SORRY WE MISSED YOU. 2019, Ken Loach

El cine de Ken Loach tiene la virtud de poner caras y nombres a las cifras que aparecen en los informativos. Así los números no son solo números, son personas como Billy Casper, Maggie Conlan, Joe Kavanagh, Daniel Blake... a los que se une Ricky Turner, protagonista de Sorry we missed you y figura catalizadora que sirve a Loach para señalar los desajustes del sistema socioeconómico británico (que son, por extensión, los de buena parte de Europa). Ricky es repartidor en una empresa de paquetería y transporte, un oficio cada vez más presente en el actual modelo de consumo, quien resulta víctima de esa práctica consistente en hacer pasar a los empleados por "falsos autónomos", infringida por algunas agencias cuyo margen de beneficios es inversamente proporcional al de sus escrúpulos.
Loach ilustra en su cine la idea de que la política tiene incidencia en lo colectivo pero también en el individuo, mostrando las consecuencias que las desigualdades laborales acarrean a una familia de clase obrera. La denuncia se conjuga con el drama y gana efectividad, el documental se convierte en ficción en manos del guionista Paul Laverty para obtener una reacción que conmueve al público desde la sobriedad, sin recurrir a trucos impactantes. Los personajes de Sorry we missed you forman parte de un ecosistema que lucha día a día para llegar a fin de mes: la mujer que ejerce de cuidadora en domicilios de personas dependientes, el hijo adolescente que no encuentra estímulos a su creatividad en los estudios, la hija siempre sola a la espera de que sus padres puedan conciliar el trabajo con la vida doméstica... La acusación que practica Loach no se queda solo en el ámbito privado sino que se expande indirectamente a las legislaciones públicas que posibilitan estos desmanes y a los gobernantes que los amparan con su inacción. Es, por lo tanto, cine combativo y militante, como sucede con toda la obra del director.
Para que estos argumentos se sostengan hace falta credibilidad, algo que Sorry we missed you posee gracias a las interpretaciones de los actores no profesionales, capaces de una naturalidad que atraviesa la pantalla y hace mella en el espectador. La empatía es el efecto especial que luce la película y que permite que el público no se sienta agraviado por las desdichas filmadas por Loach, dueño de un estilo comedido y funcional que se sitúa a la altura de los personajes, sin retórica visual ni imágenes que no busquen otra cosa que reflejar cada situación de forma realista. Este es el propósito de los elementos técnicos y artísticos que integran el conjunto, y el máximo valor que ofrecen para dar testimonio de los desastres de una época que Ken Loach reprueba con su cámara incisiva. Quienes no quieran verlo, que dejen descansar sus conciencias y miren hacia otro lado.

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DONNIE DARKO. 2001, Richard Kelly

Tal vez fuera fruto de la casualidad o tal vez una tendencia, el caso es que a principios del presente siglo se estrenaron varias películas destacables cuya temática giraba en torno a las paradojas del espacio-tiempo. Títulos como Memento, Las horas, Olvídate de mí o La ciencia del sueño, a los que se suma Donnie Darko. Todos ellos comparten entre sí el riesgo y la complejidad de sus tramas laberínticas, además, buena parte comulgan con el cine independiente, si no en términos financieros, al menos en personalidad y carácter. Donnie Darko es un buen ejemplo.
Se trata del primer largometraje dirigido por Richard Kelly, autor también del guion, que trata la difícil relación de un joven con la realidad que le rodea, debido a que sufre brotes de esquizofrenia. Sus visiones están protagonizadas por un extraño ser con apariencia de conejo, quien le incita a cometer actos agresivos y le anuncia la fecha del fin del mundo. Esta situación sucede al principio de la película, de ahí en adelante la narración se convierte en una cuenta atrás en la que el chico lucha contra su subconsciente y trata de desvelar ciertos misterios que acontecen en el pueblo donde vive. Donnie Darko sumerge al espectador en una espiral de lucidez y locura que se va acrecentando según avanza la acción, en un combate en el que se contraponen conceptos muy enraizados en la cultura estadounidense como la inocencia y la culpabilidad, la libertad y la represión, el éxito y el fracaso.
El acierto de Kelly consiste en manejar todos estos elementos con agilidad, envolviendo la historia en una atmósfera muy determinada para generar tensión y suspense. Su condición de debutante no le impide realizar una labor sólida e inspirada, ya que Donnie Darko posee una magnífica dirección que desarrolla las posibilidades del encuadre, mantiene el ritmo y en ocasiones se exhibe con planos bastante complicados y trucos de acelerado y ralentizado de imágenes. No son efectos gratuitos: la distorsión del tiempo da sentido a la trama y la siembra de detalles a los que prestar atención. Algunos de estos detalles tienen que ver con el argumento (el agente de la compañía de aviación que aparece de forma esporádica para vigilar a Donnie) y otros con el cuidado diseño de producción y la recreación de una época, finales de los años ochenta, en la que se ambienta el film. Kelly rinde tributo a las películas de su niñez mediante referencias que el público puede identificar con facilidad y convoca en Donnie Darko el espíritu de aquel cine, incluso en sus excesos, lo que aporta al conjunto un aire de diversión que conjuga bien con los géneros del fantástico, el terror y el drama psicológico.
Otra virtud de la película es la de añadir numerosos personajes alrededor del protagonista encarnado por Jake Gyllenhaal. De esta manera se evita que Donnie Darko sea solo el retrato de una discapacidad mental y expanda su foco a una comunidad a la que se mira con actitud crítica: padres, profesores, vecinos, amigos... todos tienen importancia y completan el paisaje humano integrado por actores conocidos como Maggie Gyllenhaal, Mary McDonnell, Drew Barrymore o Patrick Swayze, junto a otros menos populares pero igual de eficaces. La bifurcación de los puntos de vista termina favoreciendo el papel de Jake Gyllenhaal, que no es tan matizado como debería y resulta algo tosco y pobre, lejos todavía de las grandes interpretaciones de las que hará gala el actor.
Erigida hoy a la categoría de película de culto, lo cierto es que Donnie Darko debe ser tenida en cuenta por su originalidad y su ingenio efervescente, capaz de abrir huecos en el relato para que el espectador los rellene con su propio criterio. Y es que detrás de su aspecto de película para adolescentes, la opera prima de Richard Kelly contiene cargas de profundidad camufladas por el humor y la falta de complejos, lo que la convierte en una rareza dotada de una inesperada sensibilidad gracias, entre otras cosas, a la música compuesta por Andrew Peters. A continuación pueden escuchar una muestra:

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¿QUIÉN PUEDE MATAR A UN NIÑO? 1976, Narciso Ibáñez Serrador

