IS THE MAN WHO IS TALL HAPPY? 2013, Michel Gondry

En 2010, el lingüista y filósofo Noam Chomsky cumple ochenta y dos años en plenitud de facultades y con la agenda lo suficientemente ocupada para sobrellevar el fallecimiento de su primera mujer. Una circunstancia que despierta en Michel Gondry la idea de hacer una película que contenga su legado, un compendio de sus pensamientos y recuerdos extraídos durante varias entrevistas que el cineasta mantiene con Chomsky. Lo curioso es que, en lugar del documental convencional que cabría esperar, Gondry opta por la animación artesana con dibujos hechos por él mismo, lo cual confiere a Is the man who is tall happy? un aspecto muy singular, de gran belleza estética.

El hilo narrativo fluye a través de la conversación y divide la estructura en segmentos referidos al desarrollo del lenguaje, la comunicación, la ciencia, la enseñanza... la complejidad de algunos de estos temas es amortiguada por el dispositivo formal que Gondry pone en escena mediante diseños y colores que retrotraen al imaginario infantil. Tal y como defiende Chomsky, se trata de simplificar el discurso para llegar a la esencia de los razonamientos que los dos exponen desde puntos diferentes, uno en el papel de entrevistador y otro de entrevistado, si bien ambos coinciden en la búsqueda de respuestas. Ciertos momentos interesantes se producen, precisamente, cuando surgen desentendidos y es necesario clarificar algún concepto... y es que el film proporciona un buen número de reflexiones que a veces son difíciles de seguir. Por fortuna, las imágenes acuden al rescate y llenan la pantalla de estímulos visuales que logran aligerar el peso de las disertaciones, convirtiendo la película en un gozo para los ojos y para el intelecto.

Este diálogo entre lo que se representa y cómo se representa hace que Is the man who is tall happy? sea un feliz experimento capaz de hacer accesible la sabiduría de Noam Chomsky, por medio del cine de animación y de una cuidada selección de composiciones musicales de Howard Skempton. En definitiva, una nueva demostración de ingenio por parte de un autor casi siempre ingenioso como es Michel Gondry.

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THE BIKERIDERS. 2023, Jeff Nichols

Jeff Nichols es un cineasta que trata las grandes cuestiones humanas a través de historias familiares, enmarcadas en una Norteamérica lejos de la abundancia y la prosperidad. Son pequeñas tragedias clásicas que arrojan una visión crítica de los Estados Unidos en el pasado y en el presente, con un estilo que renuncia a los golpes de efecto y que deposita el peso dramático en los personajes. Estas señas de identidad se mantienen en The Bikeriders, segunda película de época del director tras Loving y la primera que realiza tomando como base un material ajeno.

La particularidad es que el libro que adapta Nichols no es una novela de ficción sino una obra fotoperiodística que Danny Lyon publicó en 1967 dentro de la corriente denominada nuevo documentalismo, consistente en la inmersión del artista en un ámbito particular para transmitir su implicación y compromiso con el tema. En este caso es el mundo de los bikeriders a los que alude el título, los motoristas de chopper que se agrupaban en bandas en la segunda mitad del siglo XX practicando códigos de conducta que les distinguían de los demás grupos sociales. Un ecosistema que el director aprovecha para hacer una representación de los modelos de masculinidad tradicional, con integrantes reconocibles: el jefe de la tribu (interpretado por Tom Hardy), el candidato llamado a sucederle (Austin Butler), la abnegada pareja (Jodie Comer) y una fauna variopinta de hombres que buscan su lugar en carreteras y bares de suburbio.

Cada uno de los personajes recorre un arco evolutivo que no concluye en un clímax concreto, como cabría esperar en cualquier relato convencional. Nichols conserva la estructura del libro matriz y reproduce las entrevistas que Lyon (encarnado por Mike Faist) realizó en especial a la única mujer relevante en la trama, el vértice femenino del triángulo que completan los dos protagonistas varones, haciendo que su punto de vista sea el que predomine en el conjunto. Es, por lo tanto, una mirada distante que observa a su alrededor con una mezcla de curiosidad, resignación y miedo. Al final se revela que solo ella es capaz de sacar sus proyectos adelante, con un primer plano digno de una película de terror, en el que se magnifica mediante un simple gesto el triunfo de haber domesticado la naturaleza salvaje de su compañero.

Estos y otros detalles ejemplifican la solvencia de Nichols a la hora de planificar las escenas y de vertebrar el montaje. En The Bikeriders no hay alardes ni una voluntad clara por dejar un sello de autor, tal y como sucede en sus anteriores films. Sí hay, en cambio, cierto afán porque las acciones resulten precisas y una narrativa que evita la profusión de imágenes que caracteriza buena parte del cine comercial, lo cual le ha valido a Nichols el apelativo de clásico. La composición de los encuadres y los movimientos de cámara siempre cuentan algo, evitando la gratuidad y buscando en ocasiones la intención expresiva (como en la conversación nocturna entre Benny y Johnny, lo más parecido a una escena de amor en todo el metraje). Algunas de las instantáneas de Lyon son recreadas en momentos precisos, aunque en vez del blanco y negro original, la fotografía de Adam Stone emplea colores y luces que retrotraen al tiempo en el que transcurre la historia y matizan la gramática visual que despliega Nichols con elegancia y detalle.

En suma, The Bikeriders viene a completar el paisaje profundo de los Estados Unidos que Jeff Nichols lleva trabajando desde hace casi dos décadas, con una perspectiva poco complaciente y personajes llenos de aristas. Aquí están muy bien interpretados por tres actores que remiten a nombres pretéritos (Marlon Brando, James Dean) entre otros en los que no falta Michael Shannon, talismán del director. Puede que esta sea la película más redonda de todas en las que han colaborado juntos, lo que tiene valor después de títulos tan notables como Take shelter o Mud.

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SHEBA, BABY. 1975, William Girdler

De la media docena de películas que Pam Grier protagonizó en los años setenta producidas por el estudio American International Pictures, posiblemente la menos inspirada sea Sheba, baby. El director y guionista William Girdler no estaba dotado de ningún talento especial, si bien sabía manejarse con presupuestos muy ajustados y en géneros destinados a satisfacer las bajas pasiones de un público sin exigencias artísticas. Esto se traduce en historias esquemáticas y en diálogos pobres, una planificación televisiva, montajes funcionales, interpretaciones poco convincentes... a pesar de todas sus deficiencias, Sheba, baby encuentra en Grier un motivo suficiente para captar la atención y hacer que la historia se siga con cierto interés.

La poderosa presencia de la actriz sostiene el conjunto y justifica cada decisión que adopta la trama. Por absurdas que estas puedan parecer (como la variedad del vestuario que luce su personaje, una investigadora que lucha contra los extorsionadores que asedian el negocio de su padre), todo obtiene justificación gracias al carisma de Grier. La cámara se recrea en sus evoluciones de manera vaga y un tanto tosca, ya que Sheba, baby carece de la sofisticación que hubiera requerido un argumento algo más trabajado. La amenaza que deberían suponer los gangsters queda anulada por el sentido del cartoon que Girdler imprime en casi todo momento, lo cual resta fuerza al thriller y al drama en favor de la comedia. Esta difícil mezcla pone en evidencia las limitaciones del director e invita al espectador a abandonarse a la contemplación de Grier y al disfrute de la banda sonora, integrada por composiciones de Alex Brown y Monk Higgins. Poco más se puede decir de esta película que reúne los clichés del blaxploitation (hampones horteras, policía ineficaz, tiroteos, erotismo blando, peleas de mujeres...) y que emplea diversas localizaciones de la ciudad de Louisville para desarrollar la acción. Pero por encima de lo demás, Sheba, baby aprovecha el entusiasmo que Pam Grier despertó en aquella década en la que ella se erigió como justa y orgullosa referencia.

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RETRATOS FANTASMAS. 2023, Kleber Mendonça Filho

Con el paso del tiempo, cineastas de diversas generaciones van dejando memoria de las extintas salas de proyección en diferentes sitios del mundo. Sirvan como ejemplo Víctor Erice en La morte rouge, Meritxell Soler y Julián Vázquez en Cine al fin, Omar A. Razzak en Paradiso, Wari Gálvez Rivas en Cines de vídeo... a este grupo se suma el brasileño Kleber Mendonça Filho y su película Retratos fantasmas, que escribe y dirige uniendo su capacidad para el documental y para la ficción. Ambas posibilidades de narrar juegan en la pantalla sin que medie ninguna diferencia y mezclando, al igual que en los ejemplos citados, la observación de los comportamientos del público, la experiencia particular, el ensayo de arquitectura y el análisis de la cultura popular a lo largo de las últimas décadas.

