán por salirse de la norma y cierta tendencia al riesgo y la provocación, algo que no estaba dentro de los planes de Wes Anderson. Al contrario que otros compañeros de generación, el director texano no pretendía llamar la atención mediante el impacto, la crudeza o los temas controvertidos, porque su cine parecía y parece todavía hoy sumido en el síndrome de Peter Pan, en el rechazo a participar de un mundo normativizado que restringe la espontaneidad y los sentimientos. Así, los primeros personajes de su filmografía son dos amigos que se plantean el robo como medio de subsistencia sin tener aptitudes para ello, una situación recreada en el cortometraje de 1993 Bottle rocket y desarrollada tres años después en formato largo con el mismo título y actores.
Wes Anderson abandona el blanco y negro de la primera versión e inicia una fructífera relación creativa con Robert D. Yeoman, el director de fotografía que le acompañará en sus siguientes películas y le ayudará a crear el estilo por el cual es reconocido. El tratamiento cromático de Bottle rocket es inusual para una opera prima, lo que dice mucho del carácter meticuloso de Anderson y su obsesión por los elementos que integran la escena. Las tonalidades rojas abundan en la primera parte de la película, mientras que las verdes y amarillas lo hacen en la segunda, según evoluciona la situación de los protagonistas interpretados por Owen y Luke Wilson. El primero de ambos hermanos coescribe el guion junto a Anderson, una colaboración que se repetirá en los siguientes dos títulos del director y que dará forma a su peculiar sentido del humor. Aquí se apuntan ya muchos de los rasgos que identificarán el cine de Wes Anderson y que se harán explícitos en Academia Rushmore, el segundo largometraje realizado apenas dos años después. Porque Bottle rocket es un Anderson a medio cocinar, una muestra incipiente de muchas de sus claves narrativas y formales que inaugura una trayectoria tan genuina como singular. Es verdad que el argumento contiene algunas debilidades (la hermana pequeña que aparece en una sola escena y luego se olvida), pero en general no se aprecian errores de bulto que impidan valorar la película como lo que es: la puerta de entrada a un mundo que estaba a punto de convertirse en el icono cultural y estético de una minoría de espectadores que irá creciendo con el paso del tiempo.
Además de Luke y Owen, el reparto está integrado por un tercer hermano, Andrew Wilson, y por otros actores nóveles como Robert Musgrave, a quienes se suma la veteranía de James Caan y el contrapunto racial de la actriz Lumi Cavazos. Todos ellos bien conjuntados y aportando la faceta cómica necesaria para que el tono de la película evolucione del primer plano hasta el último, en un arco de transformación que aporta algo de profundidad a un conjunto en apariencia intrascendente. En suma, Bottle rocket debe ser considerada como un ensayo, el boceto de una obra que revelará a Wes Anderson como una de las personalidades más destacadas del cine de las siguientes tres décadas, que inicia aquí su andadura de manera seminal pero decidida y contundente.
A continuación, uno de los temas que integran la banda sonora compuesta por Mark Mothersbaugh. El músico será a partir de entonces uno de los colaboradores habituales en la primera parte de la filmografía de Wes Anderson, con el que comparte la vivacidad y el espíritu de comedia aplicado a melodías con sonoridades de jazz. Relájense y disfruten:

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MADRID, INTERIOR. 2020, Juan Cavestany

Un rótulo que aparece al final de Madrid, interior informa de la ausencia de guion para elaborar la película. No es ninguna sorpresa, pero el director despeja las posibles dudas ya que, junto a los rostros anónimos, por la pantalla desfilan también numerosos nombres relacionados con el cine y la comunicación. Una vez más, Juan Cavestany demuestra su amplia agenda de amistades y es capaz de igualar a todos los participantes del film, ya sean conocidos o desconocidos, ante una situación general: la crisis sanitaria derivada de la expansión del coronavirus.
El documental está realizado en su totalidad a lo largo de un mes, entre el 24 de marzo y el 24 de abril, coincidiendo con el periodo más grave de la situación en España. La población se somete a un confinamiento severo que Cavestany refleja de la manera más naturalista posible: pide a cada uno de los implicados que graben con los medios a su alcance una sola escena en la intimidad de sus hogares. El propio director es uno de ellos y da forma después al material acumulado mediante el montaje. Cuando éste finaliza, presenta el resultado en abierto, sin los rigores de las plataformas digitales de pago. ¿Altruismo? No, se trata más bien de coherencia con el espíritu del proyecto, que es en sí mismo fruto de la cuarentena. Habrá quien pueda pensar que Madrid, interior es un experimento aburrido porque no sucede nada, solo muestra a personas encerradas en sus casas viendo pasar las horas y manteniendo conversaciones banales. Exactamente en eso consiste la vida, cuando no se disfruta de los escasos momentos de gloria. Así, vemos a gente que observa sus libros sin decidirse cuál leer, niños que juegan, gatos que hacen cosas de gatos, el actor Antonio de la Torre cortando jamón, una mujer que se masturba, los que hacen ejercicio, Pepón Nieto comiendo y en el váter, músicos tocando, pintores pintando... y un largo etcétera que refleja la cotidianidad de la que estamos hechos. La película adopta la forma de un mosaico con momentos para el humor, la melancolía, el costumbrismo y el absurdo, todo equilibrado y dividido en tres partes cuya justificación obedece al capricho del autor, porque no hay progresión entre ellas ni tampoco separan el argumento. Son licencias que forman parte del estilo peculiar y libre de Cavestany.
Es muy probable que el film se revalorice dentro de unos años, cuando las terribles cifras de víctimas y contagiados por la pandemia sean datos históricos y Madrid, interior revele su naturaleza antropológica, respondiendo a la pregunta de ¿cómo se comportaron entonces los habitantes de la gran ciudad? Sin gestos épicos ni secuencias emotivas de solidaridad, ya que Juan Cavestany ha querido centrar el foco en algo mucho más ingrato y complicado: lo que hacemos a nivel individual cuando no podemos salir de nuestra vida doméstica y nos enfrentamos a nosotros mismos, en una celda que hemos decorado a nuestro gusto. Ojalá que contemplemos la película con curiosidad y extrañeza, sintiéndonos a salvo de una amenaza que no ha de volver.