Hay muchas formas de contar una misma historia, con variantes que van desde la versión oficial hasta la leyenda urbana. También en el caso de Chicho Ibáñez Serrador y los motivos de su temprano abandono del cine, tras haber dirigido dos largometrajes que lograron el éxito. Por lo común se acepta que prefirió la seguridad que le ofrecía trabajar en televisión antes que la eterna ingratitud del cine producido en España, el cual no le garantizaba el reconocimiento ni la estabilidad que ya desde los años sesenta le proporcionaba la pequeña pantalla. Esta decisión, respetable y legítima, se puede complementar con otros puntos de vista derivados de la observación de su filmografía. Una obra tan breve como intensa que arroja conclusiones alternativas, por ejemplo, que Ibáñez Serrador no era en realidad un gran creador sino un especialista en fagocitar los aciertos ajenos, ya fueran espectáculos televisivos, seriales de misterio o películas de género. Cada proyecto en el que se embarcaba estaba guiado por la pasión y la necesidad de impactar en el público, lo que le permitió mantener su notoriedad durante muchos años.
El segundo y último largometraje de Ibáñez Serrador, ¿Quién puede matar a un niño?, podría definirse como una operación de estricta cinefilia. El guion, escrito también por el director, parte de la novela El juego de los niños de Juan José Plans, aunque visualmente se presenta como un híbrido perfecto entre Los pájaros de Alfred Hitchcock y El pueblo de los malditos de Wolf Rilla, mezclado con las referencias coetáneas de La semilla del diablo y Perros de paja, entre otros títulos representativos de aquella época. Ibáñez Serrador toma de ellos la violencia soterrada que emerge en medio de un entorno en apariencia placentero, donde los protagonistas reciben un castigo que va destinado a la sociedad, a modo de metáfora perversa: es la venganza de la naturaleza humana contra los desastres del mundo moderno, un combate en el que Ibáñez Serrador enfrenta a niños y adultos, víctimas contra verdugos. Para ilustrar esta rebelión, ¿Quién puede matar a un niño? comienza con una (demasiado) larga escena documental en la que se denuncian los horrores que las sucesivas guerras han infringido a la infancia, una durísima secuencia intercalada con los títulos de crédito que trata de justificar todo lo que acontece después: la historia de un matrimonio extranjero que está esperando el nacimiento de un hijo y que acude a una pequeña isla en pleno verano para descansar. Allí descubren poco a poco que los habitantes más jóvenes han tomado el poder acabando con sus mayores, empujados por una especie de locura colectiva que se transmiten unos a otros mediante influjos sobrenaturales.
Al igual que sucede en el libro original, la película no ahonda en explicaciones porque de lo que se trata es de practicar un ejercicio de tensión narrativa. Así que no conviene tomarse en serio el origen del comportamiento asesino de los niños y hay que centrarse en el suspense y la acción, verdaderos motores de la película. Lo demás es algo tosco, incluso vulgar, sirvan como ejemplo los diálogos que mantiene la pareja protagonista al principio del film, de una simpleza a veces sonrojante. Según avanza el relato, Ibáñez Serrador muestra sus cartas y deja claro que lo importante es que la angustia ascendente que se apodera de los personajes cale en los espectadores, y para ello se vale de una planificación eficaz que gana ritmo en el montaje. El director rueda con nervio e inspiración, generando la atmósfera adecuada para transmitir terror bajo la luz del día y en espacios abiertos, al contrario de lo habitual en el género. Un incipiente José Luis Alcaine dirige la fotografía explotando las posibilidades de la luz solar y con unos medios limitados, ya que ¿Quién puede matar a un niño? es una producción modesta que logra convertir la escasez en virtud.
Hay, sin embargo, algunos elementos que impiden que el resultado alcance la excelencia que roza en ocasiones, y no son detalles pequeños: el más notable es la interpretación del actor protagonista, Lewis Fiander, sin el carisma preciso y con limitaciones que quedan en evidencia cuando se le compara con Prunella Ransome, su compañera de reparto, bastante más certera que él. Más allá de ciertas debilidades concernientes sobre todo a la "racionalización" de la trama y al acabado técnico (esos arreglos musicales tan avejentados), lo que ofrece ¿Quién puede matar a un niño? con la perspectiva de los años es su condición de anomalía dentro de una industria en transformación, recién terminada la dictadura de Franco. La valentía de Narciso Ibáñez Serrador continúa asombrando todavía hoy, así como la película sigue propiciando malestar y terror, que es la finalidad para la que fue ideada. Nunca se sabrá cómo pudo haber evolucionado la carrera de un cineasta que dejó de serlo tan pronto que no le dio tiempo a definir un estilo, por lo que sus dos películas son a la vez una declaración de principios y un testamento, una presentación y una despedida.
Este texto quedaría incompleto sin señalar uno de los factores que otorgan personalidad al conjunto y es la banda sonora compuesta por Waldo de los Ríos. A grandes rasgos, es una partitura irregular que tiende a la dispersión y que lo mismo incluye temas que beben sin disimulo de fuentes demasiado cercanas, junto a hallazgos como el que se puede escuchar a continuación. Que lo disfruten:

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BLUE VALENTINE. 2010, Derek Cianfrance

Al igual que sucede en los ecosistemas, el cine independiente necesita regenerar su propio suelo de vez en cuando para que prevalezca el ciclo evolutivo de las especies. Así se suceden los nombres de los autores y los técnicos, los títulos de las películas y también los referentes, que van surgiendo según la tendencia o necesidad de cada momento. A este grupo bien podría pertenecer Blue Valentine, el segundo largometraje dirigido por Derek Cianfrance, una película que lleva el apelativo indie en su código genético. Es verdad que en el reparto figuran dos actores que hoy son conocidos pero que entonces eran emergentes, Ryan Gosling y Michelle Williams, en todo lo demás el film se adhiere a ese cine situado en los márgenes de la gran industria.
A nivel financiero, Blue Valentine está producida por un conglomerado de estudios pequeños y entidades privadas, lo cual le permitió entrar en el circuito de festivales y obtener cierta repercusión gracias a su pareja protagonista, llegando incluso a ser candidata para algunos premios de relumbrón. No es un dato anecdótico, ya que la película es fiel a sus principios y cuida mantener su personalidad en cada escena. Lo primero que llama la atención es la estética que imprime la fotografía de Andrij Parekh, con reminiscencias de los años setenta: luces fuertes sobreexpuestas, sombras con ruido y colores cuyo tono y densidad cambian según la intención dramática. Cianfrance aplica una estética que transmite cercanía, ya que de lo que se trata es de adentrarse en la intimidad de un matrimonio en plena descomposición. El guion mezcla dos tiempos en paralelo: el pasado, en el que la pareja se conoce y entabla relación, y el presente, en el que todo se destruye. Ambas épocas se solapan completándose y contrariándose la una a la otra, en un diálogo devastador que no hace concesiones a la lágrima fácil.
El acierto de Cianfrance es mantener el equilibrio sin caer en el exceso. Blue Valentine narra una historia de emociones que brotan con intensidad, pero lo hace desde la mesura, sin añadir leña al fuego. Para ello, el director cuenta con la complicidad de Gosling y Williams, ambos magníficos en los sucesivos cambios de registro y en la credibilidad que exigen sus personajes. La película deposita en ellos una importante responsabilidad, hasta el punto de que determinan el resultado y lo elevan a la categoría de tragedia romántica. No confundir con los numerosos títulos que han emponzoñado el género, puesto que lo que aquí se calibra es cine que extrae oro del carbón, brillantez de la oscuridad. Blue Valentine es un film doloroso e incómodo de ver, que hace reconocibles nuestras peores miserias y que consigue construir la atmósfera adecuada gracias, entre otras cosas, a una acertada banda sonora integrada por canciones que participan de la trama y temas compuestos por la banda neoyorquina Grizzly Bear.
En resumen, cabe destacar Blue Valentine como el ejemplo perfecto de lo que puede lograr un director como Derek Cianfrance, consciente de la oportunidad que le ofrece esta película para dar continuidad a su carrera en el cine, al frente de un equipo implicado y unos actores en estado de gracia. Sin mucho presupuesto y con un objetivo claro que consiste en apelar a los sentimientos del público sin agraviar su sensibilidad y damnificando la memoria colectiva de toda persona que haya tenido pareja alguna vez.

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QUIÉN LO IMPIDE. 2018, Jonás Trueba

Después de dirigir La reconquista, Jonás Trueba continúa explorando el mundo de los adolescentes en un formato hasta ahora inédito en su filmografía, un proyecto audiovisual que lleva por título Quién lo impide y que abarca cuatro películas a medio camino entre el documental y la ficción. Cada parte de este retablo cinematográfico tiene conexión con las demás pero funciona de manera independiente, sin un orden establecido ni continuidad argumental. Es una obra en construcción que es enriquecida con nuevas incorporaciones basadas en un objetivo en común: desmontar los tópicos en torno a un segmento de la población que suele ser estigmatizado, así como ofrecer una visión positiva de aquellos que están llamados a tomar las riendas del país en un futuro no demasiado lejano.
Aunque pueda sonar ambicioso, en realidad Jonás Trueba lleva a cabo este propósito desde la cercanía y la sencillez, contando con la implicación plena de los protagonistas y con un tono alejado de todo paternalismo y adoctrinamiento. Al contrario, los jóvenes que aparecen en pantalla determinan con sus palabras y actitudes el resultado, integran un mosaico diverso en el que se repiten algunas caras para permitir que el público pueda identificarse y el relato mantenga un hilo conductor, lo que otorga coherencia al conjunto. No se trata de piezas dispersas sino de posibilidades narrativas que se van abriendo según avanza el proyecto y va ganando en profundidad social y antropológica. Así, los distintos films evolucionan del documental con testimonios de Tú también lo has vivido a la ficción naturalista de Principiantes, pasando por los segmentos Sólo somos y Si vamos 28, volvemos 28, situados entre ambos términos.
El espectador debe saber que, aunque no es necesario conocer las circunstancias que rodean el proyecto, sí es enriquecedor situarlo en su contexto para comprender su verdadera dimensión. Jonás Trueba sabe que el cine es también todo lo que rodea el cine, que es un medio permeable a cuanto sucede mientras se elabora y que los elementos externos se pueden volver internos si hay un equipo sensible y creativo capaz de favorecerlo. No en vano, durante los últimos años Trueba ha participado en experiencias didácticas, charlas y formaciones que sostienen la base de Quién lo impide y se materializan en sus imágenes, tal vez en eso resida el gran acierto del cineasta: en hacer que el contenido teórico se convierta en práctica y que la reflexión se vuelva acción. De ahí que su nombre no figure en los créditos como director, sino ejerciendo la función de "puesta en situación". Es una más de las anomalías que hacen tan especial el proyecto, además de por su forma poliédrica y, sobre todo, por tratar de transformar la mirada que la sociedad en general y el cine en particular arrojan tradicionalmente sobre la adolescencia. Nada más (y nada menos) que por esto merece la pena tener en cuenta Quién lo impide, tetralogía que lleva impresa su vocación de desafío ya desde el mismo nombre.