Estos y otros elementos construyen el armazón narrativo que Mendonça Filho levanta con fabulosa libertad, llegando a parecer en varios momentos que Retratos fantasmas navega a la deriva. Lo cierto es que la estructura argumental obedece a una profunda reflexión acerca del devenir histórico de Brasil en el siglo XX, con unas circunstancias políticas y sociales que han marcado a la familia del director y a sus conciudadanos en Recife, la capital del Estado de Pernambuco. El guion está dividido en tres partes que van de lo individual a lo colectivo, una galería de lugares y rostros que, como se indica en el título, han sido recuperados del pasado gracias al material de archivo. Son fotografías y grabaciones hechas en muchos casos por Mendonça Filho cuando era joven, puesto que todo está guiado por su personal punto de vista y su constante voz en off. La cercanía que desprende el relato deviene al final en una secuencia de tintes fantásticos en el interior de un taxi, la única en el metraje que se desarrolla mediante diálogo y que incide en la idea de la aparición/desaparición de lo físico. Hay más sorpresas contenidas en el film, además de referencias ajenas y propias (en especial a Sonidos de barrio, primer largometraje de ficción de Mendonça Filho), recreación histórica y confesiones íntimas, porque el autor entiende que la vida y el cine son indisociables.

En Retratos fantasmas hay una vocación de experimentar con lo visual a través del montaje y una intención estética que busca confundir lo real, lo inventado y lo filmado. La cámara se mueve en panorámicas que corrigen el encuadre como si se tratase de un ser vivo, un animal que se va fijando en determinadas cosas según avanza por el escenario. Hay una presencia tangible de los medios que capturan las imágenes, una pulsión inmediata que hace que el conjunto respire y reaccione a lo que acontece. Lo dice el propio Mendonça Filho en una de las escenas: "Cuando se junta lo mundano con la imagen cinematográfica es cuando surge la película".

En definitiva, Retratos fantasmas es una de las películas más estimulantes y hermosas que puedan verse hoy en día. Un ejercicio de libertad creativa que parte de lo singular para hablar de lo plural, y que demuestra el enorme grado de inspiración de su director, Kleber Mendonça Filho.

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LA ESTRELLA AZUL. 2023, Javier Macipe

Aunque el fenómeno venía de antes, en los últimos años han proliferado los biopics musicales a raíz del éxito en 2018 de Bohemian Rhapsody. Títulos como Rocketman, I wanna dance with somebodyElvis, Back to black... coinciden en la fórmula del ascenso, caída y redención del artista torturado por sus demonios internos que consigue trascender gracias a su talento. La estrella azul sigue estos derroteros con la diferencia de que Javier Macipe, el guionista y director, evita la hagiografía y la moraleja aleccionadora tan comunes en los productos del mercado anglosajón. No es de extrañar: Macipe es aragonés, al igual que Mauricio Aznar, el músico al que retrata en su segundo largometraje tras haber realizado un buen número de cortos.

En La estrella azul se cuenta la escapada del compositor y cantante de la banda Más birras desde Zaragoza hasta la provincia de Santiago del Estero, en el norte de Argentina, en la década de los noventa. Una huida que Mauricio emprende de sí mismo, de su insatisfacción personal y de las adicciones, en busca de la autenticidad de los sonidos del folklore. Siguiendo la huella de Atahualpa Yupanqui se encuentra con Carlos Carabajal, el considerado padre de la chacarera, interpretado por su hermano Cuti, a su vez un artista de referencia dentro del género. La película adopta entonces la forma del relato de aprendizaje que no se constriñe al tema musical, sino que alcanza la lección de vida. A lo largo del metraje, Mauricio aprenderá a ser mejor persona, pero sin las consabidas monsergas bienintencionadas en las que se insiste en esta clase de historias. Macipe se esfuerza por mantener a raya los sentimientos (por ejemplo: la trama amorosa no se consuma más que con un baile) y hace de La estrella azul un ejercicio de contención que consigue involucrar al público guardando las distancias, valga la paradoja. ¿De qué modo? Mediante la práctica de la metaficción y de recursos expresivos que exploran el lenguaje cinematográfico. Hay varias escenas que lo ilustran: el comienzo en el que se muestra el propio guion, la aparición del equipo de rodaje, el supuesto casting de actores... Este juego entre verdad e invención ayuda, por un lado, a esquivar las convenciones del film "basado en hechos reales" y, por otro, a proponer al espectador una mirada abierta que le permite participar en lo que ve.

En cuanto a la gramática visual empleada por Macipe para favorecer dicho acercamiento, hay momentos suficientes a los que prestar atención. Algunos llamativos (el plano secuencia que salta de tiempo y de lugar desde la sala de conciertos hasta la casa donde vive Mauricio, o la elipsis en el cielo nocturno que concluye al amanecer) y otros detalles más sutiles, como la omisión del rostro de la madre en la conversación con el hijo poco antes de morir. La estrella azul está salpicada de estos y otros instantes sorprendentes que hacen avanzar el argumento con fluidez y sin que el artificio formal amortigüe la naturalidad que persigue la narración. El director logra una frescura y humanidad que se deben, en buena parte, a la acertada elección de actores. En especial de Pepe Lorente, quien resuelve con credibilidad su primer papel protagonista importante y hace que todo a su alrededor resulte veraz. Es lo mejor que se puede decir de una película que aspira a celebrar a los artistas relegados por la industria al plano secundario, aquellos que luchan por salir adelante sin vender a cambio su identidad. Mauricio Aznar cambió los oropeles del rock'n roll por una porción de honestidad en la sombra. Este homenaje emocionante y hermoso hecho por sus paisanos le rinde el tributo que merece.

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Ms. 45. 1981, Abel Ferrara

Abel Ferrara comienza su carrera durante la década de los setenta en la más absoluta independencia, filmando películas baratas en su Nueva York natal y rodeado de algunos antiguos amigos como Nicholas St. John, que será su guionista habitual en los siguientes años. Con él se inicia en el largometraje haciendo primero una película porno (9 lives of a wet pussy), después un slasher protagonizado por el mismo Ferrara (The driller killer) y, por fin, el film que llamará la atención de los cazadores de curiosidades: Ms. 45. Un thriller psicológico de serie B cuyas referencias abarcan los subgéneros de "violación y venganza" y el nunsploitation, sin olvidar a cineastas tan dispares como Alfred Hitchcock o Bo Arne Vibenius.

La trama cuenta las andanzas de una joven empleada en una empresa de moda de Manhattan. Se llama Thana y es muda, pero la verdadera discapacidad que padece es de relación con los demás. Un día es asaltada por dos individuos que abusan de ella en distintos momentos, dos ataques que la sumen en estado de shock y que tienen diferentes resultados: en el segundo de ellos, Thana logra defenderse y toma la pistola de su agresor para darle muerte. A partir de entonces, empleará el arma de calibre 45 que se alude en el título para iniciar una particular cruzada contra los hombres, valiéndose de su belleza para ajusticiar a adúlteros, proxenetas y machistas en general. El descenso por la espiral de la violencia que sigue la protagonista encarnada por Zoë Lund, va parejo a su deambular por la ciudad en imágenes casi documentales, que captan el latido de las calles.

El director de fotografía James Lemmo imprime un aire de realismo a las localizaciones exteriores que sitúa la película en su época. Una virtud que no siempre se repite en los interiores y que denota el carácter amateur de Ms. 45, si bien algunas de sus imperfecciones (las interpretaciones forzadas, el guion dubitativo, la tosca planificación) contribuyen a dar al conjunto una identidad especial, fresca y atractiva. Ferrara ensaya aquí su característico estilo de cine "a brochazos" y desata su ideario (sería más preciso decir su compulsionario) político y moral, donde batallan los conceptos de libertad individual, el sexo, la culpa, el pecado... todo agitado en una obra que mezcla la creación artística y la experiencia propia.

