LOS ASESINOS DE LA LUNA. "Killers of the flower moon" 2023, Martin Scorsese

La violencia es uno de los temas capitales en el cine de Martin Scorsese. Violencia ejercida en diferentes ámbitos y contextos, violencia con causas y consecuencias, violencia arraigada en la sociedad y la cultura de un país. Los asesinos de la luna describe un episodio negro de la historia de los Estados Unidos, el magnicidio de la comunidad nativa de los Osage durante los años veinte del siglo pasado por parte de blancos que quisieron apropiarse de sus tierras, una vez que se supo que contenían petróleo. Scorsese cuenta estos hechos como si se tratara de una de sus características películas de gánsteres, con las mismas relaciones entre los personajes y una estructura narrativa similar, si bien en esta ocasión atempera las acrobacias visuales y la cinética nerviosa en favor de un mayor clasicismo. Lo cual no quiere decir que el octogenario director se haya rendido a los imperativos de la edad, sino que sigue la senda de sus últimos trabajos (Silencio, El irlandés) despojados de cinismo y con una moralidad más transparente, menos ambigua. Otro rasgo que se aprecia en esta última etapa es la voluntad de trascender, de ofrecer títulos "que dejen poso", algo que ha sucedido siempre de manera natural en el cine de Scorsese pero que ahora se busca empleando artimañas un tanto cuestionables. ¿Cuándo se convierte el discurso en apología? ¿Qué valor tienen los ideales presentados como espectáculo? Los asesinos de la luna invita a reflexionar sobre algunas de estas cuestiones partiendo de los propósitos declarados por el cineasta de hacer una gran película, una obra con vocación de perdurar que trata de enmendar los errores del pasado a través del relato del presente.

No en vano, el propio Scorsese decide cerrar la película haciendo una breve intervención que, en casos similares, se suele solventar con un rótulo en la pantalla. Esta personalización del desenlace pretende ser un acto de justicia poética pero termina antojándose como un gesto autocomplaciente, que otorga el aplauso fácil al mea culpa colectivo. Más si cabe cuando el personaje principal de la película es un buscavidas rematadamente idiota que vive para complacer al poder encarnado en la figura de su tío, un terrateniente que conspira para adueñarse de los terrenos de la Nación Osage. Tal y como indica el título, Scorsese otorga el protagonismo a los verdugos mientras que las víctimas son el telón de fondo, unos convidados de piedra sin apenas profundidad humana que el guion reduce a la condición de mártires pasivos. Este es uno de los puntos más problemáticos de un film que se erige en reparador de agravios, y que marca distancias con el libro de David Grann adaptado por Eric Roth. Un texto perteneciente al género del ensayo periodístico que adopta el punto de vista de quienes realizaron las investigaciones para esclarecer los crímenes, los agentes del incipiente FBI. En la película, estos personajes irrumpen en el tercer acto para apostillar los comportamientos delictivos de los protagonistas, interpretados por dos de los actores fetiche del director, Leonardo DiCaprio y Robert De Niro. Ambos marcan el devenir de los acontecimientos con sus fuertes personalidades y asumen sus papeles de diferente manera: DiCaprio se muestra demasiado condicionado por la prótesis dental que lleva para transmitir un carácter explosivo, siempre en tensión, mientras que De Niro está mucho más matizado y reverdece los antiguos laureles que se creían marchitos. Cabe lamentar que nombres como los de Lily Gladstone (que da vida a la esposa nativa del personaje de DiCaprio) y Jesse Plemons (el oficial encargado de inspeccionar) estén desaprovechados y no puedan extraer el jugo que exigían sus personajes a causa de un guion descompensado, que deja de lado aspectos importantes de la narración (el nativo que resulta muerto y fue el primer marido de la protagonista, por ejemplo) a la vez que incide en detalles poco significativos (las reiteradas conversaciones de los matones).

Las debilidades narrativas de Los asesinos de la luna son producto de una falta de decantación que olvida la síntesis y se demora en desarrollar de manera innecesaria situaciones que no llegan a ninguna parte. Sin embargo, a pesar de las torpezas de guion, Scorsese consigue mantener la atención a lo largo de los doscientos minutos que dura el metraje, gracias al magnetismo de las imágenes. La fotografía de Rodrigo Prieto es bella, precisa y multiplica las virtudes de los apartados artísticos referidos al decorado, el vestuario y los demás elementos de época. Si bien en la película brillan algunos destellos que recuerdan al mejor Scorsese (como la introducción) es evidente que, en la última década, el estilo del director se ha ido diluyendo en un lenguaje cada vez más aséptico y plano, que articula las escenas empleando la fórmula tradicional de escalas y angulaciones de plano. No habría ninguna objeción si no fuera porque, en ocasiones, el significado de las imágenes que filma Scorsese funciona más por acumulación que por su capacidad para generar ideas por sí mismas, como si obedecieran a un transcurso mecánico de las acciones que poco tiene que ver con la inventiva de los viejos tiempos. Aun así, Los asesinos de la luna logra captar el interés y arroja luz sobre unos sucesos que hasta ahora habían permanecido en la sombra. Solo por eso merece la pena tenerla en cuenta, aunque hay otros motivos, entre ellos la música compuesta por Robbie Robertson poco antes de fallecer. A continuación pueden escuchar uno de los temas contenidos en la banda sonora, un blues que introduce instrumentos originales del folclore y que deja testimonio del enorme talento de su autor. Que lo disfruten.

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LA CARTA QUE NUNCA FUE ENVIADA. "Neotpravlennoye pismo" 1960, Mikhail Kalatozov

Tres años después de realizar su obra magna Cuando pasan las cigüeñas, Mikhail Kalatozov vuelve a narrar una gesta heroica que ensalza los valores de la revolución soviética, pero esta vez a pequeña escala, con mayor capacidad de síntesis y abstracción. La carta que nunca fue enviada se centra en un pequeño grupo de geólogos en busca de un yacimiento de diamantes en mitad de Siberia, una odisea a través de la taiga que parte de una historia escrita por Valeri Osipov. El hecho de que el drama afecte solo a cuatro personajes no resta épica al conjunto, puesto que la identificación con los padecimientos físicos y mentales que sufren los protagonistas es inmediata, gracias a la destreza del director y la entrega de los actores.

Kalatozov cuenta de nuevo con Tatyana Samojlova, actriz que sigue deslumbrando por su trasparencia para proyectar emociones. Tanto ella como sus compañeros de reparto superan la prueba que suponen los continuos primeros planos con los que el director iguala la importancia de los rostros con el paisaje. El contraste entre lo humano y lo terrenal, entre la cercanía y la amplitud, define la película. Es una decisión estética que toma forma mediante los emplazamientos de cámara y el montaje, pero es también una decisión ética, que cuestiona la magnitud del hombre ya desde la apertura del film, cuando la cámara se aleja volando y evidencia la insignificancia de los personajes en medio de la naturaleza.

La carta que nunca fue enviada constituye la tercera de las cuatro colaboraciones que Kalatozov realiza con el director de fotografía Sergei Urusevsky, un binomio que conjuga técnica y creatividad para generar imágenes que continúan siendo modernas todavía hoy, seis décadas después de haber sido filmadas. Es difícil no dejarse maravillar por el dinamismo y las angulaciones visuales, por los planos de seguimiento, la luz, la profundidad, las composiciones... y por el empleo del fuera de campo, ya que los actores miran en todo momento hacia puntos que permanecen fuera del encuadre y que el espectador imagina sin dificultad. Incluso determinados objetos como la estación de radio en el interior de la tienda de campaña adoptan presencia sin que lleguemos a verlos, por medio del sonido y la interpretación de los actores. Hay otros recursos ópticos (los flashbacks fundidos con el fuego, la aceleración de algunas acciones manipulando la velocidad de obturación) que están bien integrados en la narración y refuerzan el creciente conflicto psicológico que experimentan los protagonistas, víctimas no solo del entorno, también de sí mismos.