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KINETTA. 2005, Yorgos Lanthimos

Cuatro años antes del reconocimiento que significó Canino, el director Yorgos Lanthimos experimentaba en los márgenes del cine con historias y formatos que ponían a prueba su incipiente lenguaje narrativo. A esta primera etapa pertenece Kinetta, su debut en solitario y un ejemplo de los riesgos que ya desde temprano comenzó a asumir Lanthimos en condiciones bastante precarias. La película está filmada en 16 mm. con unos pocos personajes y en escasos escenarios, el principal es un hotel deshabitado en la costa, a la espera de que se reanude la temporada de turistas. Una camarera de pisos se ocupa de mantener las habitaciones en orden y se relaciona con los otros dos protagonistas del film: un operador de cámara que asume encargos de todo tipo, algunos de ellos de naturaleza extraña, y un agente de policía que se sirve de su autoridad para cometer ciertos abusos. En realidad, este planteamiento nunca es explícito y se intuye por lo que sucede en la pantalla, al igual que el desarrollo y el desenlace de la trama. Kinetta se aleja premeditadamente de toda narración convencional para plantear situaciones aisladas que el público debe conectar y dotar de significado, si es que lo precisan. Porque no es necesario hacer una interpretación racional de la película: aquí de lo que se trata es de dar forma visual a las sensaciones que han interesado a Yorgos Lanthimos desde el inicio de su trayectoria: la soledad, el desarraigo, el poder y la sumisión, la dificultad para unirse a otras personas, la incomunicación.
Es importante que el espectador sepa lo que va a ver para no sentirse decepcionado: Kinetta es la indagación de un cineasta ensayando con las imágenes, en torno a algunas influencias pasadas y recientes. Entre las primeras se adivina un recuerdo a Faces de John Cassavetes (la escena del intento de suicidio frustrado en el cuarto de baño), y entre las segundas queda todavía cercana la referencia al movimiento Dogma 95, cuyo lenguaje es similar al empleado por Lanthimos: cámara en mano, iluminación natural, inmediatez y crudeza en los encuadres. El montaje alterna los planos abiertos de situación con otros muy cerrados que se pegan a los personajes, forzando el foco y la paciencia de los espectadores con claustrofobia. Es como si el director quisiera violentar el ojo del que mira y a los propios actores, para obtener de ellos determinadas reacciones. Sus personajes carecen de nombre y los escasos diálogos no tienen relevancia en el conjunto, ya que Kinetta es más una consecución de fragmentos que un todo, una experiencia parecida a la de mirar a través de un cristal esmerilado.
Por supuesto, no es una película que busque el consenso ni el público fácil, acaso tampoco el difícil. Kinetta se busca a sí misma en el misterio que encierran sus fotogramas, un reto solo apto para los degustadores de rarezas y aquellos que disfruten asomándose a las esquinas que suelen evitar las películas mayoritarias: los tiempos muertos, la representación fuera de la norma de las relaciones afectivas y sexuales, el silencio como discurso cinematográfico... en fin, todo lo que entraña riesgo para un artista como Yorgos Lanthimos, en una opera prima tan desconcertante como merece su filmografía.

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EL SACRIFICIO DE UN CIERVO SAGRADO. "The killing of a sacred deer" 2017, Yorgos Lanthimos

El cine de Yorgos Lanthimos continúa evolucionando y, por primera vez, deja de lado la parábola simbólica para hacer una incursión en el género de terror. Un terror que el director filtra a través de su personal estilo para elaborar un ejercicio de tensión contenida en El sacrificio de un ciervo sagrado, película que denota en algunos aspectos la influencia Stanley Kubrick. Hay dos títulos en concreto del maestro norteamericano cuyo recuerdo sobrevuela el quinto largometraje de Lanthimos: El resplandor y Eyes wide shut. Bien sea por los planos en movimiento (hay numerosos avances de cámara acompañando al protagonista por los pasillos de un gran hospital), como por la atmósfera (de falsa calma que oculta un peligro), además de la presencia de Nicole Kidman, interpretando a la esposa de un matrimonio aparentemente perfecto que debe enfrentarse a sus demonios internos y externos. El marido está encarnado por Colin Farrell, quien repite con Lanthimos después de Langosta, encadenando así una de sus mejores etapas profesionales.
La película demuestra el bagaje acumulado por el director y la ampliación de sus recursos expresivos, cada vez más dinámicos, al utilizar el zoom y los desplazamientos de cámara para envolver la historia en una sensación de expectativa e inestabilidad constantes. Esto mantiene alerta al espectador en todo momento, ya que el horror que contiene el film carece de sustos y de trucos fáciles, es un temor que permanece agazapado en el subconsciente de los personajes hasta que finalmente se materializa (al igual que en El resplandor) y adopta forma sonora en la acertada selección de músicas que suenan en el film. De nuevo, el guion de Yorgos Lanthimos y Efthymis Filippou busca inquietar al público con recursos dramáticos de impacto seco y contundente, en esta ocasión sin el alivio de la comedia negra que caracteriza la obra del director. Lo más curioso es que la trama toma como referencia el mito griego del rey Agamenón, quien ante la diosa Artemisa hubo de llevar a cabo el sacrificio que da nombre al film. De esta manera, Lanthimos recrea la cultura clásica ligada a su origen, mientras que introduce en ella connotaciones religiosas y dilemas morales que mantienen su vigencia todavía hoy.
La importancia de la puesta en escena y la creación de la atmósfera adecuada son determinantes para que El sacrificio de un ciervo sagrado desarrolle sus propuestas de partida, algo a lo que contribuye la fotografía de Thimios Bakatatakis con el talento acostumbrado. Tal y como exige la naturaleza del relato, Lanthimos hace crecer la ficción desde dentro hacia fuera en los dos primeros actos, dosificando la información y alternando los puntos de vista de los distintos personajes para, llegado el tercer acto, hacer creíble la resolución. Es entonces cuando la película completa su capacidad de hipnosis y la consabida reflexión en torno al bien y el mal, la inocencia y la culpabilidad, el perdón y el castigo. Un ejemplo de los códigos visuales que maneja el director es la persistencia de los techos en muchas imágenes para representar la presión y el desasosiego que se cierne sobre los protagonistas, además de otros elementos que transmiten agitación como son los ventiladores, siempre en funcionamiento.
 El sacrificio de un ciervo sagrado supone un paso más en la trayectoria de un cineasta que nunca elige el camino fácil y que trata de sorprender transformando sus propias fórmulas. En resumen: una de las películas de terror más estimulantes de los últimos años, producida, filmada e interpretada con inspiración e inteligencia.