Ya desde el principio, la personalidad de Ferrara se impone al acabado formal y dota de iconicidad muchas de las imágenes. ¿Quién puede olvidar el primer plano de Thana bendiciendo con sus labios cada una de las balas con las que carga el revólver? ¿O el reparto en diversos rincones urbanos de las bolsas con los restos desmembrados de su primera víctima? Son instantes tan poderosos que hacen obviar las irregularidades de esta película hoy considerada de culto gracias, entre otros motivos, a la hipnótica presencia de Lund. Ella termina de dar sentido a un proyecto que carecía de él, su representación de Ms. 45 es la mejor posible y consigue que sus limitaciones como actriz se olviden en favor de su inquietante fisicidad. Solo por esta razón merece la pena recuperar este clásico del grindhouse de los ochenta.

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PERFECT DAYS. 2023, Wim Wenders

Casi cuarenta años después de Tokio-Ga, el director Wim Wenders regresa a la capital japonesa, esta vez con una película de ficción enteramente producida allí y con una mirada de reconocimiento y cercanía. Para ello, Wenders se acompaña en el guion de Takuma Takasaki, con quien describe la cotidianeidad de un empleado de limpieza de los servicios públicos de la ciudad, desde que se despierta al amanecer sobre el futón de su pequeño apartamento hasta que se acuesta de noche, tras un rato de lectura a la luz del flexo. Lo que ocurre entre medias es la rutina laboral y los momentos de ocio, repetidos día a día con algunas variaciones que introducen la sorpresa: una visita familiar, el encuentro con un enfermo que se está despidiendo de la vida... Perfect days trata del valor de las cosas sencillas y la relatividad de lo que se considera común y excepcional, relacionado con conceptos de la cultura oriental como Komorebi (la luz del sol que se filtra a través de las hojas de un árbol), Shibui (la belleza de la simplicidad) o Yūgen (las emociones derivadas de los misterios de la existencia).

Más allá de los localismos y la idiosincrasia nipona que luce el film, hay una vocación internacional que incluye referencias anglosajonas en la literatura y la música que disfruta Hirayama, el protagonista interpretado por Kôji Yakusho. De hecho, el título de Perfect days convierte en plural una de las canciones más recordadas de Lou Reed, que suena a lo largo del metraje junto a Patti Smith, Nina Simone o los Kinks, entre otros. Y no de cualquier manera: el personaje principal escucha cassettes durante sus recorridos en coche por la urbe, en una especie de resistencia analógica que le lleva también a revelar los carretes de fotografías que toma de la naturaleza en sus descansos para almorzar. Wenders hace así una reivindicación de las expresiones artísticas del pasado (las novelas que aparecen son del siglo XX) que explica la importancia que poseen los objetos tangibles y vividos, en contraposición a la fugacidad inmaterial que caracteriza el "consumo de contenidos" culturales del presente. Esta actitud declinista que vincula lo antiguo con lo bueno identifica a Hirayama sin demasiados argumentos, ya que se adivina poco de él, más que sus costumbres diarias: no se le conoce ideología, ni amistades, ni amores pretéritos. Parece estar enamorado de una mujer a la que no le dice nada, tal vez por temor a ser rechazado. No importa, porque lo que expresa Wenders en boca de Hirayama es "la próxima vez es la próxima vez, ahora es ahora".

Es una de las escasas frases de diálogo de Perfect days, ya que el desarrollo narrativo sucede de forma visual. La cámara siempre en mano sigue las acciones del personaje con una profusión de planos que hace que el montaje sea muy dinámico, abriendo y cerrando el encuadre según se busca mostrar el entorno o detallar reacciones. El director pone énfasis en asociar la figura humana con el espacio que le rodea y, sobre todo, en seguir la evolución de las horas del día a través de la luz, por eso resulta fundamental la labor de Franz Lustig en la fotografía. Colaborador de Wenders desde hace dos décadas, Lustig realiza una captura meticulosa de los matices que van del alba al anochecer, esa experiencia consustancial al cine que es conducir el cauce del tiempo. Además adquieren relevancia las sombras, incluso a nivel dramático, como pasa en la escena nocturna junto al río Sumida. Y los colores, como se observa en la diferencia cromática que separa al protagonista de su hermana en la conversación que mantienen en la calle. Son ejemplos del refinamiento estético de Perfect days, filmada en formato de 4/3 para ilustrar el carácter solitario de Hirayama y la estrechez de los escenarios en los que se mueve. La película se adentra en el terreno artístico con las ensoñaciones creadas por Donata Wenders, esposa del director, mediante imágenes en blanco y negro que sirven de interludios abstractos para separar las diferentes jornadas.

Todos estos elementos permiten celebrar el regreso de Wim Wenders a un cine de ficción digno de su legado, en una última etapa bastante desdibujada. Puede que Perfect days no recupere el brío de sus mejores películas de los años setenta y ochenta, pero por lo menos invita al optimismo y nos recuerda que detrás de esta inmersión oriental con aires de autoayuda, hay un cineasta inventivo y solvente capaz de brillar cuando lo favorece el proyecto.

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SHOES. 1916, Lois Weber

Parece un milagro que cien años después de su estreno, Shoes pueda volver a verse en su integridad gracias a los procesos de restauración de los materiales originales encontrados. Se trata de uno de los largometrajes más celebrados de Lois Weber, productora, guionista, actriz y directora, que adapta aquí un texto de Jane Addams, referente del feminismo de principios del siglo XX. Como cabe esperar, la película mantiene reivindicaciones de género en torno a la desigualdad que sufren las mujeres por motivos económicos y a la indefensión de los colectivos vulnerables de la sociedad.

Shoes cuenta la historia de Eva, una joven que no puede permitirse sustituir sus viejos zapatos por unos nuevos, dado que el sueldo que gana como dependienta en una tienda lo dedica a alimentar a su familia, que sobrevive a duras penas ante la inoperancia del padre. El calzado que anhela la protagonista, encarnada por Mary MacLaren, representa sus aspiraciones de prosperar dentro de una vida miserable, por eso la directora incluye en la narración escenas de ensoñaciones idílicas y de pesadillas que ilustran los pensamientos del personaje principal. Son momentos de carácter simbólico que rompen el realismo predominante del film. Weber, al contrario que otros cineastas de la época, no subraya el drama con pantomimas sentimentales ni moralejas aleccionadoras. A pesar del camino de degradación que atraviesa Eva, en Shoes no hay excesos sino emociones contenidas que se expresan mediante la repetición: cada tarde a la vuelta del trabajo se produce la misma contemplación de los zapatos deseados en el escaparate, la llegada a casa, la limpieza de los pies fatigados, el cubrimiento de las suelas agujereadas con pedazos de cartón... Weber filma la triste rutina de la pobreza con un comedimiento que resulta ejemplar, por el respeto que demuestra por el personaje.

La directora aplica la distancia con el uso de planos medios y generales para retratar las acciones sin intervención del punto de vista. Apenas se producen excepciones, y son tan llamativas que otorgan un valor trágico a las imágenes: el seguimiento de la cámara a ras de suelo de los pasos en medio de la lluvia, la extracción de una astilla que se ha colado en uno de los orificios del zapato y, sobre todo, el rostro de la protagonista reflejado en un espejo roto, son instantes en los que Weber cierra el plano para señalar los detalles que contribuyen a la decadencia de Eva. Estas salvedades potencian la fuerza visual del conjunto pero también el discurso que contiene Shoes, una película felizmente recuperada por el Eye Filmmuseum de Ámsterdam aprovechando el centenario del estreno, a la que se ha incorporado música compuesta para la ocasión por Donald Sosin y Mimi Rabson. Un justo reconocimiento a una pionera de la importancia de Lois Weber.

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OJOS DE SERPIENTE. "Snake eyes" 1998, Brian De Palma

Tras el éxito obtenido con Misión imposible, Brian De Palma recupera el thriller con aromas de pulp y de serie B que practicó en los años ochenta (Vestida para matar, Impacto, Doble cuerpo) en una película que reúne sus virtudes como cineasta. Ojos de serpiente es el último de los tres proyectos que De Palma dirige con un guion firmado por David Koepp, quien le proporciona un ejercicio narrativo que alterna diferentes versiones de un mismo suceso: el asesinato del Secretario de Defensa de los Estados Unidos en pleno combate de boxeo mientras la tormenta azota Atlantic City.