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VIAJE A DARJEELING. "The Darjeeling Limited" 2007, Wes Anderson

Las películas de Wes Anderson son como guías de viajes imaginados. Cada una de ellas muestra lugares que se pueden localizar en el mapa, pero que son filtrados por las referencias culturales y la idealización estética del director. Basta asomarse a la Europa de entreguerras de El Gran Hotel Budapest, al Japón de Isla de perros o al paisaje marino de Life aquatic para percibir un mundo que tiene que ver con la literatura, el cine y la ilustración más que con la realidad local de cada uno de esos emplazamientos. Así, la India de Viaje a Darjeeling es un escenario intemporal rebosante de colores que explota el tipismo a través de la mirada de Anderson, creando un sitio reconocible y a la vez extraño, como son sus films.
Por eso es fácil identificar las claves de su cine, ya que permanecen intactas con el paso de los años y mantienen su personalidad, lo que no equivale a decir que caigan en la previsión o la monotonía. Al contrario, el lenguaje de Anderson posee tal intensidad que transforma todo lo que toca y lo hace suyo, ya sean los vestigios del colonialismo como la espiritualidad oriental que aparecen en Viaje a Darjeeling. Y el núcleo familiar, claro, de nuevo en el centro del argumento y representado en tres hermanos que encuentran la oportunidad de reencontrarse a miles de kilómetros de sus casas, tras la pista de la madre ausente. Dos de ellos están interpretados por viejos conocidos del director, Owen Wilson y Jason Schwartzman, mientras que Adrien Brody se incorpora a la tribu de Anderson revelando su innegable vis cómica. La actriz Anjelica Huston completa la estirpe en un breve pero jugoso papel, dentro de un reparto menos coral de lo acostumbrado.
Los seguidores del cineasta tienen motivos de sobra para regocijarse con los elementos formales y narrativos de Viaje a Darjeeling, porque en ambos niveles la película alcanza momentos memorables. Uno de ellos es el flashback en el que los hermanos tratan de recuperar el coche del padre para asistir a su entierro, un prodigio de ritmo, puesta en escena e interpretación que reconfigura el conjunto y el vínculo que une a los protagonistas. Otra escena digna de recuerdo es la estancia en el poblado mientras se oficia el funeral del niño accidentado, un riesgo que Anderson asume al cambiar el tono durante un lapso en el que la película descansa del humor y rinde tributo a ese cine que le ha servido de inspiración: la obra de Satyajit Ray y El río de Jean Renoir.
Cabe destacar también que la película viene antecedida del cortometraje Hotel Chevalier, filmado en París a modo de prólogo del personaje de Schwartzman, en compañía de Natalie Portman. Se trata de una pieza en la que Wes Anderson comprime su talento en apenas diez minutos en los que despliega su habilidad para manejar los componentes del plano y las relaciones de espacio. Un concepto que se ilustra en el siguiente vídeo, cortesía del medio Little White Lies. Que lo disfruten:

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LIFE AQUATIC. "The life aquatic with Steve Zissou" 2004, Wes Anderson