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LANGOSTA. "The lobster" 2015, Yorgos Lanthimos

La primera de las películas rodadas por Yorgos Lanthimos fuera de Grecia y en régimen de coproducción supone un cambio en su filmografía. No solo en términos geográficos (está rodada en Irlanda) o financieros (que aumentan exponencialmente) sino, sobre todo, porque Langosta añade elementos formales a un estilo que permanece fiel a sus convicciones temáticas. El tándem formado por Lanthimos y Efthymis Filippou continúa espoleando al público por medio de una historia que cuestiona los modelos tradicionales de las relaciones humanas, esta vez centradas en la pareja.
El ámbito en el que se mueven las películas de Lanthimos se va expandiendo desde el escenario doméstico de Canino hasta alcanzar aquí lo global, por lo que la parábola adquiere tintes de premonición: un individuo llega a un hotel donde se lleva a cabo un programa para que las personas solteras entablen relación, ya que el orden social les considera inadaptados. Fuera, en medio de la naturaleza, opera una agrupación rebelde que se sitúa en el extremo opuesto y prohíbe la expresión de sentimientos entre sus miembros. Aunque ambos bandos permanecen en guerra, coinciden en la actitud dogmática y en la violencia para resolver sus respectivas faltas de disciplina, lo cual empuja a los integrantes de una parte y de otra a adoptar comportamientos artificiales y alienantes. El espectador de Langosta puede extraer lecturas éticas, políticas o filosóficas del argumento, todas con aplicación a la época reciente que Lanthimos denuncia con sus armas habituales: el distanciamiento y el humor negro.
Por muy terrible que pueda parecer lo que se muestra en pantalla, el director expone los hechos y las reacciones de los personajes bajo el prisma del cinismo e incluso el sarcasmo. Unos recursos expresivos que, como bien se sabe, no son percibidos por igual por todos los espectadores, así que habrá quien encuentre la película como una metáfora incisiva de nuestras deficiencias comunes, mientras que otros tengan dificultades para participar en el retorcido juego que propone el director. Y es que Langosta incurre en numerosos riesgos, el más notable es el cambio de tono que se produce a mitad del film, con un relajamiento del ritmo y una narración menos exuberante que en la primera parte. En ambos casos, Yorgos Lanthimos ejerce de director manierista, cada vez más alejando de la austeridad de sus anteriores títulos y con un método que se va enriqueciendo de elementos, situaciones y personajes. Prueba de ello es el extenso reparto en el que se pueden encontrar los nombres de Colin Farrell, Rachel Weisz, Léa Seydoux y John C. Reilly, además de Aggeliki Papoulia y Ariane Labed, quienes repiten con el director después de Alps. Todos ellos magníficos y con la capacidad de resolver el rasgo característico que define a sus personajes, ya sea físico (la cojera, el ceceo, la cabellera rubia) como de personalidad (la frialdad, la desesperación, la servidumbre).
Estas y otras cualidades hacen de Langosta una película atípica, que se parece a muy pocas. Lanthimos hace evolucionar su planificación y puesta en escena para abarcar los componentes del relato, que son muchos y funcionan a distintos niveles, desde el simbolismo lírico a la acción (cuya dinámica se altera mediante el ralentizado de las imágenes). El recurso de la cámara lenta es empleado por el director con el fin de aislar del conjunto algunos momentos determinados, re-significando su sentido original para dotarlo de una nueva dimensión, ya sea en secuencias decisivas como en otras en apariencia intrascendentes. Lanthimos añade esta herramienta a su lenguaje visual de aquí en adelante, un lenguaje que gana elocuencia en el montaje y que vuelve a contar con la fotografía del siempre inspirado Thimios Bakatatakis.
En definitiva, Langosta es un ejercicio muy estimulante de cine de autor, menos hermético que las películas antecesoras de Yorgos Lanthimos, pero igual de valiente. Sus hallazgos formales no deberían ocultar la advertencia que lanza la película, y es que en una sociedad donde rige la apariencia y avanza el conservadurismo, se corre el peligro de acabar siendo víctima de unos prejuicios adquiridos por herencia cultural. Algo que nos concierne a todos y que Langosta disfraza de distopía para analizar el presente.

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LOS DÍAS QUE VENDRÁN. 2019, Carlos Marques-Marcet

El director Carlos Marques-Marcet continúa explorando las luces y las sombras de las relaciones de pareja, en esta ocasión a través de la experiencia de un embarazo. Para ello se vale de un proceso de gestación real, el de la actriz Maria Rodríguez Soto y su pareja, el actor David Verdaguer, quienes se prestan a interpretar una ficción condicionada por las circunstancias verídicas que envuelven el proyecto. En Los días que vendrán, Marques-Marcet realiza un ejercicio de naturalismo directo y nada complaciente del conocido como "estado de buena esperanza", tantas veces idealizado y que muestra aquí su cara menos amable, capaz de revelar el drama íntimo pero también el retrato social y de costumbres de una generación que debe afrontar muchas dudas antes de decidirse a tener un hijo.
Como cabe esperar, el punto fuerte de la película reside en el desarrollo de los personajes y en la labor de los actores protagonistas. Ellos conducen la trama y definen el tono expresivo de cada secuencia, por lo que el trabajo del director está siempre encaminado a lograr la identificación con el público mediante los recursos propios de la imagen. Abundan los primeros planos y los planos medios, ya que los diálogos son habituales y buena parte de la película transcurre en el apartamento de la pareja. Las salidas a los demás escenarios están plenamente justificadas y adoptan un carácter narrativo, además de describir un entorno determinado como es la ciudad de Barcelona en su vertiente más próxima y cotidiana, sin caer en la tentación del embellecimiento postal. La cámara se sitúa en todo momento cerca de los personajes y prioriza el punto de vista de la futura madre, no en vano, Marques-Marcet escribe el guion junto a Coral Cruz y Clara Roquet (con quien ya había colaborado antes en 10.000 Km.)
En definitiva, el tercer largometraje de Carlos Marques-Marcet es una película sencilla en su forma pero de cierta complejidad temática, ya que se atreve a abordar el hecho de la procreación sin los consabidos edulcorantes. Lo que no significa que no haya momentos de interés visual, tanto en la planificación como en el montaje, puesto que Marques-Marcet es un cineasta conciso y atento que se adapta a las necesidades de la historia y despliega un estilo que, si bien no suele resultar evidente, sí ayuda a revelar en la pantalla el interior de los personajes. Esta es la principal virtud de Los días que vendrán y el motivo por el cual debería ser tenida en cuenta ahora y en el futuro, cuando sea oportuno buscar explicaciones a los bajos índices de natalidad y a los conflictos derivados de la vida en pareja.

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ALPS. "Alpeis" 2011, Yorgos Lanthimos

El director Yorgos Lanthimos desarrolla la fórmula que tan buen resultado le dio en Canino y, dos años después, presenta otro ejercicio de simulación dramática atemperado por el estilo. Alps mantiene la misma capacidad de riesgo y las señas de identidad de su antecesora, basadas en una lógica narrativa contraria a la habitual: primero asistir a la evolución de la trama para, a continuación, descubrir la premisa seguida de un desenlace que no se cierra del todo. Por supuesto se trata de una opción peligrosa, ya que hay una parte del público que por el camino sentirá apatía, desconcierto o ambas cosas a la vez. Sin embargo, Lanthimos proporciona una experiencia inigualable a aquellos dispuestos a asumir el reto, ni más ni menos que adentrarse en el corazón de una tormenta de emociones resguardado por el paraguas de la contención formal.
Lanthimos y Efthymis Filippou vuelven a plantear el guion como una sucesión de cajas chinas que van desvelando su contenido según avanza el relato. Al igual que sucedía en Canino, los protagonistas integran un grupo hermético (los Alpes del título) que basan su actividad en la apariencia y la suplantación. La diferencia es que aquí no existe la coartada de la inocencia para justificar sus actos, porque las estrategias de poder que siguen son premeditadas, lo cual podría determinar que Alps es una película todavía más cruel y nihilista. Los amantes de las interpretaciones lo tienen fácil: en los protagonistas se puede discernir a esa sociedad moderna adiestrada en el fingimiento para mantener el estatus, una crítica en contra del modelo productivo que favorece la alienación y restringe las relaciones humanas. Parece duro, y lo es. Lanthimos dispara con balas de buen calibre pero, en lugar de regodearse en los aspectos turbios, los omite mediante un prodigioso empleo de la elipsis y el fuera de campo, provocando al espectador para que él mismo se vea empujado a adoptar conclusiones y juzgar a los personajes.
En ellos precisamente se guarda la esencia de Alps. Cada uno de los cuatro integrantes de los Alpes representa un perfil diferente de la soledad, encarnada con agudeza por dos actores y dos actrices entre los que se encuentra Angeliki Papoulia, quien repite con Lanthimos después de Canino. Ella es el hilo conductor de un film que no adopta su punto de vista, ya que el director toma distancia respecto a los personajes mediante encuadres que buscan el desequilibrio y la incertidumbre. En raras ocasiones se observan planos de conjunto, puesto que la cámara aísla a las figuras en composiciones muy expresivas y en la separación que proporciona el foco y el desenfoque. Hay, por lo tanto, una intencionalidad muy evidente en las decisiones que adopta Yorgos Lanthimos como cineasta, en lo que sucede dentro y fuera de la imagen y que tanto influye en la atmósfera de la película. La luz apagada y fría con la que Thimios Bakatatakis cubre la fotografía define bien el carácter de Alps y refuerza la sensación desazonada que se transmite del primer fotograma hasta el último. No hay tregua en esta película valiente e hipnótica, que cierra la primera etapa de Lanthimos en su Grecia natal.