En suma, La carta que nunca fue enviada es uno de los más ilustres ejemplos de película de supervivencia, género capaz de convertir bellos espacios naturales en escenarios de pesadilla donde transcurren situaciones extremas. Es cine que apela directamente a los sentidos y que Mikhail Kalatozov depura en esencia, generando emociones intensas con los elementos mínimos. Cine genuino y en estado puro que depara gozosos momentos de sufrimiento (valga la paradoja).

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O CORNO. 2023, Jaione Camborda

O corno comienza y termina con sendas escenas de alumbramiento. Un círculo cuya línea atraviesa la frontera entre dos países y traza el camino de una mujer, María, a principios de los años setenta. Ella ayuda a dar a luz en un pequeño pueblo gallego donde los nacimientos se producen en casa y los abortos son clandestinos. Jaione Camborda rueda ambas situaciones haciendo coincidir el tiempo real con el tiempo fílmico, centrándose en los rostros mediante primeros planos. Lo importante no es la acción en sí, sino las reacciones que tanto se parecen: el miedo, la incertidumbre, el dolor. Porque O corno trata sobre el dolor y los diferentes tipos de violencia que padecen las mujeres, ya sea institucional, laboral o sexual.

María está interpretada por Janet Novás, bailarina y creadora que debuta como actriz en esta película en la que muestra su dominio de la expresión corporal. Su personaje no necesita demasiados diálogos porque lo dice todo con la mirada, es su vínculo con lo que le rodea y la herramienta que emplea la directora para trabajar con los símbolos. Sirvan como ejemplo los dos momentos en los que María mira desde la ventana la figura de mujeres a las que teme parecerse: una es una portuguesa madura que se aleja ahogada de alcohol y de nostalgia, otra es una prostituta que sale a buscarse la vida tras dejar a su hijo en casa. Camborda va sembrando el metraje de analogías, algunas sutiles y otras evidentes, que podrían saturar de signos la narración si no fuera por la austeridad dramática y la contención en el tono.

O corno supera el peligro de caer en el exceso gracias al lirismo seco y contundente que aplica Camborda, primero desde el guion y luego mediante la puesta en escena. La película posee una capacidad de sugerencia que invita a participar al espectador, sin dar nada por hecho: el pasado de la protagonista, su sentimiento de culpa, su transformación... son incógnitas que el público desvela mediante pistas diseminadas en la trama. También la imagen contribuye a ahondar, con decisiones visuales que inciden en el relato, encuadres precisos y un montaje cronométrico que firma Cristóbal Fernández. Basta contemplar la larga secuencia del parto que abre el film, contada en planos cortos en los que intervienen distintos personajes, cada uno con un nivel de relación. La luz íntima de este decorado interior contrasta con la luz exterior de las siguientes escenas, natural y norteña, un trabajo de fotografía de Rui Poças que se complejiza en las partes nocturnas.

Siendo una película de presupuesto modesto hecha en régimen de coproducción, O corno proporciona a Jaione Camborda su consagración como cineasta, después de dirigir tres largometrajes en apenas cuatro años. Una obra que evita los temas fáciles y que sitúa a la mujer en el centro, poniendo cuidado en los detalles y en el acabado formal. Pero sobre todo, logrando convertir en universal una historia de arraigo local, que tiene fuerza, carácter poético y eso tan extraño que llamamos misterio.

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PORTRAIT D'UNE JEUNE FILLE DE LA FIN DES ANNÉES 60 À BRUXELLES. 1994, Chantal Akerman

En los años noventa, la productora Chantal Poupaud pone en marcha una serie de telefilms para el canal Arte, realizados por distintos autores que muestran sus respectivas miradas sobre la juventud. Una de las cineastas invitadas es Chantal Akerman, quien sitúa en su Bruselas natal Portrait d'une jeune fille de la fin des années 60 à Bruxelles. Lo curioso es que la historia no está ambientada en los 60 sino en el presente en el que se filma la historia, debido a que Akerman se basa en algunos recuerdos de cuando era adolescente y deambulaba por aquella misma ciudad.

Eso es lo que cuenta la película: el incesante paseo de una muchacha que ha decidido ausentarse del instituto y, a lo largo de un día, recorre tiendas de discos, establecimientos de comida, calles y más calles, en compañía de un chico al que conoce en un cine. Ambos no paran de conversar sobre lo divino y lo humano, mediante diálogos a veces densos (ella adora a Sartre y cita de memoria a Kierkegaard) con una visión crítica de la realidad. En verdad, todo es un prolegómeno hasta la salida de clases de su mejor amiga, con quien pretende asistir a una fiesta. Akerman aprovecha la situación para tratar algunos de sus temas predilectos: la incomunicación, el amor, la familia, el conocimiento frente a la banalidad... a riesgo de caer en cierto tono discursivo, que resultaría demasiado literario si no fuese porque la directora emplea un lenguaje cinematográfico rico y lleno de movimiento.

Más allá de la exuberancia verbal contenida en el guion, este retrato firmado por Akerman es una lección de cómo concordar lo visual con lo narrativo. Tanto la planificación como el montaje encajan con las intenciones que expresa el relato, así, por ejemplo, hay una elección en los encuadres de aislar a la protagonista respecto a los personajes que se relacionan con ella, remarcando su dificultad de conectar con el mundo. Esto provoca un uso ejemplar del fuera de campo que se aprecia, sobre todo, en la secuencia final del baile en la fiesta. Akerman mantiene la cámara sobre el primer plano de su heroína sin necesidad de una correspondencia subjetiva porque todo está ahí, en los ojos de la chica decepcionada. Hay más muestras de este efecto durante el metraje que favorecen el reconocimiento del espectador con la protagonista, una identificación que la directora desarrolla con un gran sentido del movimiento y la composición de los elementos en la imagen.

Pero nada de esto funcionaría sin la frescura y el talento de Circé Lethem, actriz debutante que sostiene el peso del film. Chantal Akerman encuentra en ella a su perfecta alter ego juvenil, bien secundada por Julien Rassam. La pareja de intérpretes dota de humanismo y naturalidad a esta película que consigue escapar de las convenciones del telefilm para ofrecer un resultado que es puro cine, uno de los trabajos más redondos de una directora siempre interesante.

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DISPARARON AL PIANISTA. 2023, Fernando Trueba y Javier Mariscal

Una década después de Chico y Rita, el director Fernando Trueba vuelve a aliarse con el artista Javier Mariscal para emprender un nuevo viaje musical, esta vez al corazón de la bossa nova en Brasil. No es el único escenario de Dispararon al pianista, ya que la acción también se traslada a Argentina, lugar donde concluye la biografía del músico Tenório Jr. Un nombre poco conocido al que esta película rinde homenaje, situándolo en el lugar que merece dentro de la cultura popular. En el momento de su muerte, Tenório era componente de la banda que acompañaba a Vinícius de Moraes y Toquinho, siendo uno de los máximos exponentes de la samba-jazz hasta que, una noche de marzo de 1976, "fue desaparecido" por el terrorismo militar de Videla recién impuesta la dictadura. Trueba y Mariscal no realizan un biopic al uso sino un documental de animación que utiliza como hilo conductor a un escritor que investiga la historia de Tenório para elaborar un libro, siguiendo los pasos del pianista y entrevistando a las personas que tuvieron relación con él.

En Dispararon al pianista quedan representadas algunas de las personalidades más destacadas de la música brasileña de la segunda mitad del siglo XX, quienes prestan su testimonio para dar veracidad a la historia y completar el paisaje de una época efervescente. Un coro de voces que el equipo de Mariscal ilustra con un estilo a la vez realista y sencillo, con pocas líneas muy marcadas y un tratamiento del color de gran expresividad. Aunque el aspecto visual es menos elaborado que el de Chico y Rita (algo que se aprecia sobre todo en el movimiento de las figuras y en la técnica de animación, más tosca y cercana al boceto), es difícil no dejarse seducir por la policromía de las imágenes. Hay secuencias como la interpretación de Embalo que son un regalo para los ojos, además de para los oídos. Los dos directores imprimen su hedonismo militante en esta oda al placer y el talento, en contraposición a la oscuridad y el terror que se denuncian a propósito de la Operación Cóndor, que asoló gran parte de América Latina durante los años setenta y ochenta. Una vez más, la música ejerce como escudo contra la barbarie y la voz de los supervivientes es el remedio contra el silencio y el olvido que los represores quisieron implantar.