Dueño de un estilo plenamente definido, el cineasta Wes Anderson afronta en 2004 su cuarto largometraje en compañía de la familia cinematográfica que integra su equipo. Como indica el título, Life aquatic cambia los escenarios urbanos por el entorno marino, una oportunidad que el director aprovecha para expandir su imaginario visual y explorar las referencias literarias de Julio Verne y Herman Melville, el animador Karel Zeman y el oceanógrafo Jacques Cousteau, a cuya memoria está dedicada la película.
La figura de este último sirve como influencia para el personaje principal de Steve Zissou, interpretado por Bill Murray, el capitán del buque Belafonte que zarpa en busca del tiburón tigre que devoró a su mejor amigo. El objetivo es consumar la venganza y filmar un documental sobre la captura, aunque en la misma travesía también emplea el tiempo en estrechar lazos con un hijo al que acaba de conocer, seducir a una periodista que escribe un reportaje, enfrentarse a los piratas y varias tareas más que se van desvelando según avanza el metraje. Como es habitual, en Life aquatic se superponen los personajes y los acontecimientos de manera aparentemente caótica, aunque en verdad el guion está elaborado con meticulosidad y profusión de detalles por parte del propio Anderson y de Noah Baumbach, que sustituye a Owen Wilson en la co-escritura del texto. Wilson sí aparece en el reparto en compañía de un largo elenco integrado por Anjelica Huston, Cate Blanchett, Willem Dafoe o Jeff Goldblum, entre otros. Seu Jorge encarna a uno de los miembros de la tripulación a la vez que aporta canciones de David Bowie a la banda sonora, adaptadas con belleza por él mismo al idioma portugués.
Con semejantes ingredientes, no podía resultar una película convencional. Ninguna de Wes Anderson lo es. El cineasta vuelve a retomar uno de sus temas predilectos, la familia, además de otras señas de identidad como son el amor no correspondido, la crisis existencial y el afán por la aventura, cada elemento como una consecuencia del anterior, presentados en Life aquatic bajo el tamiz del humor y las relaciones humanas. El espectador nunca llega a saber del todo si la postura de Anderson es más cínica o más sentimental de lo que parece a simple vista, en cualquier caso, se trata de una manera de contemplar la vida que ha vuelto reconocible el cine del director.
Esto se debe, entre otras cosas, a una identidad visual muy marcada que desarrolla determinados recursos estéticos: las composiciones geométricas, los movimientos de cámara, las elipsis y el fuera de campo, la paleta de colores presente en la fotografía de Robert D. Yeoman... Son muestras de la sofisticación de Anderson en su afán por construir un universo particular, que tiene en la dirección de arte un aliado indispensable. El ejemplo más llamativo tal vez sea la presentación del interior del barco, un ingenio difícil de olvidar que recurre a técnicas primitivas del cine, casi teatrales, para obtener un resultado absolutamente moderno. En esto consiste el toque Anderson, y por eso sus películas no envejecen. No son de ninguna época, lo que equivale a decir que son de todas al mismo tiempo.
A continuación, un vídeo-ensayo elaborado por Nelson Carvajal para la web Way Too Indie en el que se revelan algunos aspectos esenciales del cine de Wes Anderson, a través de sus propias palabras:

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EL ÚLTIMO HOMBRE SOBRE LA TIERRA. "The last man on Earth" 1964, Sidney Salkow y Ubaldo Ragona

Los caminos del escritor Richard Matheson y el actor Vincent Price se cruzaron en diversas ocasiones, dando lugar a una selección de títulos que exploraban las diferentes variables del terror. La mayoría de estas películas eran adaptaciones de Edgar Allan Poe que Matheson elaboraba por encargo de la productora Hammer, pero hubo una vez en la que ambos se reunieron para trabajar en una novela original de Matheson, El último hombre sobre la tierra, filmada en Italia en coproducción con los Estados Unidos. El resultado es uno de los trabajos más personales en la filmografía de ambos, una rareza que mezcla con habilidad el género de horror con el relato existencial.
Uno de los aciertos de la película es su concreción. Cuando se asiste a la primera escena, la historia ya ha comenzado tiempo atrás y el espectador se incorpora a un escenario distópico: los seres humanos han sido infectados por un virus que recorre el planeta convirtiendo a las personas en muertos vivientes, criaturas de naturaleza vampírica que salen por las noches a la caza de algún individuo sano. El único que parece inmune es el científico encarnado por Price, quien evita la extinción siguiendo una estricta disciplina de supervivencia mientras lucha también contra los dolorosos recuerdos de su familia desaparecida. El guion, escrito entre otros autores por el propio Matheson, no invierte tiempo en presentar el argumento porque las propias imágenes poseen gran expresividad. Los directores Sidney Salkow y Ubaldo Ragona crean la atmósfera adecuada y encuentran los emplazamientos de cámara más idóneos para generar emociones sin recurrir a alardes técnicos, ya que El último hombre sobre la tierra maneja un presupuesto ajustado y entra en esa categoría de films de serie B que sustituye la abundancia por la inventiva. Para ello se cuenta con una fotografía en blanco y negro que acentúa los elementos dramáticos y la profundidad de los espacios, además de una puesta en escena concisa y eficaz.
El hecho de que firmen la película dos directores se debe a que se hizo una doble versión para los Estados Unidos e Italia, aunque cabe suponer que fue Salkow quien llevó las riendas puesto que contaba con experiencia suficiente, al contrario que Ragona. En cualquier caso, ambos saben que el nombre a destacar es el de Price y construyen el conjunto en torno a él. La personalidad del actor, sus gestos y su compostura llenan la pantalla y permiten que el público se involucre en la trama, la cual alterna las situaciones presentes con los flashbacks para ilustrar la tragedia del personaje. De esta manera, su soledad y el enfrentamiento con la memoria es mucho más intenso que el asedio de los monstruos, un hecho que separa esta primera adaptación del libro de las dos posteriores de 1971 y 2007, cuyo aumento de espectacularidad y violencia es inversamente proporcional a la calidad que obtienen.
En suma, El último hombre sobre la tierra es una deliciosa extravagancia que aprovecha al máximo la escasez de recursos económicos en favor de potenciar un ambiente muy determinado que congrega el miedo, el drama y el dilema ético acerca de qué supone ser diferente en una sociedad que tiende siempre a la uniformidad. Todo ello a mayor gloria de Vincent Price, responsable de que la película adopte la profundidad de una odisea íntima y fascinante.
A continuación se puede El último hombre sobre la tierra en condiciones aceptables. Que la disfruten:

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LA VIRGEN DE AGOSTO. 2019, Jonás Trueba