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CANINO. "Kynodontas" 2009, Yorgos Lanthimos

Tras haber realizado dos largometrajes que apenas alcanzaron repercusión, el primero de ellos en compañía de otro director, en 2009 Yorgos Lanthimos logra llamar la atención internacional con Canino, por motivos bien justificados. La película está concebida en plena crisis económica y en uno de sus mayores epicentros, Grecia, país cuya situación queda expuesta por Lanthimos a modo de metáfora. Tal vez ahí resida el éxito del film, en dar forma de parábola a lo que se podría haber presentado como un análisis de las condiciones financieras, políticas y sociales que dieron paso al desastre, lo cual habría enclavado la película en un periodo y un escenario determinados. En lugar de eso, Canino obtiene la intemporalidad por medio de un relato que no solo expone lo sucedido, sino que también sirve de advertencia a lo que pueda suceder en cualquier otro tiempo y parte. Este es el valor que tienen las fábulas, y que Lanthimos refleja en la historia de tres hermanos que, sin saberlo, crecen encerrados en una casa bajo el influjo de una fantasía ideada por los padres. El cabeza de familia es el encargado de regir los destinos de los demás, que viven ajenos al exterior e interpretan la realidad a través de unas normas de conducta encaminadas a mantener una pureza e inocencia aparentemente idílicas, pero que en verdad impiden la autonomía y la libertad. A grandes rasgos, es el mismo sistema que origina los totalitarismos y las modernas economías de mercado, lo que permite que cada espectador pueda hacer sus propias interpretaciones dependiendo del lugar donde viva.
La habilidad de Lanthimos consiste en esquivar las evidencias a través de un estilo muy marcado, que desarrolla las posibilidades del punto de vista por medio de la ocultación. Puesto que toda la película gira en torno a este concepto, el director elabora una planificación coherente con la idea de que los personajes se esconden cosas y mantienen relaciones de poder. El hecho de que una frase de diálogo no obtenga su reacción y de que Lanthimos eluda muchas veces el recurso clásico del plano/contraplano se debe a la intención de que el público complete en su cabeza lo que no muestra la pantalla, es decir, que adopte un papel activo dentro de la historia. Habrá quien defina este lenguaje visual como moroso o distante, y no le faltará razón, porque el director trata de situar al espectador en una posición incómoda que le obliga en todo momento a hacerse preguntas y a tratar de descifrar la información que se desgrana poco a poco. Para ello, Lanthimos se vale de encuadres en ocasiones inesperados o que buscan la descomposición de la imagen, además de un montaje que transmite una impresión estática (acorde a la vida de los protagonistas) sin movimientos de cámara y que dilata y contrae el tiempo de las escenas, según los diferentes tonos que maneja la película. Estos van de la comedia negra al drama pasando por el suspense y el terror, en un guion que marca la primera de las colaboraciones entre Lanthimos y Efthymis Filippou.
Otro de los cómplices habituales del director es Thimios Bakatatakis, responsable de la luz lechosa que baña la fotografía y de la paleta de colores pálidos que envuelve la atmósfera de la casa en un ambiente aséptico, libre de influencias externas. Canino luce una estética muy cuidada, que aporta credibilidad a la ficción y convierte el visionado en una experiencia fascinante, gracias también a la magnífica interpretación de los actores. Un acierto que comienza desde el mismo casting y se consolida en una labor de conjunto compacta y equilibrada.
En suma, cada elemento que integra Canino está elaborado con esmero y tiene una razón de ser, sigue una lógica cartesiana que contrasta con las turbulencias de la trama. Si Lanthimos hubiese optado por una dirección más inmediata y desatada, es probable que el resultado no hubiera funcionado con la misma efectividad, ya que la magia de la película consiste en la dicotomía de lo excepcional y lo cotidiano, del costumbrismo y el horror, de la rigidez y la libertad. Sin duda, se trata de una de las películas más turbadoras de los últimos tiempos y también de las más redondas, en la que Yorgos Lanthimos se propone exponer al individuo frente a sus fantasmas y a la comunidad ante los peligros que acechan bajo el supuesto estado del bienestar. Y bien que lo consigue.


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BOTTLE ROCKET. 1996, Wes Anderson

La creciente difusión que obtuvo el festival de cine de Sundance a finales de los años ochenta, unida al éxito internacional de nombres como Steven Soderbergh y los hermanos Coen, permitió que se iniciara una nueva etapa para el cine independiente norteamericano. Un periodo que fructificó en los años noventa con el surgimiento de una nueva hornada de directores cuya prevalencia ha sido desigual a lo largo de los años. Debutantes como Quentin Tarantino, Kevin Smith, Darren Aronofsky o Todd Solondz revolvieron las carteleras sin una fórmula que les unificara ni un estilo en común. Tal y como dictan los imperativos de la edad, las primeras películas de estos autores solo compartían el afán por salirse de la norma y cierta tendencia al riesgo y la provocación, algo que no estaba dentro de los planes de Wes Anderson. Al contrario que otros compañeros de generación, el director texano no pretendía llamar la atención mediante el impacto, la crudeza o los temas controvertidos, porque su cine parecía y parece todavía hoy sumido en el síndrome de Peter Pan, en el rechazo a participar de un mundo normativizado que restringe la espontaneidad y los sentimientos. Así, los primeros personajes de su filmografía son dos amigos que se plantean el robo como medio de subsistencia sin tener aptitudes para ello, una situación recreada en el cortometraje de 1993 Bottle rocket y desarrollada tres años después en formato largo con el mismo título y actores.
Wes Anderson abandona el blanco y negro de la primera versión e inicia una fructífera relación creativa con Robert D. Yeoman, el director de fotografía que le acompañará en sus siguientes películas y le ayudará a crear el estilo por el cual es reconocido. El tratamiento cromático de Bottle rocket es inusual para una opera prima, lo que dice mucho del carácter meticuloso de Anderson y su obsesión por los elementos que integran la escena. Las tonalidades rojas abundan en la primera parte de la película, mientras que las verdes y amarillas lo hacen en la segunda, según evoluciona la situación de los protagonistas interpretados por Owen y Luke Wilson. El primero de ambos hermanos coescribe el guion junto a Anderson, una colaboración que se repetirá en los siguientes dos títulos del director y que dará forma a su peculiar sentido del humor. Aquí se apuntan ya muchos de los rasgos que identificarán el cine de Wes Anderson y que se harán explícitos en Academia Rushmore, el segundo largometraje realizado apenas dos años después. Porque Bottle rocket es un Anderson a medio cocinar, una muestra incipiente de muchas de sus claves narrativas y formales que inaugura una trayectoria tan genuina como singular. Es verdad que el argumento contiene algunas debilidades (la hermana pequeña que aparece en una sola escena y luego se olvida), pero en general no se aprecian errores de bulto que impidan valorar la película como lo que es: la puerta de entrada a un mundo que estaba a punto de convertirse en el icono cultural y estético de una minoría de espectadores que irá creciendo con el paso del tiempo.
Además de Luke y Owen, el reparto está integrado por un tercer hermano, Andrew Wilson, y por otros actores nóveles como Robert Musgrave, a quienes se suma la veteranía de James Caan y el contrapunto racial de la actriz Lumi Cavazos. Todos ellos bien conjuntados y aportando la faceta cómica necesaria para que el tono de la película evolucione del primer plano hasta el último, en un arco de transformación que aporta algo de profundidad a un conjunto en apariencia intrascendente. En suma, Bottle rocket debe ser considerada como un ensayo, el boceto de una obra que revelará a Wes Anderson como una de las personalidades más destacadas del cine de las siguientes tres décadas, que inicia aquí su andadura de manera seminal pero decidida y contundente.
A continuación, uno de los temas que integran la banda sonora compuesta por Mark Mothersbaugh. El músico será a partir de entonces uno de los colaboradores habituales en la primera parte de la filmografía de Wes Anderson, con el que comparte la vivacidad y el espíritu de comedia aplicado a melodías con sonoridades de jazz. Relájense y disfruten:

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MADRID, INTERIOR. 2020, Juan Cavestany

Un rótulo que aparece al final de Madrid, interior informa de la ausencia de guion para elaborar la película. No es ninguna sorpresa, pero el director despeja las posibles dudas ya que, junto a los rostros anónimos, por la pantalla desfilan también numerosos nombres relacionados con el cine y la comunicación. Una vez más, Juan Cavestany demuestra su amplia agenda de amistades y es capaz de igualar a todos los participantes del film, ya sean conocidos o desconocidos, ante una situación general: la crisis sanitaria derivada de la expansión del coronavirus.
El documental está realizado en su totalidad a lo largo de un mes, entre el 24 de marzo y el 24 de abril, coincidiendo con el periodo más grave de la situación en España. La población se somete a un confinamiento severo que Cavestany refleja de la manera más naturalista posible: pide a cada uno de los implicados que graben con los medios a su alcance una sola escena en la intimidad de sus hogares. El propio director es uno de ellos y da forma después al material acumulado mediante el montaje. Cuando éste finaliza, presenta el resultado en abierto, sin los rigores de las plataformas digitales de pago. ¿Altruismo? No, se trata más bien de coherencia con el espíritu del proyecto, que es en sí mismo fruto de la cuarentena. Habrá quien pueda pensar que Madrid, interior es un experimento aburrido porque no sucede nada, solo muestra a personas encerradas en sus casas viendo pasar las horas y manteniendo conversaciones banales. Exactamente en eso consiste la vida, cuando no se disfruta de los escasos momentos de gloria. Así, vemos a gente que observa sus libros sin decidirse cuál leer, niños que juegan, gatos que hacen cosas de gatos, el actor Antonio de la Torre cortando jamón, una mujer que se masturba, los que hacen ejercicio, Pepón Nieto comiendo y en el váter, músicos tocando, pintores pintando... y un largo etcétera que refleja la cotidianidad de la que estamos hechos. La película adopta la forma de un mosaico con momentos para el humor, la melancolía, el costumbrismo y el absurdo, todo equilibrado y dividido en tres partes cuya justificación obedece al capricho del autor, porque no hay progresión entre ellas ni tampoco separan el argumento. Son licencias que forman parte del estilo peculiar y libre de Cavestany.
Es muy probable que el film se revalorice dentro de unos años, cuando las terribles cifras de víctimas y contagiados por la pandemia sean datos históricos y Madrid, interior revele su naturaleza antropológica, respondiendo a la pregunta de ¿cómo se comportaron entonces los habitantes de la gran ciudad? Sin gestos épicos ni secuencias emotivas de solidaridad, ya que Juan Cavestany ha querido centrar el foco en algo mucho más ingrato y complicado: lo que hacemos a nivel individual cuando no podemos salir de nuestra vida doméstica y nos enfrentamos a nosotros mismos, en una celda que hemos decorado a nuestro gusto. Ojalá que contemplemos la película con curiosidad y extrañeza, sintiéndonos a salvo de una amenaza que no ha de volver.

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VIAJE A DARJEELING. "The Darjeeling Limited" 2007, Wes Anderson

Las películas de Wes Anderson son como guías de viajes imaginados. Cada una de ellas muestra lugares que se pueden localizar en el mapa, pero que son filtrados por las referencias culturales y la idealización estética del director. Basta asomarse a la Europa de entreguerras de El Gran Hotel Budapest, al Japón de Isla de perros o al paisaje marino de Life aquatic para percibir un mundo que tiene que ver con la literatura, el cine y la ilustración más que con la realidad local de cada uno de esos emplazamientos. Así, la India de Viaje a Darjeeling es un escenario intemporal rebosante de colores que explota el tipismo a través de la mirada de Anderson, creando un sitio reconocible y a la vez extraño, como son sus films.
Por eso es fácil identificar las claves de su cine, ya que permanecen intactas con el paso de los años y mantienen su personalidad, lo que no equivale a decir que caigan en la previsión o la monotonía. Al contrario, el lenguaje de Anderson posee tal intensidad que transforma todo lo que toca y lo hace suyo, ya sean los vestigios del colonialismo como la espiritualidad oriental que aparecen en Viaje a Darjeeling. Y el núcleo familiar, claro, de nuevo en el centro del argumento y representado en tres hermanos que encuentran la oportunidad de reencontrarse a miles de kilómetros de sus casas, tras la pista de la madre ausente. Dos de ellos están interpretados por viejos conocidos del director, Owen Wilson y Jason Schwartzman, mientras que Adrien Brody se incorpora a la tribu de Anderson revelando su innegable vis cómica. La actriz Anjelica Huston completa la estirpe en un breve pero jugoso papel, dentro de un reparto menos coral de lo acostumbrado.
Los seguidores del cineasta tienen motivos de sobra para regocijarse con los elementos formales y narrativos de Viaje a Darjeeling, porque en ambos niveles la película alcanza momentos memorables. Uno de ellos es el flashback en el que los hermanos tratan de recuperar el coche del padre para asistir a su entierro, un prodigio de ritmo, puesta en escena e interpretación que reconfigura el conjunto y el vínculo que une a los protagonistas. Otra escena digna de recuerdo es la estancia en el poblado mientras se oficia el funeral del niño accidentado, un riesgo que Anderson asume al cambiar el tono durante un lapso en el que la película descansa del humor y rinde tributo a ese cine que le ha servido de inspiración: la obra de Satyajit Ray y El río de Jean Renoir.
Cabe destacar también que la película viene antecedida del cortometraje Hotel Chevalier, filmado en París a modo de prólogo del personaje de Schwartzman, en compañía de Natalie Portman. Se trata de una pieza en la que Wes Anderson comprime su talento en apenas diez minutos en los que despliega su habilidad para manejar los componentes del plano y las relaciones de espacio. Un concepto que se ilustra en el siguiente vídeo, cortesía del medio Little White Lies. Que lo disfruten:

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LIFE AQUATIC. "The life aquatic with Steve Zissou" 2004, Wes Anderson

Dueño de un estilo plenamente definido, el cineasta Wes Anderson afronta en 2004 su cuarto largometraje en compañía de la familia cinematográfica que integra su equipo. Como indica el título, Life aquatic cambia los escenarios urbanos por el entorno marino, una oportunidad que el director aprovecha para expandir su imaginario visual y explorar las referencias literarias de Julio Verne y Herman Melville, el animador Karel Zeman y el oceanógrafo Jacques Cousteau, a cuya memoria está dedicada la película.
La figura de este último sirve como influencia para el personaje principal de Steve Zissou, interpretado por Bill Murray, el capitán del buque Belafonte que zarpa en busca del tiburón tigre que devoró a su mejor amigo. El objetivo es consumar la venganza y filmar un documental sobre la captura, aunque en la misma travesía también emplea el tiempo en estrechar lazos con un hijo al que acaba de conocer, seducir a una periodista que escribe un reportaje, enfrentarse a los piratas y varias tareas más que se van desvelando según avanza el metraje. Como es habitual, en Life aquatic se superponen los personajes y los acontecimientos de manera aparentemente caótica, aunque en verdad el guion está elaborado con meticulosidad y profusión de detalles por parte del propio Anderson y de Noah Baumbach, que sustituye a Owen Wilson en la co-escritura del texto. Wilson sí aparece en el reparto en compañía de un largo elenco integrado por Anjelica Huston, Cate Blanchett, Willem Dafoe o Jeff Goldblum, entre otros. Seu Jorge encarna a uno de los miembros de la tripulación a la vez que aporta canciones de David Bowie a la banda sonora, adaptadas con belleza por él mismo al idioma portugués.
Con semejantes ingredientes, no podía resultar una película convencional. Ninguna de Wes Anderson lo es. El cineasta vuelve a retomar uno de sus temas predilectos, la familia, además de otras señas de identidad como son el amor no correspondido, la crisis existencial y el afán por la aventura, cada elemento como una consecuencia del anterior, presentados en Life aquatic bajo el tamiz del humor y las relaciones humanas. El espectador nunca llega a saber del todo si la postura de Anderson es más cínica o más sentimental de lo que parece a simple vista, en cualquier caso, se trata de una manera de contemplar la vida que ha vuelto reconocible el cine del director.
Esto se debe, entre otras cosas, a una identidad visual muy marcada que desarrolla determinados recursos estéticos: las composiciones geométricas, los movimientos de cámara, las elipsis y el fuera de campo, la paleta de colores presente en la fotografía de Robert D. Yeoman... Son muestras de la sofisticación de Anderson en su afán por construir un universo particular, que tiene en la dirección de arte un aliado indispensable. El ejemplo más llamativo tal vez sea la presentación del interior del barco, un ingenio difícil de olvidar que recurre a técnicas primitivas del cine, casi teatrales, para obtener un resultado absolutamente moderno. En esto consiste el toque Anderson, y por eso sus películas no envejecen. No son de ninguna época, lo que equivale a decir que son de todas al mismo tiempo.
A continuación, un vídeo-ensayo elaborado por Nelson Carvajal para la web Way Too Indie en el que se revelan algunos aspectos esenciales del cine de Wes Anderson, a través de sus propias palabras:

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EL ÚLTIMO HOMBRE SOBRE LA TIERRA. "The last man on Earth" 1964, Sidney Salkow y Ubaldo Ragona

Los caminos del escritor Richard Matheson y el actor Vincent Price se cruzaron en diversas ocasiones, dando lugar a una selección de títulos que exploraban las diferentes variables del terror. La mayoría de estas películas eran adaptaciones de Edgar Allan Poe que Matheson elaboraba por encargo de la productora Hammer, pero hubo una vez en la que ambos se reunieron para trabajar en una novela original de Matheson, El último hombre sobre la tierra, filmada en Italia en coproducción con los Estados Unidos. El resultado es uno de los trabajos más personales en la filmografía de ambos, una rareza que mezcla con habilidad el género de horror con el relato existencial.
Uno de los aciertos de la película es su concreción. Cuando se asiste a la primera escena, la historia ya ha comenzado tiempo atrás y el espectador se incorpora a un escenario distópico: los seres humanos han sido infectados por un virus que recorre el planeta convirtiendo a las personas en muertos vivientes, criaturas de naturaleza vampírica que salen por las noches a la caza de algún individuo sano. El único que parece inmune es el científico encarnado por Price, quien evita la extinción siguiendo una estricta disciplina de supervivencia mientras lucha también contra los dolorosos recuerdos de su familia desaparecida. El guion, escrito entre otros autores por el propio Matheson, no invierte tiempo en presentar el argumento porque las propias imágenes poseen gran expresividad. Los directores Sidney Salkow y Ubaldo Ragona crean la atmósfera adecuada y encuentran los emplazamientos de cámara más idóneos para generar emociones sin recurrir a alardes técnicos, ya que El último hombre sobre la tierra maneja un presupuesto ajustado y entra en esa categoría de films de serie B que sustituye la abundancia por la inventiva. Para ello se cuenta con una fotografía en blanco y negro que acentúa los elementos dramáticos y la profundidad de los espacios, además de una puesta en escena concisa y eficaz.
El hecho de que firmen la película dos directores se debe a que se hizo una doble versión para los Estados Unidos e Italia, aunque cabe suponer que fue Salkow quien llevó las riendas puesto que contaba con experiencia suficiente, al contrario que Ragona. En cualquier caso, ambos saben que el nombre a destacar es el de Price y construyen el conjunto en torno a él. La personalidad del actor, sus gestos y su compostura llenan la pantalla y permiten que el público se involucre en la trama, la cual alterna las situaciones presentes con los flashbacks para ilustrar la tragedia del personaje. De esta manera, su soledad y el enfrentamiento con la memoria es mucho más intenso que el asedio de los monstruos, un hecho que separa esta primera adaptación del libro de las dos posteriores de 1971 y 2007, cuyo aumento de espectacularidad y violencia es inversamente proporcional a la calidad que obtienen.
En suma, El último hombre sobre la tierra es una deliciosa extravagancia que aprovecha al máximo la escasez de recursos económicos en favor de potenciar un ambiente muy determinado que congrega el miedo, el drama y el dilema ético acerca de qué supone ser diferente en una sociedad que tiende siempre a la uniformidad. Todo ello a mayor gloria de Vincent Price, responsable de que la película adopte la profundidad de una odisea íntima y fascinante.
A continuación se puede El último hombre sobre la tierra en condiciones aceptables. Que la disfruten:

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LA VIRGEN DE AGOSTO. 2019, Jonás Trueba

Sin haber cumplido todavía los cuarenta años y con cinco largometrajes de ficción en su haber (más varios documentales), Jonás Trueba demuestra tener ya un estilo bien definido y unas señas de identidad que se van depurando película tras película. Su manera de representar la realidad tiende siempre al naturalismo, tanto en los escenarios como en los personajes a la búsqueda de su lugar en el mundo. También persiste la importancia de los diálogos y los silencios, la planificación austera y siempre acorde con el relato, las referencias literarias, musicales, cinematográficas... Estos y otros rasgos se vuelven a encontrar en La virgen de agosto, a los que se añaden además algunas novedades.
La más llamativa es el protagonismo de una mujer en la historia. En esta ocasión, el punto de vista es exclusivamente femenino, una identificación posible gracias a la complicidad de Itsaso Arana como guionista y actriz. Trueba había trabajado antes con ella en La reconquista, película que traza una línea de continuidad con La virgen de agosto y el resto de la obra del director, ya que todas participan de una unidad en la que prima el concepto de autoría compartida. Las películas de Trueba están integradas por un equipo fiel en el que se encuentran Santiago Racaj en la fotografía, Miguel Ángel Rebollo en la dirección artística y la producción de Los Ilusos Films, una familia que vuelve a contar con la intervención de los actores Vito Sanz, Isabelle Stoffel y Francesco Carril, aquí en un papel episódico. Todos ellos creíbles y bien ajustados a los personajes que rodean a Eva, La virgen de agosto que decide pasar el verano en Madrid para redescubrir la ciudad con otros ojos y, sobre todo, para encontrarse consigo misma. Le salen al paso turistas, amistades antiguas y recientes, náufragos urbanos en plena canícula, criaturas del día y de la noche... en suma, la fauna variada que se resguarda del calor en las terrazas y las fiestas de los barrios.
Tal vez la máxima virtud de la película sea la de asistir a los acontecimientos desde la mirada íntima de Eva, participando de su ritmo interno en consonancia con el externo, marcado por el montaje. Trueba hace trascender ciertos detalles y los dota de significado, como la secuencia en la que la protagonista se tiende en el sillón y se deja acariciar por la sombra de unas hojas en movimiento, representación inequívoca de que ha encontrado un refugio donde empezar a aceptarse a sí misma y a reconocer su cuerpo. Este relato invisible se construye dentro del personaje en relación a sus expectativas y decepciones, a la superación de un noviazgo acabado y a las aventuras que están por venir ... Son pequeños tramos de un camino que Eva recorre de la mano del público, capaz de reconocer sus impresiones sin necesidad de que sean verbalizadas. Claro que también hay un discurso evidente y una expresión de ideas, no en vano, Trueba mantiene la influencia que siempre ha sentido por el cine francés y la nouvelle vague. El espíritu de Éric Rohmer sobrevuela La virgen de agosto, una versión castiza del Cuento de verano del maestro galo. Al igual que éste, Jonás Trueba narra con aparente sencillez una fábula humanista, cercana y emotiva en su falta de pretensiones. En resumen, una pequeña joya.
A continuación, un ilustrativo reportaje en el que Jonás Trueba desvela algunas claves de su cine a partir de una escena de La virgen de agosto. Ideal para ver de aperitivo o como complemento al film:

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NOSTALGIA "Nostalghia" 1983, Andréi Tarkovski