En primera línea del magnicidio se encuentra Rick Santoro, un agente de policía de ética cuestionable y dudosos métodos, interpretado por Nicolas Cage. El actor entrega toda su energía y exhibe su catálogo de tics en contraste con el hieratismo de Gary Sinise, que encarna a un riguroso comandante de la Marina con el que guarda una antigua amistad. La lealtad entre ambos irá degenerando según se complica el argumento y avanza la investigación, a lo largo de una noche muy agitada que involucra a un buen número de corruptos y conspiradores.

Ojos de serpiente comienza por todo lo alto, con un plano secuencia de doce minutos en el que participa el elenco al completo en el interior del estadio donde sucede la acción (algunos de ellos también en el exterior, mediante imágenes emitidas en televisores). Se trata de un trampantojo, porque semejante demostración de pirotecnia cinematográfica transcurre juntando planos en movimiento que son disimuladamente montados para dar la apariencia de un único plano. ¿Acaso es relevante que esté falseada la proeza técnica que inicia el film? De ningún modo, teniendo en cuenta que la mentira y la verdad son conceptos que articulan la trama y que De Palma es un veterano prestidigitador al que le gusta presumir de trucos. Después de un principio así, el reto consiste en mantener el dinamismo sin que decaiga la tensión y que los personajes evolucionen sin dejarse arrastrar por el artificio hipertrofiado del director... lo cual se consigue, a pesar de la floja escena del desenlace, que sabe a poco tras lo visto con anterioridad. Hay que recordar que el final previsto en el guion original se llegó a rodar y que fue descartado en los pases de prueba con público, sustituyendo la espectacularidad (con un tsunami incluido) por la corrección moral que obliga a castigar al antagonista por sus actos.

El resto del metraje cumple las expectativas generadas desde el arranque y logra sostener la atmósfera de inminente peligro gracias, entre otras cosas, al dramatismo que Ryūichi Sakamoto imprime en la música y a la fotografía de Stephen H. Burum, capaz de resolver las dificultades técnicas que plantea la puesta en escena. La planificación de Ojos de serpiente contiene el arsenal recurrente de De Palma: ralentizados, pantalla partida, split diopter, puntos de vista subjetivos... además de los planos secuencia antes aludidos y de un montaje muy eficaz, obra del habitual Bill Pankow. Todos estos recursos hacen de la imagen una atracción constante y un divertimento que invita a ser disfrutado sin prejuicios. Puede que Cage no sea el actor más sutil del mundo o que De Palma despliegue sus artimañas para distraer los ojos del espectador y desatienda las debilidades de la historia, pero nada de eso importa si el resultado es tan entretenido y tan seguro de sí mismo como el que aquí se ofrece.

A continuación, pueden ver un vídeo que resume algunas claves visuales del estilo de Brian De Palma.

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SANGRE EN LOS LABIOS. "Love lies bleeding" 2024, Rose Glass

Segundo largometraje de la directora británica Rose Glass, y el primero que realiza en los Estados Unidos adentrándose en las entrañas del pulp y del cine exploitation norteamericano. Es decir: armas, sexo, drogas, música, cómic, violencia... y una voluntad estética muy marcada que reproduce los años 80 sin el brillo acostumbrado. Sangre en los labios comienza con un movimiento de cámara que acompaña los pasos de Jackie, una aspirante a campeona de culturismo, hasta el interior de un gimnasio en un pequeño pueblo de Nuevo México. Allí prosigue un montaje de planos que muestran los músculos tensarse, el sudor, los gestos crispados por el esfuerzo... esta entrada del personaje en el escenario sirve para introducir al público en el ambiente que marcará la relación entre ella y Lou, empleada a la que conoce esa misma noche y con quien mantendrá un idilio zarandeado por las tormentas familiares.

El guion escrito por Glass y Weronika Tofilska es muy sencillo, casi como un cuento perverso que se recrea en el white trash de la América profunda. La moraleja también es básica: el amor hace trascender las miserias de la condición humana. Así pues, la directora pone toda su energía en crear imágenes poderosas que consiguen expresar, por sí mismas, las convulsiones emocionales que afectan a los personajes, tomando decisiones de estilo bastante temerarias. Por ejemplo, hay un tiempo pasado que se intercala con el presente y que acude como una ensoñación monocroma mediante el montaje simbólico. Además está la escena de la competición en Las Vegas, un auténtico delirio lisérgico, por no hablar del clímax de la película, tan arriesgado y sorprendente que no conviene desvelar (y que se adentra de manera inesperada en el cine fantástico). Para desarrollar estos recursos que buscan el asombro, Glass recupera a parte del equipo de Saint Maud: el director de fotografía Ben Fordesman, el montador Mark Towns y el responsable del sonido Paul Davies, capaces de imprimir la atmósfera adecuada a Sangre en los labiosLa creatividad de sus respectivos trabajos beneficia siempre al conjunto y construye una identidad retro que entronca con otros títulos del estudio A24, como Ruido de fondo o X.

Pero si hay dos nombres que de verdad aportan personalidad al film son los de Kristen Stewart y Katy O'Brian, las actrices protagonistas. Su presencia e iconicidad logran reducir incluso a un veterano como Ed Harris, convertido en antagonista con aires de cartoon. Ellas, en cambio, prestan sus físicos contrapuestos en una película que se detiene en la observación de los cuerpos, una de las cualidades que definen el cine contemporáneo. Rose Glass conduce al espectador a través de una experiencia sensitiva que, por fortuna, no pretende intelectualizar el relato. Al contrario, lo mejor que se puede decir de Sangre en los labios es que mantiene en todo momento su carácter macarra y su ausencia de refinamiento para contar un romance imposible con tintes de tragedia clásica. Eso sí, aquí los corazones laten al ritmo de los anabolizantes y las caricias se transforman en golpes de una secuencia a otra.

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SEGUNDO PREMIO. 2024, Isaki Lacuesta y Pol Rodríguez

Nada más comenzar Segundo premio, un rótulo en la pantalla advierte de que no se trata de una película sobre Los Planetas, sino sobre su leyenda. Los integrantes de la banda conducen la narración desde un presente incierto y fantasean acerca de lo que pudo haber ocurrido o lo que nunca ocurrió tiempo atrás, mientras gestaban el álbum que les dio reconocimiento. Publicado en 1998, Una semana en el motor de un autobús se considera hoy una referencia generacional y un emblema del indie rock en español, es el disco que supuso el punto de inflexión en la trayectoria de Los Planetas cuando algunos de sus componentes acababan de cambiar y rondaban los 27 años, la edad a la que se mueren los músicos. Ese estado de ebullición creativa y de emergencia vital es lo que recoge la película dirigida por Isaki Lacuesta y Pol Rodríguez, a través de un caleidoscopio de situaciones reales e inventadas que, vistas en conjunto, dejan vislumbrar el paisaje social y cultural de la denominada generación X.

El hecho de que el guionista Fernando Navarro conozca de primera mano a Los Planetas podría haberle llevado a fidelizar los hechos y a reproducir el comportamiento de los protagonistas. En lugar de eso, tanto él como Lacuesta invocan el espíritu de las canciones y las sensaciones que transmiten las letras para construir una elegía en torno a la amistad entre dos personas complementarias y dispares, dos lados de un triángulo que se rompe al principio del film, formado por el cantante Jota, el guitarrista Florent y la bajista May. Curiosamente, los dos primeros nombres no aparecen mencionados en ningún momento, dando a entender que son ellos pero podrían ser otros, los miembros de cualquier formación de la época que luchaba contra las adicciones y por salir adelante conservando la integridad artística. Segundo premio mantiene el complicado equilibrio entre el relato de aprendizaje, la comedia costumbrista, el documental musical y el cuento de vampiros, todo bien agitado en una mezcla que resulta orgánica y compacta.