Detrás de la belleza estética del film hay una intensa labor de documentación que da solidez al conjunto, aunque en ocasiones pueda haber un exceso de información que termina por alargar el metraje. Algunas declaraciones se antojan reiterativas, con insistencia en remarcar el genio de Tenório y las extrañas circunstancias que rodearon su muerte. Son evidencias que aminoran el vuelo de la película sin llegar a frenarlo, puesto que sus virtudes son obvias: un relato que mantiene el interés, un diseño creativo muy inspirado y una correlación entre ambos natural y fluida. Pero sobre todo, Dispararon al pianista es un gozoso tributo a los músicos de un género que logró conquistar el mundo.

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CERRAR LOS OJOS. 2023, Víctor Erice

Se puede decir que, cumplidos los 82 años y tres décadas después del estreno de El sol del membrillo, nadie esperaba una nueva película de Víctor Erice. Pero el cineasta vizcaíno nunca hace lo que se espera de él. Su manera de trabajar es semejante a la de un orfebre que va puliendo cada pieza hasta dejarla en su esencia, sin prisa y con obstinación, a fuerza de depurar las ideas y el lenguaje con que expresarlas. Solo así se explican los periodos tan prolongados que separan sus largometrajes (entre medias hay creaciones más breves como cortometrajes y vídeo instalaciones, además de dedicarse a la literatura y la docencia), sumado a los proyectos abortados por dificultades de financiación... esto ha provocado que sus películas obtengan una condición excepcional, no solo por la calidad con la que están hechas, también por la escasez del conjunto.

Por eso, la llegada a las carteleras de Cerrar los ojos debe ser considerada casi como un milagro profano. El concepto de milagro está incluido en uno de los diálogos del film, cuando el personaje del montador interpretado por Mario Pardo dice: "Yo no creo en los milagros desde que Dreyer dejó de hacer películas". El cine está muy presente en Cerrar los ojos, el cine como espacio de memoria y pensamiento, como dimensión donde el tiempo se bifurca y adopta posibilidades narrativas. Los protagonistas son un director retirado en busca de un actor que fue viejo amigo suyo, interpretados respectivamente por Manolo Solo y José Coronado, una relación interrumpida de forma enigmática que añade al drama un componente de misterio. Las pesquisas son desarrolladas por Erice con un tempo sosegado poco habitual en las pantallas actuales, las secuencias transcurren con ritmo moroso y en ocasiones se suceden mediante fundidos a negro que añaden pausa a las escenas. Son instantes suspendidos que empujan al espectador a valorar los silencios y, sobre todo, las miradas, de ahí el título Cerrar los ojos. La película mantiene una trama hasta cierto punto sencilla, cuya anécdota se explica incluso con insistencia, y una lectura subterránea más compleja, que apela al subconsciente mediante símbolos contenidos en la imagen. Así, por ejemplo, una figura de ajedrez o una lámpara fundida en un trastero adquieren un significado que corresponde desvelar al público, convirtiéndose en partícipe del argumento.

Esta encriptación del mensaje a veces puede ser muy sutil y, a veces, también algo obvia, con modismos ya conocidos de anteriores películas: el uso de fotografías y de músicas para activar la memoria, los diferentes escenarios geográficos como etapas vitales del protagonista, la literatura como discurso interior... son estilemas que ya intervenían en El espíritu de la colmena y El sur, no en vano, Víctor Erice habla de sí mismo y de su posición artística y filosófica en Cerrar los ojos. Más que una ficción, es un tratado íntimo de las ideas y obsesiones de un creador que se sitúa en el terreno del clasicismo, a nivel narrativo y estético. Las referencias a otros autores son constantes: Pío Baroja, Juan Marsé, Edward Hopper, Nicholas Ray, Fritz Lang... y así infinidad de nombres que desfilan por alusiones directas o indirectas, conformando el universo de influencias de Erice. Son alusiones que se mezclan con su propia filmografía, de ahí la inclusión de Ana Torrent en el reparto, de nuevo interpretando a la hija desconectada del padre. Esta confusión premeditada entre el cine y la vida es la sustancia de Cerrar los ojos, el resumen del legado de uno de los cineastas españoles más importantes y singulares.

Lo cual conduce a la pregunta: ¿está el cuarto largometraje de Víctor Erice a la altura de su obra anterior? La respuesta, aunque incómoda, parece evidente: no. Cerrar los ojos es una buena película que resulta irreprochable, pero carece del genio que latía detrás de cada uno de los fotogramas filmados en un pasado que, tal vez, quede ya demasiado lejos. El guion de Erice redunda en situaciones que no ayudan a que el relato avance (las dos visitas al trastero, el encuentro con el personaje interpretado por Soledad Villamil que se intuye como la cuota argentina que debe asumir el régimen de coproducción), lo que hace que el tercer acto se demore en exceso. Además, las llamadas a la abstracción que hace la película se ven interrumpidas por una sobreabundancia de explicaciones que restan sugerencia al film, lo vuelven enunciativo y literario. Esto no supone un problema por sí mismo, salvo que se pretenda ahondar en la naturaleza expresiva del cine, como aspira a hacer Erice en las imágenes fotografiadas por Valentín Álvarez. El cuidado en la luz y los encuadres no se corresponde siempre con la concreción del texto, que tiende a dispersarse y dar vueltas sobre sí mismo, aprovechando la estructura episódica y la incorporación de personajes encarnados por Josep Maria Pou, María León, Petra Martínez o Helena Miquel, entre otros. Así pues, cabe abandonarse a Cerrar los ojos con la conciencia de que Víctor Erice no conserva la fuerza de antaño pero sí la misma voluntad de caminar a contracorriente y por sendas hoy poco transitadas. Aunque solo fuera por ello, merece la pena atender a este último tramo de su recorrido, una trayectoria que vista en perspectiva tiene un valor incalculable y una profundidad imposible de sondear.

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EL CONDE. 2023, Pablo Larraín

A lo largo de su trayectoria, Pablo Larraín ha demostrado querencia por los personajes históricos: Pablo Neruda, Jackie Kennedy y Lady Di son algunos de los nombres que pueblan sus películas. También ha reflejado el golpe y la dictadura militar chilena desde diferentes perspectivas, por eso no es de extrañar su reciente acercamiento a la figura de Augusto Pinochet en El conde, coincidiendo con el 50 aniversario del golpe de Estado que derrocó al gobierno del presidente socialista Salvador Allende. Lo original en esta ocasión es el punto de vista adoptado, ya que no se trata de una biografía o de la narración de un episodio concreto, sino de una sátira que mezcla el terror gótico con la comedia negra. Junto a su guionista habitual Guillermo Calderón, Larraín desarrolla la posibilidad de que Pinochet hubiese fingido su muerte para apartarse del mundo y continuar viviendo durante el resto de la eternidad como vampiro. Solo su mujer, su criado y sus hijos conocen la naturaleza oculta del sátrapa, quien sale por las noches a "cazar corazones" para mantener su longevidad, una rutina que se verá trastocada por una joven monja que acude con el encargo de poner al día las cuentas financieras de la familia.

El conde es una fábula perversa que juega a confundir los términos del bien y el mal, un cuento de horror de aires guiñolescos que descansa en gran medida en la interpretación de los actores, algunos de los cuales repite con el director. Jaime Vadell y Gloria Münchmeyer encarnan a Pinochet y Lucía Hiriart, bien acompañados por Alfredo Castro en el papel de criado, Paula Luchsinger como novicia exorcista y el grupo de actores que da vida a los cinco hijos del dictador. Todos ellos saben adaptarse al tono del film y al complicado género a medio camino entre la opereta fantástica y la crítica política y social, con especial mención para Luchsinger, cuya magnética presencia ilumina las sombras que envuelven el conjunto.