Sin haber cumplido todavía los cuarenta años y con cinco largometrajes de ficción en su haber (más varios documentales), Jonás Trueba demuestra tener ya un estilo bien definido y unas señas de identidad que se van depurando película tras película. Su manera de representar la realidad tiende siempre al naturalismo, tanto en los escenarios como en los personajes a la búsqueda de su lugar en el mundo. También persiste la importancia de los diálogos y los silencios, la planificación austera y siempre acorde con el relato, las referencias literarias, musicales, cinematográficas... Estos y otros rasgos se vuelven a encontrar en La virgen de agosto, a los que se añaden además algunas novedades.
La más llamativa es el protagonismo de una mujer en la historia. En esta ocasión, el punto de vista es exclusivamente femenino, una identificación posible gracias a la complicidad de Itsaso Arana como guionista y actriz. Trueba había trabajado antes con ella en La reconquista, película que traza una línea de continuidad con La virgen de agosto y el resto de la obra del director, ya que todas participan de una unidad en la que prima el concepto de autoría compartida. Las películas de Trueba están integradas por un equipo fiel en el que se encuentran Santiago Racaj en la fotografía, Miguel Ángel Rebollo en la dirección artística y la producción de Los Ilusos Films, una familia que vuelve a contar con la intervención de los actores Vito Sanz, Isabelle Stoffel y Francesco Carril, aquí en un papel episódico. Todos ellos creíbles y bien ajustados a los personajes que rodean a Eva, La virgen de agosto que decide pasar el verano en Madrid para redescubrir la ciudad con otros ojos y, sobre todo, para encontrarse consigo misma. Le salen al paso turistas, amistades antiguas y recientes, náufragos urbanos en plena canícula, criaturas del día y de la noche... en suma, la fauna variada que se resguarda del calor en las terrazas y las fiestas de los barrios.
Tal vez la máxima virtud de la película sea la de asistir a los acontecimientos desde la mirada íntima de Eva, participando de su ritmo interno en consonancia con el externo, marcado por el montaje. Trueba hace trascender ciertos detalles y los dota de significado, como la secuencia en la que la protagonista se tiende en el sillón y se deja acariciar por la sombra de unas hojas en movimiento, representación inequívoca de que ha encontrado un refugio donde empezar a aceptarse a sí misma y a reconocer su cuerpo. Este relato invisible se construye dentro del personaje en relación a sus expectativas y decepciones, a la superación de un noviazgo acabado y a las aventuras que están por venir ... Son pequeños tramos de un camino que Eva recorre de la mano del público, capaz de reconocer sus impresiones sin necesidad de que sean verbalizadas. Claro que también hay un discurso evidente y una expresión de ideas, no en vano, Trueba mantiene la influencia que siempre ha sentido por el cine francés y la nouvelle vague. El espíritu de Éric Rohmer sobrevuela La virgen de agosto, una versión castiza del Cuento de verano del maestro galo. Al igual que éste, Jonás Trueba narra con aparente sencillez una fábula humanista, cercana y emotiva en su falta de pretensiones. En resumen, una pequeña joya.
A continuación, un ilustrativo reportaje en el que Jonás Trueba desvela algunas claves de su cine a partir de una escena de La virgen de agosto. Ideal para ver de aperitivo o como complemento al film:

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NOSTALGIA "Nostalghia" 1983, Andréi Tarkovski

Cansado de sufrir el boicot y el desprecio del aparato soviético, Andréi Tarkovski abandona en 1983 su Rusia natal e inicia el exilio europeo que le lleva a recalar primero en Italia. Allí filma con el apoyo de la televisión pública Nostalgia, película que desarrolla las claves del director en plena madurez creativa. Al igual que sucede en anteriores títulos, el protagonista es un individuo con tormentas internas que aspira a encontrar su lugar en el mundo, un estado elevado del espíritu capaz de salvarle del desarraigo y la incertidumbre que padece. En esta ocasión, se trata de un poeta ruso que recorre la Toscana en compañía de su traductora, tras la huella de un compositor del siglo XVI. En el periplo se entremezclan la fe y los recuerdos, el amor y la cultura, todo envuelto en el sentimiento que da nombre al film. Una nostalgia que describe la lejanía de Tarkovski respecto a su tierra, a la que no regresará jamás.
Por ello, la película tiene un fuerte componente autobiográfico. A diferencia de El espejo, en la que el director hacía referencias directas a su pasado, en Nostalgia se observa a sí mismo desde el presente a través de la figura interpuesta del protagonista. El estilo es ahora más sobrio y austero, aunque las imágenes siguen teniendo una gran expresividad, mediante planos que buscan siempre la composición geométrica (influencia de la pintura renacentista) y cierta teatralidad. En Nostalgia prevalecen las atmósferas irreales, reforzadas por la bruma, y un aliento místico acorde con la trama. Aspectos que Tarkovski materializa en la puesta en escena, en los movimientos de cámara, en el sonido, en el tempo que imprime en cada situación y en la interpretación de los actores, perfectamente ajustados a sus personajes y con una presencia magnética en la pantalla. Oleg Yankovskiy y Domiziana Giordano resuelven el reto de dar apariencia física al contenido intelectual que representan, una cualidad que comparten los habitantes del universo tarkovskiano, al que también se suma el sueco Erland Josephson en el papel de loco visionario.
Otro rasgo reconocible del autor es la relación entre los personajes y el espacio, con el agua como elemento constante. Los escenarios adoptan una gran identidad y recitan sus diálogos en forma de sonidos y música, sumando a un conjunto en el que coexisten por igual la ficción, la reflexión y la poesía. En definitiva, Nostalgia supone un compendio de las señas más comunes de Andréi Tarkovski, depuradas en un ejercicio de síntesis que favorece la espiritualidad del argumento, firmado a medias por Tonino Guerra. El guionista y el director reproducen la visión de Italia que busca Tarkovski, alejada de los tópicos mediterráneos y cerca de los ambientes fríos y neblinosos que pueblan el paisaje interior del cineasta errante.