A pesar de su carácter experimental, la película es accesible para un público amplio que no precisa conocer el repertorio ni el escenario donde sucede buena parte de la acción. La ciudad de Granada marca su identidad en las imágenes, además de los personajes, interpretados por músicos que actúan y que tocan en directo los temas durante la filmación. Esto provoca una autenticidad que atraviesa el encuadre y que convierte a Segundo premio en una experiencia difícil de igualar. De manera misteriosa, hay cosas que no deberían funcionar pero funcionan. Y muy bien: el realismo convive con la alegoría (el avión de los vuelos lisérgicos, el paseo nocturno por los rincones de Nueva York), lo contemporáneo se funde con evocaciones a la poesía de Lorca y a la iconografía pop del siglo XX, así como hay escenas que simbolizan las relaciones entre los personajes (el encuentro sexual, la pelea en el bar). Son momentos arriesgados en su concepción y en la puesta en escena, que se resignifican unos a otros y complementan en un mismo sentido.

La expresión formal de la película contiene multitud de ideas que tienen que ver con la elección del formato cuadrado, los emplazamientos y movimientos de cámara, el montaje... también la fotografía de Takuro Takeuchi, que debuta en el largometraje con un tratamiento de la luz que juega con la oscuridad de los interiores y la sobreexposición de las localizaciones de exterior. El empleo de los recursos técnicos por parte de los directores refuerza el concepto general del film, al cual contribuye el equipo humano: los músicos-actores Daniel Ibáñez, Cristalino, Mafo o Stéphanie Magnin ponen cara a Los Planetas de entonces y cristalizan unos sentimientos que nacen de lo íntimo y se vuelven universales con la credibilidad que imprimen en su trabajo. Por fortuna, Isaki Lacuesta no ha elegido a intérpretes que saben imitar sino a artistas de los que aprovecha sus respectivos talentos y su ausencia de refinamiento. Hay una visceralidad y una frescura que se respiran en cada plano, además del discurso implícito sobre la verdad y la ficción que sostiene Segundo premio. Son dos líneas que avanzan a lo largo del metraje y que se fusionan para reflejar la pulsión de un cine libre y creativo, capaz de lanzar propuestas al espectador y de estimular sus emociones.

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TRES HOMBRES SOBRE UNA BALSA. "Vernye druz'ya" 1954, Mikhail Kalatozov

Tres años antes de que Mikhail Kalatozov realice su obra magna Cuando pasan las cigüeñas, el director ruso hace la única incursión en la comedia de toda su filmografía con Tres hombres sobre una balsa. Una película deliciosa que supone un respiro dentro de un conjunto dominado por los dramas que ensalzan los valores de la revolución soviética. En esta ocasión también se exponen las virtudes (la camaradería, la colectividad) y los defectos (la burocracia, la corrupción) del sistema, pero de manera mucho más relajada y liviana que otras veces.

Tres hombres sobre una balsa cuenta el viaje aplazado desde la infancia de un trío de amigos ya maduro, formado por un académico de arquitectura, un neurocirujano y un ganadero. Profesionales de prestigio que se suben a una pobre embarcación hecha con maderas para surcar el cauce fluvial que va de la ciudad de Moscú hasta la pequeña población de Osokino. En el trayecto encontrarán aventuras, momentos musicales y algún romance, todo ello mediante secuencias bien hilvanadas, ritmo sostenido y la destreza visual de la que siempre hace gala Kalatozov. Sin llegar al virtuosismo acrobático que le caracterizará tiempo después, el director se vale de complejos movimientos de cámara y de una planificación que crece en el montaje para dotar a Tres hombres sobre una balsa del dinamismo que requiere la historia. La película fluye igual que fluyen las aguas del río que sirve como escenario principal, gracias a la habilidad de Kalatozov en la puesta en escena.

La bella fotografía en color de Mark Magidson refuerza el tono de cuento que posee el film, con un tratamiento de la luz y los colores que está al borde de la postal idílica que se pretende recrear. Las imágenes aprovechan el potencial de los paisajes naturales y también los rostros de los tres protagonistas, conectando la amplitud y el gesto, aunque hay algunos recursos técnicos menos satisfactorios. Por ejemplo, los fundidos a rojo que separan ciertas escenas se antojan arbitrarios hoy en día. Otra resolución demasiado artificial es la iluminación nocturna de determinadas situaciones a bordo, en cambio, ninguna de estas debilidades empobrece el resultado de una película que acumula méritos de sobra para divertir y emocionar al público. Detrás de su aparente ligereza, Tres hombres sobre una balsa logra entretener mientras inculca ideales que pueden estar ya en desuso como la honestidad y el compromiso. Es un canto a la amistad en forma de fábula bolchevique bien escrita, bien dirigida y bien interpretada, que invita a ser descubierta por los buscadores de tesoros.

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LA CASA. 2024, Álex Montoya

En su tercer largometraje como director, Álex Montoya adapta un cómic de merecido prestigio que plantea ciertas dificultades cinematográficas. Se trata de La casa, de Paco Roca, novela gráfica publicada en 2015 que desarrolla la historia familiar del autor valenciano en tono intimista, con escasos personajes y en escenario único. La habilidad de Roca consiste en apelar a sentimientos comunes partiendo de los propios, gracias a la sencillez y la cercanía con que se cuentan los hechos. Hay una observación de los detalles y un transcurrir del tiempo que consiguen dotar a La casa de una trascendencia serena y misteriosa, de emoción contenida.

Trasladar estas sensaciones a la pantalla es un reto al alcance de pocos cineastas. Montoya pone todo de su parte replicando las viñetas y los diálogos creados por Roca, como si la mímesis garantizase el buen resultado. Pero no basta con ser fiel a la obra de partida, de hecho, eso ni siquiera es importante. Lo esencial en este caso es capturar la fluidez que existe entre los diferentes tiempos que maneja el cómic y en trazar las líneas invisibles que mueven a los protagonistas, sus motivaciones y anhelos. En La casa de Roca se dice mucho con poca información, mientras que en La casa de Montoya hay un esfuerzo por explicar las cosas, un subrayado que sustituye a la sugerencia.

Las interpretaciones de los actores insisten en esta idea de hacer obvio lo que debería ser intuitivo. El elenco, con David Verdaguer a la cabeza, verbaliza pensamientos y constata la ficción en la que se ven envueltos los personajes, con la salvedad de la joven María Romanillos, la actriz más natural en un conjunto sobrecargado de emociones. Prueba de ello son las lágrimas que sueltan los protagonistas en algún momento del metraje y que nunca se llegan a derramar en el cómic. ¿Son necesarias para despertar la sensibilidad del público? La respuesta corresponde a cada espectador y a la empatía que logren sentir por los habitantes de La casa.

A nivel formal, uno de los recursos menos satisfactorios dentro de la planificación (algo aséptica) es la manera de insertar los flashback. El montaje emplea un truco bastante fácil que es dar a los recuerdos la apariencia de películas domésticas filmadas en súper 8, con la calidad y la textura características de aquel formato tan común en los setenta y ochenta. La decisión de intercalar estas imágenes con las del presente es artificial (porque nadie con una cámara de 8mm. participa en la escena) y evidente (porque quiere dejar clara la división de épocas que dividen la trama). Así, Montoya denota desconfianza por la inteligencia de su audiencia y sirve la película masticada y lista para la digestión, anulando las posibilidades que ofrecía el original de Roca.

Puede que la comparación sea injusta, pero también es inevitable. Al fin y al cabo, el cine y el cómic comparten una continuidad secuencial que es capaz de dialogar cada uno desde su propia singularidad, son lenguajes distintos que se nutren mutuamente y que admiten el intercambio de ideas. Álex Montoya introduce algunos cambios en La casa (el género del personaje encarnado por Romanillos, el oficio del que interpreta Olivia Molina) sin despegarse del respeto reverencial y del ejercicio de calco... lo que produce una película bienintencionada, pero poco estimulante en términos creativos.

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POBRES CRIATURAS. "Poor things" 2023, Yorgos Lanthimos

Observar en perspectiva la trayectoria de Yorgos Lanthimos puede resultar un ejercicio desconcertante. La puesta en escena sobria y conceptual de los inicios ha evolucionado hacia una retórica barroca y esteticista, que alcanza en Pobres criaturas su cota más alta. Este cambio en las formas se ha visto acompañado por el reconocimiento internacional y la validación de un estilo enmarcado dentro de la posmodernidad contemporánea. Es un cine cuyo relato se diluye en las imágenes, que alude a referencias variadas y que intenta, por encima de todo, alcanzar el asombro... aunque los métodos para conseguirlo sean más cuestionables que antes en la obra del director griego.