Y es que la fotografía de Edward Lachman tiene gran importancia en El conde, hasta el punto de que casi engulle todo lo demás. La belleza de las imágenes en blanco y negro contrasta con las atrocidades que se relatan, induciendo en el espectador la fascinación por lo maligno. Es fácil quedar atrapado por la precisión de los encuadres, la luz invernal y el ingenio de los decorados, elementos que conforman una estética muy expresiva, cuidada al detalle. Larraín elude el realismo y busca una atmósfera particular y artificiosa, casi teatral, por medio de la puesta en escena y la dirección artística. Por eso es preciso querer entrar en la propuesta de El conde, lo contrario puede provocar cierta frialdad y distanciamiento. Para aquellos que manejen unas mínimas claves de la realidad del país no será difícil establecer paralelismos con el presente ni detectar las cargas de profundidad que Pablo Larraín deposita durante el metraje, ya que la película carece de sutilezas. Pinochet es un monstruo y así lo muestra el director sin escatimar en sangre, todos a su alrededor son una caterva de buitres codiciosos, la podredumbre moral de estos individuos queda representada en el entorno donde maquinan sus fechorías... y sin embargo, hay poesía en medio de la degradación, al menos visualmente y en el personaje de la joven que encarna la pureza. Esta dicotomía es la esencia de El conde, lo demás se podría considerar una astracanada muy bien elaborada por un cineasta siempre interesante.

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JUHA. 1999, Aki Kaurismäki

Dentro del jardín estructurado y coherente que es la filmografía de Aki Kaurismäki, también hay flores raras como Juha. La cuarta y última (hasta la fecha) de sus adaptaciones literarias, esta vez tomando como base la novela homónima de Juhani Aho, uno de los escritores finlandeses más reconocidos de finales del siglo XIX y principios del XX. Kaurismäki traslada al presente el melodrama romántico original y lo tiñe de comedia agria, dándole una forma atípica dentro de su obra: la de película muda, al estilo de las que producían los primeros estudios ocho décadas atrás. Juha está filmada en blanco y negro, con intertítulos para los diálogos e interpretaciones exageradas, más cerca de la pantomima que del hieratismo que suele caracterizar a los actores de Kaurismäki, quien aprovecha la libertad que ha gozado durante toda su carrera para satisfacer este capricho personal, de cinéfilo irredento.

Al igual que sucedía con muchas películas de aquel temprano periodo, Juha tiene un aire cándido que aquí se imposta para provocar humor. El director explota los clichés del género tanto en las imágenes como en el argumento: el guion narra la historia de un matrimonio convencional que se rompe por la aparición de un tercer personaje que encarna la pasión y la aventura, hasta que se descubren sus verdaderos propósitos. Una fábula de emociones intensas contadas con énfasis, como corresponde al canon que Kaurismäki logra recrear con exquisito cuidado. Los planos generales de inspiración pictórica, los primeros planos que potencian los sentimientos, la disposición de los personajes en el espacio para ilustrar las relaciones que les unen o les separan... una retórica heredada del pasado y cuyo artificio se redobla en la fotografía preciosista de Timo Salminen, que no desaprovecha el caramelo que le ofrece el director.

Y es que Juha es una película gozosa, que transmite la alegría del juego entre amigos. Kaurismäki vuelve a convocar a su plantel habitual en el que se encuentran Kati Outinen, Sakari Kuosmanen y André Wilms, muy bien arropados por la partitura musical de otro viejo conocido, el compositor Anssi Tikanmäki. La banda sonora de Juha dota de carácter al conjunto y conduce las situaciones con gran fluidez, mezclando el folclore con sonidos sinfónicos y modernos. A continuación pueden escuchar uno de los temas que suenan en el film, un ejemplo del clasicismo que Aki Kaurismäki revive con una mezcla de homenaje y premeditada ingenuidad. Que lo disfruten:

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THE VAST OF NIGHT. 2018, Andrew Patterson

Siempre es una buena noticia la llegada de nombres nuevos al panorama cinematográfico y la actualización de profesionales dentro de la industria. Más aún cuando los recién incorporados lo hacen contra viento y marea, rechazando las imposiciones de los estudios, las fórmulas preestablecidas y los modelos hegemónicos de producción... y también cuando consiguen esquivar las ambiciones y las veleidades propias de los autores primerizos. Andrew Patterson pertenece a esta estirpe de directores que logran superar la indiferencia de las distribuidoras y, tras sufrir el rechazo múltiple de los festivales, al final son capaces de estrenar su opera prima despertando el entusiasmo de los críticos y aficionados. No es para menos, porque The vast of night es uno de los debuts más deslumbrantes de los últimos tiempos, una película nacida en la más absoluta independencia y que ha terminado cosechando los esfuerzos invertidos en su elaboración.

Además de dirigir, Patterson produce, monta y escribe la película, esto último en compañía de Craig W. Sanger. Semejante control del proceso tiene como resultado un film compacto y sin fisuras, consciente de sus aspiraciones y de lo que pretende contar en todo momento. Con un presupuesto muy ajustado y la entrega de los equipos técnico y artístico, Patterson cumple el sueño de resucitar el formato del serial de misterio y ciencia ficción característico de la televisión de los años cincuenta y sesenta, al estilo de The Twilight Zone o The Outer Limits. Así, la película comienza con la cabecera de un viejo programa titulado The vast of night, que se desarrolla siguiendo la estructura clásica de los tres actos, bien diferenciados a lo largo del metraje mediante interludios que recrean la calidad catódica. Las demás imágenes del film son bien distintas, con un tratamiento estético muy cuidado tanto en la ambientación de época (vestuario, peluquería, decorados) como en lo formal. La fotografía nocturna de Miguel I. Littin-Menz saca el máximo partido de los contrastes de luces y sombras, y otorga a la oscuridad un sentido dramático que, lejos de ocultar, sugiere. La traducción del título en español (La vasta noche) incide en esta idea y envuelve a los dos personajes principales, un locutor de radio y una operadora telefónica, en una atmósfera de intriga y tensión que evoluciona casi en tiempo real, durante noventa minutos. De ahí el empleo de planos secuencia, para inducir el extrañamiento del público y hacer que experimente las mismas sensaciones que los protagonistas.

Son tomas largas muy elaboradas y de gran complejidad, algunas de ellas por interpretación (como la de Fay comunicándose por cable con varias personas tras escuchar las señales sonoras de origen desconocido) y otras por su acrobacia visual (el avance de la cámara a través de diversos emplazamientos interiores y exteriores del pueblo, lo cual incluye atravesar un partido de baloncesto). Estos planos secuencia se intercalan con segmentos fraccionados en el montaje que muestran acciones rápidas y en detalle (la manipulación de la centralita, las carreras a pie o en coche) para potenciar el nervio del conjunto, con un dominio del lenguaje cinematográfico impropio de un debutante. Patterson hace un ejercicio de dinamismo sin arbitrariedades, porque todas sus decisiones de puesta en escena obedecen a un propósito narrativo y favorecen que el relato no se detenga, incluso cuando parece que puede haber una pausa (la visita a la casa de la anciana, por ejemplo). The vast of night es una exhibición de cine que se ve y también se oye, ya que el sonido es igualmente importante. Basta comprobar el oficio de los protagonistas y su incidencia en la trama, si bien es verdad que todas las virtudes señaladas hasta aquí no serían nada sin las interpretaciones de Sierra McCormick y Jake Horowitz. Dos actores en estado de gracia que dotan de humanidad lo que se podría haber quedado en una ostentación de virtuosismo, poniendo credibilidad y cercanía a esta aventura de tintes sobrenaturales.