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LOS MISERABLES. "Les misérables" 2012, Tom Hooper

Cuesta creer que hayan tenido que transcurrir treinta años para que la obra musical Los miserables diese el salto a la pantalla, teniendo en cuenta el enorme éxito cosechado en los escenarios internacionales. Después de varios intentos infructuosos ocasionados por la complejidad y envergadura del proyecto, difíciles de asumir por una compañía europea, finalmente es el Reino Unido quien consigue levantar la empresa con apoyo de capital francés y norteamericano, y gracias a la participación de un plantel de estrellas de Hollywood y un director que viene de saborear el triunfo con El discurso del rey.
Tom Hooper es el encargado de asumir el reto y el máximo responsable de que la película no logre el nivel adecuado. Como es de esperar, Los miserables cuenta con una producción ambiciosa que cuida con esmero los decorados, el vestuario y todos los elementos que intervienen en la puesta en escena, sin embargo, esta no consigue alcanzar contundencia cinematográfica debido a que Hopper carece de inspiración y de sentido musical. Dos cualidades necesarias para asumir un género tan exigente, y eso que la banda sonora está arreglada con exquisitez y los actores se esfuerzan por cumplir los requisitos vocales que supone cantar en directo frente a la cámara, en lugar de recurrir a las prácticas habituales del doblaje o el playback.
Hugh Jackman, Russell Crowe y Anne Hathaway comienzan asumiendo los papeles principales hasta que, en el segundo acto y con el cambio de escenarios, el protagonismo se reparte entre los nuevos personajes interpretados por Amanda Seyfried, Eddie Redmayne y Samantha Barks. Sacha Baron Cohen y Helena Bonham Carter aportan el contrapunto cómico dentro de un conjunto al que le cuesta definir sus líneas argumentales. El drama íntimo no encuentra equilibrio con la épica revolucionaria ni con la persecución obsesiva de Javert a Valjean, como un guiso cuyos ingredientes no terminan de mezclarse bien. La condensación narrativa y la sucesión sin demasiada fluidez de las canciones hacen que la película se perciba más por momentos aislados que en su totalidad, un defecto presente en algunos musicales que aquí resta pasión a una historia que la requiere.
Así, el recurso de los primeros planos puede estar justificado en determinados números (I dreamed a dream) pero la mayoría de las veces evidencia la incapacidad de Hopper para desarrollar en imágenes la dramaturgia de unas situaciones que, o bien son desaprovechadas (Master of the house) o caen en el despropósito (Javert's suicide). Es una lástima, porque con semejante entrega por parte de los equipos artístico y técnico, y detrás de algunos breves destellos, se adivina la película que podría haber sido. Para ello, Los miserables hubiera necesitado al frente a un director a la altura de las circunstancias, menos atado a las servidumbres de la tecnología para obtener espectacularidad y con mayor personalidad tras la cámara. Es lamentable comprobar cómo el montaje recrea el espíritu de Bob Fosse sin conseguirlo, acortando la duración de los planos y cambiando de ángulo bruscamente sin motivos sólidos, lo que consigue un resultado contrario al deseado: en lugar de concitar tensión y ritmo, se obtiene distanciamiento y sensación de arbitrariedad.
A pesar de todo esto, el film logró un éxito considerable que llevó a Tom Hopper a dirigir en 2019 otro emblemático musical también inédito en el cine, Cats. Las consecuencias fueron todavía peores.

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ADVENTURELAND. 2009, Greg Mottola

Como si se tratase de un ciclo vital, el director Greg Mottola avanza unos pasos desde su película Superbad y continúa retratando el proceso de madurez de la juventud de clase media norteamericana en Adventureland. Esta vez ya no son chicos de instituto sino aspirantes a ingresar en la universidad, una evolución que se refleja en el cambio de tono: del humor gamberro a la comedia agridulce con motivaciones románticas. Mottola transforma uno de los argumentos más recurrentes y peor tratados de la ficción cinematográfica, el afán de un chico por incorporarse a la vida adulta a través del sexo y la revelación del primer amor, en un relato inteligente y sensible (nunca sensiblero) que todos los espectadores pueden reconocer dentro de su propia experiencia. Lo cual no significa abandonar la diversión ni la ligereza. Y es que la virtud de Adventureland reside en el equilibrio, en la capacidad de aunar sencillez, melancolía, entusiasmo, decepción... y todas las contradicciones que suelen poblar la edad de los protagonistas.
Detrás de su aparente intrascendencia, la película se sostiene sobre un guion que Mottola construye con solidez narrativa y el desarrollo de unos personajes muy bien perfilados, no en vano son ellos los que hacen avanzar la acción gracias al buen hacer de los actores. Adventureland tiene un reparto extenso y elegido con precisión, en especial la pareja protagonista formada por Jesse Eisenberg y Kristen Stewart. Entre ellos existe una química que se repite en dos títulos posteriores y que aquí supone el máximo aliciente del film, acaso su razón de ser. El director es consciente de ello y planifica las imágenes para atender los gestos, las reacciones y los diálogos de los personajes sin permitir que otros elementos distraigan la atención. Esto, que puede confundirse con un estilo simple y falto de personalidad por parte de Mottola, en realidad denota la sabiduría de reconocer el valor que se tiene entre manos y aprovecharlo para enriquecer el conjunto. Eisenberg y Stewart destilan oro puro solamente estando frente a la cámara, pues juntos poseen la actitud de los intérpretes que se mejoran el uno al otro.
Otra de las virtudes de Adventureland es la recreación de la época en la que está ambientada, finales de los años ochenta, y el cuidado diseño de producción de decorados, vestuario, atrezzo... además de la selección musical, de gran importancia en la historia. En suma, cada ingrediente que condimenta la película tiene pleno sentido y contribuye a alcanzar el propósito de entretener y al mismo tiempo incluir oportunas reflexiones en torno a las relaciones sociales y sentimentales. Todo ello sin asomo de pretensión y apelando a la identificación del público con lo que se muestra en pantalla.
A continuación, uno de los temas musicales compuestos por la banda Yo La Tengo que suenan en la película. Relájense y disfruten:

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WONDERSTRUCK. 2017, Todd Haynes

Tras el éxito de Carol, el cineasta Todd Haynes abre el abanico de su público habitual y, por primera vez, realiza una película dirigida también a los espectadores jóvenes. Lo cual no significa una cesión en sus exigencias como cineasta, sino más bien una democratización de sus recursos expresivos, que en Wonderstruck son más llamativos que nunca.
El escritor Brian Selznick se encarga de adaptar al guion su propia novela homónima, conservando la máxima particularidad del libro: la interrelación entre el texto y las ilustraciones. Una convivencia que va mucho más allá de la representación gráfica porque establece dos planos narrativos en paralelo, cada uno reflejado con medios diferentes: la literatura y el dibujo. Para llevar esto al cine, Haynes emplea una puesta en escena muy elaborada, con dos planteamientos estéticos: uno está ambientado en los años setenta y otro en los veinte. El primero tiene como protagonista a un niño que se queda sordo debido a un extraño accidente. Una discapacidad que también posee la niña de la segunda historia, estableciéndose entre ambos un recorrido simétrico que confluye en la misma ciudad, Nueva Jersey, pero con medio siglo de diferencia. Allí los dos jóvenes buscan arreglar cuentas con el pasado y sanar las heridas familiares, un argumento en común que el director conduce con un pie en el freno para que la película no se vuelque en el sentimentalismo.
El conjunto tiene una enorme complejidad. Los dos relatos se entrecruzan a lo largo del metraje y comparten un misterio que se va desvelando según avanza la acción, lo que dificulta a veces el seguimiento de la trama, sobre todo al inicio. Para tratar de solventar esta confusión, el director se apoya en la labor fotográfica de Edward Lachman, que desarrolla un tratamiento en color y otro en blanco y negro, acordes a cada época. El compositor Carter Burwell también contribuye a marcar las dos dimensiones temporales mediante una partitura que juega de manera magistral con los espacios sonoros y con la contraposición entre la audición y la sordera. Sin embargo, la pericia técnica y el ingenio artístico no evitan que, muchas veces, la forma de Wonderstruck termine devorando al contenido, ya que el aspecto visual define el valor de esta película con secuencias fascinantes.
Haynes exhibe músculo en la planificación para convertir una fábula triste en un espectáculo artesanal que reivindica el empleo de las maquetas y los trucos ópticos, con mención especial para la escena del desenlace. Un momento de gran emotividad que tiene como figura principal a la actriz Julianne Moore, otra colaboradora fiel de Todd Haynes, en un reparto que combina nombres nóveles y experimentados. En suma, Wonderstruck respeta al pie de la letra el espíritu de la obra original y abre una nueva etapa en la carrera del director, más alejada de los nichos de la militancia cinéfila pero conservando las huellas de un estilo singular cuya evolución habrá que medir en adelante.

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GHOST WORLD. 2001, Terry Zwigoff

Después de haber obtenido el reconocimiento con un documental en torno a la figura de Robert Crumb, el cineasta Terry Zwigoff emprende su primer largometraje de ficción adaptando a otro de los autores norteamericanos más importantes de cómics, Daniel Clowes. Y lo hace en compañía del propio artista, con quien Zwigoff escribe el guion para trasladar a la pantalla Ghost World, título referencial del tebeo alternativo de los años 90.
La transcripción es perfecta, casi mimética, salvo por ciertos aspectos relacionados con los personajes que en nada traicionan a la obra original. La presencia de Enid gana peso en la trama, debido a que Seymour pasa de secundario episódico a personaje principal. Para entender esto, es necesario explicar que Enid y Rebecca son dos jóvenes que acaban de graduarse y deben replantear sus vidas entre dudas y personajes pintorescos, en una ciudad indeterminada de los Estados Unidos. El término Ghost World se refiere a ese entorno extraño y al mismo tiempo cotidiano que marca el devenir de las chicas, un lugar en el que los ancianos esperan autobuses que no llegan nunca y los coleccionistas de discos engañan su soledad con anuncios en la prensa y viejas canciones. De la misma manera que el dibujo de Clowes es claro y preciso, también Zwigoff emplea una planificación sobria y una puesta en escena sencilla y funcional, que no contiene alardes. Pero sobre todo, lo que define el carácter de la película es la elección de los actores, empezando por Thora Birch y Scarlett Johansson. Ambas interpretan con exactitud la incertidumbre y la pasividad agresiva de sus personajes, en especial la primera, quien realiza aquí el mejor papel de su carrera. En torno a las actrices hay un buen número de nombres perfectamente ajustados a la fauna que puebla Ghost World, con mención especial para Steve Buscemi (Seymour), que borda un personaje que parece creado a su medida.
En suma, la versión cinematográfica de Ghost World supera la prueba de recrear el espíritu del cómic, ahuyentando las eternas suspicacias entre lectores y espectadores. Y lo hace convocando por igual la comedia negra y el sentimiento trágico, característicos de la obra de Clowes, ese particular modo de contemplar el mundo fantasma a una edad en la que todo es incierto. La película ha ido adquiriendo valor con el tiempo, hasta ser considerada un clásico del cine indie capaz de romper los moldes del género adolescente, tantas veces maltratado por producciones que confunden juventud con estupidez.
A continuación, el tema principal de la banda sonora compuesta por David Kitay, quien volverá a trabajar con el director en sus siguientes películas. Relájense y disfruten:

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MIRAI, MI HERMANA PEQUEÑA. 2018, Mamoru Hosoda

Uno de los argumentos más visitados por el cine de animación japonés es el de un chico o chica que, de manera casi siempre fortuita, se introduce en una dimensión fantástica que pondrá a prueba su valor y le hará madurar. El director Mamoru Hosoda ha practicado algunas variantes de este mismo tema en títulos como La chica que saltaba a través del tiempo y El niño y la bestia, estableciendo relaciones entre el mundo de la imaginación y la realidad que se prolongan en Mirai, mi hermana pequeña. Una película de mayor contenido costumbrista que las anteriores, que retoma otra de las constantes en la filmografía de Hosoda: la familia.
El séptimo largometraje del cineasta tiene una evidente intención didáctica, que trata de incidir en el comportamiento del público más joven, transmitiendo los conceptos de responsabilidad, empatía, generosidad y esfuerzo. La película comienza con un plano general de la ciudad de Yokohama que se va aproximando hasta la casa donde transcurrirá la acción. Allí vive un matrimonio cuyo hijo de cuatro años aguarda la llegada de su hermana recién nacida, Mirai. El drama que supone para el niño sentirse desplazado y los lazos que debe estrechar con su padre, hasta entonces ausente por el trabajo, marcan el conflicto que deriva hacia el terreno del ensueño. Así, el argumento tiene una primera parte repleta de elementos cotidianos y muy cuidadosa en los detalles, que de pronto transforma las nociones del tiempo y el espacio a través de un portal mágico aparecido en el hogar que solo es visible para el protagonista.
Hosoda pone al servicio de la película la técnica y la experiencia del estudio Chizu, empleando la estética tradicional del anime y el desarrollo de las herramientas digitales. La narrativa de Mirai fluye con ritmo y los cambios de tono funcionan con naturalidad, aunque el resultado no alcanza el grado de excelencia de los films antes mencionados del director. Tal vez se deba a la sensación de haber asistido antes a historias semejantes y a la rebaja en el grado de ambición, lo cual no es un impedimento para disfrutarla. Al contrario, su sencillez la convierte en un entretenimiento muy adecuado para compartir y reflexionar junto a los pequeños de la casa, quienes podrán extraer valiosas lecciones en torno a los roles de género y al compromiso compartido en el núcleo familiar. Sirve también para los espectadores adultos, por cierto.
A continuación, uno de los temas que integran la banda sonora compuesta por Masakatsu Takagi. Colaborador habitual de Hosoda, en esta partitura alcanza gran expresividad con pocos instrumentos con los que recrea paisajes oníricos y evocaciones de la infancia. Relájense y disfruten:

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EL ESPEJO. "Zerkalo" 1975, Andréi Tarkovski