Un lustro después de La favorita, Lanthimos vuelve a colaborar con el guionista Tony McNamara para trabajar, por primera vez, a partir de un material ajeno. Se trata de la novela homónima de Alasdair Gray, escritor escocés que en Pobres criaturas reinterpreta el Frankenstein de Mary Shelley y la literatura victoriana del siglo XIX, con una lectura feminista que se concentra en el personaje principal de Bella Baxter. Una protagonista tan sugerente y poderosa que justifica por sí misma la existencia de cualquier película, y a la que Emma Stone se entrega con determinación. La actriz fetiche del director encarna las aspiraciones de la mujer moderna: emancipación, libertad de ideas, poder de decisión... todo ello expresado por medio de una sexualidad desinhibida y sin restricciones morales que le hace ser dueña de su cuerpo y de sus deseos.

Pobres criaturas funciona como una fábula cruel e imaginativa en torno a estos temas y, como todas las fábulas, deja clara sus intenciones y el mensaje que se pretende trasladar a la audiencia. Lanthimos pone tanto empeño en despejar las posibles dudas y en acceder a un público amplio (al menos, más amplio que en anteriores veces) que insiste hasta incurrir en el didactismo y asegurarse de que la moraleja queda perfectamente masticada para su fácil deglución tras los ciento cuarenta minutos de metraje. Hay una persistencia a través de las acciones y los diálogos de los personajes en explicar lo que sucede mientras sucede, algo que resta espacio a la intuición. No solo en términos discursivos sino también mediante las imágenes, más confiadas que nunca a los procesos del CGI. 

El director se recrea en la estética del steampunk para mostrar un universo fantasioso, con un acabado artificial que recuerda al Tim Burton menos interesante (el que sustituyó los decorados reales y los trucos ópticos por la técnica digital). Lanthimos refuerza esta sensación ilusoria con una puesta en escena igual de aparatosa, que emborracha la cámara y emplea constantes zooms, lentes de ojo de pez y fondos desenfocados para representar el punto de vista alterado e impetuoso de Bella. Es de suponer que la idea de Lanthimos es hacer sentir al espectador lo mismo que siente su heroína, sin embargo, muchas de las decisiones de la planificación carecen de motivos dramáticos y entorpecen la narración, hasta el extremo de parecer arbitrarias. La consecuencia es un film autocomplaciente, que se ve con interés gracias al desarrollo de la protagonista y a algunos elementos como la banda sonora de Jerskin Fendrix y el vestuario de Holly Waddington, ambos de una creatividad excepcional.

Siguiendo la tendencia de cierto cine actual (BlondeOppenheimer), la fotografía de Robbie Ryan conjuga el blanco y negro y el color según el momento: blanco y negro para la primera etapa de Bella en la casa, y color para sus aventuras en el exterior y para los flashback. Y es que Pobres criaturas adopta la forma de una crónica de viajes dividida en capítulos, uno por cada destino que visita Bella. La meta la devuelve al principio, al hogar en la ciudad de Londres, donde la protagonista completa su aprendizaje y encuentra la estabilidad, en una alegoría del ciclo vital menos subversiva de lo que aspira a ser.

Junto a Stone hay actores como Mark Ruffalo o Willem Dafoe, quien se esfuerza por darle entidad a su versión de Prometeo detrás de las prótesis que le cubren el rostro. Tanto ellos como el resto del elenco adoptan el tono desmesurado de comedia grotesca que se respira en el film, son las criaturas a las que se refiere el título y que reflejan los diversos arquetipos de la maldad. Yorgos Lanthimos conserva el pesimismo que ha caracterizado su cine desde el inicio, en esta ocasión con una apariencia visual cercana al anuncio de colonia y que exhibe en cada escena sus ganas de provocar... al final, lo que subyace es el conato de revolución adolescente que podía tener sentido hace tres décadas, cuando se publicó la novela original. Vistas hoy, aquellas transgresiones han perdido la fuerza que contuvieron entonces, si bien se pueden considerar loables los intentos de Pobres criaturas por participar en los debates sobre la igualdad en el presente.

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CIVIL WAR. 2024, Alex Garland

Después de una década de actividad, el estudio A24 se ha consolidado como una alternativa audaz e imaginativa a las grandes productoras aquejadas por el conservadurismo y la merma de ideas en Hollywood. Basta que un título se acompañe del logotipo de la empresa para convocar a un público fiel que asocia la marca con un cine dotado de personalidad, que propone variaciones dentro de ciertos géneros maltratados por la repetición de fórmulas. Este ascenso ha obtenido reconocimientos importantes por parte de la industria y algunos éxitos de taquilla, que han permitido a A24 ir asumiendo proyectos de mayor ambición y asentar a determinados autores de la casa, como el director británico Alex Garland. A él se le encomienda el presupuesto más costoso hasta la fecha para llevar a cabo Civil War, una distopía que plantea el escenario de una confrontación civil en los Estados Unidos del presente.

Una de las cualidades que Garland despliega ya en la escritura del guion es la concisión. En lugar de detenerse en explicar los antecedentes, el contexto o las circunstancias geopolíticas que provocan la contienda, el foco se sitúa en el aspecto humano. El argumento sigue los pasos de un pequeño grupo de periodistas muy heterogéneo (un veterano de la vieja escuela, un aventurero con afición por la adrenalina, una reputada fotógrafa y una joven aprendiz que busca abrirse paso) que parten de Nueva York hacia Washington, destino a la Casa Blanca. Se trata de una road movie con varias paradas que ilustran la magnitud del desastre, con pocos instantes de sosiego y muchos otros de tensión y peligro. Es una historia ejemplificadora de lo mejor y lo peor (en especial lo peor) de la población sumida en una crisis extrema, con una sensación constante de inquietud que capta el interés del espectador durante todo el metraje. Para obtener la atmósfera adecuada, Garland se vale de los recursos de la puesta en escena, el desarrollo narrativo y la interpretación de los actores, además de rodearse de un equipo de confianza entre los que se encuentran el director de fotografía Rob Hardy y los músicos Geoff Barrow y Ben Salisbury. Se debe destacar también el montaje de Jake Roberts, hábil en las escenas de acción y en el recurso de intercalar los disparos fotográficos que realizan los personajes con los disparos de las armas de fuego.

El reparto es otra de las bazas de la película: Kirsten Dunst, Wagner Moura, Cailee Spaeny y Stephen Henderson, cada uno representando un rol bien diferenciado de los demás pero en perfecta sintonía. Ellos encarnan la parte cercana de este film violento y directo, que expone cuestiones oportunas en torno a la polarización política y al ideario extremista cuando alcanzan a la ciudadanía. Algo que trasciende las fronteras de Norteamérica y que afecta al resto de países del mundo, como la realidad se empeña en constatar todos los días. Por eso Civil War adquiere el valor de una alegoría que comienza y termina con dos secuencias distintas y un mismo personaje, el presidente de la nación. El recorrido entre una y otra es compartido por los protagonistas y el público a bordo de un coche que lleva la palabra prensa escrita en un lateral, ya que se hace una reivindicación muy oportuna del oficio como salvaguarda del derecho a la información y la libertad de pensamiento.  

En suma, Civil War supone la consagración comercial de Alex Garland y la prueba de su capacidad para encarar trabajos dirigidos a una gran audiencia, más allá del cine de autor, sin que esto menoscabe su nivel de exigencia. Es una película incómoda y contundente que, si bien algunas veces incurre en el efectismo (hay un par de escenas de montaje musical que banalizan el conjunto), lo cierto es que logra concitar en la butaca la congoja y la reflexión. Por muy pesimista que esta sea.

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LA MUJER DE LA ARENA. "Suna no onna" 1964, Hiroshi Teshigahara

La asociación del director Hiroshi Teshigahara y el escritor Kôbô Abe comienza en 1962 con la película La trampa, y vuelve a tener continuidad dos años después con el título que les reportará el reconocimiento internacional, La mujer de la arena. Un éxito merecido, ya que se trata de una de las obras más originales y deslumbrantes de su tiempo, que vista hoy conserva toda su vigencia y se revela con inusitada modernidad.