Cansado de sufrir el boicot y el desprecio del aparato soviético, Andréi Tarkovski abandona en 1983 su Rusia natal e inicia el exilio europeo que le lleva a recalar primero en Italia. Allí filma con el apoyo de la televisión pública Nostalgia, película que desarrolla las claves del director en plena madurez creativa. Al igual que sucede en anteriores títulos, el protagonista es un individuo con tormentas internas que aspira a encontrar su lugar en el mundo, un estado elevado del espíritu capaz de salvarle del desarraigo y la incertidumbre que padece. En esta ocasión, se trata de un poeta ruso que recorre la Toscana en compañía de su traductora, tras la huella de un compositor del siglo XVI. En el periplo se entremezclan la fe y los recuerdos, el amor y la cultura, todo envuelto en el sentimiento que da nombre al film. Una nostalgia que describe la lejanía de Tarkovski respecto a su tierra, a la que no regresará jamás.
Por ello, la película tiene un fuerte componente autobiográfico. A diferencia de El espejo, en la que el director hacía referencias directas a su pasado, en Nostalgia se observa a sí mismo desde el presente a través de la figura interpuesta del protagonista. El estilo es ahora más sobrio y austero, aunque las imágenes siguen teniendo una gran expresividad, mediante planos que buscan siempre la composición geométrica (influencia de la pintura renacentista) y cierta teatralidad. En Nostalgia prevalecen las atmósferas irreales, reforzadas por la bruma, y un aliento místico acorde con la trama. Aspectos que Tarkovski materializa en la puesta en escena, en los movimientos de cámara, en el sonido, en el tempo que imprime en cada situación y en la interpretación de los actores, perfectamente ajustados a sus personajes y con una presencia magnética en la pantalla. Oleg Yankovskiy y Domiziana Giordano resuelven el reto de dar apariencia física al contenido intelectual que representan, una cualidad que comparten los habitantes del universo tarkovskiano, al que también se suma el sueco Erland Josephson en el papel de loco visionario.
Otro rasgo reconocible del autor es la relación entre los personajes y el espacio, con el agua como elemento constante. Los escenarios adoptan una gran identidad y recitan sus diálogos en forma de sonidos y música, sumando a un conjunto en el que coexisten por igual la ficción, la reflexión y la poesía. En definitiva, Nostalgia supone un compendio de las señas más comunes de Andréi Tarkovski, depuradas en un ejercicio de síntesis que favorece la espiritualidad del argumento, firmado a medias por Tonino Guerra. El guionista y el director reproducen la visión de Italia que busca Tarkovski, alejada de los tópicos mediterráneos y cerca de los ambientes fríos y neblinosos que pueblan el paisaje interior del cineasta errante.

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LOS MISERABLES. "Les misérables" 2012, Tom Hooper

Cuesta creer que hayan tenido que transcurrir treinta años para que la obra musical Los miserables diese el salto a la pantalla, teniendo en cuenta el enorme éxito cosechado en los escenarios internacionales. Después de varios intentos infructuosos ocasionados por la complejidad y envergadura del proyecto, difíciles de asumir por una compañía europea, finalmente es el Reino Unido quien consigue levantar la empresa con apoyo de capital francés y norteamericano, y gracias a la participación de un plantel de estrellas de Hollywood y un director que viene de saborear el triunfo con El discurso del rey.
Tom Hooper es el encargado de asumir el reto y el máximo responsable de que la película no logre el nivel adecuado. Como es de esperar, Los miserables cuenta con una producción ambiciosa que cuida con esmero los decorados, el vestuario y todos los elementos que intervienen en la puesta en escena, sin embargo, esta no consigue alcanzar contundencia cinematográfica debido a que Hopper carece de inspiración y de sentido musical. Dos cualidades necesarias para asumir un género tan exigente, y eso que la banda sonora está arreglada con exquisitez y los actores se esfuerzan por cumplir los requisitos vocales que supone cantar en directo frente a la cámara, en lugar de recurrir a las prácticas habituales del doblaje o el playback.
Hugh Jackman, Russell Crowe y Anne Hathaway comienzan asumiendo los papeles principales hasta que, en el segundo acto y con el cambio de escenarios, el protagonismo se reparte entre los nuevos personajes interpretados por Amanda Seyfried, Eddie Redmayne y Samantha Barks. Sacha Baron Cohen y Helena Bonham Carter aportan el contrapunto cómico dentro de un conjunto al que le cuesta definir sus líneas argumentales. El drama íntimo no encuentra equilibrio con la épica revolucionaria ni con la persecución obsesiva de Javert a Valjean, como un guiso cuyos ingredientes no terminan de mezclarse bien. La condensación narrativa y la sucesión sin demasiada fluidez de las canciones hacen que la película se perciba más por momentos aislados que en su totalidad, un defecto presente en algunos musicales que aquí resta pasión a una historia que la requiere.
Así, el recurso de los primeros planos puede estar justificado en determinados números (I dreamed a dream) pero la mayoría de las veces evidencia la incapacidad de Hopper para desarrollar en imágenes la dramaturgia de unas situaciones que, o bien son desaprovechadas (Master of the house) o caen en el despropósito (Javert's suicide). Es una lástima, porque con semejante entrega por parte de los equipos artístico y técnico, y detrás de algunos breves destellos, se adivina la película que podría haber sido. Para ello, Los miserables hubiera necesitado al frente a un director a la altura de las circunstancias, menos atado a las servidumbres de la tecnología para obtener espectacularidad y con mayor personalidad tras la cámara. Es lamentable comprobar cómo el montaje recrea el espíritu de Bob Fosse sin conseguirlo, acortando la duración de los planos y cambiando de ángulo bruscamente sin motivos sólidos, lo que consigue un resultado contrario al deseado: en lugar de concitar tensión y ritmo, se obtiene distanciamiento y sensación de arbitrariedad.
A pesar de todo esto, el film logró un éxito considerable que llevó a Tom Hopper a dirigir en 2019 otro emblemático musical también inédito en el cine, Cats. Las consecuencias fueron todavía peores.

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ADVENTURELAND. 2009, Greg Mottola

Como si se tratase de un ciclo vital, el director Greg Mottola avanza unos pasos desde su película Superbad y continúa retratando el proceso de madurez de la juventud de clase media norteamericana en Adventureland. Esta vez ya no son chicos de instituto sino aspirantes a ingresar en la universidad, una evolución que se refleja en el cambio de tono: del humor gamberro a la comedia agridulce con motivaciones románticas. Mottola transforma uno de los argumentos más recurrentes y peor tratados de la ficción cinematográfica, el afán de un chico por incorporarse a la vida adulta a través del sexo y la revelación del primer amor, en un relato inteligente y sensible (nunca sensiblero) que todos los espectadores pueden reconocer dentro de su propia experiencia. Lo cual no significa abandonar la diversión ni la ligereza. Y es que la virtud de Adventureland reside en el equilibrio, en la capacidad de aunar sencillez, melancolía, entusiasmo, decepción... y todas las contradicciones que suelen poblar la edad de los protagonistas.
Detrás de su aparente intrascendencia, la película se sostiene sobre un guion que Mottola construye con solidez narrativa y el desarrollo de unos personajes muy bien perfilados, no en vano son ellos los que hacen avanzar la acción gracias al buen hacer de los actores. Adventureland tiene un reparto extenso y elegido con precisión, en especial la pareja protagonista formada por Jesse Eisenberg y Kristen Stewart. Entre ellos existe una química que se repite en dos títulos posteriores y que aquí supone el máximo aliciente del film, acaso su razón de ser. El director es consciente de ello y planifica las imágenes para atender los gestos, las reacciones y los diálogos de los personajes sin permitir que otros elementos distraigan la atención. Esto, que puede confundirse con un estilo simple y falto de personalidad por parte de Mottola, en realidad denota la sabiduría de reconocer el valor que se tiene entre manos y aprovecharlo para enriquecer el conjunto. Eisenberg y Stewart destilan oro puro solamente estando frente a la cámara, pues juntos poseen la actitud de los intérpretes que se mejoran el uno al otro.
Otra de las virtudes de Adventureland es la recreación de la época en la que está ambientada, finales de los años ochenta, y el cuidado diseño de producción de decorados, vestuario, atrezzo... además de la selección musical, de gran importancia en la historia. En suma, cada ingrediente que condimenta la película tiene pleno sentido y contribuye a alcanzar el propósito de entretener y al mismo tiempo incluir oportunas reflexiones en torno a las relaciones sociales y sentimentales. Todo ello sin asomo de pretensión y apelando a la identificación del público con lo que se muestra en pantalla.
A continuación, uno de los temas musicales compuestos por la banda Yo La Tengo que suenan en la película. Relájense y disfruten:

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