En resumen, hay motivos de sobra para tener en cuenta The vast of night. Una de las sorpresas más gratas de la pasada década y la puesta de largo de Andrew Patterson, un director que demuestra algo tan difícil como es saber conjugar las claves del género con el cine de autor. Bienvenido sea.

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CUANDO PASAN LAS CIGÜEÑAS. "Letyat zhuravli" 1957, Mikhail Kalatozov

Después de tres décadas realizando documentales y películas de ficción de carácter propagandístico, Mikhail Kalatozov obtiene el reconocimiento internacional con Cuando pasan las cigüeñas, un drama bélico ambientado en la 2ª Guerra Mundial que también expresa alabanzas a los ideales soviéticos, pero de manera más humana y realista. Un realismo que tiene que ver con la credibilidad de la historia y el comportamiento de los personajes, ya que la retórica empleada por Kalatozov es de una enorme sofisticación. El director exhibe su virtuosismo con la cámara en colaboración con Sergei Urusevsky, responsable de la fotografía, sin duda la pareja creativa más exuberante de Rusia en aquella época. El dinamismo de las imágenes, la iluminación en blanco y negro, la profundidad y la composición milimétrica de los encuadres... es difícil contemplar esta película sin sobrecogerse por el arrebato cinematográfico contenido en cada plano. Kalatozov compone una sinfonía visual que, vista hoy, continúa apabullando por su capacidad de conjugar sentimiento y estética.

El dramaturgo Viktor Rozov convierte en guion su propia obra de teatro, un alegato pacifista que refleja los estragos del conflicto en la población. El centro del relato está ocupado por el amor interrumpido de dos jóvenes, interpretados con convicción por Aleksey Batalov y Tatyana Samojlova, quien logra cargar con buena parte del peso emocional, a pesar de que se trata de su primer papel protagonista. El director pone atención a las reacciones humanas y al desplazamiento de los cuerpos en el espacio, mediante el movimiento interno y externo del plano. Ya desde el inicio, la pareja de enamorados mantiene una actividad imparable: corren en la calle, juguetean al cubrir las ventanas, se buscan en la multitud... cuando al fin se separan, la fuerza de atracción que existe entre ellos no se detiene y continúan trasladándose en la distancia, obligando a los personajes de alrededor a gravitar en su misma órbita. Hay varias escenas paradigmáticas, como la ascención circular de las escaleras, un prodigio técnico cuya importancia narrativa va creciendo hasta dar forma al conjunto: el vuelo de las aves que abre y cierra la película define la curva temporal que recorre Veronika, el personaje encarnado por Samojlova.

El rechazo de la quietud practicado por Kalatozv atraviesa el film y sume al espectador en una especie de hipnosis, con secuencias de gran intensidad que rozan lo operístico (la pugna nocturna entre Mark y Veronika), lo experimental (la carrera de Veronika y su encuentro con el niño) y otras que congregan a un buen número de figurantes, lo que da cuenta del nivel de la producción por parte de Mosfilm. Hay épica pero también hay intimidad en Cuando pasan las cigüeñas, la cima en la trayectoria de Mikhail Kalatozov y uno de los títulos más memorables de la cinematografía soviética en su primer siglo de vida.

A continuación pueden ver la película completa, en buena calidad y subtitulada, cortesía del canal oficial de YouTube de Mosfilm. Que la disfruten:

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KAILI BLUES. "Lu bian ye can" 2015, Bi Gan

En un momento de Kaili Blues, el protagonista se dice a sí mismo: "Es como si fuera un sueño". El tema de los sueños es recurrente a lo largo de la película, hay personajes que verbalizan sus ensoñaciones y que intervienen en ellas, o al menos eso parece... porque el público nunca termina de saber del todo si lo que acontece en la pantalla es producto de la vigilia, la imaginación o el recuerdo. Lo cual es arriesgado, tratándose del primer largometraje de su director y guionista, Bi Gan. Un cineasta y poeta de apenas 25 años que trata de provocar estímulos sensoriales más que contar una historia de manera convencional, jugando a fragmentar la trama y a diseminar símbolos en forma de objetos cotidianos. Así, los relojes o los viejos aparatos de radio cassette adquieren significados que corresponde descifrar al espectador, sin que nada resulte evidente.

A grandes rasgos, Kaili Blues cuenta los intentos de un médico rural por solucionar antiguos problemas familiares: hacerse cargo de su sobrino, desatendido por un hermano con quien también mantiene cuentas pendientes en torno a la madre. Un encuentro con el pasado que le lleva a trasladarse desde el municipio que da título al film hasta una isla donde los estados de conciencia se ven alterados.

Es, por lo tanto, cine que requiere predisposición y entrega. A cambio, Kaili Blues ofrece una experiencia alucinada de inmersión en un mundo en el que todo es a la vez reconocible y extraño. Son territorios oníricos situados en escenarios reales al sureste de China, poblaciones en medio de las montañas donde la presencia constante de la naturaleza y el agua favorece la analogía de que un tren sea más que un tren, por ejemplo, y un pueblo sea más que un pueblo. A ojos de Bi Gan, ambos pueden ser el vehículo que permita desplazarse al protagonista hacia una dimensión mental trastocada, que afecta por igual al argumento y a la puesta en escena.

El director emplea planos largos en movimiento para seguir las acciones de los personajes y marcar su situación dentro de la imagen. La relación de las figuras con el entorno es fundamental en el cine de Bi Gan, de ahí la importancia de la cámara dotada de una identidad propia que observa, acompaña y traduce pensamientos mediante códigos visuales que tienen que ver con el espacio (la gruta que atraviesa en ocasiones el protagonista) o con el tiempo (la proyección de unas manecillas sobre la superficie de los vagones en marcha). El director lanza propuestas más o menos accesibles que no son solo recursos estéticos sino que son el núcleo de la película, su razón de ser.

Al igual que hará en su siguiente trabajo, Largo viaje hacia la noche, Bi Gan divide la narración en dos bloques bien diferenciados: el primero mantiene un lenguaje fragmentado en el que se intuye el argumento a través del ambiente, y el segundo (en la isla) es de un único plano secuencia de unos cuarenta minutos de duración en el que las distancias que recorre el protagonista son, además de físicas, temporales e inciden en el subconsciente. Por todos estos motivos, Kaili Blues supone un estimulante ejercicio de libertad creativa y uno de los debuts más sorprendentes del reciente cine oriental, la puesta de largo de Bi Gan como autor dedicado a hacer evolucionar el medio.

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LES DEMOISELLES ONT EU 25 ANS. 1993, Agnès Varda

Con motivo del 25 aniversario del estreno de Las señoritas de Rochefort, Agnès Varda realiza un documental en el que rememora el rodaje de la película dirigida por quien fue su marido durante casi tres décadas, Jacques Demy. No se trata, por lo tanto, de un making of al uso, sino de fijar la postal familiar de un momento preciso y una reflexión sobre la capacidad que tiene el cine de crear imaginarios colectivos. Les demoiselles ont eu 25 ans emplea imágenes de archivo filmadas por la propia Varda, fragmentos de la película original y material nuevo que reúne a algunos de quienes intervinieron en ella: los intérpretes Catherine Deneuve y Jacques Perrin, o el compositor Michel Legrand entre otros.

Lo interesante de este ejercicio evocativo es que explora la incidencia de la filmación de una película tan especial como aquella (un musical al estilo clásico de Hollywood) en una ciudad concreta como es Rochefort: cómo afecta a los vecinos y comerciantes, la resignificación de los espacios comunes y el legado en la cultura autóctona. Del mismo modo que Varda recupera el testimonio de los profesionales que trabajaron en Las señoritas de Rochefort, también recoge las palabras de los habitantes que participaron en la experiencia sin que exista diferencia entre los nombres conocidos y los comunes. Es un acto democrático coherente con el pensamiento de la autora, un retrato coral elaborado con alegría y frescura. El hecho de que algunos de los protagonistas ya no estén (Demy, Françoise Dorléac) transforma la melancolía en homenaje no solo a los desaparecidos, sino a una manera de hacer cine que ya dejaba de practicarse en 1966 y que se vuelve a convocar en 1993, a través de imágenes y recuerdos.