El guion parece firmado por un Kafka oriental. En él se desarrolla la historia de un profesor aficionado a la entomología que recorre las dunas de un desierto junto al mar, estudiando los insectos de la zona. Busca uno en particular bastante raro, al que tiene la esperanza de poder bautizar con su nombre. Lo que en un principio empieza como una excursión se transforma en una pesadilla de la que no podrá escapar, al ser obligado por los habitantes del pueblo a convivir con una joven viuda en una casa semienterrada por la arena, en una hondonada de difícil acceso. A partir de entonces, su trabajo consistirá en ayudar a la mujer al abastecimiento de arena para el mercado negro de la construcción, una tarea que se presta a la alegoría sobre la existencia humana. La labor conjunta de Abe y Teshigahara desde la literatura y el cine, es capaz de desplegar un universo de metáforas que no resultan forzadas, al contrario: están impresas en cada frase de diálogo y en cada plano con sencillez y organicidad, sin abandonar el aliento poético. Cualquier espectador avezado puede interpretar los elementos que integran la trama a modo de fábula, por eso la película obtuvo una amplia difusión y se erigió como una de las cumbres de la nueva ola japonesa.

Basta asomarse un momento a La mujer de la arena para caer hechizado por el influjo de sus imágenes. Ya desde el inicio, el director plantea una correspondencia entre los personajes y el paisaje mediante los encuadres de cámara, la composición, la distancia focal (como los planos de detalle que se fijan en la textura de la piel con los granos de arena) y los efectos ópticos, en un torrente de ideas visuales de gran imaginación. Todas ellas justificadas, ya que Teshigahara no incurre en gratuidades que no vayan en favor del relato. La complicidad del director de fotografía Hiroshi Segawa resulta fundamental a la hora de definir la línea estética del film, debido a la sucesión de los días y las noches, la climatología de las distintas estaciones y la diferencia entre el interior y el exterior de la casa donde sucede buena parte de la acción. También hay movimientos de cámara muy precisos y, sobre todo, un tratamiento de la arena inédito en pantalla, con numerosos planos que captan su densidad, las dinámicas que operan en sus desplazamientos... y que sirven como alegorías del tiempo que transcurre y de la amenaza que se cierne sobre los protagonistas, interpretados por Eiji Okada y Kyôko Kishida. Ambos actores encarnan con brillantez los roles asignados al hombre y la mujer en la sociedad que expone la película, un microcosmos en el que es fácil establecer la analogía entre humanos e insectos.

Otro aspecto decisivo para generar la atmósfera del film es la música de Tôru Takemitsu, de gran expresividad y siempre al borde de la abstracción. Son sonidos que recrudecen la aridez del entorno y que agitan la inquietud del público, en consonancia con el estado al que conducen las imágenes. Algo parecido a la hipnosis, que convierte el visionado de La mujer de la arena en una experiencia imposible de olvidar y en un misterio que en la actualidad todavía permanece insondable.

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ROBOT DREAMS. 2023, Pablo Berger

La trayectoria de Pablo Berger resulta tan imprevisible, que nadie podía esperar a estas alturas una primera película de animación como Robot dreams. Más teniendo en cuenta la poca tradición que existe en España de proyectos de este calado, que aúnan la ambición narrativa con la búsqueda de un público mayoritario. Es por eso que Berger recurre a la cofinanciación francesa y al talento del ilustrador belga Benoît Feroumont, encargado de la animación, para llevar a cabo esta obra de vocación universal que ha sido reconocida a ambos lados del Atlántico, un fenómeno sin apenas referentes en una industria sostenida siempre con pilares inestables.

El propio Berger asume la adaptación del cómic de Sara Varon en el que se basa el film, desarrollando las situaciones y dándoles identidad cinematográfica, con un montaje y una dirección de arte muy cuidada por parte de Fernando Franco y José Luis Ágreda, respectivamente. Una de las principales cualidades que se respetan en el trasvase de las viñetas a la pantalla es la ausencia de diálogos, lo cual otorga una importancia fundamental al sonido y a la música compuesta por Alfonso de Vilallonga. También hay canciones que tienen gran participación en la trama y que sitúan bien la época, ambientada en el Nueva York de los años ochenta. Berger representa allí a una sociedad de animales antropomórficos de enorme diversidad entre los que se encuentra un perro que trata de mitigar su soledad adquiriendo un robot de compañía. La historia evoluciona con sencillez mientras se establece su amistad, hasta que un incidente les obliga a separarse y la acción se traslada a los sueños del robot a los que hace referencia el título. Entonces la película se complejiza y plantea momentos reales e imaginados que se mezclan y que aluden, a su vez, a cuestiones humanas como el aprendizaje, la empatía, la familia... todo ello con una esencialidad casi oriental, por la síntesis de elementos y la sugestión de metáforas. Algo que se traduce del mismo modo en las imágenes: los diseños de Robot dreams poseen economía de líneas, colores planos y una simpleza solo aparente, ya que son producto de la depuración de los rasgos estéticos.

Al igual que hiciera en Blancanieves, Pablo Berger logra conjugar a la perfección el discurso y la forma en esta película emotiva que nunca llega a ser cursi, y que propone una alternativa de aspecto artesanal dentro de la animación contemporánea, copada por productos que exhiben en cada plano su sofisticación técnica. Por estos y otros motivos hay que celebrar Robot dreams, una bonita excepción en el árido terreno del cine familiar que gustará más a los adultos, por el tratamiento de los temas que expone y porque permite responder con facilidad a la pregunta de Philip K. Dick: sí, los androides sueñan con ovejas eléctricas y con muchas otras cosas, como si fuesen personas. O perros.

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ANATOMÍA DE UNA CAÍDA. "Anatomie d'une chute" 2023, Justine Triet

Justine Triet obtiene el reconocimiento internacional con su cuarto largometraje, un drama judicial que remite en el título a uno de los clásicos del género, Anatomía de un asesinato. En el caso de Anatomía de una caída se juega con el doble significado de la palabra caída: por un lado es el acto que propicia la muerte del marido de la protagonista, y por otro lado se refiere al fracaso de su relación. La película sigue el caso de lo que en principio parece ser un accidente sucedido en el hogar en los Alpes franceses que comparten una pareja de escritores con su hijo con discapacidad visual, hasta que las sospechas de asesinato recaen en la mujer interpretada (muy bien) por Sandra Hüller, quien tratará de defender la versión de que pudo ser un suicidio.

El guion firmado por Triet y Arthur Harari emplea diferentes hilos narrativos que se extienden a lo largo del relato para enredar al espectador en una madeja de sentimientos oscuros y de conflictos no resueltos, que tienen que ver con la culpa, con los desequilibrios de poder que se viven dentro del matrimonio y con los celos creativos de quienes comparten una misma aspiración. Son elementos de gran peso dramático que emergen con la muerte del progenitor, casi a modo de excusa. También la fórmula de la película de juicios funciona como un soporte para que la historia evolucione de manera ágil e incluso juguetona, ya que Triet amaga con despistar al público en diversas ocasiones y se guarda ases en la manga que saca cuando la emoción lo exige. Hay quien podría acusar a Anatomía de una caída de tender ciertas trampas y de utilizar recursos algo obvios (el contraste entre el abogado defensor bondadoso y coronado de una buena pelambrera, frente al abogado agresivo y con la cabeza rapada), sin embargo, hay que reconocer que este tipo de argucias son habituales dentro del género, lo cual no debería eximir a la directora. Su sentido del espectáculo se impone en el conjunto por medio de una planificación exhaustiva y dinámica, y un montaje que atiende a los distintos puntos de vista de los personajes (incluido el del perro guía del hijo, durante la llegada de la policía a la casa).

La narración alterna saltos en el tiempo, texturas de imagen, capas sonoras... todo con una destreza tan calculada que está a punto de resultar artificiosa en determinadas escenas (como la discusión de la pareja) y que desvela a Justine Triet como una cineasta aplicada que conoce bien los resortes del thriller y que logra mantener el interés durante los ciento cincuenta minutos de metraje. No es poca cosa.