Las películas de Andréi Tarkovski incluyen referencias más o menos veladas de carácter personal, que tienen que ver con sus inquietudes filosóficas o sus intereses artísticos. Sin embargo, en El espejo, el cineasta ruso va más allá y se adentra en sus propios sueños y recuerdos. Un territorio íntimo que propone explorar sin intenciones explicativas, a pesar de que El espejo contiene multitud de símbolos que se prestan a la interpretación y el análisis. El mismo Tarkovski insistía en la inutilidad de descifrar unos códigos cuyo fin último era transmitir emociones, al igual que hacían los surrealistas, liberando la narración de todo razonamiento y de la lógica cartesiana que ha caracterizado el pensamiento clásico occidental. Así, resulta complicado hablar de El espejo y no tratar de desvelar sus enigmas.
Conviene advertir que se trata de un film complejo, el más críptico en la filmografía del autor. Por eso se requieren ciertas pistas para disfrutar de su inventiva y riqueza estética, ya que El espejo está planteado como "un álbum familiar y un mapa emocional", en palabras de Tarkovski. El director vuelca en la pantalla momentos concretos de su infancia y juventud, mezclados con evocaciones de una época que reflejan el espíritu ruso anterior y posterior a la II Guerra Mundial. La película mezcla distintas líneas narrativas en diferentes tiempos y con tratamientos visuales en blanco y negro y en color, todo ello sin seguir la lógica de una continuidad convencional. El lenguaje empleado se impregna de lirismo y trata de que el espectador identifique sus vivencias particulares más básicas (el miedo, la incertidumbre, la esperanza, el amor...) con las que aparecen en pantalla, aunque el resultado no lo pone fácil, ya que los códigos que maneja Tarkovski son a veces tan herméticos que solo cabe la contemplación de las imágenes elaboradas con sumo cuidado. El público intuye que detrás de cada una de esas imágenes hay un mundo por desentrañar, pero este empeño quedará condenado al fracaso y provocará frustración si se intenta aplicar un método sujeto a la conciencia. El espejo invita a dejarse llevar por el torrente de sensaciones que deparan las composiciones visuales, con influencias pictóricas del renacimiento y el romanticismo, y los contenidos literarios, leídos en voz del poeta Arseni Tarkovski, padre del cineasta. También intervienen su madre y su esposa, e incluso el propio Andréi se hizo filmar en una secuencia que finalmente fue suprimida en el montaje, prueba de la implicación del director con la película. Los demás personajes comparten las connotaciones realistas y giran en torno a la mujer a quien da vida Margarita Terekhova, actriz que sobrepasa las exigencias de su profesión y ejerce como cómplice de Tarkovski.
Terekhova interpreta un doble papel: es la madre de un muchacho que, cuando es adulto, tiene una esposa con su mismo rostro, de ahí el título de El espejo. El pasado encuentra su reflejo en el presente, y las desgracias del ayer (la ausencia del padre) se reproducen hoy (la crisis matrimonial). El trabajo de ella es impresionante, lleno de matices y de gran compromiso con la película. En más de una ocasión establece un vínculo con el espectador mirando a cámara, o bien le desafía, según la intención de la escena, ya que Tarkovski juega con las intenciones más que con las certezas. Éstas no le interesan, lo cual convierte al público en co-creador de un film que debe completar con su pensamiento y experiencia, contribuyendo a un proceso que no tiene final, porque el misterio de El espejo no se agota nunca y continúa manteniendo el hechizo que le da sentido.
En definitiva, el cuarto largometraje de Andréi Tarkovski ocupa el lugar central en su obra y significa su título más testimonial, en el que revela detalles de su biografía e hitos en la memoria tan significativos como puedan ser la Guerra Civil Española (mediante imágenes de archivo) o la herida en el labio de una chica pelirroja que, al igual que otros personajes, mira a cámara dando a entender que al otro lado está el receptor de su gesto, su interlocutor, nosotros. La cara oculta del espejo.

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SOLARIS. 1972, Andréi Tarkovski

El tercer largometraje dirigido por Andréi Tarkovski añade novedades importantes en su filmografía, tanto a nivel de contenido como de forma. En primer lugar, el cineasta ruso abandona las historias pretéritas y se traslada al futuro, esta vez sin partir de un guion original y adaptando una célebre novela de Stanisław Lem. Lo que no implica concesiones, ya que Solaris posee el rigor y la profundidad que caracterizan la obra de Tarkovski, cuyo estilo empieza a ganar en introspección y síntesis. Una evolución narrativa que tiene su reflejo en la estética, con la convivencia de imágenes en blanco y negro y color, además de una mayor experimentación con el sonido.
El título de la película da nombre a un planeta capaz de ejercer extrañas influencias sobre los científicos aislados en una estación espacial cercana. Allí se desplaza un psicólogo encargado de diagnosticar la situación, tarea que reabre heridas de su pasado y pone en riesgo sus convicciones. Tarkovski emplea los conflictos internos del protagonista para representar el enfrentamiento entre la ciencia y la creencia, entre la razón y el instinto, una dicotomía existencial envuelta en un relato de amor de connotaciones surrealistas. Por eso, más que una película, Solaris es una experiencia que conecta al espectador con su propio inconsciente. Al espectador dispuesto, eso sí. Porque como es habitual, el cine de Andréi Tarkovski requiere cierta predisposición que obtiene su recompensa cuando se asimilan las ideas que contiene Solaris. Entonces, la película devuelve con creces la complicidad que demanda del público y su misterio se clarifica de manera mucho más sencilla de lo que aparentaba, algo que se podría resumir en dos máximas: somos esclavos del pasado que no hemos sabido superar, igual que somos vulnerables al combate entre el pensamiento y el sentimiento.
A diferencia de los dos anteriores films del director, en esta ocasión predominan los espacios cerrados, lo que no significa que la cámara se mantenga estática. Al contrario, los planos en movimientos casi siempre horizontales recorren las estancias y los rostros de los personajes, marcando una relación entre ambos que trasciende lo físico. La puesta en escena es parte esencial de la trama, aunque bien es verdad que algunos aspectos resultan confusos (la alternancia del color y el monocromo) o no han envejecido como deberían (los zooms y algunos trucos ópticos). Nada grave que aminore el hechizo que desprende Solaris y su contribución al género de la ciencia ficción, ya en estado adulto gracias al estreno cuatro años antes de 2001. Una odisea en el espacio.
Hay que destacar la labor de los actores, quienes logran resolver las dificultades que entrañan sus personajes con la medida y el tono adecuados, una sensación de control que se traslada al conjunto. Puestos a comparar, es cierto que Tarkovski no cuenta con la producción ni los prodigios técnicos de Kubrick, pero no cabe duda de que posee unas capacidades artísticas e intelectuales que le identifican como un autor mayúsculo, un creador comprometido que plantea siempre retos estimulantes. Cada fotograma de Solaris se ocupa de demostrarlo.

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