Como era de esperar, Agnès Varda no se limita a cumplir con el protocolo de la conmemoración y elabora un documental ameno y vitalista, bien escrito y bien montado, que supone una celebración del hecho de filmar en sí mismo. Por eso funciona como complemento perfecto a la película de Jacques Demy y también se puede apreciar como obra autónoma y plena de sentido, que invita a considerar los diferentes modelos de producción que operan en Europa y los Estados Unidos.

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LAS CHICAS ESTÁN BIEN. 2023, Itsaso Arana

En su debut como directora, Itsaso Arana se rodea de personas de confianza que le permiten sentirse segura para poder indagar. Porque Las chicas están bien es, entre otras cosas, un juego narrativo entre afines, un ejercicio de libertad creativa en un entorno natural que abre espacios para la reflexión y las emociones. La familia que conforman los integrantes de Los Ilusos Films se traslada hasta una pequeña localidad de León y llevan a la práctica un experimento cinematográfico consistente en crear una película a partir de las personalidades de las actrices que intervienen en ella. Hay un guion establecido, escrito por la propia Arana, con una idea base: cada una interpreta una versión de sí misma en torno a los preparativos de una obra de teatro ambientada en el siglo XVII. Es el cuento de una princesa y sus hermanas que se relacionan en un mundo sin hombres, ausentes en el frente de batalla. Tampoco en el presente hay hombres salvo uno, que aparece al final con aspecto de príncipe desgarbado y fuera de lugar. ¿Se trata de cine feminista? Evidentemente, tal vez uno de los ejemplos más lúcidos y gozosos filmados en los últimos tiempos. Pero también se puede prescindir de los adjetivos y hablar de cine sin más y sin menos, cine en estado genuino, cine en esencia.

Las chicas están bien mantiene una estructura sencilla, dividida en capítulos que se corresponden con diferentes momentos que pasan juntas las protagonistas. Desde la llegada a la casa campestre donde van a compartir unos días de verano para ensayar, hasta la partida. Allí les reciben una niña y su abuela, lo cual completa el abanico de edades propuesto por Arana para universalizar la historia. Por supuesto, hay un componente generacional y una voluntad testimonial por fijar los pensamientos, los deseos y las decepciones de un grupo de mujeres en el que cualquiera puede reconocerse. Todo desde la cercanía y con un lenguaje asequible en lo visual y en lo literario, con evocaciones a Rohmer, Varda y otros cineastas que alimentan el universo referencial de la directora.

La banda sonora de la película mezcla, por ejemplo, músicas de Bach y Christina Rosenvinge, una muestra de la heterogeneidad del conjunto que no deja de ser compacto y al mismo tiempo ligero. Es como si Arana convocase a las musas del arte para dejarse inspirar por ellas, todas dotadas de frescura y con los rostros de Bárbara Lennie, Irene Escolar, Helena Ezquerro e Itziar Manero, aparte de la propia Itsaso Arana. La camaradería que se establece traspasa la pantalla y mece al público entre diálogos elocuentes, gestos, miradas y sus correspondientes reacciones. Es fácil percibir que las cinco actrices disfrutan del trabajo colectivo, se hacen crecer las unas a las otras y brillan en las escenas en las que aparecen solas, escasas pero de gran calado dramático. Los equívocos intencionados entre realidad y ficción hacen que el argumento se siga con interés, e incluso en determinados tramos con pasión (el monólogo mirando a cámara de Lennie o el de Manero grabando un audio para su madre). Son instantes que rompen con el ambiente estival e incorporan una gravedad imprevista en el metraje, provocando estímulos que permanecen después de haber abandonado la sala.

Tanto la planificación como el montaje evitan cualquier recurso que no contribuya a desarrollar la trama, lo que no significa que el estilo empleado por Arana resulte aséptico. Al contrario: hay movimientos de cámara efectuados con destreza (durante la conversación nocturna en el exterior de la casa) o fundidos encadenados de imágenes que añaden una particular percepción del tiempo (en la escena en que los personajes ensayan en la cama). Todo ello sin caer en la gratuidad o el exceso, porque una de las cualidades de Las chicas están bien reside en la contención y en el uso de las herramientas adecuadas en el momento preciso. En suma, cabe recibir la opera prima de Itsaso Arana con la celebración que se reserva a los grandes hallazgos, una sorpresa en la que se adivina la influencia del productor Jonás Trueba y que queda definida en una de las conversaciones, cuando el personaje de Lennie lee las palabras de Arana: "Las películas son cartas al futuro." Desde luego, esta lo es.

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KUNG-FU MASTER. 1988, Agnès Varda

La obra de Agnès Varda se apoya en un discurso político que trata de entender las realidades que representa y que se posiciona junto a los personajes, nunca en contra de ellos. Por eso su cine es feminista, no solo por dar protagonismo a las mujeres sino por comprender sus contextos y exponer sus actitudes sin emitir juicios de valor. Es un cine en el que la libertad adquiere forma mediante la estética, pero también mediante las ideas, haciendo que la libertad sea igualmente ética. Esto se aprecia con claridad en Kung-fu Master, proyecto nacido en mitad del rodaje de Jane B. por Agnès V. que reunió a la directora con Jane Birkin. A partir de una idea escrita por la actriz francesa, Varda desarrolla esta extraña historia de amor marcada por la diferencia de edad entre una madre separada que se aproxima a la cuarentena y un muchacho de 14 años, compañero de su hija mayor. Un idilio que tiene como telón de fondo la inquietud generada por el contagio del SIDA en la década de los ochenta.

A pesar de lo arriesgado del argumento, Kung-fu Master sabe esquivar el escándalo para optar por el comedimiento de las emociones. La cámara recoge con naturalidad la contradicción que al principio experimenta la mujer interpretada por Birkin, una contradicción que poco a poco cede a la evidencia de un amor que quebranta las convenciones. Así, la disparidad de edades de los protagonistas no es el fin único del relato sino el motivo que dificulta su relación cuando sucede en París. Después el escenario se traslada al Reino Unido y allí los sentimientos emergen con la honestidad y la elegancia propias de la directora, si bien el desenlace resulta demoledor. El encuentro de la juventud y la madurez coinciden en un terreno intermedio donde los imperativos morales son relegados a un segundo plano, por debajo del anhelo del tiempo perdido y del que se ansía vivir. Es verdad que la película puede suscitar en el espectador preguntas incómodas, pero la intención de Varda va mucho más allá: provocar empatía por un personaje cuyo comportamiento es reprobado por la sociedad y narrar con imágenes sencillas lo que otros cineastas suelen retorcer para exprimir el jugo del morbo.

Tanto el lenguaje visual empleado por Varda como su articulación en el montaje inciden en la mirada y el gesto de los actores, con Mathieu Demy y Charlotte Gainsbourg acompañando a Birkin en su travesía íntima. También cobra relevancia la situación de los personajes en los lugares que habitan y cómo se expresa esto en términos visuales (el papel que cumplen las escaleras, la horizontalidad que iguala las posiciones de poder o la amplitud del paisaje en contraposición al encierro doméstico). Es como si Agnès Varda concibiese la composición de los planos y los movimientos de cámara con una disposición del espacio similar a la del videojuego que da título al film, en el que los desplazamientos horizontales y verticales conducen al éxito o al fracaso, así como las diferentes acciones de caminar, agacharse, saltar... basta ver el travelling que inicia Kung-fu Master para corroborar esta equiparación de conceptos. De igual modo, el sonido interviene en las dos dimensiones en que transcurre la historia, la figurativa y la pixelada, ya sea por identificación o por contraste.   