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LA ZONA DE INTERÉS. "The Zone of Interest" 2023, Jonathan Glazer

Hasta ahora, Martin Amis no había tenido suerte con las adaptaciones al cine de sus novelas. Tal vez por la complejidad de los temas que aborda y por la controversia que suscitan, lo cierto es que la obra literaria del escritor británico induce a que ciertos directores confundan tragedia con intensidad. Jonathan Glazer opta en cambio por la frialdad y el comedimiento a la hora de traducir en imágenes La zona de interés, última ficción publicada por Amis que se adentra en el nazismo desde el escenario doméstico donde habita Rudolf Höss, director del campo de concentración de Auschwitz. En 1943, la cúpula del Tercer Reich traslada al oficial a un nuevo destino, lo cual le obliga a ausentarse del hogar regido por su mujer, estableciéndose así un relato poco tratado en el cine: la vida de puertas adentro de quienes detentaron el poder e hicieron del horror su rutina diaria.

Glazer decide fijarse en este ámbito y omite lo demás, incluidas las relaciones que mantienen los distintos personajes del libro, para centrarse en la convivencia dentro de la casa de la familia Höss. La presencia colindante de Auschwitz se manifiesta en las apariciones esporádicas de los presos encargados del servicio, además de las chimeneas humeantes de los crematorios y el muro que divide a los opresores de los oprimidos. La cámara nunca llega a introducirse en el infierno del campo. El sonido de la muerte sí está presente en todo momento en forma de gritos, órdenes e insultos que se escuchan desde el otro lado de la calle, es el paisaje acústico que invita a imaginar lo que queda fuera de la pantalla. La zona de interés hace trabajar la memoria audiovisual del público para completar una narración que emplea planos medios y generales a la altura de los personajes. Esto provoca una sensación de distanciamiento que impide que nadie pueda reconocerse en los protagonistas y que anula las emociones (no hay primeros planos) de acuerdo al mecanicismo y a la burocracia del terror que se representan en el film. Una de las decisiones que adopta Glazer en cuanto a la técnica de rodaje es filmar determinadas escenas simultáneamente con diversas cámaras sin operador, como si se tratara de un circuito cerrado de vigilancia que observa a los personajes con objetividad y con profusión de acciones que se suelen omitir en el montaje (subir y bajar escaleras, cambiar de habitación). El seguimiento de estas actividades anodinas ilustra el concepto de inercia que envuelve al matrimonio de Rudolf y Hedwig, algo que se expresa en términos estéticos mediante la fotografía de tonos grisáceos y luces apagadas de Lukasz Zal. Su trabajo y el del departamento de diseño artístico prescinde de los colores vivos y de los contrastes fuertes para no caer en el embellecimiento y en la estilización de los hechos sucedidos en la zona de interés a la que alude el título. Dicha zona se refiere a los alrededores del campo, donde la prosperidad y el ideal germánico confrontan con la destrucción perpetrada en Auschwitz.

En esta dicotomía del exceso de lo trivial frente al defecto de lo profundo reside la naturaleza de la película, ya que ambos extremos ejemplifican comportamientos desordenados que chocan con la razón y anulan la humanidad. De ahí se explica el rigor geométrico de los encuadres y las composiciones exactas que delimitan los espacios de la casa, en contraposición a otras secuencias como las de la niña que esconde frutas para los reos aprovechando la oscuridad de la noche. Glazer filma estos actos de clandestinidad heroica con lentes infrarrojas que aportan una visión irreal, como los cuentos que el funcionario nazi lee a los niños al acostarse (la metáfora se redondea con la elección del cuento Hansel y Gretel, en el que la malvada bruja termina asada en el horno gracias a la inteligencia de la pequeña Gretel).

Las interpretaciones de los actores Christian Friedel y Sandra Hüller en su lengua materna (el alemán) inciden en la idea de dar normalidad a lo que jamás debería tenerlo. Sus movimientos y actitudes vienen determinados por el automatismo y el protocolo (en torno a la mesa, la crianza de los hijos o la intimidad del dormitorio) salvo cuando se dejan arrastrar por impulsos que denotan una energía casi animal, como la impaciencia de la esposa probándose la ropa recién incautada de las presas adineradas, o la repugnancia del marido limpiándose las cenizas de los cadáveres calcinados tras una jornada de pesca. Son instantes que no precisan de explicación y que el espectador debe comprender según su intuición y conocimiento de la historia... de otra manera, ¿por qué insistir en lo que ha sido contado tantas veces? Existen infinidad de películas sobre el Holocausto, por lo que Jonathan Glazer elige no ser demasiado descriptivo ni demasiado críptico, generando una atmósfera inquietante y de calma tensa que impregna cada fotograma de La zona de interés. A ello contribuye también la música de Mica Levi, quien repite con el director a continuación de Under the skin. Dos de sus piezas abren y cierran la película con la pantalla en negro, a modo de obertura y final antes de los créditos, dando identidad a la película y construyendo un diálogo con el sonido de gran riqueza. Y es que los efectos sonoros resultan esenciales dentro del conjunto, como se puede comprobar en la última elipsis que desplaza al público a la época actual, con el campo de concentración convertido en lugar de visita. El ruido de las máquinas aspiradoras que manejan las trabajadoras de la limpieza avanza por las estancias que vemos por primera vez, ahora sin presos, entre objetos y materiales expuestos en vitrinas. Es la confluencia del pasado y el presente para materializar la moraleja de que después de tanto esfuerzo por destruir y tanta autoridad ejercida, solo queda el polvo que deposita el tiempo y el recuerdo de un sitio cuyo sentido ha sido resignificado por las generaciones postreras.

 

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SIETE JERELES. 2022, Pedro G. Romero y Gonzalo García Pelayo

Corría el año 2020 cuando Pedro G. Romero y Gonzalo García Pelayo, dos creadores inquietos con afán de hibridar el folclore, lo profundo y lo profano, se aliaron para explorar la escena del flamenco en Sevilla. El resultado fue un documental inclasificable, Nueve Sevillas, que tiene continuidad dos años después en Siete Jereles, completando un díptico que se inserta dentro la serie titulada el año de las 10+1 películas, un proyecto ambicioso e irregular de García Pelayo que logra sus mayores aciertos cuando indaga en el género musical.

En esta ocasión, la capital andaluza cede lugar a Jerez con motivo de la celebración de su Festival de Flamenco, un encuentro que reúne a figuras del cante, el baile y a músicos de todo pelaje en los distintos barrios de la ciudad. Allí conviven los profesionales consagrados (Diego Carrasco, La Macanita, Tomasito o Los Delinqüentes, entre otros) y los que subsisten a duras penas de su arte, los vecinos aficionados y los que buscan labrarse un futuro acercando la tradición a otras expresiones contemporáneas. Todos ellos se prestan a participar en este viaje nocturno a lomos de siete caballos cartujanos que recorren las calles guiando al espectador.

Después de un preámbulo en el que el propio García Pelayo camina con movimiento invertido, de acuerdo al sentido circular del relato, la película comienza con la aparición de los corceles que se adentran en Jerez al anochecer y termina tras dos horas con el regreso de la caballada al campo, cuando alumbra el alba. Entre medias, siete planos secuencia correspondientes a cada una de las actuaciones en escenarios, patios de vecinos, locales, bares y rincones urbanos... incluso en el interior de una bodega, con el deseo por parte de los directores de señalar los espacios propicios para el flamenco, que son todos y cualquiera. Los momentos musicales se suceden de manera fluida con los entreactos de los caballos y, de manera un tanto arbitraria, con el seguimiento de diferentes mujeres que atraviesan Jerez sin un destino concreto. También hay breves textos que se intercalan en la pantalla con intenciones a veces descriptivas, a veces poéticas y a veces humorísticas, marcando el tono de la narración. Y es que Siete Jereles transmite la sensación de estar sucediendo en el instante preciso de la filmación, dado el método elegido (planos sin cortes que flotan en medio de los protagonistas en continuidad con el tiempo real) como su exhibición técnica, mostrando en pantalla los drones y las cámaras empleadas durante el rodaje, así como el equipo humano que los maneja. Esta ruptura de la cuarta pared cinematográfica incide en el carácter experimental de esta obra singular y arrebatadoramente bella, que contiene virtudes notables: el sonido, la representación de los números musicales, el ímpetu imaginativo... y defectos discretos, que no empañan el conjunto, como algunos montajes de las escenas intermedias.

En suma, habrá que guardar Siete Jereles como un documento del potencial artístico que atesora Jerez y de las posibilidades del cine como vehículo transmisor de cultura y conocimiento. La sabiduría que posee este documental cuenta con la legitimidad que otorga el acervo popular y el ingenio nacido a pie de calle. Ahí es ná.

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