En resumen, Kung-fu Master es uno de los trabajos más valientes de Varda, un ejercicio de riesgo hecho posible gracias a la complicidad que existe a ambos lados de la lente. Birkin y Varda implican a sus propias familias en el reparto y construyen juntas una reflexión sobre el tiempo, la soledad y la autonomía personal que tiene la virtud de escocer a los biempensantes sin gastar ni una sola gota de mal gusto. Aunque solo fuera por esto, merece la pena destacar un film poco recordado dentro de la filmografía de Agnès Varda.

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DESENTERRANDO SAD HILL. 2018, Guillermo de Oliveira

Al igual que sucede con las demás expresiones artísticas, el cine permite recrear personajes, momentos y lugares imaginados. Es la construcción de una memoria artificial a partir de recuerdos que no se han vivido, porque pertenecen a la ficción o a una realidad reinventada. Y sin embargo, hay escenarios que alcanzan la categoría del mito según la trascendencia personal o colectiva que ejercen determinadas películas. De eso trata Desenterrando Sad Hill, documental que narra el proceso de recuperación del enclave donde se rodó el duelo final de El bueno, el feo y el malo, uno de los spaguetti western fundamentales que Sergio Leone filmó en la España de los años sesenta.

Entonces, el cineasta italiano hizo levantar en el paisaje natural de Burgos un cementerio imposible, mezclando elementos de diferentes épocas y con forma de coliseo romano. Casi medio siglo después, otro cineasta contemporáneo localiza la falsa necrópolis oculta bajo la vegetación y los sedimentos, y se pone en contacto con un grupo de admiradores de la película original que emprende la tarea de restaurar aquel sitio al que atribuyen connotaciones sagradas, aprovechando el cincuenta aniversario del estreno. Para ello cuentan con la ayuda de voluntarios y mecenas que se van sumando según avanzan las excavaciones. 

Guillermo de Oliveira dirige, escribe, produce, monta y se encarga de la fotografía de este documental, todo ello con la pasión de un devoto pero también con inteligencia y cuidado, ya que Desenterrando Sad Hill acumula mucha información a diferentes niveles que van de lo histórico a lo emocional. Hay abundante material de archivo y testimonios de los protagonistas que participan en la rehabilitación, sus palabras registran la iniciativa y el compromiso de la gesta. Además, se incluyen entrevistas con miembros del equipo que participó en El bueno, el feo y el malo (Ennio Morricone y Clint Eastwood, entre otros) y con personalidades que se sienten cercanas a la obra de Leone (Joe Dante, Álex de la Iglesia, James Hetfield).

Para que este conjunto de nombres no se convierta en una sucesión de bustos parlantes, el director intercala acciones y organiza con habilidad los elementos en el montaje, logrando que el visionado resulte entretenido. Desenterrando Sad Hill transmite emoción por lo que cuenta sin abandonar nunca el rigor de documentar una labor ardua, que los propios implicados asumen como si se tratase casi de una misión divina. En suma, se trata de un sentido homenaje a los héroes que alimentan los sueños de la cinefilia y a los lugares donde se materializan esas ilusiones.

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SIN TECHO NI LEY. "Sans toit ni loi" 1985, Agnès Varda

A lo largo de su trayectoria, Agnès Varda va evolucionando su estilo desde el manierismo inicial todavía influido por la fotografía hasta alcanzar la sobriedad posterior, con una mirada más elemental. Buen ejemplo de esto último es Sin techo ni ley, tal vez la película más trágica de la directora francesa y una de las más redondas de su filmografía. El punto de partida es un suceso que podría aparecer en la sección local de cualquier informativo: una persona sin hogar aparece muerta en una madrugada de invierno, sin que nadie conozca el motivo preciso ni sus datos personales. Frente al cuerpo inerte, los gendarmes determinan que se trata de una muerte natural, a causa del abandono y el frío. A partir de ahí, Varda narra las semanas anteriores de la joven fallecida y las vicisitudes que la conducen hasta esa situación, dándole nombre e identidad a través de la voz en off. Esta significación del sujeto proporciona sentido al film, en base a humanizar lo que la sociedad suele desechar sin caer por ello en la condescendencia.

Varda reconstruye el relato de Mona a través de quienes se cruzaron con ella en el camino, ya que el personaje está definido por el tránsito, el deambular sin rumbo fijo de un lugar a otro del sur de Francia. Sin techo ni ley recoge los testimonios de las personas que se relacionaron con Mona a modo de crónica periodística, con los personajes hablando a cámara incluso cuando se recrean determinadas situaciones que mezclan el pasado con el presente. Es por eso que la película adopta un tiempo propio en el que lo vivido tiene el mismo valor que el instante actual. Dentro del naturalismo del conjunto, cada una de las acciones está marcada por un hecho irrefutable y es la defunción de la protagonista, interpretada por Sandrine Bonnaire.

Dieciocho años tiene la actriz en el momento del rodaje, una edad que no se corresponde con la concisión y la sabiduría del trabajo que desempeña. Ella sostiene el film con su presencia que se va deteriorando a medida que avanza la narración hasta llegar de nuevo al comienzo, en una estructura circular que tiene mucho que ver con lo errático de su devenir. En uno de los diálogos se hace notar la doble acepción del verbo errar, porque Mona obtiene oportunidades de prosperar pero no las aprovecha, su destino es moverse y no quedarse quieta, aunque las cosas parezca que le pueden ir bien. Del mismo modo, Varda mueve la cámara repetidamente en travellings que siguen al personaje siempre en la misma dirección: de derecha a izquierda, es decir, del fin al principio.

La directora adecúa el lenguaje cinematográfico a la trama, dotando de coherencia y solidez a la película. Por todos estos motivos, Sin techo ni ley rebosa humanidad sin caer nunca en obviedades, es precisa sin perder la frescura y logra golpear la conciencia del espectador sin recurrir a trucos fáciles. Son algunas de las virtudes que luce Agnès Varda en esta película que marca su periodo de madurez creativa y con la que es reconocida en diversos festivales internacionales.

A continuación, un fragmento del documental Varda por Agnès en el que ella misma revela algunas claves de la película, ideales para complementar el visionado.

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LA FUGITIVA. "Woman on the run" 1950, Norman Foster

Aunque a primera vista puede parecer uno de los muchos productos de serie B que fructificaron en los años cincuenta, La fugitiva tiene calidad y hechuras de primer nivel. Por diversos motivos: la interpretación de los actores, con Ann Sheridan a la cabeza, por lo ameno e inteligente del guion, que adapta un relato de Sylvia Tate, por la fotografía bella y puntillosa de Hal Mohr, por el diseño de producción que extrae el máximo beneficio de un presupuesto modesto... todo ello bajo la dirección de Norman Foster, un profesional acostumbrado a trabajar con la rapidez y la energía de los seriales y el cine de acción.

En apenas setenta y cinco minutos, La fugitiva desarrolla una intriga de persecuciones, drama y romance que concluye en un final impetuoso, a bordo de una montaña rusa. Las calles de San Francisco son el escenario de fondo en el que transcurre la búsqueda de un hombre oculto tras presenciar por accidente un asesinato. Le siguen los pasos su mujer, la policía y el causante del homicidio, en un juego de equívocos y requiebros argumentales que hacen que la narración fluya aderezada por ingeniosas frases de diálogo y un ligero tono de comedia que suaviza la negrura del conjunto. Foster maneja con destreza todos los elementos que tiene a su alcance, imprimiendo velocidad a las situaciones mediante el montaje y con una planificación rica en ángulos y movimientos de cámara. La correlación de tamaños de imagen para focalizar la atención del público y el uso del blanco y negro imprime a la película ese encanto tan característico que poseen los noir de la época, en los que la música y los contrastes entre luces y sombras ayudan a crear la atmósfera adecuada para generar emociones bien calibradas, sin altisonancias.

A ello contribuye decisivamente el trabajo de Sheridan, cuyo personaje guía los sentimientos del espectador con infinidad de matices dentro de la contención, ya que su papel de fugitiva le obliga a ocultar más que a mostrar, al tiempo que redescubre el extinto amor por su marido. En suma, se trata de uno de los films más destacados de Norman Foster, director hoy no demasiado conocido que cuenta con unos pocos títulos estimables (el más popular es Estambul, en el que asumió la ingrata tarea de terminar el rodaje comenzado por Welles) y que aquí es capaz de poner en pie un thriller conciso y divertido, una producción independiente que nada tiene que envidiar a otras más ambiciosas y reconocidas que La fugitiva.

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MURS MURS. 1981, Agnès Varda

Tercera incursión de Agnès Varda en California después de haber rodado tiempo atrás Tío Yanco y Lions love, dos odas al estilo de vida hippie de los sesenta. Los años han pasado y el interés de la directora francesa se centra ahora en las expresiones artísticas que surgen de la cultura popular en entornos urbanos, la tradición de la pintura mural que los migrantes mexicanos llevaron de su tierra natal hasta los muros de Los Ángeles.

A primera vista, Murs murs podría parecer un catálogo en movimiento de las grandes obras al aire libre que adornan la ciudad. Pero es mucho más, ya que Varda explora el significado político y social de estas representaciones icónicas, recogiendo el testimonio de los autores y también su propio pensamiento, en forma de voz en off. Todo ello con un cuidado montaje por parte de Sabine Mamou, que conjuga los movimientos internos y externos del plano para recorrer a la vez las superficies de las paredes y los rostros de los viandantes.

La atención de Varda se reparte por igual en ambos elementos, puesto que la razón de ser del arte urbano es la interacción con las personas. No solo se preocupa de nombrar a los creadores de cada mural que aparece en pantalla (que son muchos) deteniéndose en los más característicos, sino que además se fija en la gente anónima que convive con ellos, en la relación de los habitantes con las imágenes que les rodean. Así se conforma un discurso cinematográfico en el que prima la estética pero también la antropología y la observación de la realidad propia del documental. La propuesta de Murs murs resulta apasionante dentro de su sencillez, vuelve a demostrar la incidencia de la mirada de Agnès Varda que ya estaba presente en otros films de similar naturaleza como Daguerrotipos. Así mismo, Murs murs es el detonante del siguiente film que la directora realiza aprovechando su estancia en Los Ángeles, Documenteur, una pequeña ficción que coincide en extraer hondura de lo cotidiano.

A continuación, un ilustrativo vídeo ensayo acerca de la cinescritura de Agnès Varda, cortesía del medio ZoomF7. Ideal para aproximarse a su obra, a través de algunos títulos representativos.

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DOCUMENTEUR. 1981, Agnès Varda

En 1981, doce años después de haber realizado Lions love, Agnès Varda regresa a Los Ángeles para filmar el documental Murs murs, con un reducido equipo técnico que incluye a la montadora Sabine Mamou. Una vez allí, la directora francesa decide aprovechar la estancia e improvisar una película que ahonde en su interés por retratar las caras propias de cada lugar, el vínculo de las personas con el entorno que habitan. Para ello elige a Mamou como protagonista, quien interpreta a una mujer recién separada que trata de salir adelante al cuidado de su hijo en los suburbios de la ciudad californiana. El pequeño tiene los rasgos de Mathieu Demy, el hijo que Varda tuvo con Jacques Demy, lo cual explica la cercanía y la implicación de la cineasta con este proyecto que registra una realidad cotidiana en las grandes urbes. De ahí el título, Documenteur, si bien se trata de una ficción cuidadosamente expuesta para provocar el equívoco entre invención y verdad, una constante en la obra de Varda. No en vano, se preocupa por introducir en la trama situaciones imprevistas que acontecen en el rodaje, valgan como casos la discusión de una pareja en la puerta de su casa o el extraño sepelio en la playa.

La película es austera y minimalista, incluso en la duración, que apenas sobrepasa los sesenta minutos. Varda no necesita más para concentrar en el personaje principal los pensamientos y preocupaciones de una mujer de mediana edad que, de pronto, debe cambiar de vida en un barrio lleno de extranjeros como ella. Su mirada es la mirada extrañada y curiosa de Varda ante lo que le rodea, por eso la reiteración de primeros planos y planos medios para atrapar la humanidad, en concordancia con los planos generales que localizan el espacio. Mamou desempeña con destreza sus tareas como actriz y montadora, generando asociaciones entre unas imágenes y otras que permiten que fluya la narración. Así, por ejemplo, los movimientos de la mano de una mujer que remueve la arena de la playa anteceden a los movimientos de las manos en el aire de unos niños que juegan, en una sucesión dinámica de gestos.

La iluminación natural y el sonido directo aportan verosimilitud a un conjunto que se describe en los títulos iniciales como an emotion picture. Es cine impresionista que captura el aquí y el ahora, con una sencillez solo aparente en cuyo discurso fílmico tienen gran importancia las palabras. Varda se cuestiona el significado y el significante de muchas de ellas a través de la voz en off de la protagonista, en un intercambio recíproco entre elementos visuales y literarios. En suma, Documenteur es una pequeña joya que posee las reflexiones de un ensayo cinematográfico, con voluntad de crónica y espíritu de poema.

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LOS OSOS NO EXISTEN. "Khers nist" 2022, Jafar Panahi

En los últimos años, Jafar Panahi está narrando fragmentos de su biografía dándoles forma de películas de ficción. Su mirada, su pensamiento y también su rostro han ido adquiriendo cada vez mayor presencia, mediante historias que trascienden la experiencia personal para alcanzar el retrato colectivo. En títulos como Esto no es una película, Taxi Teherán o Tres caras, el director consigue exponer el panorama general de su país a través de situaciones concretas que le afectan a él de manera más o menos directa, algo que dota de cercanía a su cine tanto como a su discurso. Buen ejemplo de ello es Los osos no existen, una comedia dramática de fuerte carácter íntimo y político.

Panahi sigue practicando el metacine de sus recientes trabajos, en los que participa como personaje interpretándose a sí mismo. Por eso sus películas están condicionadas por sus circunstancias particulares, en este caso, la prohibición por parte de las autoridades de salir del país y de realizar cine. Lo cual le obliga a dirigir a distancia, mientras el equipo de filmación se encuentra en la vecina Turquía. Panahi se refugia temporalmente en un pequeño pueblo fronterizo donde las tradiciones chocan con su modo de pensar y de relacionarse, un contraste que incide en las dicotomías habituales de su cine: progreso/regresión, urbe/rural, apertura/conservadurismo... todo ello con la humanidad característica de su obra.

El lenguaje visual de Los osos no existen es sencillo en apariencia pero muy depurado en la planificación de las imágenes. Para distinguir las dos líneas argumentales que cruzan la película, el director opta por dos estilos distintos: uno basado en el montaje y en la correlación de planos para representar la realidad que vive Panahi, y otro de planos secuencia en localizaciones exteriores para ilustrar el cine dentro del cine. Basta contemplar la larga toma que da inicio a la película para darse cuenta del dominio de la puesta en escena y de la dirección de actores que posee Panahi, quien superpone diversas capas narrativas que hacen que el conjunto gane profundidad dentro de la escenificación de lo cotidiano.

Aquí está, probablemente, la gran virtud de Los osos no existen: mostrar cómo la sociedad termina naturalizando la barbarie producto de la ignorancia, y la necesidad de oponerse a los miedos impuestos por los que detentan el poder para controlar a la población. Unos miedos simbolizados por unos osos que, como dice el título, en verdad no existen. El plano final de Jafar Panahi indignado, alejándose en coche y dejando atrás el horror de unas costumbres absurdas, transmite bien el estado anímico del cineasta, perseguido por la intolerancia durante las últimas décadas hasta hoy. Los osos no existen es un alegato combativo y valiente en favor de la libertad de expresión, un acto de resistencia llevado a cabo en clandestinidad cuyo estreno constata la vigencia del cine como arma intelectual y artística.

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